Parte 1Una calle de Venecia, de noche
Acto II
Venecia. Una calle.
(Entran Rodrigo y Yago.)
RODRIGO.— Bah, no me vengas con eso. Me ofende mucho que tú, Yago, que has tenido mi bolsa como si los cordones fueran tuyos, supieras de esto.
YAGO.— ¡Por la sangre de Cristo!, no quieres escucharme. Si alguna vez soñé con semejante cosa, aborréceme.
RODRIGO.— Me dijiste que lo tenías entre tus odios.
YAGO.— Despréciame si no es así. Tres magnates de la ciudad, en petición personal para hacerme su teniente, se descubrieron ante él; y por la fe del hombre, conozco mi precio, valgo un puesto no peor. Pero él, por amor a su propio orgullo y sus propósitos, los esquiva con una hojarasca ampulosa, horriblemente atestada de epítetos de guerra: y al final desestima a mis mediadores: porque «Cierto», dice él, «ya he elegido a mi oficial». ¿Y quién era? Vaya, un gran aritmético, un tal Miguel Casio, un florentino, un tipo casi condenado en bella esposa, que nunca formó un escuadrón en el campo, ni conoce la disposición de una batalla más que una hilandera, salvo la teórica libresca en que los cónsules togados pueden disertar tan magistralmente como él: pura charla sin práctica es toda su soldadesca. Pero él, señor, obtuvo la elección, y yo, de quien sus ojos habían visto la prueba en Rodas, en Chipre y en otros territorios, cristianos y paganos, debo quedar encalmado y amainado por este contador de débitos y créditos, este sacamanchas. Él, a buena hora, debe ser su teniente, y yo, Dios nos ampare, el alférez de su Moría.
RODRIGO.— Por el cielo, preferiría haber sido su verdugo.
YAGO.— Vamos, no hay remedio. Es la maldición del servicio. El ascenso va por carta y favoritismo, y no por antigüedad, donde cada segundo era heredero del primero. Ahora, señor, juzga tú mismo si en cualquier término justo estoy yo obligado a amar al moro.
RODRIGO.— Entonces yo no lo seguiría.
YAGO.— Oh, señor, tranquilízate. Lo sigo para servirme de él en mi beneficio: no todos podemos ser amos, ni todos los amos pueden ser seguidos lealmente. Verás a muchos pícaros serviles y genuflexos que, idolatrando su propia servidumbre obsequiosa, gastan su tiempo como el asno de su amo, por nada más que forraje, y cuando son viejos, despedidos. Que azoten a esos pícaros honrados. Hay otros que, ataviados en formas y rostros de deber, mantienen sus corazones atentos a sí mismos, y arrojando solo apariencias de servicio a sus señores, medran bien con ellos, y cuando han forrado sus bolsillos se rinden homenaje a sí mismos. Esos tipos tienen algo de alma, y tal soy yo. Porque, señor, es tan seguro como que tú eres Rodrigo: si yo fuera el moro, no sería Yago. Al seguirlo, no me sigo sino a mí mismo. El cielo es mi juez, no lo hago por amor ni deber, sino aparentándolo para mi fin particular. Porque cuando mi acción exterior demuestre el acto nativo y la figura de mi corazón en complemento externo, no tardará mucho antes de que lleve mi corazón en la manga para que lo picoteen las grajillas: no soy lo que soy.
RODRIGO.— ¡Qué fortuna tan plena debe el bezo grueso, si puede salirse con la suya!
YAGO.— Llama a su padre, despiértalo, ve tras él, envenena su delicia, pregónalo por las calles; enardece a sus parientes, y aunque habite en clima fértil, plágalo de moscas: aunque su gozo sea gozo, arrójale tales cambios de vejación que pueda perder algo de color.
RODRIGO.— Aquí está la casa de su padre, llamaré a gritos.
YAGO.— Hazlo, con el mismo acento temeroso y alarido terrible que cuando, por la noche y la negligencia, se divisa el fuego en ciudades populosas.
RODRIGO.— ¡Eh! ¡Brabancio! ¡Señor Brabancio, eh!
YAGO.— ¡Despierta! ¡Eh, Brabancio! ¡Ladrones, ladrones! ¡Cuida tu casa, tu hija y tus bolsas! ¡Ladrones, ladrones! Brabancio aparece arriba en una ventana.
BRABANCIO.— ¿Cuál es la razón de esta terrible llamada? ¿Qué ocurre ahí?
RODRIGO.— Señor, ¿está toda su familia dentro?
YAGO.— ¿Están sus puertas cerradas?
BRABANCIO.— Vamos, ¿por qué preguntan esto?
YAGO.— ¡Por los clavos!, señor, lo han robado, por vergüenza póngase la bata, su corazón está reventado, ha perdido la mitad de su alma; ahora mismo, ahora, ahora mismo, un viejo carnero negro está cubriendo a su oveja blanca. Levántese, levántese, despierte a los ciudadanos roncadores con la campana, o si no el diablo hará de usted un abuelo: levántese, digo.
BRABANCIO.— ¿Qué, han perdido el juicio?
RODRIGO.— Reverendísimo señor, ¿conoce usted mi voz?
BRABANCIO.— No. ¿Quién es usted?
RODRIGO.— Mi nombre es Rodrigo.
BRABANCIO.— Peor bienvenida. Te he ordenado que no merodees por mis puertas; con honesta claridad me has oído decir que mi hija no es para ti; y ahora en tu locura, lleno de cena y bebidas perturbadoras, por bravata maliciosa, vienes a sobresaltar mi quietud.
RODRIGO.— Señor, señor, señor,—
BRABANCIO.— Pero debes saber con certeza que mi espíritu y mi posición tienen en ellos poder para hacerte esto amargo.
RODRIGO.— Paciencia, buen señor.
BRABANCIO.— ¿Qué me dices de robos? Esto es Venecia. Mi casa no es una granja.
RODRIGO.— Gravísimo Brabancio, con alma simple y pura vengo a usted.
YAGO.— ¡Por los clavos!, señor, usted es de los que no servirían a Dios si el diablo se lo ordenara. Porque venimos a hacerle un servicio, y usted piensa que somos rufianes, querrá que su hija sea cubierta por un caballo berberisco; querrá que sus nietos le relinchem; querrá corceles por primos y jaquitas por hermanos.
BRABANCIO.— ¿Qué bellaco profano eres tú?
YAGO.— Soy uno, señor, que viene a decirle que su hija y el moro están ahora haciendo la bestia de dos espaldas.
BRABANCIO.— Eres un villano.
YAGO.— Usted es un senador.
BRABANCIO.— Esto lo responderás. Te conozco, Rodrigo.
RODRIGO.— Señor, responderé a cualquier cosa. Pero le suplico, si es su complacencia y sapientísimo consentimiento (pues en parte encuentro que lo es) que su hermosa hija, en esta hora impar y mortecina vigilia de la noche, transportada sin peor ni mejor guardia que un pícaro de alquiler común, un gondolero, a los groseros abrazos de un moro lascivo: si esto le es conocido, y con su venia, entonces le hemos hecho agravios atrevidos e insolentes. Pero si usted no lo sabe, mis modales me dicen que hemos recibido su injusta reprensión. No crea que contra el sentido de toda civilidad yo jugaría y me burlaría así de su reverencia. Su hija (si usted no le ha dado permiso) digo de nuevo, ha hecho una revuelta grosera, atando su deber, belleza, ingenio y fortunas a un extranjero extravagante y errante de aquí y de todas partes. Satisfágase enseguida: si ella está en su alcoba o en su casa, descargue sobre mí la justicia del estado por haberlo engañado así.
BRABANCIO.— ¡Prende la yesca, eh! ¡Dame una vela! ¡Llama a toda mi gente! Este accidente no es distinto de mi sueño, su creencia ya me oprime. ¡Luz, digo, luz!
(Sale de arriba.)
YAGO.— Adiós; porque debo dejarte: no parece apropiado ni sano para mi puesto ser presentado, como lo seré si me quedo, contra el moro. Pues conozco al estado, por mucho que esto pueda irritarlo con alguna reprensión, no puede con seguridad desecharlo, porque está embarcado con razón tan sonora en las guerras de Chipre, que ahora mismo están en acción, que, por sus almas, otro de su calado no tienen para conducir sus asuntos. En cuyo respecto, aunque lo odio como odio los tormentos del infierno, sin embargo, por necesidad de la vida presente, debo mostrar una bandera y señal de amor, que en verdad no es sino señal. Para que lo encuentres con seguridad, conduce la partida levantada al Sagitario, y allí estaré yo con él. Así que, adiós.
(Sale.)
(Entran Brabancio con criados y antorchas.)
BRABANCIO.— Es un mal demasiado cierto. Se ha ido, y lo que queda de mi despreciado tiempo no es más que amargura. Ahora, Rodrigo, ¿dónde la viste? (¡Oh, desdichada muchacha!) ¿Con el moro, dices? (¡Quién querría ser padre!) ¿Cómo supiste que era ella? (Oh, me engaña más allá de lo pensable.) ¿Qué te dijo? Traed más candelas, despertad a toda mi parentela. ¿Crees que están casados?
RODRIGO.— Creo que sí, en verdad.
BRABANCIO.— ¡Oh, cielos! ¿Cómo salió? ¡Oh, traición de la sangre! Padres, de aquí en adelante no confiéis en la voluntad de vuestras hijas por lo que les veáis hacer. ¿No hay encantamientos con los que se pueda abusar de la propiedad de la juventud y la doncellez? ¿No has leído, Rodrigo, de algo semejante?
RODRIGO.— Sí, señor, en efecto.
BRABANCIO.— Llama a mi hermano. ¡Oh, ojalá la hubieras tenido tú! Unos por un lado, otros por otro. ¿Sabes dónde podemos aprehenderla a ella y al moro?
RODRIGO.— Creo que puedo descubrirlo, si gustas conseguir buena guardia e ir conmigo.
BRABANCIO.— Te lo ruego, guíame. Llamaré a cada casa donde tenga mando, que son muchas. ¡Armas, ho! Y reunid a algunos oficiales especiales de la noche. Adelante, buen Rodrigo. Sabré recompensar tus esfuerzos.
(Salen.)
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
