Parte 12«Pensé que erais una mujer honrada»
Acto IVII
Chipre. Un aposento del castillo.
(Entran Otelo y Emilia.)
OTELO.— ¿No has visto nada, entonces?
EMILIA.— Ni he oído nunca, ni he sospechado jamás.
OTELO.— Sí, has visto a Casio y a ella juntos.
EMILIA.— Pero entonces no vi nada malo, y entonces oí cada sílaba que el aliento formó entre ellos.
OTELO.— ¿Qué, nunca cuchichearon?
EMILIA.— Nunca, señor.
OTELO.— ¿Ni te mandaron salir?
EMILIA.— Nunca.
OTELO.— ¿A buscar su abanico, sus guantes, su máscara, ni nada?
EMILIA.— Nunca, señor.
OTELO.— Qué extraño.
EMILIA.— Me atrevería, señor, a apostar que es honrada, poner mi alma en prenda: si piensa otra cosa, quite ese pensamiento, que abusa de su pecho. Si algún miserable le ha metido esto en la cabeza, que el cielo lo castigue con la maldición de la serpiente, porque si ella no es honrada, casta y fiel, no hay hombre feliz. La más pura de sus esposas es tan inmunda como la calumnia.
OTELO.— Dile que venga aquí. Ve.
(Sale Emilia.)
Dice bastante. Pero es una alcahueta simple la que no puede decir lo mismo. Esta es una puta astuta, un cofre con llave y cerrojo de secretos villanos. Y sin embargo se arrodilla y reza. La he visto hacerlo.
(Entran Desdémona y Emilia.)
DESDÉMONA.— Señor, ¿qué deseas?
OTELO.— Te lo ruego, paloma, ven aquí.
DESDÉMONA.— ¿Qué quieres?
OTELO.— Déjame ver tus ojos. Mírame a la cara.
DESDÉMONA.— ¿Qué horrible fantasía es esta?
(A Emilia.)
OTELO.— Algo de tu oficio, señora, deja a los fornicadores solos y cierra la puerta. Tose, o grita ejem, si viene alguien. Tu ministerio, tu ministerio. Vamos, date prisa.
(Sale Emilia.)
DESDÉMONA.— De rodillas, ¿qué significan tus palabras? Entiendo una furia en ellas, pero no las palabras.
OTELO.— Bien, ¿qué eres tú?
DESDÉMONA.— Tu esposa, señor, tu esposa fiel y leal.
OTELO.— Vamos, júralo, condénate, no sea que, pareciendo una del cielo, los mismos demonios tengan miedo de cogerte. Por tanto condénate doblemente. Jura que eres honrada.
DESDÉMONA.— El cielo bien lo sabe.
OTELO.— El cielo bien sabe que eres falsa como el infierno.
DESDÉMONA.— ¿Con quién, señor? ¿Con quién? ¿Cómo soy falsa?
OTELO.— ¡Oh Desdémona, fuera! ¡fuera! ¡fuera!
DESDÉMONA.— Ay, qué día tan sombrío, ¿por qué lloras? ¿Soy yo el motivo de estas lágrimas, señor? Si acaso sospechas que mi padre es un instrumento de que te llamen de vuelta, no me eches la culpa a mí. Si lo has perdido, pues yo también lo he perdido.
OTELO.— Si hubiera placido al cielo probarme con aflicción, si hubieran llovido toda clase de llagas y vergüenzas sobre mi cabeza desnuda, sumergido en la pobreza hasta los mismos labios, entregado al cautiverio yo y mis más altas esperanzas, habría encontrado en algún lugar de mi alma una gota de paciencia. Pero, ay, hacerme una figura fija para el tiempo del escarnio al que señale su dedo lento e inmóvil. Sin embargo podría soportar eso también, bien, muy bien: pero allí, donde he almacenado mi corazón, donde o debo vivir o no llevar vida alguna, la fuente de la que corre mi corriente, o si no se seca, para ser descartado de allí, o guardarlo como cisterna para sapos inmundos que se anuden y engendren dentro. Vuelve tu semblante hacia allí, Paciencia, tú querubín joven y de labios rosados, sí, allí, ¡mira torva como el infierno!
DESDÉMONA.— Espero que mi noble señor me considere honrada.
OTELO.— Oh, sí, como las moscas de verano en el matadero, que cobran vida apenas al soplar. Oh, hierbajo tú, que eres tan hermosa de ver y hueles tan dulce que el sentido duele ante ti, ¡ojalá no hubieras nacido nunca!
DESDÉMONA.— Ay, ¿qué pecado ignorante he cometido?
OTELO.— ¿Fue este hermoso papel, este libro tan bello, hecho para escribir «puta» en él? ¿Qué has cometido? ¡Cometido! ¡Oh, tú ramera pública! Debería hacer fraguas de mis mejillas que quemarían hasta las cenizas el pudor si solo hablara de tus actos. ¡Qué has cometido! El cielo se tapa la nariz ante ello, y la luna guiña los ojos; el viento lascivo, que besa a todo lo que encuentra, se calla dentro de la hueca mina de la tierra y no quiere oírlo. ¡Qué has cometido! ¡Ramera desvergonzada!
DESDÉMONA.— Por el cielo, me haces mal.
OTELO.— ¿No eres una ramera?
DESDÉMONA.— No, así soy cristiana: si preservar este vaso para mi señor de cualquier otro toque inmundo e ilícito no es ser ramera, entonces no lo soy.
OTELO.— ¿Qué, no eres puta?
DESDÉMONA.— No, así me salve Dios.
OTELO.— ¿Es posible?
DESDÉMONA.— ¡Oh, perdónanos el cielo!
OTELO.— Entonces te pido perdón. Te tomé por esa puta astuta de Venecia que se casó con Otelo. Tú, señora,
(Entra Emilia.)
que tienes el oficio opuesto al de san Pedro y guardas la puerta del infierno. ¡Tú, tú, sí, tú! Hemos terminado nuestro negocio; ahí está el dinero por tus trabajos. Te ruego que gires la llave y guardes nuestro secreto.
(Sale.)
EMILIA.— Ay, ¿qué imagina este caballero? ¿Cómo está, señora? ¿Cómo está, mi buena señora?
DESDÉMONA.— A fe, medio dormida.
EMILIA.— Buena señora, ¿qué le pasa a mi señor?
DESDÉMONA.— ¿Con quién?
EMILIA.— Pues con mi señor, señora.
DESDÉMONA.— ¿Quién es tu señor?
EMILIA.— El que es el suyo, dulce señora.
DESDÉMONA.— No tengo ninguno. No me hables, Emilia, no puedo llorar, ni tengo respuesta alguna salvo la que debiera ir por agua. Te lo ruego, esta noche pon en mi cama mis sábanas de boda, acuérdate, y llama aquí a tu marido.
EMILIA.— ¡Vaya un cambio, por cierto!
(Sale.)
DESDÉMONA.— Es justo que me traten así, muy justo. ¿Cómo me he comportado para que él ponga la más mínima opinión en mi menor falta?
(Entran Yago y Emilia.)
YAGO.— ¿Qué desea, señora? ¿Cómo se encuentra usted?
DESDÉMONA.— No puedo decir. Los que enseñan a los niños pequeños lo hacen con medios suaves y tareas fáciles. Él podría haberme regañado así, porque, a fe mía, soy una niña para la reprimenda.
YAGO.— ¿Qué pasa, señora?
EMILIA.— Ay, Yago, mi señor la ha enputecido tanto, lanzado tal desprecio y términos tan crueles sobre ella, que los corazones fieles no pueden soportarlo.
DESDÉMONA.— ¿Soy yo ese nombre, Yago?
YAGO.— ¿Qué nombre, hermosa señora?
DESDÉMONA.— El que ella dice que mi señor dijo que yo era.
EMILIA.— La llamó puta: un mendigo borracho no habría puesto tales términos sobre su furcia.
YAGO.— ¿Por qué lo hizo?
DESDÉMONA.— No lo sé. Estoy segura de que no soy tal cosa.
YAGO.— No llore, no llore: ¡ay, qué día!
EMILIA.— ¿Ha renunciado a tantos casamientos nobles, a su padre, y a su patria, y a sus amigos, para que la llamen puta? ¿no haría llorar a cualquiera?
DESDÉMONA.— Es mi desdichada fortuna.
YAGO.— ¡Maldito sea por ello! ¿Cómo le ha venido este capricho?
DESDÉMONA.— No, el cielo lo sabe.
EMILIA.— Que me cuelguen si algún villano eterno, algún bribón entrometido e insinuante, algún esclavo embustero y tramposo, para conseguir algún cargo, no ha tramado esta calumnia. Si no, que me cuelguen.
YAGO.— Bah, no hay tal hombre. Es imposible.
DESDÉMONA.— Si existe alguno así, ¡que el cielo lo perdone!
EMILIA.— ¡Que la soga lo perdone, y el infierno le roa los huesos! ¿Por qué había de llamarla puta? ¿Quién la acompaña? ¿Qué lugar? ¿Qué momento? ¿Qué modo? ¿Qué probabilidad? El moro ha sido engañado por algún bribón villanísimo, algún canalla bajo y notorio, algún miserable. Oh cielo, que a tales compañeros descubrieras y pusieras en cada mano honrada un látigo para azotar a los bribones desnudos por el mundo entero, desde el este hasta el oeste.
YAGO.— Baja la voz.
EMILIA.— ¡Oh, malditos sean! Algún miserable como ese fue el que te trastornó el entendimiento y te hizo sospechar de mí con el moro.
YAGO.— Eres una necia. Basta ya.
DESDÉMONA.— Ay, Yago, ¿qué debo hacer para recuperar a mi señor? Buen amigo, ve a verlo. Porque, por esta luz del cielo, no sé cómo lo perdí. Aquí me arrodillo. Si alguna vez mi voluntad cometió ofensa contra su amor, ya sea en discurrir del pensamiento o en acto verdadero, o si mis ojos, mis oídos o cualquier sentido hallaron deleite en otra forma, o si no amo todavía, como siempre amé y siempre amaré (aunque él me aparte de sí hacia un divorcio de mendiga) con amor profundo, ¡que me abandone el consuelo! La crueldad puede hacer mucho; y su crueldad puede destruir mi vida, pero nunca manchar mi amor. No puedo decir "puta". Me horroriza ahora al pronunciar la palabra; y para hacer el acto que mereciera ese nombre, no podrían inducirme todas las vanidades del mundo.
YAGO.— Le ruego, cálmese. No es más que su humor. Los asuntos de estado lo ofenden, y descarga su enojo con usted.
DESDÉMONA.— Si no fuera más que eso…
YAGO.— No es más que eso, se lo aseguro.
(Trompetas dentro.)
Oiga, estos instrumentos convocan a cenar. Los mensajeros de Venecia esperan el banquete. Entre y no llore. Todo se arreglará.
(Salen Desdémona y Emilia.)
(Entra Rodrigo.)
¿Qué hay, Rodrigo?
RODRIGO.— No creo que estés obrando justamente conmigo.
YAGO.— ¿Qué dices lo contrario?
RODRIGO.— Cada día me das largas con algún ardid, Yago, y más bien, según me parece ahora, me privas de toda oportunidad en lugar de ofrecerme la menor ventaja de esperanza. Ya no pienso soportarlo más. Ni estoy dispuesto a aceptar en paz lo que ya he sufrido neciamente.
YAGO.— ¿Me escucharás, Rodrigo?
RODRIGO.— A fe mía, ya he oído demasiado, porque tus palabras y tus actos no tienen parentesco alguno.
YAGO.— Me acusas muy injustamente.
RODRIGO.— Solo con la verdad. Me he consumido hasta arruinarme. Las joyas que te he dado para que entregues a Desdémona habrían corrompido a media monja: me has dicho que ella las recibió, y me has devuelto esperanzas y consuelos de pronta consideración y trato, pero no encuentro nada de eso.
YAGO.— Bueno, vamos, muy bien.
RODRIGO.— Muy bien, vamos, no puedo ir, hombre, ni está nada bien. Es más, digo que está muy mal, y empiezo a darme cuenta de que me has estado engañando.
YAGO.— Muy bien.
RODRIGO.— Te digo que no está nada bien. Me daré a conocer a Desdémona. Si me devuelve mis joyas, renunciaré a mi pretensión y me arrepentiré de mi ilícita solicitud. Si no, ten por seguro que te exigiré satisfacción a ti.
YAGO.— Ya has dicho lo tuyo.
RODRIGO.— Sí, y no he dicho sino lo que tengo firme intención de hacer.
YAGO.— Vaya, ahora veo que hay temple en ti, y desde este mismo instante me formo de ti mejor opinión que nunca. Dame la mano, Rodrigo. Has puesto contra mí una objeción muy justa, pero aun así te aseguro que he obrado con toda rectitud en tu asunto.
RODRIGO.— No lo parece.
YAGO.— Admito que no lo parece, y tu sospecha no carece de ingenio y juicio. Pero, Rodrigo, si hay en ti verdaderamente aquello que ahora tengo más razón que nunca para creer —me refiero a determinación, coraje y valor—, demuéstralo esta noche. Si la noche siguiente no gozas de Desdémona, arráncame de este mundo con traición e inventa trampas para mi vida.
RODRIGO.— Bien, ¿de qué se trata? ¿Está dentro de lo razonable y posible?
YAGO.— Señor, ha llegado de Venecia una comisión especial para nombrar a Casio en el puesto de Otelo.
RODRIGO.— ¿Es cierto eso? Entonces Otelo y Desdémona volverán a Venecia.
YAGO.— Oh, no; él se va a Mauritania, y se lleva consigo a la hermosa Desdémona, a menos que su estancia aquí se prolongue por algún accidente; y ninguno puede ser tan decisivo como la remoción de Casio.
RODRIGO.— ¿Qué quieres decir con "remoción"?
YAGO.— Pues incapacitarlo para el puesto de Otelo: rompiéndole los sesos.
RODRIGO.— ¿Y eso quieres que haga yo?
YAGO.— Sí, si te atreves a hacerte un beneficio y una justicia. Esta noche cena con una ramera, y allí iré yo a buscarlo. Aún no sabe de su honorable fortuna. Si vigilas su salida de allí, que yo arreglaré para que sea entre las doce y la una, podrás atraparlo a tu gusto: yo estaré cerca para apoyar tu intento, y caerá entre los dos. Vamos, no te quedes pasmado, sino ven conmigo. Te mostraré tal necesidad en su muerte que pensarás que estás obligado a ejecutarla. Ya es hora de cenar, y la noche se consume. Manos a la obra.
RODRIGO.— Quiero oír más razones para esto.
YAGO.— Y quedarás satisfecho.
(Salen.)
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