Parte 14La emboscada
Acto VI
Chipre. Una calle.
(Entran Yago y Rodrigo.)
YAGO.— Aquí, ponte detrás de este saliente. En seguida vendrá. Lleva tu buena espada desnuda y clávala bien. Rápido, rápido, no temas nada; yo estaré a tu lado. Esto nos hace o nos deshace, piensa en ello, y fija muy firme tu resolución.
RODRIGO.— Quédate cerca, puedo fracasar en esto.
YAGO.— Aquí, a tu lado. Ten valor y toma posición.
(Se retira a poca distancia.)
RODRIGO.— No tengo gran devoción por este acto; y sin embargo me ha dado razones convincentes. No es más que un hombre muerto. Adelante, espada mía; muere.
(Va a su puesto.)
YAGO.— He frotado a este grano joven casi hasta la llaga, y se le crece la ira. Ahora bien, ya mate él a Casio, o Casio a él, o cada uno mate al otro, toda salida me beneficia. Si vive Rodrigo, me reclama la restitución enorme de oro y joyas que le birlé, como regalos para Desdémona. No puede ser. Si Casio queda con vida, tiene una belleza cotidiana en su vida que me hace feo. Y además, el moro puede descubrirme ante él; ahí estoy yo en mucho peligro. No, debe morir. Pero ya está, lo oigo venir.
(Entra Casio.)
RODRIGO.— Conozco su paso; es él. ¡Villano, mueres!
(Se lanza y hace una estocada a Casio.)
CASIO.— Esa estocada habría sido en verdad mi enemiga, pero mi jubón es mejor de lo que sabes. Haré prueba del tuyo.
(Desenvaina y hiere a Rodrigo.)
RODRIGO.— ¡Oh, estoy muerto!
(Yago se lanza desde su puesto, corta a Casio por detrás en la pierna y sale.)
CASIO.— Estoy lisiado para siempre. ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Asesinato, asesinato!
(Cae.)
(Entra Otelo.)
OTELO.— La voz de Casio. Yago cumple su palabra.
RODRIGO.— ¡Oh, villano que soy!
OTELO.— Así es.
CASIO.— ¡Oh, auxilio! ¡Luz! ¡Un cirujano!
OTELO.— Es él. Oh, valiente Yago, honrado y justo, que tienes tan noble sentido del agravio de tu amigo. Me enseñas... Ramera, tu querido yace muerto, y tu maldito destino se apresura. ¡Puta, voy! Fuera de mi corazón esos encantos, tus ojos, están borrados; tu lecho, manchado de lujuria, será salpicado con la sangre de la lujuria.
(Sale.)
(Entran Ludovico y Graciano.)
CASIO.— ¿Cómo! ¿No hay ronda? ¿Nadie pasa? ¡Asesinato, asesinato!
GRACIANO.— Es alguna desgracia; el grito es muy espantoso.
CASIO.— ¡Oh, auxilio!
LUDOVICO.— ¡Escucha!
RODRIGO.— ¡Oh, miserable villano!
LUDOVICO.— Dos o tres gimen. Es una noche pesada. Pueden ser imposturas. Creamos inseguro acercarnos al grito sin más ayuda.
RODRIGO.— ¿No viene nadie? Entonces me desangraré hasta morir.
(Entra Yago con una luz.)
LUDOVICO.— ¡Escucha!
GRACIANO.— Aquí viene uno en camisa, con luz y armas.
YAGO.— ¿Quién va? ¿De quién es ese ruido que grita asesinato?
LUDOVICO.— No lo sabemos.
YAGO.— ¿No oyeron un grito?
CASIO.— ¡Aquí, aquí! ¡Por el amor de Dios, ayúdenme!
YAGO.— ¿Qué ocurre?
GRACIANO.— Este es el alférez de Otelo, según creo.
LUDOVICO.— El mismo en efecto, un hombre muy valiente.
YAGO.— ¿Quiénes son ustedes que gritan tan lastimosamente?
CASIO.— ¿Yago? ¡Oh, estoy destrozado, perdido por villanos! Denme auxilio.
YAGO.— ¡Ay de mí, teniente! ¿Qué villanos han hecho esto?
CASIO.— Creo que uno de ellos anda por aquí, y no puede escapar.
YAGO.— ¡Oh, villanos traidores!
(A Ludovico y Graciano.)
¿Quiénes son ustedes? Acérquense y den auxilio.
RODRIGO.— ¡Oh, ayúdenme aquí!
CASIO.— Ese es uno de ellos.
YAGO.— ¡Oh, esclavo asesino! ¡Oh, villano!
(Apuñala a Rodrigo.)
RODRIGO.— ¡Oh, maldito Yago! ¡Oh, perro inhumano!
YAGO.— ¡Matar hombres en la oscuridad! ¿Dónde están esos ladrones sangrientos? ¡Qué silenciosa está esta ciudad! ¡Eh! ¡Asesinato! ¡Asesinato! ¿Quiénes pueden ser ustedes? ¿Son del bien o del mal?
LUDOVICO.— Según nos pruebe, nos elogiará.
YAGO.— ¿Señor Ludovico?
LUDOVICO.— Él, señor.
YAGO.— Le pido perdón. Aquí está Casio herido por villanos.
GRACIANO.— ¡Casio!
YAGO.— ¿Cómo está usted, hermano?
CASIO.— Tengo la pierna cortada en dos.
YAGO.— ¡Válgame Dios, no lo permita el cielo! Luz, señores, se la vendaré con mi camisa.
(Entra Bianca.)
BIANCA.— ¿Qué pasa aquí? ¿Quién gritó?
YAGO.— ¿Quién gritó?
BIANCA.— ¡Oh, mi querido Casio, mi dulce Casio! ¡Oh, Casio, Casio, Casio!
YAGO.— ¡Oh, notable puta! Casio, ¿sospecha usted quiénes pueden ser los que así lo han mutilado?
CASIO.— No.
GRACIANO.— Lamento encontrarlo así; he estado buscándolo.
YAGO.— Présteme una liga. Así... Oh, que traigan una silla, para llevarlo fácilmente de aquí.
BIANCA.— ¡Ay, se desmaya! ¡Oh, Casio, Casio, Casio!
YAGO.— Señores todos, sospecho que esta basura es cómplice en este crimen. Paciencia un momento, buen Casio. Vamos, vamos; présteme una luz. ¿Conocemos esta cara o no? ¿Ay, mi amigo y mi querido paisano Rodrigo? No. Sí, seguro; ¡oh, cielos! Rodrigo.
GRACIANO.— ¿Cómo, de Venecia?
YAGO.— Él mismo, señor. ¿Lo conocía usted?
GRACIANO.— ¿Conocerlo? Sí.
YAGO.— ¿Señor Graciano? Le pido gentil perdón. Estos sangrientos accidentes deben excusar mis modales, que tanto lo descuidaron.
GRACIANO.— Me alegro de verlo.
YAGO.— ¿Cómo está usted, Casio? ¡Oh, una silla, una silla!
GRACIANO.— ¡Rodrigo!
YAGO.— Él, él, es él.
(Traen una silla.)
Oh, bien dicho; la silla. Que algún buen hombre lo lleve con cuidado de aquí, yo iré a buscar al cirujano del general. [_A Bianca_] En cuanto a usted, señora, ahórrese el trabajo. Este que yace aquí muerto, Casio, era mi querido amigo. ¿Qué rencor había entre ustedes?
CASIO.— Ninguno en el mundo. Ni conozco al hombre.
(A Bianca.)
YAGO.— ¿Cómo, está usted pálida? Oh, sáquenlo de aquí al aire.
(Se llevan a Casio y Rodrigo.)
Quédense, buenos señores... ¿Está usted pálida, señora? ¿Perciben el pavor de su mirada? Vaya, si miran fijamente, oiremos más dentro de poco. Obsérvenla bien. Se lo ruego, mírenla. ¿Ven, señores? Vaya, la culpa hablará aunque las lenguas se hubieran perdido.
(Entra Emilia.)
EMILIA.— ¡Ay, qué pasa! ¿Qué pasa, marido?
YAGO.— Aquí Casio ha sido atacado en la oscuridad por Rodrigo, y unos compañeros que han escapado. Está casi muerto, y Rodrigo muerto.
EMILIA.— ¡Ay, buen caballero! ¡Ay, buen Casio!
YAGO.— Este es el fruto de la putería. Te lo ruego, Emilia, ve a preguntarle a Casio dónde cenó esta noche. ¿Cómo, tiemblas por eso?
BIANCA.— Cenó en mi casa, pero no es por eso que tiemblo.
YAGO.— ¿Oh, fue así? Te ordeno que vengas conmigo.
EMILIA.— ¡Fuera, fuera de aquí, puta!
BIANCA.— No soy ninguna puta, sino de vida tan honrada como tú que así me insultas.
EMILIA.— ¿Como yo? ¡Bah! ¡Fuera de aquí!
YAGO.— Buenos señores, vayamos a ver que curen al pobre Casio. Venga, señora, debe contarnos otra historia. Emilia, corre tú a la ciudadela y cuéntale a mi señor y a mi señora lo que ha sucedido. ¿Irán ustedes adelante? [_Aparte._] Esta es la noche que o me hace o me deshace del todo.
(Salen.)
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
