Parte 2Otelo, detenido
Acto III
Venecia. Otra calle.
(Entran Otelo, Yago y acompañantes con antorchas.)
YAGO.— Aunque en el oficio de la guerra he matado hombres, sigo creyendo que es la sustancia misma de la conciencia no cometer asesinatos premeditados; a veces me falta maldad para servirme a mí mismo: nueve o diez veces pensé en atravesarlo aquí bajo las costillas.
OTELO.— Mejor así como está.
YAGO.— No, pero parloteó, y dijo palabras tan viles y provocadoras contra su honor, que con la poca piedad que tengo apenas pude contenerme. Pero le ruego, señor, ¿se ha casado usted en firme? Tenga la seguridad de que el magnífico es muy querido y tiene de hecho una voz tan poderosa como el doble de la del dux; logrará divorciarlo, o le impondrá cuanta restricción y agravio la ley (con toda su fuerza para ejecutarla) pueda darle rienda.
OTELO.— Que haga cuanto quiera; mis servicios, que he prestado a la señoría, hablarán más alto que sus quejas. Aún no se sabe —y cuando sepa que jactarse es un honor, lo proclamaré— que traigo mi vida y mi ser de hombres de rango real. Y mis méritos pueden hablar sin quitarse el sombrero ante una fortuna tan orgullosa como esta a la que he llegado. Porque has de saber, Yago, que si no fuera porque amo a la gentil Desdémona, no pondría mi condición libre y sin ataduras en circunscripción y encierro por todo el valor del mar. Pero mira, ¿qué luces vienen allá?
YAGO.— Son el padre alborotado y sus amigos: será mejor que entre usted.
OTELO.— No; debo ser encontrado. Mis cualidades, mi título y mi alma intachable me manifestarán como es debido. ¿Son ellos?
YAGO.— Por Jano, creo que no.
(Entran Casio y oficiales con antorchas.)
OTELO.— ¡Los servidores del dux y mi teniente! ¡La bondad de la noche sobre ustedes, amigos! ¿Qué noticias hay?
CASIO.— El dux lo saluda, general, y requiere su comparecencia urgente, urgentísima, incluso en este instante.
OTELO.— ¿Cuál es el asunto, cree usted?
CASIO.— Algo de Chipre, según puedo adivinar. Es un asunto de cierta urgencia. Las galeras han enviado una docena de mensajeros sucesivos esta misma noche pisándose los talones unos a otros; y muchos de los cónsules, levantados y reunidos, están ya con el dux. Lo han llamado con insistencia, y al no encontrarlo en su alojamiento, el senado ha enviado tres búsquedas distintas para dar con usted.
OTELO.— Bien está que me haya encontrado usted. Solo gastaré aquí una palabra en la casa, y voy con usted.
(Sale.)
CASIO.— Alférez, ¿qué hace él aquí?
YAGO.— A fe mía, esta noche ha abordado una carraca de tierra: si resulta presa legal, está hecho para siempre.
CASIO.— No entiendo.
YAGO.— Se ha casado.
CASIO.— ¿Con quién?
(Entra Otelo.)
YAGO.— Cásate con… Vamos, capitán, ¿nos vamos?
OTELO.— Voy con ustedes.
CASIO.— Aquí viene otra tropa a buscarlo.
(Entran Brabancio, Rodrigo y oficiales con antorchas y armas.)
YAGO.— Es Brabancio. General, esté advertido, viene con mala intención.
OTELO.— ¡Alto, deténganse ahí!
RODRIGO.— Señor, es el moro.
BRABANCIO.— ¡Abajo con él, ladrón!
(Desenvaínan ambos bandos.)
YAGO.— ¡Usted, Rodrigo! Vamos, señor, yo soy para ti.
OTELO.— Guarden sus espadas brillantes, que el rocío las oxidará. Buen señor, mandará usted más con sus años que con sus armas.
BRABANCIO.— ¡Oh vil ladrón, dónde has escondido a mi hija! Maldito como eres, la has encantado, porque me remito a todas las cosas del sentido (si no estuviera atada en cadenas de magia) si una doncella tan tierna, hermosa y feliz, tan opuesta al matrimonio, que rechazaba a los ricos y rizados favoritos de nuestra nación, habría jamás, para exponerse a la burla general, huido de su tutela al pecho tiznado de una cosa como tú, para terror, no para deleite. Júzgueme el mundo, si no es evidente al sentido que has practicado en ella hechizos inmundos, abusado de su delicada juventud con drogas o minerales que debilitan la voluntad. Haré que se discuta; es probable y palpable al pensamiento. Por lo tanto te aprehendo y te detengo por abusador del mundo, practicante de artes prohibidas y sin garantía.— Échenle mano, si resiste, redúzcanlo bajo su propio riesgo.
OTELO.— Detengan sus manos, tanto ustedes de mi bando como los demás: si me tocara luchar, lo habría sabido sin apuntador. ¿Dónde quiere que vaya para responder a esta acusación suya?
BRABANCIO.— A prisión, hasta que el tiempo adecuado de la ley y el curso de la sesión directa te llamen a responder.
OTELO.— ¿Y si obedezco? ¿Cómo quedará entonces satisfecho el dux, cuyos mensajeros están aquí a mi lado, por algún asunto presente del estado, para llevarme ante él?
UN OFICIAL.— Es cierto, dignísimo señor, el dux está en consejo, y estoy seguro de que su noble persona ha sido mandada llamar.
BRABANCIO.— ¿Cómo? ¿El dux en consejo? ¿A estas horas de la noche? Llévenlo; la mía no es una causa ociosa. El dux mismo, o cualquiera de mis hermanos del estado, no puede sino sentir este agravio como si fuera propio. Porque si tales acciones pueden tener paso libre, esclavos y paganos serán nuestros estadistas.
(Salen.)
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
