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Parte 7Los músicos y el bufón

Otelo · William Shakespeare · 2 min de lectura

Acto IIII

Chipre. Ante el castillo.

(Entran Casio y algunos músicos.)

CASIO.— Maestros, toquen aquí, les pagaré el trabajo. Algo breve; y denle los buenos días al general.

(Música.)

(Entra el Bufón.)

EL BUFÓN.— Vaya, maestros, ¿han estado sus instrumentos en Nápoles, que hablan así por la nariz?

MÚSICO 1º.— ¿Cómo, señor, cómo?

EL BUFÓN.— ¿Son estos, si me permiten, instrumentos de viento?

MÚSICO 1º.— Sí, claro que lo son, señor.

EL BUFÓN.— Ah, de ahí cuelga una cola.

MÚSICO 1º.— ¿De dónde cuelga un cuento, señor?

EL BUFÓN.— Pues, señor, de muchos instrumentos de viento que conozco. Pero, maestros, aquí tienen dinero: y al general le gusta tanto su música, que les ruega, por amor, que no hagan más ruido con ella.

MÚSICO 1º.— Bien, señor, no lo haremos.

EL BUFÓN.— Si tienen alguna música que no se pueda oír, adelante con ella. Pero, como dicen, oír música no es algo que le importe mucho al general.

MÚSICO 1º.— No tenemos de esa, señor.

EL BUFÓN.— Entonces guarden sus flautas en la bolsa, que yo me largo. Vamos, evapórense en el aire, ¡fuera!

(Salen los músicos.)

CASIO.— ¿Me oyes, mi honesto amigo?

EL BUFÓN.— No, no oigo a su honesto amigo. Lo oigo a usted.

CASIO.— Por favor, guárdate las agudezas. Aquí tienes una pobre moneda de oro: si la dama que sirve a la esposa del general está levantada, dile que un tal Casio le ruega el pequeño favor de unas palabras. ¿Harás esto?

EL BUFÓN.— Está levantada, señor; si ella quiere moverse hasta aquí, yo me encargaré de notificárselo.

CASIO.— Hazlo, buen amigo.

(Sale el Bufón.)

(Entra Yago.)

Qué oportuno, Yago.

YAGO.— ¿No se ha acostado usted, entonces?

CASIO.— Pues no. Ya había amanecido antes de separarnos. Me he tomado la libertad, Yago, de mandar llamar a tu mujer. Mi petición es que ella consiga con la virtuosa Desdémona que me reciba.

YAGO.— Se la enviaré enseguida, y voy a idear el modo de sacar al moro de en medio, para que su conversación y su asunto puedan ser más libres.

CASIO.— Le agradezco humildemente.

(Sale Yago.)

Nunca conocí a un florentino más bondadoso y honesto.

(Entra Emilia.)

EMILIA.— Buenos días, buen teniente; lamento su desgracia, pero todo saldrá bien, seguro. El general y su esposa están hablando de ello, y ella habla por usted con firmeza: el moro responde que aquel a quien hirió es de gran fama en Chipre y gran linaje, y que en sana prudencia no puede sino rechazarlo; pero asegura que lo aprecia y no necesita más intercesor que su propia voluntad para tomar la ocasión más segura por delante y hacerlo volver.

CASIO.— Aun así, le ruego, si le parece bien, o si puede hacerse, que me conceda la ocasión de unas breves palabras con Desdémona a solas.

EMILIA.— Entre, por favor. Lo llevaré a donde tenga tiempo de hablar con el corazón en la mano.

CASIO.— Le quedo muy agradecido.

(Salen.)

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