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Parte 6La noche de la borrachera

Otelo · William Shakespeare · 15 min de lectura

Acto IIIII

Una sala en el castillo.

(Entran Otelo, Desdémona, Casio y servidores.)

OTELO.— Buen Miguel, ocúpate esta noche de la guardia. Enseñémonos a nosotros mismos ese honroso freno de no dejar que el festejo sobrepase la discreción.

CASIO.— Yago tiene instrucciones de lo que ha de hacerse. Pero aun así, con mi propio ojo yo mismo vigilaré.

OTELO.— Yago es de lo más honrado. Miguel, buenas noches. Mañana, a primera hora, déjame hablar contigo. [_A Desdémona._] Ven, amor mío querido, hecha la compra, los frutos han de seguir; ese provecho aún está por llegar entre tú y yo.— Buenas noches.

(Salen Otelo, Desdémona y servidores.)

(Entra Yago.)

CASIO.— Bienvenido, Yago. Debemos ir a la guardia.

YAGO.— Todavía no, teniente. Aún no son las diez. Nuestro general nos despidió tan temprano por amor a su Desdémona; no lo culpemos por ello: aún no ha disfrutado de la noche con ella; y ella es recreo digno de Júpiter.

CASIO.— Es una dama de lo más exquisita.

YAGO.— Y, te lo aseguro, llena de juego.

CASIO.— En verdad, es una criatura de lo más fresca y delicada.

YAGO.— ¡Qué ojos tiene! Me parece que suenan a parlamento de provocación.

CASIO.— Un ojo que invita, y sin embargo me parece muy modesto.

YAGO.— Y cuando habla, ¿no es acaso un llamado al amor?

CASIO.— Ella es en verdad la perfección.

YAGO.— ¡Bien, felicidad a sus sábanas! Ven, teniente, tengo una jarra de vino; y aquí fuera hay un par de galanes de Chipre que querrían brindar gustosos a la salud del negro Otelo.

CASIO.— Esta noche no, buen Yago. Tengo muy pobre e infeliz cabeza para beber. Bien querría que la cortesía inventase alguna otra costumbre de entretenimiento.

YAGO.— Oh, son nuestros amigos; pero una copa: yo beberé por ti.

CASIO.— He bebido solo una copa esta noche, y aun esa estuvo astutamente rebajada, y mira qué trastorno causa aquí: soy desafortunado en esa debilidad, y no me atrevo a poner a prueba mi flaqueza con más.

YAGO.— ¡Vamos, hombre! Es una noche de regocijo. Los galanes lo desean.

CASIO.— ¿Dónde están?

YAGO.— Aquí en la puerta. Te ruego, hazlos pasar.

CASIO.— Lo haré; pero me disgusta.

(Sale.)

YAGO.— Si puedo endilgarle tan solo una copa más, con lo que ya ha bebido esta noche, estará tan lleno de pelea y ofensa como el perro de mi joven ama. Y ahora mi tonto enfermo Rodrigo, a quien el amor ha vuelto casi del revés, ha bebido esta noche con Desdémona libaciones a fondo de jarra; y él está de guardia: tres mozos de Chipre, nobles espíritus hinchados, que guardan sus honores a una distancia recelosa, los elementos mismos de esta isla guerrera, los he aturdido esta noche con copas rebosantes, y ellos también están de guardia. Ahora, en medio de este rebaño de borrachos, voy a poner a nuestro Casio en alguna acción que pueda ofender a la isla. Pero aquí vienen: si la consecuencia tan solo confirma mi sueño, mi barca navega libremente, con viento y corriente a favor.

(Entran Casio, Montano y caballeros; seguidos por un sirviente con vino.)

CASIO.— Por Dios, ya me han dado un trago copioso.

MONTANO.— A fe mía, uno pequeño; no más de una pinta, como soy soldado.

YAGO.— ¡Vino, eh!

(Canta.)

_Y dejadme el jarrillo tintinear, tintinear, y dejadme el jarrillo tintinear, tintinear: un soldado es un hombre, oh, la vida del hombre es solo un instante, pues entonces dejad al soldado beber._ ¡Vino, muchachos!

CASIO.— Por Dios, una canción excelente.

YAGO.— La aprendí en Inglaterra, donde en verdad son de lo más potentes en emborracharse: tu danés, tu alemán y tu holandés de panza colgante,—¡bebed, eh!—no son nada comparados con tu inglés.

CASIO.— ¿Es tu inglés tan experto en su beber?

YAGO.— Vaya, él te bebe, con facilidad, a tu danés hasta matarlo borracho; no suda para derribar a tu alemán; hace vomitar a tu holandés antes de que la siguiente jarra pueda llenarse.

CASIO.— ¡A la salud de nuestro general!

MONTANO.— Estoy dispuesto, teniente; y haré justicia contigo.

YAGO.— ¡Oh, dulce Inglaterra!

(Canta.)

_El rey Esteban era un noble par, sus calzones le costaron solo una corona; las tuvo por seis peniques demasiado caras, con eso llamó bellaco al sastre. Era un hombre de gran renombre, y tú eres de bajo nivel: es el orgullo lo que hunde al país, así que échate tu viejo manto encima._ ¡Vino, eh!

CASIO.— Por Dios, esta es una canción más exquisita que la otra.

YAGO.— ¿Quieres oírla otra vez?

CASIO.— No, porque tengo por indigno de su puesto al que hace esas cosas. Bien, Dios está por encima de todo, y hay almas que deben salvarse, y hay almas que no deben salvarse.

YAGO.— Es verdad, buen teniente.

CASIO.— Por mi parte, sin ofensa para el general, ni para ningún hombre de calidad, espero salvarme.

YAGO.— Y yo también, teniente.

CASIO.— Sí, pero, con vuestro permiso, no antes que yo; el teniente ha de salvarse antes que el alférez. No más de esto; vayamos a nuestros asuntos. ¡Perdónanos nuestros pecados! Señores, atendamos a nuestro deber. No penséis, señores, que estoy borracho. Este es mi alférez, esta es mi mano derecha, y esta es mi izquierda. No estoy borracho ahora. Puedo mantenerme bien en pie, y hablo bien.

TODOS.— Excelentemente bien.

CASIO.— Pues muy bien entonces. No debéis pensar, entonces, que estoy borracho.

(Sale.)

MONTANO.— A la plataforma, señores. Vamos, pongamos la guardia.

YAGO.— Ves a este sujeto que se ha ido delante, es un soldado apto para estar junto a César y dar órdenes: y solo mira su vicio, es a su virtud un justo equinoccio, el uno tan largo como el otro. Es una lástima. Temo que la confianza que Otelo deposita en él, en algún momento raro de su debilidad, sacudirá esta isla.

MONTANO.— ¿Pero está así con frecuencia?

YAGO.— Es siempre el prólogo de su sueño: vigilará el reloj dos veces si la bebida no mece su cuna.

MONTANO.— Estaría bien que se le hiciera saber al general. Quizá no lo ve, o su buena naturaleza aprecia la virtud que aparece en Casio, y no mira sus males: ¿no es cierto?

(Entra Rodrigo.)

(Aparte, a él.)

YAGO.— ¿Qué hay, Rodrigo? Te ruego, sigue al teniente; ve.

(Sale Rodrigo.)

MONTANO.— Y es gran lástima que el noble moro arriesgue un puesto como su segundo con alguien de una debilidad arraigada: sería acción honrada decírselo al moro.

YAGO.— Yo no, por esta hermosa isla. Aprecio mucho a Casio y haría mucho por curarlo de este mal. ¡Pero espera! ¿Qué ruido?

(Gritos dentro: «¡Socorro! ¡Socorro!»)

(Entra Casio, persiguiendo a Rodrigo.)

CASIO.— ¡Pardiez, granuja, canalla!

MONTANO.— ¿Qué pasa, teniente?

CASIO.— ¡Un bellaco enseñándome mi deber! Meteré al bellaco a golpes en una botella de mimbre.

RODRIGO.— ¿Golpearme?

CASIO.— ¿Tú parloteas, granuja?

(Golpeando a Rodrigo.)

MONTANO.— No, buen teniente; os ruego, señor, deteneos.

CASIO.— Soltadme, señor, o os golpearé en el casco.

MONTANO.— Vamos, vamos, estáis borracho.

CASIO.— ¿Borracho?

(Pelean.)

(Aparte, a Rodrigo.)

YAGO.— ¡Fuera, te digo! Ve y grita motín.

(Sale Rodrigo.)

No, buen teniente, voluntad de Dios, señores. ¡Socorro, eh!—Teniente,—señor,—Montano,—señor:— ¡Socorro, señores! ¡Vaya guardia más hermosa!

(Suena una campana.)

¿Quién es el que toca la campana?—¡Diablo, eh! La ciudad se alzará. Voluntad de Dios, teniente, alto, seréis avergonzado para siempre.

(Entran Otelo y servidores.)

OTELO.— ¿Qué sucede aquí?

MONTANO.— ¡Por Dios, aún sangro, estoy herido de muerte!

OTELO.— ¡Quietos, por vuestra vida!

YAGO.— ¡Quietos, eh! Teniente… señor… Montano… señores… ¿Han olvidado ustedes todo sentido del lugar y el deber? ¡Quietos! El general les habla; ¡quietos, quietos, por vergüenza!

OTELO.— Pero ¿qué pasa aquí? ¿De dónde surge esto? ¿Nos hemos vuelto turcos, y nos hacemos a nosotros mismos lo que el cielo les ha prohibido a los otomanos? Por vergüenza cristiana, dejen esta riña bárbara: el que se mueva ahora para satisfacer su propia rabia tiene en poco su alma; muere en cuanto se agite. Silencien esa terrible campana, aterra a la isla sacándola de su sosiego. ¿Qué sucede, señores? Honrado Yago, que pareces muerto de pena, habla, ¿quién empezó esto? Por el amor que me tienes, te lo ordeno.

YAGO.— No lo sé. Amigos todos hasta hace un momento, hace un instante, en calma, y en términos como novios que se desnudan para el lecho; y luego, ahora mismo, como si algún astro hubiera enloquecido a los hombres, espadas fuera, y apuntándose uno al pecho del otro, en oposición sangrienta. No puedo decir cómo empezó esta mezquina disputa; ¡y ojalá en acción gloriosa hubiera perdido estas piernas que me trajeron a tomar parte en ella!

OTELO.— ¿Cómo es, Miguel, que te has olvidado tanto de ti?

CASIO.— Le ruego que me perdone; no puedo hablar.

OTELO.— Digno Montano, usted solía ser cuerdo. La gravedad y quietud de su juventud el mundo ha admirado, y su nombre es grande en boca del más sabio juicio: ¿qué sucede para que desate así su reputación y gaste su valiosa opinión por el nombre de pendenciero nocturno? Respóndame.

MONTANO.— Digno Otelo, estoy herido de peligro. Su oficial, Yago, puede informarle, mientras ahorro palabras, que ahora me cuestan algo, de todo lo que sé; ni sé que yo haya dicho o hecho nada malo esta noche, a menos que el amor propio sea a veces un vicio, y defendernos sea un pecado cuando la violencia nos asalta.

OTELO.— Ahora, por el cielo, mi sangre empieza a gobernar sobre mis guías más seguras, y la pasión, habiendo enturbado mi mejor juicio, pretende llevar el camino. ¡Por Dios, si me muevo, o aunque sólo levante este brazo, el mejor de ustedes se hundirá en mi reprensión! Háganme saber cómo empezó este sucio tumulto, quién lo inició, y el que resulte culpable de esta ofensa, aunque fuera gemelo mío, nacido en el mismo parto, me perderá. ¡Cómo! ¿en una ciudad de guerra, aún salvaje, con los corazones del pueblo rebosantes de miedo, manejar rencillas privadas y domésticas, de noche, y en el patio y la guardia de seguridad? Es monstruoso. Yago, ¿quién lo empezó?

MONTANO.— Si por parcialidad afín, o alianza de oficio, ofreces más o menos que la verdad, no eres soldado.

YAGO.— No me toques tan de cerca. Preferiría que me cortaran esta lengua de la boca antes que ofendiera a Miguel Casio. Sin embargo, me persuado de que decir la verdad no le hará ningún daño. Es así, general: Montano y yo estábamos conversando, llega un tipo gritando pidiendo ayuda, y Casio siguiéndolo con espada resuelta, para ejecutarlo. Señor, este caballero se interpone ante Casio y le ruega que se detenga. Yo mismo perseguí al que gritaba, no fuera que con su clamor (como así sucedió) la ciudad cayera en pánico: él, veloz de pies, superó mi propósito: y volví más bien porque oí el tintineo y caída de espadas, y a Casio blasfemando alto, cosa que hasta esta noche nunca había dicho antes. Cuando regresé, (porque esto fue breve) los encontré pegados uno al otro, a golpe y estocada, justo como estaban de nuevo cuando usted mismo los separó. Más de este asunto no puedo informar. Pero los hombres son hombres; los mejores a veces olvidan; aunque Casio le hizo algún pequeño agravio, como los hombres en ira golpean a quienes mejor les desean, sin embargo, seguramente Casio, creo, recibió de aquel que huía alguna extraña indignidad que la paciencia no pudo dejar pasar.

OTELO.— Lo sé, Yago, tu honradez y amor pican fino este asunto, aligerándoselo a Casio. Casio, te amo, pero nunca más serás oficial mío.

(Entra Desdémona, acompañada.)

¡Mira, si mi dulce amor no ha sido despertada! Te haré un ejemplo.

DESDÉMONA.— ¿Qué sucede?

OTELO.— Ya todo está bien, mi amor; ven a la cama. Señor, por sus heridas, yo mismo seré su cirujano. Llévenlo.

(Se llevan a Montano.)

Yago, vigila con cuidado la ciudad, y silencia a los que esta vil riña perturbó. Ven, Desdémona: es la vida del soldado que sus bálsamos sueños sean despertados por el conflicto.

(Salen todos excepto Yago y Casio.)

YAGO.— ¿Qué, estás herido, teniente?

CASIO.— Sí, más allá de toda cirugía.

YAGO.— ¡Vaya, Dios no lo permita!

CASIO.— ¡Reputación, reputación, reputación! ¡Oh, he perdido mi reputación! He perdido la parte inmortal de mí mismo, y lo que queda es bestial. ¡Mi reputación, Yago, mi reputación!

YAGO.— Como soy hombre honrado, creí que habías recibido alguna herida corporal; hay más sentido en eso que en la reputación. La reputación es una imposición ociosa y completamente falsa, obtenida a menudo sin mérito y perdida sin merecerlo. No has perdido reputación alguna, a menos que te consideres tú mismo tal perdedor. Vamos, hombre, hay formas de recuperar al general otra vez: ahora mismo has sido expulsado en su enfado, un castigo más de política que de malicia, como quien golpearía a su perro inofensivo para asustar a un león imperioso: apela a él de nuevo, y es tuyo.

CASIO.— Prefiero apelar a ser despreciado antes que engañar a un comandante tan bueno con un oficial tan insignificante, tan borracho y tan indiscreto. ¿Borracho? ¿y hablar como loro? ¿y reñir? ¿fanfarronear? ¿jurar? ¿y discurrir jerigonza con mi propia sombra? ¡Oh, tú, espíritu invisible del vino, si no tienes nombre por el cual ser conocido, dejemos que te llamemos demonio!

YAGO.— ¿Quién era el que seguiste con tu espada? ¿Qué te había hecho?

CASIO.— No lo sé.

YAGO.— ¿Es posible?

CASIO.— Recuerdo una masa de cosas, pero nada distintamente; una riña, pero nada del porqué. ¡Oh Dios, que los hombres metan un enemigo en sus bocas para que les robe el cerebro! ¡Que con júbilo, placer, jolgorio y aplauso nos transformemos en bestias!

YAGO.— Bueno, pero ahora estás bastante bien: ¿cómo llegaste a recuperarte así?

CASIO.— Le ha placido al demonio embriaguez ceder lugar al demonio ira. Una imperfección me muestra otra, para hacerme despreciarme francamente a mí mismo.

YAGO.— Vamos, eres un moralizador demasiado severo. Tal como están el tiempo, el lugar y la condición de este país, cordialmente desearía que esto no hubiera sucedido; pero ya que es como es, enmiéndalo para tu propio bien.

CASIO.— Le pediré mi puesto de nuevo; ¡me dirá que soy un borracho! Tuviera yo tantas bocas como la Hidra, tal respuesta las taparía todas. ¡Ser ahora un hombre sensato, enseguida un necio, y de inmediato una bestia! ¡Oh extraño! Cada copa inmoderada está maldita, y el ingrediente es un demonio.

YAGO.— Vamos, vamos, el buen vino es una buena criatura familiar, si se usa bien. No exclames más contra él. Y, buen teniente, creo que crees que te amo.

CASIO.— Lo he comprobado bien, señor. ¿Yo, borracho?

YAGO.— Usted, o cualquier hombre vivo, puede emborracharse alguna vez. Le diré lo que debe hacer. La mujer de nuestro general es ahora el general; puedo decirlo en este sentido, porque él se ha entregado y consagrado por completo a la contemplación, observe, y señalamiento de sus encantos y gracias. Confiésese libremente con ella. Implore su ayuda para que lo devuelva a su puesto. Ella es de una disposición tan generosa, tan bondadosa, tan propicia, tan bendita, que considera un vicio en su bondad no hacer más de lo que se le pide. Esta fractura entre usted y su marido, ruéguela que la entablille, y apuesto mi fortuna contra cualquier envite digno de mención a que esta grieta en el amor de él crecerá más fuerte de lo que era antes.

CASIO.— Me aconseja usted bien.

YAGO.— Lo afirmo, con la sinceridad del amor y de la bondad honesta.

CASIO.— Lo creo así; y temprano por la mañana suplicaré a la virtuosa Desdémona que interceda por mí; estoy desesperado con mi fortuna si aquí me rechazan.

YAGO.— Tiene usted razón. Buenas noches, teniente, debo ir a la guardia.

CASIO.— Buenas noches, honesto Yago.

(Sale.)

YAGO.— ¿Y quién es entonces el que dice que hago de villano? ¿Cuando este consejo que doy es gratuito y honesto, probable al pensamiento, y en verdad el camino para recuperar al moro? Porque es facilísimo doblegar a la inclinada Desdémona en cualquier causa honesta. Está formada tan fecunda como los elementos libres. Y luego, para ella ganar al moro, aunque fuera renunciar a su bautismo, todos los sellos y símbolos del pecado redimido, su alma está tan encadenada a su amor que ella puede hacer, deshacer, lo que le plazca, y que su apetito juegue a ser dios con su débil función. ¿Cómo soy entonces villano por aconsejar a Casio este camino paralelo, directamente hacia su bien? ¡Teología del infierno! Cuando los demonios quieren cargar con los pecados más negros, sugieren primero con apariencias celestiales, como hago yo ahora: porque mientras este honesto necio suplica a Desdémona que repare su fortuna, y ella por él ruega con fuerza al moro, yo verteré esta pestilencia en su oído, que ella lo reclama por la lujuria de su cuerpo; y cuanto más se esfuerce ella en hacerle bien, más deshará su crédito ante el moro. Así convertiré su virtud en brea, y de su propia bondad haré la red que los enredará a todos.

(Entra Rodrigo.)

¿Qué hay, Rodrigo?

RODRIGO.— Sigo aquí en la persecución, no como un sabueso que caza, sino como uno que llena la jauría. Mi dinero está casi agotado, esta noche me han apaleado magníficamente; y creo que el resultado será que tendré tanta experiencia por mis penas, y así, sin nada de dinero y con un poco más de ingenio, volveré a Venecia.

YAGO.— ¡Qué pobres son los que no tienen paciencia! ¿Qué herida sanó jamás sino por grados? Sabes que trabajamos con ingenio, y no con brujería, y el ingenio depende del tiempo dilatorio. ¿Acaso no va bien? Casio te ha golpeado, y tú, con ese pequeño daño, has destituido a Casio; aunque otras cosas crezcan hermosas bajo el sol, los frutos que florecen primero madurarán primero. Conténtate un rato. Por la misa, ya es de día; el placer y la acción hacen las horas parecer cortas. Retírate; ve donde estás alojado. Vamos, digo, sabrás más después. Anda, vete.

(Sale Rodrigo.)

Dos cosas debo hacer. Mi mujer tiene que interceder por Casio ante su señora. Yo la pondré a ello; mientras tanto yo apartaré al moro, y lo traeré justo cuando pueda encontrar a Casio solicitando a su mujer. Sí, ese es el camino. No embotes el plan con frialdad y demora.

(Sale.)

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