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Parte 13La canción del sauce

Otelo · William Shakespeare · 4 min de lectura

Acto IVIII

Chipre. Otra sala del castillo.

(Entran Otelo, Ludovico, Desdémona, Emilia y cortesanos.)

LUDOVICO.— Le ruego, señor, que no se moleste más.

OTELO.— Oh, perdóneme; me hará bien caminar.

LUDOVICO.— Señora, buenas noches. Humildemente agradezco a su señoría.

DESDÉMONA.— Su señoría es muy bienvenido.

OTELO.— ¿Caminamos, señor? Oh, Desdémona...

DESDÉMONA.— ¿Sí, mi señor?

OTELO.— Vete a la cama ahora mismo, volveré enseguida. Despide a tu criada. Cuida de que así sea.

DESDÉMONA.— Sí, mi señor.

(Salen Otelo, Ludovico y cortesanos.)

EMILIA.— ¿Cómo va ahora? Parece más sereno que antes.

DESDÉMONA.— Dice que volverá al instante. Me ha mandado que me vaya a la cama, y me ha ordenado que te despida.

EMILIA.— ¿Que me despidas?

DESDÉMONA.— Esa fue su orden. Por tanto, buena Emilia, dame mi ropa de noche, y adiós. No debemos disgustarlo ahora.

EMILIA.— ¡Ojalá no lo hubieras visto nunca!

DESDÉMONA.— Yo no querría eso. Mi amor lo aprueba tanto, que hasta su aspereza, sus reproches, sus ceños... desabróchamelo, te lo ruego... tienen gracia y encanto en ellos.

EMILIA.— He puesto en la cama las sábanas que me pediste.

DESDÉMONA.— Tanto da. ¡Dios mío, qué tontas son nuestras mentes! Si yo muriera antes que tú, te ruego que me amortajes con una de esas mismas sábanas.

EMILIA.— Vamos, vamos, qué cosas dices.

DESDÉMONA.— Mi madre tenía una criada llamada Bárbara. Estaba enamorada, y aquel a quien amaba se volvió loco y la abandonó. Tenía una canción del sauce, algo viejo, pero que expresaba su fortuna, y murió cantándola. Esa canción esta noche no se me va de la cabeza. Apenas puedo evitar inclinar la cabeza a un lado y cantarla como la pobre Bárbara. Te ruego que te des prisa.

EMILIA.— ¿Voy a buscar tu bata de noche?

DESDÉMONA.— No, desabróchamelo aquí. Este Ludovico es un hombre apuesto.

EMILIA.— Un hombre muy bien parecido.

DESDÉMONA.— Habla bien.

EMILIA.— Conozco una dama en Venecia que habría caminado descalza hasta Palestina por tocar su labio inferior.

(Cantando.)

DESDÉMONA.— _La pobre alma se sentó suspirando junto a un sicómoro, cantad todos sauce verde. Su mano en el pecho, su cabeza en la rodilla, cantad sauce, sauce, sauce. Los arroyos frescos corrían junto a ella, y murmuraban sus lamentos, cantad sauce, sauce, sauce; sus lágrimas de sal caían de ella, y ablandaban las piedras;..._ Deja esto a un lado...

(Canta.)

_Cantad sauce, sauce, sauce._ Te ruego que te apresures. Él vendrá pronto.

(Canta.)

_Cantad todos sauce verde ha de ser mi guirnalda. Que nadie lo culpe, su desdén yo apruebo..._ No, eso no es lo siguiente. ¡Escucha! ¿Quién llama?

EMILIA.— Es el viento.

(Canta.)

DESDÉMONA.— _Llamé falso amor a mi amor; pero ¿qué dijo él entonces? Cantad sauce, sauce, sauce: si cortejo a más mujeres, yacerás con más hombres._ Así que vete; buenas noches. Me pican los ojos; ¿eso anuncia llanto?

EMILIA.— No viene ni va.

DESDÉMONA.— He oído que se dice así. ¡Oh, estos hombres, estos hombres! ¿Tú crees en conciencia... dime, Emilia... que haya mujeres que engañen a sus maridos de forma tan grosera?

EMILIA.— Las hay, sin duda.

DESDÉMONA.— ¿Harías tú tal cosa por todo el mundo?

EMILIA.— Y tú, ¿no la harías?

DESDÉMONA.— ¡No, por esta luz del cielo!

EMILIA.— Ni yo tampoco por esta luz del cielo; podría hacerlo igual de bien a oscuras.

DESDÉMONA.— ¿Harías tú tal cosa por todo el mundo?

EMILIA.— El mundo es algo inmenso. Es un gran precio por un vicio pequeño.

DESDÉMONA.— En verdad, creo que tú no lo harías.

EMILIA.— En verdad, creo que sí lo haría, y lo desharía cuando lo hubiera hecho. A fe mía, no haría tal cosa por un anillo partido, ni por varas de lino, ni por vestidos, enaguas, ni gorros, ni ninguna menudencia; pero por el mundo entero... vaya, ¿quién no haría cornudo a su marido para hacerlo monarca? Yo me arriesgaría al purgatorio por ello.

DESDÉMONA.— Maldita sea si yo haría semejante afrenta por el mundo entero.

EMILIA.— Vaya, la afrenta no es sino una afrenta en el mundo; y teniendo el mundo por tu trabajo, es una afrenta en tu propio mundo, y podrías enmendarla rápidamente.

DESDÉMONA.— No creo que exista tal mujer.

EMILIA.— Sí, una docena; y otras tantas por añadidura como para poblar el mundo por el que jugaron. Pero creo que es culpa de sus maridos si las esposas caen: supón que descuidan sus deberes y vierten nuestros tesoros en lechos ajenos; o bien estallan en celos mezquinos, imponiéndonos restricciones. O supón que nos golpean, o nos escatiman lo que antes teníamos por despecho. Vaya, tenemos hiel; y aunque tengamos algo de gracia, también tenemos algo de venganza. Que sepan los maridos que sus esposas tienen sentidos como ellos: ven, y huelen, y tienen paladar tanto para lo dulce como para lo agrio, como los maridos. ¿Qué es lo que hacen cuando nos cambian por otras? ¿Es diversión? Creo que sí. ¿Y lo engendra el deseo? Creo que sí. ¿Es fragilidad la que así yerra? También lo es. ¿Y no tenemos nosotras deseos, ansias de diversión, y fragilidad, como los hombres? Entonces que nos traten bien: si no, que sepan que los males que hacemos, sus males nos los enseñan.

DESDÉMONA.— Buenas noches, buenas noches. Que el cielo me envíe tal uso, no para escoger lo malo de lo malo, ¡sino para enmendarme con lo malo!

(Salen.)

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