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Libro VIII

Las metamorfosis · Ovidio · 44 min de lectura

Parte1versos 1-100

Ya cuando el lucífero brillante descorría el día y ahuyentaba los tiempos de la noche, cae el Euro, y se levantan las nubes húmedas: los Austros apacibles conceden camino favorable a los Eácidas y a Céfalo; llevados felizmente por ellos, antes de lo esperado alcanzaron los puertos que buscaban. Mientras tanto Minos devasta las costas Lelégeyas y pone a prueba las fuerzas de su Marte en la ciudad de Álcatoe, que gobierna Niso, a quien un espléndido cabello púrpura adherido entre sus canas honorables y en medio de la coronilla era la garantía de su gran reino.

Por sexta vez resurgían los cuernos de la luna naciente, y aún pendía la fortuna de la guerra, y durante mucho tiempo entre ambos bandos vuela la Victoria con alas indecisas. Había una torre real añadida a las murallas sonoras, en las cuales se dice que la prole de Leto dejó su lira dorada: el sonido de ella quedó adherido a la piedra. La hija de Niso solía subir allí con frecuencia y golpear con una piedrecilla las rocas resonantes, cuando había paz; también durante la guerra solía contemplar desde allí los combates del rígido Marte, y ya por la demora de la guerra conocía también los nombres de los jefes y las armas y los caballos y los atuendos y las aljabas Cidoneas; conocía sobre todos el rostro del jefe Europeo, más aún de lo que basta conocer: según el juicio de ella, Minos, ya fuera que había ocultado su cabeza en el casco penachado de plumas, era hermoso con su yelmo; ya fuera que había tomado el escudo fulgente de bronce, le quedaba bien haber tomado el escudo; cuando había lanzado las jabalinas flexibles tensando los brazos: la doncella alababa el arte unido con la fuerza; cuando había curvado los arcos abiertos con la flecha colocada: juraba que así se erguía Febo tomando las saetas; pero cuando realmente había descubierto su rostro quitándose el bronce y purpúreo oprimía el lomo del caballo blanco cubierto con tapices bordados y sujetaba la boca espumante, apenas la doncella Nisea era dueña de sí, apenas de su mente sana: feliz la jabalina que él tocara, y felices llamaba las riendas que oprimiera con su mano.

Tiene el impulso, si le fuera permitido, de llevar sus pasos virginales a través de las huestes enemigas, tiene el impulso de arrojarse desde lo alto de las torres al campamento Cnosio o de abrir las puertas de bronce al enemigo, o cualquier otra cosa que Minos quisiera. Y mientras estaba sentada contemplando las tiendas blancas del rey Dicteo, dice: '¿Me alegraré o me dolerá que se libre esta guerra lamentable? Estoy en duda; me duele que Minos sea enemigo para mí que lo amo.

¡Pero si no hubiera guerra, nunca lo habría conocido! Sin embargo, podría deponer la guerra aceptándome como rehén: me tendría como compañera, como prenda de paz. Si la que te parió fue tal, hermosísimo de los reyes, como eres tú mismo, con razón el dios ardió por ella. Oh, tres veces feliz yo, si deslizándome en alas por los aires pudiera llegar al campamento del rey Cnosio y confesándole a mí misma y mis llamas, con qué dote, preguntara quisiera ser comprada, ¡con tal que no pidiera la fortaleza paterna!

Pues que perezca antes el lecho nupcial esperado, antes que yo sea poderosa por traición –aunque a menudo el vencer útilmente la clemencia de un vencedor apacible lo hizo para muchos. Ciertamente libra guerras justas por su hijo asesinado: y la causa vale y las armas que defienden la causa. Pero creo que seremos vencidos; y si ese desenlace aguarda a la ciudad, ¿por qué el Marte de él ha de abrir estas murallas mías y no mi amor? Mejor podrá vencer sin matanza y sin demora y sin gasto de su propia sangre.

Ciertamente no temeré que alguien hiera tu pecho, Minos, imprudentemente: pues ¿quién tan duro como para atreverse a dirigir contra ti la lanza cruel sin saberlo? Me placen mis propósitos, y está decidido entregar contigo la patria como dote y poner fin a la guerra; ¡pero querer es poco! La guardia vigila las entradas, y mi padre tiene las llaves de las puertas: a él solo temo desdichada, él solo retrasa mis deseos. ¡Ojalá los dioses hicieran que yo estuviera sin padre! Cada cual ciertamente es dios para sí mismo: la Fortuna rechaza las plegarias cobardes.

Otra hace tiempo, inflamada por un deseo tan grande, se alegraría de destruir cualquier cosa que se opusiera a su amor. ¿Y por qué alguna sería más valiente que yo? Me atrevería a ir por fuegos y espadas; pero en esto no hay necesidad de fuego alguno ni de espadas, necesito el cabello paterno. Él me es más precioso que el oro, él me hará feliz la púrpura y dueña de mi deseo.' Mientras decía tales cosas, la noche, gran nodriza de los cuidados, sobrevino, y con las tinieblas creció la audacia.

Llegaba el primer reposo, cuando el sueño posee los pechos fatigados por las preocupaciones diurnas: silenciosa entra a las habitaciones paternas y (¡ay, crimen!) la hija despoja a su padre del cabello fatal y apoderada de la presa nefanda atraviesa a los enemigos (tan grande es la confianza en su mérito) y llega ante el rey; al cual así le habló estremecido: 'El amor persuadió el crimen: yo, Escila, hija real de Niso, te entrego a ti y a mi patria y mis penates; no pido premio alguno sino a ti: toma la prenda de mi amor, el cabello púrpura, y no creas que ahora te entrego un cabello, ¡sino que te confío la cabeza paterna!' Y con mano criminal tendió los dones; Minos rechazó lo que le tendían y turbado respondió ante la imagen del hecho inaudito: '¡Que los dioses te alejen, oh infamia de nuestro siglo, de su mundo, y que la tierra y el mar te sean negados! Ciertamente yo no permitiré que tanto monstruo toque a Creta, cuna de Júpiter, que es mi mundo.' Habló, y como legislador justísimo impuso leyes

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a los enemigos cautivos, mandó soltar las amarras de la flota e impulsar con los remos las naves de bronce. Escila después que vio las quillas bajadas a navegar por el estrecho y que el jefe no le concedía el premio de su crimen, agotadas las súplicas, pasa a ira violenta y extendiendo las manos furiosa con los cabellos sueltos exclama: '¿Adónde huyes, dejando atrás a la autora de tus méritos, oh tú preferido a mi patria, preferido a mi padre? ¿Adónde huyes, cruel, cuya victoria es tanto mi crimen como mi mérito?

¿Ni te conmueven los dones dados, ni te conmueve mi amor, ni que toda mi esperanza se ha concentrado en ti solo? Pues ¿adónde regresaré abandonada? ¿A la patria? Yace vencida! Pero finge que permanece: me está cerrada por mi traición! ¿Al rostro de mi padre? ¿A quien te entregué? Los ciudadanos me odian mereciéndolo, los vecinos temen el ejemplo: quedamos excluidas de las tierras, para que solo Creta se nos abriera. Si también de ella me prohibes y nos abandonas, ingrato, no es tu madre Europa, sino la inhóspita Sirte, los tigres de Armenia y Caribdis agitada por el austro.

Ni eres hijo de Júpiter, ni tu madre fue seducida por la imagen de un toro: es falsa esa fábula de tu origen! Verdadero y feroz y no cautivado por amor de ninguna vaquilla fue el toro que te engendró. Exige castigo, padre Niso! Alegraos de mis males, murallas recién traicionadas por mí! Pues lo confieso, lo merecí y soy digna de perecer. Pero sin embargo alguno de aquellos a quienes impía herí que me dé muerte! ¿Por qué tú, que venciste por mi crimen, persigues el crimen?

Este crimen es contra la patria y contra el padre, ¡para ti sea un servicio! Verdaderamente digna de ti como esposa es la que adultera engañó al feroz toro con un madero y llevó en su vientre una prole discordante. ¿Acaso llegan mis palabras a tus oídos, o los vientos llevan palabras vanas y los mismos vientos, ingrato, tus naves? Ya, ya no es asombroso que Pasífae antepusiera el toro a ti: tú tenías más ferocidad. ¡Ay de mí, desdichada! Manda apresurarse! La onda separada por los remos resuena, y conmigo al mismo tiempo se aleja mi tierra.

En vano actúas, oh olvidadizo en vano de mis méritos: te seguiré contra tu voluntad y abrazada a la popa curva seré arrastrada por los largos mares.' Apenas había dicho esto, salta a las ondas y persigue las naves dándole fuerzas el deseo y se adhiere como compañera odiosa a la quilla Cnosiaca. Cuando el padre la vio (pues ya colgaba en el aire y recién se había convertido en águila marina de alas leonadas), iba para desgarrarla con el pico ganchudo adherida; ella por miedo soltó la popa, y al caer pareció que la brisa ligera la sostuvo para que no tocara las aguas.

Plumas le salen en las palmas: transformada en ave es llamada Ciris y de su cabello cortado recibió este nombre. Minos cumple su promesa a Júpiter y sacrifica cien toros en cuanto desembarcó sus naves en tierra de Creta, y el palacio quedó adornado con los despojos capturados. Pero había crecido la vergüenza de su linaje, y quedaba expuesto el horrible adulterio de su esposa por la forma monstruosa del híbrido; Minos decide apartar esta deshonra de su alcoba y encerrarlo en una casa laberíntica de pasillos ciegos.

Dédalo, famosísimo por su talento en el arte de la construcción, levanta la obra y confunde las señales y conduce la luz al extravío mediante el enredo de caminos diversos. No de otro modo el líquido Meandro en los campos frigios juega y con curso ambiguo refluye y fluye y encontrándose consigo mismo contempla las aguas que vendrán y ora vuelto hacia las fuentes, ora hacia el mar abierto ejercita sus aguas indecisas: así Dédalo llena innumerables senderos de confusión y apenas él mismo pudo regresar al umbral: tan grande es el engaño del edificio.

Después de que encerró allí la figura doble del toro y el joven, y al monstruo alimentado dos veces con sangre ateniense lo venció la tercera víctima enviada al noveno año, y cuando con ayuda de una doncella, cosa que ninguno de los anteriores logró, la difícil puerta fue encontrada siguiendo el hilo desenrollado, el hijo de Egeo raptó a la hija de Minos y hacia Día desplegó las velas y cruel abandonó a su compañera en aquella playa; a la abandonada que se quejaba largamente Líber le trajo abrazos y ayuda, y para que brillara con luz de estrella eterna, la corona que tomó de su frente la lanzó al cielo: vuela ella por los aires tenues y mientras vuela, las gemas se convierten en fuegos brillantes y se fijan en su lugar manteniendo la forma de corona, en el punto medio entre el Arrodillado y el que Sujeta la Serpiente.

Dédalo mientras tanto odiaba Creta y el largo exilio y tocado por el amor de su tierra natal estaba prisionero del mar. "Aunque cierre" dijo "tierras y aguas, el cielo al menos está abierto; iremos por ahí: que Minos lo posea todo, no posee el aire." Habló y dirige su mente hacia artes desconocidas y renueva la naturaleza. Pues coloca en orden plumas comenzando por la más pequeña, siguiendo la larga con la más breve, de modo que creerías que crecieron en pendiente: así la flauta rústica antaña se eleva poco a poco con cañas desiguales; luego ata las del medio con hilo y las de abajo con cera y así dispuestas las curva con leve inclinación, para imitar aves verdaderas.

El niño Ícaro junto a él estaba de pie y, sin saber que manejaba su propio peligro, con rostro sonriente ora atrapaba las plumas que la brisa errante había movido, ora ablandaba con el pulgar la cera amarilla y con su juego impedía la obra maravillosa de su padre. Después de que la última mano a lo comenzado fue puesta, el artífice equilibró en las alas dobles

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su propio cuerpo y quedó suspendido en el aire en movimiento; instruye también a su hijo "que por el camino medio corras, Ícaro," dice "te advierto, no sea que si vas más bajo el agua lastre las plumas, si más alto, el fuego las queme: vuela entre ambos. No te mando mirar a Bootes ni a Hélice ni la espada desnuda de Orión: conmigo de guía toma el camino!" Al mismo tiempo las lecciones de vuelo le entrega y ajusta a sus hombros las alas desconocidas.

Entre la obra y las advertencias las mejillas seniles se humedecieron, y las manos paternas temblaron; dio besos a su hijo que no volvería a repetir y levantado por las plumas vuela delante y teme por su compañero, como un ave desde lo alto que sacó a su tierna cría del nido hacia el aire, y la exhorta a seguir y le enseña las artes peligrosas y mueve sus propias alas y mira atrás las alas de su hijo. Algún pescador mientras captura peces con caña temblorosa, o un pastor apoyado en su cayado o un labrador en su arado los vio y quedó atónito, y creyó que quienes podían surcar el éter eran dioses.

Y ya quedaba a la izquierda la Samos de Juno (habían dejado atrás Delos y Paros) a la derecha estaba Lebintos y Calimna fecunda en miel, cuando el muchacho comenzó a gozar del vuelo audaz y abandonó a su guía y arrastrado por el deseo del cielo condujo su camino más alto. La cercanía del sol veloz ablanda las ceras olorosas, ataduras de las plumas; se habían derretido las ceras: agita él los brazos desnudos, y falto de remos no percibe aire alguno, y su boca que gritaba el nombre paterno es recibida por el agua azul, que tomó el nombre de él.

Pero el padre infeliz, ya no padre, "Ícaro," dijo, "Ícaro," dijo "¿dónde estás? ¿en qué región te buscaré?" "Ícaro" decía: vio las plumas en las olas y maldijo sus artes y el cuerpo en un sepulcro lo depositó, y la tierra fue llamada por el nombre del sepultado. A este que ponía en la tumba el cuerpo de su desdichado hijo lo observó desde un alero fangoso la parlanchina perdiz y batió las alas y manifestó su gozo con un canto, ave única entonces y no vista en años anteriores, convertida en ave hace poco, largo crimen para ti, Dédalo.

Pues a este le había confiado, ignorante de los hados, para que le enseñara su hermana su propia descendencia, un niño que había cumplido dos veces seis años, de mente capaz para las lecciones; él incluso habiendo notado las espinas en medio del pez las tomó como ejemplo y con hierro afilado grabó dientes continuos e inventó el uso de la sierra; también el primero de un solo nudo dos brazos de hierro ató, de modo que estando ellos a igual distancia una parte se quedara quieta, la otra trazara un círculo.

Dédalo tuvo envidia y desde la sagrada ciudadela de Minerva lo arrojó de cabeza, mintiendo que había caído; pero a aquel, que favorece los talentos, Palas lo recibió y en ave lo convirtió y lo cubrió con plumas en medio del aire, pero el vigor del ingenio que antes era veloz pasó a las alas y a las patas; el nombre que tenía antes permaneció. Sin embargo esta ave no eleva su cuerpo a lo alto, ni hace nidos en las ramas y en la copa elevada: vuela cerca del suelo y pone en los setos sus huevos y recordando la antigua caída teme las alturas.

Y ya la tierra del Etna acogía al fatigado Dédalo, y Cócalo tomando las armas por el suplicante era tenido por bondadoso; ya Atenas había dejado de pagar el tributo lamentable gracias a la gloria de Teseo: los templos se coronan, e invocan a Minerva guerrera junto con Júpiter y los otros dioses, a quienes con sangre prometida y con dones dados y montones de incienso honran; la fama vagabunda había esparcido el nombre de Teseo por las ciudades argólicas, y los pueblos que la rica Acaya contiene imploraron su ayuda en grandes peligros, su ayuda Calidón, aunque tuviera a Meleagro, la pidió suplicante con ruego angustiado: causa de la petición era un jabalí, servidor y vengador de Diana ofendida.

Pues cuentan que Eneo en un año lleno de éxitos las primicias de las cosechas a Ceres, su vino a Lieo, el licor de la rubia Palas a Minerva había ofrecido; el honor ambicioso comenzado en los agricultores llegó a todos los dioses de arriba: solo sin incienso dejadas cuentan que cesaron las aras de la Latonia despreciada. "La ira toca también a los dioses. Pero no lo soportaremos impunes, y aunque deshonrada, no seré llamada invenga" dijo, y por los campos de Oléno como vengador despreciada envió un jabalí, más grande que los toros que la herbosa Épiro no tiene, pero los campos de Sicilia tienen menores: de sangre y fuego brillan los ojos, se eriza el horrible cuello, y las cerdas como rígidas lanzas se erizan: hirviente con ronco estruendo por los anchos lomos fluye la espuma, los colmillos igualan a los colmillos indios, un rayo sale de la boca, las hojas arden con su aliento.

Él ora pisotea en hierba las mieses crecientes, ora siega maduras los votos del colono que llorará e intercepta a Ceres en las espigas: en vano el era y en vano esperan los graneros las cosechas prometidas. Son derribados los frutos grávidos con el largo sarmiento y la baya con las ramas del olivo siempre frondoso. Se ensaña también con los rebaños: ni estos el pastor o el perro, ni las manadas pueden defender los toros feroces. Huyen los pueblos y no se creen a salvo sino tras las murallas de la ciudad, hasta que Meleagro y con él un grupo escogido de jóvenes se reunieron por deseo de gloria: los gemelos Tindáridas, uno destacado en el pugilato, el otro en el caballo, y Jasón constructor de la primera nave,

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y con Pirítoo, Teseo, esa feliz concordia, y los dos Testíadas y la prole de Afareo, Linceo y el veloz Idas, y Ceneo, que ya no era mujer, y el feroz Leucipo y Acasto, insigne por su jabalina, e Hipótoo y Driante y Fénix, nacido de Amintor, y los Actóridas gemelos y Fileo, enviado desde Élide. Ni Telamón estaba ausente, ni el creador del gran Aquiles, y junto al hijo de Feretes y al hianteo Yolao, el infatigable Euritión y Equión, invicto en la carrera, y Lélex de Narico y Panopeo e Hileo y el feroz Hipaso y Néstor, que aún estaba en sus primeros años, y los que Hipoconte envió desde la antigua Amiclas, y el suegro de Penélope con el parrasio Anceo, y el sagaz hijo de Amico y Eclides, todavía a salvo de su esposa, y el ornato del bosque del Tegeo Liceo.

Un broche pulido le sujetaba el manto en lo alto, su cabello era simple, recogido en un solo nudo, del hombro izquierdo colgaba resonante un carcaj de marfil, guardián de las flechas, y en la izquierda sostenía el arco; así era su atuendo, un rostro que con verdad podrías decir de virgen en un muchacho, de muchacho en una virgen. La vio el héroe de Calidón, la vio y a la vez la deseó, aunque el dios se negaba, y aspiró las llamas ocultas y dijo «oh feliz, si ella dignara a alguno como su varón».

Ni el tiempo ni el pudor le permiten decir más: una obra mayor lo urge, la gran competencia. Un bosque espeso de troncos, que ninguna edad había talado, comienza desde la llanura y en pendiente contempla los campos: cuando llegaron allí los hombres, unos tienden las redes, otros sueltan las correas de los perros, otros siguen las huellas marcadas en el suelo, y anhelan encontrar su propio peligro. Había un valle cóncavo adonde solían descender las corrientes de las aguas pluviales; en el fondo del pantano crecían el sauce flexible y las livianas algas y los juncos palustres y los mimbres y las pequeñas cañas bajo la alta caña: de allí el jabalí, expulsado, se lanza violento contra los enemigos del centro, como los rayos arrancados de las nubes golpeadas.

El bosque se abate con su embestida, y la selva empujada produce un estruendo: gritan los jóvenes y sostienen extendidas las lanzas en su fuerte diestra, vibrando con anchas puntas de hierro. Él se precipita y dispersa a los perros, a cada uno que se opone a su furia, y los disipa ladrando con golpe oblicuo. La lanza arrojada por el brazo de Equión primero fue vana y dio leve herida al tronco de un arce; la siguiente, si no hubiera usado demasiada fuerza el que la lanzó, pareció que habría de clavarse en el lomo buscado: fue más lejos; el autor del disparo fue el de Págasas, Jasón.

«Febo», dice el hijo de Amico, «si te honré y te honro, concédeme alcanzar lo que busco con dardo certero». En lo que pudo, el dios asintió a sus plegarias: fue golpeado por él el jabalí, pero sin herida: Diana al dardo volador le quitó el hierro; llegó el madero sin punta. La ira de la fiera se encendió, y no ardió menos que el rayo: centellea en sus ojos, también del pecho respira llamas, y como vuela una masa impulsada por la cuerda tensada cuando busca los muros o las torres llenas de soldados, con seguro ímpetu así el puerco portador de heridas se lanza contra los jóvenes y derriba a Hipálmono y a Pelágono, que protegían el flanco derecho: los compañeros arrebataron a los caídos; pero no escapó a los golpes mortíferos Enesimo, hijo de Hipoconte: cuando temblaba y se disponía a volver la espalda, los tendones cortados en la corva lo abandonaron.

Quizá también el de Pilos habría perecido antes de los tiempos de Troya, pero tomando impulso con la lanza plantada saltó a las ramas del árbol que estaba más cerca, y miró desde lo alto, seguro en el lugar que había huido, al enemigo. Él, feroz, tras afilar los dientes en el tronco de encina, amenaza con la muerte y confiando en sus armas recientes vació con el hocico ganchudo el muslo del gran Euritida. Pero los gemelos, aún no astros celestes, los hermanos, ambos conspicuos, ambos más blancos que la nieve, cabalgaban en caballos, ambos sacudían con trémulo movimiento las puntas de las lanzas vibradas por los aires.

Habrían hecho heridas, si el erizado entre las espesas selvas no hubiera ido a lugares impenetrables para jabalinas y caballo. Lo persigue Telamón y por el afán incauto de avanzar cayó de bruces, retenido por una raíz de árbol. Mientras Peleo lo levanta, la tegea puso una veloz flecha en la cuerda y la expulsó del arco curvo: fijada bajo la oreja de la fiera, la caña rozó apenas el cuerpo superior y enrojeció las cerdas con escasa sangre; pero ella no estaba más alegre por el éxito de su golpe que Meleagro: se cree que fue el primero en ver y el primero en mostrar a los compañeros la sangre vista, y dijo «recibirás el merecido honor de tu valor».

Se sonrojaron los hombres y se exhortan unos a otros y añaden ánimos con gritos y lanzan dardos sin orden: la multitud daña a los lanzados e impide los golpes que busca. He aquí que furioso contra su propio destino el árcade portador de doble hacha «aprended, oh jóvenes, cuánto aventajan las armas viriles a las femeninas, y ceded a mi obra», dijo. «Aunque la misma Latonia lo proteja con sus armas, mi diestra matará a este contra la voluntad de Diana». Tales cosas había proferido hinchado con boca grandilocuente, y alzando con ambas manos el hacha de doble filo se había plantado en los dedos de los pies, suspendido en pronos golpes: lo alcanza en su audacia, por donde está el camino más próximo a la muerte, la fiera dirigió sus dobles colmillos a la cima de las ingles. Cayó Anceo y sus vísceras aglomeradas con mucha sangre resbalaron y fluyeron: la tierra fue empapada con la sangre.

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Iba contra el enemigo adverso la prole de Ixión, Pirítoo, blandiendo con fuerte diestra las venablos; a quien el Egida dijo «¡detente, oh más querido para mí que yo mismo, parte de mi alma! Está permitido a los valientes combatir desde lejos: a Anceo le dañó el valor temerario». Dijo y lanzó el fresno pesado con punta de bronce; que bien balanceado y potente para cumplir el voto futuro lo obstaculizó una rama frondosa de un árbol de encina. También el Esónida envió una jabalina: que el azar desvió de él hacia el destino de un perro ladrante inocente, y clavada entre sus ijares lo fijó por las ijadas a la tierra.

Pero la mano del Enida varía, y lanzadas dos, la primera lanza se clavó en tierra, la segunda en medio del lomo. Sin demora, mientras se enfurece, mientras vuelve el cuerpo en círculo y derrama espuma estridente mezclada con sangre nueva, el autor de la herida se acerca e irrita al enemigo hacia la ira y hunde el venablo resplandeciente en las paletillas opuestas. Los compañeros atestiguan su alegría con favorable clamor y buscan unir su diestra con la diestra vencedora y contemplan admirados a la fiera inmensa yaciendo en mucha tierra y no creen que aún sea seguro tocarla, pero sin embargo cada uno ensangrienta sus propias armas.

Él mismo, con el pie puesto encima, apretó la cabeza letal y así dijo «toma, Nonacria, el despojo de mi derecho, y que mi gloria venga a compartirse contigo». En seguida le entrega los despojos, el lomo erizado con rígidas cerdas y las fauces insignes por los grandes colmillos. Para ella es alegría tanto el regalo como el autor del regalo; los otros envidiaron, y hubo un murmullo en toda la tropa. De entre ellos, extendiendo los brazos con voz enorme, «deposita, vamos, y no interceptes, mujer, nuestros títulos», claman los Testíadas, «ni que la confianza en tu belleza te engañe, no sea que esté lejos de ti el autor cautivado por amor», y a esta le quitan el regalo, a aquel el derecho del regalo.

No lo soportó y rechinando con ira hinchada el Marcio «aprended, usurpadores del honor ajeno», dijo, «cuánto distan los hechos de las amenazas», y hundió en el pecho de Plexipo, que no temía tal cosa, el hierro nefando. A Toxeo, que dudaba qué hacer y que a la vez quería vengar al hermano y temía el destino fraterno, no le permitió dudar mucho y recalentó, caliente por la matanza anterior, el arma con la sangre compañera. Ofrendas de los dioses a los templos llevaba Altea por el hijo vencedor, cuando ve a sus hermanos muertos ser traídos.

Ella, lanzando lamentos, llena con tristes clamores la ciudad y cambió las vestiduras doradas por negras; pero tan pronto como fue revelado el autor de la muerte, cesó todo luto y de las lágrimas se volvió al amor del castigo. Había un tizón que, cuando yacía dando a luz, la Testíada, las tres hermanas pusieron en la llama hilando los hilos del destino con el pulgar sobre ellos, dijeron: 'El mismo tiempo damos al leño y a ti, oh recién nacido'. Después que dijeron este canto las diosas se fueron, y la madre arrancó del fuego el tizón en llamas y lo roció con agua que fluía.

Aquel había estado escondido largo tiempo en el fondo del santuario y guardado había guardado tus años, joven. La madre lo sacó y ordenó que se pusieran teas y leña y, puestas, acerca el fuego enemigo. Entonces intentó cuatro veces poner el tizón en las llamas y cuatro veces contuvo lo empezado: luchan madre y hermana, y dos nombres diversos arrastran un solo pecho. A menudo por miedo al crimen futuro palidecían sus mejillas, a menudo la ira ardiente ponía rubor en sus ojos, y a veces su rostro era semejante a quien amenaza cruel, a veces era alguien de quien creerías que se compadece; y cuando el ardor feroz del alma había secado sus lágrimas, aun así se encontraban lágrimas, y como una nave que arrebata el viento y arrebata la marea contraria al viento, siente doble fuerza y obedece incierta a ambos, así la hija de Testio yerra con dudosos sentimientos y alternativamente pone y puesta reaviva su ira.

Comienza sin embargo a ser mejor hermana que madre y para que con sangre calme las sombras de su sangre, es pía en su impiedad. Pues después que el fuego pestífero se fortaleció, dijo: 'Esta pira quemará mis entrañas', y mientras con mano terrible sostenía el leño fatal, infeliz se detuvo ante los altares sepulcrales y dijo: 'Diosas triples de los castigos, a vuestros ritos furiosos, Euménides, volved vuestros rostros! Vengo y hago un crimen; muerte con muerte debe expiarse, crimen debe añadirse a crimen, funeral a funeral: ¡que perezca la casa impía por los duelos amontonados!

¿Acaso Eneo feliz gozará de su hijo victorioso, y Testio quedará sin hijos? Mejor lloraréis ambos. Vosotros ahora, manes fraternos y almas recientes, sentid mi deber y recibid las grandes ofrendas preparadas, malas prendas de nuestro vientre! ¡Ay de mí! ¿adónde soy arrastrada? Hermanos, perdonad a la madre! Las manos me fallan para lo empezado: confieso que mereció morir; pero me desagrada el autor de su muerte. ¿Así que lo soportará impune y vivo y victorioso y hinchado por el propio éxito tendrá el reino de Calidón, mientras vosotros yaceréis ceniza exigua y sombras heladas?

No lo soportaré: que perezca el malvado y consigo arrastre la esperanza del padre y el reino y la ruina de la patria! ¿Dónde está el sentimiento materno? ¿Dónde los piadosos derechos de los padres y los trabajos de dos veces cinco meses que soporté? Oh, ojalá hubieras ardido en los primeros fuegos, niño, y yo lo hubiera padecido! Viviste por nuestro don;

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ahora morirás por tu merecido! Toma el premio de tu acción y devuelve el alma dada dos veces, primero en el parto, luego arrancado el tizón, o añádeme a las tumbas de mis hermanos! Y quiero y no puedo. ¿Qué haré? Ahora las heridas de mis hermanos están ante mis ojos y la imagen de tan grande matanza, ahora la piedad y los nombres maternos quiebran mi ánimo. ¡Ay de mí! Mal venceréis, pero venced, hermanos, con tal que los consuelos que os daré, y yo misma os siga!' Dijo y con la diestra vuelta y temblorosa arrojó el tizón fúnebre en medio de los fuegos: o dio o pareció dar gemidos el propio leño, cuando arrebatado por los fuegos reticentes ardió.

Ignorante y ausente Meleagro de aquella llama se quema y siente las entrañas abrasarse con fuegos ocultos y supera con valor los grandes dolores. Se lamenta sin embargo de que caiga con muerte innoble y sin sangre, y llama felices las heridas de Anceo y con gemido llama al padre anciano y a los hermanos y a las piadosas hermanas y a la compañera del lecho con boca suprema, y tal vez también a la madre. Crecen el fuego y el dolor y languidecen otra vez; a la vez se extinguió uno y otro, y poco a poco el espíritu se fue en leves aires poco a poco con la ceniza blanca cubriendo la brasa.

Yace abatida Calidón: lloran jóvenes y ancianos, plebe y nobles gimen, y desgarrados los cabellos se golpean las madres calidonias del Eveno; con polvo el padre mancha sus canas y rostro senil tendido en tierra e increpa su larga vida. Pues la madre consciente de su terrible acción se cobró el castigo con hierro atravesando sus entrañas. No, aunque un dios me diera cien bocas sonoras con lenguas e ingenio capaz y todo el Helicón entero, podría seguir los tristes destinos de las hermanas miserables.

Olvidadas del decoro golpean sus pechos amoratados, y mientras permanece el cuerpo, el cuerpo acarician y acarician, dan besos a él mismo, dan besos al lecho donde yace. Después de la ceniza aprietan contra sus pechos cenizas recogidas y tendidas yacen sobre el túmulo y el nombre grabado en piedra abrazado derraman lágrimas sobre el nombre. A estas finalmente Diana saciada con la matanza de la casa de Partenión excepto Gorge y la nuera noble de Alcmena con plumas en el cuerpo las levanta y extiende largas alas por los brazos y hace córneas sus bocas y transformadas las envía por el aire.

Mientras tanto Teseo cumplida la parte del trabajo compartido iba hacia la ciudad erectea de Tritonis. Aqueloo le cerró el camino e hizo demoras al que iba hinchado por la lluvia: 'Entra en mi casa', dice, 'ilustre Cecrópida, y no te entregues a las aguas rapaces: suelen arrastrar vigas sólidas y hacer rodar piedras oblicuas con gran murmullo. Vi establos altos junto a la orilla arrastrados con los rebaños; ni a los fuertes allí aprovechó ser ganados ni a los caballos ser veloces. Muchos cuerpos juveniles también este torrente cuando las nieves se sueltan del monte hundió en su remolino vertiginoso.

Más seguro es el reposo, hasta que los ríos corran por su cauce habitual, hasta que su álveo contenga las tenues aguas.' Asintió el Egida 'y usaré', respondió, 'Aqueloo, tu casa y tu consejo'; y usó ambos. Entra en el palacio construido con piedra pómez llena de huecos y toba ligera: húmeda estaba la tierra con suave musgo, el techo superior lo recubrían conchas y púrpura alterna. Y ya Hiperión había medido dos partes de la luz cuando se reclinaron en los lechos Teseo y los compañeros de trabajos, por un lado el hijo de Ixión, por otro el héroe trecenio por otra parte Lélex, con las sienes ya esparcidas de canas ralas, y cuantos otros había honrado con igual honor el río de los acarnanios, felicísimo con tan gran huésped.

Al punto ninfas desnudas con vestigios de sus pasos dispusieron las mesas con manjares y removidos los platos pusieron vino puro en copa de gema. Entonces el héroe máximo, mirando con sus ojos los mares que yacían debajo, dijo: '¿Qué lugar es aquel?' (y con el dedo señaló) 'y enséñame el nombre que lleva aquella isla, aunque no parece ser una sola!' A esto el río dijo: 'No es una sola lo que veis: cinco tierras yacen; el espacio engaña las distancias. Y para que menos te admires del hecho de Diana despreciada, estas habían sido náyades, que cuando diez novillos habían sacrificado e invocado a los dioses rurales a los ritos, olvidadas de mí llevaron coros festivos.

Me hinché, y tan grande como me llevo, cuando soy más abundante, tan grande era, y a la vez descomunal en ánimos y ondas arranqué bosques de bosques y campos de campos y con el lugar a las ninfas, acordadas entonces finalmente de mí, me precipité al mar. La ola nuestra y la del mar separó la tierra continua y la disolvió en tantas partes cuantas ves Equínadas en medio de las ondas. Pero como tú mismo ves, lejos, he aquí lejos se retiró una isla, grata para mí; el navegante la llama Perimele: a esta yo amada le quité el nombre virginal; lo que el padre Hipódamante soportó mal y desde un peñasco la arrojó a lo profundo el cuerpo de su hija que iba a morir.

La recogí y mientras nadaba llevándola dije: "Oh tú que por suerte tienes los reinos más próximos del mundo de las olas errantes, Tridentífero, trae ayuda, y a la sumergida por la ferocidad paterna da, Neptuno, te ruego, un lugar, o que sea ella misma un lugar, si es posible!" Mientras hablo, nueva tierra abrazó sus miembros nadantes y creció isla pesada con los miembros mudados.' El río calló después de esto. El hecho admirable a todos había conmovido: se ríe de los que creen, y como de los dioses

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Despreciaba las profecías y era feroz de mente, el hijo de Ixión. «Cuentas ficciones, Aqueloo, y crees que los dioses tienen demasiado poder si dan y quitan formas», dijo. Todos se quedaron atónitos y no aprobaron tales palabras, y antes que nadie Lélex, maduro de ánimo y de edad, habló así: «Inmenso es el poder del cielo y no tiene límite, y todo lo que los dioses de arriba quieren, se cumple. Y para que dudes menos, hay un tilo junto a un roble en las colinas frigias, rodeado por un muro modesto; yo mismo vi el lugar, pues Piteo de Pélope me envió a los campos que una vez gobernó su padre.

No lejos de ahí hay un pantano, tierra habitable antes, ahora aguas frecuentadas por somormujos y fochas palustres. Júpiter vino aquí con apariencia mortal y con su padre vino el Atlántida portador del caduceo, dejadas las alas. Llamaron a mil casas buscando lugar y descanso, mil casas cerraron con cerrojos; sin embargo una los recibió, pequeña, ciertamente, techada con paja y cañas de pantano, pero la piadosa anciana Baucis y Filemón de igual edad, en esa casa se unieron en sus años juveniles, en esa envejecieron juntos, y confesando su pobreza la hicieron liviana y la soportaron sin mente inconforme.

No importa si allí buscas amos o sirvientes: toda la casa son dos, los mismos obedecen y mandan. Así que cuando los habitantes del cielo tocaron los humildes penates y entraron inclinando la cabeza bajo los bajos dinteles, el viejo les pidió que descansaran sus miembros en un asiento puesto ahí; sobre él echó Baucis diligente un tejido rústico, y en el hogar apartó la tibia ceniza y avivó los fuegos de ayer, y los nutrió con hojas y corteza seca y los llevó a las llamas con su aliento senil, y bajó del techo astillas partidas y ramas secas y las redujo y las acercó a una pequeña olla de bronce.

Lo que su esposo había recogido del huerto regado, ella corta las hojas de las coles; él levanta con un bieldo el sucio lomo de cerdo que colgaba de una negra viga, guardado largo tiempo, y corta del lomo una parte exigua, y la que cortó la ablanda en aguas hirvientes. Mientras tanto engañan las horas intermedias con conversación y sacuden el colchón de suave junco de río puesto en el lecho de marco y patas de sauce. Lo cubren con telas que solo en días de fiesta solían tender, pero también esta era una tela común y vieja, no indigna del lecho de sauce.

Se recostaron los dioses. La anciana, arremangada y temblorosa, pone la mesa, pero una tercera pata de la mesa era desigual: un tiesto la igualó; después de que puesto debajo levantó la inclinación, verdes hojas de menta limpiaron la superficie nivelada. Se pone aquí la baya bicolor de la sincera Minerva y cerezas de otoño conservadas en líquido sedimento, y endibia y rábano y masa de leche cuajada y huevos ligeramente cocidos en ceniza no ardiente, todo en vasijas de barro. Después de esto se coloca una cratera labrada del mismo material, y copas hechas de haya, que por dentro están untadas con ceras amarillentas.

Breve demora, y el hogar envió los platos calientes, y de nuevo se trae vino no de larga vejez y cede el lugar a los postres, apartado un poco: aquí nueces, aquí higos secos mezclados con dátiles arrugados y ciruelas y manzanas fragantes en anchas canastas y uvas recogidas de las púrpuras vides. En el centro hay un panal blanco; sobre todo, los rostros bondadosos se añadieron y la voluntad ni perezosa ni pobre. Mientras tanto ven que la cratera vaciada se llena por sí sola tantas veces y el vino crece por sí mismo: atónitos por la novedad, temen, y con manos alzadas pronuncian preces Baucis y el temeroso Filemón y piden perdón por la comida y por no haber preparado nada.

Había un único ganso, guardián de la mínima granja: a él los dueños preparaban sacrificar para los dioses huéspedes; él, veloz de ala, cansa a los lentos por la edad y los elude largo rato y al fin pareció haberse refugiado junto a los propios dioses: los de arriba prohibieron matarlo. «Somos dioses, y el vecindario impío pagará merecidos castigos», dijeron; «a vosotros se os dará estar inmunes de este mal; solo dejad vuestro techo y acompañad nuestros pasos y subid juntos a lo alto del monte».

Obedecen ambos y apoyados en bastones se esfuerzan en poner sus pasos en la larga pendiente. Estaban tan lejos de la cima como puede ir una flecha disparada de una vez: volvieron los ojos y ven todo lo demás hundido en el pantano, solo su casa permanece en pie. Y mientras se asombran de esto, mientras lloran el destino de los suyos, aquella vieja casa, pequeña incluso para dos dueños, se transforma en templo: columnas reemplazaron las horcas, la paja amarillea y se ven techos dorados y puertas labradas y el suelo cubierto de mármol.

Entonces el Saturnio pronunció tales palabras con boca serena: «Decid, anciano justo y mujer digna de esposo justo, qué deseáis». Tras hablar brevemente con Baucis, Filemón revela a los dioses de arriba el deseo común: «Pedimos ser sacerdotes y cuidar vuestro santuario, y puesto que vivimos años concordes, que la misma hora se lleve a los dos, y que yo nunca vea la tumba de mi esposa, ni sea yo enterrado por ella». La fidelidad siguió a los votos: fueron custodios del templo mientras se les dio vida; liberados por los años y la edad, cuando casualmente estaban ante los escalones sagrados y del lugar contaban los sucesos, Baucis vio a Filemón echar hojas, Filemón anciano vio a Baucis echar hojas.

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Y ya sobre los dos rostros creciendo la copa, mientras pudieron, se dijeron mutuamente palabras, «adiós» y «oh, esposo» dijeron a la vez, a la vez el follaje cubrió sus bocas escondidas: todavía muestra allí el habitante de Tinia los troncos vecinos de los dos cuerpos gemelos. Esto me lo contaron ancianos no mentirosos (ni había razón para que quisieran engañar); yo ciertamente vi guirnaldas colgando sobre las ramas y poniendo unas frescas dije: "Que los cuidados de los dioses sean dioses, y quienes los honraron, sean honrados"».

Había terminado, y conmovió a todos tanto el relato como su narrador, a Teseo especialmente; a él, deseoso de oír hechos maravillosos de los dioses, el río Calidonio apoyado en el codo le habla así: «Hay, oh fortísimo, algunos cuya forma se cambió una vez y permanecieron en esa transformación; hay quienes tienen derecho a pasar a múltiples figuras, como tú, Proteo, habitante del mar que abarcas la tierra. Pues ora te vieron joven, ora te vieron león, ahora jabalí violento, ahora, a quien temerían tocar, eras serpiente, ora te hacían toro los cuernos; a menudo podías ser piedra, también a menudo árbol parecer, a veces, imitando la apariencia de las líquidas aguas, eras río, a veces fuego contrario a las ondas.

No menos derecho tiene la esposa de Autólico, hija de Erisictón: el padre de ella era quien despreciaba las divinidades de los dioses y no quemaba ningún incienso en los altares; él incluso se dice que violó con hacha el bosque de Ceres y profanó con hierro los antiguos arboledas. Había en ellos un enorme roble de vieja madera, un bosque él solo; cintas en medio y tablillas votivas y guirnaldas lo rodeaban, pruebas de votos cumplidos. A menudo bajo él las dríades llevaron danzas festivas, a menudo también con manos enlazadas en orden rodearon el tronco en círculo, y la medida del roble llenaba quince codos, y no menos todo lo demás del bosque estaba bajo él, como bajo todo bosque estuvo la hierba.

Pero ni por eso el Triopeyo de aquel roble apartó el hierro y ordenó a los esclavos cortar el sagrado roble, y cuando vio que los ordenados vacilaban, de uno arrancó el hacha y pronunció estas palabras el criminal: «No solo querida de la diosa, sino aunque ella misma fuera la diosa, ya tocará la tierra con su copa frondosa». Dijo, y mientras balancea el arma para golpes oblicuos, tembló y dio un gemido el roble de Deo, y a la vez las hojas, a la vez las bellotas comenzaron a palidecer y a extender la palidez por las largas ramas.

Cuando su mano impía hizo una herida en el tronco, no de otro modo fluyó sangre de la corteza rota que suele fluir cuando ante los altares un enorme toro víctima cae, la sangre brota profusa de la cerviz rota. Todos se quedaron atónitos, y alguno de entre todos se atreve para detener el crimen y contener la hacha salvaje: lo ve y el tesalio le dice "recibe el premio de tu mente piadosa" y vuelve el hierro del árbol hacia el hombre le corta la cabeza y sigue talando la encina, desde el interior del tronco brotó esta voz: "soy una ninfa bajo esta madera, la más grata a Ceres, y te predigo que el castigo de tus actos se acerca, muriendo, único consuelo de mi muerte." Él prosigue su crimen, y al fin el árbol, debilitado por los innumerables golpes y arrastrado con cuerdas, se derrumba y con su peso arrasa gran parte del bosque.

Atónitas las dríades por el daño del bosque y el suyo propio, todas hermanas, acuden dolientes a Ceres con vestidos negros y le piden castigo para Erisictón. Ella asiente y con el hermosísimo movimiento de su cabeza sacude los campos cargados de cosechas abundantes, y planea un castigo terrible, si no fuera que él por sus propios actos no es digno de compasión para nadie, despedazarlo con el Hambre pestífera: pero como ella misma no puede acercarse a la diosa (pues los hados no permiten que Ceres y el Hambre se encuentren), a una de las ninfas montañesas, una oréade rústica, le habla así: "hay un lugar en los confines helados de Escitia, tierra triste, suelo estéril, sin cultivos, sin árboles; allí habitan el Frío inerte, la Palidez y el Temblor y el Hambre macilenta: ordénale que se introduzca en las entrañas del sacrílego criminal, y que ninguna abundancia la venza ni supere mis fuerzas en el combate, y para que no te asuste la distancia del camino, toma el carro, toma los dragones que guiarás con las riendas por las alturas." Y se lo dio; ella, llevada por el aire en el carro entregado, llegó a Escitia: y en la cumbre del rígido monte (lo llaman Cáucaso) quitó el yugo de los cuellos de las serpientes y vio al Hambre buscada en un campo pedregoso arrancando con uñas y dientes hierbas escasas.

Tenía el cabello erizado, los ojos hundidos, palidez en el rostro, los labios blanquecinos de mugre, la garganta áspera de herrumbre, la piel dura, a través de la cual podían verse las vísceras; bajo los lomos curvos sobresalían huesos resecos, en lugar de vientre había un hueco; pensarías que el pecho colgaba y estaba sostenido apenas por el armazón de la columna. La delgadez había agrandado las articulaciones, se hinchaba la esfera de las rodillas, y los tobillos sobresalían con un bulto desmesurado. Cuando la vio de lejos (pues no se atrevió a acercarse más), transmite el mandato de la diosa y tras detenerse un poco, aunque estaba lejos, aunque acababa de llegar, le pareció sin embargo haber sentido el hambre, y condujo hacia atrás los dragones en lo alto hacia Hemonia con las riendas vueltas. El Hambre cumple las órdenes de Ceres, aunque siempre es contraria a su obra, y llevada por el viento a través del aire

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llega a la casa ordenada, e inmediatamente entra en el dormitorio del sacrílego y, abandonado al sueño profundo (pues era tiempo de noche), lo abraza con ambos brazos, se inspira en el hombre, y sopla sobre su garganta, pecho y boca y esparce el ayuno en sus venas vacías; cumplido el mandato, abandona el mundo fecundo y regresa a sus cuevas habituales, moradas de la pobreza. El dulce Sueño aún acariciaba a Erisictón con plumas apacibles: él busca manjares en imagen de sueño, mueve la boca en vano y cansa diente contra diente, ejercita la garganta engañada con comida inexistente y en lugar de banquetes devora en vano aires tenues; pero cuando se expulsa el descanso, arde el furor de comer y reina por las fauces ávidas y las vísceras encendidas.

Sin demora; lo que el mar, lo que la tierra, lo que produce el aire, lo pide y se queja de ayuno ante las mesas servidas y en los banquetes busca más banquetes; y lo que podría bastar a las ciudades, lo que podría bastar a un pueblo, no le basta a uno solo, y cuanto más manda a su vientre, más desea. Y como el mar recibe ríos de toda la tierra y no se sacia de aguas y bebe corrientes extranjeras, y como el fuego voraz nunca rechaza alimento y quema innumerables vigas y cuanta mayor abundancia se le da, más pide y es más voraz por la multitud misma: así la boca del profano Erisictón recibe y pide a la vez todos los manjares.

Todo alimento en él es causa de alimento, y siempre se vacía el lugar comiendo. Ya con el hambre y con el abismo del vientre profundo había consumido la riqueza paterna, pero sin consumirse permanecía aún entonces el hambre terrible, y vigorosa ardía la llama insaciable de la gula. Al fin, hundido en las vísceras el patrimonio, quedaba una hija, no digna de tal padre. También la vende el indigente: la noble rechaza al amo y extendiendo las palmas sobre las aguas cercanas dice "líbrame del amo, tú que tienes el premio de mi virginidad arrebatada": esto lo tenía Neptuno; quien no despreció la súplica, y aunque acababa de ser vista por el amo que la seguía, le cambia la forma y le da aspecto varonil y vestimenta apropiada para pescadores.

Su amo mirándola dice "oh tú que ocultas el anzuelo colgante con poco cebo, conductor de la caña, así el mar esté en calma para ti, así el pez en el agua sea confiado y no sienta los anzuelos sino clavado: la que hace poco con vestido vil y cabellos revueltos había estado en esta orilla (pues la vi de pie en la orilla), di dónde está: pues sus huellas no se extienden más lejos." Ella sintió que el don del dios resultaba bien y gozosa de que se la buscara a ella misma, respondió al que preguntaba: "quienquiera que seas, perdona; hacia ninguna parte he apartado mis ojos de esta agua y me he aplicado a mi tarea, y para que dudes menos, así el dios del mar ayude estas artes, que hace tiempo nadie en esta orilla, excepto yo, ni mujer alguna se ha detenido." Le creyó y el amo pisó la arena dando media vuelta y se fue engañado: a ella le fue devuelta su forma.

Pero cuando el padre comprendió que su hija tenía cuerpo transformable, muchas veces entregó a la Triopida a los amos, pero ella ora yegua, ora ave, ora vaca, ora ciervo se iba y proporcionaba al padre ávido alimentos injustos. Sin embargo la fuerza de aquel mal, después de haber consumido toda la materia y haber dado nuevo pasto a la grave enfermedad, empezó él mismo a desgarrar sus propios miembros y desmembrarlos a mordiscos y el infeliz, reduciéndose, alimentaba su cuerpo. ¿Por qué me demoro en casos ajenos?

También yo tengo el poder de cambiar mi cuerpo, oh joven, limitado en número. Pues ora parezco como soy ahora, ora me convierto en serpiente, ora como jefe del ganado pongo mis fuerzas en cuernos, cuernos, mientras pude. Ahora me falta la otra parte del arma de la frente, como tú mismo ves." A las palabras siguieron gemidos.

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