Libro VII
Parte1versos 1-100
Ya los Minias surcaban el estrecho en la nave de Págasas, y habían visto a Fineo arrastrando su vejez indigente bajo noche perpetua, y los jóvenes nacidos de Aquilón habían ahuyentado las vírgenes aves de la boca del mísero anciano, y tras sufrir mucho bajo el ilustre Jasón al fin habían alcanzado las rápidas ondas del cenagoso Fasis. Y mientras se presentan ante el rey y reclaman el vellocino de Frixo y se impone a los Minias la ley de horribles y grandes trabajos, entretanto la hija de Eetes concibe poderosos fuegos y tras luchar largo tiempo, cuando no pudo con la razón vencer su locura, dice: "En vano, Medea, resistes: no sé qué dios se opone", dice, "y es extraño qué es esto, o ciertamente algo parecido a esto que llaman amar.
Pues ¿por qué las órdenes de mi padre me parecen demasiado duras? ¡Y también son demasiado duras! ¿Por qué temo que perezca este al que apenas acabo de ver? ¿Qué causa hay para tanto miedo? Sacude de tu pecho virginal las llamas concebidas, si puedes, infeliz! ¡Si pudiera, estaría más cuerda! Pero me arrastra contra mi voluntad una fuerza nueva, y una cosa quiere el deseo, otra cosa aconseja la mente: veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor. ¿Por qué te quemas, virgen real, por un extranjero y concibes bodas de un mundo ajeno?
También esta tierra puede darte algo que amar. Que él viva o muera, está en manos de los dioses. ¡Que viva, sin embargo! Y esto puedo rogarlo incluso sin amor: pues ¿qué ha hecho Jasón de malo? ¿A quién, si no fuera cruel, no conmovería la edad de Jasón y su linaje y su valor? ¿A quién, aunque faltara lo demás, no podría conmover con su rostro? Ciertamente ha conmovido mi corazón. Pero si no le llevo ayuda, será abrasado por el aliento de los toros y se enfrentará a su propia cosecha, contra enemigos nacidos de la tierra, o será entregado como fiera presa al ávido dragón.
Si yo consiento esto, entonces confesaré que nací de una tigresa, que llevo hierro y rocas en el corazón! ¿Por qué no contemplo también cómo perece y con la visión hago criminal mi mirada? ¿Por qué no azuzo contra él a los toros y a los feroces nacidos de tierra y al dragón insomne? ¡Que los dioses quieran algo mejor! Aunque no debo rogar esto, sino hacerlo. ¿Acaso voy a traicionar el reino de mi padre y algún extranjero desconocido será salvado con mi ayuda, para que a salvo gracias a mí despliegue las velas a los vientos sin mí y sea marido de otra, y Medea quede para el castigo?
Si él puede hacer esto o preferir a otra antes que a mí, ¡que muera el ingrato! Pero no hay en él tal rostro, no hay en su ánimo tal nobleza, tal gracia de forma que yo tema el engaño y el olvido de mis méritos. Y me dará antes su palabra, y obligaré a que los dioses sean testigos del pacto. ¿Por qué temes si estás segura? Prepárate y aleja toda demora: Jasón se te deberá siempre, te unirá a él con la antorcha solemne y por las ciudades pelasgas serás celebrada como salvadora por la multitud de madres.
¿Entonces yo voy a abandonar, arrebatada por los vientos, a mi hermana y a mi hermano y a mi padre y a los dioses y mi suelo natal? Claro que mi padre es cruel, claro que mi tierra es bárbara, mi hermano aún es un niño; están conmigo los votos de mi hermana, el más grande dios está dentro de mí! No abandono cosas grandes, sigo cosas grandes: el título de salvadora de la juventud aquea y el conocimiento de un suelo mejor y de ciudades cuya fama florece también aquí, y las costumbres y artes de esos lugares, y a aquel que yo querría cambiar, junto con las cosas que todo el orbe posee, por el hijo de Esón, con quien como esposo seré feliz y querida por los dioses y tocaré los astros con mi cabeza.
¿Qué importa que dicen que no sé qué montes chocan en medio de las ondas y que Caribdis, enemiga de las naves, ora sorbe el estrecho, ora lo devuelve, y que Escila rapaz, ceñida de perros salvajes, ladra en el profundo siciliano? Claro que sosteniendo lo que amo y aferrada al pecho de Jasón seré llevada por los largos mares; abrazada a él nada temeré o, si algo temo, temeré sólo por mi esposo. ¿Matrimonio piensas que es, Medea, y pones hermosos nombres a tu culpa?
Más bien mira cuán grande crimen emprendes, y mientras puedes, ¡huye del delito!" Dijo, y ante sus ojos la rectitud y la piedad y el pudor se detuvieron, y Cupido ya daba la espalda vencido. Se dirigía a los antiguos altares de Hécate Perseida, que un bosque umbroso y una selva apartada ocultaban, y ya era fuerte, y el ardor rechazado había retrocedido, cuando ve al hijo de Esón y la llama extinta resplandeció de nuevo. Enrojecieron sus mejillas y todo el rostro se encendió, y como suele con los vientos tomar alimento aquella pequeña chispa que quedó oculta bajo la ceniza apilada y crecer y agitada resurgir en sus antiguas fuerzas, así el ya leve amor, el que creerías ya languidecía, cuando vio al joven, se inflamó por la presencia de su belleza.
Y por azar el hijo de Esón estuvo más hermoso que de costumbre aquella luz: podrías perdonar a la enamorada. Lo contempla y en su rostro como si lo viera entonces por primera vez mantiene fijos los ojos y en su demencia no cree ver un rostro mortal ni se aparta de él; pero cuando el extranjero empezó a hablar y tomó su diestra y con voz sumisa pidió ayuda y prometió matrimonio, ella con lágrimas derramadas dijo: "Veo lo que hago: no me engañará la ignorancia de la verdad, sino el amor.
Serás salvado por mi don, una vez salvado, cumple lo prometido!" Él por los ritos de la triple diosa y por el numen que hubiera en aquel bosque y por el padre de su suegro que todo lo ve del futuro y por sus propios sucesos y tan grandes peligros jura: creído, recibe al instante las hierbas encantadas y aprende su uso y alegre se retira a su morada. La Aurora siguiente había disipado las estrellas brillantes:
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se reúnen los pueblos en el campo sagrado de Marte y se sientan en las alturas; el rey mismo se sentó en medio del cortejo, purpúreo e insigne con cetro de marfil. He aquí que los toros de pies de bronce exhalan a Vulcano por sus narices de acero, y las hierbas tocadas por sus vapores arden, y como suelen resonar los hornos llenos, o cuando los pedernales derretidos en horno terrestre conciben fuego al rocío de aguas líquidas, así sus pechos que revuelven dentro llamas encerradas y sus gargantas quemadas resuenan; sin embargo el hijo de Esón va a su encuentro.
Volvieron hacia el rostro del que venía sus terribles semblantes y sus cuernos reforzados con hierro y golpearon el suelo polvoriento con pezuña hendida y llenaron el lugar con mugidos llenos de humo. Los Minias se paralizaron de miedo; él avanza y no siente los fuegos exhalados (¡tanto pueden los remedios!) y acaricia con mano audaz las papadas colgantes y uncidos al yugo los obliga a arrastrar el peso del pesado arado y a hendir con hierro el campo no acostumbrado: se asombran los Colcos, los Minias aumentan con clamores y añaden ánimos.
Entonces toma del casco de bronce los dientes de víbora y los esparce en los campos arados. La tierra ablanda las semillas untadas con poderoso veneno, y crecen y los dientes sembrados se hacen nuevos cuerpos, y como el niño toma forma de hombre en el vientre materno y se compone dentro según sus propios números y no sale a los aires comunes sino maduro, así, cuando en las entrañas de la tierra preñada la imagen del hombre se ha formado, se alza en el campo fértil, y lo que es más asombroso, al mismo tiempo sacude las armas nacidas con él.
Cuando vieron que estos preparaban torcer las lanzas de punta aguzada contra la cabeza del joven hemonio, bajaron por miedo el rostro y el ánimo los Pelasgos; también ella misma se aterrorizó, la que lo había hecho seguro. Y cuando vio al joven atacado por tantos enemigos, él solo, palideció y se sentó súbita y fría sin sangre, y para que no valieran poco las hierbas dadas por ella, canta un conjuro auxiliar e invoca artes secretas. Él lanza una pesada piedra en medio de los enemigos y aparta de sí la guerra de Marte y la vuelve contra ellos mismos: los nacidos de tierra perecen por mutuas heridas, hermanos, y caen en batalla civil.
Los Aquivos se congratulan y sostienen al vencedor y se aferran con ávidos abrazos. Tú también, bárbara, querrías abrazar al vencedor: se opuso a tu intento el pudor, pero lo habrías abrazado, mas la reverencia a tu fama te contuvo de hacerlo. Lo que te es lícito, te regocijas con afecto callado y das gracias con conjuros y a los dioses autores de estas cosas. Resta adormecer con hierbas al dragón insomne, que insigne por su cresta y sus tres lenguas y sus ganchos Con sus dientes era el horrible guardián del árbol de oro.
Después de que ella lo roció con las hierbas del jugo del Leteo y tres veces pronunció las palabras que traen sueños apacibles, las que detienen el mar turbulento, las que frenan los ríos crecidos, el sueño vino a aquellos ojos que no lo conocían, y el oro el héroe Esonio lo consigue y, orgulloso del botín, llevando consigo a la autora del don, otro botín, vencedor llegó con su esposa a los puertos de Yolco. Las madres de Hemonia llevan ofrendas por el regreso de sus hijos y los viejos padres las llevan también, y amontonando la llama derriten el incienso, y la víctima con oro envuelto en los cuernos cae cumpliendo los votos, pero está ausente de los que agradecen Esón, ya cercano a la muerte y agotado por sus años de vejez, cuando así habla el Esónida: "Oh tú a quien confieso deber la salvación, esposa, aunque me lo has dado todo y la suma de tus méritos ha superado toda fe, si sin embargo esto es posible (¿qué no pueden los ensalmos?), quita años de mi vida y los que quites añádeselos a mi padre".
Y no contuvo las lágrimas: ella se conmovió por la piedad del que rogaba, y le vino a la mente el ánimo distinto de Eetes, el abandonado; pero sin confesar tales sentimientos "¿Qué", dice, "ha salido de tu boca, esposo, qué crimen? ¿Entonces yo parezco capaz de transferir a alguien el espacio de tu vida? Ni lo permita Hécate, ni pides algo justo; pero ese don que pides, intentaré darte uno mayor, Jasón. Con mi arte intentaremos devolver la larga edad de mi suegro, no con tus años, con tal de que la diosa triforme me ayude y presente asienta a las empresas audaces".
Faltaban tres noches para que los cuernos del todo se juntaran y formaran el círculo; después de que brilló plenísima y con imagen sólida la luna contempló las tierras, sale del techo vestida con ropas sueltas, desnudos los pies, desnudos los hombros, derramado el cabello, y lleva sus pasos errantes por los mudos silencios de la noche media, sin compañía: a hombres, aves y fieras los había liberado el sueño profundo, sin murmullo alguno los setos, y callan inmóviles las hojas, calla el aire húmedo, sólo brillan los astros: hacia ellos extendiendo sus brazos tres veces se vuelve, tres veces con agua tomada del río roció su cabello y con tres aullidos abrió su boca y con la rodilla hincada en la dura tierra "Noche", dice, "fidelísima a los secretos, y vosotras que a los fuegos diurnos sucedéis, astros dorados junto con la luna, y tú, triple Hécate, que consciente de nuestros proyectos vienes como ayuda a los cantos y al arte de los magos, y tú que a los magos, Tierra, provees de hierbas potentes, y aires y vientos y montes y ríos y lagos, y todos los dioses de los bosques, y todos los dioses de la noche, asistid, por cuya ayuda, cuando he querido, ante las riberas asombradas los ríos volvieron a sus fuentes, y lo agitado detengo,
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lo quieto agito con mi canto, los mares, alejo las nubes y traigo nubes, ahuyento los vientos y los llamo, rompo con palabras y ensalmos las fauces de las víboras, y las piedras vivas y los robles arrancados de su tierra y los bosques muevo y ordeno que tiemblen los montes y que muja el suelo y que los muertos salgan de los sepulcros. También a ti, Luna, te arrastro, aunque los bronces de Témesa atemperen tus esfuerzos; también el carro de mi abuelo con mi canto palidece, palidece la Aurora con nuestros venenos.
Vosotros me apagasteis las llamas de los toros y al yugo curvo sometisteis su cuello impaciente de la carga, vosotros entregasteis a los nacidos de la serpiente a feroces guerras entre sí y al guardián ignorante del sueño adormecisteis y el oro, engañado el defensor, enviasteis a las ciudades griegas: ahora necesito jugos por los cuales la vejez renovada vuelva a la flor y recupere sus primeros años, y los daréis. Pues no brillaron en vano los astros, ni en vano arrastrado por el cuello de alados dragones el carro está aquí".
Estaba allí, descendido del éter el carro. Tan pronto como subió y los cuellos frenados de los dragones acarició y con las manos agitó las ligeras riendas, es arrebatada a lo alto y contempla desde arriba la Tesalia de Tempe sujeta y dirige las serpientes a regiones determinadas: y las hierbas que produjo el Osa, las que el alto Pelión, y el Otris y el Pindo y el Olimpo mayor que el Pindo, las examina y unas las arranca de raíz con agrado, otras las corta con la curva de la hoz de bronce.
Muchas hierbas también le gustaron de las riberas del Apídano, muchas también del Anfríso, y tú tampoco estabas libre, Enipeo; y también el Peneo y también las ondas del Esperqueo contribuyeron algo y las orillas de juncos del Bebe; y arrancó también la hierba vivaz de Antedón en Eubea, aún no divulgada por el cuerpo transformado de Glauco. Y ya el noveno día en carro y con alas de dragones y la novena noche la habían visto recorriendo todos los campos, cuando volvió; y no habían sido tocados sino por el olor los dragones, y sin embargo mudaron la piel de su vieja edad.
Se detuvo al llegar del lado de acá del umbral y las puertas y sólo se cubre con el cielo y rechaza los contactos viriles, y levanta dos altares de césped, el de la derecha para Hécate, pero el de la parte izquierda para Juventud. Después de que los ciñó con verbenas y ramaje agreste, no lejos, cavada la tierra en dos fosas, hace el sacrificio y hunde los cuchillos en la garganta de un vellón negro e inunda con sangre las fosas abiertas; luego, vertiendo encima copas de líquida miel y otras vertiendo de tibia leche, pronuncia al mismo tiempo palabras e invoca a las divinidades terrestres y ruega al rey de las sombras con su esposa raptada que no se apresuren a privar de alma los miembros del viejo.
Después de que los aplacó con preces y largo murmullo, ordenó que el cuerpo agotado de Esón fuera traído al aire y, disuelto en pleno sueño por el ensalmo, lo tendió semejante a un cadáver sobre lechos de hierba. De aquí ordena alejarse al Esónida, de aquí a los sirvientes, y advierte que aparten los ojos profanos de los secretos. Huyen según les fue ordenado; Medea con los cabellos sueltos al modo de las bacantes rodea los altares encendidos y las antorchas múltiples en la fosa de negra sangre las sumerge y, teñidas, las enciende en los dos altares y tres veces purifica al viejo con llama, tres con agua, tres con azufre.
Mientras tanto el potente medicamento en el caldero puesto hierve y salta y blanquea con espumas hinchadas. Allí cuece raíces cortadas en el valle de Hemonia y semillas y flores y jugos negros; añade piedras traídas del extremo Oriente y arenas que lavó el mar reflujo del Océano; añade también escarchas recogidas en luna de noche completa y de la infame lechuza las alas con sus mismas carnes y de un lobo ambiguo, acostumbrado a mudar su rostro viril en ferino, las entrañas cortadas; tampoco faltó a aquello la escamosa membrana delgada de una serpiente de Cinife y el hígado de un ciervo longevo; a lo cual añade encima huevos y la cabeza de una corneja que ha vivido nueve siglos.
Con estas y mil otras cosas sin nombre después la bárbara preparó su proyecto mayor que lo mortal, con una rama seca de olivo cultivado desde hace mucho mezcló todo y revolvió lo de arriba con lo de abajo. He aquí que el viejo palo removido en el caldero caliente se vuelve verde primero y en poco tiempo se cubre de hojas y de pronto se carga de abundantes olivas: pero dondequiera que del hueco caldero arrojó espumas el fuego y sobre la tierra cayeron gotas calientes, reverdece el suelo, y flores y tiernos pastos surgen.
Tan pronto como Medea lo vio, con la espada desenvainada abre la garganta del viejo y dejando que salga la sangre vieja la llena de jugos; después de que Esón los absorbió o recibidos por la boca o por la herida, la barba y los cabellos, depuesta la canicie, recuperaron el negro color, huye expulsada la flacidez, se van la palidez y la mugre, y las arrugas hundidas se llenan con carne añadida, y los miembros rebosan: Esón se asombra y se acuerda de que él mismo era así hace tiempo, antes de cuarenta años.
Había visto desde lo alto el milagro de tan gran prodigio Líber y, advertido de que podían devolverse los años juveniles a sus nodrizas, recibe este don de la Colquide. Y para que no cesen los engaños, un odio falso con su esposo la Fasíade simula y como suplicante a los umbrales de Pelias se refugia; y a ella, puesto que él mismo está abrumado por la vejez, reciben sus hijas; a quienes en poco tiempo la astuta
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Cólquide lo atrapó con la imagen falsa de la amistad, y mientras relata que entre los mayores beneficios estaba borrar la vejez de Esón y se demora en esta parte, se insufla esperanza en las hijas nacidas de Pelias, de que su padre puede reverdecer con arte semejante, y se lo piden y le mandan pactar un precio sin límite. Ella calla un breve espacio y parece dudar y mantiene en suspenso los ánimos de las suplicantes con fingida gravedad. Pronto, después de prometer: «Para que sea mayor la confianza en este don —dice—, el que es mayor en años de vuestro jefe del rebaño entre las ovejas, por la medicina se hará cordero.»
Al instante es traído el lanudo agotado por incontables años, tirado por el cuerno curvo alrededor de las huecas sienes; cuando con cuchillo hemonio le abre la garganta marchita y tiñó el hierro con poca sangre, la hechicera sumerge a la vez los miembros del animal y potentes jugos en un caldero de bronce: estos reducen los miembros del cuerpo y queman los cuernos y también con los cuernos los años, y se oye un tierno balido en medio del bronce: sin demora, ante el asombro de quienes miran, salta un cordero de aquel balido y retozona en su huida y busca ubres lactantes.
Se quedaron atónitas las hijas de Pelias, y después de que las promesas demostraron su fidelidad, entonces insisten con más ahínco. Tres veces Febo había quitado los yugos a los caballos sumergidos en el río ibérico y en la cuarta noche resplandecían brillantes los astros, cuando la engañosa hija de Eetes pone al fuego veloz agua pura y hierbas sin poder. Y ya, parecido a un muerto, con el cuerpo relajado, al rey y con su rey a los guardianes los tenía el sueño, que habían dado los cantos y el poder de la lengua mágica; las hijas, según la orden, habían entrado con la cólquide en el umbral y habían rodeado el lecho: «¿Por qué dudáis ahora, cobardes?
Desenvainad —dice— las espadas y sacad la sangre vieja, para que llene las venas vacías con sangre juvenil! En vuestras manos está la vida y la edad de vuestro padre: si hay alguna piedad y no agitáis una esperanza vana, prestad el servicio a vuestro padre y con las armas expulsad la vejez, y emitid la podre hundiendo el hierro!» Con estas exhortaciones, la que más piadosa es, es la primera en ser impía y, para no ser criminal, comete el crimen: sin embargo, ninguna puede mirar sus propios golpes, y apartan los ojos, y ciegas dan las heridas crueles con las diestras vueltas.
Él, fluyendo sangre, sin embargo levanta los miembros con el codo, y medio desgarrado intenta levantarse del lecho, y en medio de tantas espadas extendiendo los brazos palidecientes: «¿Qué hacéis, hijas? ¿Qué os arma contra el destino de vuestro padre?» —dice: les cayeron a ellas los ánimos y las manos; cuando iba a hablar más, la cólquide le arrebató las palabras de la garganta y lo sumergió desgarrado en las ondas calientes. Si no hubiera ido por los aires en serpientes aladas, no habría sido eximida de castigo: huye a lo alto y sobre el Pelión umbroso, las moradas de Filirio, y sobre el Otrís y los lugares conocidos por el suceso del antiguo Cerambis: este, con ayuda de las ninfas, elevado al aire en alas, cuando la tierra pesada estuvo cubierta por el mar infundido, escapó sin ser sumergido de las aguas de Deucalión.
Deja a la izquierda la eolia Pitane y las estatuas hechas de piedra del largo dragón y el bosque ideo, donde el robo del hijo, un novillo, ocultó Líber bajo la imagen falsa de un ciervo, y donde el padre de Corito está sepultado en poca arena, y los campos que Mera aterrorizó con nuevo ladrido, y la ciudad de Eurípilo, donde las matres coas llevaron cuernos cuando se marchaba el ejército de Hércules, y la fébea Rodas y los telquines yalisios, cuyos ojos, viciando todas las cosas con su sola vista, Júpiter, aborreciéndolos, sumergió bajo las ondas fraternas; atraviesa también las murallas de la antigua Cartea de Ceos, donde el padre Alcídamas se disponía a asombrarse de que del cuerpo de su hija pudiera nacer una paloma apacible.
Desde allí ve el lago Hirie y el Tempe de Cicno, que un súbito cisne hizo célebre: pues allí Filio por orden del muchacho le había entregado domados ave y fiera, un león, y también se le había mandado vencer a un toro; lo había vencido y, irritado tantas veces por el amor despreciado, negaba el toro como premio supremo al que lo pedía; aquel, indignado, dijo «querrás darlo» y desde lo alto se arrojó de la roca; todos pensaron que había caído: convertido en cisne, pendía en el aire con níveas plumas; pero su madre Hirie, ignorante de que se había salvado, se deshizo llorando y formó un estanque con su nombre.
Junto a estos está Pleurón, donde con alas temblorosas Ofias Combe escapó de las heridas de sus hijos; desde allí contempla los campos de la Letóide calaúrea al rey convertido en ave con su esposa cómplice. A la derecha está Cilene, donde con su madre Menefrón iba a acostarse al modo de las fieras salvajes; desde lejos ve al Cefiso llorando los destinos de su nieto convertido por Apolo en una foca hinchada y la casa de Eumelo lamentando en el aire a su hijo.
Por fin con alas de víboras alcanzó la Éfira pirenea: aquí en la primera edad los antiguos propalaron cuerpos mortales nacidos de hongos de lluvia. Pero después de que la nueva esposa ardió con los venenos de la cólquide y ambos mares vieron la casa del rey en llamas, la espada impía se baña en la sangre de sus hijos, y vengada, la mala madre escapa de las armas de Jasón. Desde aquí, llevada por los dragones titánicos, entra en las arces de Palas, que te vieron, justísima Fene, y a ti, viejo Perifas, volar por igual
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y a la nieta de Polipemón apoyada en alas nuevas. La recibe Egeo, condenable en una sola acción, y no basta con la hospitalidad, también la une con lazo de tálamo. Y ya había llegado Teseo, prole ignorada por su padre, que con su virtud había pacificado el bifronte Istmo: para su perdición Medea mezcla el acónito que antaño había traído consigo desde las costas escitas. Recuerdan que aquel nació de los dientes del perro equidnida: hay una cueva ciega con entrada tenebrosa, hay un camino en declive, por donde el héroe tirintio arrastró al Cerbero que se resistía y desviaba los ojos contra el día y los rayos brillantes, atado con cadenas de diamante, el cual, agitado por rabia rabiosa, llenó a la vez los aires con triples ladridos y roció con blancas espumas los verdes campos; piensan que estas se solidificaron y encontraron alimento del suelo fecundo y fértil y tomaron fuerzas de dañar; porque nacen vivaces en dura roca, los campesinos las llaman acónitos.
Estos, por astucia de su esposa, el mismo padre Egeo los tendió a su hijo como a un enemigo. Teseo había tomado con su diestra ignorante las copas dadas, cuando el padre reconoció en el pomo de marfil de la espada las señales de su linaje y arrancó el crimen de su boca. Ella escapó de la muerte con nieblas movidas por hechizos; Pero el padre, aunque se alegra de que su hijo esté a salvo, está atónito sin embargo, de que por pequeño margen se pudo cometer tan grande crimen: atiende los altares con fuegos y llena de ofrendas a los dioses, y las hachas hieren los cuellos robustos de bueyes con cuernos atados con cintas.
Se dice que ningún día más célebre que aquel amaneció para los erectidas: celebran banquetes los padres y el pueblo común y también cantan canciones, el vino haciendo el ingenio: «A ti, máximo Teseo, admiró Maratón por la sangre del toro cretense, y que el labrador are seguro su Cromión, es tu don y obra; la tierra epidauria por ti vio sucumbir a la prole portadora de maza de Vulcano, vio también las orillas cefisias al inmisericorde Procrustes, la muerte de Cerción vio la Eleusis de Ceres.
Murió aquel Sinis que usó mal sus grandes fuerzas, que podía curvar ramas y obligaba desde lo alto a los pinos a esparcir cuerpos ampliamente por tierra. Seguro hasta Alcátoe, murallas lelégueas, el camino se abre con Escirón depuesto, y esparcidos los huesos del ladrón, la tierra les niega sede, les niega sede a los huesos la onda; que lanzados largo tiempo, se cuenta que la antigüedad los endureció en escollos: el nombre de Escirón se adhiere a los escollos. Si queremos contar tus títulos y tus años, las hazañas oprimirán a los años.
Por ti, fortísimo, votos públicos elevamos, de Baco tomamos tragos para ti.» El palacio consiente al asentimiento del pueblo y a las plegarias de quienes lo apoyan, y no hay lugar triste en toda la ciudad. Pero ni siquiera así (tan cierto es que ningún placer es puro, y algo inquietante se mezcla en la alegría) Egeo recibió con gozo tranquilo a su hijo recuperado: Minos prepara la guerra; aunque fuerte en soldados, aunque fuerte en la flota, es sobre todo firme en la ira paterna y venga la muerte de Andrógeo con armas justas.
Pero antes de la guerra consigue fuerzas aliadas, y recorre el mar con su veloz flota por donde puede: se anexa los reinos de Anafe y Astipálea (Anafe con promesas, Astipálea con guerra); también la humilde Micono y los campos cretosos de Címolo y Siro floreciente de tomillo y la plana Sérifo y la marmórea Paros, y Sifno, que la impía Arne traicionó a cambio del oro que la codiciosa había reclamado, y fue convertida en ave que aún ahora ama el oro, la grajilla de patas negras, cubierta de plumas negras.
Pero ni Oliaros ni Dídime ni Tenos ni Andros ni Giaros ni Pepareto, fértil de relucientes olivos, ayudaron a las naves cnosias; Minos se dirige por la izquierda a Enopía, el reino de Éaco: los antiguos la llamaban Enopía, pero el mismo Éaco la llamó Egina, con el nombre de su madre. La multitud se precipita y desea conocer a un hombre de tan gran fama; salen a su encuentro Telamón y el menor que Telamón, Peleo, y el tercer hijo, Foco; también sale el mismo Éaco, lento por la gravedad de la vejez, y pregunta cuál es la razón de su venida.
Recordado el duelo paterno, suspira y el señor de cien pueblos le responde con estas palabras: "Te ruego que ayudes con las armas tomadas por mi hijo y seas parte de esta campaña piadosa; reclamo consuelo para su tumba." El hijo de Asopo le dijo: "Pides en vano y solicitas lo que no puede hacer mi ciudad; ninguna tierra está más unida a los Cecrópidas que esta: tales son nuestros pactos." Se marcha triste y dice: "Esos pactos tuyos te costarán caro," y piensa que es más útil amenazar con la guerra que hacerla y consumir allí sus fuerzas.
Aún podía verse desde las murallas de Enopía la flota Lictia, cuando una nave ateniense llega impulsada con vela desplegada y entra en los puertos amigos, llevando a Céfalo y al mismo tiempo el encargo de su patria. Los jóvenes Eácidas reconocieron a Céfalo aunque lo veían después de largo tiempo, le dieron las manos y lo condujeron a la casa de su padre: el héroe de aspecto admirable y que aún conserva las señales de su antigua belleza entra sosteniendo una rama de olivo de su patria, teniendo a su derecha y a su izquierda dos más jóvenes que él, Clito y Butes, hijos de Palante.
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Después de que en el primer encuentro intercambiaron palabras, Céfalo el Cecrópida cumple su encargo y pide auxilio, recuerda el pacto y los derechos de sus padres, y añade que se reclama el mando de toda la Acaya. Así, cuando su elocuencia favoreció la causa encomendada, Éaco, con la izquierda sobre el pomo brillante del cetro, dijo: "No pidáis auxilio, sino tomadlo, Atenas, y no dudéis de las fuerzas que esta isla tiene, lleváoslas y (¡ojalá permanezca así el estado de mis asuntos!) no faltan tropas robustas; tengo soldados de sobra, y este es, gracias a los dioses, un tiempo feliz e inexcusable." "Así sea," dice Céfalo, "deseo que tu ciudad crezca en ciudadanos; en verdad acabo de sentir alegría al llegar, cuando una juventud tan hermosa, tan pareja en edad, salió a mi encuentro; sin embargo, echo de menos a muchos que antes vi cuando fui recibido en vuestra ciudad." Éaco gimió y habló con voz triste: "Un principio lamentable fue seguido de mejor fortuna; ¡ojalá pudiera contárosla sin aquel!
Ahora la contaré en orden, para no demoraros con largos rodeos: yacen como huesos y ceniza quienes buscas con tu recuerdo, ¡y qué parte de mis cosas perecieron con ellos! Una peste terrible cayó sobre los pueblos por la ira de Juno hostil, odiosas tierras nombradas por su rival. Mientras pareció mal mortal y la causa nociva de semejante calamidad permanecía oculta, se luchó con el arte médico: la destrucción superaba el auxilio, que yacía vencido. Primero el cielo oprimió las tierras con densa oscuridad y encerró en las nubes calores sofocantes; y mientras la Luna completó cuatro veces su órbita creciendo en cuernos unidos, cuatro veces desanduvo la órbita llena al menguar, los austros cálidos exhalaron con alientos mortíferos.
Consta que el mal llegó también a las fuentes y a los lagos, y que miles de serpientes erraron por los campos sin cultivar y contaminaron los ríos con sus venenos. Primero se sintió el poder de la súbita enfermedad en la matanza de perros y aves y ovejas y bueyes y en las fieras. El infeliz labrador se asombra de que sus vigorosos toros caigan durante el trabajo y se desplomen en medio del surco; los rebaños lanudos dan balidos enfermos, las lanas caen por sí solas y los cuerpos se consumen; el caballo fogoso, antes de gran fama en la carrera, degenera, olvida las palmas y los antiguos honores y gime junto al pesebre, a punto de morir en muerte inerte.
El jabalí no recuerda enfurecerse, la cierva confiar en la carrera, ni los osos atacar a los fuertes ganados. La languidez se adueña de todo: en bosques, campos y caminos yacen cuerpos horribles, el aire se vicia con el hedor. Diré algo asombroso: ni perros ni aves rapaces ni lobos grises los tocaron; se deshacen descomponiéndose y dañan con su aliento y esparcen el contagio lejos. La peste llega con mayor daño a los desdichados colonos y se enseñorea dentro de las murallas de la gran ciudad.
Primero se queman las entrañas, y el rubor es indicio del fuego latente, y el aliento fatigado; la áspera lengua se hincha, y las bocas resecas por los vientos tibios se abren y captan el aire grave con el bostezo. No pueden soportar el lecho ni coberturas, sino que ponen los pechos desnudos sobre la tierra, y no se enfría el cuerpo con el suelo, sino que el suelo arde con el cuerpo. No hay quien lo controle, y la enfermedad salvaje irrumpe sobre los mismos médicos, y sus artes perjudican a sus autores; cuanto más cerca está alguien y sirve con más fidelidad al enfermo, más pronto llega a compartir su muerte, y cuando la esperanza de salvación desaparece y ven en la muerte el fin de la enfermedad, se entregan a sus impulsos y no hay preocupación por lo que es útil: pues nada es útil.
Por todas partes y sin pudor se aferran a fuentes y ríos y pozos amplios, y la sed no se apaga antes que la vida al beber. De allí muchos pesados no pueden levantarse y mueren en las mismas aguas, y sin embargo alguien las bebe; y tan grande es el hastío de los miserables por el lecho odiado que saltan, o si las fuerzas les impiden mantenerse en pie, ruedan sus cuerpos al suelo y huyen de sus hogares, cada uno de los suyos, su propia casa le parece funesta, y porque la causa está oculta, el lugar es culpable; en parte verías a medio muertos errar por las calles, mientras podían sostenerse, a otros llorando y yaciendo en tierra y volviendo los ojos cansados en su último movimiento; tienden los miembros hacia los astros del cielo que pende sobre ellos, exhalando aquí y allá, donde la muerte los había sorprendido.
¿Qué sentí yo entonces? ¿Acaso lo que debía sentir, odiar la vida y desear ser parte de los míos? Dondequiera que dirigiera la mirada de mis ojos, había multitud tendida, como cuando las manzanas podridas caen de las ramas agitadas, o las bellotas de la encina sacudida. Ves enfrente un templo elevado sobre largas gradas: Júpiter lo posee. ¿Quién no ofreció en aquellos altares incienso en vano? Cuántas veces esposo por esposa, padre por hijo, mientras pronuncia palabras de súplica, terminó su vida en aras que no lo escucharon, y se encontró en su mano parte del incienso sin consumir!
Cuántas veces los toros, llevados a los templos mientras el sacerdote pronuncia los votos y vierte el vino puro entre los cuernos, cayeron sin esperar la herida! Yo mismo, cuando ofrecía sacrificios a Júpiter por mí y por la patria y por mis tres hijos, la víctima emitió terribles mugidos y de pronto se desplomó sin golpe alguno y tiñó los cuchillos puestos debajo con escasa sangre. También las entrañas enfermas perdieron las señales de la verdad y las advertencias de los dioses
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los había perdido: enfermedades tristes penetraban hasta las entrañas. Vi cadáveres tirados ante los postes sagrados, delante de los propios altares, para que la muerte fuera más odiosa. Unos cierran su vida con un lazo y con la muerte huyen del miedo a la muerte y por su cuenta llaman a los destinos que se acercan. Los cuerpos destinados a morir no se llevan con los ritos de costumbre (pues las puertas no daban abasto para los funerales): o presionan la tierra sin sepultura o se entregan a las altas piras sin dote; y ya no hay ningún respeto, y pelean por las piras y arden en fuegos ajenos.
Faltan quienes lloren, y vagan sin ser lloradas las almas de hijos y padres y de jóvenes y viejos, ni hay lugar para las tumbas, ni alcanza la madera para el fuego. Aturdido por semejante torbellino de desgracias, dije: "¡Oh Júpiter! si no te mienten las palabras que dicen que fuiste bajo los abrazos de Egina, la hija de Asopo, y si no te avergüenzas, gran padre, de ser nuestro progenitor, ¡o devuélveme a los míos o entiérrame también a mí en el sepulcro!" Él me dio una señal con un relámpago y un trueno favorable.
"Lo acepto y ruego que sean estas señales propicias de tu voluntad", dije, "tomo como presagio lo que me das". Casualmente había cerca, con ramas abiertas, muy poco tupida, una encina sagrada para Júpiter, de semilla dodónea; aquí vimos en larga procesión a las hormigas recolectoras de grano que llevaban una gran carga en su diminuta boca y mantenían su camino por la rugosa corteza; mientras admiraba su número, dije: "Padre óptimo, dame a mí igual número de ciudadanos y llena mis murallas vacías". Tembló y, moviendo las ramas sin que hubiera viento, la alta encina emitió un sonido: mis miembros se erizaron de pavor temeroso, y mis cabellos se pusieron de punta; sin embargo besé la tierra y el roble, y no confesaba que esperaba; pero esperaba y alimentaba mis deseos en el alma.
Sobrevino la noche, y el sueño se apoderó de los cuerpos agotados por las preocupaciones: ante mis ojos parecía que la misma encina estaba presente y llevaba en sus ramas tantos animales como ramas tenía y parecía temblar con igual movimiento y esparcir la procesión portadora de granos en los campos de abajo; de repente crecían y parecían hacerse más y más grandes y se levantaban del suelo y se erguían con el tronco recto y perdían la delgadez y el número de patas y el color negro y adquirían forma humana en sus miembros.
El sueño se va: despierto, lamento mis visiones y que no haya ayuda alguna en los dioses; pero en la casa había un gran murmullo, y me parecía oír voces de hombres ya inhabituales para mí; mientras sospecho que estas también son cosa del sueño, llega Telamón apresurado y, abriendo las puertas, dijo: "Padre, verás cosas mayores de lo que esperas y crees: ¡sal!". Salgo, y tales como en la imagen del sueño me había parecido ver a los hombres, a tales los veo en orden y los reconozco: se acercan y saludan al rey.
Cumplo mis votos a Júpiter y reparto la ciudad entre los pueblos recientes y los campos vacíos de sus antiguos cultivadores, y los llamo Mirmidones y no oculto el nombre de su origen. Has visto sus cuerpos; las costumbres que tenían antes, también las tienen ahora: es una raza ahorrativa y sufrida en los trabajos y tenaz de lo conseguido y que guarda lo que ha conseguido. Estos te seguirán a las guerras, iguales en años y en ánimos, cuando el euro que te trajo felizmente (pues el euro te había traído) se haya cambiado en austro".
Con tales conversaciones y otras ellos llenaron el largo día; la última parte de la luz se dio al banquete, la noche al sueño. El Sol áureo había alzado su resplandor, aún soplaba el euro y retenía las velas del regreso: los hijos de Palante, a quienes la edad los hace mayores, se reúnen con Céfalo ante el rey, Céfalo y los nacidos de Palante, pero aún el sueño profundo retenía al rey. El Eácida Foco los recibe en el umbral; pues Telamón y su hermano reclutaban hombres para las guerras.
Foco lleva a los Cecrópidas al espacio interior y a los hermosos recintos y se sienta él mismo junto a ellos. Ve que el hijo de Eolo lleva en la mano una jabalina hecha de un árbol desconocido, cuya punta era de oro. Después de unas pocas palabras intermedias, él habló: "Soy aficionado a los bosques", dijo, "y a la caza de fieras; sin embargo, hace tiempo que dudo de qué bosque procede el asta que sostienes: ciertamente si fuera fresno, sería rojizo en color; si fuera cornejo, tendría nudos.
De dónde sea, lo ignoro, pero no más hermosa que esta han visto mis ojos jabalina arrojadiza". Uno de los dos hermanos áticos responde: "Admirarás su uso más que su apariencia", dijo. "En esto alcanza lo que busca, y la fortuna no dirige el lanzamiento, y vuela de regreso ensangrentada sin que nadie la traiga". Entonces el joven Nereida pregunta todo, por qué es así y de dónde la recibió, quién es el autor de tan gran regalo. Lo que pregunta, aquel lo cuenta, pero le da vergüenza narrar a qué precio la obtuvo; calla y, tocado por el dolor de la esposa perdida, habla así con lágrimas que brotan: "Esta jabalina, hijo de diosa (¿quién podría creerlo?), me hace llorar y me hará llorar largo tiempo, si los hados me dan vivir largo tiempo; esta me perdió junto con mi querida esposa: ¡ojalá hubiera carecido siempre de este regalo!
Era Procris, si acaso llegó más a tus oídos Oritía, hermana de la raptada Oritía, si quieres comparar el rostro y las costumbres de las dos, ella misma era más digna de ser raptada! Su padre Erecteo me la unió, me la unió el amor: era llamado feliz y lo era; no así les pareció a los dioses, o quizá aún ahora lo sería. Se cumplía el segundo mes después de las sagradas bodas,
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cuando a mí, que tendía redes a los ciervos de cuernos ramificados desde la cumbre del siempre florido Himeto, me ve la amarilla Aurora al dispersar las tinieblas en la mañana y me rapta contra mi voluntad. Permíteme decir la verdad con paz de la diosa: aunque sea admirable por su rostro rosado, aunque posea los umbrales de la luz y de la noche, aunque se alimente de aguas de néctar, yo amaba a Procris; Procris estaba en mi pecho, Procris siempre en mis labios.
Hablaba de los ritos del lecho y las nuevas uniones y los tálamos recientes y los primeros pactos del lecho abandonado: la diosa se conmueve y dice: '¡Cesa tus quejas, ingrato; ten a Procris! Pero si mi mente es previsora, no querrás haberla tenido'. Y me devolvió airada a ella. Cuando regreso y repaso conmigo lo dicho por la diosa, empecé a temer que mi esposa no hubiera guardado bien los derechos conyugales: el rostro y la edad hacían creer en el adulterio, las costumbres prohibían creerlo; pero, sin embargo, había estado ausente, pero también esta, de donde volvía, era ejemplo de culpa, pero todos los amantes lo tememos todo.
Decido buscar motivo de dolor y con regalos tentar su fe púdica; Aurora favorece este temor y cambia mi figura (me pareció notarlo). Entro en las Atenas de Palas irreconocible y penetro en mi casa; la casa misma carecía de culpa y daba señales de castidad y estaba ansiosa por el amo raptado: apenas logré acceso a la Erectida a través de mil ardides. Cuando la vi, me quedé pasmado y casi abandoné las pruebas meditadas de su fidelidad; apenas me contuve de no confesar la verdad, apenas, mal hice en no darle los besos, como debía.
Estaba triste (pero ninguna más hermosa que ella puede ser cuando está triste) y sufría por el deseo del esposo arrebatado: considera tú, Foco, cuánta hermosura hubo en ella, cómo el dolor mismo le sentaba bien! ¿Por qué relatar cuántas veces rechazaron nuestros intentos sus costumbres púdicas, cuántas veces dijo: 'Para uno solo me guardo; dondequiera que esté, para uno solo guardo mis alegrías'? ¿A quién no le bastaría, estando cuerdo, esa gran prueba de su fidelidad? No estoy satisfecho y lucho contra mis propias heridas, mientras hablando de darle riquezas por una noche y aumentando los regalos finalmente la obligué a dudar.
Exclamo mal vencedor: '¡Estoy aquí, malvada, soy el adúltero fingido! Era tu verdadero esposo! ¡A mí, pérfida, me tienes por testigo!'. Ella nada dice; solo vencida por el silencioso pudor huye de los umbrales insidiosos con el malvado esposo; y ofendida por mí, odiando todo el género de los varones, vagaba por los montes, entregada a los estudios de Diana. Entonces a mí, abandonado, un fuego más violento penetró hasta los huesos: rogaba perdón y confesaba haber pecado y que yo también habría podido sucumbir a una culpa similar con regalos dados, si se dieran regalos tan grandes.
Después de que confesé, vengada primero la afrenta a su pudor, me es devuelta y en concordia exige dulces años; me da además, como si fueran pequeños los regalos que daba, un perro como obsequio; cuando Cintia se lo entregó a ella le dijo: "corriendo superará a todos." Me da también una jabalina, que ves tengo en mis manos. ¿Preguntas cuál fue la suerte del otro regalo? Escucha algo asombroso: te conmoverá la novedad del hecho. El hijo de Layo había resuelto los enigmas no comprendidos por las mentes anteriores, y yacía despejada la vate oscura, olvidada de sus propios acertijos: enseguida se envía otra a la Tebas aonia —¡claro, la nutricia Temis no deja tales cosas sin venganza!—, una plaga, y muchos campesinos temieron a la fiera por la destrucción suya y de sus rebaños; la juventud vecina vinimos y con redes rodeamos los anchos campos.
Ella, veloz, superaba las redes con ágil salto y pasaba por encima de las cuerdas superiores de las trampas: se sueltan los perros de sus correas, pero ella, huyendo de quienes la persiguen, escapa y se burla de la jauría, no más lenta que un ave. Me piden a mí mismo y a mi Lélape con gran consenso (este es el nombre del regalo): ya desde hace rato lucha por quitarse él solo las ataduras y tensa el collar que lo retrasa. Apenas fue soltado, ya no podíamos saber dónde estaba; el polvo caliente guardaba las huellas de sus patas, él mismo había sido arrebatado de la vista: no más veloz que él la lanza ni los proyectiles lanzados con correa retorcida ni la flecha ligera sale del arco gortinio.
La cima de un monte medio se eleva sobre los campos de abajo: subo allí y contemplo el espectáculo de aquella persecución nueva, donde la fiera parecía ya atrapada, ya sustraerse de la herida misma; y astuta no huye en línea recta ni en espacio abierto, sino que engaña la boca del perseguidor y vuelve en círculo, para que su ímpetu no sirva al enemigo: este se cierne y sigue a su igual y semejante a quien retiene no retiene y ejercita sus mordidas en el aire vano.
Me volvía hacia el auxilio de la jabalina; mientras mi diestra la balancea, mientras intento acomodar los dedos en la correa, bajé los ojos. Y habiéndolos vuelto otra vez al mismo lugar los dirigí: en medio del campo (¡prodigio!) distingo dos mármoles; creerías que uno huye, el otro intenta atrapar. Sin duda algún dios quiso que ambos fueran invencibles en la carrera, si es que algún dios estuvo presente en ellos. Hasta aquí, y calló; "¿Qué crimen hay en la jabalina misma?" dice Foco; así le devolvió los crímenes de la jabalina: "Las alegrías son el principio de mi dolor, Foco; aquellas contaré primero.
Oh, me place recordar el tiempo feliz, Eácida, en que durante los primeros años debidamente fui feliz con mi esposa, ella fue feliz con su marido. Mutuo cuidado y amor conyugal nos tenía a ambos,
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ni ella preferiría el lecho de Júpiter a mi amor, ni había alguna que pudiera capturarme, ni si Venus misma viniera; llamas iguales ardían en nuestros pechos. Cuando el sol con sus rayos hería las cimas primeras solía ir juvenilmente a cazar a los bosques y ni criados conmigo ni caballos ni perros agudos de olfato ni redes anudadas solían ir: estaba seguro con la jabalina; pero cuando mi diestra estaba saciada de la matanza de fieras, buscaba el fresco y las sombras y la brisa que salía de los valles gélidos: la brisa suave era buscada por mí en medio del calor, esperaba la brisa, ella era el descanso del trabajo.
"Brisa" (lo recuerdo), "ven" solía cantar, "y ayúdame y entra en mi seno, gratísima, y como haces, alivia los calores con que ardemos." Quizá añadí (así me arrastraban mis hados) más halagos y solía decir "tú eres mi gran placer, tú me restauras y me acoges, tú haces que ame los bosques, que ame los lugares solitarios: ese aliento tuyo es siempre captado por mi boca." Alguien prestó oído engañado a las palabras ambiguas no sé quién y piensa que el nombre de brisa tan a menudo invocado es de una ninfa: cree que una ninfa es amada por mí.
De inmediato el delator temerario del crimen inventado va a Procris y con su lengua refiere los susurros oídos. Crédula cosa es el amor: abatida por dolor repentino, según me cuentan, cayó; y recuperada tras largo tiempo se dijo miserable, se dijo de hado inicuo y se quejó de la lealtad y excitada por un crimen vano, teme lo que no es nada, teme un nombre sin cuerpo y sufre infeliz como por una rival verdadera. Sin embargo a menudo duda y espera miserablemente ser engañada y niega fe al indicio y, a menos que vea ella misma, no condenará los delitos de su marido.
La luz siguiente de la Aurora había expulsado la noche: salgo y busco el bosque y victorioso sobre la hierba dije "brisa, ven" y "remedia nuestro trabajo." Y de repente entre mis palabras me pareció oír no sé qué gemidos; diciendo sin embargo "ven, óptima," al hacer la hoja caduca un leve crujido de nuevo pensé que era una fiera y lancé el arma arrojadiza: era Procris y sosteniendo en medio del pecho la herida grita "¡ay de mí!" Cuando reconozco la voz de mi fiel esposa, a la voz corrí precipitado y demente.
Semiánime y manchando con sangre sus vestidos esparcidos y arrastrando de su herida sus regalos (¡desgraciado de mí!), la encuentro y levanto en mis brazos el cuerpo más querido que yo mismo con manos suaves y rasgando el vestido del pecho vendo las heridas crueles e intento contener la sangre y ruego que no me abandone manchado con su muerte. Ella, falta de fuerzas y ya moribunda, se obligó a decir estas pocas palabras: "Por los pactos de nuestro lecho y por los dioses ruego suplicante y por los superiores y los míos, por si algo merecí bien de ti y por el amor que permanece ahora también, cuando perezco, como causa de mi muerte, no permitas que Aura se case en nuestro tálamo." Habló, y entonces por fin comprendí que había error en el nombre y se lo expliqué.
Pero ¿de qué servía haberlo explicado? Se desvanece, y las pequeñas fuerzas huyen con la sangre, y mientras puede contemplar algo, me contempla y en mí exhala su alma infeliz y en mi boca; pero parece morir más tranquila con mejor semblante. Llorando contaba esto el héroe a quienes lloraban, y he aquí que Éaco entra con su doble prole y una nueva tropa; a la que Céfalo recibe con armas poderosas.
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