Libro XIV
Parte1versos 1-100
Y ya había dejado el Etna arrojado sobre las fauces de los Gigantes y los campos de los Cíclopes, que no conocen azadas ni el uso del arado ni deben nada a los bueyes uncidos, el habitante de Eubea, cultivador de aguas tumultuosas; había dejado también Zancle y las murallas opuestas a Regio y el estrecho causante de naufragios, que presionado por doble orilla mantiene los confines de la tierra ausonia y la síccula. Desde allí llevado por el gran mar Tirreno con su brazo alcanzó las colinas cubiertas de hierba y el palacio de Glauco, hija del Sol, Circe, lleno de variadas fieras.
Apenas la vio, dados y recibidos los saludos, «diosa, compadécete de un dios, te lo ruego; pues solo tú puedes aliviar este amor mío», dijo, «con tal de que yo parezca digno. Cuánto poder tienen las hierbas, Titánide, nadie lo sabe mejor que yo, que fui transformado por ellas. Y para que no ignores la causa de mi locura: en la orilla itálica, frente a las murallas de Mesenia, vi a Escila. Me avergüenza referir mis promesas y ruegos y mis halagos y palabras despreciadas; pero tú, si hay algún poder en el conjuro, pronuncia el conjuro con tu boca sagrada, o si una hierba es más eficaz, usa las fuerzas probadas de la hierba laboriosa, y no me sanes ni me encargo de que cures estas heridas; no necesito que termine: que ella sienta parte de mi ardor».
Pero Circe (pues nadie tiene un temperamento más dispuesto a tales llamas, ya sea la causa en ella misma o Venus lo hace ofendida por la delación paterna) responde con estas palabras: «Mejor seguirías a quien te quiere y desea lo mismo y está cautiva del mismo deseo. Merecías ser cortejado espontáneamente (podías y sin duda debías), y si das esperanza, créeme, serás cortejado espontáneamente. No dudes y que no falte confianza en tu belleza: mira, aunque soy diosa, hija del brillante Sol, aunque tengo tanto poder con el conjuro y con la hierba, deseo ser tuya.
Desprecia a quien te desprecia, corresponde a quien te sigue y venga a las dos con un solo acto». A quien así lo tentaba «antes» dijo Glauco «crecerán hojas en el mar y algas en las cimas de los montes que cambien mis amores mientras Escila viva». Se indignó la diosa y, puesto que no podía herirlo a él mismo (ni querría, amándolo), se encoleriza contra aquella que había sido preferida a ella; y ofendida por el rechazo del amor, al instante muele infames pócimas con terribles jugos y mezcla con las trituradas los conjuros de Hécate y se viste con velos azulados y por entre el tropel de fieras aduladoras avanza desde el centro de su palacio y buscando la costa opuesta frente a las rocas de Zancle entra en Regio, en las olas hirvientes de oleaje, en las que como en tierra sólida pone sus huellas y corre por encima de la superficie del mar con pies secos.
Había un pequeño remanso, curvado en arcos, grato refugio de Escila: allí se retiraba del calor del mar y del cielo, cuando el sol en medio del orbe estaba en su apogeo y hacía mínimas las sombras desde lo alto. Este lo corrompe la diosa y lo contamina con venenos que producen portentos; aquí sobre los líquidos oprimidos con raíz nociva los esparce y con el enredo de palabras nuevas oscuras tres veces nueve veces murmura el conjuro con boca mágica. Escila viene y hasta la mitad del vientre había descendido cuando ve que sus ingles se deforman con monstruos ladradores y al principio no creyendo que aquellas eran partes de su cuerpo, huye y rechaza y teme las bocas insolentes de los perros; pero lo que huye, lo arrastra consigo, y buscando el cuerpo de sus muslos, piernas y pies, encuentra fauces de Cerbero en lugar de esas partes: se sostiene sobre la rabia de perros y la espalda subyacente de fieras retiene en ingles truncadas y vientre sobresaliente.
Lloró Glauco amante y habiendo usado demasiado hostilmente los poderes de las hierbas huyó del lecho de Circe; Escila permaneció en el lugar y cuando se le dio la oportunidad, primero despojó de sus compañeros a Ulises en odio a Circe; luego habría hundido también las quillas teucras, si antes no hubiera sido transformada en escollo, que aún ahora permanece pétreo: también el marinero evita el escollo. Cuando las naves troyanas con sus remos evitaron este y la vida Caribdis, y ya estaban cerca de la costa ausonia, el viento las lleva de vuelta a las playas libias.
Allí recibe a Eneas en su ánimo y en su casa, no dispuesta a soportar bien la partida del marido frigio, la sidonia; y en una pira hecha bajo apariencia de rito sagrado se echó sobre la espada y engañada engaña a todos. De nuevo huyendo de los nuevos muros de la tierra arenosa y llevado a la sede de Érice y al fiel Acestes sacrifica y honra el túmulo de su padre. Y las naves que Iris junonia casi había quemado las suelta y deja el reino de los Hipotadas y las tierras humeantes con azufre ardiente y los escollos de las Sirenas Aqueloidas, y privada del timonel la nave pasa por Inarime y Prócita y situadas en una colina estéril Pitecusas, llamadas por el nombre de sus habitantes.
Pues el padre de los dioses, odiando antaño el fraude y perjurios de los Cercopos y los crímenes de la raza dolosa, transformó a los hombres en un animal deforme, para que pudieran parecer a la vez distintos al hombre y semejantes a él, y contrajo sus miembros y narices chatas desde la frente aplastó y aró sus rostros con arrugas seniles y todo el cuerpo cubierto con vello amarillento los envió a estas sedes y antes les quitó el uso de las palabras y la lengua nacida para terribles perjurios; solo les dejó poder quejarse con ronco chirrido.
Parte2versos 101-200
Cuando las pasó y a la derecha los muros de Parténope dejó, a la izquierda el túmulo del canoro Eólida, y los lugares fértiles en algas pantanosas, las playas de Cumas y la cueva de la longeva Sibila entra y ruega que pueda visitar a su padre entre los manes por el Averno. Pero ella, tras largo tiempo mantenida la mirada en tierra, la alzó y al fin furiosa recibido el dios «grandes cosas pides», dijo, «varón máximo por tus hazañas, cuya diestra ha sido probada por el hierro, tu piedad probada por el fuego.
Pero deja, troyano, el miedo: lograrás lo pedido y las moradas elisias y los reinos últimos del mundo conmigo como guía conocerás y el simulacro querido de tu padre. Ningún camino es impracticable para la virtud». Dijo y el ramo resplandeciente de oro en el bosque de Juno Averna le mostró y le ordenó arrancarlo de su tronco. Obedeció Eneas y vio las riquezas formidables del Orco y sus antepasados y la sombra anciana del magnánimo Anquises; aprendió también las leyes de los lugares y qué peligros debían afrontarse en las nuevas guerras.
Desde allí llevando los pasos cansados por el camino inverso con la guía cumea alivia el esfuerzo con la conversación. Y mientras recorre el camino horrendo por oscuros crepúsculos, «ya seas diosa presente o gratísima a los dioses», dijo, «serás siempre para mí como un numen, y confesaré que soy un don tuyo, tú que quisiste que yo visitara los lugares de la muerte y que quisiste que yo evadiera los lugares de la muerte vista. Por tales méritos elevado a los aires aéreos te levantaré templos, te tributaré honores de incienso».
La profetisa lo mira y con suspiros hondos «ni soy diosa», dijo, «ni con honor de incienso sagrado honres una cabeza humana, no sea que yerres sin saberlo: luz eterna y carente de fin me sería dada si mi virginidad se hubiera abierto a Febo amante. Pero mientras él la espera, mientras desea corromperme antes con dones, "elige", dice, "virgen cumea, qué deseas: lograrás lo deseado". Yo mostrando un montón de polvo recogido, cuantos cuerpos tuviera el polvo, tantos cumpleaños pedí vanamente que me tocaran; olvidé pedir también al mismo tiempo años juveniles.
Sin embargo él me los daba y eterna juventud, si permitiera el amor: despreciado el don de Febo permanezco sin casar; pero ya la edad más feliz dio la espalda, y con paso trémulo viene la enferma vejez, que debe ser soportada largo tiempo. Pues ya siete siglos he vivido, sin embargo me queda, para igualar el número de polvo, ver trescientas cosechas, trescientos mostos. Tiempo vendrá en que de tan grande cuerpo pequeña me hará el largo día, y los miembros consumidos por la vejez se reducirán a mínima carga: ni pareceré haber sido amada ni haber agradado al dios; Febo también quizá él mismo o no me reconocerá, o negará que me haya amado: tan cambiada estaré que nadie podrá verme, pero mi voz me hará reconocer; mi voz me dejarán los hados.
Mientras la Sibila recuerda estas cosas por el camino abovedado, el troyano Eneas emerge desde las mansiones estigias a la ciudad eubea y tras ofrecer los sacrificios según la costumbre llega a las playas que aún no tienen el nombre de su nodriza. Aquí también se había detenido, tras los largos trabajos, Macáreo de Nerito, compañero del experimentado Ulises. Él reconoce a Aqueménides, abandonado tiempo atrás entre los riscos del Etna, y sorprendido de encontrarlo con vida de manera inesperada, le dice: «¿Qué azar o qué dios te preserva, Aqueménides?
¿Por qué una proa bárbara lleva a un griego? ¿Qué tierra busca vuestra nave?» A quien así pregunta, ya no hirsuto por el vestido, ya siendo él mismo y sin espinas cosidas a su atuendo, le habla Aqueménides: «Que vea otra vez a Polifemo y aquellas fauces chorreando sangre humana, si esta casa y la nave de Ítaca me son más queridas, si venero menos a Eneas que a mi padre, y no pueda yo jamás, aunque ofrezca todo, ser suficientemente agradecido. Que hable y respire y contemple el cielo y los astros del sol, ¿podría yo ser ingrato y desmemoriado?
Él me dio que esta alma mía no entrara en las fauces del Cíclope, y que cuando ahora deje la luz vital, sea sepultado en un túmulo y ciertamente no en aquel vientre. ¿Qué ánimo tuve entonces (salvo que el miedo me quitara todo sentido y aliento) cuando, abandonado, vi que vosotros buscabais alta mar? Quise gritar, pero temí delatarme ante el enemigo: también el clamor de Ulises casi dañó vuestra nave. Vi cuando arrancó del monte un inmenso peñasco y lo arrojó en medio de las aguas; vi de nuevo cómo lanzaba vastas rocas con su brazo gigantesco, como impulsadas por fuerza de catapulta, y temí, no porque las olas o el viento hundieran la nave, sino que ya no me hubiese olvidado en ella.
Pero cuando la huida os llevó lejos de muerte cierta, él gimiendo recorre todo el Etna y tantea con la mano los bosques y privado de luz tropieza con los riscos y extendiendo sus brazos manchados de pus hacia el mar maldice a la raza aquea y dice: "¡Oh, si alguien me trajera por azar a Ulises, o a alguno de sus compañeros, en quien se ensañe mi ira, cuyas entrañas devore, cuyos miembros vivos despedace con mi diestra, cuya sangre inunde mi garganta, y sus articulaciones tiemblen trituradas bajo mis dientes: ¡cuán nulo o leve sería para mí el daño de haber perdido la luz!" Esto y más dice el feroz, y un horror lívido me invade al contemplar su rostro aún empapado de matanza y sus manos crueles y la cuenca vacía de luz
Parte3versos 201-300
y sus miembros y su barba endurecida con sangre humana. La muerte estaba ante mis ojos, pero ella era el menor de los males, y ya creía que me iba a atrapar, que ya iba a hundir mis entrañas en las suyas, y permanecía en mi mente la imagen de aquel momento en que vi los cuerpos de dos de mis compañeros estrellados tres y cuatro veces contra la tierra, cuando él mismo yacente a la manera de un león hirsuto las vísceras y carnes y los huesos con blancas médulas y los miembros semivivos sepultaba en su ávido vientre; un temblor me invadió: me quedé sin sangre, afligido, viéndolo masticar y vomitar del la boca viandas cruentas y trozos aglomerados de vino: tales destinos imaginaba que se preparaban para mí, desdichado, y durante muchos días, oculto y temblando ante todo estruendo y temiendo la muerte y deseando morir, alejando el hambre con bellotas y hierba mezclada con hojas, solo, desvalido, sin esperanza, abandonado a la muerte y al castigo, divisé a lo lejos esta nave tras largo tiempo y rogué mi huida con gestos y corrí a la orilla, ¡y conmoví: una nave troyana acogió a un griego!
Tú también cuenta tus azares, el más querido de los compañeros, y los del jefe y de la tripulación que te fue confiada en el mar.» Él refiere que Eolo reina en el profundo Tirreno, Eolo Hipotada, que encierra los vientos en su cárcel; que el jefe de Duliquio recibió como memorable don los vientos encerrados en un cuero de buey, y con viento favorable navegó nueve días y divisó la tierra deseada; cuando después del noveno día se levantó la próxima aurora, que los compañeros, vencidos por la envidia y el deseo del botín, creyendo que era oro, soltaron las ataduras de los vientos; y con ellos regresaron por las mismas aguas que acababan de recorrer, y la nave llegó de nuevo al puerto del tirano Eolo.
«Desde allí», dice, «llegamos a la antigua ciudad de Lamo Lestrigón: Antífates reinaba en aquella tierra. Fui enviado a él, acompañado por dos, y apenas con la huida hallamos salvación mi compañero y yo, el tercero de nosotros tiñó con su propia sangre las impías fauces del lestrigón. Antífates persigue a los que huyen y reúne su tropa; se juntan y arrojan rocas y vigas y hunden a los hombres y hunden las naves. Una sola, sin embargo, que nos llevaba a Ulises y a mí, escapó.
Dolientes por la pérdida de parte de los compañeros y tras muchas lamentaciones, llegamos a aquellas tierras que ves a lo lejos (a lo lejos está, créeme, debe verse de lejos la isla que vi), y tú, oh el más justo de los troyanos, hijo de una diosa (pues terminada la guerra no debo llamarte enemigo, Eneas), te advierto: ¡huye de las playas de Circe! También nosotros, atada la nave en la playa de Circe, recordando a Antífates y al salvaje Cíclope, nos negábamos a ir; pero fuimos escogidos por sorteo para entrar en la morada desconocida: la suerte envió a Pólites, fiel a mí, y a Euríloco junto con Elpenor, demasiado dado al vino, y dieciocho compañeros más a las murallas de Circe.
Apenas las tocamos y nos detuvimos en el umbral del palacio, mil lobos y osas y leonas mezcladas con los lobos causaron miedo con su encuentro, pero ninguna era temible ni iba a hacer herida alguna en nuestro cuerpo; más aún, movieron halagüeñas las colas por el aire y nos acompañan aduladoras siguiendo nuestras huellas, hasta que las siervas nos reciben y por los atrios de mármol techados nos conducen ante su señora: ella se sienta en bello retiro en solemne trono y vestida de un manto resplandeciente se envuelve además con un atuendo dorado.
Nereidas y ninfas a la vez, que no arrastran lanas con dedos que se mueven ni hilan hilos que se siguen: disponen hierbas y separan flores esparcidas sin orden en cestas y hierbas de variados colores; ella misma dirige la labor que hacen, ella misma conoce qué uso tiene cada hoja, qué armonía entre las mezcladas, y atenta pesa las hierbas examinándolas. Cuando nos vio, tras decir y recibir el saludo, mostró un rostro propicio y dio buenos presagios a nuestros votos. Sin demora, ordena que se mezcle cebada de grano tostado y miel y fuerza de vino puro con leche cuajada de pasa, y añade jugos que se ocultan furtivamente bajo esta dulzura.
Recibimos las copas dadas por su sagrada diestra. Apenas las bebimos sedientos con boca sedienta, y la terrible diosa tocó nuestras cabezas con su vara, (me da vergüenza, pero lo contaré) comencé a erizarme de cerdas, y ya no podía hablar, en lugar de palabras emitía un ronco gruñido y me desplomaba hacia el suelo con todo el rostro, y sentí mi boca endurecerse con un hocico curvado, el cuello hincharse de músculos, y con la parte con que antes había tomado las copas, con ella dejaba huellas y junto con los demás que sufrían lo mismo (¡tanto pueden las pócimas!) fui encerrado en una zahúrda, y vimos que solo Euríloco había conservado su figura: solo él evitó las copas dadas; si no las hubiera evitado, seguiría siendo parte del rebaño aún ahora de cerdas, ni Ulises vengador habría ido advertido por él de tamaña desgracia ante Circe.
El Cilenio portador de paz le había dado una flor blanca: los dioses la llaman moly, se sostiene con raíz negra; seguro con ella y con advertencias celestes a la vez, entra él en la morada de Circe y llamado a las copas insidiosas, cuando ella intenta acariciar sus cabellos con la vara, la rechaza y aterroriza a la asustada con su espada desenvainada. Luego se dan la fe y las diestras y recibido en el tálamo pide como dote de matrimonio los cuerpos de sus compañeros. Somos rociados con jugos de hierbas desconocidas pero mejores y golpeados en la cabeza con el toque de la vara invertida,
Parte4versos 301-400
y se dicen palabras contrarias a las palabras dichas. Cuanto más canta ella, más nos alzamos, levantados del suelo, nos erguimos, y caen las cerdas, y la hendidura abandona los pies bífidos, vuelven los hombros y bajo los brazos están los antebrazos: llorando abrazamos a la que llora y nos quedamos colgados del cuello de la guía, y no dijimos palabras antes que aquellas que nos declaran agradecidos. Una demora anual nos retuvo allí, y mucho en persona vi en tan largo tiempo, mucho absorbí con los oídos, y también esto entre muchas cosas, que en secreto me contó una de las cuatro sirvientas preparadas para tales ritos sagrados.
Pues mientras Circe se demora a solas con mi guía, ella me muestra una estatua hecha de mármol níveo que lleva en la cima un pájaro carpintero juvenil, colocada en un templo sagrado y notable por muchas coronas. Quién era y por qué se le rendía culto en el templo sagrado, por qué llevaba ese pájaro, cuando lo pregunté y quise saber, 'Escucha', dijo, 'Macareo, y aprende también por esto cuál es el poder de mi señora; tú pon atención a mis palabras. Pico, hijo de Saturno, fue rey en las tierras ausonias, amante de los caballos útiles para la guerra; la belleza que ves era la del hombre: aunque tú mismo puedes contemplar su hermosura y comprobar la verdad en la imagen pintada; su ánimo igualaba a su forma; y aún no había podido contemplar por sus años la lucha quinquenal cuatro veces en la Élide griega.
Él había vuelto hacia sí los rostros de las dríades nacidas en los montes latinos, lo buscaban las divinidades de las fuentes, las náyades que el Álbula alimentó, y las del Numicio, y las que trajeron las aguas del Anio y el Almo de curso brevísimo y el impetuoso Nar y el Fárfaro de sombra oscura, y las que habitan el estanque arbolado de la Diana escita y los lagos vecinos; pero despreciando a todas él ama a una sola ninfa, que en otro tiempo en el monte Palatino se dice que Venilia dio a luz al bifronte Jano.
Cuando ella maduró por primera vez en los años núbiles, fue entregada a Pico Laurente, preferido sobre todos, rara ciertamente por su rostro, pero más rara por su arte de cantar, de donde fue llamada Canente: solía mover con su boca las selvas y las rocas y amansar a las fieras y detener los ríos largos y retener a las aves errantes. Mientras ella modulaba cantos con voz femenina, Pico había salido del techo hacia los campos laurentes para clavar jabalíes indígenas y oprimía el lomo de un caballo veloz y llevaba en la izquierda dos venablos ceñido con una clámide púrpura de oro fulvo.
Había venido a las selvas también la hija del Sol, y para recoger hierbas nuevas de las colinas fecundas había dejado los campos llamados con su nombre, los circeos. Tan pronto como vio al joven, oculta entre los arbustos, quedó atónita: cayeron de su mano las hierbas que había recogido, y una llama pareció vagar por todas sus entrañas. Tan pronto como reunió su mente del ardor violento, estuvo a punto de confesar lo que deseaba: pero no pudo acercarse, lo impidió la carrera del caballo y la escolta que lo rodeaba.
'No', dice, 'escaparás, aunque seas arrebatado por el viento, si es que me conozco a mí misma, si no se ha desvanecido toda la virtud de las hierbas, ni me engañan mis encantamientos.' Dijo, y crea la imagen de un falso jabalí sin cuerpo y ordena que pase corriendo ante los ojos del rey y parezca entrar en un bosque denso de troncos, donde la selva es más tupida y los lugares no son transitables a caballo. Sin demora, al instante Pico persigue la sombra de la presa, sin saberlo, y deja rápido el lomo espumante del caballo y siguiendo una vana esperanza vaga a pie por la selva alta.
Ella concibe plegarias y dice palabras venenosas y adora a dioses desconocidos con canto desconocido, con el que suele confundir el rostro de la nívea Luna y tejer nubes absorbentes sobre la cabeza paterna. También entonces con el canto entonado se espesa el cielo y la tierra exhala nieblas, y vagan en caminos ciegos los compañeros, y falta la custodia del rey. Hallado el lugar y el tiempo, 'Por tus ojos', dijo, 'que capturaron los míos, y por esta hermosura, el más bello, que hace que yo, una diosa, te suplique, atiende a mis fuegos y acepta como suegro al Sol que todo lo ve, y no desprecies, duro, a Circe, la Titánide.' Había dicho; él, feroz, rechaza tanto a ella como a sus ruegos y dice: 'quienquiera que seas, no soy tuyo; otra me tiene cautivo y que me tenga por largo tiempo, lo ruego, ni lastimaré con amor externo los lazos conyugales, mientras los hados me guarden a Canente, nacida de Jano.' Muchas veces reintentadas las súplicas, en vano, la Titania dice: 'No lo llevarás impune, ni serás devuelto a Canente, y aprenderás qué hace una mujer herida, qué una que ama, qué una mujer, con hechos; pero es y amante y herida y mujer Circe.' Entonces dos veces hacia el ocaso, dos veces se vuelve hacia el oriente, tres veces toca al joven con la vara, tres encantamientos dijo.
Él huye, pero se maravilla de correr él mismo más veloz que de costumbre: vio plumas en su cuerpo, y convertido súbitamente en ave nueva que se añade a las selvas latias, indignado clava con duro pico los robustos robles y airado da heridas a las largas ramas; las plumas tomaron el color púrpura de la clámide; lo que había sido fíbula y el oro que había mordido la vestidura se vuelve pluma, y el cuello se ciñe con oro fulvo, y nada antiguo le queda a Pico sino el nombre.
Mientras tanto los compañeros, habiendo llamado muchas veces por los campos en vano a Pico y no hallándolo en ninguna parte, encuentran a Circe (pues ya había adelgazado los aires y había permitido que las nieblas se abrieran con los vientos y el sol) y la apremian con acusaciones verdaderas y reclaman al rey
Parte5versos 401-500
y ejercen violencia y se preparan para atacar con dardos crueles: ella, culpable, esparce veneno y jugos de ponzoña e invoca a la Noche y a los dioses de la Noche y al Érebo y al Caos y ruega a Hécate con largos aullidos. Saltaron de su lugar (admirable de contar) las selvas, y gimió el suelo, y el árbol vecino palideció, y los pastos esparcidos se mojaron con gotas sangrientas, y las piedras parecieron emitir mugidos roncos y los perros ladrar y el suelo escamarse con serpientes negras y las almas tenues de los silenciosos revolotear: el vulgo atónito por los monstruos se aterra; ella toca los rostros de los que se aterran, maravillados, con vara envenenada, y por cuyo toque monstruos de variadas fieras vienen sobre los jóvenes: a ninguno le quedó su propia imagen.
El Febo poniente había esparcido las costas tartesias, y en vano había sido esperado el esposo por los ojos y el ánimo de Canente: los sirvientes y el pueblo discurren por todas las selvas y portan antorchas al encuentro; y no basta a la ninfa llorar y desgarrar los cabellos y dar lamentos (sin embargo hace todas estas cosas) y se lanza y vaga enloquecida por los campos latinos. Seis noches la vieron a ella, y otras tantas luces del sol que volvía, carente de sueño y de alimento, yendo por las cimas, por los valles, adonde la suerte la conducía; el Tíber la vio por última vez, fatigada por el dolor y el camino, y ya depositando su cuerpo en la larga ribera.
Allí con lágrimas, moduladas por el propio dolor, vertía palabras afligida con sonido tenue, como en otro tiempo el cisne canta ya moribundo sus cantos funerarios; por fin consumida por el dolor, licuadas las entrañas tenues, se desvaneció poco a poco y se disipó en aires leves, pero la fama quedó marcada en el lugar, que debidamente Canente llamaron las antiguas Camenas por el nombre de la ninfa.' Tales muchas cosas me fueron narradas durante el largo año y fueron vistas. Perezosos y torpes por el desuso, se nos ordena volver a cruzar el mar, volver a dar las velas, y la Titania había dicho que quedaban caminos inciertos y un vasto viaje y peligros de un mar cruel: temí, lo confieso, y una vez hallada esta costa me adherí a ella.
Había terminado Macareo, y la nodriza de Eneas en urna encerrada en túmulo de mármol tenía un breve carmen: AQUÍ A MÍ CAYETA EL ALUMNO DE CONOCIDA PIEDAD ARREBATADA AL FUEGO ARGÓLICO ME CREMÓ COMO DEBIÓ Se suelta la cuerda atada al terraplén herboso, y lejos dejan las insidias y el techo infamado de la diosa y buscan los bosques, donde nublado por la sombra se precipita al mar el Tíber con arena amarilla; y obtiene la casa del hijo de Fauno y la hija de Latino, no sin Marte sin embargo.
Guerra con gente feroz non sine Marte tamen. bellum cum gente feroci es acogido, y Turno lucha furioso por la esposa pactada. Todo el pueblo tirreno acude en auxilio del Lacio, y durante mucho tiempo la difícil victoria se busca con armas angustiadas. Cada bando aumenta sus fuerzas con poder extranjero, y muchos defienden a los rútulos, muchos el campamento troyano, y Eneas no fue en vano a las murallas de Evandro, pero Vénulo sí fue en vano a la ciudad del fugitivo Diomedes: él, en verdad, bajo el rey yápige Dauno había fundado una gran ciudad y poseía campos como dote; pero cuando Vénulo cumplió el encargo de Turno y pidió ayuda, el héroe etolio rehusó sus fuerzas: dijo que no quería lanzar a la guerra ni a los pueblos de su suegro ni a ninguno que tuviera para armar de su propia gente, "y no creáis que esto es mentira, aunque el recuerdo renueva amargos duelos, lo soportaré y lo contaré sin embargo.
Después de que la alta Ilión fue quemada y las llamas dánadas devoraron Pérgamo, el héroe naricio, por una virgen arrebatada a una virgen, el castigo que él solo mereció, lo repartió entre todos, somos dispersados y arrastrados por los vientos sobre mares hostiles, rayos, noche, lluvias, la ira del cielo y del mar soportamos los dánaos y el colmo del desastre en Cafereo, y para no demorarme refiriendo los tristes acontecimientos en orden, Grecia entonces pudo parecer digna de llanto incluso para Príamo. A mí, sin embargo, el cuidado de Minerva portadora de armas me salvó y me arrancó de las olas, pero de nuevo de mis campos paternos soy expulsado, y Venus bondadosa, recordando la antigua herida, exige su venganza, y tantos trabajos por los altos mares he soportado, tantos en las armas terrestres, que a menudo he llamado felices a aquellos a quienes la tormenta común y el abrupto Cafereo hundió en las aguas, y desearía haber sido uno de ellos.
Mis compañeros, habiendo ya sufrido lo extremo en guerra y en mar, desfallecen y piden el fin del error, pero Acmón, ardiente de carácter, y entonces además endurecido por las desgracias, dijo: "¿Qué queda que vuestra paciencia ahora se niegue a soportar, hombres? ¿Qué más tiene Citerea para, supongamos que quiera, hacer? Pues mientras se temen cosas peores, hay lugar para los rezos: pero cuando la suerte es la peor de todas, el miedo está bajo los pies y la cima de los males es segura.
Que ella misma lo oiga, que, como hace, odie a todos los hombres bajo Diomedes, sin embargo su odio todos nosotros lo despreciamos: el gran poder no nos cuesta mucho." Con tales palabras el pleuronio Acmón, provocando a Venus, la estimula y reaviva su antigua ira. Sus palabras agradan a pocos, los amigos del mayor número reprendemos a Acmón; y cuando quería responder, su voz y el camino de su voz se adelgazaron a la vez, y sus cabellos se convierten en plumas, nuevas plumas cubren su cuello y su pecho y su espalda, sus brazos reciben
Parte6versos 501-600
plumas mayores, y sus codos ligeros se curvan en alas; gran parte de sus pies la ocupan sus dedos, y su boca endurecida se vuelve rígida de cuerno y termina en punta aguda. Esto lo contempla Lico, esto Idas y Nicteo con Rexénor, esto lo contempla Abante, y mientras lo contemplan, reciben la misma forma, y un número mayor de la tropa levanta el vuelo y revolotea en torno a los remos con alas batientes: si preguntas qué forma tienen estas aves súbitas, aunque no son cisnes, son muy próximas a los cisnes blancos.
Apenas yo, como yerno, retengo estas tierras y los áridos campos del yápige Dauno con una mínima parte de los míos." Hasta aquí el Enida, Vénulo abandona los reinos de Calidón y los golfos peucecios y los campos de Mesapia. En ellos ve una cueva que, oculta por espesa selva y ligeros juncos, el semicaprino Pan ahora habita, pero en otro tiempo la habitaron ninfas. Un pastor apulio de esa región las ahuyentó y las aterrorizó y al principio las perturbó con súbito miedo, pero luego, cuando volvió el ánimo y despreciaron al perseguidor, condujeron danzas moviendo los pies al ritmo; el pastor las desaprueba y las imitó con salto agreste y añadió injurias rústicas a palabras obscenas, y no calló su boca antes de que un árbol encerrara su garganta: pues es un árbol, y por el jugo puedes conocer sus costumbres.
Ciertamente el acebuche con sus bayas amargas muestra la marca de su lengua: la aspereza de sus palabras pasó a ellas. De aquí cuando los legados regresaron, trayendo la noticia de que se les negaban las armas etolias, los rútulos sin aquellas fuerzas hacen la guerra preparada, y mucha sangre se derrama de ambos lados; he aquí que Turno lanza teas ávidas contra las techumbres de pino, y temen el fuego quienes se salvaron del agua. Y ya Mulcíber quemaba la pez y las ceras y demás alimento de la llama y subía por el mástil alto hasta las velas, y humeaban los bancos de las quillas curvadas, cuando la santa madre de los dioses, recordando que estos pinos fueron cortados en la cima del Ida, llenó el aire con tintineos de bronce golpeado y con el murmullo del boj inflado y llevada por ligeros aires sobre leones domados dice: "¡Turno, arrojas incendios inútiles con tu mano sacrílega!
Los arrebataré: y no permitiré que el fuego voraz queme partes y miembros de mis bosques." Tronó al hablar la diosa, y siguieron al trueno graves nubes que cayeron con granizo saltante, y los aires y el mar hinchado con súbitas colisiones perturban los hermanos de Astreo y van al combate. De ellos la bondadosa madre, usando las fuerzas de uno, rompió las amarras de estopa de la flota frigia, y arrastra las naves de proa y las sumerge bajo el mar medio; ablandándose la madera y trocándose el leño en cuerpos, las popas curvas se transforman en forma de cabezas, los remos se convierten en dedos y en piernas nadadoras, lo que antes fue costado, sigue siendo costado, y la quilla hundida en medio de las naves se transforma en uso de espina dorsal, las cuerdas en suaves cabellos, las antenas se vuelven brazos, azul es el color, como antes era; y las olas que antes temían, esas mismas ejercitan con juegos virginales las náyades del mar, y nacidas en duros montes frecuentan el blando estrecho y no las toca su origen: sin embargo no olvidan cuántos peligros a menudo soportaron en el piélago, a menudo a naves sacudidas han tendido sus manos, salvo si alguna transportaba aqueos: aún memoriosas de la desgracia frigia odian a los pelasgos y vieron con rostros alegres los fragmentos de la nave de Nerito y con rostros alegres vieron endurecerse la popa de Alcínoo y crecer la piedra en la madera.
Hubo esperanza de que, transformada la flota en ninfas marinas, el rútulo pudiera, por miedo al prodigio, desistir de la guerra: persiste, y cada parte tiene dioses, y lo que equivale a dioses tienen: ánimos; ya no buscan los reinos dotales, ni el cetro del suegro, ni a ti, virgen Lavinia, sino vencer, y sin vergüenza de abandonar hacen la guerra, y finalmente Venus ve las armas victoriosas de su hijo, y Turno cae: cae Ardea, que en vida de Turno fue llamada poderosa; después de que el fuego bárbaro la destruyó y los techos quedaron ocultos bajo tibia ceniza, del montón de escombros entonces por primera vez conocida un ave levanta el vuelo y bate las cenizas con alas batientes.
Y el sonido y la flacura y la palidez y todo lo que conviene a una ciudad capturada, el nombre también permaneció en ella de la ciudad, y la propia Ardea se llora con sus plumas. Y ya el valor de Eneas había obligado a todos los dioses y a la propia Juno a terminar sus antiguas iras, cuando, bien fundadas las riquezas del creciente Yulo, era el momento oportuno para el cielo del héroe citéreo. Y Venus había solicitado a los dioses superiores y, echada al cuello de su padre, había dicho: "Nunca en ningún momento fuiste duro conmigo, padre, sé ahora el más benévolo, te ruego, y a mi Eneas, que de nuestra sangre te hizo abuelo, concédele, óptimo, algún poder, aunque pequeño, con tal de que le concedas alguno!
Basta con haber visto el reino inamisible una vez, haber ido una vez por las corrientes estigias." Asintieron los dioses, y ni la regia esposa mantuvo el rostro inmóvil y asintió con semblante apaciguado; entonces el padre dice: "Sois dignos del don celestial, tanto la que pides como aquel por quien pides: toma, hija, lo que deseas." Había hablado: ella se alegra y da gracias a su padre y llevada por ligeros aires en palomas uncidas llega a la costa laurentina, donde oculto por carrizos se desliza hacia el mar con ondas fluviales el Numicio cercano. A este le ordena que lave de Eneas todo lo que es susceptible de muerte,
Parte7versos 601-700
lavar y llevar bajo las aguas con silencioso curso; el cornudo ejecuta los mandatos de Venus y de Eneas purifica todo lo que había en él de mortal y lo roció con agua; la parte mejor permaneció en él. Su madre ungió el cuerpo purificado con divino perfume y con ambrosía mezclada con dulce néctar le tocó la boca e hizo de él un dios, al que la turba de Quirino llama Indígete y lo recibió con templo y altares. Luego, bajo el gobierno de Ascanio de dos nombres, Alba y el poder latino fue.
Le sucede Silvio. De este nació Latino, que recuperó el antiguo nombre junto con el cetro, el ilustre Alba sucede a Latino. De él viene Épito; después de este Capeto y Capis, pero Capis fue primero; Tiberino recibió de ellos el reino y sumergido en las ondas del río Toscano dio su nombre al agua; de este nacieron Rómulo y el feroz Acrota. Rómulo, más maduro en años, pereció, imitador del rayo, por un golpe fulminante. Acrota, más moderado que su hermano valiente, entregó el cetro a Aventino, quien yace sepultado en el mismo monte donde reinó y dio su nombre al monte; y ya Proca tenía el gobierno supremo de la gente Palatina.
Bajo este rey vivió Pomona, a quien ninguna entre las latinas hamadríadas cultivó con más diligencia los huertos ni hubo otra más entregada al fruto de los árboles; de ahí tiene su nombre: ella no ama los bosques ni los ríos, ama el campo y las ramas que llevan felices frutos; no pesa sobre ella la jabalina, sino la hoz curva en su diestra, con la que ora reprime el exceso y las ramas que se extienden por todas partes, ora en la corteza abierta inserta un vástago y da jugos a un alumno ajeno; no deja que sienta sed y las curvas fibras de la raíz sedienta riega con aguas corrientes.
Este es su amor, esta su pasión, no tiene ningún deseo de Venus; sin embargo, temiendo la violencia de los rústicos, cierra los huertos por dentro y prohíbe el acceso y huye de los varones. ¿Qué no hicieron los sátiros, juventud apta para los saltos, y los Panes ceñidos de pino en los cuernos y Silvano, siempre más joven que sus años, y el dios que aterroriza a los ladrones con la hoz o la ingle, para poseerla? Pero en verdad superaba en amor a estos también Vertumno y no era más feliz que ellos.
Oh, cuántas veces con aspecto de duro segador llevó espigas en un cesto y fue verdadera imagen de un segador! Muchas veces llevando las sienes atadas con heno reciente podía parecer que había volteado la hierba cortada; muchas veces portaba en su mano rígida aguijadas, de modo que jurarías que acababa de desuncir los bueyes cansados. Dada una hoz era podador y recortador de vides; había tomado escaleras: creerías que iba a cosechar manzanas; era soldado con espada, pescador con caña tomada; en fin, a través de muchas figuras se abrió paso muchas veces para capturar las alegrías de la forma contemplada.
Él también, ceñida la frente con una mitra pintada, apoyándose en un bastón, puesto por las sienes canas cabellos, simuló ser una vieja y entró en los cultivados huertos y admiró las manzanas y dijo: "¡Cuánto más poderosa eres!" y dio unos pocos besos a la alabada, besos que nunca habría dado una vieja verdadera, y se sentó encorvada sobre un terrón contemplando las ramas extendidas bajo el peso del otoño. Había enfrente un olmo hermoso con brillantes uvas: después de que lo aprobó junto con la vid unida a él, dijo: "Pero si estuviera soltero este tronco sin sarmiento, no tendría nada salvo hojas por qué ser buscado; esta vid también, que está unida, descansa en el olmo: si no estuviera casada, yacería reclinada en la tierra; tú sin embargo no te conmueves por el ejemplo de este árbol y huyes del apareamiento y no te preocupas de unirte.
¡Y ojalá quisieras! Helena no habría sido cortejada por más pretendientes ni la que provocó las batallas lapitas ni la esposa de Ulises el demasiado tardío. Ahora también, aunque huyes y rechazas a los que te piden, mil hombres te desean y semidioses y dioses y cuantas divinidades habitan los montes Albanos. Pero si eres sensata, si quieres unirte bien y a esta vieja escuchar, que te ama más que todos ellos, más de lo que crees: rechaza las vulgares antorchas y elige a Vertumno como compañero de lecho!
Por él tómame también a mí como garantía: pues él no se conoce a sí mismo mejor que a mí; ni vaga errante por todo el orbe, solo habita estos lugares; ni, como la mayor parte de los pretendientes, ama a la que acaba de ver: tú serás su primer y último ardor, y solo a ti dedica sus años. Añade que es joven, que tiene natural don de belleza y se transforma apropiadamente en todas las formas, y que será lo que le sea ordenado, aunque le ordenes todo, lo hará.
¿Qué decir de que ama lo mismo que tú, que las manzanas que cultivas él las tiene primero y sostiene tus regalos con diestra alegre? Pero ya no desea los frutos arrancados del árbol ni las hierbas que el huerto nutre con suaves jugos ni nada salvo a ti: compadécete del que arde y cree que él mismo, que te pide, está presente rogando por mi boca. ¡Teme a los dioses vengadores y a la Idalia que odia los corazones duros y la cólera memorable de la Ramnusia!
Y para que temas más (pues la mucha edad me ha dado conocimiento) te referiré hechos muy conocidos en toda Chipre, con los cuales fácilmente podrás ablandarte y ceder. "Iphis había visto a Anaxárete, de generosa sangre del antiguo Teucro, él, nacido de humilde estirpe, la había visto y había sentido el calor por todos sus huesos
Parte8versos 701-800
y luchó largo tiempo, después de que no pudo vencer la locura con la razón, vino suplicante al umbral y ora confesó su miserable amor a la nodriza, rogándole por las esperanzas de su alumna que no fuera dura con él, ora halagó a cada uno de los muchos sirvientes y pidió con voz solícita su favor propicio; muchas veces dio sus palabras que debían llevarse en dulces tablillas, a veces colgó en los postes coronas húmedas por el rocío de las lágrimas y puso en el duro umbral su blando costado e hizo reproches a la triste cerradura.
Ella, más cruel que el mar creciente cuando caen las Cabras, más dura que el hierro que el fuego nórico funde y que la roca que aún viva se sostiene por la raíz, lo despreció y se burló, y a los hechos crueles añadió palabras soberbias, feroz, y engañó al amante también en la esperanza. No soportó Iphis impaciente los tormentos del largo dolor y ante las puertas dijo estas últimas palabras: "Vences, Anaxárete, y ya no tendrás que soportar ningún fastidio de mí: prepara alegres triunfos e invoca al Peán y cíñete con el brillante laurel!
Vences en verdad, y muero de buen grado: ea, férrea, alégrate! Ciertamente te verás forzada a alabar algo de mi amor, por lo que te seré grato, y confesarás mi mérito. Sin embargo recuerda que no salí de tu cuidado antes que de la vida y que debo carecer de doble luz a la vez. Ni te llegará la fama mensajera de mi muerte: yo mismo, para que no dudes, estaré presente y seré visto, para que con mi cuerpo exánime alimentes tus crueles ojos.
Si no obstante, oh dioses superiores, veis los hechos mortales, acordaos de mí (nada más puede rogar mi lengua) y haced que seamos narrados en largo tiempo, y los años que quitasteis a mi vida, dadlos a mi fama!" Dijo, y hacia los postes muchas veces adornados con coronas alzando los ojos húmedos y los pálidos brazos, cuando ataba las ligaduras del lazo a lo alto de las puertas, dijo: "¡Estas guirnaldas te placen, cruel e impía!" y metió la cabeza, pero aún entonces vuelto hacia ella, y el infeliz peso colgó con la garganta oprimida.
Golpeada por el movimiento de los pies trémulos que ordenaban abrirse se vio que dio sonido y abierta la puerta reveló el hecho, gritan los sirvientes y en vano lo levantan (pues el padre había muerto) y lo llevan al umbral de la madre; ella lo recibe en su seno y abrazó los fríos miembros de su hijo después de que pronunció las palabras de los padres miserables y cumplió los actos de las madres miserables, conducía el funeral llorosa por medio de la ciudad y llevaba los miembros lívidos en féretro para ser quemados.
Por casualidad la casa vecina a la calle por donde iba la fúnebre pompa fue la de Anaxárete, y el sonido del llanto llegó a los oídos de la dura Anaxárete, a quien ya un dios vengador empujaba. pero ella dijo "veamos" aún "el miserable funeral" y entró en la alta casa por las ventanas abiertas y apenas había visto bien a Ifis puesto en el lecho: se le endurecieron los ojos, y la sangre cálida del cuerpo huyó con la palidez que se extendió, y al intentar llevar los pies atrás quedó inmóvil, al intentar apartar el rostro tampoco pudo hacer esto, y poco a poco ocupa sus miembros lo que ya hacía tiempo había en su duro pecho, la piedra.
Y para que no creas que es ficción, Salamina conserva aún una estatua con la imagen de la señora, y tiene también un templo con el nombre de Venus la que Mira Adelante. Acordándote de esto, oh mía, abandona tu lento orgullo, te lo ruego, y únete a quien te ama, ninfa: así ni el frío primaveral queme tus frutos que nacen ni los vientos veloces sacudan tus flores. Cuando el dios adaptado a forma de anciana hubo dicho estas cosas en vano, volvió a ser joven y se quitó los atavíos de vieja y se le apareció tal como cuando la imagen nítida del sol vence las nubes que se oponen y resplandece sin nada que la obstruya, y prepara la fuerza: pero no hace falta fuerza, y cautivada por la figura del dios la ninfa sintió heridas mutuas.
Luego el soldado del injusto Amulio gobernó los recursos ausonios, y el anciano Númitor recobra el reino perdido por don de su nieto, y en las fiestas Palilias se fundan las murallas de la ciudad; y Tacio y los padres sabinos hacen la guerra, y Tarpeya abrió el camino de la ciudadela y expulsó su alma merecedora del castigo sepultada bajo las armas amontonadas; luego los nacidos en Cures a la manera de los lobos silenciosos reprimen sus voces en la boca e invaden los cuerpos vencidos por el sueño y buscan las puertas, que con firme tranca había cerrado el hijo de Ilia: pero la Saturnia abrió una y no hizo ruido al girar el gozne; solo Venus sintió que los cerrojos de la puerta habían caído e iba a cerrarla, pero nunca es lícito a los dioses deshacer los actos de los dioses.
Las náyades ausonias tenían los lugares junto a Jano que goteaban con helada fuente: les pide ayuda, y las ninfas no rechazaron a la diosa que pedía algo justo y sacaron las venas y corrientes de su fuente; pero aún no estaban impracticables las aberturas del Jano abierto, ni el agua había bloqueado el paso: ponen debajo azufre lívido en la fuente fecunda y encienden las venas huecas con betún humeante. Con estas fuerzas y otras el vapor penetró hasta el fondo de la fuente, y vosotras aguas que hace poco os atrevíais a competir con el frío de los Alpes, ¡no cedéis ni ante los fuegos mismos!
los dos postes humean con la aspersión que trae llamas, y la puerta prometida en vano a los rígidos sabinos quedó obstruida por la nueva fuente, mientras el soldado de Marte se ponía las armas; después de que Rómulo las ofreció espontáneamente, y la tierra romana quedó cubierta de cuerpos sabinos
Parte9versos 801-851
y quedó cubierta con los suyos, y la espada impía mezcló la sangre del yerno con la sangre del suegro. Sin embargo place detener la guerra con paz y no luchar hasta el final con la espada y que Tacio se una al reino. Había muerto Tacio, y tú, Rómulo, dabas leyes igualadas a ambos pueblos: cuando Marte quitándose el casco habla así al padre de dioses y hombres: "ha llegado el tiempo, padre, ya que el poder romano vale por su gran fundamento y no pende de un solo protector, de otorgar las recompensas (me fueron prometidas y al nieto digno) y elevar al cielo al que fue quitado de la tierra.
tú me dijiste una vez en consejo de los dioses presentes (pues lo recuerdo y anoté las piadosas palabras en mi ánimo que recuerda) 'habrá uno al que tú elevarás a los azules del cielo': ¡que se cumpla la suma de tus palabras!" el omnipotente asintió y con nubes oscuras cubrió el aire y aterrorizó al orbe con trueno y relámpago. Gradivo sintió estas señales seguras del rapto que le fue prometido, y apoyado en la lanza subió intrépido a los caballos uncidos al timón sangriento y los azuzó con el golpe del látigo y deslizándose inclinado por el aire se detuvo en la cumbre del monte Palatino arbolado y arrebató al hijo de Ilia que ya daba leyes regias a su pueblo Quirite: el cuerpo mortal por los aires se disolvió en la delgada atmósfera, como suele una bala de plomo lanzada por una ancha honda derretirse en medio del cielo; una hermosa apariencia lo reemplaza y más digna de los altos lechos, es como la forma de Quirino con toga.
Lloraba su esposa como si lo hubiera perdido, cuando la regia Juno ordena a Iris descender por la curva senda hacia Hersilia y así llevarle sus mandatos: "oh matrona, honor principal tanto de la gente latina como de la sabina, dignísima de haber sido antes esposa de tan gran varón, ahora de serlo de Quirino, detén tu llanto, y si tienes el deseo de ver a tu esposo, bajo mi guía busca el bosque que verdea en el monte Quirinal y hace sombra al templo del rey romano"; obedece y deslizándose a tierra por los arcos pintados, Iris interpela a Hersilia con las palabras ordenadas; ella apenas alzando los ojos con rostro pudoroso "oh diosa (pues no me es fácil decir quién eres, pero está claro que eres diosa) llévame, oh llévame" dijo "y muéstrame el rostro de mi esposo, si tan solo los hados me concedieran poder verlo una vez, confesaré haber alcanzado el cielo".
sin demora, con la virgen hija de Taumante entra en los montes de Rómulo: allí un astro caído del éter descendió a tierra; por cuyo resplandor ardiendo el cabello de Hersilia se fue con el astro a los aires: el fundador de la ciudad romana la recibe con manos conocidas y cambia su antiguo nombre junto con su cuerpo y la llama Hora, que ahora es diosa unida a Quirino.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
