Libro IV
Parte1versos 1-100
Pero Alcítoe, la hija de Minias, cree que no debe aceptar los ritos del dios, y aún temeraria niega que Baco sea hijo de Júpiter, y tiene a sus hermanas como cómplices de su impiedad. El sacerdote había ordenado celebrar la fiesta y que las esclavas, libres de sus tareas, y sus señoras se cubrieran los pechos con pieles, soltaran las cintas del pelo, se pusieran guirnaldas en la cabellera, tomaran en las manos los tirsos frondosos, y había vaticinado que la ira del dios ofendido sería cruel: obedecen las madres y las nueras, dejan a un lado las telas, las canastas de lana y las madejas sin terminar, ofrecen incienso e invocan a Baco como Bromio, Lieo, el nacido del fuego, el engendrado dos veces, el único de dos madres; a estos nombres se añade Niseo, Tioneo el de largos cabellos, y junto a Leneo el generoso plantador de la vid, Nictelio, Elelco padre, Yaco y Evan, y cuantos otros nombres tú tienes, incontables, Líber, entre los pueblos griegos.
Pues tu juventud es imperecedera, tú eres un muchacho eterno, tú el más hermoso que se contempla en el alto cielo; cuando te presentas sin cuernos, tu cabeza es como la de una virgen; el Oriente te está sometido, hasta la India oscurecida por el sol, donde se tiñe con el lejano Ganges. Tú, venerable, abates a los sacrílegos Penteo y a Licurgo el portador del hacha doble, arrojas al mar tirreno los cuerpos transformados, tú guías el cuello de tu pareja de linces adornados con riendas de colores.
Te siguen bacantes y sátiros, y aquel viejo ebrio que sostiene sus pasos vacilantes con un bastón y apenas se aferra con fuerza a su asno combado. Por dondequiera que avanzas, el clamor juvenil y a la vez las voces de mujeres y los timbales golpeados con las palmas resuenan junto con los bronces cóncavos y el boj de larga perforación. "Tranquilo y benigno" ruegan las hijas de Ismeno "preséntate", y cumplen los ritos ordenados; solo las hijas de Minias dentro perturban la fiesta intempestiva con la tarea de Minerva: hilan la lana o hacen girar con el pulgar los hilos o se aplican al telar y urgen a las esclavas en sus labores.
Una de ellas, deslizando el hilo con su pulgar ligero, dice: "Mientras las otras holgazanean y asisten a ritos inventados, nosotras también, a quienes retiene Palas, diosa mejor, aligeremos el útil trabajo de nuestras manos con variada charla y por turnos contemos algo al oído desocupado que no haga parecer largo el tiempo". Aprueban sus palabras y piden que la primera de las hermanas narre. Ella piensa qué contar de las muchas historias (pues conocía muchísimas) y duda si narrar sobre ti, babilonia Derceto, a quien creen que con el cuerpo cubierto de escamas removió las aguas palestinas convertida en pez, o más bien cómo su hija con las alas tomadas pasó sus últimos años en blancas torres, o cómo una náyade con sus cantos y sus hierbas demasiado potentes transformó cuerpos juveniles en peces silenciosos, hasta que ella sufrió lo mismo, o cómo el árbol que llevaba frutos blancos ahora los lleva negros por el contacto de la sangre: esto le agrada; esta historia, porque no es un cuento vulgar, comenzó de este modo mientras sus dedos seguían la lana: "Píramo y Tisbe, él el más hermoso de los jóvenes, ella preferida a todas las muchachas que tuvo Oriente, ocupaban casas contiguas, donde se dice que Semíramis ciñó con muros de ladrillo cocido la alta ciudad.
La vecindad hizo posible el conocimiento y los primeros pasos, con el tiempo creció el amor; también se habrían unido con derecho de boda, pero los padres lo prohibieron: lo que no pudieron prohibir era que ambos ardieran con ánimos igualmente cautivos. No hay cómplice alguno; se hablan con gestos y señas, y cuanto más se oculta, más arde el fuego oculto. Había en el muro común a ambas casas una delgada grieta que se había formado tiempo atrás cuando se construyó. Ese defecto, no advertido por nadie durante largos siglos —¿qué no percibe el amor?—, vosotros lo visteis primero, amantes, e hicisteis de él un camino para la voz, y por allí solían pasar a salvo los halagos en un murmullo mínimo.
A menudo, cuando se habían apostado Tisbe de un lado, Píramo del otro, y por turnos habían captado el aliento de la boca del otro, decían: 'Muro envidioso, ¿por qué obstaculizas a los amantes? ¿Cuánto te costaría dejarnos unirnos con todo el cuerpo o, si esto es demasiado, al menos abrirte para darnos besos? No somos ingratos: confesamos que te debemos que se haya dado paso a las palabras hacia los oídos amigos'. Después de hablar así en vano desde lugares opuestos, al caer la noche se dijeron 'adiós' y cada uno dio besos a su lado que no llegaban al otro.
La Aurora siguiente había disipado los fuegos nocturnos, y el sol había secado con sus rayos las hierbas escarchadas: se reunieron en el lugar habitual. Entonces con leve murmullo tras quejarse mucho antes, deciden que en la noche silenciosa intenten engañar a los guardianes y salir por las puertas, y una vez fuera de casa, dejar también los techos de la ciudad, y para no andar perdidos vagando por el ancho campo, reunirse junto a la tumba de Nino y ocultarse bajo la sombra de un árbol: había allí un árbol, una morera alta, abundante en blancos frutos, lindante con una fría fuente.
El pacto les agrada; y la luz, que parecía retirarse tarde, se precipita en las aguas, y de las mismas aguas sale la noche. Astuta Tisbe, haciendo girar el gozne en las tinieblas, sale y engaña a los suyos y cubierto el rostro llega al túmulo y se sienta bajo el árbol acordado. El amor la hacía audaz. He aquí que viene con sus fauces espumosas manchadas por la reciente matanza de bueyes una leona a calmar su sed en el agua de la fuente vecina; desde lejos a los rayos de la luna la babilonia Tisbe la vio y huyó con pie temeroso hacia una oscura cueva,
Parte2versos 101-200
y mientras huía, dejó caer de su espalda el manto. Después que la leona feroz sació su sed con abundante agua, al volver a los bosques, encontró por azar sin la dueña el delicado manto y lo desgarró con su hocico ensangrentado. Píramo, que había salido más tarde, vio en el profundo polvo las huellas claras de la fiera y palideció de todo el rostro; pero cuando encontró también la vestimenta teñida de sangre, dijo: 'Una sola noche destruirá a dos amantes, de los cuales ella fue la más digna de una larga vida; el alma culpable es la mía.
Yo te hice morir, desdichada, yo que te ordené venir de noche a un lugar lleno de peligros y no llegué aquí antes. ¡Descuartizad nuestro cuerpo y consumid con crueles mordiscos mis vísceras criminales, oh leones, cualesquiera que habitéis bajo esta roca! Pero es de cobarde desear la muerte'. Toma el manto de Tisbe y lo lleva consigo a la sombra del árbol pactado, y después de dar lágrimas y besos a la vestidura conocida, dice: '¡Recibe ahora también los tragos de mi sangre!' Y con la espada que llevaba al cinto se hundió el hierro en las entrañas, y sin demora, moribundo lo arrancó de la herida hirviente.
Al yacer boca arriba en el suelo, la sangre brota en lo alto, no de otro modo que cuando una tubería con el plomo dañado se raja y por el delgado orificio silbante lanza lejos chorros de agua y rompe el aire con sus golpes. Los frutos del árbol por la aspersión de la sangre se vuelven de color oscuro, y la raíz empapada de sangre tiñe las moras que cuelgan con color púrpura. He aquí que ella, aún sin dejar el miedo, para no engañar al amante, vuelve y busca al joven con los ojos y con el ánimo, ansiosa por contarle cuán grandes peligros evitó; y cuando reconoce el lugar y en el árbol la forma vista, el color del fruto la hace dudar: vacila si es este.
Mientras duda, ve temblorosas palpitar en el suelo sus extremidades ensangrentadas, y retrocedió el pie, y llevando el rostro más pálido que el boj se estremeció como la superficie del mar que tiembla cuando es rozada por una brisa ligera. Pero después que, tras detenerse, reconoció a su amor, golpea sus brazos inocentes con claro lamento y desgarrándose los cabellos y abrazando el cuerpo amado llenó las heridas con lágrimas y mezcló su llanto con la sangre y fijando besos en el rostro helado gritó: '¡Píramo, qué desgracia te me arrebató?
¡Píramo, responde! Tu queridísima Tisbe te llama; escucha y levanta tu rostro caído!' Al nombre de Tisbe, Píramo alzó los ojos apesadumbrados por la muerte y habiéndola visto los cerró de nuevo. Después que ella reconoció su propio manto y vio vacía de hierro la vaina de marfil, dijo: 'Tu propia mano y tu amor te perdieron, infeliz. También yo tengo mano fuerte para este único acto, también tengo amor: este me dará fuerzas para la herida. perseguiré tu muerte y me llamarán la causa más miserable y la compañera de tu destino: tú, que solo por la muerte podías ser arrancado de mí, ay, ni siquiera por la muerte podrás ser arrancado.
Pero os pido esto en nombre de los dos con nuestras palabras, oh muy desgraciados padres, el mío y el suyo, que a quienes un amor seguro, quienes la última hora unió, no envidiéis que sean colocados en la misma tumba; y tú, árbol que con tus ramas cubres el cuerpo miserable de uno ahora, pronto cubrirás el de dos, conserva las señales de la matanza y ten siempre frutos oscuros y apropiados para el duelo, monumentos de la sangre de ambos." Dijo y aplicando la punta de la espada bajo el pecho se dejó caer sobre el hierro, que aún estaba tibio por la matanza.
Los ruegos conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres; pues el color en el fruto, cuando madura del todo, es negro, y lo que queda de las piras descansa junto en una misma urna. Había terminado: y hubo un breve intervalo, y comenzó a hablar Leucónoe: las hermanas guardaron silencio. "A este también, que todo lo gobierna con su luz estrellada, al Sol lo capturó el amor: contaremos los amores del Sol. Se cree que este dios fue el primero en ver el adulterio de Venus con Marte; este dios ve todo primero.
Se dolió del hecho y al marido hijo de Juno le mostró los engaños del lecho y el lugar del engaño, y a él tanto la mente como la obra que su diestra de herrero sostenía se le cayeron: al instante delgadas cadenas de bronce y redes y lazos que pudieran engañar a los ojos forja. Ni los hilos más finos superan esa obra, ni la tela de araña que cuelga de la viga más alta; hace que sigan el toque más leve y el menor movimiento, y con arte las coloca alrededor del lecho.
Cuando la esposa y el adúltero llegaron juntos al lecho, por el arte del marido y las cadenas preparadas con nuevo artificio ambos quedaron atrapados en medio de sus abrazos. El Lemnio abrió de inmediato las puertas de marfil e hizo entrar a los dioses; ellos yacían atados vergonzosamente, y alguno de los dioses no severos deseó verse así de avergonzado; los dioses se rieron, y por mucho tiempo esta fue la fábula más conocida en todo el cielo. "Citerea exige castigo a quien recordó la delación y a su vez a él, que dañó sus amores ocultos, lo daña con amor igual.
¿De qué te sirven ahora, hijo de Hiperión, tu belleza y tu color y tus ojos radiantes? Tú que con tus fuegos quemas todas las tierras, ardes con un fuego nuevo; y tú que debes verlo todo, miras a Leucótoe y fijas en una sola virgen los ojos que debes al mundo. Ahora te levantas más temprano en el cielo oriental, ahora caes más tarde en las aguas, y por la demora de mirarla alargas las horas invernales; a veces te eclipsas, y el vicio de tu mente
Parte3versos 201-300
pasa a tu luz y oscuro aterras los corazones mortales. Y no es porque la imagen de la luna más cercana a la tierra se te haya interpuesto por lo que palideces: este amor causa ese color. Amas solo a ella, y ni Clímene ni Rodo te retienen ni la bellísima madre de Circe Eea ni Clitia que, aunque despreciada, buscaba tu lecho y en aquel mismo momento tenía una herida grave: Leucótoe te hizo olvidar a muchas, a ella, la más hermosa que por parto dio a luz Eurínome de la estirpe fragante; pero después que la hija creció, cuanto la madre superaba a todas, tanto la hija superó a la madre.
Su padre Orcamo gobernaba las ciudades aqueménidas y él es contado como el séptimo desde el antiguo origen de Belo. "Bajo el eje occidental están los pastos de los caballos del Sol: tienen ambrosía en vez de hierba; ella nutre sus cuerpos cansados por los servicios diurnos y los repara para el trabajo. Y mientras allí los cuadrúpedos pastan el alimento celeste y la noche cumple su turno, el dios entra en el tálamo amado, convertido en la apariencia de Eurínome la madre, y entre doce siervas ve a Leucótoe junto a la luz hilando finos hilos con el huso que hace girar.
Entonces cuando como madre dio besos a la querida hija, dice: 'Es asunto secreto: siervas, retiraos y no quitéis a la madre la libertad de hablar en secreto.' Obedecieron, y el dios, dejado sin testigo en el tálamo, dijo: 'Yo soy aquel que mido el largo año, que veo todo, por quien la tierra ve todo, el ojo del mundo: créeme, me gustas.' Ella se estremece, y de miedo la rueca y el huso cayeron de sus dedos relajados. El mismo miedo le sentó bien.
Y él sin demorarse más volvió a su verdadera apariencia y a su brillo acostumbrado; pero la virgen aunque aterrada por la visión inesperada, vencida por el esplendor del dios, sufrió la violencia sin queja. "Clitia le tuvo envidia (pues el amor del Sol no había sido moderado en ella) y estimulada por la ira de rival divulga el adulterio y difamada al padre la delata. Él, feroz e implacable, mientras ella ruega y tiende las manos hacia la luz del Sol y dice: 'él me forzó contra mi voluntad', la entierra cruel en tierra profunda y sobre ella amontona un pesado túmulo de arena.
El hijo de Hiperión lo dispersa con sus rayos y te da un camino por donde puedas sacar tu rostro enterrado; pero tú ya no podías, ninfa, levantar tu cabeza sofocada por el peso de la tierra y yacías cuerpo exangüe: nada después de los fuegos de Faetonte se dice que el conductor de los corceles alados vio con más dolor. Él intentó con la fuerza de sus rayos reanimar tus miembros helados al calor de la vida si podía; pero como el destino se opone a tales esfuerzos, roció tu cuerpo y el lugar con néctar fragante y tras muchas lamentaciones dijo: 'Sin embargo tocarás el éter.' Al instante el cuerpo impregnado de néctar celeste se fundió y empapó la tierra con su fragancia, y una rama con raíces gradualmente hundidas por los terrones se alzó como incienso y rompió el túmulo con su cima.
"Pero a Clitia, aunque el amor podía excusar el dolor y el dolor la delación, el autor de la luz no la visitó más y puso fin en ella a Venus. Se consumió desde entonces usando locamente sus amores; incapaz de soportar a las ninfas y bajo el cielo noche y día se sentó en tierra desnuda, despeinada con cabellos sueltos, y durante nueve días sin agua y sin comida alimentó su ayuno solo con rocío y con sus propias lágrimas y no se movió del suelo; solo miraba la cara del dios que iba y volvía su rostro hacia él.
Dicen que sus miembros se adhirieron al suelo, y parte de su color una palidez lívida la convirtió en hierba exangüe; hay rubor en parte y una flor muy semejante a la violeta cubre su cara. Ella, aunque retenida por la raíz, se vuelve hacia el Sol y transformada conserva su amor." Había hablado, y lo maravilloso del hecho había cautivado los oídos; una parte niega que haya podido suceder, otra parte recuerda que los dioses verdaderos todo lo pueden: pero Baco no está entre ellos.
Se le pide a Alcítoe, después que las hermanas callaron. Ella pasando con la lanzadera los hilos del telar erguido dijo: "Callo los divulgados amores del pastor Dafnis Ideo, a quien por ira de una ninfa rival convirtió en piedra: tanto dolor quema a los amantes; ni cuento cómo antaño por un cambio en la ley de la naturaleza Sitón fue ambiguo, ora varón, ora mujer. También te omito a ti, ahora diamante, antes muy fiel al pequeño Celmo, Jove, y a los Curetes nacidos de una lluvia abundante y a Croco convertido con Esmílace en flores pequeñas, y mantendré los ánimos con dulce novedad.
"Aprended de dónde viene la infamia, por qué Salmacis con sus aguas de mala fama debilita y ablanda los miembros que toca. La causa está oculta, la fuerza de la fuente es muy conocida. A un niño nacido de Mercurio y de la diosa Citerea las náyades lo criaron bajo las grutas ideas, su rostro era tal que en él la madre y el padre podían ser reconocidos; el nombre también lo tomó de ellos. Cuando cumplió tres veces cinco años, abandonó las montañas patrias y dejando atrás al Ida su nodriza se gozaba en vagar por lugares desconocidos, en ver ríos desconocidos, disminuyendo el trabajo con el entusiasmo.
Llegó también a las ciudades licias y a los caros vecinos de Licia: aquí ve un estanque de aguas transparentes hasta el fondo mismo; allí no hay caña palustre ni estériles algas ni juncos de punta aguda; el líquido es transparente; sin embargo los bordes del estanque con vegetación viva
Parte4versos 301-400
se ciñen de césped y de hierbas siempre verdes. Una ninfa lo habita, pero no es hábil en la caza ni acostumbra tensar el arco ni competir en la carrera, y es la única náyade desconocida para la veloz Diana. Cuentan que muchas veces le dijeron sus hermanas: "Salmacis, toma la jabalina o las pintadas aljabas y mezcla tu ocio con las duras cacerías". Pero ella no toma la jabalina ni las pintadas aljabas, ni mezcla su ocio con las duras cacerías, sino que baña sus hermosos miembros en su propia fuente, a menudo peina sus cabellos con un peine del Cítoro y consulta las aguas contempladas para ver qué le sienta bien; ora envuelve su cuerpo con una túnica transparente y se recuesta sobre blandas hojas o sobre blandas hierbas, a menudo recoge flores.
Y también entonces recogía flores por casualidad, cuando vio al muchacho y, viéndolo, deseó tenerlo. Sin embargo no se le acercó, aunque se apresuraba a acercarse, hasta que se arregló, hasta que revisó su túnica y compuso su rostro y mereció parecer hermosa. Entonces comenzó a hablar así: "Muchacho, oh dignísimo de que se crea que eres un dios, si eres un dios, puedes ser Cupido, y si eres mortal, dichosos quienes te engendraron, y feliz tu hermano, y afortunada sin duda, si tienes alguna hermana, y la nodriza que te dio el pecho; pero mucho, mucho más dichosa que todos aquella, si tienes alguna prometida, si juzgas digna a alguien de tu antorcha nupcial.
Si tienes alguna, que mi placer sea furtivo, y si no tienes ninguna, que yo lo sea, y entremos en el mismo lecho". La náyade calló después de esto. Un rubor cubrió el rostro del muchacho; pues no sabe qué es el amor; pero incluso ruborizarse le sentaba bien: ese color es el de los frutos que cuelgan del árbol al sol o el del marfil teñido o el del rojo bajo la blancura, cuando resuenan en vano los bronces auxiliares de la luna. A la ninfa que le pide sin cesar al menos besos de hermana y que ya lleva las manos hacia su cuello de marfil les dice: "¿Te detienes, o huyo y dejo contigo este lugar?".
Salmacis se asustó y dice: "Te cedo estos lugares libres, forastero", y fingiendo apartarse con paso inverso, aun entonces mirando atrás, escondida en la espesura de los arbustos se ocultó y se agachó doblando la rodilla; pero él, por supuesto como si estuviera solo y no observado en las hierbas vacías, va de aquí para allá y en las aguas que juguetean moja la punta de los pies y las huellas hasta los tobillos; y sin demora, cautivado por la tibieza de las seductoras aguas, se quita las suaves vestiduras de su tierno cuerpo.
Entonces sí le gustó, y por el deseo de su forma desnuda Salmacis se inflamó; también arden los ojos de la ninfa, no de otro modo que cuando Febo, purísimo en su orbe brillante, se refleja en la imagen opuesta de un espejo; y apenas soporta la demora, apenas difiere ya sus goces, ya desea abrazarlo, ya apenas se contiene, enloquecida. Él, veloz, golpeando con las palmas huecas su cuerpo, salta a las aguas y moviendo los brazos alternativamente se transparenta en las líquidas aguas, como si alguien cubriera figuras de marfil o blancos lirios con vidrio claro.
"Vencí y es mío", exclama la náyade, y arrojando toda su ropa a lo lejos se lanza en medio de las aguas, y lo retiene mientras lucha, y le arrebata besos mientras forcejea, y le pone las manos debajo, y le toca el pecho aunque él no quiere, y ora se vierte sobre el joven por aquí, ora por allá; finalmente, mientras él se esfuerza por escapar y se le resiste, lo envuelve como una serpiente a la que el ave regia sostiene y arrebata en lo alto: colgando, ella ata la cabeza y las patas y enreda con la cola las alas que se agitan; o como suelen las hiedras entrelazarse en los largos troncos, o como el pulpo bajo las aguas retiene al enemigo atrapado con los tentáculos soltados por todas partes.
El descendiente de Atlante resiste y niega a la ninfa los goces esperados; ella aprieta y con todo el cuerpo pegado, tal como se adhería, dijo: "Aunque luches, malvado, no escaparás. Así, dioses, ordenad, y que ningún día me separe de este ni a mí me separe de él". Sus votos tuvieron a los dioses: pues los cuerpos de ambos mezclados se unen, y les sobreviene un solo rostro. Como si alguien injertara ramas con corteza, ve que al crecer se unen y maduran juntas, así cuando los miembros se juntaron en un abrazo tenaz, ya no son dos y es forma doble, que no puede llamarse ni mujer ni muchacho, parece ninguno y ambos.
Así pues, cuando ve que las límpidas aguas en que había descendido como varón lo han hecho medio hombre y que en ellas se han ablandado sus miembros, tendiendo las manos, pero ya no con voz viril, Hermafrodito dice: "Dad este don a vuestro hijo, padre y madre, que tiene el nombre de ambos: cualquier varón que venga a esta fuente, que salga de aquí medio hombre y que tocadas las aguas súbitamente se ablande". Conmovidos ambos padres cumplieron las palabras justas de su hijo bifronte y tiñeron la fuente con un funesto filtro.
Había acabado el relato, y aún la prole de Minia apremia el trabajo y desprecia al dios y profana su fiesta, cuando de repente los tímpanos, aunque no se veían, resonaron con sonidos roncos, y la flauta de cuerno curvo y los bronces tintineantes suenan; huele a mirra y a azafrán, y, cosa mayor que la fe, las telas comenzaron a verdear y la vestidura que cuelga a florecer en forma de hiedra; parte se convierte en vides, y lo que hace un momento eran hilos se transforma en sarmiento; de la urdimbre sale el pámpano; la púrpura presta su fulgor a las pintadas uvas. Y ya el día se había acabado, y llegaba el tiempo que no puedes llamar ni tinieblas ni luz,
Parte5versos 401-500
sino confín de la noche dudosa con la luz: de repente el techo parece estremecerse y las lámparas parecer arder y la casa resplandecer con rojos fuegos y aullar falsas imágenes de fieras salvajes, desde hace rato las hermanas se esconden humeantes por el techo y dispersas en distintos lugares evitan los fuegos y las luces, y mientras buscan las tinieblas, una membrana se extiende por sus pequeños miembros y encierra sus brazos en una tenue ala; y de qué modo perdieron su antigua figura no les permiten saberlo las tinieblas: no las levantó pluma alguna, pero se sostuvieron con alas translúcidas e intentando hablar emiten una voz mínima en proporción a su cuerpo y expresan sus quejas con leve chirrido.
Frecuentan los techos, no los bosques, y odiando la luz vuelan de noche y conservan el nombre del tardío anochecer. Entonces verdaderamente en toda Tebas era memorable el poder de Baco, y por todas partes la tía del nuevo dios narraba sus grandes fuerzas y de tantas hermanas sola estaba libre de dolor, salvo el que le hicieron las hermanas: Juno la ve con sus hijos y poseyendo el lecho de Atamante, con ánimos altivos y con el poder de su hijo adoptivo, y no lo soportó y dijo consigo: "¿Pudo el hijo de una concubina transformar a los marineros de Meonia y sumergirlos en el mar y dar las entrañas de su hijo para que fueran desgarradas por su madre y cubrir a las tres Miniadas con nuevas alas?
¿Nada podrá Juno sino llorar dolores sin venganza? ¿Y eso me basta? ¿Ese es mi único poder? Él mismo me enseña qué hacer (es justo aprender incluso del enemigo), y cuánto vale el furor lo muestra suficientemente y más que suficientemente con la muerte de Penteo: ¿por qué no es aguijoneada Ino y no va por ejemplos afines a sus propios furores?". Hay un camino en declive, funesto, sombrío por el tejo: conduce a las sedes infernales por mudos silencios; la Estigia exhala nieblas inertes, y sombras recientes descienden por allí y simulacros que han cumplido sus sepulturas: palidez y frío ocupan extensamente los lugares solitarios, y los nuevos manes ignoran cuál es el camino que conduce a la ciudad Estigia, dónde está el feroz palacio del negro Dite.
La ciudad tiene mil entradas capaces y puertas abiertas por todas partes, y como el estrecho recibe ríos de toda la tierra, así aquel lugar acoge a todas las almas y para ningún pueblo es estrecho ni siente que se le agregue muchedumbre. Vagan las sombras exangües sin cuerpo y sin huesos, y una parte frecuenta el foro, parte los techos del ínfimo tirano, parte ejercen algunas artes, imitaciones de la antigua vida, a otra parte la retiene su propio castigo. Juno Saturnia se atreve a ir allí tras dejar la sede celeste (tanto concedía a sus odios e ira); tan pronto como entró, el umbral gimió oprimido por el sagrado cuerpo, y Cerbero alzó sus tres fauces y tres ladridos lanzó de una vez; aquella invoca a las hermanas nacidas de la Noche, divinidad grave e implacable: ante las puertas del calabozo cerradas con diamante se sentaban y de sus propios cabellos peinaban negras serpientes.
Cuando la reconocieron entre las sombras de la oscuridad, se levantaron las diosas; se llama aquel lugar la morada del crimen: Titio ofrecía sus vísceras para ser desgarradas y se extendía por nueve yugadas; a ti, Tántalo, ninguna agua alcanzas, y el árbol que se cierne sobre ti se escapa; o persigues o empujas la roca que volverá a caer, Sísifo; gira Ixión y se sigue a sí mismo y se huye, y por atreverse a maquinar la muerte de sus primos las Bélides sin cesar buscan las aguas que han de perder.
Después de que la Saturnia a todos estos con mirada torva vio, y antes que a todos a Ixión, de nuevo desde él mirando a Sísifo dice: "¿por qué este de los hermanos sufre castigos perpetuos, mientras el soberbio Atamante lo tiene un rico palacio, quien a mí junto con mi esposo siempre despreció?" Y expone las causas de su odio y de su viaje, y qué quiere: lo que quería era que el palacio de Cadmo no permaneciera en pie, y que las hermanas arrastraran a Atamante al crimen.
Mando, promesas, ruegos confunde todo en uno y solicita a las diosas: así habló Juno con estas palabras. Tisífone sus canas canas, turbada como estaba, agitó y apartó de su rostro las culebras que la estorbaban y así dijo: "no hacen falta largos rodeos; considera hecho cuanto ordenas; abandona este reino aborrecible y vuelve a las auras de un cielo mejor." Contenta regresa Juno, y cuando se disponía a entrar en el cielo la purificó con aguas de rocío Iris, hija de Taumante. Sin demora, Tisífone toma una antorcha funesta empapada en sangre, y se viste con un manto que enrojece con sangre fluida, y se ciñe con una serpiente retorcida y sale de su morada.
La acompaña al partir el Duelo y el Pavor y el Terror y la Locura con rostro tembloroso. Se detuvo en el umbral: cuentan que temblaron los postes del palacio eólico y la palidez tiñó las puertas de arce y el sol huyo del lugar. La esposa se aterró con los monstruos, se aterró Atamante, y se disponían a salir del palacio: se interpuso la funesta Erinia y bloqueó la salida, y extendiendo los brazos anudados con nudos de víboras sacudió la cabellera: sonaron al moverse las culebras, y parte yacen sobre los hombros, parte deslizadas alrededor del pecho dan silbidos y vomitan ponzoña y sus lenguas relampaguean.
Luego arranca dos serpientes de en medio de sus cabellos y con mano pestífera las lanzó sobre ellos, y aquellas recorren el seno de Ino y el de Atamante e inspiran alientos graves; ninguna herida llevan en sus miembros: es la mente la que siente los golpes terribles. Había traído consigo también monstruos de veneno líquido,
Parte6versos 501-600
las espumas de la boca del Cancerbero y el virus de Equidna y errores vagabundos y olvido de la mente ciega y el crimen y las lágrimas y la rabia y el amor por la matanza, todo triturado junto, mezclado con sangre reciente que había cocido en hueca olla de bronce removida con verde cicuta; y mientras ellos tiemblan de pavor, el veneno de la furia se desliza en el pecho de ambos y conmueve sus entrañas más íntimas. Luego agitando la antorcha repetidas veces en el mismo círculo persigue con fuegos en movimiento velozmente fuegos.
Así victoriosa y dueña de lo ordenado regresa a los vacíos reinos del gran Dite y se desciñe la serpiente que había tomado. Al instante el Eólida furioso en medio del palacio grita: "¡ea, compañeros, tended las redes en estos bosques! Aquí acaba de vérseme una leona con doble prole" y como si fuera una fiera sigue las huellas de su esposa demente y del seno de su madre arrebata al sonriente Learco y a su pequeño que tiende los brazos y lo hace girar dos y tres veces por el aire al modo de una honda y con una roca rígida el feroz destroza la cabeza del niño; entonces al fin la madre enloquecida, ya sea que el dolor hizo esto o la causa del veneno esparcido, aúlla y huye fuera de sí con los cabellos sueltos y llevándote a ti, pequeño Melicertes, en sus brazos desnudos, grita: "¡evoé, Baco!": al nombre de Baco Juno se rió y dijo: "¡Que tu alumno te procure estos beneficios!" Se alza sobre el mar un peñasco: la parte baja es excavada por las olas y defiende de las lluvias las aguas cubiertas, la cima se yergue rígida y extiende su frente hacia el mar abierto; ocupa este lugar Ino (la locura le había dado fuerzas) y sobre el mar sin ningún temor que la retarde se lanza con su carga; el agua golpeada brilló blanca.
Pero Venus, compadecida de los trabajos de su nieta inocente, así halagó a su tío: "Oh divinidad de las aguas, tú a quien cedió, Neptuno, el poder más próximo al cielo, gran cosa pido, es cierto, pero compadécete de los míos, que ves arrojados en el inmenso mar Jonio, y añádelos a tus dioses. También a mí me debe algún favor el mar, si es que en verdad en medio del profundo océano un día fui espuma solidificada y me queda de aquello mi nombre griego." Asintió Neptuno a su ruego y les quitó lo que tenían de mortal, e impuso majestad venerable y a la vez cambió el nombre y la apariencia y llamó Leucótea a la diosa y Palemón al hijo con la madre.
Las compañeras sidonias, hasta donde pudieron seguirlas, vieron las últimas huellas de sus pies en la roca; y no dudando de su muerte, con las palmas golpearon la casa de Cadmo, se rasgaron las vestiduras y los cabellos, y acusaron a la diosa de poco justa y demasiado cruel con su rival. Juno no soportó los reproches y dijo: "Yo os haré a vosotras mismas el mayor monumento de mi crueldad"; lo dicho fue seguido del hecho. Pues la que había sido especialmente piadosa dijo: "Perseguiré a la reina hasta el mar" y a punto de dar el salto para moverse no pudo de ningún modo y pegada a la roca quedó unida; otra, mientras intenta golpear con el acostumbrado lamento su pecho, sintió que se endurecían los brazos intentados; aquella, como por casualidad había extendido las manos hacia las olas del mar, convertida en piedra la mano se alarga hacia esas mismas olas; la de esta, cuando se arrancaba el cabello agarrado de su cabeza, verías de pronto endurecidos los dedos en el cabello: en el gesto en que cada una fue sorprendida, en ese quedó fija.
Parte se hicieron aves, que ahora también sobre ese mismo remolino rozan las aguas las Isménides con las puntas de sus alas. No sabe el Agenórida que su hija y su pequeño nieto son dioses del mar; vencido por el duelo y la serie de males y por los portentos que muchísimos había visto, sale el fundador de su ciudad, como si la fortuna del lugar, no la suya propia lo oprimiera, y llevado por largos errores llegó a tierras ilirias como fugitivo con su esposa.
Y ya agobiados por los males y por los años, mientras repasan los primeros hados de su casa y recuerdan con palabras sus trabajos, "¿acaso aquella serpiente sagrada atravesada por mi lanza" dice Cadmo "lo era, cuando habiendo partido de Sidón esparcí por la tierra los dientes de víbora, semillas nuevas? Si a esta la cuida de los dioses tan certera ira vengadora, yo mismo ruego ser extendido como serpiente en largo vientre." Dijo, y como serpiente se extiende en largo vientre y siente que crecen escamas en su piel endurecida y que su cuerpo negro se matea con manchas azuladas y cae de bruces sobre el pecho, y las piernas juntas en una poco a poco se adelgazan en una punta redondeada.
Los brazos aún le quedan: los brazos que le quedan extiende y con lágrimas fluyendo aún por su rostro humano dice: "acércate, oh esposa, acércate, desdichada, y mientras algo queda de mí, tócame y toma mi mano mientras es mano, mientras la serpiente no me ocupa del todo." Él ciertamente quiere decir más, pero la lengua de repente se parte en dos, y las palabras no le bastan aunque quiere, y cuantas veces se dispone a emitir algún lamento, silba: esta voz le dejó la naturaleza.
Golpeándose el pecho desnudo con la mano exclama la esposa: "¡Cadmo, quédate y despójate tú, infeliz, de estos monstruos! Cadmo, ¿qué es esto? ¿dónde está el pie, dónde están los hombros y las manos y el color y el rostro y, mientras hablo, todo? ¿Por qué no me convertís también a mí, celestiales, en la misma serpiente?" Había dicho, y él lamía el rostro de su esposa y en su seno amado, como si la reconociera, iba y le daba abrazos y buscaba el cuello acostumbrado.
Quien quiera que está presente (estaban presentes los compañeros), se aterra; pero ella acaricia el cuello resbaladizo del dragón crestado, y de pronto son dos y con volumen unido se arrastran serpientes,
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hasta que alcanzaron los escondrijos del bosque cercano. Aún hoy no huyen del hombre ni hacen daño con sus heridas, y, mansos, recuerdan lo que antes fueron como dragones. Pero a ambos, tras la transformación de su forma, un gran consuelo les había dado su nieto, a quien la India sometida veneraba, a quien Acaya celebraba levantándole templos; sólo el Abantíada, nacido del mismo linaje, Acrisio, persiste, y lo excluye de las murallas de su ciudad argólica, y toma las armas contra el dios y su estirpe y no cree que sea de Júpiter.
Pues tampoco creía que fuera de Júpiter Perseo, a quien Dánae concibió en aquella lluvia de oro. Pero pronto Acrisio —tan grande es la evidencia de lo verdadero— se arrepiente tanto de haber ofendido al dios como de no reconocer a su nieto: uno ya ha sido puesto en el cielo, pero el otro, llevando el memorable despojo del monstruo de serpientes, surcaba el aire tenue con sus alas silbantes, y mientras volaba victorioso sobre las arenas de Libia, cayeron gotas sangrientas de la cabeza de la Gorgona; la tierra las recibió y las convirtió en diversas serpientes, por eso aquella tierra está llena e infestada de culebras.
Desde allí, impulsado por vientos contradictorios a través de lo inmenso, es llevado ora aquí, ora allá, como una nube de lluvia, y desde lo alto del éter, apartado a lo lejos, contempla las tierras y sobrevuela el orbe entero. Tres veces vio las heladas Osas, tres veces los brazos de Cáncer, a menudo fue arrastrado hacia el ocaso, a menudo hacia el oriente; y ya al caer el día, temiendo confiarse a la noche, se detuvo en el confín occidental, en los reinos de Atlante, y busca un poco de descanso, hasta que Lucero convoque los fuegos de la Aurora, y la Aurora los carros del día.
Allí vivía Atlas, hijo de Jápeto, que a todos los hombres superaba en tamaño de cuerpo: la tierra más remota estaba bajo el gobierno de este rey, y el mar que somete sus aguas a los caballos jadeantes del Sol y recibe sus ejes fatigados. Mil rebaños y otros tantos ganados vagaban por sus praderas, y ningún vecino lindaba con su tierra; hojas de árboles resplandecientes de oro radiante cubrían ramas de oro, y de oro los frutos. «Huésped», le dice Perseo, «si te conmueve la gloria de un gran linaje, Júpiter es el autor del mío; si admiras hazañas, admirarás las mías; pido hospedaje y descanso».
Atlante recordaba un antiguo oráculo; Temis Parnasia había dado este oráculo: «Llegará un tiempo, Atlante, en que tu árbol será despojado de su oro, y un hijo de Júpiter se llevará el título de este botín». Temiendo esto, Atlante había encerrado el huerto con murallas macizas y lo había confiado a la custodia de un enorme dragón, y alejaba de sus confines a todos los extranjeros. A este también le dice: «Vete lejos, no sea que la gloria de tus hazañas que finges esté lejos de ti, y Júpiter esté lejos de ti».
Y añade violencia a sus amenazas e intenta expulsarlo con las manos mientras vacila y mezcla palabras valientes con otras conciliadoras. Inferior en fuerzas (pues ¿quién igualaría las fuerzas de Atlante?) dice: «Pero ya que mi gratitud te importa poco, ¡acepta un regalo!», y desde el lado izquierdo de Medusa, vuelto él mismo hacia atrás, le muestra el rostro escuálido. Tan grande como era, Atlante se volvió montaña: pues su barba y sus cabellos se convierten en bosques, sus hombros y manos en crestas, lo que antes fue cabeza es ahora cumbre en lo alto del monte, sus huesos se hacen piedra; luego creció alto en todas direcciones hasta lo inmenso (así lo dispusisteis, dioses) y todo el cielo con sus innumerables astros descansó sobre él.
El Hipotíada había encerrado los vientos en la cárcel del Etna, y Lucero, el advertidor de las tareas, brillantísimo en el alto cielo, había salido: Perseo ata de nuevo las alas a ambos pies y se ciñe con su arma curva y hiende el aire líquido con sus sandalias aladas. Dejando atrás innumerables pueblos alrededor y abajo, divisa las tierras de los etíopes y los campos de Cefeo. Allí el injusto Amón había ordenado que Andrómeda pagara penas inmerecidas por la lengua de su madre; cuando el Abantíada la vio atada de brazos a las duras rocas, salvo que una brisa ligera le movía los cabellos y que de sus ojos manaban lágrimas tibias, habría creído que era una obra de mármol; sin saberlo absorbe el fuego y se asombra, y cautivado por la imagen de la belleza que ve casi olvida agitar sus alas en el aire.
Cuando se detuvo, dijo: «Oh, tú no mereces estas cadenas, sino aquellas con que se unen entre sí los amantes ansiosos, revela a quien te lo pregunta tu nombre y el de tu tierra, y por qué llevas ataduras». Al principio ella calla y no se atreve a dirigirse a un varón, siendo virgen, y con las manos habría ocultado su rostro modesto, si no hubiera estado atada; sus ojos, que es lo que pudo, los llenó de lágrimas que brotaban. Instando él más veces, para no parecer que rehusaba confesar sus propias faltas, revela su nombre y el de su tierra y cuánta fue la confianza de su madre en su propia belleza, y aún no había terminado de contarlo todo cuando resonó la ola, y llegando del inmenso mar una bestia se yergue y posee el ancho mar bajo su pecho.
Grita la virgen: el padre afligido y con él la madre están presentes, ambos miserables, pero ella con más razón; no traen ayuda consigo, sino llantos dignos del momento y lamentos, y se aferran al cuerpo encadenado, cuando así habla el huésped: «Podréis tener largo tiempo para las lágrimas, pero breve es la hora para prestar ayuda. Si yo la pidiera como pretendiente, yo, Perseo, nacido de Júpiter y de aquella a quien Júpiter encerrado llenó con su oro fecundo, yo, Perseo, vencedor de la Gorgona de cabellos de serpiente, yo que me atreví a ir por los aires con alas batidas,
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sería preferido sin duda a todos como yerno; a tan grandes dotes intento añadir también un mérito, si los dioses favorecen: pacto que sea mía si es salvada por mi valor». Aceptan la condición (¿pues quién dudaría?) y suplican, y además los padres prometen el reino como dote. He aquí que, como una nave impulsada por su aguda proa surca las aguas accionada por los brazos sudorosos de los jóvenes, así la fiera con el empuje de su pecho apartaba las olas; distaba tanto de las rocas cuanto una honda balear puede lanzar su plomo de plomo a través del cielo medio, cuando de pronto el joven, rechazando la tierra con sus pies, se elevó hacia las nubes: cuando su sombra fue vista en la superficie del mar, la fiera se enfurece contra la sombra vista, y como el ave de Júpiter, cuando ve en un campo despejado a un dragón que ofrece sus lomos lívidos a Febo, lo ataca por la espalda, para que no vuelva sus fauces feroces, y clava sus garras ávidas en el cuello escamoso, así lanzado en vuelo veloz y precipitado por el vacío Perseo cayó sobre el lomo de la fiera y en su hombro derecho rugiente el Inácida hundió su hierro hasta el gancho curvo.
Herida gravemente, la bestia ora se alza sublime por los aires, ora se sumerge en las aguas, ora gira como un jabalí feroz al que aterra una turba de perros que ladran alrededor. Él con sus alas veloces esquiva las mordidas ávidas y donde se abre paso, ora el lomo cubierto de cóncavas conchas, ora los costados de los flancos, ora donde la cola finísima termina en pez, golpea con su espada curva; la bestia vomita por la boca olas mezcladas con sangre purpúrea: las alas se empaparon pesadas por la aspersión.
Y Perseo ya no se atrevió a confiar más en sus sandalias empapadas de agua, divisó un peñasco que con su cima más alta sobresale del agua quieta, queda cubierto por el mar agitado. Apoyándose en él y sujetando la cresta de la roca con la izquierda, tres, cuatro veces hundió su hierro repetidamente por los flancos. Las playas con aplausos y clamor, y las moradas de los dioses en lo alto se llenaron: se alegran y saludan a su yerno y confiesan que es el auxilio de la casa y su salvador Casiopea y el padre Cefeo; liberada de las cadenas avanza la virgen, premio y causa de su esfuerzo.
Él mismo lava sus manos victoriosas en el agua sacada, y para que la cabeza portadora de serpientes no sea dañada por la arena dura, ablanda la tierra con hojas y tiende las varas nacidas bajo el mar y pone encima el rostro de la Forcínide Medusa. La vara reciente y aún viva con su médula porosa absorbió la fuerza del monstruo y con su contacto se endureció y recibió una nueva rigidez en sus ramas y fronda. Pero las ninfas del mar prueban el hecho prodigioso con más varas y se alegran de que ocurra lo mismo, y repiten lanzando sus semillas por las olas: aún ahora en los corales ha permanecido la misma naturaleza, cobren dureza al ser tocados por el aire y que cada mimbre que estaba en el mar se vuelva piedra sobre las aguas.
Levanta tres altares de césped para tres dioses, el izquierdo para Mercurio, el derecho para ti, virgen guerrera, el del centro es de Júpiter; sacrifica una vaca a Minerva, un ternero al de pies alados, un toro para ti, supremo de los dioses. Enseguida se lleva a Andrómeda, premio de tamaña hazaña, sin dote; Himeneo y Amor agitan las antorchas delante; se alimentan los fuegos con abundante incienso, guirnaldas cuelgan de los techos y por todas partes liras y flautas y cantos, pruebas felices de un ánimo alegre, suenan; abiertas las puertas de oro los atrios resplandecen enteros, y con hermoso aparato los nobles de Cefeo entran al banquete del rey.
Después de saciarse con el festín y con el don del generoso Baco expandieron los ánimos, y el linaje de Linceo pregunta por las costumbres del lugar, la naturaleza y el carácter de sus hombres; cuando le informaron de todo, dijo: "Ahora, oh fortísimo, cuenta, te lo ruego, Perseo, con cuánto valor y con qué artes arrancaste la cabeza de cabellos de serpientes". Narra el nieto de Agenor que bajo el gélido Atlas yace un lugar protegido por la defensa de una mole sólida; en cuya entrada vivían dos hermanas, las Fórcides, que compartían el uso de un solo ojo; que él con astucia ingeniosa, mientras se lo pasaban, logró furtivamente atraparlo con mano interpuesta y por remotos senderos apartados y por rocas erizadas de ásperos bosques alcanzó las moradas de las Gorgonas y por doquier por los campos y por los caminos vio simulacros de hombres y de fieras convertidos en piedra por haber visto a Medusa.
Pero él contempló la forma de la horrorosa Medusa en el bronce reflejado del escudo que llevaba en la izquierda, y mientras un sueño profundo dominaba a las serpientes y a ella misma, arrancó la cabeza del cuello; y al alado Pegaso y a su hermano, nacidos de la sangre de su madre. Añadió también los peligros verdaderos del largo viaje, qué mares, qué tierras había visto debajo desde lo alto y qué astros había rozado batiendo las alas; pero antes de lo esperado calló.
Uno de entre los nobles pregunta por qué sola entre sus hermanas llevaba serpientes entremezcladas en los cabellos. El huésped dice: "Ya que preguntas algo digno de contar, escucha la causa de lo que buscas. De bellísima forma fue ella la esperanza envidiada de muchos pretendientes, y ninguna parte más llamativa hubo en ella que sus cabellos en todo su cuerpo: encontré quien refería haberla visto. Se dice que el señor del mar la violó en el templo de Minerva: la hija de Júpiter se volvió y con su égida cubrió su casto rostro, y para que esto no quedara impune, transformó el cabello de la Gorgona en horribles víboras.
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Aún ahora, para aterrar de pavor a los enemigos atónitos, sostiene en su pecho las serpientes que ella creó."
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