Libro XIII
Parte1versos 1-100
Se sentaron los jefes y, rodeados por la multitud de pie, se levanta ante ellos el dueño del escudo de siete capas, Áyax, y como era impaciente en su ira, con rostro torvo miró hacia las costas de Sigeo y hacia la flota en la playa, y extendiendo las manos dijo: «¡Por Júpiter! Defiendo mi causa ante las naves, y se me compara con Ulises. Pero él no dudó en retroceder ante las llamas de Héctor, que yo detuve, que yo alejé de esta flota.
Es más seguro, pues, competir con palabras fingidas que combatir con la mano; pero no me es fácil hablar, ni a él actuar: tanto como yo valgo en la guerra feroz y en la batalla, tanto vale él hablando. Pero no creo que deba recordaros mis hazañas, pelasgos, pues vosotros las visteis; que Ulises cuente las suyas, que hace sin testigos, de las que solo la noche es cómplice. Reconozco que el premio que se busca es grande; pero lo deshonra mi rival: para Áyax no es motivo de orgullo haberlo conseguido, por grande que sea esto, cualquier cosa que Ulises esperó; él ya obtuvo la recompensa de esta prueba: que, cuando sea vencido, se dirá que compitió conmigo.
»Y yo, si mi valor fuera dudoso, sería poderoso por mi nobleza: soy hijo de Telamón, quien con el fuerte Hércules conquistó las murallas de Troya y llegó en la nave pagasea a las costas de la Cólquide; su padre es Éaco, quien allí da justicia a los silenciosos, donde una roca pesada oprime a Sísifo, el eólida; el supremo Júpiter reconoce a Éaco y confiesa que es su descendencia: así Áyax es tercero desde Júpiter. Pero esta línea no sirve a mi causa, aqueos, si no la comparto con el gran Aquiles: era mi hermano, pido lo de mi hermano.
¿Por qué tú, nacido de la sangre de Sísifo y muy semejante a él en robos y fraude, insertas un nombre ajeno entre los descendientes de Éaco? »¿Acaso porque llegué primero a las armas y sin que nadie me obligara, se me deben negar las armas, y parecerá mejor aquel que llegó el último y rehuyó la milicia fingiendo locura, hasta que el nauplicida, más astuto que él pero menos útil para sí, descubrió las tretas de su ánimo cobarde y lo arrastró a las armas que evitaba?
¿Acaso él tomará las mejores porque no quiso tomar ninguna, y nosotros quedemos deshonrados y privados de los dones de nuestro primo porque nos ofrecimos a los primeros peligros? »¡Ojalá aquella locura hubiera sido verdadera o se la hubiera creído, y este cómplice no hubiera venido nunca a las murallas frigias, instigador de crímenes! Entonces tú, hijo de Peante, no estarías expuesto en Lemnos por culpa nuestra. Ahora, según cuentan, oculto en cuevas silvestres, mueves las rocas con tus gemidos y rezas al hijo de Laertes lo que merece, y si los dioses existen, no rezas en vano.
Y ahora él, que juró con nosotros las mismas armas, ¡ay!, uno de los jefes, por cuyo sucesor se usan las flechas de Hércules, quebrantado por la enfermedad y el hambre, se viste y se alimenta de aves, y cazando aves gasta las saetas debidas a los destinos troyanos. Sin embargo, él vive porque no acompañó a Ulises; también el infeliz Palamedes preferiría haber sido abandonado: viviría o al menos habría tenido una muerte sin culpa, a quien este, recordando demasiado su falsa locura mal descubierta, fingió que traicionaba la causa dánaa y probó el crimen fingido y mostró el oro que ya había enterrado antes.
Así, o con el exilio o con la muerte debilitó las fuerzas aqueas: así combate, así es temible Ulises. »Aunque con su elocuencia venza incluso al fiel Néstor, no logrará que yo crea que abandonar a Néstor no fue crimen alguno; cuando este le imploraba a Ulises, retrasado por la herida de su caballo y agotado por sus años seniles, fue traicionado por su compañero; no es falso lo que digo: bien lo sabe el tidida, quien muchas veces lo llamó por su nombre y reprendió a su amigo tembloroso por su huida.
¡Los dioses de arriba miran las cosas mortales con ojos justos! Mira, necesita auxilio quien no lo dio, y como abandonó, así debía ser abandonado: se había impuesto a sí mismo la ley. Llama a los compañeros: llego y lo veo temblando, pálido de miedo y estremeciéndose ante la muerte futura; puse delante la mole de mi escudo y cubrí al caído y salvé su alma cobarde (esto es mínimo mérito). Si insistes en competir, volvamos a ese lugar: devuélveme al enemigo y tu herida y tu miedo habitual, escóndete detrás de mi escudo y compite conmigo bajo él.
Pero después de que lo salvé, a quien las heridas no habían dado fuerzas para permanecer en pie, huyó sin ser retrasado por herida alguna. »Llega Héctor y trae consigo a los dioses a las batallas, y por donde avanza, no solo tú te aterras, Ulises, sino también los valientes: tanto miedo arrastra. A él, triunfante por el éxito de su sangrienta matanza, yo lo derribé de lejos boca arriba con enorme peso, a él, que pedía con quién combatir, yo solo lo enfrenté: y rogasteis por mi suerte, aqueos, y vuestras plegarias prevalecieron.
Si preguntáis la fortuna de esta lucha, no fui vencido por él. Mira, los troyanos traen el hierro, el fuego y a Júpiter contra las naves dánaas: ¿dónde está ahora el elocuente Ulises? Yo, con mi pecho, protegí mil popas, esperanza de vuestro regreso: dadme las armas por tantas naves. »Pero si me es lícito decir la verdad, para ellas se busca mayor honor que para mí, y nuestra gloria está unida, y Áyax busca las armas, no las armas a Áyax. Que el de Ítaca compare con esto a Reso y al imbélico Dolón y al priámida Heleno capturado con la Palas robada: nada hecho a la luz del día, nada sin Diomedes;
Parte2versos 101-200
si una vez dais esas armas a méritos tan viles, dividid, y que la mayor parte de ellas sea de Diomedes. »¿Por qué, sin embargo, estas cosas para el de Ítaca, que siempre a escondidas, siempre desarmado actúa y con engaños engaña al enemigo incauto? El mismo brillo del yelmo que radia con claro oro delatará los engaños y mostrará al que se oculta; pero tampoco la cabeza duliquea bajo el casco de Aquiles soportará pesos tan grandes, ni la lanza pelia puede no ser pesada y gravosa para brazos imbélicos, ni el escudo grabado con la imagen del vasto mundo convendrá a una diestra cobarde y nacida para robos: ¿por qué pides, imprudente, un don que te debilitará, que si el error del pueblo aqueo te lo concede, será motivo de que te despojen, no de que el enemigo te tema, y la huida, en la que solo tú, cobardísimo, vences a todos, te será lenta arrastrando cargas tan grandes?
Añade que ese tuyo, que tan rara vez ha sufrido batallas, está intacto; el mío, que soportando golpes tiene mil heridas, debe tener un nuevo sucesor. »En fin, ¿para qué palabras? ¡Seamos juzgados actuando! Que las armas del héroe sean lanzadas en medio de los enemigos: ordenad que desde allí se las traiga y honrad al que regrese con ellas.» Había terminado el hijo de Telamón, y un murmullo del vulgo siguió sus últimas palabras, hasta que el héroe laértida se puso de pie y, con los ojos detenidos un poco en tierra, los alzó hacia los próceres y abrió la boca con el sonido esperado, y no faltó gracia a sus elocuentes palabras.
«Si mis deseos con los vuestros hubieran prevalecido, pelasgos, no habría duda sobre el heredero de tan grande certamen, y tú tendrías tus armas, Aquiles, y nosotros te tendríamos a ti, a quien, ya que destinos no equitativos me lo negaron a mí y a vosotros» (y con la mano al mismo tiempo enjugó sus ojos como si lloraran), «¿quién mejor que suceda al gran Aquiles que aquel por quien el gran Aquiles llegó a los dánaos? Con tal de que no le sirva a este parecer torpe, como lo es, ni me perjudique a mí que mi ingenio, aqueos, siempre os aprovechó, y que esta elocuencia mía, si algo vale, que ahora habla por su dueño, muchas veces habló por vosotros, carezca de envidia, y ninguno rechace sus propios bienes.
»Pues al linaje y los antepasados y lo que no hicimos nosotros mismos, apenas los llamo nuestros; pero en fin, ya que Áyax mencionó ser bisnieto de Júpiter, también de nuestra sangre el autor es Júpiter, y distamos de él el mismo número de grados: pues mi padre es Laertes, el de él Arcesio, el de este Júpiter, y ninguno de ellos fue condenado ni exiliado; también por parte de madre me fue añadida otra nobleza, el cilenio: hay un dios en cada progenitor. Pero no porque sea más noble por nacimiento materno, ni porque mi padre esté libre de sangre fraterna, pido las armas propuestas: juzgad la causa por los méritos, con tal de que, puesto que Telamón y Peleo fueron hermanos, no se busque el mérito de Áyax ni el orden de sangre, sino que el honor de la virtud se busque en estas armas despojos.
O si se requiere la cercanía y el primer heredero, ahí está su padre Peleo, ahí está su hijo Pirro: ¿qué lugar tiene Áyax? ¡Que estas armas vayan a Ptía o a Esciro! Y no menos que este es Teucro primo hermano de Aquiles: ¿acaso las pide él? ¿acaso, si las pidiera, se las llevaría? Entonces, ya que se trata de un certamen desnudo de obras, he hecho más cosas, ciertamente, de las que me sería fácil abarcar con palabras, pero me dejaré llevar por el orden de los hechos.
La madre Nereida, presagiando la muerte futura, disimula a su hijo con vestido de mujer, y había engañado a todos, entre ellos a Áyax, con el engaño de la vestimenta adoptada: yo entre mercancías de mujer inserté armas capaces de mover el ánimo viril, y aún no había desechado el héroe los hábitos de virgen, cuando, sosteniendo el escudo y la lanza, le dije: "hijo de una diosa, Pérgamo se reserva para ti, que ha de perecer. ¿Por qué dudas en derribar la inmensa Troya?" Y le eché mano y lo envié, valiente, a empresas valientes.
Por tanto, las obras de él son mías: yo con la lanza vencí a Télefo cuando combatía, y lo curé cuando vencido suplicaba; que Tebas haya caído es obra mía; creedme que capturé Lesbos, Ténedos, Crisa y Cila, ciudades de Apolo, y Esciro; creed que por mi diestra sacudidas cayeron al suelo las murallas de Lirneso, y por no hablar de otros, di sin duda al que podía destruir al feroz Héctor: ¡por mí yace el ilustre Héctor! Con aquellas armas con las que fue descubierto Aquiles, pido las armas: se las di en vida, después de su muerte las reclamo.
Cuando el dolor de uno llegó a todos los dánaos y mil naves llenaron Áulide frente a Eubea, largo tiempo esperados, no hubo vientos o fueron contrarios a la flota, y las duras suertes ordenan a Agamenón sacrificar a su hija inocente a la cruel Diana. El padre lo niega y se encoleriza contra los propios dioses, y sin embargo en el rey hay un padre; yo el suave ingenio del padre lo cambié con palabras hacia el bien común: esta causa difícil, lo admito (y que Atrida me perdone al confesarlo), la sostuve ante un juez desfavorable.
Pero a este lo mueven la utilidad del pueblo y su hermano y la grandeza del cetro que le fue dado, para que pondere la gloria con la sangre; soy enviado también a la madre, que no debía ser exhortada, sino engañada con astucia; si el Telamonio hubiera ido allí, hasta ahora estarían nuestras velas privadas de vientos. Soy enviado, audaz orador, a las torres de Ilión, y vi y entré en la curia de la alta Troya, y aún estaba llena de hombres; sin temor defendí la causa común que me había encomendado Grecia, y acuso a Paris y reclamo el botín y a Helena
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y conmuevo a Príamo y a Anténor unido a Príamo; pero Paris y sus hermanos y los que con él robaron, apenas contuvieron sus manos nefandas (tú lo sabes, Menelao), y aquel fue el primer día de nuestro peligro compartido contigo. Sería largo de contar con demora lo que útilmente hice con consejo y con mano en el tiempo de la espaciosa guerra. Después de los primeros combates los enemigos de la ciudad se encerraron largo tiempo en sus muros, y no hubo ocasión alguna de guerra abierta; al fin luchamos en el décimo año: ¿qué haces entretanto, tú que no sabes nada sino batallas?
¿cuál era tu utilidad? Pues si preguntas por mis hechos, tiendo emboscadas a los enemigos, ciño las defensas con foso, consuelo a los compañeros, para que soporten el tedio de la larga guerra con ánimo tranquilo, enseño de qué modo debemos alimentarnos y armarnos, soy enviado adonde lo requiere la necesidad. He aquí que el rey, engañado por la imagen de un sueño por advertencia de Júpiter, ordena abandonar el empeño de la guerra comenzada; él puede defender su voz con tal autoridad: ¡que no lo permita Áyax y reclame que Pérgamo sea destruida, y que luche, ya que puede!
¿Por qué no retiene a los que se van? ¿Por qué no toma armas, da algo que la turba errante siga? Esto no era demasiado para quien nunca habla sino cosas grandes. ¿Qué decir de que él mismo huye? Vi, y me avergonzó ver, cuando tú dabas la espalda y preparabas las velas vergonzosas; sin demora dije: "¿qué hacéis? ¿Qué demencia os incita, oh compañeros, a abandonar Troya capturada, y qué lleváis a casa en el décimo año, sino deshonra?" Con estas y otras palabras, para las cuales el propio dolor me había hecho elocuente, traje de vuelta a los que se apartaban de la flota fugitiva.
Atrida convoca a los compañeros atemorizados por el terror: y el Telamónida ni siquiera entonces se atreve a abrir la boca, pero se había atrevido a atacar con palabras a los reyes incluso Tersites, ¡que por mí no quedó impune en su insolencia! Me levanto y exhorto a los ciudadanos temblorosos contra el enemigo y con mi voz restituyo la virtud perdida. Desde ese momento, todo lo que este parece haber hecho con valentía es mío, yo que retraje al que daba la espalda. En fin, ¿quién de los dánaos te alaba o te busca?
Pero el Tidida comparte conmigo sus acciones, me aprueba y siempre confía en Ulises como compañero. Es algo ser elegido por Diomedes, uno solo de tantos miles de griegos. Y no me ordenaba la suerte ir: sin embargo, despreciado el peligro de la noche y del enemigo, a Dolón, de la gente frigia, que se atrevió a lo mismo que nosotros, lo mato, no antes sin embargo de forzarlo a revelar todo, y supe qué preparaba la pérfida Troya. Todo lo había averiguado y ya no tenía qué espiar y ya podía volver con la gloria prometida: no contento con eso busqué las tiendas de Reso y a él mismo en sus propios campamentos y a sus compañeros maté y así victorioso, conseguidos mis votos, cautivo, entro en el carro que imita los alegres triunfos; sus caballos, que el enemigo había pedido como precio por la noche, negadme las armas, y Áyax será más generoso.
¿Por qué referiré las líneas de los licios de Sarpedón devastadas por mi hierro? Con mucha sangre derribé a Coérano Ifitida y a Alástor y a Cromio y a Alcandro y a Halio y a Noemón y a Pritanis y entregué a la destrucción con Quersidamante a Toón y a Cárope y a Ennomo empujado por hados despiadados y otros menos célebres que bajo las murallas de la ciudad cayeron por mi mano. Tengo también heridas, ciudadanos, hermosas por su mismo lugar; no creáis en vanas palabras, ¡mirad!
—y apartó la vestimenta con la mano— estos son pechos siempre ejercitados en vuestros asuntos. Pero el Telamonio nada ha gastado en tantos años de sangre por los compañeros y tiene el cuerpo sin herida. ¿Pero qué importa esto, si refiere que llevó armas por la flota pelasga contra los troyanos y contra Júpiter? Lo confieso, las llevó (pues no es propio de mí restar con malicia los beneficios), pero que no ocupe él solo los méritos comunes y os devuelva también a vosotros algún honor: el Actórida rechazó a los troyanos de las naves que iban a arder, protegido bajo la apariencia de Aquiles, su defensor.
Se cree incluso que se atrevió solo a enfrentarse a las lanzas de Héctor, olvidado del rey y de los jefes y de mí, siendo el noveno en el deber y preferido por el favor de la suerte. Pero sin embargo, fortísimo, ¿cuál fue el resultado de tu combate? ¡Héctor se fue sin ser violado por herida alguna! ¡Ay de mí, con qué dolor me veo forzado a recordar aquel tiempo en que Aquiles, muralla de los griegos, cayó! Ni lágrimas ni luto ni temor me retardaron para que levantara del suelo su cuerpo: sobre estos hombros, digo, sobre estos hombros yo el cuerpo de Aquiles y al mismo tiempo sus armas llevé, que ahora también me esfuerzo por llevar.
Tengo fuerzas que valgan para tales pesos, tengo ciertamente ánimo que sentirá vuestros honores: ¿acaso para esto la madre cerúlea fue ambiciosa por su hijo, para que dones celestiales, obra de arte tan grande, se vistiera un soldado rudo y sin corazón? Pues no conoce los relieves del escudo, el Océano y las tierras y con el alto cielo los astros y las Pléyades y las Híades y el Oso inmune al mar y las diversas órbitas y la espada brillante de Orión. ¡Pide captar armas que no entiende!
¿Qué decir de que me acusa de huir del duro deber de la guerra, de haberme unido tarde a la empresa comenzada, y no se da cuenta de que calumnia al magnánimo Aquiles? Si llamas crimen el fingir, los dos fingimos; si la demora es culpa, yo fui más rápido que él.
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mi piadosa esposa me retuvo, mi piadosa madre a Aquiles, y a ellos les tocaron los primeros tiempos, a vosotros los demás: no temo, si ya no puedo defenderme, un delito compartido con tan gran héroe: él fue sorprendido por la astucia de Ulises, pero Ulises no por la de Áyax. 'Y no nos asombremos de que lance contra mí insultos con su lengua estúpida, también os lanza a vosotros acusaciones dignas de vergüenza. ¿Acaso es vergonzoso para mí haber acusado a Palamedes con falsos cargos, pero honorable para vosotros haberlo condenado?
Pero el hijo de Nauplio no pudo defenderse de un crimen tan grande y tan evidente, ni vosotros oísteis en él las acusaciones: las visteis, expuestas con el soborno a la vista. 'Y que el hijo de Peante esté en la volcánica Lemnos, no merezco ser culpable (¡defended vuestra propia acción!, pues consentisteis), ni negaré que le aconsejé que se sustrajera del esfuerzo de la guerra y del viaje e intentara calmar con el reposo sus fieros dolores. Obedeció, y vive. Esta decisión no solo fue leal, sino también afortunada, cuando basta con ser leal.
Puesto que los profetas lo reclaman para destruir Pérgamo, ¡no me lo encarguéis a mí! Mejor irá el hijo de Telamón y con su elocuencia ablandará al hombre furioso por la enfermedad y la ira, o con alguna astucia lo traerá hábilmente. Antes el Símois fluirá hacia atrás y el Ida se alzará sin hojas, y Acaya prometería ayuda a Troya, antes de que, cesando mi corazón por vuestros asuntos, la habilidad del estúpido Áyax sirva a los dánaos. Aunque seas hostil a tus compañeros, al rey y a mí, duro Filoctetes, aunque maldigas y condenes sin fin mi cabeza y desees que yo en tu dolor te sea entregado por azar y bebas mi sangre, y así como tienes poder sobre mí, yo lo tenga sobre ti: aun así te abordaré y me esforzaré en traerte de vuelta conmigo y me apoderaré de tus flechas (que la Fortuna me favorezca), como me apoderé del profeta troyano que capturé, como revelé los oráculos de los dioses y los destinos de Troya, como arrebaté la imagen sagrada de la frigia Minerva de en medio de los enemigos.
¿Y se me compara Áyax? Por cierto, los destinos prohibían la toma de Troya sin ese objeto: ¿dónde está el valiente Áyax? ¿Dónde están las enormes palabras del gran hombre? ¿Por qué este tiene miedo? ¿Por qué se atreve Ulises a ir entre las guardias y confiarse a la noche y atravesar las fieras espadas no solo hasta las murallas de Troya, sino también entrar en las más altas torres y desde su templo arrancar a la diosa y traerla raptada entre los enemigos? Si no hubiera hecho esto, en vano el hijo de Telamón habría portado en el brazo izquierdo las siete pieles de toro.
Aquella noche obtuve para mí la victoria de Troya: entonces vencí Pérgamo, cuando obligué a que pudiera ser vencida. 'Deja de exhibirnos con la cara y con murmullos al hijo de Tideo: ¡parte de mi gloria está en él! Ni tú, cuando con tu compañero defendías con el escudo la flota, estabas solo: te acompañaba una multitud, a mí me tocó uno solo. Y si ese no supiera que el combatiente es inferior al sabio y que las recompensas no se deben a la diestra indómita, él mismo también pediría esto; lo pediría el más moderado Áyax, y el feroz Eurípilo y el hijo del ilustre Andremón, y no menos Idomeneo y el nacido de la misma patria, Meriones, y lo pediría el hermano del Atrida mayor: ciertamente son fuertes en batalla y no son inferiores a mí en Marte, pero cedieron ante mis consejos.
Tu diestra es útil en la guerra, tu ingenio necesita de mi guía; tú tienes fuerzas sin mente, yo tengo cuidado del futuro; tú puedes luchar, el Atrida elige conmigo los momentos de luchar; tú solo sirves con el cuerpo, nosotros con el ánimo; y cuanto el que gobierna la nave supera el oficio del remero, cuanto el jefe es mayor que el soldado, tanto te supero yo. Y en nuestro cuerpo el pecho es más poderoso que la mano: todo el vigor está en él.
'Pero vosotros, oh jefes, dad recompensas a vuestro guardián, y por el cuidado de tantos años, en los que actué con ansiedad, otorgad este título que compense nuestros méritos: ya el trabajo está en su fin; he removido los destinos que se oponían y haciendo que la alta Pérgamo pudiera ser tomada, la tomé. Por las esperanzas ahora compartidas y las murallas de Troya que caerán y por los dioses, ruego, que hace poco arrebaté al enemigo, por si algo queda que deba actuarse con sabiduría, si algo aún audaz y precipitado debe intentarse, si pensáis que algo queda por cumplir en los destinos de Troya, ¡acordaos de mí!
O si no me dais las armas a mí, ¡dádselas a esta!' y mostró el signo fatídico de Minerva. Se conmovió la asamblea de los jefes, y quedó patente por los hechos lo que puede la elocuencia, y el varón elocuente se llevó las armas del valiente. El que solo resistió a Héctor, que tantas veces resistió el hierro, el fuego y a Júpiter, no resiste una sola ira, y el dolor venció al hombre invicto: empuña la espada y dice: '¡Esta al menos es mía!
¿O también esta la reclama Ulises para sí? Esta debo usarla contra mí mismo, y la que con frecuencia se empapó de sangre frigia, ahora se empapará con la muerte de su dueño, para que nadie pueda superar a Áyax excepto Áyax.' Dijo, y en el pecho que entonces por primera vez sufrió heridas, por donde el hierro pudo entrar, hundió la espada letal. Ni las manos pudieron arrancar el arma clavada: la expulsó la propia sangre, y la tierra enrojecida por la sangre engendró del verde césped una flor purpúrea, la que antes había nacido de la herida del hijo de Ebalo; una letra común al muchacho y al hombre está inscrita en las hojas, esta del nombre, aquella del lamento.
El vencedor despliega las velas hacia la patria de Hipsípila y del ilustre Toante y hacia las tierras infames por la antigua matanza de los hombres,
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para traer de vuelta las armas de Tirinto, las flechas; y después de que las devolvió a los griegos con su dueño como acompañante, por fin se puso el último toque a la guerra, aunque tarde. Troya cae junto con Príamo. La esposa de Príamo, la infeliz, perdió después de todo la forma humana y con nuevo ladrido aterrorizó los aires extranjeros, en el largo estrecho donde se encierra el angosto Helesponto. Ilión ardía, y el fuego aún no se había asentado, y el altar de Júpiter había bebido la escasa sangre del anciano Príamo, la sacerdotisa de Febo, arrastrada por los cabellos, tendía al éter sus palmas que no servirían de nada; las madres dardanias, abrazadas a las imágenes de los dioses patrios, mientras pueden, y aferradas a los templos incendiados, las arrastran los vencedores griegos como envidiables premios; Astianacte es arrojado desde aquellas torres desde donde solía ver a menudo a su padre luchando por él y defendiendo el reino de sus antepasados, señalado por su madre.
Y ya el Bóreas aconseja el camino, y con su soplo favorable las velas movidas resuenan: el piloto ordena aprovechar los vientos; '¡Adiós, Troya! somos arrastrados', claman, dan besos a la tierra las troyanas y abandonan los techos humeantes de la patria. La última en subir a la flota —¡miserable de ver!— es Hécuba, encontrada en medio de las tumbas de sus hijos: mientras se aferraba a los túmulos y daba besos a los huesos, la arrastraron las manos de los de Duliquio, pero recogió las cenizas de uno solo y en su seno se llevó consigo las cenizas de Héctor; en el túmulo de Héctor, de su cabellera cana un mechón, pobres ofrendas fúnebres, un mechón y lágrimas dejó.
Hay, donde estuvo Troya, una tierra frente a Frigia habitada por hombres bistonios: allí estaba el rico palacio de Poliméstor, a quien te confió tu padre para que te criara en secreto, Polidoro, y te apartó de las armas frigias, consejo sabio, si no hubiera añadido como premio del crimen grandes riquezas, estímulo de un ánimo avaro. Cuando cayó la fortuna de los frigios, el impío rey de Tracia tomó la espada y la hundió en la garganta de su pupilo y, como si los crímenes pudieran quitarse con el cuerpo, arrojó al cadáver a las olas desde un acantilado.
El Atrida había amarrado la flota en la costa tracia, mientras el mar estuviera pacífico, mientras el viento fuera más propicio: aquí de repente, tan grande como solía ser cuando vivía, sale de la tierra ampliamente hendida y con aspecto amenazante Aquiles mostraba el rostro de aquel tiempo cuando feroz atacó al injusto Agamenón con la espada y dijo: 'Os vais olvidándoos de mí, aquivos, y está sepultada conmigo la gratitud por nuestra virtud. ¡No lo hagáis! Y para que mi sepulcro no esté sin honor, place a los manes de Aquiles que Políxena sea sacrificada.' Dijo, y obedeciendo los compañeros a la sombra implacable, arrancada del seno de su madre, a quien ya casi sola consolaba, Fuerte y desdichada y más que mujer, la joven es llevada al túmulo y se convierte en víctima para la cruel tumba.
Ella, consciente de sí misma, después de que fue puesta junto a los crueles altares y sintió que preparaban los feroces ritos para ella, y vio a Neoptólemo de pie sosteniendo el hierro y clavando sus ojos en su rostro, dijo: "Usa ya de una vez mi sangre noble, no hay demora; pero tú hunde el arma en mi garganta o en mi pecho", y al mismo tiempo descubrió su garganta y su pecho. "Desde luego Polixena no querría servir a nadie. ¡No aplacaréis a ningún dios con tal sacrificio!
Solo quisiera que mi muerte pudiera engañar a mi madre: mi madre es un obstáculo y disminuye las alegrías de mi muerte, aunque no es mi muerte, sino su propia vida lo que debe temer. Vosotros, para que llegue libre a las sombras estigias, idos lejos, si pido algo justo, y apartad del tacto viril las manos virginales. Más aceptable a aquel, quienquiera que sea, a quien os preparáis para aplacar con mi muerte, será mi sangre libre. Pero si mis últimas palabras conmueven a alguno de vosotros (la hija del rey Príamo, no una cautiva, os lo pide), devolved el cuerpo sin precio a mi madre, y que no compre con oro el triste derecho al sepulcro, sino con lágrimas.
Entonces, cuando podía, lo compraba también con oro". Había hablado, y el pueblo no retiene las lágrimas que ella retenía; incluso el mismo sacerdote, llorando y contra su voluntad, atravesó con el hierro lanzado el pecho que le ofrecía. Ella, cayendo sobre la tierra con la rodilla doblada, mantuvo el rostro intrépido hasta el último momento; aun entonces tuvo el cuidado de velar las partes que debían cubrirse al caer, y de preservar el decoro de su casto pudor. Las troyanas la recogen y cuentan a los llorados hijos de Príamo y cuántas sangres ha derramado una sola casa, y te lloran a ti, virgen, y a ti, oh recién esposa real, llamada madre real, imagen de la floreciente Asia, ahora incluso mala suerte del botín; a quien el vencedor Ulises no querría que fuera suya, excepto porque habías dado a luz a Héctor: apenas Héctor encontró un amo para su madre.
Ella, abrazando el cuerpo vacío de un alma tan valiente, las lágrimas que tantas veces había dado a su patria, a sus hijos y a su esposo, también las da a esta; derrama lágrimas sobre las heridas y cubre de besos su boca y golpea su pecho acostumbrado y arrancándose sus canas empapadas de sangre, dijo muchas cosas, pero también estas, golpeándose el pecho: "Hija, último dolor de tu madre —¿qué más queda?—, hija, yaces, y veo tu herida, que es mi herida: mira, para que no perdiera a ninguno de los míos sin muerte, tú también tienes una herida; pero a ti, por ser mujer, te creía a salvo del hierro: caíste y siendo mujer por el hierro, a tantos hermanos tuyos y a ti os destruyó el mismo, ruina de Troya y devastador nuestro, Aquiles;
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pero después de que cayó por las flechas de Paris y Febo, ahora ciertamente, dije, Aquiles no es de temer: ahora también debía temerlo; la misma ceniza del sepultado se ensaña contra esta estirpe, también sentimos al enemigo en su tumba: ¡Fui fecunda para el Eácida! Yace la inmensa Ilión, y con grave desenlace terminó la desgracia pública, pero terminó al fin; solo para mí Pérgamo permanece. Y mi dolor está en curso: hace poco la más grande de las cosas, poderosa por tantos yernos, hijos, nueras y esposo, ahora soy arrastrada exiliada, pobre, arrancada de las tumbas de los míos, regalo para Penélope, que mostrándome a mí hilando la lana asignada a las madres de Ítaca dirá: "Esta es aquella ilustre madre de Héctor, esta es la esposa de Príamo", y después de tantos perdidos tú ahora, que sola aliviabas los lutos maternos, ¡purificaste la tumba hostil!
¡Parí ofrendas para un enemigo! ¿Para qué sigo de hierro? ¿Y por qué me demoro? ¿Para qué me guardas, vejez anciana? ¿Para qué, dioses crueles, a no ser para que vea nuevos funerales, prolongáis a una vieja longeva? ¿Quién podría haber pensado que Príamo pudiera llamarse feliz después de la destruida Pérgamo? ¡Feliz es por su muerte! No te ve a ti, hija mía, asesinada y dejó la vida al mismo tiempo que el reino. Pero creo que serás dotada con funerales, virgen real, y tu cuerpo será depositado en los monumentos ancestrales.
Esta no es la fortuna de nuestra casa: te tocarán como regalos de tu madre el llanto y un puñado de arena extranjera. Todo lo perdimos: queda, para que soporte vivir un tiempo breve, el hijo más querido para su madre, ahora el único, en otro tiempo el menor de la estirpe viril, Polidoro, entregado a este rey de Ismara en estas costas. ¿Por qué me demoro mientras tanto en lavar con agua las crueles heridas y el rostro salpicado de sangre despiadada?" Habló y avanzó hacia la playa con paso senil, desgarrándose los blancos cabellos.
"¡Dad, troyanas, la urna!", había dicho la infeliz, para que recogiera las aguas límpidas: ve arrojado en la playa el cuerpo de Polidoro y las inmensas heridas hechas por armas tracias; las troyanas gritan, ella enmudeció de dolor, y a la vez la voz y las lágrimas surgidas hacia dentro las devora el mismo dolor, y semejante a una dura roca se queda rígida y ora clava los ojos en la tierra opuesta, a veces levanta el rostro torvo hacia el cielo, ora mira el rostro del hijo tendido, ora sus heridas, sobre todo las heridas, y se arma y se prepara con ira.
Tan pronto como ardió en ella, como si siguiera siendo reina, decidió vengarse y está toda en la imagen del castigo, y como enloquece una leona privada de su cachorro lactante y tras encontrar las huellas de los pasos sigue al enemigo que no ve, así Hécuba, después de mezclar la ira con el duelo, no olvidada de su ánimo, olvidada de sus años, va hacia el artífice de la cruel matanza, Poliméstor, y pide una conversación; pues dice que quiere mostrarle un oro escondido que entregaría a su hijo.
Creyó el odrisio y acostumbrado al amor del botín viene a un lugar apartado: entonces astuto con boca zalamera dice: "¡Quita las demoras, Hécuba, da los regalos a tu hijo! Todo será de él, lo que das, lo que también diste antes, lo juro por los dioses superiores". Ella mira feroz al que habla y jura en falso y hierve de hinchada ira y así tras agarrarlo invoca a la multitud de madres cautivas y hunde los dedos en los ojos pérfidos y arranca los ojos de las cuencas (la ira la hace poderosa) y sumerge las manos y manchada de sangre culpable no la luz (pues ya no queda), sino los lugares de la luz arranca.
Irritada por la desgracia de su tirano, la gente de Tracia comenzó a atacar a la troyana con lanzamiento de armas y piedras, pero esta persigue con mordiscos la piedra lanzada con ronco murmullo y con la boca preparada para palabras ladró, intentando hablar: el lugar existe y por el hecho tiene nombre, y por largo tiempo recordando sus viejos males entonces también aulló triste por los campos sitonios. Su destino conmovió a sus propios troyanos y a los enemigos pelasgos, su destino conmovió también a todos los dioses, tanto a todos, que incluso la esposa y hermana de Júpiter negó que Hécuba hubiera merecido aquellos sucesos.
No tiene tiempo Aurora, aunque había favorecido las mismas armas, de conmoverse por las desgracias y la caída de Troya y de Hécuba. Un cuidado más cercano y un duelo doméstico angustia a la diosa por la pérdida de Memnón, a quien la madre dorada vio en los campos frigios pereciendo por la lanza de Aquiles; lo vio, y aquel color con que enrojecen las horas matutinas, palideció, y el éter se ocultó en las nubes. Pero la madre no soportó contemplar los miembros puestos en las llamas supremas, sino que con el cabello suelto tal como estaba, no desdeñó postrarse ante las rodillas del gran Júpiter y añadir estas palabras con lágrimas: "Inferior a todas las que sostiene el áureo éter (pues tengo templos rarísimos por todo el orbe), diosa sin embargo, vengo, no para que me des santuarios y días de sacrificio y altares que ardan con fuegos: si consideraras, sin embargo, cuánto te presto como mujer, cuando con la nueva luz guardo los confines de la noche, pensarías que se deben dar premios; pero no es ese el cuidado ni este es ahora el estado de Aurora, para que reclame honores merecidos: vengo privada de mi Memnón, que en vano llevó valientes armas por su tío y en sus primeros años murió por el fuerte (así lo quisisteis) Aquiles.
Da, te lo ruego, algún honor a este, consuelos de la muerte, supremo rector de los dioses, y alivia las heridas maternas". Júpiter había asentido, cuando la alta pira de Memnón con elevado
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La pira se derrumbó en llamas, y las volutas de humo negro infectaron el día, como cuando una náyade de río exhala nieblas, y el sol no penetra debajo; la ceniza negra vuela y se aglomera en un solo cuerpo se condensa y toma forma y absorbe calor y vida del fuego (su levedad le dio alas) y primero semejante a un ave, luego ave verdadera resonó con sus plumas, y resonaron junto a ella hermanas innumerables, que tienen el mismo origen de nacimiento, y tres veces rodean la pira, y tres veces sale a los aires un lamento al unísono, al cuarto vuelo abandonan el campamento; entonces dos pueblos feroces desde bandos opuestos se hacen la guerra y ejercen su ira con picos y garras curvas y se cansan las alas y los pechos enfrentados, y como ofrendas funerarias caen sobre la ceniza del enterrado cuerpos emparentados, y se acuerdan de haber sido creadas de un héroe fuerte.
El origen da nombre a las aves repentinas: por él se las llama Memnónides, cuando el sol recorre los doce signos, condenadas a morir vuelven a rebelarse en rito paternal. Entonces a otros les pareció que la hija de Dimante había ladrado lamentablemente; Aurora está absorta en sus propios duelos y hasta ahora sigue dando piadosas lágrimas y rocía en todo el orbe. Pero los hados no permiten que junto con las murallas de Troya también la esperanza quede destruida: el héroe hijo de Citerea lleva las cosas sagradas y, otra cosa sagrada, al padre sobre sus hombros, carga venerable.
De tantas riquezas el piadoso elige ese botín y a su Ascanio, y con la flota fugitiva es llevado por los mares desde Andro y deja atrás los umbrales criminales de Tracia y la tierra que mana con la sangre de Polidoro y con vientos favorables y marea propicia entra en la ciudad de Apolo acompañado por sus compañeros. Anio, que gobernaba a los hombres y como sacerdote hacía que Febo fuera debidamente adorado, lo recibió en su templo y casa y le mostró la ciudad y los santuarios conocidos y los dos árboles que Latona retuvo en otro tiempo al parir.
Dado el incienso a las llamas y vertido vino sobre el incienso y cremadas según la costumbre las entrañas de los bueyes sacrificados buscan los techos del palacio, y recostados en alfombras elevadas toman los dones de Ceres con el líquido de Baco. Entonces el piadoso Anquises dice: 'Oh elegido sacerdote de Febo, ¿me equivoco o tenías un hijo, cuando vi por primera vez estas murallas, y dos veces dos hijas, según recuerdo?' Anio, sacudiendo sus sienes ceñidas por blancas vendas y triste, dice: 'No te equivocas, héroe máximo; viste al padre de cinco hijos, al que ahora (tanta inconstancia de las cosas agita a los hombres) ves casi sin ninguno.
Pues qué ayuda me da mi hijo ausente, a quien la tierra llamada por su nombre Andros tiene en lugar de padre y que ocupa el lugar y el reino? El delio le dio el don del augurio, y Líber dio a otra de mi estirpe femenina dones mayores que el deseo y la fe: pues al toque de mis hijas todo se transformaba en cosecha y en líquido de vino puro y en el don de la canosa Minerva, y había en ellas un uso rico.
Cuando el Atrida devastador de Troya lo supo, (para que no pienses que nosotros tampoco sentimos en alguna medida vuestra tormenta), usando la fuerza de las armas arrancó a las que resistían del regazo de su padre y ordenó que alimentaran la flota argólica con su don celestial. Huyen, cada cual adonde puede: dos a Eubea y otras tantas a Andros fraterna fue buscada. Llega un soldado y amenaza con guerra si no son entregadas: la piedad vencida por el miedo entregó los cuerpos hermanos al castigo; y podrías perdonar al hermano temeroso: aquí no estaba Eneas, no estaba Héctor, que defendiera a Andros, por quien resististeis hasta el décimo año.
Y ya se preparaban cadenas para los brazos cautivos: ellas levantando aún libres al cielo sus brazos dijeron "Padre Baco, trae ayuda!" y trajo ayuda el autor del don, - si perder de modo extraño se llama traer ayuda, pues de qué manera perdieron su forma, no pude saberlo ni ahora puedo decirlo; lo último del mal es conocido: tomaron plumas y se fueron convertidas en aves de tu esposa, blancas palomas.' Con estas y otras palabras después de que llenaron el banquete buscaron el sueño apartándose de la mesa y al día se levantan y van a los oráculos de Febo, que les ordenó buscar la antigua madre y costas emparentadas; el rey los acompaña y da regalos a los que parten, un cetro a Anquises, una clámide y carcaj al nieto, una crátera a Eneas, que en otro tiempo le había traído el huésped Terses ismenio desde las costas aonias: Terses se la había enviado, la había fabricado Alcón de Hile y la había grabado con un largo relato.
Había una ciudad, y podías contar siete puertas: éstas servían de nombre, y enseñaban cuál era aquella; ante la ciudad exequias y túmulos y fuegos y piras y madres con cabellos sueltos y pechos abiertos significan el duelo; las ninfas también parecen llorar y lamentarse por las fuentes secas: el árbol sin hojas se yergue desnudo, las cabras roen las rocas áridas. He aquí que en medio de Tebas hace que las hijas de Orión, ésta dando herida no femenina con la garganta abierta, aquélla con dardo hundido por el pecho valiente, hayan caído por su pueblo y sean llevadas por la ciudad en hermosos funerales y cremadas en lugar célebre.
Luego de la ceniza virginal salir dos jóvenes gemelos, para que la estirpe no perezca, a quienes la fama llama Coronas, y conducir el cortejo al entierro materno. Hasta aquí en bronce antiguo con signos resplandecientes,
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la parte superior de la crátera era áspera con acanto dorado. Y los troyanos devuelven dones no menores a los dados y dan al sacerdote un cofre guardián del incienso, dan una pátera y una corona brillante de oro y gemas. De allí recordando que los teucros traían su origen de la sangre de Teucro tomaron Creta y no pudieron soportar largo tiempo a Júpiter del lugar y dejadas cien ciudades desean alcanzar los puertos ausonios, se enfurece la tormenta y sacude a los hombres, y recibidos en los puertos de las Estrofadas el ave Aelo los aterrorizó con su perfidia.
Y ya habían pasado de largo los puertos duliquios e Ítaca y Samos y las casas de Nerito, reino del falaz Ulises, llevados: ven Ambracia disputada en pleito de dioses y el peñasco convertido en imagen del juez, que ahora es conocida por el Apolo actíaco, y la tierra de Dodona vocal por su encina y los senos caonios, donde los hijos del rey molosio huyeron con alas puestas de los impíos incendios. Buscan los campos próximos de los feacios cubiertos de frutos felices, de allí Epiro y Butroto reinada por el vate frigio y la Troya simulada es ocupada; de allí seguros del futuro, porque todo lo había predicho Heleno príamida con fiel advertencia, entran en Sicania: ésta se extiende al mar con tres lenguas, de las cuales Paquino está vuelto hacia los austros portadores de lluvia, Lilibeo opuesto a los suaves céfiros, hacia el norte Peloro sin experiencia del mar mira al bóreas.
Por aquí penetran los teucros, y con remos y marea favorable al caer la noche la flota alcanza la arena de Zancle: Escila infesta el lado derecho, el izquierdo la inquieta Caribdis devora las naves arrebatadas y las vomita, aquélla se ciñe el vientre negro con perros salvajes, llevando rostro de virgen, y, si no todas las cosas los poetas dejaron inventadas, también en algún tiempo fue virgen: muchos pretendientes la buscaron, a quienes ella rechazados iba a las ninfas del mar, gratísima a las ninfas del mar, y les narraba los amores burlados de los jóvenes.
Y mientras ella le ofrece a peinar sus cabellos a Galatea, le habla con estas palabras repitiendo suspiros: 'A ti sin embargo, oh virgen, te busca una raza no cruel de hombres, y como haces, puedes negarles impunemente; pero a mí, cuyo padre es Nereo, a quien la cerúlea Doris parió, a mí que estoy segura también por la turba de hermanas, sólo a través del duelo me fue permitido escapar del amor del Cíclope.' Y las lágrimas impidieron la voz de la que hablaba.
Y cuando la virgen las secó con su pulgar de mármol y consoló a la diosa, dijo: 'Cuenta, oh queridísima, y no ocultes la causa de tu dolor (así soy fiel)!' La nereida respondió así a la hija de Crateide: 'Acis era nacido de Fauno y de la ninfa Simetis una gran dicha para su padre y su madre, pero mayor para mí; pues me lo había unido solo a mí. Era hermoso, y al cumplir de nuevo dieciséis años había marcado sus tiernas mejillas con un vello incierto.
A este yo lo buscaba, a mí el Cíclope me perseguía sin cesar. Y si preguntaras si en mí fue más intenso el odio al Cíclope o el amor por Acis, no podría decirlo: ambos fueron iguales. ¡Oh, qué gran poder tiene tu reino, Venus bondadosa! Aquel ser despiadado, terrible incluso para los bosques mismos, nunca visto impunemente por huésped alguno, desdeñoso del gran Olimpo y de los dioses, siente qué es el amor y, atrapado por un violento deseo, arde olvidando sus rebaños y sus cavernas.
Ya te importa tu apariencia, ya te preocupa agradar, ya peinas con el rastrillo tus hirsutas greñas, Polifemo, ya te gusta cortarte con la hoz la barba hirsuta y contemplar tu fiero rostro en el agua y componerlo. Tu amor por matar, tu ferocidad y tu sed inmensa de sangre cesan, y las naves van y vienen seguras. Mientras tanto, Télemo, llevado a Sicilia, al Etna, Télemo Eurímida, a quien ningún ave había engañado, se acerca al terrible Polifemo y le dice: "Ese ojo único que llevas en medio de la frente te lo arrebatará Ulises." Él se rió y dijo: "Oh, el más estúpido de los profetas, te equivocas, otra ya me lo arrebató." Así desprecia al que en vano le advierte la verdad, y ora abruma la orilla con sus pasos gigantescos ora, cansado, vuelve a su sombrío antro.
Se alza hacia el mar un promontorio que termina en larga punta (el agua del mar fluye alrededor de ambos lados): hasta allí sube el feroz Cíclope y se sienta en medio; lo siguen sus lanudas ovejas sin que nadie las guíe. Después de que depositó ante sus pies el pino que le servía de bastón, apto para llevar como mástil, y tomó la flauta formada de cien cañas, todos los montes sintieron los silbidos pastoriles, los sintieron las olas; yo, escondida en una roca y sentada en el regazo de mi Acis, bebí de lejos con mis oídos tales palabras y las guardé en mi mente al oírlas: "Galatea, más blanca que la hoja del níveo ligustro, más florida que los prados, más alta que el esbelto aliso, más brillante que el cristal, más juguetona que el tierno cabrito, más pulida que las conchas gastadas por el roce constante del mar, más agradable que el sol del invierno, que la sombra del verano, más ágil que el ciervo, más visible que el alto plátano, más lúcida que el hielo, más dulce que la uva madura, más suave que las plumas del cisne y que la leche cuajada, y, si no huyeras, más hermosa que un jardín bien regado; "Pero también, Galatea, más salvaje que novillos indómitos, más dura que el viejo roble, más engañosa que las olas, más flexible que las ramas del sauce y que las vides blancas,
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más inmóvil que estos peñascos, más violenta que el torrente, más orgullosa que el celebrado pavo real, más ardiente que el fuego, más áspera que los abrojos, más cruel que la osa parida, más sorda que los mares, más despiadada que la serpiente pisada, y lo que sobre todo yo quisiera poder quitarte, no solo más veloz que el ciervo perseguido por ladridos sonoros, sino incluso más fugaz que los vientos y que el aire volador. (Pero si me conocieras bien, te pesaría haber huido, y tú misma condenarías tus demoras y te esforzarías en retenerme.) Tengo, parte de la montaña, cavernas colgadas de roca viva donde no se siente el sol en medio del calor, ni se siente el invierno; hay frutos que pesan en las ramas, hay uvas parecidas al oro en las largas vides, hay también purpúreas: para ti guardamos estas y aquellas.
Tú misma con tus manos recogerás las suaves fresas nacidas bajo la sombra del bosque, tú misma los cornejos de otoño y las ciruelas no solo oscurecidas por su jugo negro, sino también las nobles que imitan la cera nueva. No te faltarán castañas si eres mi esposa, ni te faltarán los frutos del madroño: todo árbol te servirá. "Este ganado entero es mío, muchas reses vagan también por los valles, muchas las cubre el bosque, muchas se guardan en las cavernas, y si acaso preguntaras, no podría decirte cuántas son: es de pobres contar el ganado; sobre sus méritos no me creas nada, tú misma puedes verlo presente, cómo apenas pueden rodear con las patas la ubre hinchada.
Hay corderos, crías más pequeñas, en los tibios rediles. Hay también cabritos de la misma edad en otros rediles. Siempre tengo leche nívea: una parte se guarda para beber, otra parte el cuajo derretido la endurece. "Y no te alcanzarán solo delicias fáciles y regalos vulgares, como ciervas, liebres y cabras, o un nido de palomas tomado de la cima: he encontrado dos cachorros de osa peluda en las altas montañas, tan parecidos entre sí que apenas podrías distinguirlos, para que jueguen contigo: los encontré y dije: 'Guardaré estos para mi señora.' "Ya levanta del azul mar tu brillante cabeza, ya, Galatea, ven, y no desprecies nuestros regalos.
Ciertamente me conozco y me vi en la imagen del agua clara hace poco, y me gustó mi figura al verla. Mira cuán grande soy: no hay en el cielo un Júpiter más grande que este cuerpo, pues vosotros soléis contar que reina no sé qué Júpiter; abundante cabellera cae sobre mi torvo rostro y sombrea mis hombros como un bosque; y no creas feo que mi cuerpo esté erizado de densísimas cerdas rígidas: feo es el árbol sin hojas, feo el caballo si una melena rubia no cubre su cuello; la pluma viste a las aves, su lana es ornato para las ovejas: la barba y las hirsudas cerdas adornan a los hombres en el cuerpo.
Tengo un solo ojo en medio de la frente, pero es como un enorme escudo. ¿Qué? ¿Acaso el gran Sol no ve todo esto desde el cielo? Y sin embargo el Sol tiene un solo disco. "Añade que mi padre reina en vuestro mar: te lo doy como suegro; tan solo ten piedad y escucha las súplicas de un suplicante. Pues solo ante ti me rindo, yo que desprecio a Júpiter, el cielo y el rayo penetrante; a ti, Nerea, te temo: tu ira es más cruel que el rayo.
Y yo soportaría mejor este desprecio si huyeras de todos; pero ¿por qué, rechazando al Cíclope, amas a Acis y prefieres a Acis a mis abrazos? Con todo, aunque se complazca en sí mismo y te complazca, lo que yo no querría, Galatea; tan solo que se me dé la ocasión: ¡sentirá que tengo fuerzas proporcionadas a mi cuerpo tan grande! Le arrancaré las entrañas vivas y sus miembros despedazados por los campos y por tus aguas los esparciré (¡así se mezcle contigo!). Pues ardo, y herido se inflama más violento el fuego, y me parece llevar el Etna trasladado con sus fuerzas en mi pecho, y tú, Galatea, no te conmueves." Después de quejarse así en vano (pues yo lo veía todo) se levanta y como un toro furioso por la vaca arrebatada no puede estar quieto y vaga por el bosque y por sus conocidos pastos, cuando el feroz nos ve a mí y a Acis, que nada semejante temíamos ni lo sospechábamos, y exclama: "Os veo, y haré que esta sea la última concordia de vuestro amor." Tal fue su voz, tan grande como la que debía tener un Cíclope furioso: el Etna se estremeció con el clamor.
Yo, aterrada, me sumerjo bajo el mar cercano; el héroe Simético había vuelto la espalda para huir y había dicho: "Tráeme ayuda, Galatea, te lo ruego. Traedla, padres, y admitidme, que voy a morir, en vuestros reinos." El Cíclope lo persigue y arranca una parte del monte y la arroja, y aunque solo el extremo ángulo de la roca llega hasta él, sin embargo sepulta completamente a Acis. Pero nosotros hicimos lo único que los hados permitían hacer: que Acis asumiera las fuerzas de sus antepasados.
De la mole manaba sangre púrpura, y en poco tiempo el rojo comenzó a desvanecerse, y se vuelve del color de un río turbio por la primera lluvia y se purifica con el tiempo; entonces la mole arrojada se abre, y por las grietas brota y surge una caña alta y vivaz, y la boca hueca de la roca suena con las aguas que saltan, y, cosa maravillosa, de pronto emergió hasta la mitad del vientre un joven ceñido, con nuevos cuernos de flexibles cañas, que, salvo porque era más grande y todo él azul en el rostro, era Acis, pero así también era Acis, convertido en río, y las aguas conservaron su antiguo nombre." Galatea dejó de hablar, y disuelta la reunión las Nereidas se alejan y nadan por las plácidas ondas. Escila regresa; pues no se atreve a lanzarse al mar abierto
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se atreve, y o bien vaga sin ropas por la arena que absorbe el agua o, cuando está cansada, encuentra los rincones apartados del estanque y refresca sus miembros encerrados en su propia onda: he aquí que ciñendo el estrecho, nuevo habitante del mar profundo, hace poco transformado en sus miembros en Antedon de Eubea, Glauco se presenta, y prendado por el deseo de la joven que ha visto se detiene y le dirige todas las palabras que cree pueden retener a la que huye; pero ella huye sin embargo y veloz por el miedo llega hasta la cima de un monte situado cerca de la orilla.
Frente al estrecho hay un enorme promontorio, reunido en un solo vértice, una larga cima curvada hacia el mar bajo los árboles: se detuvo aquí y segura en el lugar, sin saber si él es un monstruo o un dios, admira su color y la cabellera que cubre sus hombros y la espalda que está debajo, y lo último que recoge es que una cola de pez retorcida termina sus ingles. Él lo percibió y apoyándose en la roca que estaba más cerca, "no soy un prodigio ni una bestia salvaje, joven, sino un dios" dijo "del agua: ni Proteo tiene mayor poder sobre el mar, ni Tritón ni Palemón hijo de Atamante.
Antes sin embargo era mortal, pero, dedicado sin duda a las aguas profundas, ya entonces me ejercitaba en ellas; pues ya guiaba las redes que arrastraban los peces, ya sentado en una roca manejaba con la caña el sedal. Hay un prado verde en los confines de la costa, del cual una parte está rodeada por las olas, otra parte por la hierba, que ni las novillas de cuernos dañaron con el mordisco, ni vosotras, mansas ovejas o hirsutas cabras, habéis comido; no llevó de allí la abeja laboriosa flores recogidas, no se dieron guirnaldas festivas para la cabeza, ni nunca manos portadoras de hoces la cortaron; yo fui el primero en sentarme en aquel césped, mientras secaba las cuerdas empapadas, y para revisar en orden los peces capturados los coloqué encima, los que el azar había empujado a las redes o su credulidad a los anzuelos curvos.
La cosa parece inventada, pero ¿qué me sirve inventar? Al contacto con la hierba mi presa comenzó a moverse y a cambiar de lado y a esforzarse en tierra como en el mar. Y mientras me demoro y me asombro a la vez, huye toda la turba a sus aguas y abandonan a su nuevo amo y la orilla. Quedé atónito y dudé largo tiempo y busqué la causa, si algún dios había hecho esto, o el jugo de la hierba: "¿qué hierba sin embargo tiene estas fuerzas?" dije, y con la mano arranqué el pasto y lo arranqué y lo mordí con el diente.
Apenas mi garganta había absorbido bien los jugos desconocidos, cuando de repente sentí temblar mis entrañas por dentro y mi pecho arrebatado por el amor de otra naturaleza; ni pude quedarme mucho tiempo "oh tierra que nunca debo volver a ver, ¡adiós!" dije y sumergí mi cuerpo bajo el mar. Los dioses del mar me acogieron dignándome con el honor de un compañero, y para que me quiten todo lo mortal que llevo, ruegan a Océano y a Tetis: yo soy purificado por ellos, y dicho nueve veces el conjuro que limpia la mancha se me ordena poner mi pecho bajo cien ríos; y sin demora, deslizados desde distintas partes, los ríos y todas las aguas se vierten sobre nuestra cabeza.
Hasta aquí puedo referirte los hechos que merecen recordarse, hasta aquí los recuerdo, ni mi mente percibió lo demás. Cuando volvió en sí, me recibí en todo mi cuerpo otro del que había sido poco antes, y no el mismo tampoco en la mente: entonces vi por primera vez esta barba verde de herrumbre y mi cabellera, que barro a lo largo del mar, y los hombros enormes y los brazos azulados y las piernas curvadas terminadas en un pez de aletas. Pero ¿de qué sirve este aspecto, de qué haber gustado a los dioses marinos, de qué sirve ser un dios, si tú no te conmueves con esto?" Mientras dice tales cosas, e iba a decir más, lo abandonó Escila al dios; él se enfurece e irritado por el rechazo busca el palacio prodigioso de Circe la Titánide.
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