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Libro III

Las metamorfosis · Ovidio · 37 min de lectura

Parte1versos 1-100

Y ya el dios, dejando la imagen engañosa del toro, se había confesado y ocupaba los campos de Dicte, cuando el padre, que no sabía nada, ordena a Cadmo buscar a la raptada y añade como castigo, si no la encuentra, el exilio, piadoso y criminal por el mismo hecho. Después de recorrer el mundo (pues ¿quién podría descubrir los robos de Júpiter?), el hijo de Agenor, fugitivo, evita la patria y la ira de su padre, y suplicante consulta los oráculos de Febo y pregunta qué tierra debe habitar.

"Una vaca", dice Febo, "te saldrá al encuentro en campos solitarios, que no ha sufrido ningún yugo ni conoce el arado curvo. Síguela como guía y, donde descanse en la hierba, funda allí murallas y llámalas Beocia." Apenas Cadmo había bajado de la gruta de Castalia, ve avanzar despacio a una novilla sin custodia que no lleva en el cuello ninguna señal de servidumbre. La sigue y recoge sus huellas con paso atento y en silencio adora a Febo, autor del camino. Ya había pasado los vados del Cefiso y los campos de Pánope: la vaca se detuvo y, alzando su hermosa frente con los altos cuernos hacia el cielo, llenó los aires con sus mugidos y así, mirando atrás a los compañeros que seguían su espalda, se echó y recostó el flanco en la tierna hierba.

Cadmo da las gracias y fija besos en la tierra extranjera y saluda a los montes desconocidos y a los campos. Iba a hacer sacrificios a Júpiter: ordena ir a sus servidores y buscar agua viva de las fuentes para las libaciones. Había un bosque antiguo, no violado por ningún hacha, y una cueva en medio, densa de ramas y mimbres, formando un arco bajo con trabazón de piedras, abundante en aguas copiosas; allí escondido en la cueva había una serpiente de Marte, notable por sus crestas y su oro; los ojos brillan con fuego, todo el cuerpo se hincha de venenos, vibran tres lenguas, los dientes están en triple hilera.

Cuando los que habían partido de la gente tiria tocaron el bosque con paso aciago, y la urna hundida en las ondas dio un sonido, la serpiente azulada sacó la cabeza de la larga cueva y lanzó horribles silbidos. Las urnas se cayeron de las manos y la sangre abandonó el cuerpo y un temblor súbito ocupa los miembros atónitos. Ella retuerce sus escamosos anillos en vueltas sinuosas y se curva en inmensos arcos con su salto y erguida en los aires más de media parte contempla todo el bosque y es de un cuerpo tan grande como, si lo miras entero, el que separa las dos Osas.

Sin demora, ocupa a los fenicios, ya prepararan ellos las armas o la huida, o el mismo miedo les impidiera una y otra: a unos con la mordedura, a otros con sus largos abrazos, a estos los mata con la peste funesta del veneno exhalado. Ya el sol altísimo había hecho cortas las sombras: el hijo de Agenor se pregunta qué demora a sus compañeros y va en busca de los hombres. Arrancada de un león, una piel era su vestidura, su arma una lanza de hierro reluciente y una jabalina, y un ánimo superior a toda arma.

Cuando entró en el bosque y vio los cuerpos muertos y al enemigo victorioso sobre el espacioso lomo lamiendo las tristes heridas con su lengua sangrienta, "O vengador de vuestra muerte, corazones fidelísimos, o compañero seré", dijo. Y con la diestra levantó una muela y la arrojó con gran impulso. Con su golpe se habrían movido altas murallas con elevadas torres, pero la serpiente quedó sin herida y, defendida como por una coraza con sus escamas y la negra dureza de su piel, rechazó con el cuero los golpes poderosos; pero esa misma dureza no venció también la jabalina, que clavada en medio de la curva del flexible espinazo quedó fija y todo el hierro descendió a las entrañas.

Él, feroz por el dolor, retorció la cabeza hacia su espalda y miró las heridas y mordió el asta clavada, y cuando la aflojó por todas partes con mucha fuerza, apenas la arrancó del lomo; pero el hierro quedó pegado en los huesos. Entonces, cuando a sus iras habituales se añadió una causa reciente, las fauces se hincharon con las venas llenas, y una espuma blanca fluye alrededor de las fauces pestíferas, y la tierra suena raspada por las escamas, y el aliento que sale negro de la boca estigia infecta los aires viciados.

Él mismo ora se ciñe en inmenso círculo formando espirales, ora se yergue más recto que un largo tronco, ora con vasto ímpetu, como un río agitado por las lluvias, es arrastrado y derriba con el pecho los bosques que se interponen. El hijo de Agenor retrocede un poco y con el despojo del león aguanta los ataques y detiene la boca que avanza con la punta extendida: él se enfurece y da heridas inútiles al duro hierro y clava los dientes en la punta.

Y ya la sangre había comenzado a manar del paladar venenoso y había teñido las verdes hierbas con su salpicadura; pero la herida era leve, porque se retiraba del golpe y echaba atrás el cuello herido y evitaba que la llaga se asentara retrocediendo y no dejaba que penetrara más, hasta que el hijo de Agenor, siguiendo el hierro lanzado a la garganta sin parar, lo empujó, mientras un roble, al retroceder él, se interpuso y el cuello quedó clavado junto con el árbol. El árbol se curvó por el peso de la serpiente y en la parte más baja gimió al ser azotada su madera por la cola.

Mientras el vencedor contempla el tamaño del enemigo vencido, de pronto se oyó una voz; y no era fácil saber de dónde, pero se oyó: "¿Por qué, hijo de Agenor, contemplas la serpiente muerta? Tú también serás contemplado como serpiente." Él durante largo tiempo, pálido, había perdido el color junto con el ánimo, y los cabellos se erizaban de gélido terror:

Parte2versos 101-200

he aquí que Palas, protectora del héroe, deslizándose por los aires de arriba, se presenta y le ordena enterrar en la tierra removida los dientes de víbora, semillas de un futuro pueblo. Obedece y, como abrió un surco con el arado hundido, esparce en el suelo los dientes ordenados, semillas mortales. Luego (más grande que la fe) los terrones empezaron a moverse, y primero desde los surcos apareció la punta de una lanza, luego las cubiertas de las cabezas que oscilan con el cono pintado, luego los hombros y el pecho y los brazos cargados de armas surgen, y crece una cosecha de hombres escudados: así, cuando se levantan los telones en los teatros festivos, suelen alzarse las figuras y mostrar primero los rostros, luego lo demás poco a poco, y llevadas con ritmo tranquilo aparecen enteras y ponen los pies en el borde de abajo.

Aterrado por el nuevo enemigo, Cadmo se preparaba para tomar las armas: "¡No las tomes!", uno del pueblo que la tierra había creado exclama, "y no te metas en guerras civiles!" Y así, de los hermanos nacidos de la tierra, hiere a uno cuerpo a cuerpo con la rígida espada, él mismo cae de lejos por una jabalina; este también, que lo había dado a la muerte, no vive más que aquel y exhala los aires que apenas había recibido, y con igual ejemplo se enfurece toda la turba, y por su propia guerra caen los hermanos súbitos por mutuas heridas.

Y ya aquella juventud que había recibido breve espacio de vida golpeaba con el pecho tibio a la madre sangrienta, quedando cinco supervivientes, de los cuales uno fue Equión. Este arrojó sus armas al suelo por consejo de Tritónide y pidió y dio la garantía de paz fraterna: a estos los tuvo como compañeros de obra el huésped sidonio, cuando fundó la ciudad ordenada por los oráculos de Febo. Ya estaban en pie Tebas, ya podías, Cadmo, parecer feliz en el exilio: te habían tocado como suegros Marte y Venus; añade a esto la descendencia de tan gran esposa, tantos hijos e hijas y, prendas queridas, los nietos, estos también ya jóvenes; pero por supuesto siempre debe esperarse el último día de un hombre, y nadie debe ser llamado feliz antes de la muerte y los funerales últimos.

El primer nieto, entre tantas cosas prósperas para ti, Cadmo, fue causa de duelo, y los cuernos ajenos añadidos a la frente, y vosotras, perras saciadas con sangre del amo. Pero si lo examinas bien, encontrarás en él un crimen de la Fortuna, no una culpa; pues ¿qué culpa tenía un error? Había un monte manchado con la matanza de variadas fieras, y ya el día del mediodía había contraído las sombras de las cosas y el sol distaba igual de una y otra meta, cuando el joven hiantio, vagando por los extraviados parajes, con voz tranquila interpela a los que comparten las tareas: "Las redes están empapadas, compañeros, y el hierro de sangre de fieras, y el día ha tenido bastante fortuna; cuando la otra Aurora traída en ruedas azafranadas devuelva la luz, retomemos la obra que nos propusimos: ahora Febo equidista de una y otra meta, y con su calor hiende los campos.

¡Suspended el trabajo presente y recoged las redes anudadas! Los hombres obedecen la orden e interrumpen la faena. Había un valle espeso de pinos y afilados cipreses, de nombre Gargafia, consagrado a Diana la ceñida, en cuyo extremo rincón hay una gruta arbolada no trabajada por arte alguno: la naturaleza había imitado el arte con su ingenio; pues con piedra pómez viva y ligeras tobas había trazado un arco natural; a la derecha suena una fuente de agua transparente y delgada, ceñida de margen herboso en sus anchas bocas.

Aquí la diosa de los bosques, cansada de la cacería, solía bañar sus miembros virginales con el líquido rocío. Cuando llegó allí, entregó a una de sus ninfas la jabalina, la aljaba y el arco destensado, otra recibió en sus brazos la túnica que se quitó, dos le desatan las sandalias de los pies; pues más experta que ellas, Crócale la de Ismeno recoge en un nudo el cabello disperso sobre el cuello, aunque ella lo lleva suelto. Néfele, Hiale, Ranis, Psecas y Fíale recogen el agua y la vierten en amplias urnas.

Y mientras allí se baña la Titania con el agua acostumbrada, he aquí que el nieto de Cadmo, interrumpida parte de su trabajo, vagando con pasos inciertos por el bosque desconocido, llegó al claro: así lo llevaban los hados. Apenas entró en la gruta que goteaba de fuentes, las ninfas, desnudas como estaban, al ver al hombre se golpearon el pecho y con súbitos alaridos llenaron todo el bosque y, rodeando a Diana, la cubrieron con sus cuerpos; sin embargo, la diosa es más alta que ellas y las sobrepasa a todas desde el cuello hacia arriba.

El color que suelen tener las nubes teñidas por el golpe del sol de frente, o la púrpura Aurora, ese fue el del rostro de Diana vista sin vestido. Ella, aunque está rodeada por la turba de sus compañeras, se volvió de costado y giró el rostro hacia atrás y, como hubiera querido tener a mano las flechas, tomó el agua que tenía y roció el rostro del hombre y esparciendo su cabellera con las ondas vengadoras añadió estas palabras anunciadoras de la futura desgracia: "Ahora cuenta que me viste sin velo, si es que puedes contarlo, te lo permito".

Y sin más amenazas pone en su cabeza salpicada los cuernos de un ciervo longevo, alarga su cuello y afila las orejas en punta, cambia las manos por patas, los brazos por largas patas y cubre el cuerpo con piel moteada; y añade el miedo: el héroe Autonoida huye y se asombra de ser tan veloz en plena carrera. Pero cuando vio su rostro y los cuernos en el agua,

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iba a decir "¡pobre de mí!", pero ninguna voz lo siguió. Gimió: esa fue su voz, y lágrimas fluyeron por un rostro que no era el suyo; solo la mente antigua permaneció. ¿Qué hacer? ¿Volver a casa y a los techos regios o esconderse en los bosques? La vergüenza impide esto, el miedo aquello. Mientras duda, los perros lo vieron, y primero Melampo e Icnóbates el sagaz dieron la señal con sus ladridos, Icnóbates el cnosio, Melampo de estirpe espartana. Luego se lanzan los otros más veloces que el viento rápido, Pánfago y Dorceo y Oríbaso, todos arcadios, el fuerte Nebrofonos y el feroz Terón con Lélape y Ptérelas de pies veloces y Agre útil por su olfato y el fiero Hileo herido hace poco por un jabalí y Nape concebida de un lobo y Pémenis perseguidora de rebaños y Harpía acompañada de sus dos hijos y Ladón el sicionio de ijares ceñidos y Dromas y Cánace y Esticte y Tigris y Alce y Leucón de níveos pelos y Ásbolo de negros, el muy robusto Lacón y Aelo fuerte en la carrera y Toos y Licisca veloz con su hermano de Chipre y Hárpalo marcado por una mancha blanca en medio de la negra frente y Melaneo y Lacne de cuerpo hirsuto y nacidos de padre dicteo pero de madre laconia Labros y Argíodo y el de voz aguda Hilactor y los que es demora referir: esa turba ávida de presa lo persiguen por rocas y peñascos y piedras inaccesibles, por donde es difícil y por donde no hay camino.

Él huye por los lugares por donde había perseguido a menudo, ¡ay!, huye de sus propios criados. Quería gritar: "¡Soy Acteón: reconoced a vuestro amo!" Las palabras faltan a su ánimo; el aire resuena con ladridos. La primera, Melanquetes, le hizo heridas en el lomo, la siguiente, Teridamante, Oresítrofo se clavó en su espalda: habían salido más tarde, pero por un atajo del monte se adelantaron en el camino; mientras lo retienen, la demás turba se reúne y hunde sus dientes en el cuerpo. Ya no hay lugar para más heridas; él gime con un sonido que, aunque no de hombre, sin embargo no puede emitir un ciervo, y llena las cumbres conocidas de lamentos lastimeros y de rodillas, suplicante y semejante a quien ruega, vuelve hacia ellos su rostro mudo como si fueran sus brazos.

Pero sus compañeros, ignorantes, azuzan a la jauría veloz con los gritos habituales y buscan con los ojos a Acteón y como si estuviera ausente gritan a porfia "¡Acteón!" (al oír su nombre él vuelve la cabeza) y se quejan de que esté ausente y no aproveche perezoso el espectáculo de la presa ofrecida. Querría estar ausente, ciertamente, pero está presente; querría ver, y no también sentir, los actos feroces de sus propios perros. Por todas partes lo rodean, y hundiendo los hocicos en su cuerpo despedazan a su amo bajo la falsa apariencia de un ciervo, y solo cuando la vida terminó tras muchísimas heridas se dice que la ira de Diana la portalfabas quedó saciada.

La opinión está en duda; a unos les pareció la diosa más violenta de lo justo, otros la alaban y la llaman digna de su severa virginidad: ambas partes encuentran razones. Solo la esposa de Júpiter no habla tanto de si la censura o la aprueba, cuanto se alegra de la desgracia de la casa descendiente de Agenor y traslada el odio acumulado contra la concubina tiria a los parientes de su linaje; he aquí que a la causa anterior se suma una reciente, y le duele que Sémele esté embarazada de la semilla del gran Júpiter; mientras suelta la lengua para la disputa, dijo: "¿Qué he logrado en tantas disputas?

Debo atacarla a ella misma; a ella, si merezco llamarme la suprema Juno, la destruiré, si es justo que mi diestra sostenga el cetro enjoyado, si soy reina y esposa y hermana de Júpiter, al menos hermana. Pero creo que se contenta con el adulterio, y breve es la ofensa a mi lecho. Concibe —eso faltaba— y lleva en su vientre pleno la prueba manifiesta del crimen y quiere hacerse madre, lo que apenas me tocó a mí, de un hijo de Júpiter: ¡tanta es su confianza en su belleza!

La engañaré, que no me llamen Saturnia si no hundida por su propio Júpiter penetra en las aguas estigias". Se levanta del trono y oculta en una nube rojiza llega al umbral de Sémele y no retira la nube antes de fingirse anciana y poner en sus sienes canas, surcar la piel de arrugas y llevar sus miembros encorvados con paso trémulo; también hizo la voz senil, y era ella misma Beroe, la nodriza epidauria de Sémele. Así que después de trabar conversación y hablar largamente llegaron al nombre de Júpiter, suspira y dice: "Ojalá sea Júpiter; pero temo todo: muchos se metieron en lechos castos con el nombre de los dioses.

Sin embargo, no basta con que sea Júpiter: que dé una prueba de amor, si es verdaderamente él; tan grande y tal como es recibido por la excelsa Juno, tan grande y tal, pídele que te dé su abrazo y tome primero sus atributos". Con tales palabras Juno había modelado a la ignara cadmeida: ella pide a Júpiter un don sin nombrarlo. El dios le dice: "¡Elige! No sufrirás ningún rechazo, y para que creas más, que sean testigos también las potencias del torrente estigio: ese es el temor y el dios de los dioses".

Sémele, alegre por su mal y demasiado poderosa y destinada a morir por la complacencia de su amante, dijo: "Tal como Saturnia suele abrazarte cuando celebráis el pacto de Venus, dame ese abrazo". El dios quiso tapar la boca de la que hablaba: pero ya la voz apresurada había salido a los aires. Gimió; pues ni ella puede no haber pedido esto, ni él puede no haber jurado. Así que tristísimo asciende al alto éter y con su rostro atrae las nubes que lo siguen, a las que mezcla aguaceros y rayos entretejidos con vientos

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y añadió también truenos y el rayo inevitable; con todo, hasta donde puede, intenta quitarle fuerza y no se arma con aquel con que derribó al centímano Tifeo: hay demasiada ferocidad en ese. Hay otro rayo más leve, al que la diestra de los cíclopes puso menos crueldad y menos llama, le añadió menos ira: los dioses lo llaman arma segunda; toma ese y entra en la casa de Agénor. El cuerpo mortal no soportó el tumulto celestial y ardió con los dones nupciales. El niño aún sin formar es arrancado del vientre de su madre y tierno (si es creíble) se le cose al muslo del padre y completa el tiempo materno.

Su tía Ino lo cría a escondidas en su primera cuna, y luego las ninfas Nisíades, habiéndolo recibido, lo ocultaron en sus grutas y le dieron alimento de leche. Mientras estas cosas suceden en la tierra por ley del destino y la cuna del dos veces nacido Baco está a salvo, cuentan que Júpiter, por casualidad, relajado con néctar, dejó a un lado sus graves preocupaciones y, despreocupado, se puso a bromear con Juno y le dijo: "Sin duda vuestro placer es mayor que el que toca a los varones".

Ella lo niega. Decidieron consultar la opinión del docto Tiresias: ambas formas de Venus le eran conocidas. Pues en un verde bosque había golpeado con su bastón los cuerpos de dos grandes serpientes que copulaban y de varón se había convertido (cosa asombrosa) en mujer, y pasó siete otoños; al octavo vio de nuevo las mismas y dijo: "Si vuestro golpe tiene tanto poder que cambia la suerte del autor a lo contrario, ahora también os golpearé". Golpeadas las mismas serpientes, volvió su forma anterior y regresó su imagen original.

Tomado pues como árbitro de esta disputa jocosa, confirma las palabras de Júpiter: cuentan que la Saturnia, más gravemente de lo justo y desproporcionadamente al asunto, se dolió y condenó los ojos de su juez a noche eterna; mas el padre omnipotente (pues a ningún dios le es lícito deshacer lo hecho por un dios), en lugar de la luz quitada, le dio conocer el futuro y alivió el castigo con un honor. Él, famosísimo por las ciudades aonias, daba respuestas irreprochables al pueblo que lo consultaba; la primera en poner a prueba la fe y la certeza de su voz fue la azulada Liríope, a quien en otro tiempo, en su corriente sinuosa, Cefiso envolvió y encerrada en sus aguas la forzó: la ninfa dio a luz de su vientre lleno a un bellísimo niño, que ya entonces podía ser amado, y lo llama Narciso.

Consultado sobre si habría de ver los largos tiempos de una vejez madura, el vate profético dijo: "Si no se conoce a sí mismo". Durante mucho tiempo pareció vana la voz del augur: el desenlace y los hechos la prueban, y el tipo de muerte y la extrañeza de su locura. Pues el hijo de Cefiso había añadido un año a sus tres veces cinco y podía parecer niño y joven a la vez: muchos jóvenes, muchas muchachas lo desearon; pero había en su tierna belleza tan dura soberbia que ningún joven, ninguna muchacha lo tocó.

Lo ve una ninfa de voz resonante, mientras él espanta a los temerosos ciervos hacia las redes, ella que no ha aprendido a callar cuando le hablan ni a hablar primero, la resonante Eco. Eco todavía tenía cuerpo, no era solo voz, y sin embargo la charlatana no tenía más uso de la boca que el que tiene ahora: poder devolver de muchas palabras las últimas. Esto lo había hecho Juno, porque cuando podía sorprender a menudo a las ninfas acostadas con su Júpiter en el monte, ella astutamente retenía a la diosa con largo discurso mientras las ninfas huían.

Cuando la Saturnia lo percibió, dijo: "El poder de esta lengua, con que he sido engañada, te será dado pequeño, y muy breve el uso de tu voz", y con los hechos confirma las amenazas. Solo esta al final del hablar repite las voces y devuelve las palabras escuchadas. Así pues, cuando vio a Narciso vagando por los campos apartados y se inflamó, sigue sus huellas furtivamente, y cuanto más lo sigue, más se calienta con la llama más cercana, no de otro modo que cuando el vivaz azufre untado en las puntas de las antorchas arrebata las llamas acercadas.

Oh, cuántas veces quiso acercarse con palabras halagadoras y aplicar tiernas súplicas! La naturaleza se opone y no le permite comenzar, pero, lo que le permite, ella está dispuesta: esperar los sonidos a los cuales devolver sus palabras. Por casualidad el muchacho, separado del grupo fiel de sus compañeros, había dicho: "¿Hay alguien aquí?" y Eco había respondido: "Aquí". Él se asombra, y como dirige su mirada a todas partes, grita con voz fuerte: "¡Ven!": ella llama al que llama. Mira atrás y de nuevo, no viniendo nadie, dice: "¿Por qué me huyes?" y recibe tantas palabras como dijo.

Persiste y engañado por la imagen de la voz alterna dice: "Aquí unámonos", y a ningún sonido más gustosamente habría de responder jamás, Eco devolvió: "Unámonos", y ella misma favorece sus palabras y saliendo del bosque iba a echar los brazos al cuello esperado; él huye y huyendo dice: "¡Aparta las manos de los abrazos! Antes moriré que te sea dada posesión de mí"; ella no devolvió nada sino: "Te sea dada posesión de mí". Despreciada se esconde en los bosques y avergonzada protege su rostro con el follaje y desde entonces vive en solitarias grutas; pero sin embargo el amor se adhiere y crece con el dolor del rechazo; los cuidados vigilantes consumen su miserable cuerpo, la delgadez arruga su piel y en el aire se va todo el jugo de su cuerpo; solo voz y huesos quedan: la voz permanece, dicen que los huesos tomaron forma de piedra. Desde entonces se esconde en los bosques y en ningún monte se la ve,

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es oída por todos: es el sonido lo que vive en ella. Así a esta, así a otras ninfas nacidas de las aguas o de los montes las había burlado, así antes a grupos de varones; entonces uno de los despreciados alzando las manos al cielo dijo: "¡Así ame él mismo, así no posea al amado!" La Ramnusia asintió a las justas súplicas. Había una fuente sin fango, de aguas nítidas, plateada, que ni pastores ni cabras apacentadas en el monte habían tocado ni otro ganado, que ningún ave ni fiera había turbado ni rama caída del árbol; había hierba alrededor, que el agua próxima alimentaba, y un bosque que no permitiría que el sol calentara el lugar.

Aquí el muchacho, cansado por el afán de cazar y por el calor, se tendió, atraído por el aspecto del lugar y por la fuente, y mientras desea calmar la sed, otra sed creció, y mientras bebe, capturado por la imagen de la belleza vista, ama una esperanza sin cuerpo, cree que es cuerpo lo que es sombra. Se queda atónito ante sí mismo y con el rostro inmóvil se queda fijo, como una estatua formada de mármol de Paros; tendido en tierra contempla sus ojos, doble astro, y los cabellos dignos de Baco, dignos también de Apolo, y las mejillas imberbes y el cuello de marfil y la gracia del rostro y el rubor mezclado en la nívea blancura, y admira todo aquello por lo que él mismo es admirable: se desea a sí mismo imprudente y quien aprueba es él mismo aprobado, y mientras busca es buscado, y a la vez enciende y arde.

¡Cuántas veces dio besos en vano a la engañosa fuente, cuántas veces hundió en medio de las aguas los brazos que intentaban atrapar el cuello visto y no se atrapó en ellas! No sabe qué ve, pero lo que ve lo consume, y el mismo error que engaña los ojos los incita. Crédulo, ¿por qué capturas en vano simulacros fugaces? Lo que buscas no está en ninguna parte; lo que amas, si lo apartas, lo perderás. Esa sombra que ves es de una imagen reflejada: no tiene nada de sí; viene contigo y permanece; se irá contigo, si tú pudieras irte.

Ni el cuidado de Ceres ni el cuidado del descanso pueden apartarlo de allí, sino que tendido en la oscura hierba contempla con mirada insaciable la forma engañosa y perece por sus propios ojos; levantándose un poco y extendiendo sus brazos a los bosques circundantes dice: "¿Alguien, oh bosques, ha amado más cruelmente? Pues lo sabéis y habéis sido escondite oportuno para muchos. ¿Recordáis a alguien, cuando tantos siglos de vuestra vida transcurren, que se haya consumido así en vuestro largo tiempo? Y me gusta y lo veo; pero lo que veo y me gusta, sin embargo no lo encuentro" —tal es el error que posee al amante— "y para que más me duela, no nos separa un mar inmenso ni camino ni montes ni murallas con puertas cerradas; nos prohíbe una exigua agua!

Él mismo desea ser abrazado: pues cada vez que acerco mis labios a las aguas transparentes, otras tantas él se esfuerza por llegar a mí con el rostro vuelto hacia arriba. Dirías que puede tocarse: es mínimo lo que se interpone entre nosotros, los amantes. Quienquiera que seas, ¡sal aquí! ¿Por qué me engañas, muchacho único, o adónde te retiras cuando te busco? Ciertamente ni mi aspecto ni mi edad son tales que debas huir, ¡y a mí también me amaron las ninfas! Me prometes no sé qué esperanza con tu rostro amistoso, y cuando yo te extiendo los brazos, tú los extiendes espontáneamente, cuando sonrío, me devuelves la sonrisa; también he notado a menudo tus lágrimas cuando lloro; con un gesto respondes también a mis señales y, por lo que sospecho del movimiento de tu hermosa boca, me devuelves palabras que no llegan a mis oídos.

Ese soy yo: lo he comprendido, y mi imagen no me engaña; ardo de amor por mí mismo: las llamas las provoco, las llevo y las soporto. ¿Qué haré? ¿Debo rogar o ser rogado? ¿Qué pediré entonces? Lo que deseo está conmigo: la abundancia me ha vuelto indigente. ¡Ojalá pudiera separarme de mi propio cuerpo! Voto insólito en un amante: quisiera que lo que amo estuviera ausente. Ya el dolor me quita las fuerzas, y no me quedan largos tiempos de vida, me extingo en la flor de la edad.

Ni me pesa la muerte que pondrá fin con la muerte a mis dolores; este que es amado, quisiera que fuera más duradero; ahora los dos, concordes, moriremos en una sola alma. Dijo, y volvió, fuera de sí, a ese mismo rostro y con sus lágrimas turbó las aguas, y oscura por el movimiento quedó devuelta la imagen del estanque; cuando la vio alejarse, "¿Adónde huyes? Quédate y no me abandones, cruel, a mí que te amo", gritó; "permíteme, ya que no puedo tocarte, mirarte y darle alimento a mi miserable furor".

Y mientras se duele, se quitó la túnica desde el borde superior y golpeó con palmas de mármol su pecho desnudo. El pecho, golpeado, adquirió un rubor rosado, no de otro modo que suelen las manzanas, que blancas en una parte, enrojecen en otra, o como la uva en los diversos racimos suele adquirir el color púrpura aún no estando madura. Cuando vio esto de nuevo en el agua licuada, no lo soportó más, sino que como suelen consumirse las amarillas ceras con un fuego ligero y las escarchas matutinas con el tibio sol, así, extenuado por el amor, se derrite y poco a poco es consumido por un fuego oculto; y ya no queda el color mezclado de blancura y rubor, ni el vigor y las fuerzas y lo que hace un momento era placentero a la vista, ni permanece el cuerpo que en otro tiempo había amado Eco.

Ella, sin embargo, cuando lo vio, aunque airada y rencorosa, se dolió, y cuantas veces el desdichado muchacho decía "ay", ella repetía con resonantes voces ese "ay"; y cuando él se golpeaba los brazos con las manos, ella también devolvía el mismo sonido de lamento. Estas fueron las últimas palabras del que miraba la corriente habitual: "¡Ay, muchacho amado en vano!" y el lugar le devolvió

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las mismas palabras, y cuando dijo "adiós", "adiós" dijo también Eco. Él reclinó su cabeza fatigada sobre la verde hierba, la muerte cerró los ojos del dueño que admiraban su belleza: incluso entonces, después de haber sido recibido en la morada infernal, se contemplaba en el agua Estigia. Lloraron las hermanas náyades y depositaron para su hermano sus cabellos cortados, lloraron las dríades; a las que lloran les hace eco Eco. Y ya preparaban la pira y las antorchas agitadas y el féretro: el cuerpo no estaba en ninguna parte; en lugar del cuerpo encuentran una flor azafrán rodeada en el centro por hojas blancas.

El hecho conocido había traído al vate por las ciudades aqueas una fama merecida, y era inmenso el nombre del augur; sin embargo, de entre todos, uno solo lo desprecia, el Equiónida Penteo, despreciador de los dioses, y se ríe de las palabras proféticas del anciano y le echa en cara las tinieblas y la desgracia de la luz arrebatada. Aquel, moviendo las sienes blanqueadas por las canas, dice: "¡Cuán feliz serías si tú también fueras privado de esta luz, para no ver los ritos báquicos!

Pues llegará el día, que auguro no está lejos, en que venga aquí el nuevo Líber, hijo de Sémele, y si no lo honras con la dignidad de los templos, despedazado en mil lugares esparcirás tu sangre y profanarás los bosques y a tu madre y a las hermanas de tu madre. ¡Sucederá! Pues no honrarás a la divinidad con respeto, y te quejarás de que yo he visto demasiado bajo estas tinieblas". Mientras dice esto, lo expulsa el hijo de Equión; las palabras encuentran confirmación, y se cumplen las respuestas del vate.

Líber está presente, y resuenan los campos con festivos alaridos: la multitud se precipita, y mezcladas con los varones las matronas y las nueras y el vulgo y los próceres son arrastrados hacia los ritos desconocidos. "¿Qué locura, prole nacida de la serpiente, de estirpe marcial, ha aturdido vuestras mentes?", dice Penteo; "¿Tanto pueden el bronce repelido por el bronce y la flauta de cuerno curvo y los engaños mágicos, que a vosotros, a quienes no aterrorizó la espada guerrera, ni la trompeta, ni las formaciones con armas desenvainadas, os venzan voces femeninas y la locura movida por el vino y las turbas obscenas y los vacíos tímpanos?

¿A vosotros, ancianos, me asombraré, que llevados por largos mares aquí pusisteis a Tiro, aquí vuestros penates fugitivos, y ahora permitís ser capturados sin combate? ¿Y a vosotros, edad más vigorosa, oh jóvenes, y más cercana a la mía, a quienes correspondía llevar armas, no tirsos, y cubriros con yelmo, no con follaje? Sed, os lo ruego, conscientes de qué estirpe nacisteis, y tomad los ánimos de aquella serpiente que, siendo una, perdió a muchos. Ella pereció por fuentes y estanque: vosotros venced por vuestra fama.

Ella dio muerte a los valientes: vosotros expulsad a los afeminados y conservad el honor paterno. Si los hados prohibían que Tebas permaneciera en pie mucho tiempo, ojalá máquinas de guerra y guerreros derribaran las murallas, y resonaran el hierro y el fuego. Seríamos desdichados sin culpa, y la suerte debería lamentarse, no ocultarse, y las lágrimas carecerían de vergüenza; pero ahora Tebas será capturada por un muchacho inerme, a quien no le gustan las guerras ni las armas ni el uso de los caballos, sino la cabellera empapada de mirra y las blandas coronas y la púrpura y el oro entretejido en vestiduras pintadas, a quien yo precisamente ahora mismo (con tal que vosotros os apartéis) forzaré a confesar que asumió un padre falso y que sus ritos son inventados.

¿Acaso tiene Acrisio ánimo suficiente para despreciar a una divinidad vana y cerrar las puertas argólicas al que llega, y a Penteo lo aterrorizará un extranjero con Tebas enteras? Id pronto", (esto ordena a los criados), "id y traed al jefe aquí encadenado: que no haya demora perezosa en mis órdenes". Su abuelo, Átamante, los demás de los suyos lo reprenden con palabras y en vano se esfuerzan por contenerlo. Él se vuelve más violento ante la amonestación y se irrita cuando lo retienen y crece su rabia, y los mismos frenos le dañan: así yo he visto un torrente, donde nada le obstruía el paso, descender más suave y con moderado estruendo; pero dondequiera que lo detenían vigas y rocas interpuestas, iba espumoso y hirviente y más feroz por el obstáculo.

He aquí que vuelven ensangrentados y, preguntándoles el señor dónde estaba Baco, negaron haber visto a Baco; "a este, sin embargo", dijeron, "compañero y sirviente de los ritos, lo capturamos" y entregan con las manos atadas a la espalda a cierto seguidor de los ritos del dios de la gente tirrena. Penteo lo mira con ojos que la ira había vuelto tremendos, y aunque apenas difiere el momento del castigo, "Oh tú que vas a morir y que con tu muerte darás ejemplo a otros", dice, "declara tu nombre y el nombre de tus padres y tu patria, y por qué frecuentas los ritos de esta nueva costumbre".

Él, libre de miedo, dijo: "Mi nombre es Acetes, mi patria es Meonia, mis padres de humilde plebe. Mi padre no me dejó campos que labraran duros bueyes, ni rebaños lanígeros, ni ganado alguno; pobre era él también y solía con hilo y anzuelos engañar y con caña sacar peces saltarines. Su arte era su fortuna; cuando me transmitió el arte, 'recibe, sucesor y heredero de mi oficio', dijo, 'las riquezas que tengo', y muriendo no me dejó nada excepto las aguas: esto único puedo llamar paterno.

Pronto yo, para no estar siempre pegado a las mismas rocas, aprendí a dirigir con la diestra que gobierna el timón y a orientarme, y con los ojos noté la estrella lluviosa de la cabra Olenia y las Táigetas y las Híades y la Osa y las moradas de los vientos y los puertos aptos para las naves. Por casualidad, buscando Delos, arribo a las costas de la tierra de Quíos y alcanzo las playas con los remos diestros y doy ligeros saltos y me interno en la arena húmeda: la noche se consumió allí; la aurora empezaba a enrojecer por primera vez.

Parte7versos 601-700

Había empezado: me levanto y le aconsejo que traiga agua fresca y le muestro el camino que conduce a las fuentes; yo mismo observo desde lo alto del túmulo qué me promete la brisa y llamo a mis compañeros y regreso a la nave. "Aquí estamos", dice Oféltes, el primero de mis compañeros, y creyendo haber encontrado un botín en el campo desierto, conduce por la orilla a un muchacho de aspecto virginal. Él, pesado por el vino y el sueño, parece tambalearse y apenas puede seguir; observo su vestido, su rostro, su paso: nada veía allí que pudiera creerse mortal.

Lo percibí y dije a mis compañeros: "No sé qué divinidad hay en ese cuerpo; ¡pero hay una divinidad en ese cuerpo! Quienquiera que seas, oh, senos favorable y asiste nuestros trabajos; y también concede el perdón a estos". "¡Deja de rogar por nosotros!", dice Dictis, ninguno más veloz que él para trepar a lo alto de las antenas y deslizarse de vuelta agarrando la soga. Esto aprueba Libis, esto el rubio Melanto, protector de la proa, esto Alcimendón y Epopeo, quien daba reposo y ritmo a los remos con su voz, el que animaba los ánimos, esto todos los demás: tan ciega es la codicia del botín.

"Pero no permitiré que este pino sea profanado con carga sagrada", dije: "aquí tengo yo el mayor derecho" y me planto en la entrada: el más audaz de todos, Licabas, que expulsado de la ciudad toscana pagaba con el destierro el castigo por horrible asesinato, él, mientras yo resisto, me golpea la garganta con su puño juvenil y me habría arrojado sacudido al mar, si no me hubiera agarrado, aunque aturdido, sostenido en una soga. La turba impía aprueba el hecho; entonces por fin Baco (pues era Baco), como si el sueño se deshiciera por el clamor y los sentidos volvieran a su pecho desde el vino, dice: "¿Qué hacéis?

¿Qué es este clamor? Decidme, marineros, ¿con qué ayuda he llegado aquí? ¿Adónde pensáis llevarme?". "Deja el miedo", dijo Próreo, "y dinos qué puerto quieres tocar; te dejaremos en la tierra que pidas". "A Naxos", dice Líber, "dirigid vuestro rumbo. Esa es mi casa, será para vosotros tierra hospitalaria". Juran falsamente por el mar y por todas las divinidades que así será, y me ordenan dar las velas a la pintada nave. Naxos estaba a la derecha: cuando yo doy las velas a la derecha, "¿Qué haces, oh demente?

¿Qué locura", dice "Acetes, te posee? ¡Ve a la izquierda!", cada uno por su cuenta. La mayor parte me lo indica con gestos, otros lo que quieren en susurros. Quedé atónito y dije: "¡Que otro tome el timón!" y me aparté del servicio y del crimen y del arte. Todos me increpa, y murmura toda la tripulación; de entre ellos Etalión dice: "¡Claro, toda nuestra salvación descansa en ti solo!", y él mismo ocupa mi lugar y cumple mi tarea y busca rumbo opuesto abandonando Naxos.

Entonces el dios, burlándose, como si apenas ahora se diera cuenta del engaño, contempla el mar desde la popa curva y como llorando dice: "¡Marineros, no me prometisteis estas orillas, no es esta la tierra que pedí! ¿Con qué acción merecí este castigo? ¿Qué gloria es la vuestra si, siendo jóvenes, engañáis a un niño, si siendo muchos engañáis a uno solo?". Yo ya hacía tiempo que lloraba: la mano impía se ríe de mis lágrimas e impulsa las aguas con remos apresurados. Por el propio dios te lo juro ahora (pues no hay dios más presente que él), te refiero cosas tan verdaderas como superiores a la verdad creíble: la nave se detuvo en el mar tal como si la retuviera seco un varadero.

Ellos, asombrados, persisten en el golpeteo de los remos y despliegan las velas e intentan avanzar con doble esfuerzo: las hiedras traban los remos y con nudo recurvo se enroscan y cubren las velas con pesados racimos. Él mismo, la frente ceñida con uvas cargadas de racimos, agita una lanza cubierta con hojas de parra; alrededor de él yacen tigres y vanas imágenes de linces y los cuerpos salvajes de pintadas panteras. Saltaron los hombres, ya fuera la locura o el miedo lo que lo causó, y el primero, Medonte, comienza a ennegrecerse por todo el cuerpo y a doblarse con la curvatura sacada de la espina dorsal.

Licabas le dice: "¿En qué prodigios te conviertes?", y mientras habla tiene anchas fauces y nariz aplastada, y su piel endurecida arrastraba escamas. Pero Libis, mientras quiere volver los remos que resisten, vio sus manos encogerse a breve espacio y que aquellas ya no eran manos, que ya podían llamarse aletas. Otro, queriendo llevar los brazos a las sogas retorcidas, no tuvo brazos y con el cuerpo trunco y curvado saltó a las olas: su cola es en el extremo falcada, como se curvan los cuernos de la luna dividida.

Por todas partes dan saltos y rocían con mucha aspersión y emergen de nuevo y vuelven bajo las aguas otra vez y juegan a modo de coro y agitan sus cuerpos lascivos y expulsan por las anchas narices el mar recibido. De los veinte que éramos (pues tantos llevaba aquella nave) quedaba yo solo: tembloroso y helado, con el cuerpo trémulo, apenas me sostiene el dios diciendo: "Aleja el miedo de tu corazón y dirígete a Día". Llevado a ella me acerqué a los ritos y frecuento las ceremonias de Baco.

"Hemos prestado oídos", dice Penteo, "a largos rodeos, para que la ira con la demora pudiera consumir sus fuerzas. ¡Esclavos, apresad a este precipitadamente y con crueles tormentos enviad su cuerpo atormentado a la noche estigia!". Enseguida el tirreno Acetes es arrastrado y encerrado en prisión; y mientras se preparan los crueles instrumentos de muerte ordenados, el hierro y los fuegos, se cuenta que las puertas se abrieron por sí solas y las cadenas cayeron de sus brazos por sí solas, sin que nadie las soltara.

Parte8versos 701-733

Perstat Echionides, nec iam iubet ire, sed ipse Persiste el hijo de Equión, y ya no ordena ir, sino que él mismo va adonde el elegido Citerón resonaba con cantos y la clara voz de las bacantes. Como relincha el fogoso caballo cuando el trompetero ha dado señales de guerra con bronce sonoro y cobra amor por la lucha, así a Penteo el éter herido por largos alaridos lo conmueve, y al oír el clamor se reenciende su ira. Casi a media altura del monte hay un campo puro de árboles, visible desde todas partes, rodeado en sus extremos por bosques: aquí, mientras él contempla los ritos con ojos profanos, la primera que lo ve, la primera impulsada en carrera enloquecida, la primera que viola a su Penteo lanzando el tirso, es su madre, y grita: "¡Oh hermanas gemelas, acudid!

Ese jabalí que vaga enorme por nuestros campos, ese jabalí debo herirlo yo". Se precipita toda la turba furiosa; todas se reúnen y persiguen al tembloroso, ya tembloroso, ya diciendo palabras menos violentas, ya condenándose a sí mismo, ya confesando que pecó. Sin embargo, herido, dice: "¡Auxilio, tía Autónoe! ¡Que te conmuevan las sombras de Acteón!". Ella no sabe quién es Acteón y le arranca la mano derecha que suplica, Ino le desgarra la otra con su arrebato. No tiene el infeliz brazos que tender a su madre, pero mostrando heridas en sus miembros mutilados arrancados dice: "¡Mira, madre!".

Al verlo ululó Ágave y sacudió el cuello y movió su cabellera por el aire y arrancando la cabeza, agarrándola con dedos ensangrentados, grita: "¡Ea, compañeras, esta obra es nuestra victoria!". No más rápido el viento arranca del alto árbol las hojas tocadas por el frío otoñal y ya mal adheridas, que fueron los miembros del hombre desgarrados por las manos nefandas. Advertidas por tales ejemplos, las ismé nides frecuentan los nuevos ritos y dan incienso y veneran las santas aras.

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