Libro II
Parte1versos 1-100
El palacio del Sol se alzaba sobre columnas elevadas, brillante con oro reluciente y con piedra rojiza que imitaba las llamas, marfil pulido cubría sus techos más altos, y las puertas dobles irradiaban luz con su plata. La obra superaba el material: pues Mulciber había labrado allí los mares que ciñen las tierras del medio y el orbe de las tierras y el cielo que se cierne sobre el orbe. Las aguas tienen dioses azulados, al canoro Tritón y al ambiguo Proteo y a Egeón que oprime con sus brazos los inmensos lomos de las ballenas y a Doris y sus hijas, de las cuales unas parecen nadar, otras sentadas en una roca secan sus verdes cabellos, algunas van montadas en peces: no todas tienen un mismo rostro, pero tampoco distinto, como conviene que sea entre hermanas.
La tierra lleva hombres y ciudades y bosques y fieras y ríos y ninfas y las demás divinidades del campo. Sobre esto estaba colocada la imagen del cielo resplandeciente, seis signos en las puertas de la derecha y otros tantos en las de la izquierda. Cuando por el sendero empinado el hijo de Clímene llegó y entró en el techo del padre dudoso, enseguida dirige sus pasos hacia el rostro paterno y se detiene a distancia; pues no soportaba acercarse más su mirada: vestido con manto púrpura estaba sentado Febo en su trono que brillaba con claras esmeraldas.
A derecha e izquierda el Día y el Mes y el Año y los Siglos y las Horas colocadas en espacios iguales, y allí estaba la Primavera nueva, ceñida con corona de flores, estaba el Verano desnudo y llevaba guirnaldas de espigas, estaba también el Otoño manchado con uvas pisadas y el glacial Invierno erizado con blancos cabellos. En el centro mismo el Sol con sus ojos, con los que todo lo mira, vio al joven aterrado ante la novedad de las cosas y dice: "¿Qué motivo te trae?
¿Qué has venido a buscar a esta ciudadela, Faetón, descendencia que no puede ser negada por tu padre?" Él responde: "Oh luz pública del inmenso mundo, Febo padre, si me concedes el uso de este nombre, y si Clímene no oculta su culpa bajo una falsa apariencia, dame pruebas, padre, por las que sea creído tu verdadera descendencia, y quita este error de mi ánimo!" Había hablado, y el padre se quitó los rayos que brillaban alrededor de toda su cabeza y ordenó que se acercara más y tras darle un abrazo: "No mereces tú ser negado como mío, y Clímene" dice "dijo la verdad sobre tu nacimiento, y para que dudes menos, pide cualquier don, para que lo obtengas concedido por mí.
Que sea testigo de mi promesa la laguna por la que juran los dioses, desconocida para mis ojos!" Apenas había terminado bien, cuando él pide el carro paterno y el derecho y gobierno de los caballos alados por un día. El padre se arrepintió de haber jurado: tres y cuatro veces sacudiendo su ilustre cabeza dijo: "Temeraria se ha vuelto mi voz por la tuya; ojalá me fuera permitido no dar lo prometido! Confieso, esto solo te negaría, hijo. Me está permitido disuadirte: no es seguro tu deseo!
Pides algo grande, Faetón, y que ni a esas fuerzas tuyas conviene ese don ni a años tan infantiles: tu suerte es mortal, no es mortal lo que deseas. Aspiras incluso a más de lo que puede tocar a los dioses, sin saberlo; aunque cada cual se complazca en lo suyo, nadie sin embargo puede mantenerse en el eje portador de fuego excepto yo; tampoco el rector del vasto Olimpo, que lanza fieros rayos con su terrible diestra, conducirá este carro: ¿y qué tenemos mayor que Júpiter?
Empinado es el primer tramo y por donde apenas de mañana los caballos recientes se esfuerzan; en medio es altísimo en el cielo, desde donde el mar y las tierras a menudo a mí mismo verlos me produce temor y el pecho tiembla con pávido miedo; el último tramo es en bajada y exige un control seguro: entonces hasta Tetis misma, que me recibe en las aguas de abajo, suele temer que me precipite. Añade que el cielo es arrastrado en continuo vértigo y arrastra los astros altos y los hace girar con veloz rotación.
Lucho en sentido contrario, y no me vence a mí, como a lo demás, el ímpetu, y soy llevado en dirección contraria al rápido orbe. Supón que te dan el carro: ¿qué harás? ¿Podrás ir de frente a los polos giratorios, para que el veloz eje no te arrastre? Quizás imaginas que allí hay arboledas y ciudades de dioses y templos ricos en ofrendas: ¡el camino es a través de trampas y figuras de fieras! Y aunque mantengas el rumbo y no seas arrastrado por ningún error, sin embargo irás a través de los cuernos del Toro adversario y los arcos de Hemonia y la boca del violento León y el Escorpión feroz que curva sus brazos en largo circuito y el Cangrejo que curva sus brazos de otro modo.
Ni te será fácil controlar a los caballos animosos por aquellos fuegos que tienen en el pecho, que exhalan por boca y narices: apenas me soportan a mí, cuando sus fieros ánimos se calientan y el cuello se resiste a las riendas. Pero tú, cuídate, hijo, no sea yo autor de un don funesto para ti, mientras tu asunto lo permite, ¡corrige tus votos! Claro, para que creas que naciste de mi sangre, pides pruebas ciertas: te doy pruebas ciertas al temer y con mi miedo paterno demuestro ser padre.
¡Mira mi rostro! Y ojalá pudieras introducir tus ojos en mi pecho y contemplar dentro las preocupaciones paternas! Finalmente mira alrededor cuanto tiene el rico mundo y de tantos y tales bienes del cielo y la tierra y el mar pide algo; no sufrirás ningún rechazo. Solo esto te ruego que no pidas, que con verdadero nombre es castigo, no honor: ¡un castigo pides, Faetón, en vez de un don! ¿Por qué abrazas mi cuello con halagadores brazos, ignorante?
Parte2versos 101-200
¡No dudes! Se te dará (hemos jurado por las aguas estigias) lo que desees; pero ¡desea con más sabiduría!" Había terminado sus advertencias; sin embargo aquel rechaza sus palabras y aprieta su propósito y arde en deseo del carro. Por tanto, en cuanto le fue permitido, el padre tras demorarse conduce al joven hacia los altos carros, dones de Vulcano. De oro era el eje, de oro el timón, de oro la curvatura de la llanta superior, de plata la hilera de los radios; por el yugo crisólitos y gemas colocadas en fila devolvían brillantes luces al reflejo de Febo.
Y mientras el magnánimo Faetón admira esto y examina la obra, he aquí que la vigilante Aurora abrió desde el brillante oriente las puertas púrpuras y los atrios llenos de rosas: huyen las estrellas, cuyos escuadrones reúne el Lucero y sale el último de su puesto en el cielo. Cuando el Titán lo vio dirigirse a las tierras y enrojecerse el mundo y los cuernos de la luna extrema como desvanecerse, ordena a las veloces Horas que unzan los caballos. Las diosas cumplen veloces las órdenes y de los altos pesebres sacan a los cuadrúpedos que vomitan fuego, saciados con jugo de ambrosía, y añaden los resonantes frenos.
Entonces el padre tocó el rostro de su hijo con sagrado ungüento e hizo que resistiera la rápida llama y puso rayos en su cabellera y repitiendo suspiros presagios de duelo con pecho angustiado dijo: "Si al menos puedes obedecer estas advertencias de tu padre, ¡ahorra, muchacho, el látigo y usa con más fuerza las riendas! Se apresuran por sí mismos, el trabajo es contener a los que quieren. ¡Ni te complazca el camino directo a través de los cinco arcos! Cortado en oblicuo está el sendero con amplia curvatura, contenido dentro del límite de tres zonas y evita el polo austral y la Osa unida a los aquilones: por aquí sea tu camino, verás las huellas evidentes de las ruedas y para que el cielo y la tierra reciban calores iguales, ¡ni aprietes abajo ni impulses el carro por el éter más alto!
Si subes más alto quemarás los techos celestes, más bajo las tierras; por el medio irás más seguro. Ni te desvíes demasiado a la derecha hacia la Serpiente retorcida, ni la rueda a la izquierda te lleve hacia el Ara hundida, ¡mantente entre ambos! Lo demás lo encomiendo a la Fortuna, que te ayude y te aconseje mejor de lo que tú a ti mismo, lo deseo. Mientras hablo, la húmeda noche ha tocado las metas colocadas en la playa de Hesperia; no nos queda tiempo libre!
Somos reclamados: resplandece la Aurora, fugadas las tinieblas. ¡Toma las riendas con la mano, o si tienes pecho mudable, usa mis consejos, no mis carros! Mientras puedes y todavía estás sobre firmes asientos, y mientras aún no pisas ignorante los ejes malamente deseados, ¡déjame a mí dar luz a las tierras, tú que mires seguro!" Pero él ocupa el ligero carro con su cuerpo juvenil Se mantiene de pie y se alegra de tocar con sus manos las ligeras riendas y desde allí da las gracias a su padre, que no quería.
Mientras tanto los caballos alados, Pirois y Eoo y Etón, los corceles del Sol, y el cuarto, Flegón, llenan los aires con sus relinchos portadores de llamas y golpean con las patas las barreras. Después de que Tetis, ignorante del destino de su nieto, las apartó, y se abrió la inmensidad del cielo, emprendieron el camino y moviendo las patas por el aire desgarran las nubes que se interponen y, elevados por sus alas, dejan atrás los vientos del Este que nacen de las mismas regiones.
Pero el peso era ligero y no era uno que pudieran reconocer los caballos del Sol, y el yugo carecía de su peso habitual; y como se tambalean las naves curvas sin su justo peso y son arrastradas por el mar, inestables por excesiva ligereza, así el carro, vacío de su carga acostumbrada, da saltos en el aire y es sacudido en lo alto y parece estar vacío. Tan pronto lo sienten, los cuatro caballos se desbocan y abandonan el sendero trillado y ya no corren en el orden de antes.
Él mismo se aterroriza y no sabe hacia dónde dirigir las riendas que le confiaron ni sabe dónde está el camino, ni aunque lo supiera podría dominarlos. Entonces por primera vez las heladas Osas se calentaron con los rayos y en vano intentaron sumergirse en el mar prohibido, y la Serpiente que está situada junto al polo glacial, antes torpe por el frío y no temible para nadie, se encendió y asumió nuevas iras con el ardor; también a ti, Boyero, cuentan que huiste perturbado, aunque eras lento y tu Carro te retenía.
Cuando el infeliz Faetón miró desde lo alto del cielo las tierras que yacían profunda, muy profundamente abajo, palideció y sus rodillas temblaron de repentino miedo y ante sus ojos surgieron tinieblas a través de tanta luz, y ya desearía no haber tocado nunca los caballos paternos, ya le pesa haber conocido su linaje y haber prevalecido en su ruego, ya deseando ser llamado hijo de Mérope es arrastrado, como una nave impulsada por el bóreas impetuoso, a la que su piloto, vencido, soltó las riendas y la abandonó a los dioses y a los votos.
¿Qué hará? Mucho cielo ha quedado a sus espaldas, ante sus ojos hay más: mide ambos con su ánimo y ora mira hacia el ocaso, que no es su destino alcanzar, ora vuelve la vista hacia el oriente, y aturdido, sin saber qué hacer, ni suelta las riendas ni puede retenerlas ni conoce los nombres de los caballos. También ve esparcidos aquí y allá en el variado cielo los prodigios y tembloroso las figuras de las vastas fieras. Hay un lugar donde el Escorpión curva sus brazos en dobles arcos y con su cola y sus pinzas extendidas a ambos lados proyecta sus miembros en el espacio de dos constelaciones: cuando el muchacho lo vio húmedo del sudor de su negro veneno, amenazando herir con su aguijón curvado, perdió el juicio y soltó las riendas por el miedo helado.
Parte3versos 201-300
Después de que estas tocaron, caídas, la parte alta del lomo, los caballos se desbocan y sin que nadie los detenga por los aires van hacia una región desconocida, y donde el impulso los lleva, allí se precipitan sin ley y bajo el alto éter chocan contra las estrellas fijas y arrastran el carro por lugares sin sendero, y ora buscan las alturas, ora por una pendiente y caminos precipitados son llevados en un espacio más cercano a la tierra, y la Luna se asombra de ver que los caballos de su hermano corren más abajo que los suyos, y las nubes quemadas humean.
La tierra es devorada por las llamas, cada parte según su altura, y agrietada abre fisuras y se reseca al perder sus jugos; los pastos se vuelven blancos, el árbol arde con sus hojas, y la mies seca proporciona materia para su propia destrucción. Me quejo de cosas pequeñas: grandes ciudades perecen con sus murallas, y con sus pueblos los incendios convierten naciones enteras en ceniza; los bosques arden con los montes; arde el Atos y el Tauro de Cilicia y el Tmolo y el Eta y el Ida, entonces seco, antes riquísimo en fuentes, y el Helicón virginal y el Hemo, aún no de Eagro: arde el Etna con inmensos fuegos duplicados y el Parnaso de doble cima y el Érix y el Cinto y el Otris y Ródope que al fin va a carecer de nieves y Mimas y el Díndimo y Mícale y el Citerón nacido para los ritos sagrados.
Ni a Escitia le sirven sus fríos: arde el Cáucaso y el Osa con el Pindo y el Olimpo, mayor que ambos, y los Alpes aéreos y el Apenino portador de nubes. Entonces Faetón ve el mundo encendido por todas partes y no soporta tan grandes calores y respira aires ardientes como desde un horno profundo por la boca y siente que su carro se pone incandescente; y ya no puede soportar las cenizas y la ceniza lanzada y queda envuelto por todas partes en el humo caliente, y adónde va o dónde está, cubierto por la oscuridad de pez, no lo sabe y es arrastrado al arbitrio de los caballos alados.
Entonces creen que los pueblos de Etiopía atrajeron la sangre a la superficie de sus cuerpos y adquirieron el color negro; entonces Libia se volvió árida al ser arrebatados sus humores por el calor, entonces las ninfas con los cabellos sueltos lloraron por las fuentes y los lagos; Beocia busca a Dirce, Argos a Amimone, Éfira las aguas de Pirene; ni los ríos que han recibido orillas distantes entre sí permanecen seguros: el Tánais humeó en medio de sus aguas y el viejo Peneo y el Caico de Teutrante y el rápido Ismeno con el Erimanto de Fegea y el Janto que ha de arder otra vez y el rubio Licormas, y el Meandro que juega con sus aguas recurvadas, y el Melas de Migdonia y el Eurotas de Ténaro.
Ardió también el Éufrates de Babilonia, ardió el Orontes y el rápido Termodonte y el Ganges y el Fasis y el Istro; hierve el Alfeo, arden las orillas del Esperqueo, y el oro que el Tajo lleva en su corriente fluye en llamas, y las aves fluviales que celebraban con su canto las orillas de Meonia se calentaron en medio del Caistro; el Nilo huyó aterrorizado al extremo del mundo y ocultó su cabeza, que aún está escondida: sus siete bocas están polvorientas y vacías, siete valles sin río.
La misma suerte seca al Hebro ismario con el Estrimón y los ríos de Hesperia, el Rin y el Ródano y el Po y al Tíber, a quien le fue prometido el poder sobre las cosas. Todo el suelo se agrieta y la luz penetra por las fisuras hasta el Tártaro y aterroriza al rey infernal con su esposa; y el mar se contrae y se vuelve llanura de arena seca lo que antes era piélago, y los montes que el mar profundo había cubierto emergen y aumentan las dispersas Cícladas.
Los peces buscan el fondo, y los delfines curvos no se atreven a elevarse sobre las aguas hacia los aires como acostumbran; los cuerpos de las focas flotan exánimes boca arriba en la superficie del mar: se dice que el propio Nereo y Doris y sus hijas se escondieron bajo tibias cavernas. Tres veces Neptuno se atrevió a sacar los brazos fuera de las aguas con rostro torvo, tres veces no soportó los fuegos del aire. Pero la Tierra nutricia, aunque estaba rodeada por el mar, entre las aguas del piélago y las fuentes contraídas por todas partes, que se habían escondido en las entrañas de su madre oscura, levantó su rostro reseco, oprimido hasta el cuello, y puso la mano en su frente y con un gran temblor sacudiéndolo todo se hundió un poco y estuvo más abajo de donde suele estar, y habló así con voz quebrada: "Si esto te place y lo he merecido, ¿por qué tardan tus rayos, supremo de los dioses?
Permíteme, ya que he de perecer por la fuerza del fuego, perecer por tu fuego y aligerar la calamidad con su autor. Apenas consigo abrir las fauces para estas mismas palabras" (el vapor le oprimía la boca) "mira mis cabellos quemados y tanta, tanta ceniza sobre mis ojos, sobre mi rostro. ¿Estos son los frutos que me devuelves, este el honor de mi fertilidad y de mi servicio, porque soporto las heridas del arado corvo y de los rastrillos y me ejercito todo el año, porque proporciono follaje y alimento suave al ganado, cosechas al género humano, y también incienso para vosotros?
Pero aunque yo haya merecido la destrucción: ¿qué han hecho las aguas, qué ha merecido mi hermano? ¿Por qué los mares que le fueron asignados por suerte decrecen y se alejan más del cielo? Si ni mi consideración ni la de tu hermano te conmueve, compadécete al menos de tu propio cielo. Mira uno y otro: humean ambos polos. Si el fuego los corrompe, vuestros palacios se derrumbarán. Mira, el propio Atlas sufre y apenas sostiene con sus hombros el eje incandescente. Si perecen los mares, si perece la tierra, si el palacio del cielo, nos confundimos en el antiguo caos. Arranca de las llamas lo que aún queda y vela por la suma de las cosas."
Parte4versos 301-400
Esto había dicho la Tierra: no pudo soportar el vapor por más tiempo ni decir nada más, y su rostro retrajo hacia sí misma y hacia las cavernas más próximas a los manes; pero el padre omnipotente, llamando a los dioses por testigos y a aquel mismo que había dado el carro, de que si no trae auxilio, todo está destinado a perecer en grave ruina, busca la cumbre elevada de la ciudadela, desde donde suele extender las nubes sobre las vastas tierras, desde donde mueve los truenos y lanza los rayos vibrantes; pero entonces no tenía nubes que pudiera extender sobre las tierras ni lluvias que pudiera enviar desde el cielo: truena y un rayo equilibrado desde su oreja derecha lanzó contra el auriga y a la vez lo arrojó de su aliento y de las ruedas y con fuegos crueles contuvo los fuegos.
Se espantan los caballos y con un salto hacia atrás arrancan los cuellos del yugo y abandonan las riendas rotas: allá yacen los frenos, allá el eje arrancado del timón, aquí los radios de las ruedas destrozadas y están esparcidos por doquier los restos despedazados del carro. Pero Faetón, con los cabellos rojizos devorados por la llama, rueda de cabeza y es arrastrado por el largo aire en su caída, como a veces una estrella desde un cielo sereno, aunque no haya caído, puede parecer que cayó.
A él, lejos de su patria, en el extremo opuesto del mundo, el enorme Erídano lo recibe y lava su rostro humeante. Las Náyades Hespérides dan al túmulo su cuerpo humeante de llama triple, y marcan la piedra también con este verso: AQUÍ YACE FAETÓN, AURIGA DEL CARRO PATERNO, QUE SI NO LO DOMINÓ, CAYÓ SIN EMBARGO POR GRANDES OSADÍAS. Pues el padre, digno de lástima por su cruel aflicción, había cubierto su rostro, y, si es que creemos, cuentan que un día pasó sin sol: los incendios daban luz y hubo algún provecho en aquella desgracia.
Pero Clímene, después de decir todo lo que había que decir en tan grandes males, enlutada y fuera de sí y rasgados los vestidos, recorrió el orbe entero buscando primero los miembros exánimes, luego los huesos, halló sin embargo los huesos sepultados en ribera extranjera y se inclinó sobre el lugar y el nombre leído en el mármol lo bañó en lágrimas y lo calentó con el pecho descubierto. No menos las Helíades dan llanto y, dones vanos para la muerte, dan lágrimas, y con las palmas golpeando sus pechos llaman a Faetón, que no habrá de oír sus míseras quejas, noche y día, y se postran junto al sepulcro.
Cuatro veces la Luna había llenado su disco con cuernos unidos; ellas según su costumbre (pues el uso había creado la costumbre) habían entregado su lamento: de ellas Faetusa, la mayor de las hermanas, cuando quiso tenderse en tierra, se quejó de que sus pies se habían entumecido; hacia ella intentando acercarse la blanca Lampecia fue retenida por una súbita raíz; la tercera, cuando se dispuso a arrancarse el cabello con las manos, arranca hojas; esta se duele de que sus piernas están sujetas por un tronco, aquella de que sus brazos se vuelven largas ramas, y mientras se asombran de esto, la corteza abraza sus ingles y por grados rodea el vientre y el pecho y los hombros y las manos, y solo quedaban fuera las bocas que llamaban a su madre.
¿Qué puede hacer la madre, sino ir adonde la arrastra el impulso, aquí y allá, y, mientras puede, unir sus besos? No es suficiente: intenta arrancar los cuerpos de los troncos y rompe con sus manos las tiernas ramas, pero de allí manan gotas de sangre como de una herida. "Perdona, te lo ruego, madre", grita cada una que está herida, "perdona, te lo ruego: nuestro cuerpo es desgarrado en el árbol y ahora adiós" la corteza llegó hasta las últimas palabras. De allí fluyen lágrimas, y endurecidas por el sol gotean de las nuevas ramas ámbar, que el río cristalino recibe y envía para que lo lleven las nueras latinas.
Presenció este prodigio Cicno, hijo de Esteneleo, que aunque estaba unido a ti, Faetón, por sangre materna, te fue sin embargo más cercano en el alma. Él, abandonado (pues había gobernado los pueblos de los lígures y grandes ciudades) el imperio, las verdes riberas y el río Erídano había llenado de quejas y el bosque acrecentado por las hermanas, cuando su voz se hizo tenue al varón y canas plumas ocultan sus cabellos y el cuello desde el pecho largamente se extiende y una membrana une sus dedos enrojecidos, pluma cubre sus costados, su boca sostiene un pico sin filo.
Se vuelve Cicno nueva ave y no se confía al cielo ni a Júpiter, como quien recuerda el fuego injustamente lanzado por aquel; busca estanques y anchos lagos y odiando el fuego eligió habitar ríos contrarios a las llamas. Mientras tanto el escuálido padre de Faetón y despojado él mismo de su hermosura, tal como suele estar cuando el orbe se eclipsa, odia la luz y a sí mismo y al día y entrega su ánimo al luto y al luto añade la ira y niega su servicio al mundo.
"Basta", dice, "desde los principios del tiempo mi suerte fue sin reposo, y me hastía sin fin de las acciones, sin honor de los trabajos. ¡Que cualquier otro conduzca el carro portador de luz! Si no hay nadie y todos los dioses confiesan no poder, que lo conduzca él mismo, para que al menos, mientras prueba nuestras riendas, deponga alguna vez los rayos que privan de padres. Entonces sabrá, habiendo experimentado las fuerzas de los caballos que arrojan fuego, que no mereció la muerte quien no los condujo bien." Mientras dice tales cosas todos los dioses rodean al Sol, y para que no quiera traer tinieblas sobre las cosas, ruegan con voz suplicante; también Júpiter los fuegos lanzados excusa y a los ruegos añade amenazas regias.
Febo reúne a los caballos enloquecidos y aún temblando de terror y doliente con aguijón y con látigo se ensaña (pues se ensaña) y les echa en cara al hijo y se lo imputa.
Parte5versos 401-500
Pero el padre omnipotente recorre las inmensas murallas del cielo y, para que nada quebrantado por las fuerzas del fuego se derrumbe, explora. Después que ve que están firmes y con su propio vigor, examina las tierras y los trabajos de los hombres. Sin embargo, más intensa es para él la preocupación por su Arcadia: restaura las fuentes y los ríos que aún no se atreven a deslizarse, da hierbas a la tierra, frondas a los árboles, y ordena que reverdezcan los bosques dañados. Mientras va y vuelve frecuentemente, se detuvo en una virgen nonacrina y el fuego recibido ardió bajo sus huesos.
No era tarea de esta hilar lana estirándola ni variar el peinado de los cabellos; donde una fíbula ceñía el vestido, una cinta blanca había contenido los cabellos descuidados; y ora había tomado en la mano la leve jabalina, ora el arco, era soldado de Febo: ninguna pisó el Ménalo más grata que esta a Trivia; pero ningún poder es duradero. Más allá del mediodía el sol tenía su espacio en lo alto, cuando ella penetra en un bosque que ninguna edad había talado; aquí se quita del hombro la aljaba y destiende los flexibles arcos y yacía en el suelo, que la hierba había tejido, y apoyaba la cabeza sobre la pintada aljaba.
Júpiter cuando la vio fatigada y sin guardián, "Este hurto ciertamente no lo sabrá mi esposa", dice, "o si lo descubre, oh, valen, valen tanto las riñas." Al instante se reviste del aspecto y del atuendo de Diana y dice: "Oh virgen, una de mis compañeras, ¿en qué montes has cazado?" Del césped la virgen se levanta y dice: "Salve, numen, a mi juicio aunque él mismo lo oiga, mayor que Júpiter." Ríe y lo oye y se alegra de ser preferido a sí mismo y une besos, ni bastante moderados ni como los que debe dar una virgen.
Cuando se disponía a narrar en qué selva había cazado, la detiene con un abrazo y no sin crimen se revela. Ella por cierto resiste, cuanto solo una mujer podía (ojalá la hubieras visto, Saturnia, serías más compasiva), ella por cierto lucha, pero ¿a quién podría vencer una muchacha, o quién podría vencer a Júpiter? Vencedor Júpiter busca el éter supremo: para ella es odioso el bosque y la selva cómplice; al retirar el pie de allí casi se olvidó de tomar la aljaba con sus flechas y el arco que había colgado.
Mira, acompañada de su coro Dictina por el alto Ménalo avanzando y orgullosa de la matanza de fieras la divisa y vista la llama: llamada huye y al principio temió que fuera Júpiter en ella; pero después que vio a las ninfas avanzar juntas, sintió que el engaño estaba ausente y se acercó al número de estas. ¡Ay, qué difícil es no delatar el crimen con el rostro! Apenas levanta los ojos del suelo ni, como antes solía, unida al costado de la diosa ni está primera en toda la fila, sino que calla y da señales con el rubor de su pudor herido; y, salvo que era virgen, Diana podría haber advertido su culpa por mil señales: se dice que las ninfas la notaron.
Los cuernos de la luna resurgían en su noveno ciclo, cuando la diosa, exhausta de cazar bajo las llamas de su hermano, encontró un bosque fresco, por donde un arroyo murmuraba deslizándose y revolvía las arenas gastadas. Al alabar el lugar, tocó con el pie las aguas superficiales; también contenta con ellas, dice: 'Ningún mirón anda cerca: bañemos desnudos nuestros cuerpos en estas ondas derramadas'. La de Parrasia se sonrojó; todas depositan sus vestidos; solo ella busca demora: a la que duda se le arranca la ropa, y al quitarla, su cuerpo desnudo delató la falta.
Atónita y queriendo ocultar su vientre con las manos, Diana le dijo: '¡Vete lejos de aquí y no contamines las fuentes sagradas!', y le ordenó alejarse de su séquito. La esposa del gran Tonante lo había advertido tiempo atrás y había diferido los duros castigos para el momento oportuno. Ya no hay motivo para esperar, y el niño Arcas (esto mismo dolió a Juno) había nacido de aquella querida. En cuanto volvió hacia ella su mirada y su cruel pensamiento, dijo: 'Sin duda esto aún faltaba, adúltera, que fueras fecunda, y que mi afrenta se hiciera notoria con el parto, y quedara atestiguada la deshonra de mi Júpiter.
No lo llevarás impune: te quitaré esa figura con la que te complaces, inoportuna, y complaces a mi esposo'. Dijo, y agarrándola del cabello por la frente la derribó boca abajo al suelo. Extendía los brazos suplicante: los brazos comenzaron a erizarse de pelos negros, las manos a curvarse y a crecer en garras ganchudas y a cumplir el oficio de pies, y la boca que antes agradaba a Júpiter se volvió deforme con ancho hocico. Y para que ruegos y palabras suplicantes no ablandaran los ánimos, se le quita el poder de hablar: una voz iracunda y amenazante, llena de terror, sale de su garganta ronca; pero su mente antigua permaneció incluso convertida en osa, y atestiguando su dolor con gemidos continuos levanta al cielo y a las estrellas cualesquiera que sean sus manos y siente a Júpiter ingrato, aunque no pueda decirlo.
¡Ah! Cuántas veces, no atreviéndose a descansar sola en el bosque, vagó ante su antigua casa y por sus propios campos. ¡Ah! Cuántas veces fue perseguida por los ladridos de los perros entre las rocas y la cazadora huyó aterrada por miedo a los cazadores. A menudo se escondió al ver fieras, olvidando qué era, y siendo osa se estremeció al ver osos en las montañas y temió a los lobos, aunque su padre estuviera entre ellos. He aquí que Arcas, la descendencia de Licaón, ignorante de su madre, está ahí, cumplidos casi tres veces cinco años de edad; y mientras persigue fieras, mientras elige pasos apropiados y rodea con redes flexibles los bosques de Erimanto, se encuentra con su madre, que se detuvo al ver a Arcas
Parte6versos 501-600
y pareció reconocerlo: él retrocede y se asusta sin saber por qué de esos ojos inmóviles que se clavan en él sin cesar, y cuando ella se atreve a acercarse más iba a atravesarle el pecho con el dardo que hiere: el omnipotente lo impidió y a ambos y al crimen mismo los arrebató simultáneamente y llevados por el viento por los vacíos los puso en el cielo y los hizo estrellas vecinas. Juno se enfureció después de que la querida brillara entre las estrellas, y descendió a las aguas junto a la canosa Tetis y al anciano Océano, cuya reverencia movió a menudo a los dioses, y al preguntarle la razón del viaje, comienza: '¿Preguntan por qué yo, la reina de los dioses etéreos, he venido aquí?
Otra ocupa el cielo en mi lugar. Miento, a no ser que cuando la noche oscurezca el orbe vean las estrellas recién honradas en lo alto del cielo, mis heridas, allí donde el círculo último rodea el eje extremo y es el más breve en extensión. ¿Y quién no querría en verdad ofender a Juno y temblar por haberla disgustado, yo que solo ayudo dañando? ¡Oh, cuánto he logrado! ¡Cuán vasto es mi poder! Le prohibí ser humana: ¡se hizo diosa! Así yo impongo castigos a los culpables, ¡así es mi gran poder!
Que le devuelva su antigua forma y le quite el aspecto feroz, como hizo antes con la argólica Foronide ¿Por qué no expulsa a Juno y la conduce a mi lecho nupcial y toma a Licaón como suegro? Pero si os toca el desprecio hacia vuestra alumna ofendida, prohibid a las siete Osas del abismo azul y expulsad las estrellas recibidas en el cielo como pago del estupro, no sea que la querida se bañe en el agua pura'. Los dioses marinos asintieron: la Saturnia en su ligero carro entra en el éter líquido con pavos reales pintados, tan recién pintados como fueron los pavos reales tras la muerte de Argos, como tú lo fuiste hace poco, cuando siendo antes blanco te volviste de repente cuervo de alas ennegrecidas.
Pues esta ave fue una vez plateada con plumas níveas, tal que igualaba sin mancha a las palomas enteras, y no cedería a los gansos que salvan el Capitolio con su voz vigilante ni al cisne amante de los ríos. Su lengua fue su condena: por una lengua locuaz el que era de color blanco, ahora es lo contrario al blanco. Más hermosa que Corónide la de Larisa no hubo en toda Hemonia: te agradó, Délfico, sin duda, mientras fue casta o no observada, pero el ave de Febo percibió el adulterio, y como denunciante inexorable para revelar la culpa oculta, se dirigía hacia su amo.
A quien la parlanchina corneja sigue con alas batientes, para enterarse de todo, y al oír el motivo del viaje dice: 'Emprendes un viaje inútil: no desprecies los presagios de mi lengua. Mira lo que fui y lo que soy, e inquiere mi mérito: descubrirás que la lealtad me dañó. Pues en cierto tiempo Palas encerró a Erictonio, prole creada sin madre, en una cesta tejida de mimbre ático y a tres vírgenes nacidas del doble Cécrope dio la orden de no mirar sus secretos.
Oculta en una fronda leve, espiaba desde un olmo denso qué hacían: dos cuidan lo encomendado sin engaño, Pándroso y Herse; una llama a sus hermanas tímidas, Aglauro, y desata los nudos con su mano, y dentro ven al infante y a una serpiente junto a él. Informo a la diosa de lo hecho. Como agradecimiento me devuelven esto: que se diga que fui expulsada de la protección de Minerva y colocada detrás del ave nocturna. Mi castigo puede advertir a las aves que no busquen peligros con su voz.
Pero creo que ella no me buscó espontáneamente y en vano rogando tal cosa. Puedes preguntárselo a la propia Palas: aunque esté airada, airada no negará esto. Pues me engendró Corono, célebre en tierra focaica (digo cosas conocidas), y yo era una virgen real y pretendida por ricos pretendientes (no me desprecies): mi belleza me dañó. Pues cuando por las costas con lentos pasos, como suelo, caminaba por la arena alta, me vio y se encendió el dios del mar, y como gastó tiempo inútil rogando con palabras blandas, prepara la violencia y me persigue.
Huyo y dejo atrás la costa densa y me canso en vano en la arena blanda. Entonces invoco a dioses y hombres; mi voz no alcanzó a ningún mortal: una virgen se conmovió por una virgen y trajo auxilio. Extendía mis brazos al cielo: los brazos comenzaron a ennegrecerse con plumas ligeras; intentaba quitarme el vestido de los hombros, pero era pluma y había echado raíces profundas en la piel; intentaba golpear desnudo mi pecho con mis palmas, pero ya no tenía ni palmas ni pecho desnudo; corría, y ya no, como antes, la arena retenía mis pies, sino que me elevaba del suelo alto; pronto por los altos aires me remonto y fui dada como compañera intachable a Minerva.
¿Pero de qué sirve esto, si el ave convertida por terrible crimen, Nictímene, me ha sucedido en mi honor? ¿Acaso no has oído lo que es notorio en toda Lesbos, que Nictímene profanó el lecho paterno? Es ave ciertamente, pero consciente de su culpa huye de la vista y la luz, y oculta su pudor en las tinieblas y es expulsada por todos del éter entero'. A la que dice tales cosas, el cuervo responde: 'Que esos avisos sean para tu mal, te lo ruego: nosotros despreciamos el vano presagio'.
Y no abandona el viaje comenzado y narra a su amo que vio a Corónide yaciente con un joven de Hemonia. El laurel del amante cayó al oír el crimen,
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y al mismo tiempo perdió el rostro, el arco y el color el dios, y cuando su ánimo hervía por la hinchada ira, toma las armas acostumbradas y tensa el arco curvado desde sus puntas, y a ella, tantas veces unida a su pecho, la atravesó el pecho con un dardo ineludible. Herida, dejó escapar un gemido y arrancado el hierro de su cuerpo bañó sus blancos miembros con sangre purpúrea y dijo: "Podría haberte dado el castigo, Febo, pero primero haber dado a luz; ahora moriremos dos en una." Hasta aquí, y derramó la vida junto con la sangre; el cuerpo vacío de alma lo siguió un frío mortal.
Se arrepiente, ay, tarde, el amante, del cruel castigo, y se odia por haber escuchado, por haberse encendido así; odia al ave por la cual fue forzado a conocer el crimen y la causa del dolor, y también odia el arco y la mano y con la mano odia las flechas, dardos temerarios, y abraza a la que ha caído y se esfuerza en vencer los hados con ayuda tardía y ejercita en vano las artes médicas. Después de que vio que fueron intentadas en vano y que se preparaba la pira y que los miembros arderían en las llamas supremas, entonces sí lanzó gemidos (pues no está permitido que los rostros celestes se mojen con lágrimas) arrancados del fondo del corazón, no de otro modo que cuando, mientras mira la vaquilla, el martillo librado desde la oreja derecha golpeó las sienes huecas del ternero lactante con claro golpe.
Sin embargo, cuando derramó en su pecho los perfumes que no agradecerá y le dio abrazos y cumplió los injustos ritos como justos, Febo no soportó que su semilla cayera en las mismas cenizas, sino que arrebató al hijo de las llamas y del útero de su madre y lo llevó a la cueva del doble Quirón, y al cuervo, que esperaba para sí los premios de su lengua no falsa, le prohibió estar entre las aves blancas. Mientras tanto el semihombre se alegraba del alumno de estirpe divina y gozaba con la carga mezclada de honor; he aquí que viene cubierta de rubios cabellos sobre los hombros la hija del centauro, a quien la ninfa Cariclo un día dio a luz en las riberas de un río rápido y llamó Óciro: ella no se contentó con haber aprendido las artes paternas, cantaba los arcanos de los hados.
Así que cuando concibió en su mente los furores proféticos y se encendió con el dios que guardaba encerrado en su pecho, mira al niño y dijo: "Crece, muchacho, que darás salud al orbe entero; los cuerpos mortales a menudo se deberán a ti, te será lícito devolver las almas arrebatadas, y habiendo osado esto una vez, indignándose los dioses, serás prohibido por la llama de tu abuelo de poder dar esto otra vez, y de dios te harás cuerpo sin sangre y dios tú que ahora eras cuerpo, y dos veces renovarás tus hados.
Tú también, querido padre, ahora inmortal y creado por ley de nacimiento para permanecer por todas las edades, desearás poder morir cuando seas atormentado por la sangre de la terrible serpiente recibida por tus miembros heridos; y los dioses te harán mortal a ti que eres eterno, paciente, y las tres diosas desatarán tus hilos." Algo quedaba a los hados: suspira desde lo hondo de su pecho, y las lágrimas resbalan por sus mejillas nacidas, y dice así: "Los hados se me adelantan, y se me prohíbe decir más, y el uso de mi voz se me cierra.
No valían tanto las artes que me atrajeron la ira del dios: preferiría no haber conocido el futuro. Ya me parece que el rostro humano se me retira, ya me place la hierba por comida, ya es impulso correr por los anchos campos: me convierto en yegua y en cuerpos afines. ¿Pero por qué del todo? Mi padre es ciertamente biforme." Mientras decía tales cosas la parte última de su queja fue poco entendida y las palabras fueron confusas; luego ya no parecen palabras ni aquel sonido de yegua sino de quien simula una yegua, y en poco tiempo lanzó relinchos ciertos y movió los brazos hacia las hierbas.
Entonces los dedos se unen y ata las cinco uñas en cuerno continuo la liviana pezuña, y crecen el espacio de la boca y del cuello, la parte mayor del largo manto se hace cola, y como los cabellos vagos yacían por el cuello, pasaron a ser crines en la derecha, y al mismo tiempo fue renovada tanto la voz como el rostro; y los prodigios le dieron también el nombre. Lloraba el héroe Filirio y en vano pedía tu ayuda, Délfico. Pues ni podías rescindir las órdenes del gran Júpiter, ni, si pudieras rescindirlas, estabas entonces presente: habitabas Élide y los campos mesenios.
Aquel era el tiempo en que te cubría una piel pastoril, y fue tu carga un bastón silvestre en la izquierda, en la otra una flauta desigual de siete cañas. Y mientras el amor es tu cuidado, mientras tu flauta te deleita, se cuenta que las vacas avanzaron sin custodia hacia los campos de Pilos: las ve el hijo nacido de Maya, la Atlántide, y con su arte las oculta robadas en los bosques. Nadie había percibido este hurto sino un viejo conocido en aquella región; todo el vecindario lo llamaba Bato.
Este guardaba los ricos pastos y los prados herbosos de Neleo y los rebaños de nobles yeguas. Lo retuvo y lo apartó con mano halagadora y le dijo: "Quienquiera que seas, forastero, si alguien por casualidad busca estos ganados, di que no los viste, y para que no se pague ninguna gracia por el hecho, toma como premio una vaca lustrosa." Y se la dio. Recibida, el forastero devolvió estas palabras: "Estarás seguro. Esta piedra antes delatará tus hurtos," y señaló una piedra. El hijo de Júpiter simula irse; pronto regresa y con la voz cambiada al igual que la figura dijo: "Rústico, si viste por este camino ir algunas vacas, presta ayuda y quita el silencio al hurto.
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Te será dado como precio una hembra junto con su toro." Pero el viejo, después de que la recompensa fue duplicada, dijo: "Estarán bajo aquellos montes," y estaban bajo aquellos montes. Río el Atlántida y dijo: "¿Me traicionas a mí mismo, pérfido? ¿A mí mismo me traicionas?" Y convirtió el pecho perjuro en duro pedernal, que ahora también se llama delator, y en una piedra que en nada lo merecía hay antigua infamia. Desde aquí se alzó el portador del caduceo con alas iguales, y volando contemplaba desde arriba los campos muniquios y la tierra grata a Minerva y los bosques cultivados del Liceo.
Aquel día por casualidad las muchachas castas según la costumbre con cestas coronadas llevaban sobre la cabeza puras ofrendas sagradas a las festivas torres de Palas. Desde allí, cuando vuelven, las ve el dios alado y no sigue el camino recto, sino que lo curva en el mismo círculo: como el milano rapidísimo cuando ve las vísceras, mientras teme y densos ministros rodean lo sagrado, se dobla en giro y no se atreve a ir más lejos y ávido sobrevuela alrededor de su esperanza con alas movidas, así el ágil Cilenio sobre las torres acteas inclina sus cursos y circunda las mismas auras.
Cuanto más espléndido que los demás astros brilla Lucífero, y cuanto más que Lucífero la áurea Febe, tanto más sobresaliente que todas las vírgenes iba Herse y era el decoro de la pompa y de sus compañeras. Quedó atónito por la belleza el hijo de Júpiter y pendiendo del éter se encendió no de otro modo que cuando la honda balear lanza el plomo: vuela aquel y se incandece yendo y encuentra bajo las nubes los fuegos que no tenía. Cambia el rumbo y busca la tierra abandonando el cielo y no se disimula: tanta es la confianza de su belleza.
Aunque ella es justa, sin embargo el cuidado la ayuda y alisa sus cabellos y coloca la clámide para que cuelgue bien, para que se vea el borde y todo el oro, para que sea pulida en la diestra la vara con que conduce y aleja los sueños, para que las sandalias brillen en los pies limpios. Una parte apartada de la casa tenía tres alcobas adornadas de marfil y carey; de ellas tú, Pándroso, tenías la derecha, Aglauro la izquierda, Herse había poseído la del medio.
La que tuvo la izquierda fue la primera en notar a Mercurio que venía y osó preguntar el nombre del dios y la causa de su llegada; a ella así respondió el nieto de Atlante y Pléyone: "Yo soy quien lleva por las auras las palabras ordenadas de mi padre; mi padre es el mismo Júpiter. Ni fingiré causas, tú solo quieras ser fiel a tu hermana y ser llamada tía de mi descendencia: Herse es la causa del viaje; te rogamos que favorezcas al amante." Lo mira con los mismos ojos con que poco antes Aglauro había visto los secretos ocultos de la rubia Minerva, y por este servicio pide para sí oro de gran peso lo reclama: mientras tanto la obliga a salir del palacio.
La diosa guerrera vuelve hacia ella el globo de su ojo torvo y exhala suspiros tan hondos desde lo profundo, que al mismo tiempo hace temblar su pecho y la égida puesta en el pecho fuerte: le viene a la mente que esta reveló los secretos con mano profana, cuando vio la estirpe del dios de Lemnos, nacida sin madre, contra los pactos dados, y que ya iba a ser grata al dios y grata a su hermana y rica con el oro tomado, que ávida había pedido.
Enseguida busca la casa de la Envidia, inmunda de negro veneno, escondida en los valles más hondos, sin sol, inaccesible a cualquier viento, triste y rebosante del frío más lánguido, y que siempre carece de fuego, siempre rebosa de niebla. Cuando llegó aquí la virago temible de la guerra, se detuvo ante la casa (pues no le está permitido entrar en el techo) y golpea los postes con la punta extrema de su lanza. Golpeadas, se abrieron las puertas. Ve adentro a la Envidia comiendo carnes de víboras, alimento de sus propios vicios, y al verla aparta los ojos; pero aquella se levanta del suelo perezoso y abandona los cuerpos medio devorados de las serpientes y avanza con paso inerte.
Y cuando vio a la diosa, hermosa en forma y armas, gimió y al mismo tiempo puso cara y exhaló suspiros. La palidez se asienta en su rostro, la delgadez en todo su cuerpo, nunca mira de frente, los dientes verdean de herrumbre, el pecho verdea de hiel, la lengua está empapada de veneno; no hay risa, salvo la que provocan los dolores ajenos que ve; no disfruta del sueño, desvelada por preocupaciones vigilantes, sino que ve los éxitos ajenos que le disgustan y se consume viéndolos, devora los logros de los hombres y es devorada a la vez, y es su propio castigo.
Aunque sin embargo la odiaba, la Tritonia le habló brevemente con estas palabras: 'Infecta con tu ponzoña a una de las hijas de Cécrope: así es necesario. Esa es Aglauro.' Sin decir más huyó y rechazó la tierra con su lanza clavada. Aquella, mirando a la diosa que huye con ojo oblicuo, murmuró por lo bajo y le dolió que Minerva triunfara, y toma un bastón que por completo ceñían vínculos espinosos, y cubierta de nubes negras, por donde quiera que camina pisotea los campos florecientes y quema las hierbas y arranca las cimas más altas y con su aliento contamina pueblos y ciudades y casas, y por fin ve la ciudadela de Tritón floreciente en ingenios y riquezas y paz festiva, y apenas contiene las lágrimas, porque no ve nada digno de lágrimas.
Pero después de que entró en la alcoba de la hija de Cécrope, cumple lo ordenado y con su mano teñida de herrumbre toca el pecho y llena las entrañas de espinas ganchudas e inspira veneno dañino y por los huesos
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esparce pez negra y riega el veneno por en medio del pulmón, y para que las causas del mal no vaguen por espacio más amplio, pone ante sus ojos a la hermana y el afortunado matrimonio de su hermana y al dios bajo hermosa imagen y hace que todo sea grande; irritada por estos dolores la hija de Cécrope se roe en secreto y angustiada de noche, angustiada de día gime y desgraciada se derrite en lenta podredumbre, como hielo herido por sol incierto, y no menos se quema por los bienes de la feliz Herse que cuando se pone fuego bajo hierbas espinosas que no dan llamas y se consumen con lento vapor.
A menudo quiso morir, para no ver nada semejante, a menudo quiso contarlo como un crimen al padre rígido; finalmente se sentó en el umbral opuesto para excluir al dios. A él, que le dice halagos y súplicas y palabras muy dulces, le dijo: '¡Basta! De aquí no me moveré yo sino cuando tú seas rechazado.' '¡Mantengamos ese pacto!' dice el veloz Cilenio, y abre las puertas con su vara celestial: pero a ella, que intenta levantarse, las partes por las que nos doblamos al sentarnos no pueden moverse por una pesadez perezosa: ella lucha por erguirse sobre el tronco recto, pero la articulación de las rodillas se queda rígida, y el frío se desliza por las uñas, y las venas palidecen con la sangre perdida; y como un cáncer incurable suele extenderse y añadir partes ilesas a las dañadas, así el hielo mortal poco a poco llegó al pecho y cerró los caminos vitales y los conductos de la respiración, y no intentó hablar ni, si lo hubiera intentado, tenía paso para la voz: ya la piedra ocupaba su cuello, y la boca se había endurecido, y se quedó sentada como estatua exangüe; ni la piedra era blanca: su propia mente la había infectado.
Cuando el Atlantíada cobró estos castigos de sus palabras y de su mente profana, abandona las tierras dictadas por Palas y entra en el éter con alas agitadas. Su padre lo llama aparte y sin confesar la causa de su amor dice: 'Hijo, fiel ejecutor de mis órdenes, no te demores y baja veloz con tu curso acostumbrado a la tierra que mira a tu madre desde el lado izquierdo (los nativos la llaman Sidonia por nombre), ve hacia allá, y el rebaño real que ves a lo lejos pastar en la hierba del monte, guíalo hacia la playa.' Dijo, y los novillos ya expulsados del monte buscan la playa indicada, donde la hija del gran rey solía jugar acompañada de las doncellas tirias.
No van bien juntos ni permanecen en un mismo sitio la majestad y el amor; abandonada la dignidad del cetro, aquel padre y rector de los dioses, cuya diestra está armada con fuegos de triple punta, que con un gesto sacude el orbe, se pone la apariencia de toro y mezclado con los novillos muge y hermoso pasea entre las tiernas hierbas. Pues su color es de nieve, que ni las huellas del duro pie pisaron ni deshace el austro acuoso. El cuello sobresale con músculos, las papadas cuelgan de los hombros, los cuernos son pequeños, sí, pero podrías pensar que fueron hechos a mano, y más puros y translúcidos que una gema.
Ninguna amenaza en la frente, ni mirada que inspire temor: su rostro tiene paz. La hija de Agenor se maravilla de que sea tan hermoso, de que no amenace combate alguno; pero aunque manso, al principio teme tocarlo, luego se acerca y le ofrece flores a la boca blanca. Se alegra el amante y, mientras llega el placer esperado, da besos a las manos; apenas ya, apenas difiere lo demás; y ahora retozona y salta en la hierba verde, ahora recuesta su flanco níveo en las arenas doradas; y poco a poco, quitado el miedo, ora ofrece el pecho para que lo acaricie la mano virginal, ora los cuernos para que los enreden con guirnaldas nuevas; también la virgen real se atrevió, sin saber a quién montaba, a sentarse en el lomo del toro, cuando el dios desde tierra y desde la playa seca poco a poco pone huellas falsas de sus patas en las primeras olas; luego se va más lejos y por medio de las aguas del mar lleva su presa: ella se espanta y mira hacia atrás la playa dejada, arrebatada, y con la diestra sostiene un cuerno, la otra está puesta en el lomo; sus ropas temblorosas ondean al viento.
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