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Libro XII

Las metamorfosis · Ovidio · 32 min de lectura

Parte1versos 1-100

Príamo, el padre que no sabía que Ésaco vivía con alas recién tomadas, lo lloraba: y ante su tumba, que llevaba su nombre, Héctor le había ofrendado honras fúnebres vanas con sus hermanos; en el triste rito faltó la presencia de Paris, que después, con la esposa raptada, trajo a la patria una larga guerra: y le siguen mil naves confederadas y, a la vez, todo el pueblo pelasgo reunido; y no se habría retrasado la venganza, si los vientos crueles no hubieran vuelto impracticables los mares, y la tierra beocia no hubiera retenido en Áulide, rica en peces, las naves a punto de partir.

Allí, cuando prepararon sacrificios a Júpiter según la costumbre patria, apenas el viejo altar resplandeció con los fuegos encendidos, los dánaos vieron a una serpiente azulada deslizarse hacia un plátano que estaba muy cerca de los ritos iniciados. Había un nido de pájaros en la copa del árbol, ocho en total: a ellos y a su madre, que volaba alrededor de su desgracia, la serpiente los arrebató y los escondió en su ávida boca. Todos se quedaron estupefactos, pero el augur conocedor de la verdad, el Testórida, dijo: «¡Venceremos!

¡Alegraos, pelasgos! Troya caerá, pero nuestra empresa tendrá una larga demora», y distribuyó las nueve aves en nueve años de guerra. Aquella serpiente, tal como estaba abrazada a las verdes ramas del árbol, se volvió piedra y marcó la roca con la imagen de serpiente. Bóreas permanece violento en las aguas aonias y no traslada las guerras, y hay quienes creen que Neptuno perdona a Troya porque había construido las murallas para la ciudad; pero no el Testórida: pues él no ignora ni calla que la ira de la virgen diosa debe aplacarse con sangre de virgen.

Cuando la causa pública y el rey vencieron al padre, y destinada a dar su casta sangre, Ifigenia estuvo ante el altar frente a los ministros que lloraban, la diosa fue vencida y echó una nube ante los ojos y en medio del ritual, la multitud del sacrificio y las voces de los que rezaban, se cuenta que sustituyó a la micénica por una cierva. Así que cuando Diana fue aplacada con la matanza que convenía, y a la vez la ira de Febe, a la vez la del mar, retrocedió, las mil quillas reciben vientos de popa y tras soportar muchas cosas se apoderan de la arena frigia.

Hay un lugar en medio del orbe entre las tierras y el mar y las regiones celestes, confín del triple mundo; desde donde todo lo que existe, aunque esté ausente de sus regiones, se observa, y toda voz penetra hasta los cóncavos oídos: la Fama lo ocupa y se eligió morada en la cumbre de la ciudadela, e innumerables accesos y mil agujeros añadió al edificio y no cerró los umbrales con ninguna puerta; noche y día está abierto: todo es de bronce sonoro, todo resuena y repite las voces e itera lo que oye; no hay reposo dentro ni silencio en parte alguna, pero tampoco hay clamor, sino murmullos de voz pequeña, como suelen ser los de las olas del mar, si alguien las oye desde lejos, o como el sonido que los últimos truenos devuelven cuando Júpiter ha hecho estallar las nubes oscuras.

La multitud llena los atrios: vienen y van, vulgo ligero, y miles de rumores mezclados con verdades vagan por todas partes y hacen rodar palabras confusas; de ellos, unos llenan de charlas los oídos vacíos, otros llevan lo narrado a otro sitio, y la medida de lo fingido crece, y cada nuevo autor añade algo a lo oído. Allí está la Credulidad, allí el Error temerario y la vana Alegría y los Temores consternados y la Sedición repentina y los Susurros de autor dudoso; ella misma ve lo que se hace en el cielo, en el mar y en la tierra, e indaga en todo el orbe.

Ella había hecho saber que las naves griegas con soldados valientes se acercaban, y el enemigo no llega inesperado en armas: los troyanos prohíben el acceso y protegen la costa, y tú, Protesilao, caes el primero, fatalmente, por la lanza de Héctor, y los combates iniciados cuestan caro a los dánaos, y Héctor es conocido por la muerte de almas valerosas. Tampoco los frigios sintieron con poca sangre lo que puede la diestra aquea, y ya enrojecían las costas sigeas, ya la prole de Neptuno, Cicno, había entregado mil hombres a la muerte, ya Aquiles arreciaba en su carro y arrasaba formaciones enteras con el golpe de su lanza pelia y por las filas, buscando a Cicno o a Héctor, se enfrenta a Cicno (Héctor había sido aplazado hasta el décimo año): entonces, tras arengar a sus caballos de cuellos blancos oprimidos por el yugo, dirigió el carro contra el enemigo y agitando con sus brazos las armas vibrantes, dijo: «¡Quienquiera que seas, joven, ten como consuelo de tu muerte el haber sido degollado por Aquiles el hemonio!»

Hasta aquí el Eácida: a la voz siguió la pesada lanza, pero aunque no hubo error en la lanza certera, sin embargo nada logró el filo del hierro lanzado y como con golpe embotado apenas magulló el pecho. «Hijo de diosa, pues te conocíamos de antemano por la fama», dijo aquel, «¿por qué te asombras de que la herida esté ausente de mí?» (pues se asombraba). «No son esta que ves, casco leonado con crines de caballo, ni el escudo cóncavo, carga de mi izquierda, mi ayuda: es belleza lo que busco con ellos; también Marte por esto suele tomar armas.

Se quitará el servicio de esta protección: sin embargo saldré ileso. Algo significa no haber nacido de una nereida, sino de quien gobierna a Nereo y a sus hijas y todo el mar.» Dijo, y lanzó contra el Eácida un dardo destinado a clavarse en la curvatura del escudo, que atravesó el bronce y las nueve capas siguientes de piel de buey, pero se detuvo en la décima capa. El héroe lo arrancó y de nuevo con mano fuerte lanzó las armas temblorosas: de nuevo el cuerpo estuvo sin herida e intacto; ni la tercera lanza pudo

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rasguñar a Cicno, que se ofrecía expuesto. No de otro modo se encendió que cuando el toro en el circo abierto embiste con su terrible cuerno sus provocaciones, las vestiduras púrpuras, y siente las heridas eludidas; no obstante examina si el hierro se ha caído de la lanza: estaba adherido a la madera. «¿Es débil entonces mi mano, y», dice, «las fuerzas que antes tuvo las ha gastado en uno solo? Pues ciertamente fue fuerte, cuando primero derribé las murallas de Lirneso, o cuando llené de su propia sangre a Ténedos y las Tebas de Eetión, o cuando el Caico fluyó purpúreo con la matanza de su pueblo, y Télefo sintió dos veces la obra de mi lanza.

También aquí, con tantos muertos, cuyos montones por la costa hice y veo, mi diestra fue y es fuerte.» Dijo y, como si no creyera en las anteriores hazañas, lanzó la lanza contra Menoetes, del pueblo licio, que estaba enfrente, y le rompió la coraza y el pecho que había debajo. Cuando este golpeaba con su cabeza moribunda la dura tierra, arranca del cálido cuerpo el mismo dardo y dice: «Esta es la mano, esta es la lanza con que acabo de vencer: las usaré contra este; ¡que haya en este, ruego, el mismo final!»

Dicho esto, busca a Cicno, ni la lanza de fresno yerra y sonó en el hombro izquierdo, no evitada, y de allí rebotó como de un muro o de una roca sólida; sin embargo donde había sido golpeado, había visto a Cicno marcado con sangre y se había alegrado en vano Aquiles: no había herida, la sangre era de Menoetes. Entonces verdaderamente de cabeza, furioso, desde el alto carro salta y, buscando de cerca al enemigo seguro con su espada brillante, ve que el escudo y el casco son perforados por la espada, pero que también el hierro se daña en el duro cuerpo.

No lo soportó más y con el escudo retirado golpeó tres y cuatro veces el rostro y las sienes cóncavas del hombre con la empuñadura, y persiguiendo al que retrocede lo acosa y lo perturba y lo derriba y le niega el descanso al aturdido: el pánico se apodera de él, y ante sus ojos nadan tinieblas, y retrocediendo con pasos hacia atrás, una piedra se interpuso en medio del campo; sobre ella, habiendo empujado a Cicno con el cuerpo hacia atrás, Aquiles con gran fuerza lo volcó y lo estrelló contra la tierra.

Luego oprimiendo su pecho con el escudo y las duras rodillas, tira de las ataduras del casco, que apretadas bajo el mentón estrangulan la garganta y el respiradero y el camino le arrebatan al alma. Se preparaba para despojar al vencido: ve las armas abandonadas; el dios del mar convirtió el cuerpo en un ave blanca, cuyo nombre tenía hace poco. Esta tarea, este combate de muchos días trajo descanso y los dos bandos se detuvieron con las armas depuestas. Y mientras un vigilante guardián vigila las murallas frigias, y un vigilante guardián vigila las fosas argólicas, llegó un día festivo, en que Aquiles, vencedor de Cicno, Palas era aplacada con la sangre de una vaca sacrificada; cuando los lomos fueron colocados sobre los altares humeantes, y el humo, grato a los dioses, penetró en el éter, las ofrendas se cumplieron, el resto fue entregado a los banquetes.

Los nobles se reclinaron en los lechos y con carne asada llenaron sus cuerpos y con vino aliviaron sus preocupaciones y su sed. No los deleita la cítara ni los cantos de las voces ni la larga flauta de boj perforado, sino que prolongan la noche con conversación, y hablar de hazañas es el tema: refieren combates, los del enemigo y los propios, y por turnos les gusta recordar una y otra vez los peligros afrontados y superados; pues ¿qué otra cosa hablaría Aquiles, o qué otra cosa hablarían en presencia del gran Aquiles?

Sobre todo la reciente victoria sobre el vencido Cicno fue tema de conversación: a todos les parecía admirable que el cuerpo del joven fuera impenetrable a cualquier arma e invulnerable a las heridas y que repeliera el hierro. De esto se admiraban el mismo Eácida y los aqueos, cuando Néstor dijo así: 'en vuestra época hubo uno solo que despreciaba el hierro y no podía ser atravesado por ningún golpe, Cicno. Pero yo mismo vi antaño a Ceneo de Perrebia, que con su cuerpo soportaba mil heridas sin ser dañado, Ceneo de Perrebia, célebre por sus hazañas, que habitó el Otris, y para que esto fuera más asombroso en él, había nacido mujer.' La novedad del prodigio conmueve a todos los presentes, y le piden que lo cuente: entre ellos Aquiles: 'Vamos, habla, pues todos tenemos el mismo deseo de escuchar, oh elocuente anciano, sabiduría de nuestra época, quién fue Ceneo, por qué se transformó en lo contrario, en qué campaña, en el combate de qué batalla lo conociste, por quién fue vencido, si es que fue vencido por alguien.' Entonces el anciano: 'aunque me estorba la lenta vejez, y muchas cosas que vi en mis primeros años se me escapan, sin embargo recuerdo más.

Y ningún hecho se adhiere más a mi corazón entre tantas cosas vividas en la guerra y en la paz, y si una larga vejez pudo convertir a alguien en espectador de muchos hechos, he vivido doscientos años; ahora transcurre mi tercera edad. 'Famosa por su belleza fue Cenis, hija de Elato, la más hermosa virgen de las tesalias, y por las ciudades vecinas y por las tuyas (pues era de tu pueblo, Aquiles), muchos pretendientes la desearon en vano con sus votos. Quizá también Peleo hubiera intentado aquel matrimonio: pero ya había contraído las nupcias con tu madre o le habían sido prometidas, y Cenis no se casó con nadie y recorriendo una playa solitaria sufrió la violencia del dios marino (así lo contaba la fama), y cuando Neptuno gozó las delicias del nuevo amor, dijo: "que tus deseos sean seguros de no ser rechazados: elige, pide lo que quieras" (esto también lo contaba la fama).

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"Esta injuria hace grande mi deseo" dijo Cenis, "que ya no pueda sufrir algo así: concede que no sea mujer: todo lo habrás concedido." Pronunció las últimas palabras con una voz más grave y esa voz podía parecer de varón, como efectivamente era; pues ya el dios del mar profundo había asentido a su deseo y además había concedido que no pudiera ser herido por ninguna herida ni caer bajo el hierro. Se marcha contento con el don y pasa su vida en ocupaciones viriles el hijo de Atrax y recorre los campos peneos.

'Había desposado a Hipodamía el hijo del audaz Ixión y ordenó que las fieras nacidas de nubes, sentadas en fila ante las mesas, se reclinaran en una gruta techada con árboles. Estaban presentes los nobles de Hemonia, nosotros también estábamos allí, y el palacio festivo resonaba con la multitud confusa. He aquí que cantan el himeneo, y los atrios humean con las antorchas, y llega la virgen rodeada por el grupo de madres y nueras, notable por su rostro; dijimos que Pirítoo era afortunado por aquella esposa, presagio que casi convertimos en falso.

Pues a ti, el más salvaje de los salvajes centauros, Eurito, tanto tu pecho arde por el vino como por la virgen vista, y reina la embriaguez duplicada por la lujuria. Al instante las mesas volcadas perturban el banquete, y la nueva esposa es arrebatada por la fuerza, agarrada por los cabellos. Eurito rapta a Hipodamía, otros a la que cada uno aprobaba o podía, y era la imagen de una ciudad capturada. La casa resuena con gritos femeninos: rápidamente todos nos levantamos, y el primero, Teseo: "¿qué locura te impulsa, Eurito?" dice, "que viviendo yo provocas a Pirítoo e ignoras que ofendes a dos en uno?" Y para que el magnánimo no hubiera dicho esto en vano, aparta a los que se abalanzan y arrebata a la raptada de los furiosos.

Él nada responde (pues no puede defender con palabras tales actos) sino que ataca el rostro del vengador con manos insolentes y golpea su noble pecho. Por casualidad había cerca una antigua crátera, áspera con relieves sobresalientes; el Egida, más grande que ella siendo grande, la levantó y la arrojó contra el rostro adverso: él, vomitando por la herida y la boca borbotones de sangre junto con cerebro y vino, cae de espaldas en la arena mojada y patalea. Los biformes hermanos arden por la muerte y todos a la vez gritan con una sola voz "¡armas, armas!" El vino daba ánimos, y en la primera lucha vuelan las copas lanzadas y los frágiles jarros y las curvas vasijas, cosas antes para banquetes, entonces aptas para la guerra y la matanza.

'El primero, Amico hijo de Ofión, no temió despojar de sus ofrendas el santuario y el primero arrebató del templo una gruesa antorcha de lámparas resplandecientes y alzándola en alto, como quien se dispone a romper el blanco cuello de un toro con hacha sacrificial, la descargó en la frente del lapita Celadonte y dejó los huesos confundidos y el rostro irreconocible. Los ojos saltaron fuera, los huesos del rostro fueron destrozados, la nariz fue empujada hacia atrás y quedó clavada en medio del paladar.

A este, el peleo Pélates lo derribó a tierra con el pie arrancado de una mesa de arce, con el mentón hundido en el pecho, y escupiendo dientes mezclados con negra sangre con doble herida lo envió a las sombras del Tártaro. 'El siguiente, Grineo, mientras estaba de pie mirando los altares humeantes con rostro terrible, dice "¿por qué no usamos estos?" y con los suyos levantó el enorme altar lleno de fuegos y lo arrojó en medio del grupo de lapitas y aplastó a dos, Broteas y Orión: la madre de Orión era Mícale, de quien se sabía que con sus cantos hacía descender frecuentemente los cuernos de la luna reticente.

"¡No lo harás impunemente, si tan solo se me diera un arma!" había dicho Exadio y tiene como arma los cuernos de un ciervo votivo que estaban colgados en un alto pino. Grineo es atravesado aquí en sus dos ojos por el doble cuerno y le arrancan los ojos, parte de los cuales queda pegada a los cuernos, parte fluye a la barba y cuelga cuajada de sangre. 'He aquí que Reteo arrebata de en medio de los altares un tizón ardiente de brasa y por el lado derecho rompe las sienes de Caraxo, protegidas por rubios cabellos.

Atrapados por la rápida llama, ardieron sus cabellos como un campo seco, y la sangre quemada por la herida dio un sonido terrible con su siseo, como suele dar el hierro enrojecido al fuego, que a menudo cuando el herrero lo ha sacado con la curva tenaza, lo sumerge en los estanques: pero aquello silba y resuena sumergido en el agua agitada. Herido, sacude de sus hirsutos cabellos el fuego voraz y levanta sobre sus hombros el umbral arrancado del suelo, carga de un carro, que ni siquiera permite lanzar contra el enemigo, su propio peso lo impide: la mole pétrea también aplastó a su compañero Cometes que estaba de pie a menor distancia.

Y Reteo no retiene su alegría: "Así", dice, "ruego que sea el resto de la fuerte turba de tu campamento!" y con el leño medio quemado renueva la herida repetida y tres y cuatro veces con pesado golpe rompió las junturas del cráneo, y los huesos se asentaron en el cerebro licuado. 'Vencedor pasa hacia Evagro y Corito y Driante; cuando Corito, cuyas mejillas estaban cubiertas de primera pelusa, cayó, Evagro dijo: "¿qué gloria te has ganado por haber derribado a un muchacho?" Y Reteo no permite que diga más y feroz hunde las llamas rojizas en la boca abierta del hombre que hablaba y a través de la boca en el pecho.

También a ti, cruel Driante, girando el fuego alrededor de la cabeza te persigue, pero no recayó en ti también el mismo final: mientras se ufana del éxito de la matanza continua, lo clavas con una estaca quemada donde el cuello se une al hombro. Gimió y apenas arrancó la estaca del duro hueso

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Reteo también, empapado en su propia sangre, huye. Huyen Orneo y Licabas y Medón, herido en el hombro derecho, y con Písenor, Taumante, y Mérmero, que poco antes había vencido a todos en la carrera a pie, pero ahora caminaba más lento por la herida recibida; y Folo y Melaneo y Abante, cazador de jabalíes, y el augur Asbolo, que en vano les había desaconsejado la guerra: él incluso le dice a Neso, temeroso de las heridas: "¡No huyas! Serás guardado para los arcos de Hércules." Pero no escaparon a la muerte Eurínomo, Lícidas, Areo e Imbreo, a quienes la diestra de Driante hirió de frente.

De frente también tú, Creneo, aunque habías vuelto la espalda para huir, recibiste la herida: pues al mirar atrás recibes el pesado hierro entre los dos ojos, donde la nariz se une con la frente, en lo más bajo. Entre tanto estrépito yacía sin fin dormido en las venas e inconsciente Áfidas, sosteniendo con lánguida mano las copas con vino mezclado, tendido sobre las peludas pieles de una osa del Osa; cuando Forbas lo vio a lo lejos, sin mover arma alguna en vano, mete los dedos en la correa y le dijo: "Mezclarás tu vino con la Estigia"; y sin más demora lanzó la jabalina contra el joven, y el fresno armado de hierro, clavado en su cuello mientras yacía boca arriba por casualidad, se hundió.

La muerte careció de sentido, y de su garganta llena brotó negra la sangre hacia los lechos y hacia las mismas copas. Vi yo a Petreo intentando arrancar de la tierra una encina cargada de bellotas; y mientras la abraza y la sacude de un lado a otro y mueve el roble debilitado, la lanza de Pirítoo, introducida en las costillas de Petreo, fijó su pecho en lucha con el duro roble. Decían que Lico había caído por el valor de Pirítoo, y Cromis por el valor de Pirítoo, pero ambos dieron menos gloria al vencedor que Dictis y Hélope: Hélope fue atravesado por un dardo que le perforó las sienes y lanzado desde la derecha penetró hasta el oído izquierdo; Dictis, cayendo desde el filo de una abrupta montaña, mientras huía temblando al hijo de Ixión que lo acosaba, cayó de cabeza y con el peso de su cuerpo rompió un enorme fresno y ensartó sus propias entrañas en las ramas rotas.

Aparece Afareo como vengador y arrancando una roca del monte intenta lanzarla; mientras lo intenta, con un tronco de encina el Egida lo alcanza y le rompe los enormes huesos del codo; no tiene tiempo ni ganas de dar muerte a aquel cuerpo inútil, y salta sobre el lomo del alto Bienor, no acostumbrado a llevar a nadie más que a sí mismo, le apoyó la rodilla en las costillas y agarrando con la izquierda su cabellera, sosteniéndole el rostro y la boca amenazante, le rompió con el nudoso madero las duras sienes.

Con el madero derriba a Nedimno y al lanzador de jabalinas Licopeo y a Hipasón, protegido el pecho por abundante barba, y a Rifeo, que sobresalía por encima de las altas selvas, y a Tereo, que solía capturar en los montes de Hemonia osos y llevarlos vivos a casa, aunque rebeldes. No soportó Demoleón que Teseo siguiera usando con éxito los triunfos de la lucha: arranca de su sólido tronco un viejo pino con gran esfuerzo; y como no pudo, lo lanzó roto contra el enemigo, pero Teseo se alejó del proyectil que venía advertido por Palas: así quería él que se creyera.

Sin embargo el árbol no cayó en vano, pues le cortó a Crantor el alto cuello y el pecho y el hombro izquierdo: él había sido escudero de tu padre, Aquiles, a quien Amintor, rey de los dólopos, derrotado en la guerra, había dado al Eácida como prenda y garantía de paz. Cuando Peleo lo vio a lo lejos destrozado por horrible herida, dijo: "Pero recibe, Crantor, el más querido de los jóvenes, una ofrenda funeraria" y con su fuerte brazo lanzó la lanza de fresno con todas sus fuerzas contra Demoleón, que rompió el enrejado de sus costados y quedó clavada en los huesos y tembló: él arranca con la mano la madera sin punta (apenas la sigue), la punta quedó retenida en el pulmón; el mismo dolor daba fuerzas a su ánimo: enfermo se yergue contra el enemigo y pisa al varón con sus cascos equinos.

Aquel recibe los golpes que resuenan en el casco y el escudo y defiende los hombros y sostiene las armas extendidas y de un solo golpe traspasa dos pechos por los hombros. Antes, sin embargo, había dado muerte de lejos a Flegreón e Hilo, y en combate cerrado a Ifinoo y Clanio; se añade a estos Dorilas, que llevaba las sienes cubiertas con piel de lobo y en lugar de cruel arma curvos cuernos de buey, enrojecidos de mucha sangre. A él le dije (pues el valor me daba ánimo): "Mira cuánto ceden tus cuernos a mi hierro" y lancé un dardo: como no pudo evitarlo, opuso la mano derecha a la frente que iba a ser herida: quedó la mano clavada con la frente; se hace un clamor, pero a él, que se mantenía en pie, Peleo lo hirió vencido por la cruel herida (pues estaba más cerca) con la espada bajo el vientre central.

Saltó con fiereza y arrastró por tierra sus entrañas y al arrastrarlas las pisó y al pisarlas las rompió y con ellas también enredó sus patas y cayó con el vientre vacío. Ni a ti luchando, Cílaro, tu belleza te redimió, si es que concedemos belleza a esa naturaleza. Tenía barba incipiente, el color de la barba era dorado, dorada la melena que le colgaba desde los hombros hasta media espalda. Agradable vigor en el rostro; cuello, hombros y manos y pecho próximos a las estatuas alabadas de artífices, y en todo lo que es varón; ni la parte equina bajo él era defectuosa e inferior al varón: dale cuello y cabeza,

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será digno de Cástor: así de apto para montar es el lomo, así son de elevados los pechos musculosos. Todo más negro que oscura pez, pero la cola es blanca; también el color de las patas es blanco. Muchas de su raza lo pretendieron, pero sola se lo llevó Hilónome, ninguna más hermosa entre las mujeres semifieras habitó en los altos bosques; ella sola retiene a Cílaro con caricias y amándolo y confesando su amor, también con el cuidado, tanto como puede darse en aquellos miembros, para que el pelo quede suave con el peine, para que ora se adorne con rocío del mar, ora con violeta o rosa, a veces porte blancos lirios, y dos veces al día lave su rostro en las fuentes que caen de la cima del bosque de Pagasas, dos veces bañe su cuerpo en el río, y no se cubra con pieles más que de animales escogidos y hermosos en el hombro o el costado izquierdo.

Igual es su amor: juntos vagan por los montes, juntos entran en las grutas; y entonces habían entrado juntos en los techos lapitas, y juntos llevaban la feroz guerra: (no se sabe de dónde) una jabalina desde la parte izquierda vino y por debajo del cuello donde está el pecho, te hirió, Cílaro; el corazón, lesionado por pequeña herida, se enfrió con todo el cuerpo después de extraer el arma. Al instante Hilónome recibe los miembros que mueren y poniendo la mano en la herida la cuida y acerca boca a boca e intenta oponerse al alma que huye; cuando lo ve muerto, con palabras que el clamor impidió que llegaran a mis oídos, se dejó caer sobre el arma que se le había clavado y muriendo abrazó a su esposo.

Está también ante mis ojos aquel que había atado seis pieles de leones entrelazadas con nudos, Feócomes, protegiendo al mismo tiempo al hombre y al caballo; quien lanzando un tronco que apenas moverían dos yuntas de bueyes destrozó desde lo alto de la cabeza a Tectafón Oleníada; la bóveda anchísima del cráneo se rompió, y por la boca y por las fosas nasales huecas y los ojos y las orejas fluyó el cerebro blando, como suele la leche coagulada en cesto de encina o como el líquido bajo el peso de un ralo colador mana y se exprime espeso por los densos agujeros.

Pero yo, mientras él se dispone a despojar de armas al yacente, (lo sabe tu padre) hundí la espada del que despojaba en el bajo vientre. También Ctonio y Téleboas caen por mi espada: uno portaba una rama bifurcada, el otro una jabalina; con la jabalina me hizo heridas: ves las señales; aún aparece de ahí una vieja cicatriz. Entonces debí ser enviado a tomar Pérgamo; entonces podía, si no vencer, al menos detener las armas del gran Héctor con las mías; pero en aquel tiempo o no existía Héctor, o era un niño; ahora me falta mi edad.

¿Por qué te contaría sobre Perifante, vencedor del doble Pireto, por qué sobre Ámix, que con el cuádruple pie de Equeclo clavó en la cara de su rival un asta sin punta? Macareo derribó a Erigdupo con una estaca del monte Peletrón hundida en su pecho; recuerdo también una jabalina lanzada por las manos de Néseo Cimelo, enterrada en la ingle. Y no vayas a creer que Mopso, hijo de Ampico, solo cantaba el futuro: por el dardo de Mopso cayó Hódites, de doble forma, que intentó en vano hablar con la lengua clavada en el mentón y el mentón fijo en la garganta.

Ceneo había entregado a la muerte a cinco: Estéfelo, Bromo, Antímaco, Élimo y Piracmón, que llevaba un hacha: no recuerdo las heridas, pero anoté el número y los nombres. Latrea se lanzó armado con los despojos de Haleso de Hemonia, a quien había matado: era el más grande en miembros y cuerpo. Su edad estaba entre la de un joven y la de un viejo, pero tenía el vigor de la juventud; las canas le raleaban las sienes. Distinguido por el escudo, el casco y la sarisa macedonia, volviendo el rostro hacia ambos ejércitos sacudió las armas y cabalgó en círculo cerrado, y desató altanero al aire vacío estas palabras: "¿Y a ti, Ceneo, te voy a soportar?

Porque tú siempre serás mujer para mí, tú para mí serás Cenis. ¿Ni tu origen al nacer te lo recuerda? ¿No se te viene a la mente por qué hazaña ganaste ese premio y a qué precio compraste la falsa apariencia de varón? Mira lo que naciste, o lo que sufriste, y vete, toma el cesto y las ruecas y retuerce el hilo con el pulgar; deja la guerra a los hombres". Mientras él gritaba esto, Ceneo con una lanza lanzada en carrera le atravesó el costado extendido, donde el hombre se unía al caballo.

Latrea se enloqueció de dolor y golpeó con la sarisa el rostro desnudo del joven de Filia: pero rebotó como rebota el granizo en el techo de una casa, o como cuando alguien golpea con una piedra pequeña un tambor hueco. Se acercó cuerpo a cuerpo y luchó por hundir la espada en el costado duro: pero no había lugar permeable para la espada. "Sin embargo no escaparás. Te degollaré con la hoja entera, ya que el filo está embotado", dijo, y puso la espada oblicua contra el costado y lo abrazó con la diestra larga en los ijares.

El golpe produjo un sonido como si se golpeara un cuerpo de mármol, y la hoja se rompió y saltó al chocar contra la piel endurecida. Cuando Ceneo le mostró bastante sus miembros ilesos mientras él se asombraba, "Ahora vamos", dijo, "probemos tu cuerpo con mi hierro". Y hundió hasta la empuñadura la espada letal en sus hombros y la movió a ciegas en las vísceras y giró la mano e hizo herida sobre herida. He aquí que se precipitan los bimembres enfurecidos con un grito inmenso y todos juntos lanzan y arrojan sus armas contra él, contra uno solo.

Las armas caen embotadas: Ceneo de Élato permanece sin ser traspasado por ningún golpe y sin manchar de sangre. La novedad los dejó atónitos. "¡Qué vergüenza enorme!", gritó Mónico. "Un pueblo entero somos vencidos por uno solo, y apenas varón; aunque él es varón, nosotros con nuestras acciones cobardes

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somos lo que él fue. ¿De qué sirven nuestros miembros descomunales? ¿De qué sirven nuestras fuerzas dobles y que la naturaleza más poderosa de las criaturas en nosotros haya unido dos animales? No creo que seamos hijos de una diosa ni de Ixión, que fue tan grande que pudo concebir la esperanza de alcanzar a la alta Juno: ¡nosotros somos vencidos por un enemigo semivaron! ¡Arrojad sobre él rocas, vigas y montañas enteras y aplastadle el alma persistente con los bosques lanzados! ¡Que la masa le oprima la garganta y el peso hará las veces de herida!" Dijo, y encontrando por casualidad una viga derribada por las violentas fuerzas del austro, la arrojó contra el poderoso enemigo y sirvió de ejemplo, y en poco tiempo el Otris quedó desnudo de árboles y el Pelión no tenía sombras.

Sepultado bajo el cúmulo inmenso, bajo el peso, Ceneo se agita y sostiene sobre sus duros hombros los robles amontonados, pero cuando el peso sobre su boca y cabeza aumentó y no tuvo aire que respirar, unas veces desfallece, otras veces intenta en vano levantarse sobre el aire y sacudirse los bosques lanzados, y a veces se mueve como si, mira, viéramos la elevada Ida sacudirse con los movimientos de la tierra. El final es incierto: unos decían que su cuerpo fue arrastrado bajo los bosques hasta el vacío Tártaro; lo negó el hijo de Ampico, que desde el centro del montón vio un ave de plumas doradas salir hacia los aires líquidos, que yo vi entonces por primera vez y por última vez.

Cuando Mopso la vio volando en suave vuelo alrededor de su campamento y resonando en torno con un enorme graznido, la siguió con los ojos y el alma juntos y dijo: "¡Salve, oh gloria de la raza lapita, el más grande de los varones antes, pero ahora ave única, Ceneo!" La historia fue creída por su autor: el dolor añadió ira, y apenas soportamos que uno solo fuera oprimido por tantos enemigos; y no cesamos de ejercer el dolor con el hierro hasta que la muerte se llevó a unos y la huida y la noche alejó al resto".

Mientras Néstor el pilio relataba estos combates entre los lapitas y los centauros semihombres, Tlepólemo no soportó el dolor del pasado con la boca callada sobre Alcides y dijo: "Es asombroso, anciano, que hayas olvidado las alabanzas de Hércules; ciertamente mi padre solía contarme a menudo que había domado a los nacidos de las nubes". Triste ante esto el pilio: "¿Por qué me obligas a recordar desgracias y a reabrir los duelos cubiertos por los años y a confesar el odio y las ofensas contra tu padre?

Él, por los dioses, hizo hazañas mayores que la fe y llenó el orbe con sus méritos, cosa que yo preferiría poder negar; pero no alabamos ni a Deífobo ni a Polidamante ni al propio Héctor: ¿quién elogia a un enemigo? Ese padre tuyo destruyó en otro tiempo las murallas de Mesenia y arrasó las ciudades inocentes de Élide y Pilo y lanzó el hierro y las llamas contra mis hogares, y, para callar a los otros que mató, éramos doce los hijos de Neleo, juventud distinguida, doce cayeron por la fuerza de Hércules, excepto yo; que los demás pudieran ser vencidos es soportable: pero asombrosa fue la muerte de Periclímeno, a quien el poder de tomar las figuras que quisiera y de volver a dejar las tomadas había dado Neptuno, autor de la sangre de Neleo.

Cuando hubo variado en vano todas las formas, se convirtió en la figura del ave que suele llevar los rayos en sus pies curvos, la más grata al rey de los dioses; usando las fuerzas del ave con plumas, pico ganchudo y garras curvas, desgarró el rostro del varón. El héroe de Tirinto tendió contra ella los arcos demasiado certeros y mientras llevaba los miembros sublimes entre las nubes y colgaba, la hirió donde el ala se une al costado; la herida no era grave, pero los nervios rotos por la herida fallaron y negaron el movimiento y la fuerza del vuelo.

Cayó a tierra sin que las plumas debilitadas recibieran los aires, y donde la flecha se había clavado ligera en el ala, fue oprimida por el peso del cuerpo que se desplomaba, y a través del costado superior fue impelida hasta la garganta izquierda. ¿Ahora me parece que debo alabar las hazañas de tu Hércules en tus actos, oh bellísimo conductor de la flota de Rodas? Sin embargo, no vengo a mis hermanos más que silenciando sus valientes hechos: la gratitud conmigo está sólida". Después de que el hijo de Neleo pronunció esto con dulce boca, se levantaron de los lechos tras el discurso del anciano, recuperando el don de Baco: el resto de la noche fue entregado al sueño.

Pero el dios que con el tridente gobierna las ondas marinas duele con ánimo paterno por el cuerpo de su hijo convertido en ave, el hijo de Faetonte, y odiando al cruel Aquiles ejercita iras memorables más allá de lo civil. Y ya casi cumplidas dos décadas de guerra, se dirige con estas palabras al melenudo Esminteo: "Oh tú, de lejos el más grato para mí de los hijos de mi hermano, tú que conmigo levantaste en vano las murallas de Troya, ¿acaso, cuando ves estas torres que ya ya van a caer, gimes?

¿Acaso dueles por tantos miles cortados que defienden los muros? ¿Acaso, para no perseguir a todos, se te aparece la sombra de Héctor arrastrado alrededor de su Pérgamo? Mientras tanto aquel feroz, más sangriento que la guerra misma, todavía vive, el destructor de nuestra obra, Aquiles. ¡Que se me presente: le haré saber lo que puedo hacer con el tridente triple! Pero ya que no me es dado enfrentarme de cerca al enemigo, ¡mátalo inesperado con una flecha oculta!" Asintió, y complaciendo a la vez el ánimo de su tío y el suyo, Delio cubierto en una nube llega al ejército iliaco y en medio de la matanza de varones percibe a Aquiles dispersando flechas entre los desconocidos aquivos

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tela de los Destinos y confesando al dios, "¿por qué desperdicias tus flechas en sangre de plebe?", dice. "Si tienes algún cuidado de los tuyos, vuélvete contra el Eácida y venga a tus hermanos asesinados." Y dicho esto, señalando al hijo de Peleo que tendía con su hierro los cuerpos troyanos, giró su arco hacia él y dirigió la flecha certera con su diestra mortal. Esto fue lo único en que el viejo Príamo pudo alegrarse después de Héctor; así tú, vencedor de tantos, Aquiles, fuiste vencido por el cobarde raptor de la esposa griega.

Pero si debías caer por un combate de mujer, habrías preferido perecer bajo el hacha de las termodontas. Ya aquel terror de los frigios, honor y defensa del nombre pelasgo, el Eácida, cabeza insuperable en la guerra, había ardido: el mismo dios lo había armado y el mismo lo había quemado; ya es ceniza, y de tan gran Aquiles queda no sé qué cosa pequeña, que apenas llena una urna, pero vive su gloria entera, que puede llenar el orbe. Esta es la medida que corresponde a ese varón, y por ella el Pélida es igual a sí mismo y no siente el vacío Tártaro.

Incluso su escudo, para que puedas reconocer de quién fue, provoca batallas, y por sus armas se combate. No se atreve a reclamarlas el Tidida, ni el Áyax de Oileo, ni el Atrida menor, ni el mayor en guerra y en edad, ni otros: solo en los nacidos de Telamón y en Laertes hubo confianza en tan gran gloria. El Tantálida apartó de sí la carga y la envidia y ordenó que los jefes argivos se sentaran en medio del campamento y trasladó el arbitrio de la disputa a todos.

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