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Libro XI

Las metamorfosis · Ovidio · 41 min de lectura

Parte1versos 1-100

Mientras con tal canto el cantor de Tracia conduce los bosques, los ánimos de las fieras y las rocas que lo siguen, he aquí que las nueras de los Cícones, enloquecidas, cubiertas los pechos con pieles de animales, desde lo alto de una colina divisan a Orfeo enlazando canciones con las cuerdas pulsadas. Una de ellas, sacudiendo su cabellera suelta por los aires, dice: «¡Miren, miren, aquí está el que nos desprecia!» y lanzó una lanza contra la boca elocuente del poeta de Apolo, que, cubierta de hojas, dejó una marca sin herida; el arma de otra es una piedra, que arrojada en pleno aire fue vencida por la armonía de la voz y la lira y como suplicante por tan furiosa osadía cayó ante sus pies.

Pero en verdad crece temeraria la batalla y desaparece la medida y reina la Erinia insana; todos los proyectiles habrían sido ablandados por el canto, pero el inmenso clamor y la flauta de Bercintia y el cuerno roto y los tambores y los aplausos y los aullidos báquicos cubrieron con su estruendo el sonido de la cítara, entonces al fin las piedras se enrojecieron con la sangre del poeta no escuchado. Y primero las Ménades arrebataron las innumerables aves y serpientes y la tropa de fieras aún atónitas por la voz del que cantaba, trofeo del triunfo de Orfeo; luego con las diestras ensangrentadas se vuelven contra Orfeo y se reúnen como las aves, si alguna vez ven vagando de día al ave de la noche, y como en un teatro dispuesto a ambos lados el ciervo destinado a morir en la arena matutina es presa de los perros, atacan al poeta y le arrojan tirsos verdes de follaje, no hechos para estos usos.

Unas lanzan terrones, otras ramas arrancadas de los árboles, otras arrojan piedras; y para que no falten armas a su furor, por casualidad unos bueyes sometían la tierra bajo el arado hundido, y no lejos de allí, preparando el fruto con mucho sudor, unos campesinos musculosos cavaban los duros campos, quienes al ver la turba huyen y abandonan las herramientas de su labor, y yacen dispersas por los campos vacíos las azadas y los pesados rastrillos y las largas palas; y después de que las furiosas arrebataron estas cosas y descuartizaron los bueyes de amenazantes cuernos, vuelven corriendo hacia el destino del poeta y a él que tendía las manos y por primera vez en aquel momento hablaba en vano y no conmovía nada con su voz las sacrilegas lo matan, y por aquella boca, ¡oh Júpiter!, que había sido escuchada por las rocas y comprendida por los sentidos de las fieras, el alma exhalada se retiró a los vientos.

A ti, Orfeo, las aves afligidas, a ti la turba de fieras, a ti las duras rocas, a ti los bosques que tantas veces siguieron tus cantos te lloraron, el árbol despojado de sus hojas rapado el cabello te lloró; también dicen que los ríos crecieron con sus propias lágrimas, y las náyades cubiertas con velos oscuros y las dríades tuvieron sueltos los cabellos. Los miembros yacen dispersos por distintos lugares, la cabeza y la lira, Hebro, tú los recibes: y (¡cosa admirable!) mientras se deslizan por mitad de la corriente, algo triste se lamenta la lira, triste murmura la lengua exánime, tristes responden las riberas.

Y ya llevados al mar abandonan el río patrio y alcanzan la costa de Lesbos en Metimna: aquí una serpiente feroz en arenas extrañas ataca expuesto el rostro y los cabellos esparcidos que gotean rocío. Por fin se presenta Febo y detiene a la que se preparaba a infligir mordidas y congela en piedra las fauces abiertas de la serpiente y endurece los boquetes abiertos tal como estaban. La sombra desciende bajo tierra, y reconoce todos los lugares que había visto antes, y buscando por los campos de los piadosos encuentra a Eurídice y la abraza con brazos ávidos; aquí ahora pasean ambos con pasos unidos, ahora él sigue a la que va delante, ahora va adelante como guía y Orfeo ya contempla seguro a su Eurídice.

Sin embargo Lieo no permite que este crimen quede impune y dolido por la pérdida del poeta de sus ritos al punto en los bosques ató con raíces retorcidas a todas las madres Edónidas que habían visto el sacrilegio; pues estiró los dedos de los pies de cada una por el camino que había seguido y hundió las puntas en la tierra sólida, y como el ave que ha metido su pata en los lazos que el cazador astuto ocultó y siente que está atrapada, se golpea y temblorosa aprieta las ataduras con su movimiento: así, cada una de ellas que había quedado fija al suelo, aterrada intentaba huir en vano, pero la flexible raíz la retiene y contiene su salto, y mientras busca dónde están los dedos, dónde el pie, y las uñas, ve que la madera invade las lisas pantorrillas y al intentar golpear el muslo con la mano dolorida golpeó robles, también el pecho se vuelve roble, robles son los hombros; creerías que los brazos nudosos son verdaderas ramas, y no te equivocarías al creerlo.

Ni esto le basta a Baco, abandona también aquellos campos y con su mejor coro busca los viñedos del Tmolo y el Pactolo, aunque no era aurífero en aquel tiempo ni envidiado por sus preciadas arenas. Lo frecuenta la acostumbrada cohorte, sátiros y bacantes, pero Sileno está ausente: a él, tambaleante por los años y el vino, lo capturaron los campesinos frigios y atado con coronas lo llevaron al rey Midas, a quien el tracio Orfeo había transmitido los misterios junto con Eumolpo el Cecropio.

Quien tan pronto reconoció al compañero y camarada de los ritos, celebró festivamente un banquete por la llegada del huésped durante diez días y diez noches consecutivas, y ya el Lucífero por undécima vez había reunido en lo alto la fila de estrellas, cuando alegre el rey llega a los campos lidios y devuelve a Sileno al joven alumno. A este dios le concedió grato, pero inútil,

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el arbitrio de un don para elegir, contento por recuperar a su tutor. Él, que iba a usar mal los dones, dice: «Haz que todo lo que toque con mi cuerpo se convierta en oro rojizo.» Asintió a lo pedido y otorgó el don que habría de dañarlo Líber y se dolió de que no hubiera pedido algo mejor. Alegre se marcha y se regoza en su mal el héroe de Bercinto y prueba tocando cada cosa la fe de la promesa y apenas creyéndose a sí mismo, arrancó de una encina de verde follaje no alto una vara: la vara se volvió de oro; levanta del suelo una piedra: también la piedra palideció en oro; tocó un terrón: con el toque poderoso el terrón se hace masa; arrancó espigas secas de Ceres: era una cosecha de oro; arrancó de un árbol una manzana: creerías que la habían regalado las Hespérides; si a los altos postes acercó los dedos, los postes parecen irradiar; también cuando en las aguas líquidas había lavado las palmas, el agua que fluía de sus palmas podría engañar a Dánae; apenas su mente capta sus propias esperanzas imaginando todo de oro.

Gozoso los sirvientes pusieron las mesas repletas de manjares y que no carecían de pan tostado: entonces en verdad, si él con su diestra había tocado los dones de Ceres, los dones de Ceres se endurecían, si se preparaba para arrancar los alimentos con ávido diente, una lámina dorada oprimía los alimentos al acercar el diente; había mezclado con agua pura al autor del don: verías oro fundido fluir por sus fauces. Atónito por la novedad del mal, rico y miserable, desea escapar de la riqueza y odia lo que poco antes había deseado.

Ninguna abundancia alivia el hambre; la sed árida le quema la garganta, y merecidamente es torturado por el oro detestado, y alzando las manos y los espléndidos brazos al cielo dice: «¡Perdona, padre Leneo! Hemos pecado, pero ten piedad, te ruego, y líbrame de este hermoso daño!» Benigna es la divinidad del dios: Baco al que confiesa haber pecado lo restablece y cumplida la promesa anula el don otorgado «Para que no permanezcas recubierto del oro mal deseado, ve», dice, «al río vecino de las grandes Sardes y por la cresta de la montaña saliendo al encuentro de las aguas que se deslizan toma el camino, hasta que llegues al nacimiento del río, y bajo la espumosa fuente, por donde más abundante brota, sumerge tu cabeza y a la vez el cuerpo, a la vez lava el crimen.»

El rey se acerca al agua ordenada: la fuerza áurea tiñó el río y del cuerpo humano pasó a la corriente; aún ahora, habiendo recibido la semilla de la antigua vena, los campos se endurecen de oro palideciendo con terrones húmedos. Él, odiando las riquezas, cultivaba los bosques y los campos y a Pan que habita siempre en las cuevas de las montañas, pero su ingenio torpe permaneció, y destinadas a dañar, como antes, otra vez eran las entrañas de su mente estúpida para su dueño.

Pues contemplando desde lo alto los estrechos se yergue rígido en la altura El Tmolo se extiende en su ascenso por ambas laderas y termina por un lado en Sardes, por el otro en la pequeña Hipepa. Allí Pan, mientras lanza sus silbidos a las tiernas ninfas y modula una canción ligera con su caramillo de cera, se atrevió a despreciar frente a sí mismo los cantos de Apolo, y llegó a un certamen desigual bajo el arbitraje del Tmolo. El anciano juez se sentó en su monte y liberó sus orejas de los árboles: solo su cabellera azul de encina le ciñe, y bellotas cuelgan alrededor de sus huecas sienes.

Y mirando al dios de los rebaños le dijo: "No hay demora en el juez". Aquel resuena con sus cañas campestres y con su canto bárbaro deleita a Midas (que casualmente estaba presente mientras cantaba); después de esto el sagrado Tmolo giró su rostro hacia la cara de Febo: su bosque siguió su mirada. Él, con la cabeza rubia ceñida de laurel del Parnaso, barre el suelo con su manto empapado de púrpura tiria y sostiene en la izquierda la lira adornada de gemas y marfil indio, la otra mano sostuvo el plectro; su propia postura fue la de un artista.

Entonces pulsa las cuerdas con su pulgar experto, y cautivado por su dulzura el Tmolo ordena a Pan que someta sus cañas a la cítara. El juicio y la sentencia del sagrado monte complace a todos, sin embargo es refutado y llamado injusto por las palabras de uno solo, Midas; y el Delio no soporta que sus orejas mantengan la estúpida forma humana, sino que las estira a lo largo y las llena de pelos blanquecinos y las hace inestables en la base y les da el poder de moverse: lo demás es de hombre, solo es condenado en una parte y se cubre con las orejas de un asno de lento caminar.

Él desde luego desea ocultarlas y por vergüenza de la fealdad intenta cubrirse las sienes con turbantes púrpura; pero un criado acostumbrado a cortarle el largo pelo con hierro lo había visto, y como no se atrevía a revelar la vergüenza vista, ni deseando divulgarla a los aires, ni pudiendo callarlo tampoco, se aparta y cava la tierra y con voz pequeña cuenta qué clase de orejas vio en su amo y lo murmura en el hoyo excavado y entierra el indicio de su voz cubriendo la tierra y se marcha en silencio del agujero tapado.

Un espeso bosquecillo de cañas trémulas empezó a crecer allí y, tan pronto maduró en el año completo, delató al labrador: pues movido por el suave austro repite las palabras enterradas y acusa las orejas del amo. Vengado se marcha del Tmolo y transportado por el aire líquido más acá del estrecho angosto de Hele, hija de Néfele, el Latoio se detuvo en los campos de Laomedonte. A la derecha del Sigeo, a la izquierda del abismo Reteo hay un antiguo altar consagrado al Tonante Panomfeo: desde allí ve a Laomedonte por primera vez emprender las murallas de la nueva Troya y crecer las obras emprendidas con gran trabajo

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y difícil, y no exigir pequeños recursos, y con el tridentífero padre del hinchado abismo se reviste de forma mortal y edifica murallas para el tirano frigio, pactando oro a cambio de las fortificaciones. La obra estaba terminada: el rey niega el pago y añade, como colmo de perfidia, perjurios con palabras falsas. "No lo harás impunemente", dijo el rector del mar, e inclinó todas las aguas hacia las costas de la avara Troya y llenó las tierras con forma de estrecho y arrebató los bienes a los agricultores y cubrió los campos con olas.

Ni siquiera este castigo es suficiente: también la hija del rey es reclamada por el monstruo marino, a ella atada a duras rocas la libera Alcides y reclama los prometidos regalos, los dichos caballos, y negada la recompensa de tan gran obra toma las murallas de la vencida Troya, dos veces perjura. Ni Telamón, parte de la campaña, se retiró sin honor y se quedó con Hesíone entregada. Pues Peleo era ilustre por su esposa divina y no estaba más orgulloso del nombre de su abuelo que del de su suegro, ya que ser nieto de Júpiter le tocó a más de uno, pero tener una diosa como esposa le tocó solo a uno.

Pues el viejo Proteo le había dicho a Tetis: "Diosa del agua, concibe: serás madre de un joven que en sus años vigorosos vencerá los actos de su padre y será llamado más grande que él". Entonces, para que el mundo no tuviera nada más grande que Júpiter, aunque había sentido fuegos no tibios bajo su pecho, Júpiter huyó de las bodas con la marina Tetis, y ordenó a su nieto el Eácida sucederlo en sus deseos y entrar en los abrazos de la virgen marina.

Hay un golfo de Hemonia curvado en arco de hoz, sus brazos se extienden: allí, si el agua fuera más alta, habría un puerto; el mar se extiende sobre las arenas de la superficie; la playa es firme, que no conserva huellas ni retrasa el camino ni está cubierta de algas colgantes; debajo hay un bosque de mirtos cubierto de bayas de dos colores. Hay una cueva en el medio, hecha por naturaleza o por arte, ambiguo, pero más bien por arte: allí solías ir a menudo sentada sobre un delfín enfrenado, Tetis, desnuda.

Allí Peleo te sorprende, mientras yacías atada por el sueño, y porque probada con ruegos te resistes, prepara la fuerza, enlazando tu cuello con ambos brazos; y si no hubieras recurrido a menudo a tus habituales artes variando tus formas, él hubiera logrado su atrevimiento; pero ora eras ave: sin embargo él sostenía al ave; ahora eras pesado árbol: Peleo se aferraba al árbol; la tercera forma fue de tigre manchado: aterrado el Eácida soltó los brazos del cuerpo. Desde entonces adora a los dioses del mar vertiendo vino sobre las aguas y con vísceras de ganado y humo de incienso, hasta que el vate Carpatio desde el centro del abismo dijo: "Eácida, lograrás el tálamo deseado, tú solo, cuando ella repose dormida en la rígida cueva, átalá desprevenida con lazos y nudo tenaz.

Y que no te engañe fingiendo cien formas, sino aprieta, cualquier cosa que sea, hasta que retome lo que fue antes". Proteo había dicho esto y hundió su rostro en el mar y dejó que las olas entraran en sus últimas palabras. El Titán estaba inclinado y con su timón inclinado sostenía el estrecho Hespérico, cuando la hermosa Nereida entra en su acostumbrado lecho dejando el mar; apenas Peleo había asaltado bien los miembros virginales: ella renueva sus formas, hasta que siente que sus miembros son sostenidos y sus brazos estirados en direcciones diversas.

Entonces por fin gimió, "No", dice, "vences sin ayuda divina" y se mostró como Tetis: el héroe abraza a la que confiesa y logra sus deseos y la llena con el inmenso Aquiles. Feliz por su hijo, feliz por su esposa Peleo, y a quien, si quitas el crimen de haber degollado a Foco, todo le había tocado: culpable de sangre fraterna y expulsado de su patria, la tierra Traquinia lo acoge. Aquí gobernaba el reino sin violencia, sin matanza Céix, nacido del padre Lucífero y llevando el resplandor paterno en su rostro, él que en aquel tiempo estaba triste y desemejante a sí mismo llorando a su hermano arrebatado.

Después que el Eácida, fatigado por la preocupación y el camino, llegó y entró en la ciudad con pocos compañeros, y los rebaños de ovejas, las manadas de ganado que traía consigo, dejó no lejos de las murallas bajo un valle umbroso; cuando se le dio la primera oportunidad de acercarse al tirano, extendiendo con mano suplicante sus vendas, dice quién es y de quién ha nacido, solo oculta sus crímenes y miente sobre la causa de su huida; pide que lo ayude en la ciudad o en el campo.

A él en respuesta el Traquinio con rostro sereno le habla con tales palabras: "Nuestros beneficios están abiertos incluso para el pueblo común, Peleo, y no mantenemos un reino inhóspito; añades a esta disposición motivos poderosos, tu ilustre nombre y tu abuelo Júpiter; no pierdas tiempo rogando! Tendrás todo lo que pides y llama tuya esta parte que te corresponde, cualquiera que sea lo que ves! ¡Ojalá vieras cosas mejores!" Y lloraba: qué causa movería tan grandes dolores, preguntan Peleo y sus compañeros; a ellos él responde: "Quizás creáis que esta ave, que vive de rapiña y que aterra a todas las aves, siempre tuvo plumas: fue un hombre (¡tal es la constancia de su ánimo!

ya entonces era feroz y belicoso y preparado para la violencia) de nombre Dédalo. Nacidos de aquel padre, que llama a la Aurora y sale último del cielo, a mí me importaba la paz cultivada, mi cuidado era mantener la paz y mi matrimonio, pero a mi hermano le complacían las guerras feroces: su valor sometió reyes y pueblos, que ahora transformado agita las palomas de Tisbe.

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Le había nacido Quíone, dotada de una belleza extraordinaria que tuvo mil pretendientes, siendo deseable a los catorce años. Por casualidad, al regresar el hijo de Febo y el hijo de Maya, uno de sus Delfos, el otro de la cumbre del Cilene, la vieron al mismo tiempo, al mismo tiempo sintieron deseo. Apolo aplaza la esperanza del amor para la noche; el otro no soporta demoras y con su vara que trae el sueño toca el rostro de la virgen: al contacto ella cae bajo su poder y sufre la violencia del dios; la noche había sembrado el cielo de estrellas: Febo simula ser una anciana y toma los placeres ya robados.

Cuando su vientre grávido cumplió sus tiempos, del linaje del dios de pies alados nace una astuta descendencia, Autólico, ingenioso para todo robo, que solía hacer lo blanco negro y lo negro blanco, no degenerando del arte paterno; nace de Febo (pues dio a luz gemelos) Filamón, famoso por su canto y su cítara. ¿De qué sirve haber parido dos hijos y haber complacido a dos dioses y ser hija de un padre valiente y de un progenitor radiante? ¿O acaso la gloria también daña a muchos?

A esta ciertamente le dañó, que se atrevió a considerarse superior a Diana y criticó la belleza de la diosa, pero a ella se le encendió una ira feroz y dijo: "Con hechos te complaceré". Sin demora, curvó el arco y con la cuerda lanzó una flecha y atravesó con la caña merecida su lengua. La lengua enmudece, la voz no sigue y las palabras intentadas tampoco, y mientras intenta hablar, la vida la abandona junto con la sangre; ¡qué desgraciado yo entonces, abrazándola, soporté el dolor paterno en mi corazón y dije palabras de consuelo a mi piadoso hermano, que el padre recibió como un acantilado recibe los murmullos del mar y lamentó la pérdida de su hija arrebatada; pero cuando vio la pira ardiendo, cuatro veces tuvo el impulso de lanzarse en medio de las llamas, cuatro veces rechazado de allí entregó sus miembros agitados a la huida y como un novillo que lleva los aguijones de avispas clavados en el cuello, se precipita por donde no hay camino.

Ya entonces me pareció que corría más que un humano, y habrías pensado que sus pies habían tomado alas. Así que escapa de todos y veloz por el deseo de muerte alcanza la cumbre del Parnaso; Apolo, compadecido, cuando Dédalo se arrojó desde la alta roca, lo convirtió en ave y mientras caía lo sostuvo con alas repentinas y le dio un pico ganchudo, le dio garfios curvos en las garras, su antigua valentía, fuerzas mayores que su cuerpo, y ahora como gavilán, justo con ninguno, en todas las aves se ensaña y sufriendo se vuelve causa del sufrimiento ajeno.

Mientras el hijo de Lucífero narra estas maravillas sobre su compañero, con carrera apresurada y jadeante llega volando Onetor, el guardián focense del ganado, y dice: "¡Peleo, Peleo! vengo a ti como mensajero de gran desastre". Peleo le ordena que cuente lo que traiga, y el propio rey de Traquis también queda pendiente con rostro temeroso; aquel relata: "Había llevado los novillos cansados a la costa curva cuando el Sol, altísimo en medio de su órbita, miraba hacia atrás tanto como veía que le quedaba por delante, y parte de los bueyes había doblado las rodillas en las arenas doradas y yaciendo contemplaba las extensiones de las aguas, parte vagaba con pasos lentos de aquí para allá; otros nadan y sobresalen sobre las aguas con el cuello erguido.

Hay templos junto al mar, no resplandecientes de mármol ni de oro, sino de vigas densas y sombreados por un bosque antiguo: los habitan las Nereidas y Nereo (estos el marinero del mar dijo que eran dioses, mientras secaba las redes en la playa); junto a esto hay una laguna ocupada por densos sauces, que la onda del mar estancado convirtió en pantano: de allí con estruendo grave resuena aterrorizando los lugares cercanos, una bestia enorme, un lobo, y sale de los juncos pantanosos, las fauces embadurnadas y espumosas y salpicadas de sangre, los ojos centelleantes, bañados en llama roja.

Aunque se enfurece por igual de rabia y de hambre, más feroz es su rabia: pues no se preocupa del ayuno ni de acabar con la matanza de bueyes su hambre terrible, sino que hiere todo el ganado y hostilmente derriba todo. También parte de nosotros, heridos por su mordida funesta, mientras defendíamos, fue entregada a la muerte; la playa y la primera ola enrojecen de sangre y mugen los pantanos. Pero la demora es dañina, ni la situación permite dudar: mientras queda algo, reunámonos todos y armas, tomemos armas y llevemos las lanzas juntas".

Había hablado el rústico: pero a Peleo no lo conmovían las pérdidas, sino que recordando su falta entiende que la Nereida privada de su hijo envía estas pérdidas como sacrificio al extinto Foco. El rey eteo ordena a los hombres que se pongan las armas y tomen las lanzas violentas; con ellos él mismo se preparaba para ir, pero Alcíone, su esposa, despertada por el tumulto, se precipita y aún no peinados totalmente sus cabellos los despeina más y echándose al cuello de su marido, le ruega con palabras que envíe ayuda sin él, y con lágrimas, que salve dos vidas en una.

El Eácida le dice: "Reina, deja los hermosos y piadosos temores. Tu promesa está llena de gratitud. No me place mover armas contra monstruos desconocidos; hay que adorar al numen del mar". Había una torre elevada, un faro en lo alto de la ciudadela, grata señal conocida de las naves cansadas: suben allí y contemplan con gemidos los toros tendidos en la playa y al devastador feroz con boca sangrienta, sus largos pelos infectados de sangre. Desde allí extendiendo las manos hacia las costas del mar abierto, Peleo ruega a la cerúlea Psámate que ponga fin a su ira y ofrezca ayuda; pero ella no se deja conmover por las voces del Eácida suplicante, Tetis obtuvo este perdón como súplica por su esposo.

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Pero aunque apartado de la feroz matanza, el lobo persiste, áspero por la dulzura de la sangre, hasta que mientras se aferraba al cuello desgarrado de una novilla lo transformó en mármol: el cuerpo y excepto el color todo lo conservó, el color de la piedra indica que aquel ya no es lobo, ya no debe ser temido. Pero los hados no permiten que Peleo, fugitivo, se establezca en esta tierra, llega errante como exiliado a los Magnetes y allí recibe de Acasto Hemonio la purificación del crimen.

Mientras tanto, por los prodigios de su hermano y los que siguieron a su hermano, Céix, turbado, con el pecho angustiado, para consultar los sagrados oráculos, consuelo de los hombres, se prepara para ir al dios Clario; pues los templos délficos el profano Forbas los hacía inaccesibles con los Flegias. Sin embargo, antes de su decisión, a ti, la más fiel, te hace partícipe, Alcíone; a quien al instante un frío interior penetró hasta los huesos, y una palidez semejante al boj se apoderó de su rostro, y sus mejillas se humedecieron con lágrimas derramadas.

Tres veces intentó hablar, tres veces bañó su rostro en llanto y con sollozos interrumpiendo sus piadosas quejas dijo: "¿Qué culpa mía, queridísimo, ha cambiado tu mente? ¿Dónde está aquel cuidado por mí que solía ser primero? ¿Ya puedes ausentarte tranquilo dejando a Alcíone abandonada? ¿Ya te place el largo viaje? ¿Ya te soy más querida ausente? Pero, creo, el viaje es por tierra, solo sufriré, ni siquiera temeré, y mis preocupaciones carecerán de miedo. El mar me aterroriza y la triste imagen del océano: hace poco vi tablas destrozadas en la playa y a menudo leí nombres sin cuerpos en las tumbas.

Y que no toque tu ánimo una confianza engañosa porque tu suegro sea Hipótades, que a los fuertes vientos contenga en su cárcel, y cuando quiera, calme los mares. Una vez que los vientos soltados se han apoderado de los mares, nada les está prohibido: toda la tierra sin protección y todo el estrecho están a su merced, también agitan las nubes del cielo y arrancan con choques feroces resplandores rutilantes. Cuanto más los conozco (pues los conozco y a menudo de niña en la casa paterna los vi), más creo que deben ser temidos.

Si tu decisión no puede ser doblada por ningún ruego, querido esposo, y estás demasiado resuelto a ir, llévame también a mí. Ciertamente seremos sacudidos juntos, y solo temeré lo que sufra, y soportaremos juntos cualquier cosa que sea, juntos seremos llevados sobre las vastas aguas". Por tales palabras y lágrimas de la Eólida se conmueve su esposo estelar: pues no arde menos fuego en él; pero ni quiere abandonar los proyectados viajes por mar, ni quiere hacer a Alcíone partícipe del peligro y muchas cosas responde consolando su pecho temeroso.

Sin embargo, no por eso aprueba ella la causa; a ellas añadió también este alivio, con el cual solo doblegó a la amante: Toda demora es larga para nosotros, pero te juro por los fuegos de mi padre que, si los hados me dejan volver, regresaré antes de que la luna llene dos veces su disco. Con estas promesas se le dio esperanza de retorno, y enseguida ordena que el barco sacado de los astilleros se bañe en el mar y se equipe con sus aparejos; al verlo de nuevo, Alcíone, como presintiendo el futuro, se estremeció y soltó las lágrimas que brotaban y le dio abrazos y al fin, la más desdichada, dijo «adiós»

con triste boca y se derrumbó con todo el cuerpo; mientras Céix busca demoras, los jóvenes lo conducen en dobles filas los remos hacia sus pechos fuertes y con golpe parejo hienden las aguas: ella alzó sus ojos húmedos y vio a su esposo de pie en la popa curva haciéndole señas con la mano agitada, y le devolvió las señas; cuando la tierra retrocedió más lejos, y los ojos no pueden reconocer los rasgos, mientras puede, sigue con la mirada el barco que huye; cuando tampoco podía verlo ya, alejado por la distancia, mira igual las velas que ondean en lo alto del mástil; cuando ya no ve las velas, busca ansiosa el lecho vacío y se tiende en el tálamo: el lecho y el tálamo renuevan las lágrimas de Alcíone y le recuerdan qué parte está ausente.

Habían salido de los puertos, y la brisa había movido los cabos: el marinero vuelve hacia el costado los remos colgantes y coloca las vergas en lo alto del árbol y desde todo el mástil despliega las velas y recibe los vientos que vienen. O menos, o ciertamente no más de la mitad del mar cortaba la nave, y ambas tierras estaban lejos, cuando el mar al caer la noche empezó a blanquear con olas hinchadas y el Euro a soplar más violento de frente.

«Bajad ya las altas vergas» grita el piloto «y sujetad toda la vela a las antenas». Esto ordena; las ráfagas contrarias impiden las órdenes, ni el estruendo del mar permite que se oiga voz alguna: sin embargo, por su cuenta unos se apresuran a recoger los remos, otros a reforzar el costado, otros a quitar las velas a los vientos; este arroja las olas y devuelve el mar al mar, aquel arranca las antenas; y mientras se hace esto sin orden, crece la áspera tormenta, y por todas partes los feroces vientos libran batallas y agitan las olas indignadas.

El propio piloto se aterra y confiesa que él mismo no sabe cuál es el estado del barco, ni qué ordenar o prohibir: tan grande es la masa del mal y tan superior a su arte. Suenan los gritos de los hombres, el chirrido de los cabos, el embate de las olas, la ola pesada, el cielo con truenos. El oleaje se levanta y parece igualar el cielo el mar y tocar con sus salpicaduras las nubes que ha arrastrado; y ahora, cuando revuelve desde el fondo las arenas rubias, tiene su color, ahora es más negro que las aguas estigias,

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a ratos se tiende y blanquea con espumas sonoras. También la propia nave traquinia es sacudida por estos vaivenes y ahora, elevada como desde la cumbre de un monte, parece contemplar los valles y el Aqueronte profundo, ahora, cuando el mar curvo la rodea hundida, parece mirar el cielo supremo desde el abismo infernal. A menudo golpeada en el costado por la ola da un enorme estruendo y no suena menos que cuando antiguamente el ariete de hierro o la ballesta sacude las fortalezas desgarradas, y como suelen los leones feroces ir con fuerzas tomadas en el impulso con el pecho contra las armas y las lanzas extendidas, así, cuando la ola se había lanzado con los vientos levantados, iba contra lo alto del barco y era mucho más alta que él; y ya ceden las cuñas, y despojada del revestimiento de cera la grieta se abre y da paso a las aguas letales.

Mira, caen copiosas lluvias de las nubes desatadas, y creerías que todo el cielo desciende al estrecho, y que el mar hinchado asciende a las regiones del cielo. Las velas están empapadas de nubes, y con las aguas celestes se mezclan las aguas marinas; el éter carece de fuegos, y la noche ciega se aprieta con las tinieblas de la tormenta y las suyas propias. Sin embargo los relámpagos las dispersan y ofrecen luz centelleante: las lluvias arden con fuegos fulgurantes. Ahora la ola da también saltos dentro de los cóncavos tejidos de la quilla; y como un soldado, superior en número a todos, cuando ha asaltado muchas veces las murallas de la ciudad defendida, al fin lo logra con esperanza y encendido de amor a la gloria entre mil hombres él solo ocupa el muro, así, después de que nueve olas golpearon los altos costados, más vasto se alza el ímpetu de la décima ola y se precipita y no cesa de asaltar la quilla fatigada, hasta que desciende como a las murallas de una nave capturada.

Así que una parte intentaba todavía invadir el pino, otra parte del mar ya estaba dentro: todos tiemblan no menos que suele temblar una ciudad con unos cavando el muro desde afuera y otros temblando sosteniendo el muro desde dentro. Falla el arte, y los ánimos decaen, y parecen venir tantas muertes que se precipitan y irrumpen cuantas olas vienen. Este no contiene las lágrimas, aquel queda atónito, otro llama bienaventurados a quienes les esperan funerales, este con votos adora a la divinidad y alzando en vano los brazos al cielo, que no ve, pide ayuda; a aquel le vienen a la mente el hermano y el padre, a este su casa con sus prendas y todo lo que dejó; a Céix lo mueve Alcíone, en la boca de Céix no hay nadie sino Alcíone y, aunque desea solo a ella, se alegra sin embargo de que esté ausente; también querría mirar hacia las costas de la patria y volver el rostro por última vez hacia su casa, pero no sabe dónde está: con tal vértigo el mar hierve, y con la sombra traída de nubes negras como la pez todo el cielo se oculta, y la imagen de la noche se duplica.

Se quiebra por el embate del turbión nuboso el árbol, se quiebra también el timón, y orgullosa la ola sobreviviente de los despojos, como vencedora, se curva y desprecia a las olas; no más leve que si alguien arrancara el Atos o el Pindo enteros de su sede y los volcara en el mar abierto, cae precipitada y a la vez por su peso y por su golpe hunde en lo profundo el barco; con él gran parte de los hombres oprimidos por el pesado remolino y no devueltos al aire cumplieron su destino; otros sostienen pedazos y fragmentos del casco: sostiene el propio Céix con la mano, con la que solía sostener el cetro, restos del navío e invoca al suegro y al padre, ay, en vano, pero mientras nada en su boca está sobre todo Alcíone su esposa: a ella la recuerda y la nombra, ruega que las olas conduzcan su cuerpo ante sus ojos y que sea sepultado sin vida por manos amigas.

Mientras nada, cada vez que las olas le permiten abrir la boca, nombra a Alcíone y murmura su nombre a las mismas aguas. Mira, sobre las olas centrales un arco negro de aguas se quiebra y con la onda rota cubre su cabeza sumergida. Lucífero estuvo oscuro y no lo habrías podido reconocer aquella luz, y puesto que no le fue permitido salir del cielo, cubrió su rostro con densas nubes. Eolia mientras tanto, ignorante de males tan grandes, cuenta las noches y ya apresura las ropas que él se pondrá, ya las que ella misma llevará cuando él venga, y se promete regresos que son vanos.

Ella ofrecía inciensos píos a todos los dioses de arriba, pero antes que todos frecuentaba los templos de Juno y venía a los altares por su esposo, que ya no existía, y deseaba que su cónyuge estuviera sano y que regresara, y que no prefiriera a ninguna otra; pero de tanto votos solo este podía cumplirse. Pero la diosa no soporta más ser rogada por un muerto y para apartar de sus altares las manos funestas, dijo: «Iris, la más fiel mensajera de mi voz, ve velozmente a la soporífera morada del Sueño y ordénale que envíe a Alcíone con la imagen del difunto Céix sueños que narren los sucesos verdaderos».

Había hablado: Iris se viste con velos de mil colores y marcando el cielo con su curvatura arqueada busca el techo del rey mandado, oculto bajo la nube. Hay cerca de los cimerios una cueva de largo receso, monte hueco, morada y santuario del Sueño perezoso, al que nunca con sus rayos naciente ni a mediodía ni cayendo Febo puede llegar: nieblas mezcladas con oscuridad exhalan del suelo y crepúsculos de luz dudosa. Allí ningún ave vigil con cantos de cresta erigida convoca a la Aurora, ni rompen los silencios con su voz los perros vigilantes ni el ganso más sagaz que los perros; ni las fieras, ni el ganado, ni las ramas movidas por el viento

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y los reproches devuelven el sonido de una lengua humana. Allí habita el silencio mudo; pero desde lo hondo de la roca brota un arroyo de agua del Leteo, que al deslizarse con un murmullo invita al sueño con su corriente que susurra sobre los guijarros. Ante las puertas de la cueva florecen frondosas amapolas e innumerables hierbas, de cuya leche el sueño la Noche recoge y esparce húmedo por las tierras oscuras. No hay ninguna puerta en toda la casa, para que al girar el gozne no produzca chirridos, ni guardián alguno en el umbral; pero en medio de la cueva se alza un lecho de ébano, cubierto de plumas, de color oscuro, tapado con un velo negro, donde yace el propio dios, con los miembros deshechos por la languidez.

A su alrededor yacen esparcidos por todas partes vanos Sueños imitando formas diversas, tantos como espigas tiene la mies, hojas el bosque, arenas arrojadas la playa. Tan pronto como la virgen entró y apartó con las manos los Sueños que le impedían el paso, la sagrada morada resplandeció con el fulgor de su vestido, y el dios, con lenta pesadez, yaciente, apenas alzando los ojos y cayendo una y otra vez, golpeándose el pecho con la barbilla que cabecea, al fin se sacudió a sí mismo y levantándose sobre el codo pregunta por qué viene (pues la reconoció), y ella: "Sueño, descanso de las cosas, el más apacible, Sueño, de los dioses, paz del alma, a quien huye la preocupación, que a los cuerpos agotados por los duros trabajos alivias y reparas para la labor, ordena que los Sueños, que igualan con su imitación las formas verdaderas, vayan a Alcíone bajo la imagen del rey de Traquis de Hércules y finjan simulacros de naufragio.

Esto ordena Juno". Después de cumplir el encargo, Iris se va: pues ya no podía soportar más la fuerza del sopor, y al sentir que el sueño se deslizaba en sus miembros, huyó y regresó por los arcos por donde había venido. Entonces el padre de entre el pueblo de sus mil hijos despierta a Morfeo, artífice e imitador de figuras: nadie más hábil que él reproduce el modo de andar y el rostro y el sonido del habla; añade también las vestiduras y las palabras más habituales de cada uno; pero este solo imita a los humanos, mientras que otro se convierte en fiera, se convierte en ave, se convierte en serpiente de largo cuerpo: a este los dioses de arriba lo llaman Ícelo, el vulgo mortal Fobétor; hay también un tercero de distinto arte, Fantaso: este se transforma engañosamente en tierra y roca y agua y viga, y en todas las cosas que carecen de alma; estos suelen mostrar sus rostros a reyes y caudillos de noche, otros recorren los pueblos y la plebe.

El anciano pasa de largo a estos y de entre todos los hermanos a uno solo, Morfeo, para que cumpla las órdenes de la hija de Taumante, Sueño elige, y de nuevo, disuelto en suave languidez, dejó caer la cabeza y la hundió en el alto lecho. Aquel vuela con alas que no hacen ningún ruido por las tinieblas y en breve tiempo llega a la ciudad de Hemonia, y quitándose del cuerpo las plumas adopta el rostro de Ceix y tomando su figura, lívido, semejante a un muerto, sin vestidura alguna, se plantó ante el lecho de su desdichada esposa: húmeda parece la barba del hombre, y agua pesada fluye de sus empapados cabellos.

Entonces inclinándose sobre el lecho con las mejillas bañadas en llanto dice esto: "¿Reconoces a Ceix, infelicísima esposa, o ha cambiado mi rostro con la muerte? Mírame: me conocerás y encontrarás en lugar de tu esposo la sombra de tu esposo. Tus votos, Alcíone, de nada nos sirvieron. He muerto. No te prometas en vano que vivo. El Austro nuboso atrapó la nave en el mar Egeo y sacudida por el enorme vendaval la destrozó, y nuestros labios clamando en vano tu nombre llenaron las olas.

No te anuncia esto un mensajero dudoso, no oyes estas cosas por vagos rumores: yo mismo, presente, náufrago, te revelo mi destino. Levántate, venga, derrama lágrimas y viste de luto y no me envíes sin lamentarme bajo los vanos Tártaros". A esto Morfeo añade una voz que ella creería que era de su esposo (también parecía derramar lágrimas verdaderas), y tenía los gestos de las manos de Ceix. Alcíone gime llorando, y mueve los brazos en sueños y buscando el cuerpo abraza el aire y exclama: "¡Espera!

¿Adónde te precipitas? Iremos juntos". Turbada por su voz y la visión de su marido, sacude el sueño y primero mira alrededor, si está allí, el que acababa de ver; pues los sirvientes, despertados por la voz, habían traído luz. Después de que no lo encuentra en ninguna parte, se golpea el rostro con la mano y desgarra las vestiduras del pecho y se hiere el pecho mismo, ni se preocupa de soltarse los cabellos: los arranca y a su nodriza, que le pregunta cuál es la causa del duelo, dice: "No existe Alcíone, no existe.

Ha muerto junto con su Ceix. ¡Quitad las palabras de consuelo! Murió náufrago: lo vi y lo reconocí y las manos tendí queriendo retenerlo cuando se iba. Era una sombra, pero aun así una sombra manifiesta y verdadera de mi marido. No tenía, si preguntas, el rostro acostumbrado ni brillaba como antes en su cara: pálido y desnudo y aún con el cabello húmedo lo vi, infeliz. Estuvo, miserable, en este mismo lugar, mira"; y busca, si quedan algunas huellas. "Esto era, esto lo que con ánimo adivinador temía, y te rogaba que huyendo de mí no siguieras los vientos.

Pero ciertamente desearía, ya que ibas a perecer, que me hubieras llevado también: mucho habría valido para mí ir contigo; pues ni un instante del tiempo de la vida habría pasado sin ti, ni nuestra muerte habría sido separada. Ahora he muerto ausente, soy zarandeada también por las olas ausente,

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y sin mí el mar me retiene. Más cruel que el propio mar sería mi corazón, si me esforzara por prolongar la vida y luchara por sobrevivir a tan grande dolor. Pero no lucharé ni te abandonaré, desdichado, y ahora al menos vendré como compañera tuya, y en el sepulcro si no la urna, al menos nos unirá la inscripción: si no mis huesos con tus huesos, al menos mi nombre tocará tu nombre". El dolor le impide más, y a cada palabra se entremete el lamento, y los gemidos se arrancan de su atónito corazón.

Era de mañana: sale de la casa hacia la playa y triste vuelve a aquel lugar desde donde lo había visto partir, y mientras se demora allí y mientras dice: "Aquí soltó las amarras, en esta playa me dio besos al partir", y mientras recuerda los actos marcados en los lugares y contempla el mar, divisa en el agua líquida, a cierta distancia, no sé qué como un cuerpo, y al principio dudaba de qué era aquello; después de que la ola lo arrastró un poco, y aunque estaba lejos, sin embargo estaba claro que era un cuerpo, ignorando quién fuera, porque era náufrago, se conmovió por el presagio y, como si diera una lágrima a un desconocido, dice: "¡Ay, desdichado, quienquiera que seas, y si tienes alguna esposa!".

Impulsado por las olas el cuerpo se acerca más: cuanto más lo mira ella, menos y menos está en sus cabales, ¡ay!, y ya cercano, arrimado a tierra, ya cuando podía reconocerlo, lo ve: ¡era su esposo! "¡Es él!", exclama y al mismo tiempo se desgarra el rostro, los cabellos, la vestidura y tendiendo trémulas las manos hacia Ceix dice: "¿Así, oh queridísimo esposo, así vuelves a mí, desdichado?". Yace junto a las olas un rompeolas hecho con la mano, que rompe las primeras iras del mar y que debilita de antemano los embates de las aguas.

Salta allí, y fue prodigioso que pudiera: volaba y golpeando el aire ligero con alas recién nacidas, ave miserable, rozaba la superficie de las olas, y mientras vuela, su boca crepitando con tenue pico emitió un sonido semejante a lamento triste y lleno de queja. Pero cuando tocó el cuerpo mudo y sin sangre, abrazó los amados miembros con sus alas recientes y dio en vano fríos besos con el duro pico. Si Ceix percibió esto, o si pareció alzar el rostro por el movimiento de la ola, el pueblo dudaba, pero él había percibido: y al fin, compadeciéndose los dioses de arriba, ambos se transforman en aves; sometido a los mismos hados también entonces persistió el amor y no se disolvió el vínculo conyugal en las aves: se unen y se hacen padres, y durante siete días apacibles en el tiempo invernal Alcíone incuba en nidos suspendidos sobre el mar.

Entonces yace quieta la ola del mar: Eolo custodia y contiene la salida de los vientos y proporciona un mar tranquilo a sus nietos. Alguien anciano los contempla volando juntos por los anchos mares y alaba sus amores preservados hasta el final: El siguiente, o el mismo, si la suerte lo trajo, dijo: «Este también que ves surcando el mar y llevando las patas recogidas» (señalando al somorgujo de espacioso cuello) «es de estirpe real, y si quieres descender hasta él mismo en orden continuo, son su origen Ilo y Asáraco y Ganimedes raptado por Júpiter y el anciano Laomedonte y Príamo que recibió en suerte los últimos tiempos de Troya; fue hermano de Héctor: si no hubiera conocido su nuevo destino en la primera juventud, tal vez tendría un nombre no inferior al de Héctor, aunque a aquel lo dio a luz la descendencia de Dimante, se cuenta que a Ésaco lo parió Alexírroe en secreto bajo el sombrío Ida, nacida del bicorne Gránico.

Odiaba este las ciudades y alejado del brillante palacio habitaba los montes apartados y los campos sin ambición y solo rara vez acudía a las reuniones de Ilión. Sin tener, no obstante, un corazón rústico ni inexpugnable al amor, persiguiéndola a menudo por todos los bosques observa a Hesperia Cebrénida en la orilla paterna secando al sol los cabellos echados sobre los hombros. Vista, huye la ninfa, como aterrada la leonada cierva al lobo y la anátida fluvial sorprendida lejos del lago abandonado al gavilán; el héroe troyano la persigue y veloz por amor apura a la veloz por miedo.

He aquí que una serpiente oculta en la hierba con su curvo diente hirió el pie de la que huía y dejó el veneno en su cuerpo; con la vida se detuvo la huida: enloquecido abraza al cuerpo sin vida y grita: «¡Me pesa, me pesa haberte perseguido! Pero no temí esto, ni me importaba tanto vencer. Te perdimos, desgraciada, nosotros dos: la herida vino de la serpiente, de mí la causa. Yo sería más criminal que ella si no te envío consuelos de tu muerte con mi muerte».

Dijo y desde el risco que la ronca ola había minado se arrojó al mar. Tetis, compadecida del que caía, lo recibió con suavidad y cubriéndolo de plumas mientras nadaba por las aguas no le dio la posibilidad de la muerte deseada. Se indigna el amante de ser forzado a vivir contra su voluntad y de que se impida al alma que quiere salir de su miserable morada, y cuando había asumido nuevas alas en los hombros, vuela hacia arriba y de nuevo lanza su cuerpo sobre las aguas.

La pluma amortigua las caídas: Ésaco se enfurece y de cabeza se hunde en lo profundo y sin fin vuelve a intentar el camino de la muerte. El amor hizo la delgadez: largas las articulaciones de las patas, largo permanece el cuello, la cabeza está lejos del cuerpo; ama las aguas y conserva el nombre porque se sumerge en ellas».

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