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Libro VI

Las metamorfosis · Ovidio · 37 min de lectura

Parte1versos 1-100

Tritonia había prestado oídos a tales palabras y aprobado los cantos de las Aonias y su justa ira; entonces se dijo: 'no basta alabar, seamos alabadas también nosotras como divinidades y no permitamos que desprecien sin castigo nuestro poder.' Y vuelve su atención al destino de Aracne la Meonia, de quien había oído que no cedía ante ella en las alabanzas del arte de hilar lana; no era ilustre aquella por su lugar ni por el origen de su familia, sino por su arte: su padre, Idmón de Colofón, teñía con púrpura de Focea las lanas sedientas; su madre había muerto, pero también ella era del pueblo y de igual condición que su marido; sin embargo aquella por las ciudades de Lidia se había ganado con su habilidad un nombre memorable, aunque nacida en casa humilde habitaba la pequeña Hipepa.

Para contemplar su obra admirable, a menudo las ninfas abandonaban los viñedos de su Tmolo, abandonaban las ninfas Pactólides sus propias aguas. Y daba gusto no solo mirar las vestiduras ya hechas, sino también cuando se hacían: tan grande era la gracia presente en su arte, ya enrollara la lana sin trabajar en las primeras bolas, ya moldeara la obra con los dedos y con largo movimiento ablandara los vellones que igualaban las nubes, ya hiciera girar con el pulgar liviano el huso torneado, ya bordara con la aguja; reconocerías que fue instruida por Palas.

Ella sin embargo lo niega y ofendida por tan gran maestra dice: '¡que compita conmigo: no hay nada que, vencida, yo rechace!' Palas simula ser una anciana: añade falsas canas a sus sienes y miembros débiles que sostiene con un bastón. Luego comienza a hablar así: 'no todo lo que trae la edad más avanzada debe huirse: el provecho viene con los años tardíos. No desprecies mi consejo: busca para ti la mayor fama entre los mortales por la fabricación de lana; cede ante la diosa y con voz suplicante pide perdón por tus palabras, temeraria: ella dará perdón a quien lo pida.' La mira con ojos torvo y abandona los hilos comenzados y apenas conteniendo la mano y confesando con su rostro la ira respondió a Palas encubierta con tales palabras: 'Falta de juicio vienes, agotada por larga vejez, y te daña haber vivido demasiado tiempo.

Que escuche esas voces, si tienes alguna nuera, si tienes alguna hija; de consejo tengo bastante en mí misma, y no creas que aprovechas aconsejando, la misma opinión tenemos las dos. ¿Por qué no viene ella misma? ¿por qué evita esta competencia?' Entonces la diosa dice: '¡ha venido!' y se quita la forma de anciana y muestra a Palas: veneran a la divinidad las ninfas y las nueras migdonias; solo la virgen no se aterra, pero sin embargo se ruborizó, y un rubor repentino marcó involuntario su rostro y de nuevo se desvaneció, como suele el aire tornarse púrpura cuando se mueve la Aurora por primera vez, y poco tiempo después blanquear con la salida del sol.

Persiste en su empeño y por estúpido deseo de victoria se precipita a su destino; pues tampoco la hija de Jove rechaza ni advierte más ni ya difiere la competencia. Sin demora, se colocan en partes opuestas ambas y tienden dos telas en delgada urdimbre: la tela está atada al yugo, la caña separa la urdimbre, se inserta en medio la trama con agudas lanzaderas, que los dedos expiden, y conducida entre las urdimbres la empujan golpeando con el peine dentado insertado. Ambas se apresuran y ceñidas al pecho las vestiduras mueven los brazos expertos, engañando con el empeño la fatiga.

Allí se teje también la púrpura de Tiro que sintió el caldero y sombras sutiles de pequeña diferencia; cual suele el arco iris tras la lluvia al ser golpeados los rayos del sol teñir el largo cielo con inmensa curvatura; en el cual aunque brillen mil colores diversos, el tránsito mismo sin embargo engaña los ojos que miran: hasta tal punto lo que se toca es lo mismo; sin embargo los extremos difieren. Allí también se introduce en los hilos el oro flexible y en la tela se desarrolla un antiguo argumento.

Palas pinta la roca de Marte en la ciudadela cecropiana y la antigua disputa sobre el nombre de la tierra. Doce celestiales con Jove en medio en altos asientos están sentados con augusta gravedad; inscribe a cada uno de los dioses su propia fisonomía: la imagen de Jove es regia; hace que el dios del mar esté de pie y con largo tridente golpee las ásperas rocas, y que de en medio de la herida de la roca haya brotado agua de mar, con cuya prenda reivindica la ciudad; pero a sí misma se da un escudo, se da una lanza de aguda punta, se da un yelmo para la cabeza, con la égida se defiende el pecho, y simula que la tierra golpeada por su propia lanza produce el fruto del olivo canoso con sus bayas; y que los dioses se maravillan: Victoria es el fin de la obra.

Pero para que la rival de su gloria entienda por ejemplos qué premio puede esperar por atrevimientos tan furiosos añade cuatro competencias en cuatro partes, claras en su color, distinguidas con breves imágenes: un ángulo tiene a la tracia Ródope y al Hemo, ahora montañas heladas, antes cuerpos mortales, que se atribuyeron a sí mismos los nombres de los dioses supremos; otra parte tiene el destino miserable de la madre pigmea: a esta Juno, vencida en competencia, ordenó que fuera grulla y que declarara guerra a sus pueblos; pintó también a Antígona, que osó una vez competir con la consorte del gran Jove, a quien la regia Juno convirtió en ave, y no le sirvió de nada Ilión ni su padre Laomedonte, para que blanca de plumas adoptadas no se aplaudiera a sí misma como cigüeña con pico crepitante; el ángulo que queda solo tiene a Cíniras privado de hijas; y él, abrazando las gradas del templo, miembros de sus propias hijas, y yaciendo sobre la piedra parece llorar.

Parte2versos 101-200

Rodea los bordes extremos con olivos pacíficos (ese es el límite) y con su propio árbol hace fin a la obra. La Meonia diseña a Europa engañada con la imagen de un toro: creerías un toro verdadero, aguas verdaderas; ella misma parecía mirar las tierras dejadas atrás y llamar a sus compañeras y temer el contacto del agua que salta y retraer los pies temerosos. Hizo también a Asteria siendo sujetada por el águila que lucha, hizo a Leda reclinarse bajo las alas del cisne; añadió cómo Júpiter oculto en imagen de sátiro llenó a la hermosa Nictéide con doble fruto, fue Anfitrión cuando te tomó, Tirintia, fue oro para Dánae, fuego para burlar a la Asópide, pastor para Mnemósine, serpiente variopinta para Deo.

A ti también, Neptuno, transformado en feroz novillo te colocó con la virgen Eolia; tú visto como Enipeo engendras a los Alóadas, como carnero engañas a la Bisáltide, y a ti, madre dulcísima de las mieses de rubios cabellos, te sintió como caballo, te sintió como ave de cabellos de serpientes la madre del caballo alado, te sintió como delfín Melanto: a todos estos les dio su propia apariencia y la apariencia de los lugares. Está allí Febo en imagen rústica, y cómo llevó unas veces plumas de halcón, otras el lomo de león, cómo como pastor burló a Ise la Macárida, cómo Líber engañó a Erígone con falsa uva, cómo Saturno como caballo engendró al doble Quirón.

La última parte de la tela, rodeada con delgado borde, tiene flores entretejidas con hiedras entrelazadas. No podría Palas, no podría el Rencor censurar aquella obra: se dolió la rubia virago del éxito y rompió las vestiduras pintadas, crímenes celestiales, y como tenía el huso del monte Citorio, tres y cuatro veces golpeó la frente de Aracne la Idmonia. No lo soportó la infeliz y animosa ató con un lazo su garganta: a la que pendía Palas compadecida la levantó y así dijo: 'vive ciertamente, pero pende, malvada, y esta misma ley de castigo, para que no estés segura del futuro, sea dicha a tu linaje y a tus tardíos descendientes!' Después de esto al irse la roció con jugos de hierba de Hécate: y al punto tocadas por el triste medicamento cayeron los cabellos, con ellos también la nariz y las orejas, y se hace la cabeza mínima; también en todo el cuerpo es pequeña: en el costado cuelgan dedos delgados en lugar de piernas, lo demás lo tiene el vientre, del cual sin embargo ella suelta el hilo y como araña practica las antiguas telas.

Toda Lidia se estremece, y por las ciudades de Frigia del hecho va el rumor y ocupa con conversaciones el gran mundo. Níobe la había conocido antes de su boda, cuando virgen habitaba Meonia y el Sípilo; sin embargo no fue advertida por el castigo de su paisana Aracne, ceder ante los dioses y usar palabras más humildes. Muchas cosas le daban ánimos; pero ni las artes de su esposo ni el linaje de ambos ni el poder de su gran reino le complacían tanto, aunque todo eso le complaciera, como su descendencia; y habría sido llamada la más feliz de las madres Níobe, si no se lo hubiera parecido a sí misma.

Pues Manto, hija de Tiresias, conocedora del porvenir, había profetizado por en medio de las calles, impulsada por divino arrebato: 'Hijas de Ismeno, id en multitud y dad a Latona y a los dos hijos de Latona incienso con piadosa súplica y ceñid vuestro cabello con laurel: por mi boca Latona lo ordena.' Se obedece, y todas las tebanas adornan sus sienes con las hojas ordenadas y dan incienso a las sagradas llamas y palabras de súplica. He aquí que viene Níobe, célebre por su multitud de compañeras, espléndida en sus vestiduras frigias entretejidas de oro y, en cuanto la ira lo permite, hermosa; moviendo con gracia su cabeza y los cabellos sueltos que caen sobre uno y otro hombro, se detuvo, y cuando volvió sus ojos altivos en torno, '¿qué locura es', dijo, 'preferir a los dioses oídos por encima de los vistos?

¿O por qué es venerada Latona en los altares, cuando mi divinidad aún está sin incienso? Tántalo es mi padre, a quien solo le fue permitido tocar las mesas de los dioses; la Pléyade es mi madre; el gran Atlas es mi abuelo, que sostiene en sus cervices el eje celestial; Júpiter es mi otro abuelo; también me glorío de ese suegro. Me temen los pueblos de Frigia, el palacio de Cadmo está bajo mi dominio, y las murallas levantadas con la lira de mi esposo son gobernadas, junto con los pueblos, por mí y por mi marido.

A cualquier parte de la casa a la que dirija la mirada, se contemplan inmensas riquezas; a esto se suma un rostro digno de una diosa; añade aquí siete hijas y otros tantos jóvenes y pronto yernos y nueras! Preguntad ahora qué causa tiene mi soberbia, y atreveos a preferirme a Latona, hija de la Titánide Ceo, no sé por qué, a quien la tierra entera negó en otro tiempo un pequeño refugio cuando iba a dar a luz! Ni en el cielo ni en tierra ni en las aguas fue recibida vuestra diosa: era exiliada del mundo, hasta que, compadecida de su vagar, "tú andas errante en tierras, yo", dijo Delos, "en las olas" y le dio un lugar inestable.

Ella se hizo madre de dos: esta es la séptima parte de mi vientre. Soy feliz (¿quién, pues, negaría esto?) y feliz permaneceré (¿quién también dudaría de esto?): mi abundancia me ha hecho segura. Soy más grande que aquella a quien la Fortuna pueda dañar, y aunque mucho me arrebate, mucho más me dejará. Mis bienes ya han superado el miedo. Imaginad que se quite algo a esta multitud de hijos míos: no quedaré, aun despojada, reducida al número de dos, la multitud de Latona, ¿en cuánto dista de estar sin hijos?

Parte3versos 201-300

Id —basta de ceremonias— y quitad el laurel de vuestros cabellos!' Lo quitan y dejan los ritos incompletos, y, en cuanto les es permitido, veneran a la divinidad con murmullo silencioso. Indignada está la diosa y en la cumbre del Cinto con estas palabras habló a su doble descendencia: 'Aquí estoy yo, vuestra madre, orgullosa de haberos engendrado, y que no cederé ante ninguna de las diosas salvo Juno, se duda de que yo sea diosa y a través de todos los siglos soy apartada, oh hijos, de los altares venerados, a menos que vosotros me socorráis.

Y no es este mi único dolor; la Tantálida ha añadido injurias al terrible hecho y se ha atrevido a posponer a vosotros ante sus hijos y me ha llamado, lo que recaiga sobre ella misma, sin hijos y ha mostrado una lengua sacrílega paterna.' Iba Latona a añadir súplicas a estas palabras: '¡Cesa!' dijo Febo, '¡larga demora del castigo es la queja!' Dijo lo mismo Febe, y con raudo descenso por el aire alcanzaron cubiertos de nubes la ciudadela cadmea. Había una llanura extensa y amplia cerca de las murallas, golpeada por continuos caballos, donde la multitud de ruedas y el duro casco habían ablandado las glebas subyacentes.

Parte de allí de los siete engendrados por Anfión, fuertes, montan en sus caballos y oprimen los lomos enrojecidos con tinte tirio y moderan las riendas pesadas de oro. De ellos Ismeno, que había sido en otro tiempo la primera carga de su madre, mientras dirige en órbita precisa la carrera del cuadrúpedo y refrena la espumosa boca, '¡ay de mí!' grita y lleva en medio del pecho clavadas las flechas y, soltadas las riendas con mano moribunda, se desliza poco a poco del lado derecho sobre el hombro.

El siguiente, Sípilo, al oír el sonido del carcaj en el vacío, daba rienda, como cuando el timonel que presiente la lluvia huye al ver la nube y extiende por todas partes las velas colgantes, para que no se escape ninguna brisa leve: sin embargo a él, que daba rienda, la flecha inevitable lo alcanza, y temblando en lo alto de la cerviz la saeta se clava, y el hierro desnudo sobresale de la garganta; él, tal como estaba, inclinado sobre las crines y por las patas extendidas rueda y mancha la tierra con sangre caliente.

El infeliz Fédimo y Tántalo, heredero del nombre de su abuelo, cuando habían puesto fin a su acostumbrada tarea, habían pasado al ejercicio juvenil de la brillante palestra; y ya habían juntado en estrecho abrazo sus pechos luchando, cuando disparada desde el tenso nervio, tal como estaban unidos, la flecha atravesó a ambos. Gimieron a la vez, a la vez sus miembros curvados por el dolor cayeron al suelo, a la vez yaciendo volvieron sus últimas miradas, a la vez exhalaron el alma. Los ve Alfénor y golpeándose el pecho desgarrado se acerca para aliviar en su abrazo los miembros helados, y cae en su piadoso deber; pues el Delio le rompió las entrañas íntimas con hierro mortal.

Cuando este fue extraído, parte del pulmón en los garfios fue arrancada y con el alma la sangre se derramó en el aire. Pero no una simple herida afecta al melenudo Damasictón: fue golpeado donde la pierna comienza y donde la nervosa corva hace las blandas articulaciones. Y mientras intenta con la mano sacar el dardo fatal, otra flecha fue disparada por la garganta hasta las plumas. La sangre la expulsó y, lanzada en lo alto, brota y salta lejos por el aire perforado. El último, Ilioneo, había levantado sus brazos en súplica inútil y 'oh dioses, todos en común', había dicho, ignorante de que no había que rogar a todos, '¡perdonad!' El arquero se había conmovido, cuando ya la flecha irrevocable no pudo ser detenida; sin embargo aquel murió con herida mínima, no habiendo sido traspasado el corazón profundamente por la saeta.

La fama del mal y el dolor del pueblo y las lágrimas de los suyos hicieron a la madre cierta de tan súbita ruina, asombrada de que hubiera podido suceder e indignada de que se hubieran atrevido a esto los dioses, de que tuvieran tanto poder; pues el padre Anfión, atravesado el pecho con hierro, había puesto fin muriendo a la vez a la luz y al dolor. ¡Ay! ¡Cuánto distaba esta Níobe de aquella que poco antes había apartado al pueblo de los altares de Latona y había llevado sus pasos altiva por en medio de la ciudad, envidiable para los suyos; pero ahora digna de lástima incluso para un enemigo!

Se inclina sobre los cuerpos helados y sin orden alguno reparte besos supremos por todos sus hijos; desde ellos levanta al cielo sus brazos amoratados 'aliméntate, cruel Latona, de nuestro dolor, aliméntate', dice, 'y sacia tu pecho con mi luto! ¡Sacia tu fiero corazón!' dijo. 'Por siete funerales soy llevada: exulta y triunfa victoriosa y enemiga! ¿Pero por qué victoriosa? A mí desgraciada me quedan más que a ti feliz; ¡aun después de tantos funerales venzo!' Había hablado, y sonó el nervio desde el arco tendido; que aterrorizó a todos excepto a Níobe sola: ella es audaz en su desgracia.

Estaban con vestiduras negras ante los lechos de los hermanos, con el cabello suelto, las hermanas; una de ellas, arrancando las flechas clavadas en las entrañas, moribunda se desploma sobre el rostro del hermano yacente; otra, intentando consolar a la miserable madre, enmudeció de repente y fue doblada por herida oculta y cerró la boca, solo después de que el espíritu se iba. Esta, huyendo en vano, se desploma, aquella muere sobre su hermana; esta se oculta, a aquella verías temblar. Seis dadas a la muerte y que han sufrido diversas heridas, quedaba la última; a quien la madre con todo el cuerpo, con toda su ropa cubriéndola, '¡deja una, la más pequeña! De las muchas pido la más pequeña', gritó, 'y una sola.'

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y mientras suplica, muere aquella por quien suplica: huérfana quedó sentada entre hijos e hijas sin vida y su marido y se endureció por el dolor; ningún aire mueve sus cabellos, en su rostro hay un color sin sangre, sus ojos en las tristes mejillas se quedan inmóviles, nada hay vivo en esa imagen. También por dentro su lengua se congela junto al duro paladar, y las venas dejan de poder moverse; ni el cuello puede doblarse ni los brazos devolver movimientos ni el pie puede andar; por dentro también las entrañas son piedra.

Llora sin embargo y arrebatada por el torbellino de un viento poderoso es llevada a su patria: allí fijada en la cumbre de un monte se licúa, y aún ahora los mármoles destilan lágrimas. Entonces todos de veras, mujer y hombre, temen la manifiesta ira del poder divino y con culto más intenso todos veneran el gran poder de la diosa que parió gemelos; y como suele pasar, a partir del hecho más reciente cuentan los anteriores. Uno de ellos dice: "También en Licia fértil en campos unos labradores de antaño despreciaron a la diosa sin quedar impunes.

Es un asunto oscuro ciertamente por lo humilde de los hombres, pero asombroso: yo mismo vi el estanque y el lugar famoso por el prodigio. Pues mi padre, ya mayor en edad e incapaz de hacer el viaje, me ordenó llevar de allí bueyes escogidos y al ir yo a esa gente me dio un guía de allí mismo; con él mientras recorro los pastos, mira, en medio del lago había un antiguo altar negro de cenizas sagradas rodeado de cañas temblorosas. Se detuvo mi guía y con murmullo temeroso dijo '¡Séme favorable!' y yo con murmullo semejante dije '¡Séme favorable!' Le preguntaba si acaso era un altar de las Náyades o de Fauno o de un dios local, cuando el extranjero me contó esto: 'No es un poder divino de la montaña, oh joven, el que está en este altar; la que lo llama suyo es aquella a quien una vez la regia esposa prohibió el mundo, a quien apenas Delos errante acogió cuando suplicaba, cuando la isla era aún flotante; allí apoyada en el árbol de Palas junto a una palmera parió Latona a sus gemelos pese a su contraria madrastra.

Desde allí también se cuenta que la recién parida huyó de Juno y llevó en su seno a sus hijos, dos poderes divinos. Y ya cuando el sol pesado quemaba los campos de la Quimera portadora, en las fronteras de Licia la diosa fatigada por largo esfuerzo resecada sintió sed por el calor estelar, y los ávidos hijos habían bebido de sus pechos que amamantaban. Por azar divisó un lago de agua mediana en los bajos valles; unos campesinos allí recogían mimbre arbustivo con juncos y grama grata a los pantanos; se acercó y la Titania apoyando la rodilla presionó la tierra, para sorber fríos líquidos al beber.

La turba rústica se lo prohíbe; la diosa así habló a los que prohibían: '¿Por qué me prohibís las aguas? El uso del agua es común. La naturaleza no hizo propios ni el sol ni el aire ni las tenues ondas: vengo a bienes públicos; pero os pido suplicante que me los concedáis. No pensaba lavar aquí mis miembros y mi cuerpo cansado, sino aliviar la sed. Mi boca carece de humedad al hablar, y mi garganta está seca, y apenas hay camino para la voz en ella.

Un trago de agua será para mí néctar, y confesaré haber recibido la vida al mismo tiempo: me daréis la vida en esta agua. Que también os conmuevan estos que tienden sus bracitos desde mi seno.' Y por casualidad sus hijos tendían los brazos. ¿A quién no podrían conmover las suaves palabras de la diosa? Ellos sin embargo persisten en prohibírselo a la que suplica y añaden amenazas si no se marcha lejos, y además agregan injurias. Ni es suficiente, incluso con pies y manos agitaron el lago y desde el fondo del agua el blando limo de aquí para allá movieron con salto maligno.

La ira aplazó la sed; pues ya la hija de Ceo no suplica a los indignos ni se rebaja a decir más palabras menores que una diosa y alzando las palmas a los astros dijo: '¡Vivid eternamente en ese estanque!' Se cumple el deseo de la diosa: les place estar bajo las aguas y ya sumergir todo el cuerpo en el hueco pantano, ya sacar la cabeza, ya nadar en la superficie del agua, a menudo plantarse sobre la orilla del estanque, a menudo saltar de vuelta a las frías aguas, pero también ahora sus torpes lenguas ejercitan en disputas y perdido el pudor, aunque estén bajo el agua, bajo el agua intentan maldecir.

También su voz es ya ronca, y sus cuellos hinchados se hinchan, y las mismas injurias dilatan sus anchas bocas; sus espaldas tocan la cabeza, los cuellos parecen interceptados, el lomo se vuelve verde, el vientre, la mayor parte del cuerpo, se blanquea, y como nuevas ranas saltan en el cenagoso charco.' Así cuando no sé quién de la gente licia contó aquella destrucción, otro recuerda al sátiro a quien el hijo de Latona, vencido por la caña de Tritonia, castigó. '¿Por qué me arrancas de mí mismo?' gritaba; '¡Ay, me arrepiento, ay!

¡La flauta no vale tanto!' Al que gritaba le fue arrancada la piel por todos los miembros, y no era nada sino una herida; la sangre mana por todas partes, y quedan al descubierto los nervios, y sin ninguna piel palpitan las venas; podrías contar las vísceras saltantes y las fibras transparentes en el pecho. Lo lloraron los campesinos, los poderes de los bosques, los faunos y sus hermanos sátiros y el entonces también querido Olimpo y las ninfas, y todo el que en aquellos montes apacentó rebaños lanudos y manadas de cuernos bovinos.

La tierra fértil se humedeció y empapada concibió las lágrimas caídas y las bebió por las venas profundas; y cuando las convirtió en agua, las envió a los aires vacíos. Desde allí buscando el mar veloz por riberas inclinadas tiene el nombre de Marsias, el más límpido río de Frigia.

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Con tales relatos enseguida el vulgo vuelve a los hechos presentes y lloran a Anfión muerto con su linaje; la madre está en la envidia: se dice que entonces uno solo lloró, Pélope, y después de apartar del pecho sus vestiduras, mostró marfil en su hombro izquierdo. Este hombro en el tiempo del nacimiento había sido del mismo color que el derecho y de carne; luego cuentan que los dioses unieron los miembros cortados por manos paternas, y halladas las otras partes, el lugar que es medio entre la garganta y el brazo superior faltó: fue puesto marfil en sustitución de la parte ausente, y por eso Pélope quedó completo.

Se reúnen los próceres vecinos, y las ciudades cercanas rogaron que sus reyes fueran al consuelo, Argos y Esparta y Micenas de los Pelópidas y Calidón aún no odiosa para la torva Diana y Orcómeno fértil y Corinto noble en bronce y la feroz Mesene y Patras y las humildes Cleonas y Pilos de Neleo y Trecén aún no de Piteo, y las demás ciudades que están encerradas por el Istmo de dos mares y las que situadas más afuera son contempladas desde el Istmo de dos mares; ¿quién podría creerlo?

sólo vosotras, Atenas, faltasteis. Obstaculizó ese deber la guerra, y traídas por mar huestes bárbaras aterraban los muros mopsopos. El tracio Tereo con armas auxiliares las había dispersado y tenía nombre ilustre por vencer; y Pandión lo unió consigo, poderoso en riquezas y hombres y que por suerte descendía del gran Gradivo, en matrimonio con Procne; no estuvo la pronuba Juno, ni Himeneo está presente, ni la Gracia en ese lecho: las Euménides sostuvieron antorchas arrebatadas de un funeral, las Euménides tendieron el tálamo, y en el techo un búho profano se posó y se sentó en la cumbre del dormitorio.

Con este ave se unieron Procne y Tereo, con este ave se hicieron padres; se congratuló ciertamente por ellos Tracia, y al mismo tiempo dieron gracias a los dioses; y ordenaron llamar festivo el día en que fue dada la hija al ilustre tirano Pandión y en que nació Itis: hasta tal punto se oculta la utilidad. Ya el Titán había conducido el tiempo de cinco otoños de año repetido, cuando Procne halagando a su marido dijo: 'Si alguna gracia tengo contigo, o envíame a ver a mi hermana, o que mi hermana venga aquí: prometerás a tu suegro que regresará en poco tiempo; me darás el equivalente de un gran don si me dejas ver a mi hermana.' Él ordena que las naves sean llevadas al mar y con vela y remero entra en los puertos cecropios y toca las costas del Pireo.

Apenas se le da oportunidad de ver a su suegro, se une diestra a diestra, y se inicia la conversación con favorable augurio. Había comenzado a exponer la causa de su venida, a transmitir el encargo de su esposa y a prometer el rápido retorno de la enviada: Mira, llega Filomela rica en gran atavío, más rica aún en belleza; como solemos oír que las náyades y las dríades caminan por en medio de los bosques, siempre que les des vestidos y adornos semejantes. No de otro modo se encendió Tereo al ver a la muchacha que si alguien pusiera fuego bajo espigas secas o quemara hojas y hierbas apiladas en el pajar.

Digna es, ciertamente, su belleza; pero también lo aguijonea la lujuria innata, y en aquellas regiones la raza es proclive a Venus: arde por el vicio de su gente y el suyo propio. Le viene el impulso de corromper el cuidado de los acompañantes y la lealtad de la nodriza, y también de tentar a la misma muchacha con enormes regalos y gastar todo el reino o raptarla y defender a la raptada con una guerra cruel; y no hay nada que, capturado por un amor sin freno, no se atreva a hacer, ni su pecho contiene las llamas encerradas.

Ya soporta mal las demoras y vuelve con boca ansiosa a los encargos de Procne, y bajo ellos impulsa sus propios deseos. El amor lo volvía elocuente, y cuantas veces pedía más de lo justo, decía que así lo quería Procne. Añadió también lágrimas, como si ella también se las hubiera encargado. Oh dioses, ¡cuánta noche ciega tienen los corazones mortales! En el mismo acto de preparar el crimen, Tereo es tenido por piadoso y obtiene alabanza de su delito. ¿Qué decir de que la misma Filomela lo desea, y abrazando con dulzura el cuello paterno, pide ir a ver a su hermana, y busca su propia salvación y su propia ruina?

Tereo la contempla y la toca de antemano con la mirada, y viendo los besos y los brazos rodeados a su cuello, todo lo toma como aguijones, antorchas y alimento de su frenesí, y cuantas veces ella abraza al padre, quisiera él ser el padre: pues no sería menos impío. El padre es vencido por el ruego de ambas: ella se alegra y da gracias al padre, y la infeliz cree que es un triunfo para las dos lo que será motivo de luto para las dos.

Ya quedaba poco trabajo a Febo, y sus caballos golpeaban con los cascos el espacio inclinado del Olimpo: se ponen en las mesas banquetes regios y vino en copas de oro; luego, entregan los cuerpos hinchados al plácido sueño. Pero el rey de Odrisia, aunque se ha retirado, arde por ella y evocando su rostro, sus gestos y sus manos, imagina como quiere lo que aún no ha visto, y él mismo alimenta sus propios fuegos, y el desvelo aparta el sueño. Era de día, y Pandión, abrazando la mano del yerno que parte, le encomienda a su compañera con lágrimas que brotan: "A ella, querido yerno, puesto que me obligó una causa piadosa y ambas lo quisieron (tú también lo quisiste, Tereo), te la entrego, y por tu lealtad y por nuestros corazones unidos, suplicante, te ruego por los dioses que la protejas con amor paterno y me la devuelvas cuanto antes, dulce consuelo de mi ancianidad

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inquieta (toda demora será larga para nosotros); tú también lo antes posible (basta con que la hermana esté lejos), si tienes alguna piedad, vuelve a mí, Filomela." Le daba encargos y a la vez besaba a su hija, y caían lágrimas suaves entre los encargos; y como prenda de lealtad, pidió las manos de ambos y las unió juntas, y les ruega con voz emocionada que saluden de su parte a la hija y al nieto ausentes; y apenas pudo decir el último adiós con la boca llena de sollozos y temió los presagios de su propia mente.

Tan pronto como Filomela fue puesta en la nave pintada y el mar fue movido por los remos y la tierra rechazada, "¡Vencí!", exclama, "¡mis deseos se llevan conmigo!" Y exulta y apenas puede contener su alegría en el alma el bárbaro, y no aparta la mirada de ella en ningún momento, no de otro modo que cuando el ave de Júpiter, depredador de garras curvas, ha dejado una liebre en su alto nido; no hay huida para la capturada, el raptor contempla su botín.

Ya cumplido el viaje, ya habían desembarcado en su propia costa de las naves fatigadas, cuando el rey arrastra a la hija de Pandión a un establo elevado, oscurecido por bosques antiguos, y allí, pálida, temblorosa, temiéndolo todo y preguntando ya entre lágrimas dónde está su hermana, la encierra, y confesando su infamia, a la virgen y sola la somete por la fuerza, en vano invocando al padre, a menudo a su hermana, sobre todo a los grandes dioses. Ella tiembla como una oveja asustada que, herida, sacudida de la boca de un lobo canoso, aún no se siente a salvo, y como una paloma con las plumas empapadas de su propia sangre se estremece todavía y teme las garras ávidas que la sujetaron.

Pronto, cuando volvió en sí, desgarrados los cabellos sueltos, semejante a una enlutada golpeándose los brazos heridos, tendiendo las palmas, dice: "Oh bárbaro de obras atroces, oh cruel, ¿no te conmovieron los encargos del padre con sus lágrimas piadosas, ni el cuidado de mi hermana, ni mi virginidad, ni los derechos conyugales? Todo lo has confundido; yo me he vuelto rival de mi hermana, tú, esposo doble, Procne debe ser mi enemiga. ¿Por qué no me arrebatas la vida, para que no quede, pérfido, ningún crimen por cometer?

Ojalá lo hubieras hecho antes del infame coito: habría tenido sombras vacías de culpa. Pero si los dioses de arriba ven esto, si los poderes divinos son algo, si no todo pereció conmigo, cuando sea, ¡me darás tu castigo! Yo misma, arrojada la vergüenza, proclamaré tus actos: si se me da la oportunidad, iré entre los pueblos; si me tienen encerrada en los bosques, llenaré los bosques y moveré las rocas cómplices; lo oirá el éter, y si hay algún dios en él." Después de que tales palabras excitaron la ira del tirano feroz y no menor que ella es su miedo, aguijoneado por ambas causas, libera de la vaina la espada con la que estaba ceñido, y agarrándola por el pelo, con los brazos atados a la espalda, la obliga a sufrir cadenas; Filomela preparaba la garganta y había concebido esperanza de su muerte al ver la espada: él, a la que protestaba y llamaba sin cesar el nombre del padre y luchaba por hablar, la lengua sujeta con unas pinzas, se la arrancó con la espada cruel.

La raíz última de la lengua palpita, la lengua misma yace y murmura temblando en la tierra negra, y como suele saltar la cola de una serpiente mutilada, palpita y, moribunda, busca las huellas de su dueña. También después de este crimen se dice (apenas me atrevo a creerlo) que a menudo volvió a violar el cuerpo lacerado con su lujuria. Se atreve a volver junto a Procne después de tales actos; ella, al ver a su esposo, pregunta por la hermana, pero él da gemidos fingidos y narra una muerte inventada, y las lágrimas le dan credibilidad.

Procne se arranca de los hombros los velos resplandecientes de ancho oro y se viste de ropas negras, y erige un sepulcro vacío y ofrece ritos fúnebres a los manes falsos y llora el destino de una hermana que no debía ser llorada así. El dios había recorrido los doce signos en el año cumplido; ¿qué hace Filomela? La vigilancia impide la fuga, los muros del establo están construidos de sólida piedra rígida, la boca muda carece de testigo del hecho. Grande es el ingenio del dolor, y la astucia viene en las desgracias: cuelga hábilmente hilos en un telar bárbaro y entreteje señales púrpuras en hilos blancos, indicación del crimen; y una vez terminado lo entrega a una sola, y con gestos le ruega que lo lleve a su señora; ella, rogada, lo llevó a Procne y no sabe qué entrega en ello.

La esposa del salvaje tirano desenrolla las telas y lee el destino miserable de su hermana, y (milagro que pudiera) calla: el dolor reprimió su boca, y faltaron palabras suficientemente indignadas a la lengua que las buscaba, y no hay tiempo para llorar, sino que se lanza a confundir lo justo y lo injusto y está toda en la imagen de la venganza. Era el tiempo en que las mujeres de Sitonia suelen celebrar los ritos trienales de Baco: (la noche cómplice de los ritos, de noche suena el Ródope con tintineos de bronce agudo) de noche salió de su casa la reina, y se prepara con los ritos del dios y toma las armas de las furias; la cabeza se cubre de vid, al costado izquierdo cuelgan pieles de ciervo, una lanza ligera descansa en el hombro.

Veloz por los bosques con el acompañamiento de su grupo, terrible Procne y agitada por las furias del dolor, Baco, simula las tuyas: llega por fin al establo apartado y ulula y grita "¡evoé!" y rompe las puertas y arrebata a su hermana, y a la raptada le pone las insignias de Baco y oculta su rostro con frondas de hiedra, y arrastrando a la atónita la conduce dentro de sus murallas.

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Cuando Filomela sintió que había llegado a la casa infame, se erizó la infeliz y palideció en todo el rostro; encontrando un sitio, Procne le quita las señales de los ritos sagrados y descubre el rostro avergonzado de su desdichada hermana y busca abrazarla; pero esta no logra levantar los ojos hacia ella, sintiéndose rival de su hermana, y con el rostro hundido en tierra, queriendo jurar y poner a los dioses por testigos de que esa deshonra le fue infligida por la fuerza, en lugar de voz tuvo las manos.

Arde y no puede contener su propia ira Procne, y reprendiendo el llanto de su hermana dice: "No es con lágrimas como hay que actuar en esto, sino con hierro, o con lo que tengas que pueda vencer al hierro. Para cualquier crimen me he preparado, hermana: o prenderé fuego con antorchas al palacio real y arrojaré a Tereo, el artífice, en medio de las llamas, o le arrancaré con hierro la lengua y los ojos y los miembros que te quitaron el pudor, o por mil heridas expulsaré su alma culpable.

Algo grande he preparado; qué sea, aún lo dudo." Mientras Procne cumple con tales palabras, Itis venía hacia su madre; advertida por él de lo que puede hacer, y mirándolo con ojos despiadados, "¡Ah, cuánto te pareces a tu padre!", dijo, y sin decir más prepara el triste crimen y hierve con ira silenciosa. Sin embargo, cuando el hijo se acercó y a su madre el saludo le trajo y le rodeó el cuello con sus pequeños brazos y unió besos mezclados con caricias infantiles, la madre se conmovió, y su ira se quebró y se detuvo, y sus ojos, contra su voluntad, se humedecieron con lágrimas forzadas; pero tan pronto sintió que su mente flaqueaba por excesiva piedad, de nuevo se volvió hacia el rostro de su hermana y mirando a ambos alternadamente dice: "¿Por qué uno prodiga caricias y la otra calla con la lengua arrancada?

¿Por qué este me llama madre y aquella no llama hermana? ¡Mira con qué marido estás casada, hija de Pandión! ¡Degenerada! Es un crimen la piedad hacia el esposo Tereo." Sin demora, arrastró a Itis, como la tigre del Ganges arrastra a su cría lactante por los bosques sombríos, y cuando alcanzaron una parte remota de la alta casa, y mientras él tendía las manos y ya veía su destino y gritaba "¡Madre! ¡Madre!" y buscaba su cuello, lo hiere Procne con la espada donde el pecho se une al costado, y no aparta la mirada.

Bastaba aquella sola herida para matarlo: la garganta le abre Filomela con el hierro, y aún vivos y reteniendo algo de vida los miembros los desgarran. Una parte salta en los calderos cóncavos, otra parte chisporrotea en los asadores; gotean sangre los aposentos. A estas viandas invita al ignorante Tereo su esposa y simulando un rito de la costumbre patria, al que solo es lícito acudir al marido, aparta a los compañeros y sirvientes. El mismo Tereo, sentado en el alto trono ancestral, come y amontona en su propio vientre sus propias vísceras, y tal es la ceguera de su mente que dijo: "¡Traedme aquí a Itis!" No puede disimular sus crueles alegrías Procne, y ya deseando ser la mensajera de su propia matanza dice: "Dentro tienes al que pides." Él mira alrededor y pregunta dónde está; mientras pregunta y llama de nuevo, tal como estaba, con los cabellos salpicados de sangre furiosa, saltó Filomela y la cabeza sangrienta de Itis la arrojó al rostro del padre, y nunca deseó más poder hablar y testimoniar con merecidas palabras sus alegrías.

El tracio rechaza las mesas con un grito enorme e invoca a las hermanas víboras del valle estigio, y ora, si pudiera, con el pecho abierto desea sacar de allí los manjares atroces y las vísceras medio comidas, ora llora y se llama a sí mismo tumba miserable de su hijo, ahora persigue con espada desnuda a las hijas de Pandión. Creerías que los cuerpos de las Cecrópidas colgaban suspendidos en alas: colgaban en alas. Una de ellas busca los bosques, la otra se refugia en los techos, y aún no han salido de su pecho las marcas de la matanza, y sus plumas están señaladas con sangre.

Él, veloz por su dolor y su deseo de venganza, se convierte en ave a la que coronan crestas en la cabeza. Sobresale desmedido en lugar del largo pico un rostro; el nombre del ave es abubilla, su aspecto parece armado. Este dolor envió a Pandión antes de tiempo y antes del término de su larga vejez a las sombras del Tártaro. El cetro del lugar y el gobierno de las cosas toma Erecteo, dudoso si más poderoso por su justicia o por sus armas.

Él había engendrado cuatro hijos varones y otras tantas de condición femenina, pero dos tenían igual belleza. De ellas el Eólida Céfalo fue feliz contigo como esposa, Procris; a Bóreas le dañaban Tereo y los tracios, y el dios careció largo tiempo de la amada Oritía mientras ruega y prefiere usar súplicas antes que la fuerza; pero cuando con halagos nada consigue, áspero por la ira que le es habitual y demasiado doméstica al viento, dijo: "¡Y con razón! ¿Por qué abandoné mis armas, la fiereza y las fuerzas y la ira y los ánimos amenazadores, y empleé ruegos cuyo uso me deshonra?

La fuerza me es propia: con fuerza expulso las nubes tristes, con fuerza sacudo los mares y tuerzo los robles nudosos y endurezco las nieves y golpeo las tierras con granizo; yo mismo, cuando encuentro a mis hermanos en el cielo abierto (pues ese es mi campo), lucho con tal ímpetu que resuena el éter en medio de nuestros choques y saltan fuegos arrancados de las cóncavas nubes; yo mismo, cuando penetro las bóvedas agujereadas de la tierra y pongo feroz mi espalda bajo las más hondas cavernas, agito a los manes y a todo el orbe con temblores.

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Con esta ayuda debí haber buscado el matrimonio, y el suegro no debió ser rogado por mí sino convertido en tal, Erecteo." Esto dijo Bóreas, o cosas no inferiores a estas, y sacudió las alas, con cuyos golpes toda la tierra fue azotada y el ancho mar se estremeció, y arrastrando su manto polvoriento por las más altas cumbres barre el suelo, y cubierto de oscuridad, el amante abraza a Oritía aterrada con sus alas leonadas. Mientras vuela, ardieron más fuertes los fuegos agitados, y no detuvo antes las riendas de su carrera aérea hasta que el raptor alcanzó los pueblos y murallas de los cícones.

Allí la esposa del gélido tirano acteo también se convirtió en madre, dando a luz gemelos, que tenían lo demás de la madre, las alas del padre. Pero no cuentan que estas nacieron junto con el cuerpo, y mientras la barba estaba ausente bajo los rubios cabellos, sin plumas fueron los niños Calais y Zetes; luego al mismo tiempo las plumas, al modo de las aves, comenzaron a rodear uno y otro costado, y al mismo tiempo a amarillear las mejillas. Así que cuando pasó el tiempo pueril a la juventud, con los minias buscaron los vellones que resplandecían con brillante lana por el mar desconocido en la primera nave.

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