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Libro V

Las metamorfosis · Ovidio · 34 min de lectura

Parte1versos 1-100

Y mientras el héroe hijo de Dánae contaba estas cosas en medio de la multitud de Cefeo, los regios salones se llenan de un tumulto estruendoso, y no es el grito que canta las bodas, sino el que anuncia la guerra feroz; y podrías comparar el banquete convertido en súbito tumulto con el mar en calma que la rabia salvaje de los vientos exaspera agitando las olas. El primero de todos, Fineo, autor temerario de la guerra, blandiendo una lanza de fresno con punta de bronce, dice: «¡Aquí estoy, aquí, vengador de mi esposa robada!

Ni tus alas ni Júpiter convertido en oro falso te arrancarán de mí». Cuando intenta lanzarla, Cefeo exclama: «¿Qué haces? ¿Qué locura, hermano, te empuja al crimen? ¿Así se devuelve gratitud por tantos méritos? ¿Así pagas con esta dote la vida que te salvó? La que te la quitó no fue Perseo, si buscas la verdad, sino el poder grave de las Nereidas, y Amón el de cuernos, y la bestia que venía de las profundidades del mar para saciarse con mi carne; en aquel momento te fue arrebatada, cuando iba a morir, a no ser que tú, cruel, exijas precisamente eso, que muera, y te alivies con nuestro luto.

Por supuesto no basta que la vieras atada mientras tú mirabas y que ni el tío ni el prometido le prestaran ayuda alguna; además te dolerá que otro la haya salvado y le arrebatarás el premio? Si te parece tan grande, debiste buscarlo en aquellas rocas donde estaba encadenada. Ahora deja que lleve lo que se ganó con sus méritos y su palabra aquel por quien esta vejez no quedó sin hijos, y entiende que fue preferido a ti no por ti, sino por la muerte cierta».

Aquél no dice nada en contra, pero mirando alternativamente a uno y a otro con el rostro, no sabe si atacar a éste o a aquél: y tras vacilar un instante, lanzó la lanza retorcida con todas las fuerzas que le daba la ira, en vano contra Perseo. Como se clavó en el lecho, entonces por fin Perseo saltó de los tapices y, feroz, devolviendo el proyectil enemigo, habría atravesado su pecho, si Fineo no se hubiera refugiado tras el altar: y (¡qué vergüenza!) el ara le sirvió al criminal.

Pero la lanza no fue inútil, se clavó en la frente de Reteo, quien después de caer y de que el hierro fuera arrancado del hueso patalea y salpica de sangre las mesas dispuestas. Entonces sí se enciende la multitud en iras indomables, y lanzan proyectiles, y hay quienes dicen que Cefeo debe morir junto con su yerno; pero Cefeo había salido del umbral del techo invocando el derecho y la fe y los dioses de la hospitalidad, que no se movía si ellos lo impedían.

La belicosa Palas está presente y protege a su hermano con la égida y le da ánimos. Había un indio, Atis, a quien Limnea nacida del río Ganges había parido, se cree, bajo las ondas cristalinas, destacado por su belleza, que aumentaba con su rico atuendo, todavía íntegro en sus dieciséis años, vestido con una clámide de Tiro que bordeaba un ribete dorado; collares de oro adornaban su cuello y una diadema dorada sus cabellos húmedos de mirra; él era diestro en clavar con la jabalina cosas distantes, pero más diestro aún en tensar el arco.

También entonces, mientras doblaba con mano lenta los cuernos, Perseo lo golpeó con un tizón que humeaba en medio del altar y le hundió el rostro mezclado con los huesos rotos. Cuando el asirio Licabas vio a éste yaciendo en sangre su hermoso rostro, el más unido a él y compañero que no disimulaba su verdadero amor, después de haber llorado a Atis exhalando la vida bajo la cruel herida, tomó el arco que él había tensado y dijo: «¡Que sea conmigo tu combate! No gozarás largo tiempo de la muerte del joven, por la cual tienes más envidia que alabanza».

Aún no había acabado de decir todo esto: el proyectil penetrante salió disparado de la cuerda, pero esquivado quedó colgando de la túnica ondulante. Volvió contra éste la hoz probada en la muerte de Medusa el hijo de Acrisio y la clavó en el pecho; pero él ya moribundo con los ojos flotando en negra noche buscó a Atis con la mirada y se reclinó sobre él y llevó a las sombras el consuelo de una muerte compartida. He aquí que Forbas de Siena, hijo de Metión, y el libio Anfimedon, ansiosos de unirse a la batalla, habían caído resbalando en la sangre con que la tierra empapada humeaba por todas partes; al levantarse los atravesó la espada, clavada en las costillas de uno, en la garganta de Forbante.

Pero a Erito, hijo de Actor, cuya arma era un hacha ancha, Perseo no lo atacó con la espada curva, sino que alzó con ambas manos una enorme crátera que sobresalía entre estatuas altas y de pesada mole y la estrelló contra el hombre; éste vomitó rojo sangre y cayó de espaldas golpeando el suelo con su cabeza moribunda. Luego derriba a Polidegmon, nacido de sangre de Semíramis, y a Abarís del Cáucaso y a Liceto hijo de Esperqueo y a Hélice de melena intacta y a Flegias y a Clito y pisotea los montones amontonados de los moribundos.

Ni Fineo se atrevió a enfrentarse de cerca al enemigo: lanza una jabalina, que por error se clavó en Idas, ajeno a la guerra en vano y que no había seguido ninguno de los bandos. Éste mirando con ojos torva al cruel Fineo dijo: «Ya que me arrastran a tomar partido, recibe, Fineo, al enemigo que creaste, y paga esta herida con otra herida». Y ya cuando iba a devolver el proyectil arrancado de su cuerpo cayó desplomado, desangrado en sus miembros. Entonces también Hodites, el primero después del rey de los cefenos, cae por la espada de Clímene, Protoenor hiere a Hipseo, Lincides a Hipseo. Había también entre ellos un anciano, Emation, cultivador de lo justo y temeroso de los dioses,

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que, puesto que los años le impiden guerrear, lucha con palabras y ataca y maldice las armas criminales; a éste, mientras abrazaba el altar con manos temblorosas, Cromis le cortó la cabeza con la espada, que al punto cayó sobre el ara y allí con lengua semianimada pronunció palabras execratorias y exhaló el alma en medio de los fuegos. Luego cayeron por mano de Fineo los hermanos gemelos Broteas y Amón, invictos en el pugilato, si el pugilato pudiera vencer a las espadas, y Ampico, sacerdote de Ceres, las sienes veladas con cinta blanca, tú también, Lampétida, no destinado a estos usos, sino a mover la cítara con la voz, obra de paz; habías recibido la orden de celebrar el banquete y el festival con tu canto.

A él, que estaba de pie a distancia sosteniendo el plectro inerme, Pédaso se burló diciendo: «¡Canta el resto a las sombras estigias!», y le hundió la espada en la sien izquierda; cayó y con dedos moribundos volvió a pulsar las cuerdas de la lira, y con su caída hirió un lamentable acorde. Pero el feroz Licormas no permitió que cayera impune y arrancando la sólida barra de la jamba derecha la estrelló contra los huesos de la nuca, y aquél se desplomó en tierra como un novillo sacrificado.

También el cinifio Pelates intentaba arrancar la barra del poste izquierdo; al intentarlo, su diestra quedó clavada por la lanza del marmárida Corito y quedó pegada a la madera; mientras permanecía clavado, Abas le atravesó el costado, y aquél no cayó, sino que moribundo quedó colgando del poste que retenía su mano. También muere Melaneo, que había seguido el bando de Perseo, y Dórilas, el más rico del campo nasamonio, rico Dórilas en tierras, nadie poseía más extensamente ni amontonaba tantas pilas de incienso. En su ingle oblicua se clavó el hierro lanzado: lugar letal aquél.

Cuando el autor de la herida lo vio sollozando el alma y revolviendo los ojos, el bactrio Halcioneo dijo: «De tantas tierras ten esto que ocupas». Y dejó el cadáver exangüe. El vengador descendiente de Abante lanzó contra éste una lanza arrancada de la herida caliente; recibida en medio de la nariz, salió por la nuca y sobresale por ambas partes; y mientras la Fortuna ayudaba su mano, derribó a Clitio y a Clanio, hijos de una misma madre, con herida diferente: pues a Clitio el fresno lanzado con pesado brazo le atravesó ambos muslos, Clanis mordió una jabalina en la boca.

Cayó también Celadón de Menfis, cayó Astreo nacido de madre palestina y padre dudoso, y Etión, sagaz antes en ver lo venidero, pero entonces engañado por un ave falsa, y el escudero real Toantes y Agirtes, infame por haber matado a su padre. Pero todavía queda más después del esfuerzo; pues todos tienen un solo ánimo: oprimirlo, conjurados luchan desde todas partes tropas en defensa de su causa impugnando el mérito y la lealtad; de este lado el suegro piadoso en vano y la nueva esposa con la madre favorecen y llenan el atrio con ulular, pero el estrépito de las armas supera los gemidos de los que caen, y Belona empapa al mismo tiempo los penates manchados de mucha sangre y mezcla los combates renovados.

Rodean solo a uno Fineo y mil que seguían a Fineo: vuelan dardos más numerosos que granizo invernal junto a uno y otro flanco y junto al rostro y las orejas. él apoya los hombros contra las piedras de una gran columna y llevando segura la espalda y vuelto hacia las tropas enemigas resiste a los que atacan: atacaba por el lado izquierdo el caonio Molpeo, por la derecha el nabateo Etemón. como una tigresa que al oír desde valles opuestos los mugidos de dos rebaños, azuzada por el hambre, no sabe hacia cuál lanzarse mejor, y arde por lanzarse a ambos, así Perseo dudaba si dirigirse a derecha o izquierda, apartó a Molpeo con una herida que atravesó su pierna y se contenta con que huya; pues Etemón no le da tiempo, sino que se enfurece y deseando dar heridas en el cuello alto sin mirar bien la espada lanzada con fuerza la rompió en el extremo de la columna golpeada: la hoja saltó en pedazos y se clavó en la garganta de su dueño.

sin embargo aquella herida no dio causas bastante fuertes para la muerte; Perseo atravesó con la hoz cilenia al tembloroso que tendía en vano los brazos inermes. Pero cuando vio que su valor sucumbía ante la turba, «ya que así me forzáis vosotros mismos, buscaré auxilio de mi enemigo», dijo Perseo: «¡apartad vuestros rostros si alguno es amigo aquí!» y exhibió el rostro de la Gorgona. «busca a otro a quien muevan tus prodigios», dijo Tescelo; y mientras con la mano preparaba lanzar el dardo fatal, quedó fijo en ese gesto como estatua de mármol.

junto a este Anfis de ánimo lleno de gran magnanimidad ataca con la espada el pecho del lincida: y al atacar la diestra se quedó rígida ni se movió más acá ni más allá. pero Nileo, que había mentido que fue engendrado por el Nilo séptuple, y que también en su escudo había grabado siete ríos parte en plata, parte en oro, «mira», dice, «Perseo, los orígenes de nuestra estirpe: llevarás gran consuelo a las sombras silenciosas de la muerte, haber caído por un varón tan grande»; la última parte de su voz quedó suprimida en medio del sonido, y creerías que sus bocas abiertas quieren hablar, pero no son permeables a las palabras.

Erix los increpa y dice «por vicio del ánimo, no por fuerzas de la Gorgona os entorpecéis. ¡Atacad conmigo y derribad a tierra al joven que mueve armas mágicas!» iba a atacar: la tierra retuvo sus pasos, y permaneció como pedernal inmóvil y armada imagen. Estos sin embargo sufrieron castigos merecidos, pero hubo uno

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que era soldado de Perseo: mientras luchaba por él, Acónteo al contemplar la Gorgona se endureció en piedra surgida; Astíages creyendo que aún vivía, lo golpea con la espada larga: sonó la espada con agudos tintineos. mientras Astíages se asombra, adquirió la misma naturaleza, y el rostro del que se asombra permanece en mármol. sería larga demora decir los nombres de varones del vulgo medio: quedaban doscientos cuerpos para la lucha, doscientos cuerpos se endurecieron al ver la Gorgona. Entonces finalmente Fineo se arrepiente de la guerra injusta; pero ¿qué hacer?

ve simulacros de diversas figuras y reconoce a los suyos y llamado cada uno por su nombre pide ayuda y no creyéndolo toca los cuerpos más próximos: eran mármol; se vuelve y así suplicante con manos confesoras y brazos oblicuos extendidos «vences», dice, «Perseo! retira tus monstruos y el rostro petrificador de Medusa, cualquiera que sea, retíralo, te lo ruego! no nos empujó a la guerra el odio ni la ambición del reino, movimos armas por una esposa! tu causa fue mejor en méritos, la mía en el tiempo: no me avergüenza haber cedido; nada, oh fortísimo, excepto esta vida concédeme, lo demás sea tuyo!»

A quien decía tales cosas y no se atrevía a mirar a aquel a quien rogaba con la voz, le dice «lo que, timidísimo Fineo, puedo concederte y es gran don para un cobarde, -- ¡deja el miedo! -- lo concederé: no serás violado por ningún hierro. es más, te daré un monumento que permanecerá por los siglos, y siempre serás contemplado en la casa de nuestro suegro, para que mi esposa se consuele con la imagen de su prometido.» dijo y trasladó a la hija de Forcis hacia aquella parte a la que Fineo había vuelto con rostro tembloroso.

entonces también al intentar volver sus ojos la cerviz se endureció, y el humor de los ojos se petrificó, pero sin embargo el rostro tímido y el semblante suplicante en el mármol y las manos sumisas y la expresión servil permanecieron. El vencedor Abantíada entra con su esposa en los muros paternos y vengador y castigador del padre que no lo merecía acomete contra Preto; pues Preto, expulsado el hermano por las armas, había poseído las fortalezas de Acrisio. pero ni con el poder de las armas ni con la fortaleza que mal había tomado superó las torvas luces del monstruo portador de serpientes.

Sin embargo a ti, oh Polidectes, rector de la pequeña Serifo, ni el valor del joven probado en tantos trabajos ni los males te ablandaron, sino que duro ejerces odio inexorable, ni hay fin en tu injusta ira; incluso desprecias la alabanza y acusas de fingida la muerte de Medusa. «te daremos pruebas de lo cierto. ¡Apartad los ojos!» dice Perseo y con el rostro de Medusa hizo pedernal sin sangre el rostro del rey. Hasta aquí Tritonia se dio por compañera de su hermano portador de oro; luego rodeada por hueca nube abandona Serifo, dejadas a la derecha Citno y Gíaros, y por donde sobre el ponto se vio el camino más breve, busca Tebas y el Helicón virginal.

Llegada a este monte se detuvo y así se dirigió a las doctas hermanas: «llegó a nuestros oídos la fama de una nueva fuente que el casco del veloz caballo de Medusa rompió. Ese es el motivo de mi viaje; quise ver el hecho admirable; lo vi nacer de sangre materna.» Responde Urania: «cualquiera que sea la causa de visitar estas moradas para ti, oh diosa, eres gratísima a nuestro ánimo. Pero la fama es verdadera: Pegaso es el origen de esta fuente» y condujo a Palas a las aguas sagradas.

Ella admirando largamente las ondas hechas por golpes del pie contempla alrededor bosques de selvas antiguas y grutas y hierbas matizadas con innumerables flores y llama afortunadas igualmente por su dedicación y su lugar a las Mnemónides; a la cual así le habló una de las hermanas: «oh Tritonia, que a no ser que tu virtud te hubiera llevado a obras mayores, habrías venido a formar parte de nuestro coro, dices verdad y apruebas con razón las artes y el lugar, y tenemos grata suerte, con tal de que estemos seguras.

Pero (de tal modo nada está vedado al crimen) todo aterra las mentes virginales, y el terrible Pireneo se presenta ante los ojos, y aún no me he recuperado del todo. Aquel feroz había tomado las tierras dáulides y foceas con soldadesca tracia y tenía un reino injusto; buscábamos los templos parnasios: nos vio yendo y venerando nuestra divinidad con rostro falaz "Mnemónides" (pues nos había reconocido), "deteneos" dijo "y no dudéis, os ruego, evitar bajo mi techo la grave constelación y la lluvia" (había lluvia) "a menudo los dioses superiores entraron en casas más humildes." Movidas por las palabras y por el momento asentimos al varón y entramos en las primeras estancias.

Habían cesado las lluvias, y vencido el austro a los aquilones las nubes oscuras huían del cielo purificado: vino el impulso de irnos; Pireneo cierra sus techos y prepara violencia, de la cual nosotras escapamos tomando alas. Él mismo como si fuera a seguirnos se quedó enhiesto en la alta fortaleza y dijo "por donde hay camino para vosotras, también lo habrá para mí" y se lanza insensato desde la cumbre de la torre suprema y cae de cara y rotos los huesos del rostro golpea la tierra muriendo teñida con sangre criminal.»

Hablaba la Musa: sonaron plumas por los aires, y voz de saludos venía desde las altas ramas. Levanta la vista y busca de dónde suenan quienes hablan tan claramente y cree la hija de Júpiter que habló un hombre; era un ave. Y en número de nueve quejándose de sus destinos se habían posado en las ramas, urracas que imitan todo. A la que se asombra así comenzó la diosa a la diosa «hace poco también estas

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aumentaron con su derrota la multitud de aves del certamen. Las engendró Piero, rico en los campos peleos, su madre fue Evipe de Peonia; ella llamó a la poderosa Lucina nueve veces, cuando iba a parir nueve veces. La turba de hermanas necias se hinchó con su número y a través de tantas ciudades hemonias y tantas aqueas vino aquí y traba combate con estas palabras: "Dejad de engañar al vulgo ignorante con vana dulzura; competid con nosotras, si tenéis alguna confianza, Tespíades, diosas. No seremos vencidas ni en voz ni en arte, y somos el mismo número: o marchaos vencidas de la fuente Medusea y del Aganipe hianteo, o nosotras nos iremos desde los campos ematios hasta los níveos peonios.

Que las ninfas juzguen el certamen." Competir era vergonzoso, ciertamente, pero ceder pareció más vergonzoso; las ninfas elegidas juran por los ríos y se sientan en asientos tallados de roca viva. Entonces, sin sorteo, la primera que se había declarado dispuesta a competir canta la guerra de los dioses y pone a los gigantes en honor falso y disminuye las hazañas de los grandes dioses; que Tifeo, lanzado desde la profunda sede de la tierra, infundió miedo a los celestiales y todos dieron la espalda en fuga, hasta que la tierra egipcia, cansados, los acogió, y el Nilo dividido en siete desembocaduras.

Cuenta que allí también llegó el nacido de la tierra, Tifeo, y que los dioses se ocultaron bajo figuras fingidas; "y el conductor del rebaño," dijo, "se vuelve Júpiter: de ahí que ahora también el libio Amón tenga forma de cuernos curvos; el Delio en cuervo, la prole de Sémele en cabra, la hermana de Febo en gata, Saturnia en nívea vaca, Venus se ocultó en pez, el Cilenio en alas de ibis." Hasta aquí había movido su boca canora ante la cítara: nos piden a las Aónides —pero quizá no tengas tiempo ni puedas prestar oído a nuestros cantos.

"¡No dudes y cuéntame vuestro canto en orden!" dice Palas y se sienta a la leve sombra del bosque; la Musa refiere: "Dimos la suma del certamen a una sola; se levanta Calíope con los cabellos sueltos recogidos de hiedra y tantea con el pulgar las quejumbrosas cuerdas y añade este canto a las cuerdas pulsadas: "Primera, Ceres removió los terrones con el arado curvo, primera dio frutos y alimentos suaves a las tierras, primera dio leyes; todo es don de Ceres; a ella debo cantar.

Ojalá pueda decir cantos dignos de la diosa; ciertamente la diosa es digna del canto. "La vasta Trinacria fue arrojada sobre los miembros gigantes y oprime, sometida bajo grandes moles, a Tifeo que osó aspirar a las sedes etéreas. Él, sin duda, se esfuerza y lucha por levantarse a menudo, pero su mano derecha está sometida bajo el ausonio Péloro, la izquierda bajo ti, Paquino, sus piernas son oprimidas por Lilibeo, el Etna pesa sobre su cabeza, bajo el cual Tifeo, boca arriba, arroja arenas y vomita llamas feroz por la boca.

A menudo lucha por remover el peso de la tierra y hacer rodar con su cuerpo ciudades y grandes montes: entonces tiembla la tierra, y el mismo rey de los silenciosos teme que se abra el suelo y se descubra con ancho bostezo y el día, penetrando, aterrorice a las sombras temblorosas. Temiendo esta ruina, el tirano de la sede tenebrosa había salido y, llevado en su carro de negros caballos, rodeaba cauteloso los cimientos de la tierra sícila. Después de comprobar que ningún lugar se tambalea y depuesto el miedo, lo ve la Ericina vagando sentada en su monte y, abrazando a su hijo alado, "Armas y manos mías, mi poder, hijo mío," le dijo, "esas con las que vences a todos, toma tus flechas, Cupido, y dispara tus rápidas saetas al pecho del dios a quien tocó en suerte la última de las tres partes del reino.

Tú dominas vencidos a los celestiales y al mismo Júpiter, a los dioses del mar y al mismo que rige los dioses del mar: ¿Por qué descuidas el Tártaro? ¿Por qué no extiendes el imperio tuyo y de tu madre? Se trata de la tercera parte del mundo, y sin embargo en el cielo, que ya es nuestra paciencia, nos desprecian, y conmigo se reducen las fuerzas del Amor. ¿No ves que Palas y Diana la cazadora se han apartado de mí? También la hija de Ceres será virgen si lo permitimos; pues aspira a las mismas esperanzas.

Pero tú, por el reino asociado, si eso te es grato, une la diosa a su tío." Habló Venus; él aflojó la aljaba y por decisión de su madre de mil flechas apartó una, pero no hay ninguna más aguda ni menos incierta ni que obedezca más al arco, y apoyando la rodilla curvó el flexible cuerno y con la caña ganchuda hirió a Dite en el corazón. "No lejos de las murallas heneas hay un lago de aguas profundas, de nombre Pergos: no más cantos de cisnes escucha el Caístro en sus ondas deslizantes.

Un bosque corona las aguas ciñendo todo el contorno y con sus frondas como velo aparta los golpes de Febo; las ramas dan frescor, el suelo húmedo flores tirias: es primavera perpetua. Mientras en este bosque Prosérpina juega y recoge violetas o blancos lirios, y mientras con afán juvenil llena los canastillos y el seno y compite por superar a sus iguales recogiendo, casi al mismo tiempo fue vista, amada y raptada por Dite: tan apresurado fue el amor. La diosa aterrada con voz triste llama a su madre y a sus compañeras, pero más a su madre, y como desgarró su vestido desde lo alto del borde, las flores recogidas cayeron de las túnicas sueltas, y tanta simplicidad hubo en los años pueriles

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que esta pérdida también conmovió su dolor virginal. El raptor impulsa el carro y llamando a cada uno por su nombre exhorta a los caballos, por cuyos cuellos y crines sacude las riendas teñidas de oscura herrumbre, y es llevado por los lagos profundos y las lagunas hirvientes que huelen a azufre de los Pálicos, burbujeantes por la tierra rota, y por donde los Baquíadas, gente nacida de Corinto la de dos mares, pusieron murallas entre puertos desiguales. "Hay un mar entre Cíane y la pisea Aretusa, que se junta encerrado por estrechos cuernos: aquí hubo una, de cuyo nombre también se llamó el estanque, Cíane, la más célebre entre las ninfas sicélidas.

Ella surgió del medio del remolino hasta el vientre y reconoció a la diosa y dijo: '¡No iréis más lejos! No puedes ser yerno de Ceres contra su voluntad: debías pedirla, no raptarla. Y si me es lícito comparar lo pequeño con lo grande, también a mí me amó Anapis; pero rogada, sin embargo, y no, como esta, aterrada, me casé.' Dijo y extendiendo los brazos en direcciones opuestas se interpuso. El Saturnio no contuvo más su ira y exhortando a sus terribles caballos al fondo del remolino hundió con brazo vigoroso el cetro real retorcido; la tierra golpeada abrió camino al Tártaro y recibió el carro inclinado en medio del cráter.

"Pero Cíane, dolida por la diosa raptada y despreciados los derechos de su fuente, llevando inconsolable herida en su mente callada, se consume toda en lágrimas y en aquellas aguas de las que había sido gran divinidad hace poco se disuelve: verías ablandarse sus miembros, los huesos sufrir flexión, las uñas perder rigidez; primero lo más delgado de todo se licúa, los cabellos cerúleos y los dedos y las piernas y los pies (pues breve es el tránsito de los miembros delgados a las gélidas ondas); después los hombros y la espalda y los flancos y los pechos se desvanecen en tenues arroyos; finalmente, en lugar de sangre viva, en las venas corrompidas entra linfa, y no queda nada que puedas agarrar.

"Mientras tanto, la hija es buscada en vano por la madre aterrada por todas las tierras, por todo el mar profundo. Ni Aurora viniendo con cabellos húmedos la vio descansando, ni Héspero; ella con dos pinos encendidos en las manos los prendió del Etna y los llevó sin descanso a través de las tinieblas escarchadas; de nuevo, cuando el día benigno había oscurecido las estrellas, a su hija buscaba desde el ocaso del sol hasta su orto. Fatigada por el trabajo había concebido sed, y ninguna fuente había bañado su boca, cuando vio por azar una choza cubierta de paja y golpeó las pequeñas puertas; de allí sale una anciana y ve a la diosa y a la que pide agua le da una dulce bebida, que antes había espesado con polenta tostada.

Mientras ella bebe lo que le han dado, un muchacho de rostro duro y atrevido se planta ante la diosa, se ríe y la llama glotona. Ofendida, y sin haber terminado aún de beber, la diosa le arroja el líquido mezclado con la harina: en el rostro le brotan manchas y lo que hace un momento eran brazos ahora son patas; una cola se añade a sus miembros transformados, y se encoge hasta una forma pequeña, para que no tenga gran poder de hacer daño: su tamaño es ahora menor que el de una lagartija.

La anciana, asombrada y llorosa, se dispone a tocar al monstruo, pero él huye de ella y busca un escondite, y tiene un nombre apropiado a su vergüenza: su cuerpo salpicado de manchas diversas. Sería muy largo contar por qué tierras y por qué mares erró la diosa; al buscar, el mundo entero le resultó insuficiente; regresa a Sicania, y mientras lo recorre todo en su camino, llega también hasta Cíane. Si ella no hubiera sido transformada, se lo habría contado todo; pero boca y lengua, aunque quería hablar, no las tenía, ni tenía con qué hablar; sin embargo, dio señales manifiestas, y mostró a la madre, como prueba, el cinturón de Prosérpina que por casualidad había caído en su agua sagrada, y que ahora exhibía sobre la superficie de las ondas.

Tan pronto como lo reconoció, como si sólo entonces hubiera sabido del rapto, la diosa se desgarró los cabellos sin adorno y se golpeó repetidas veces el pecho con sus propias manos. Aún no sabe dónde está su hija; pero increpa a todas las tierras, las llama ingratas y no dignas del don de las cosechas, y a Trinacria más que a las demás, en la que encontró las huellas del daño. Así que allí, con su mano, destruyó los arados que roturaban las terrazas, e, iracunda por igual, mató a los labradores y a los bueyes de labranza, y ordenó a los campos que traicionaran lo sembrado e hizo que las semillas se echaran a perder.

La fertilidad de la tierra, que se había difundido por todo el ancho mundo, yace desmentida: las mieses mueren en sus primeras hierbas, ya por exceso de sol, ya por exceso de lluvia; las estrellas y los vientos hacen daño, y las aves voraces recogen las semillas sembradas; la cizaña y los abrojos agobian las cosechas de trigo y la hierba inexpugnable crece. Entonces Alfeo levantó su cabeza desde las aguas de Élide, se apartó de la frente a las orejas sus cabellos goteantes y dijo: "Oh tú, que has buscado a tu hija por todo el mundo, madre de las cosechas, detén tus inmensos trabajos y no te enfurezcas violentamente contra la tierra que te ha sido fiel.

La tierra no mereció nada: se abrió contra su voluntad al rapto. No suplico en favor de mi patria: vine aquí como huésped. Pisa es mi patria y de Élide procede mi origen; habito Sicania como extranjero, pero esta tierra me es más grata que cualquier otro suelo: ahora Aretusa tiene aquí sus penates, aquí tengo mi morada. Protégela tú, la más benigna. Por qué me moví de mi lugar y por qué fui arrastrado a través de tantas ondas del mar hasta Ortigia, llegará la hora propicia para mis relatos, cuando tú estés aliviada de preocupaciones

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y con un rostro más sereno. La tierra me ofrece un camino transitable, y arrastrada por las más profundas cavernas aquí levanto la cabeza y veo de nuevo las estrellas olvidadas. Pues mientras me deslizaba bajo tierra por el remolino estigio, allí tu Prosérpina fue vista por estos ojos míos: ella estaba triste, ciertamente, y aún su rostro no había perdido el miedo, pero era reina, sin embargo, reina del sombrío mundo, y sin embargo poderosa matrona del tirano infernal." La madre, al oír estas palabras, quedó estupefacta como una piedra y durante mucho tiempo permaneció como atónita, y cuando del profundo dolor pasó a la profunda locura, se lanzó en su carro hacia las regiones etéreas: allí, con el rostro todo nublado, se plantó ante Júpiter con aire acusador y los cabellos sueltos, y dijo: "Vengo suplicante ante ti, Júpiter, por mi propia sangre y por la tuya: si no hay gratitud de madre, que la hija mueva al padre, y te ruego que no sea tu cuidado por ella menor porque salió de mi parto.

Mira, mi hija, buscada durante tanto tiempo, al fin ha sido encontrada, si llamas encontrar al perder con más certeza, o si llamas encontrar al saber dónde está. Que haya sido raptada, lo soportaremos, con tal de que me la devuelva. Pues tu hija no merece un marido que sea un saqueador, aunque ya no sea mi hija." Júpiter respondió: "La hija es prenda y carga común para mí y para ti; pero si conviene dar a las cosas sus nombres verdaderos, esto no fue una injuria, sino amor; y ese yerno no nos dará vergüenza, con tal de que tú, diosa, lo quieras.

Aunque faltara todo lo demás, ¡cuánto es ser hermano de Júpiter! ¿Qué decir de que tampoco falta lo demás y sólo me cede en la suerte? Pero si tanto deseo de separación tienes, Prosérpina regresará al cielo, pero con una ley determinada: si allí no tocó alimento alguno con su boca; pues así está estipulado en el pacto de las Parcas." Había hablado, pero Ceres está decidida a recuperar a su hija; los hados no lo permiten así, puesto que la virgen había roto su ayuno y, mientras inocentemente vagaba por los jardines cultivados, había arrancado un fruto púrpura de un árbol curvado y había tomado siete granos de su pálida corteza y los había apretado con su boca, y sólo de entre todos Ascálafo lo había visto, al que se dice que en otro tiempo Orfne, entre las ninfas avernales no la menos conocida, parió de su Aqueronte bajo los oscuros bosques; lo vio y con su denuncia le quitó cruelmente el regreso.

Gimió la reina del Érebo e hizo del testigo un ave impura, y rociándole la cabeza con agua del Flegetonte lo convirtió en pico y plumas y ojos enormes. Despojado de sí mismo, se cubre con alas leonadas y la cabeza se le agranda y se le curvan las uñas hacia atrás y apenas mueve las plumas nacidas en sus brazos inertes y se vuelve un ave repugnante, mensajera del luto venidero, el perezoso búho, siniestro presagio para los mortales. Este, sin embargo, por su delación y su lengua puede parecer que mereció su castigo; pero vosotras, Aqueloidas, ¿de dónde tenéis plumas y patas de ave, cuando conserváis rostros de virgen?

¿Acaso porque cuando Prosérpina recogía las flores primaverales vosotras, Sirenas sabias, estabais entre sus compañeras? Después de que la buscasteis en vano por todo el mundo, enseguida, para que los mares también sintieran vuestra preocupación, deseásteis poder posarse sobre las olas con remos de alas, y tuvisteis dioses propicios y visteis vuestros miembros volverse de pronto amarillos con plumas. Pero para que aquel canto nacido para halagar los oídos y tan gran don de vuestra voz no perdiera el uso de la palabra, os quedaron el rostro de virgen y la voz humana.

Mas Júpiter, mediador entre su hermano y su triste hermana, divide el año en partes iguales: ahora la diosa, deidad común de dos reinos, pasa con su madre tantos meses, tantos con su esposo. Al instante cambia el aspecto de su mente y de su rostro; pues la frente que hace un momento podía parecer triste incluso a Dite, ahora es radiante para la diosa, como el sol que, antes cubierto por nubes acuosas, sale vencidas las nubes. La nutricia Ceres, segura al recobrar a su hija, le exige cuál fue la causa de tu huida, por qué eres, Aretusa, fuente sagrada.

Callaron las aguas, cuya diosa levantó del profundo manantial la cabeza y, secados con la mano sus verdes cabellos, narró los antiguos amores del río Eleo. "Yo fui una de las ninfas que hay en Acaya", dijo, "ninguna otra recorrió los bosques con más afán que yo ni tendió con más afán las redes de caza. Pero aunque nunca busqué fama por mi belleza, aunque era fuerte, tenía nombre de hermosa, y mi rostro, demasiado alabado, no me complacía, y aquello con lo que otras suelen alegrarse, yo, rústica, de la belleza de mi cuerpo me avergonzaba y consideraba un crimen agradar.

Regresaba cansada (lo recuerdo) del bosque Estinfálide; hacía calor, y el esfuerzo había duplicado el calor: encuentro unas aguas que fluyen sin rápidos, sin murmullo, transparentes hasta el fondo, a través de las cuales cada guijarro era contable en lo hondo, que apenas parecían moverse. Sauces blancos y álamos nutridos por el agua ofrecían espontáneamente sombras nacidas sobre las riberas inclinadas. Me acerqué y primero mojé las plantas de los pies, luego hasta las rodillas; y no contenta con eso, me desato y cuelgo mis suaves vestidos del sauce curvado y desnuda me sumerjo en las aguas.

Y mientras las golpeo y las arrastro deslizándome de mil modos y lanzo los brazos agitados, sentí no sé qué murmullo en medio del remolino y aterrada me detengo en el borde de la orilla más próxima. '¿Adónde te apresuras, Aretusa?', me había dicho Alfeo desde sus aguas, '¿adónde te apresuras?', me repitió con voz ronca.

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tal como estaba, huyo sin ropas (la otra orilla retuvo mis vestidos): tanto más me acosa y arde, y porque estaba desnuda, le parecí más dispuesta. así yo corría, así me apretaba aquel salvaje, como huyen las palomas del halcón con alas trémulas, como el halcón suele perseguir a las palomas asustadas. hasta bajo Orcómeno y Psófide y Cilene y los valles de Ménalo y el gélido Erimanto y Élide resistí corriendo, ni él era más veloz que yo; pero soportar la larga carrera, desigual en fuerzas, no podía, él era paciente en el largo esfuerzo.

sin embargo por campos, por montes cubiertos de árboles, también por rocas y peñascos y por donde no había camino, corrí. el sol estaba a mi espalda: vi precederme una larga sombra ante mis pies, a no ser que el miedo la viera; pero ciertamente el ruido de los pasos me aterraba y el enorme aliento de su boca soplaba las cintas de mi pelo. agotada por el trabajo de la huida "trae ayuda, soy atrapada," dije "portadora de armas, Diana, tuya, a quien a menudo diste llevar tus arcos y las flechas guardadas en la aljaba!" la diosa se conmovió y sacando de las nubes espesas una me la echó encima: el río cubierta de niebla me busca y sin saberlo busca alrededor de la hueca nube y dos veces el lugar donde la diosa me había cubierto, inconsciente, rodea y dos veces gritó "¡eh, Aretusa!" "¡eh, Aretusa!" ¿qué ánimo tuve yo entonces, desgraciada?

¿acaso el que tiene la cordera, si oye lobos rugiendo alrededor de los altos establos, o la liebre, que escondida en la zarza ve las hostiles bocas de los perros y no se atreve a hacer ningún movimiento con el cuerpo? sin embargo no se va; pues no ve huellas de pies más lejos: vigila la nube y el lugar. un sudor frío se apodera de mis miembros asediados, y caen gotas azuladas de todo mi cuerpo, y por donde moví el pie, mana un charco, y de mis cabellos cae rocío, y más rápido de lo que ahora te narro los hechos, me transformo en agua.

pero él reconoce las amadas aguas del río y dejando la forma de varón que había tomado se vuelve a sus propias ondas, para mezclarse conmigo. Delia rompió la tierra, y yo sumergida en cavernas ciegas soy llevada a Ortigia, que por el nombre de la diosa grata a mí me sacó primera bajo las auras superiores.' "Hasta aquí Aretusa; la diosa fértil acercó dos serpientes a su carro y refrenó sus bocas con las riendas y llevada por el aire entre el cielo y la tierra envió su ligero carro a la ciudad Tritónida y a Triptólemo le dio semillas y le ordenó esparcirlas en parte por tierra virgen, en parte por tierra recultivada tras largo tiempo.

ya sobre Europa y la tierra de Asia en lo alto había sido llevado el joven: se dirige a las costas escitas. allí había un rey, Linco; él entra en la morada del rey. preguntado de dónde viene, y la causa del viaje y su nombre y su patria, 'mi patria es' dijo 'la ilustre Atenas; Triptólemo mi nombre; vine ni en nave por las olas, ni a pie por las tierras: se me abrió penetrable el éter. traigo dones de Ceres, que esparcidos por los anchos campos den cosechas fructíferas y alimentos suaves.' el bárbaro envidió y para que él mismo sea autor de tan gran don, lo recibe en hospitalidad y mientras está cargado de sueño lo ataca con hierro: mientras intenta clavar su pecho Ceres lo convirtió en lince y de nuevo ordenó al joven mopsopio conducir por el aire los sagrados tiros." 'Había terminado la mayor de nosotras sus doctos cantos; pero las ninfas dijeron que habían vencido las diosas que habitan el Helicón con voz unánime: cuando las vencidas lanzaban injurias dije "puesto que por el certamen para vosotras haber merecido castigo es poco y añadís maldiciones a la culpa y nuestra paciencia no es libre, iremos a los castigos y, por donde llame la ira, seguiremos." se ríen las Emátides y desprecian las palabras amenazantes, y al intentar hablar y con gran grito sus manos insolentes tender, vieron salir plumas por las uñas, cubrirse los brazos de plumaje, y una ve de la otra endurecerse en rígido pico las bocas y convertirse en aves nuevas que se unen a los bosques; y mientras quieren golpearse el pecho, levantadas por el movimiento de los brazos pendían en el aire, escándalos de los bosques, urracas. Aún ahora en las aves permanece la elocuencia antigua y la ronca charlatanería y la pasión desmesurada por hablar.'

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