Parte 12Límite de la investigación moral
Para querer aquello que la razón sola prescribe como deber al ser racional afectado por la sensibilidad, ciertamente hace falta una capacidad de la razón para infundir un sentimiento de placer o de complacencia en el cumplimiento del deber, y por tanto una causalidad de la misma para determinar la sensibilidad conforme a sus principios. Pero es enteramente imposible comprender, es decir, hacer inteligible a priori, cómo un mero pensamiento, que no contiene en sí mismo nada sensible, produce una sensación de placer o displacer; porque esto es un tipo especial de causalidad, acerca del cual, como acerca de toda causalidad, no podemos determinar nada a priori, sino que debemos consultar únicamente la experiencia. Ahora bien, dado que esta no puede proporcionar ninguna relación de causa a efecto más que entre dos objetos de la experiencia, pero aquí la razón pura ha de ser, mediante meras ideas (que no ofrecen ningún objeto para la experiencia), la causa de un efecto que ciertamente reside en la experiencia, resulta para nosotros los seres humanos enteramente imposible explicar cómo y por qué nos interesa la universalidad de la máxima en cuanto ley, y por tanto la moralidad. Solo esto es seguro: que no tiene validez para nosotros porque nos interese (pues eso sería heteronomía y dependencia de la razón práctica respecto de la sensibilidad, a saber, de un sentimiento subyacente, caso en el cual ella nunca podría ser legisladora moral), sino que nos interesa porque tiene validez para nosotros en cuanto seres humanos, dado que ha surgido de nuestra voluntad en cuanto inteligencia, y por tanto de nuestro verdadero yo; pero lo que pertenece a la mera apariencia es necesariamente subordinado por la razón a la naturaleza de la cosa en sí misma.
La pregunta, pues, de cómo es posible un imperativo categórico puede responderse en la medida en que se puede indicar el único supuesto bajo el cual es posible, a saber, la idea de la libertad, e igualmente en la medida en que se puede comprender la necesidad de este supuesto, lo cual es suficiente para el uso práctico de la razón, es decir, para la convicción de la validez de este imperativo y por tanto también de la ley moral; pero cómo es posible este supuesto mismo es algo que ninguna razón humana podrá comprender jamás. Bajo el supuesto de la libertad de la voluntad de una inteligencia, su autonomía, como condición formal bajo la cual únicamente puede ser determinada, es una consecuencia necesaria. Suponer esta libertad de la voluntad no solo es enteramente posible (sin caer en contradicción con el principio de la necesidad natural en el encadenamiento de los fenómenos del mundo sensible, como puede mostrar la filosofía especulativa), sino que también es necesario, sin ninguna condición adicional, para un ser racional que es consciente de su causalidad mediante la razón, y por tanto de una voluntad (que se distingue de los deseos), el ponerla prácticamente, es decir, en la idea, como condición de todas sus acciones voluntarias. Ahora bien, cómo puede la razón pura ser por sí misma práctica sin otros resortes que pudieran tomarse de cualquier otra parte, es decir, cómo puede el mero principio de la validez universal de todas sus máximas en cuanto leyes (lo cual ciertamente sería la forma de una razón práctica pura), sin ninguna materia (objeto) de la voluntad en la que se pudiera tomar de antemano algún interés, proporcionar por sí mismo un resorte y producir un interés que se llamaría puramente moral, o en otras palabras, cómo puede la razón pura ser práctica, eso es algo para cuya explicación toda razón humana es enteramente incapaz, y todo esfuerzo y trabajo de buscar una explicación al respecto es en vano.
Es exactamente lo mismo que si yo buscase indagar cómo es posible la libertad misma en cuanto causalidad de una voluntad. Pues entonces abandono el fundamento de explicación filosófica y no tengo ningún otro. Ciertamente podría ahora divagar por el mundo inteligible que aún me queda, el mundo de las inteligencias; pero aunque tengo de él una idea que tiene su buen fundamento, no tengo de él el menor conocimiento y tampoco puedo llegar jamás a este mediante todos los esfuerzos de mi facultad racional natural. Esa idea significa tan solo un algo que queda cuando he excluido todo lo que pertenece al mundo sensible de los fundamentos de determinación de mi voluntad, únicamente para restringir el principio de los motivos del campo de la sensibilidad, en cuanto lo delimito y muestro que no lo abarca todo en todo en sí, sino que fuera de él hay aún más; pero este más no lo conozco ulteriormente. De la razón pura que piensa este ideal, tras haber separado toda materia, es decir, conocimiento de los objetos, no me queda más que la forma, a saber, la ley práctica de la validez universal de las máximas, y conforme a ella pensar la razón en relación con un mundo intelectual puro como causa eficiente posible, es decir, determinante de la voluntad; el resorte debe faltar aquí enteramente, a menos que esta idea de un mundo inteligible sea ella misma el resorte o aquello por lo cual la razón tomase originariamente un interés; pero hacer esto comprensible es precisamente la tarea que no podemos resolver.
Aquí está, pues, el límite supremo de toda investigación moral, y determinarlo es ya de gran importancia para que, por un lado, la razón no busque en el mundo sensible, de manera perjudicial para las costumbres, el motivo supremo y un interés comprensible pero empírico, y por otro lado, para que tampoco agite sus alas sin fuerzas en el espacio vacío para ella de los conceptos trascendentes bajo el nombre del mundo inteligible, sin moverse del sitio, y se pierda entre quimeras. Por lo demás, la idea de un mundo intelectual puro como un todo de todas las inteligencias, al cual nosotros mismos pertenecemos como seres racionales (aunque al mismo tiempo somos también miembros del mundo sensible), sigue siendo siempre una idea útil y permitida para los fines de una fe racional, aun cuando todo saber tenga un fin en su límite, para producir en nosotros un vivo interés por la ley moral mediante el magnífico ideal de un reino universal de los fines en sí mismos (seres racionales), al cual solo podemos pertenecer como miembros cuando nos comportamos cuidadosamente según máximas de la libertad, como si fuesen leyes de la naturaleza.
■■ Observación final
El uso especulativo de la razón respecto de la naturaleza conduce a la necesidad absoluta de alguna causa suprema del mundo; el uso práctico de la razón en relación con la libertad conduce también a una necesidad absoluta, pero solo de las leyes de las acciones de un ser racional en cuanto tal. Ahora bien, es un principio esencial de todo uso de nuestra razón llevar su conocimiento hasta la conciencia de su necesidad (pues sin esto no sería conocimiento de la razón). Pero es una restricción igualmente esencial de esta misma razón que no puede comprender la necesidad de aquello que existe o de lo que acontece, ni la de aquello que debe acontecer, si no se pone como fundamento una condición bajo la cual existe, acontece o debe acontecer. De este modo, sin embargo, la satisfacción de la razón solo se pospone cada vez más mediante la constante pregunta por la condición. Por eso busca incansablemente lo incondicionadamente necesario y se ve obligada a admitirlo sin tener ningún medio para hacérselo comprensible; bastante afortunada si tan solo puede encontrar el concepto que se compagine con este supuesto. No es, pues, un reproche para nuestra deducción del principio supremo de la moralidad, sino un reproche que habría que hacer a la razón humana en general, el que no pueda hacer comprensible en su necesidad absoluta una ley práctica incondicionada (cual debe ser el imperativo categórico); porque no se le puede censurar que no quiera hacerlo mediante una condición, a saber, por medio de algún interés puesto como fundamento, ya que entonces no sería una ley moral, es decir, una ley suprema de la libertad. Y así, aunque no comprendemos la necesidad práctica incondicionada del imperativo moral, sí comprendemos su incomprensibilidad, que es todo lo que razonablemente puede exigirse de una filosofía que aspira en sus principios hasta el límite de la razón humana.
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