Parte 9Los siervos y las leyes
Como esclavos no tienen a los prisioneros de guerra salvo en combates librados por ellos mismos, ni a hijos de esclavos, ni en fin a nadie que puedan comprar como esclavo de otros pueblos, sino a los que entre ellos mismos son condenados a esclavitud por algún delito, o a los que en ciudades extranjeras (y este género es con mucho el más frecuente) han sido destinados al suplicio por algún crimen cometido.
De estos últimos se llevan a muchos, a veces comprados a bajo precio, pero más a menudo obtenidos gratis.
A estas clases de esclavos no solo los mantienen en trabajo perpetuo, sino también encadenados; pero a los suyos los tratan más duramente, porque los consideran más deplorables y merecedores de peor castigo, ya que habiendo sido excelentemente instruidos para la virtud con tan magnífica educación, no pudieron sin embargo abstenerse del delito.
Hay otro género de esclavos: cuando algún trabajador pobre de otro pueblo elige servir entre ellos por su propia voluntad.
A estos los tratan honradamente y, aunque se les impone algo más de trabajo por estar acostumbrados a él, los tienen casi con tanta clemencia como a los ciudadanos; al que quiere marcharse (lo cual no ocurre a menudo) ni lo retienen contra su voluntad ni lo despiden sin recursos.
Las leyes
A los enfermos, como dije, los cuidan con gran afecto y no omiten absolutamente nada que pueda restablecerles la salud, ya sea con medicina o con el cuidado de la alimentación.
A los que padecen una enfermedad incurable los consuelan permaneciendo junto a ellos, conversando y aplicándoles todos los alivios que pueden.
Pero si la enfermedad no solo es incurable sino que además los atormenta y tortura constantemente, entonces los sacerdotes y magistrados exhortan al hombre a que, puesto que es incapaz de cumplir todas las funciones de la vida, resulta molesto a los demás y gravoso para sí mismo, y sobrevive ya a su propia muerte, no decida seguir alimentando la peste y la plaga por más tiempo, y ya que la vida le es un tormento, no dude en morir, sino que confiado en la buena esperanza se arranque él mismo de aquella vida amarga como de una cárcel y un aguijón, o permita voluntariamente que otros lo liberen de ella; que al hacer esto obrará prudentemente, puesto que con la muerte va a interrumpir no el bienestar sino el suplicio, y que además obrará piadosa y santamente, ya que obedecerá los consejos de los sacerdotes, es decir, de los intérpretes de Dios en este asunto.
A quienes persuaden de esto, o terminan voluntariamente su vida mediante la abstinencia de alimentos, o adormecidos son liberados sin sentir la muerte.
Pero a nadie lo suprimen contra su voluntad, ni disminuyen en nada su cuidado hacia él; consideran honorífico morir persuadido de esta manera.
Pero al que se procura la muerte por una causa no aprobada por los sacerdotes y el senado, a ese no lo consideran digno ni de tierra ni de fuego, sino que lo arrojan vergonzosamente insepulto a algún pantano.
La mujer no se casa antes de los dieciocho años.
El varón no antes de cumplir cuatro más.
Si antes del matrimonio el varón o la mujer es convicto de deseo furtivo, se castiga gravemente a uno u otra; y se les prohíbe el matrimonio por completo, a no ser que el perdón del príncipe remita la falta; pero también el padre y la madre de familia en cuya casa se cometió el delito quedan sujetos a gran infamia por no haber protegido su responsabilidad con suficiente diligencia; castigan tan severamente ese delito porque prevén que pocos crecerán en amor conyugal, cuando vean que deben pasar toda la vida con una sola persona y además soportar las molestias que eso trae, si no se los aparta diligentemente de la promiscuidad.
Además, al elegir cónyuges observan seria y severamente un ritual muy inepto y absolutamente ridículo (según nos pareció a nosotros).
Pues a la mujer, ya sea virgen o viuda, una matrona grave y honrada la muestra desnuda al pretendiente, y a su vez un varón honrado presenta al pretendiente desnudo a la doncella.
Cuando desaprobamos esta costumbre riéndonos de ella como inepta, ellos en cambio se admiraban mucho de la estupidez insigne de todas las demás naciones, que al comprar un caballito, donde se trata de pocos denarios, son tan precavidos que aunque esté casi desnudo, si no se le quita la silla y se arrancan todas las guarniciones se niegan a comprarlo, no sea que bajo esos cubrimientos se oculte alguna úlcera, pero al elegir cónyuge, de lo cual resultará placer o náusea que los acompañará toda la vida, actúan tan negligentemente que, envuelto el resto del cuerpo en vestidos, valoran a toda la mujer apenas por el espacio de una palma (pues no se ve más que el rostro) y se la adjuntan no sin gran peligro de llevarse mal, si algo disgusta después.
Pues ni todos son tan sabios que solo consideren el carácter, y en los matrimonios de los mismos sabios, a las virtudes del alma se añaden también las dotes del cuerpo como algún complemento; ciertamente puede ocultarse bajo aquellos envoltorios una deformidad tan fea que pueda alienar completamente el ánimo de la esposa, cuando ya no es lícito separarse en el cuerpo; si tal deformidad sobreviene por algún accidente después de contraídas las nupcias, cada uno debe cargar con su suerte, pero antes de que alguien sea atrapado en engaño, debe prevenirse con leyes, y esto había que cuidarlo con tanto mayor diligencia porque son los únicos de aquellas regiones del mundo que se contentan con un solo cónyuge cada uno; y allí el matrimonio raramente se disuelve de otro modo que con la muerte, a no ser que el adulterio sea la causa, o la molestia insoportable del carácter.
Pues si uno de los dos es ofendido así, el senado le da permiso para cambiar de cónyuge; el otro lleva una vida perpetuamente infame y célibe.
En cambio no toleran de ningún modo que se repudie a un cónyuge sin culpa suya, cuando le ha sobrevenido una calamidad corporal; pues juzgan cruel que alguien sea abandonado cuando más necesita consuelo, y que la vejez, que tanto trae enfermedades como es ella misma una enfermedad, no tendría fe segura ni firme.
Pero ocurre a veces que, cuando los caracteres de los cónyuges no concuerdan bastante entre sí y habiendo encontrado ambos a otros con quienes esperan vivir más agradablemente, se separan de mutuo acuerdo; y contraen nuevos matrimonios, pero no sin la autorización del senado, que no admite divorcios si la causa no ha sido investigada diligentemente por él mismo y por sus esposas.
Es más, ni siquiera así fácilmente, porque saben que no es nada útil para afirmar la caridad de los cónyuges que se les presente la esperanza fácil de nuevas nupcias.
A los violadores del matrimonio se los castiga con la esclavitud más grave, y si ninguno de los dos estaba soltero, los agraviados (si así lo quieren) se unen en matrimonio entre sí repudiando a los adúlteros; o si les parece.
Pero si alguno de los agraviados persiste en el amor hacia su cónyuge que tan mal lo merece, no se le prohíbe usar de la ley matrimonial si quiere seguir al condenado a trabajos; y ocurre a veces que el arrepentimiento de uno y la oficiosa diligencia del otro, moviendo a compasión al príncipe, consigue de nuevo la libertad.
Pero si reincide en el delito, se le inflige la muerte.
Para los demás delitos ninguna ley establece una pena determinada; sino que según cada uno parezca más atroz o menos, así decreta el senado el castigo.
Los maridos castigan a las esposas, y los padres a los hijos; a no ser que hayan cometido algo tan grave que convenga a las costumbres que sea castigado públicamente; pero generalmente los delitos más graves se castigan con la molestia de la esclavitud, pues consideran que esto no es menos triste para los criminales y más provechoso para la república que si se apresuraran a ejecutar a los culpables y apartarlos en seguida.
Pues con el trabajo son más útiles que con la muerte, y con el ejemplo disuaden a otros por más tiempo de delito semejante; pero si tratados así se rebelan y resisten, entonces finalmente, como bestias indomables que la cárcel y la cadena no pueden contener, son ejecutados.
Pero a los que soportan pacientemente no se les quita toda esperanza en absoluto; pues domados por largos males, si muestran tal arrepentimiento que testifica que el pecado les desagrada más que la pena, a veces por prerrogativa del príncipe, a veces por los votos del pueblo, o se mitiga su esclavitud o se remite.
Solicitar al estupro no es menos peligroso que haberlo cometido.
Pues en todo delito igualan al hecho el intento cierto y decidido, pues no consideran que deba beneficiarlo aquello que faltó, a aquel por quien no quedó que nada faltara.
Tienen en deleites a los tontos, que así como afrentarlos es gran oprobio, así no prohíben sacar placer de la tontería.
Pues consideran que eso es un máximo bien para los propios tontos; y si alguien es tan severo y triste que no ríe con ningún hecho o dicho de ellos, no confían en confiárselo, temiendo que no sea cuidado con suficiente indulgencia por aquel para quien no ha de ser de ninguna utilidad, sino ni siquiera de entretenimiento (que es la única dote con que vale).
Burlarse del deforme o mutilado se considera vergonzoso y deforme no para el que es objeto de burla, sino para el burlador, que estúpidamente reprocha a alguien como defecto algo que no estaba en su poder evitar.
Pues así como consideran propio de gente perezosa e inerte no conservar la belleza natural, así entre ellos es insolencia infame buscar ayuda en los afeites.
Pues saben por la experiencia misma que ninguna hermosura de forma recomienda tanto a las esposas a los maridos como la probidad de costumbres y el respeto.
Pues así como algunos son capturados solo por la belleza, así nadie es retenido sino por la virtud y la obediencia.
No solo con penas disuaden de los delitos, sino que también con honores propuestos invitan a las virtudes, y por eso colocan estatuas en el foro a los varones insignes y que han merecido magníficamente de la república, para memoria de las hazañas bien realizadas, y al mismo tiempo para que la gloria de sus mayores sea espuela e incitamento a la virtud para sus descendientes.
Quien solicita alguna magistratura queda excluido de todas.
Conviven amablemente, pues ningún magistrado es insolente o terrible; son llamados padres; y lo muestran; de ellos es diferido el honor que se debe por los que quieren; no se exige de los que no quieren.
Ni siquiera al príncipe mismo lo distingue el vestido o la diadema, sino un manojo de trigo que se le lleva delante, como la insignia del pontífice es una vela que se lleva por delante.
Tienen muy pocas leyes, pues a gente así instituida le bastan poquísimas.
Es más, esto es lo que ante todo desaprueban en otros pueblos: que no bastan volúmenes infinitos de leyes e intérpretes.
Pero ellos consideran muy injusto que algunos hombres estén obligados por leyes que o son demasiado numerosas para que puedan leerse, o demasiado oscuras para que puedan ser entendidas por cualquiera; además excluyen por completo a los causídicos que tratan las causas con astucia y disputan las leyes con artimañas; pues consideran útil que cada uno lleve su propia causa y refiera al juez lo mismo que habría tenido que narrar a un abogado.
Así habrá menos rodeos y se extraerá más fácilmente la verdad, mientras quien habla sin que ningún abogado le haya enseñado engaño, el juez examina hábilmente cada cosa y presta ayuda a los ingenios más simples contra las calumnias de los astutos; esto es difícil de observar en otras naciones con tan gran montón de leyes muy complejas.
Pero entre ellos cada uno es perito en la ley.
Pues tanto son (como dije) poquísimas, como además de las interpretaciones consideran más justa aquella que es más evidente.
Pues (dicen) puesto que todas las leyes se promulgan con el único fin de que cada uno sea advertido por ellas de su deber, una interpretación más sutil advierte a poquísimos (pues son pocos quienes la alcanzan), mientras que el sentido más simple y más obvio de las leyes está al alcance de todos; de otro modo, por lo que toca al vulgo, cuyo número es el mayor y el que más necesita advertencia, ¿qué importaría no promulgar en absoluto la ley o interpretar la promulgada en tal sentido que nadie pueda extraerlo sin gran ingenio y larga disputa? Al cual sentido ni el rudo juicio del vulgo puede llegar a alcanzar, ni la vida ocupada en ganarse el sustento es suficiente para investigarlo.
Incitados por estas virtudes suyas, los pueblos vecinos que son libres y de su propia voluntad (pues ellos liberaron a muchos de la tiranía ya hace tiempo) les solicitan magistrados, unos cada año, otros cada lustro; cuando estos han terminado su mando, los devuelven con honor y alabanza, y llevan consigo nuevos de vuelta a su patria.
Y ciertamente estos pueblos proveen óptima y saludablemente a su república, cuya salud y perdición, puesto que depende de las costumbres de los magistrados, ¿qué otros habrían podido elegir más prudentemente que aquellos que no pueden ser apartados de lo honesto por ningún precio (como inútil para los que habrán de regresar pronto), que están libres de afecto o enemistad porque son desconocidos de los ciudadanos? Estos dos males, los afectos y la avaricia, dondequiera que se apoderen de los juicios, disuelven inmediatamente toda justicia, el más fuerte nervio de la república.
A estos pueblos, que solicitan de ellos quienes los gobiernen, los utopienses los llaman aliados; a los demás que han beneficiado los llaman amigos.
Los tratados que las demás naciones celebran entre sí tantas veces, que rompen y renuevan, ellos no los hacen con ninguna nación.
Pues ¿para qué el tratado, dicen, como si la naturaleza no ligara suficientemente al hombre con el hombre? Y al que ha despreciado esto, ¿piensas que va a cuidar las palabras? Son llevados especialmente a esta opinión porque en aquellas regiones de la tierra, los tratados y pactos de los príncipes suelen ser guardados con poca buena fe.
Pues en Europa, y eso sobre todo en aquellas partes que poseen la fe y religión de Cristo, la majestad de los tratados es santa e inviolable en todas partes, en parte por la justicia y bondad misma de los príncipes, en parte por el respeto y temor a los sumos pontífices, quienes así como no emprenden ellos mismos nada que no cumplan religiosísimamente, así mandan a todos los demás príncipes que permanezcan de todos los modos en sus promesas, y a los que tergiversan los compelen con censura pastoral y severidad.
Con razón ciertamente consideran que parece cosa muy vergonzosa que falte la fe a los tratados de aquellos que son llamados con el nombre peculiar de fieles.
Pero en aquel nuevo orbe de tierras, que el círculo del ecuador apenas separa tan lejos de este nuestro orbe como difieren la vida y las costumbres, no hay ninguna confianza en los tratados; los cuales cuanto más han sido atados con muchísimas y santísimas ceremonias, tanto más rápidamente se disuelven, encontrada fácilmente en las palabras una calumnia, que de tal modo dictan mientras tanto con astucia deliberada que nunca pueden ser constreñidos con vínculos tan firmes que no se escapen por algún lado y burlen tanto el tratado como la fe.
Qué astucia, es más, qué fraude y engaño; si lo sorprendieran interviniendo en un contrato de particulares, con gran arrogancia clamarían que es cosa sacrílega y digna de la horca, estos mismos precisamente que, dados como consejeros a los príncipes, se glorían de ese consejo. Autores.
Por lo cual resulta que toda la justicia parece, o no ser sino una virtud plebeya y humilde, que asienta muy por debajo del rango real a largo intervalo; o que al menos hay dos de ellas, de las cuales una conviene al vulgo, pedestre y rastrera, que no puede saltar nunca las cercas, restringida por muchos vínculos por todas partes, la otra virtud de los príncipes, que así como es más augusta que aquella popular, así es también más libre por largo intervalo, de modo que a ella le es lícito todo excepto lo que no le plazca.
Estos hábitos, como dije, de los príncipes que allí guardan tan mal los tratados, pienso que son la causa de que los utopienses no hagan ninguno; quizá cambiarían de opinión si vivieran aquí.
Aunque a ellos les parece que aunque se guarden óptimamente, sin embargo se ha establecido mal la costumbre de sancionar tratados en general, por lo cual sucede que (como si la naturaleza no copulara con ningún vínculo a pueblo con pueblo, cuando un monte o un arroyo apenas los discrimina por exiguo espacio) se consideran mutuamente nacidos hostiles y enemigos, y con razón atacan para destrucción mutua, a no ser que los tratados lo prohíban; es más, aun celebrados estos, no crece la amistad, sino que permanece la licencia de saquear, en cuanto por la imprudencia de quien dictó el tratado nada que lo prohíba ha sido comprendido suficientemente cauto en los pactos.
Pero ellos piensan por el contrario que a nadie debe tenerse por enemigo del que no ha salido ninguna injuria.
Que el consorcio de la naturaleza hace las veces de tratado, y que es mejor y más fuerte que los hombres se conecten mutuamente por benevolencia que por pactos, por el ánimo que por palabras.
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