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Parte 10La guerra

Utopía · Tomás Moro · 16 min de lectura

La guerra, como cosa claramente bestial, y que sin embargo ninguna especie de bestias practica de forma tan constante como el hombre, la aborrecen en grado sumo, y al contrario de la costumbre de casi todas las naciones, nada consideran tan poco glorioso como la gloria obtenida en la guerra. Y por eso, aunque se ejercitan de continuo en la disciplina militar, y no solo los hombres sino también las mujeres en días fijados, para que no estén inhábiles para la guerra cuando la necesidad lo exija, no la emprenden sin embargo a la ligera, sino solo cuando tienen que defender sus fronteras, o rechazar enemigos que han invadido tierras de sus amigos, o cuando, compadecidos de un pueblo oprimido por la tiranía (lo que hacen por humanidad), lo liberan con sus fuerzas del yugo y la servidumbre del tirano.

Aunque ofrecen ayuda a sus amigos no siempre solo para que se defiendan, sino a veces también para que devuelvan y venguen las injurias infligidas. Pero esto lo hacen únicamente si son consultados cuando el asunto está aún intacto, y si aprobada la causa, después de reclamar y no recibir devolución, son ellos los autores de declarar la guerra, lo cual no solo deciden cuantas veces el botín ha sido arrebatado por una incursión hostil, sino también mucho más enconadamente cuando sus comerciantes en cualquier parte del mundo sufren una calumnia injusta bajo el color de justicia, ya sea por el pretexto de leyes inicuas o por la torcida interpretación de leyes buenas.

No fue otra la causa de aquella guerra que los utopienses libraron en favor de los nefelogetas contra los alaopolitas poco antes de nuestra época, sino una injuria infligida a los comerciantes nefelogetas entre los alaopolitas bajo pretexto de derecho (según les pareció a ellos): ciertamente, fuera aquello derecho o injuria, fue vengada con una guerra tan atroz que, cuando a las fuerzas propias de cada parte se añadieron también los apoyos y recursos de las naciones circunvecinas, pueblos florecientísimos fueron unos sacudidos, otros gravemente afligidos, y los males que nacían de los males terminaron finalmente con la esclavitud y rendición de los alaopolitas, quienes pasaron al poder de los nefelogetas (pues no combatían los utopienses por sí mismos), de una nación que, en tiempos florecientes de los alaopolitas, de ningún modo podía compararse con ellos.

Tan ásperamente persiguen los utopienses la injuria hecha a sus amigos incluso en asuntos de dinero; pero no igual la que se les hace a ellos mismos, pues si en algún sitio son engañados y pierden sus bienes, con tal de que no haya violencia contra las personas, se enojan hasta el punto de abstenerse del comercio con aquella nación hasta que se les dé satisfacción.

No porque tengan menos cuidado de sus propios ciudadanos que de sus aliados, sino porque llevan peor que se intercepte el dinero de estos que el suyo, ya que los comerciantes de sus amigos, al perder de su patrimonio privado, sienten una grave herida por la pérdida.

Pero a sus propios ciudadanos no les perece sino lo que es público. Además, lo que abundaba en casa y como que sobraba, pues de otro modo no lo habrían enviado fuera.

Por lo cual sucede que aquella pérdida se produce sin sentimiento de ninguno.

Por ello consideran demasiado cruel vengar con la muerte de muchos un daño cuyo perjuicio ninguno de los suyos percibe en su vida o en su sustento.

Por otra parte, si alguno de los suyos es mutilado o muerto en cualquier lugar por injuria, sea que eso haya sucedido por decisión pública o privada, averiguado el hecho por medio de legados, si no se les entrega a los culpables no pueden ser aplacados sin que inmediatamente declaren la guerra.

A los culpables entregados los castigan con la muerte o con la esclavitud.

No solo les pesa, sino que también les avergüenza una victoria sangrienta, considerando una estupidez haber comprado demasiado caro cualesquiera mercancías, por preciosas que sean; pero se glorían sobremanera de haber vencido y aplastado a los enemigos con arte y engaño, y por ello celebran públicamente un triunfo y erigen un trofeo como por una hazaña valerosamente ejecutada. Pues entonces presumen de haberse comportado con valentía y virtud, cuando han vencido de tal manera que ningún animal salvo el hombre pudo hacerlo, esto es, con las fuerzas del ingenio.

Porque dicen que con las fuerzas del cuerpo combaten osos, leones, jabalíes, lobos, perros y demás bestias, de las cuales aunque la mayoría nos superan en robustez y ferocidad, sin embargo todas son superadas en ingenio y razón.

En la guerra atienden a esto únicamente: obtener aquello que si lo hubieran conseguido antes, no habrían declarado la guerra. O si el asunto lo impide, exigen de aquellos a quienes imputan el hecho una venganza tan severa que el terror aparte a otros de atreverse a lo mismo en el futuro.

Estos son los blancos de su propósito, que persiguen rápidamente, pero de tal modo sin embargo que el primer cuidado sea evitar el peligro antes que conseguir alabanza o fama.

Así pues, inmediatamente después de declarada la guerra, procuran que se coloquen clandestinamente al mismo tiempo muchos carteles reforzados con el sello público de ellos en los lugares más conspicuos del territorio enemigo, con los que prometen inmensos premios si alguien elimina al príncipe adversario, y luego establecen otros menores, aunque también esos egregios, por las cabezas individuales de aquellos cuyos nombres proscriben en las mismas cartas; estos son los que consideran, después del mismo príncipe, autores del plan tramado contra ellos.

Cualquier cantidad que fijan al asesino, la duplican para quien les traiga vivo a alguno de los proscritos, e invitan con los mismos premios, añadida además la impunidad, a los mismos proscritos a volverse contra sus compañeros.

Por ello sucede rápidamente que tienen a todos los demás mortales por sospechosos, y ellos mismos entre sí no confían lo suficiente ni son fieles, y viven en el mayor temor y en no menor peligro.

Pues consta que ha sucedido muchas veces que buena parte de ellos, y en primer lugar el príncipe mismo, fueron traicionados por aquellos en quienes habían depositado la mayor esperanza.

Tan fácilmente impulsan a cualquier crimen las recompensas, a las cuales ellos no ponen ningún límite.

Pero recordando a cuán grande peligro exhortan, se esfuerzan para que la magnitud del peligro se compense con la mole de los beneficios. Y por ello prometen no solo una inmensa cantidad de oro, sino también propiedades de gran renta en lugares segurisimos entre sus amigos, propias y perpetuas, y las cumplen con la máxima fe.

Esta costumbre de licitar y comprar al enemigo, reprobada entre otros, ellos la consideran para sí de gran alabanza, como cosa de hombres prudentes que de este modo despachan las mayores guerras sin batalla alguna, y también como humanos y misericordiosos, porque con la muerte de unos pocos culpables redimen las numerosas vidas de inocentes que habrían perecido combatiendo.

En parte de los suyos, en parte de entre los enemigos, cuya turba y vulgo compadecen no menos casi que a los suyos, sabiendo que no toman la guerra por propia voluntad, sino que son impulsados a ello por las furias de los príncipes.

Si el asunto no progresa de este modo, siembran y alimentan semillas de discordias, habiendo seducido con la esperanza de apoderarse del reino al hermano del príncipe o a alguno de los nobles.

Si las facciones internas languidecen, excitan contra los enemigos a las naciones vecinas y las enfrentan, exhumando algún título antiguo, de los cuales nunca faltan a los reyes, y prometiendo sus recursos para la guerra, suministran dinero abundantemente.

De ciudadanos muy parcamente, a quienes tienen tan únicamente caros y tanto se aprecian mutuamente que no estarían dispuestos a cambiar a ninguno de los suyos por el príncipe adversario.

Pero el oro y la plata, puesto que todo lo guardan para este solo uso, lo gastan sin reparo, ya que vivirían no menos cómodamente aunque lo gastasen todo.

Más aún, además de las riquezas domésticas hay para ellos fuera también un tesoro infinito, pues muchísimas naciones, como dije antes, están en deuda con ellos. Así envían a la guerra soldados reclutados de todas partes, especialmente de entre los zapoletas. Este pueblo dista de Utopía quinientos mil pasos hacia el sol naciente, áspero, rústico, feroz; prefieren los bosques y montañas escarpadas entre los que se han criado.

Gente dura, resistente al calor, al frío y al trabajo, ajena a todas las delicias, que no cultiva la agricultura y descuida tanto la edificación como el vestido; solo tiene cuidado del ganado.

En gran parte viven de la caza y del robo.

Nacidos solo para la guerra, cuya ocasión de practicar buscan diligentemente, la hallada la abrazan ávidamente, y saliendo en gran número se ofrecen ellos mismos a cualquiera que requiera soldados a bajo precio.

Conocen este único arte de vida, por el cual se busca la muerte; combaten con fiereza e incorrupta fidelidad por aquellos bajo los que sirven.

Pero no se obligan para ningún plazo determinado, sino que vienen a las filas bajo esta condición: que al día siguiente, si se les ofrece mayor estipendio, estarán del lado de los enemigos; de nuevo invitados con un poco más al día siguiente, se pasan de bando.

Raro es el conflicto bélico en que no haya buena parte de ellos en ambos ejércitos. Por ello sucede a diario que, unidos por vínculos de sangre, y que también reclutados en las mismas filas se trataban mutuamente con la mayor familiaridad, poco después separados en tropas contrarias concurren hostilmente. Y con ánimos enemigos, olvidados del parentesco, olvidadizos de la amistad, se atraviesan mutuamente, incitados a la mutua destrucción por ninguna otra causa sino que fueron reclutados por diferentes príncipes por una pequeña paga, de la cual tienen tan exacta cuenta que por el aumento de un as al estipendio diario fácilmente se dejan impulsar a cambiar de bando.

Así han absorbido rápidamente la avaricia, que sin embargo de nada les sirve.

Pues lo que ganan con sangre, en seguida lo consumen por el lujo, y ese además miserable.

Este pueblo milita para los utopienses contra cualesquiera mortales, porque por ellos se paga su trabajo tanto como en ninguna otra parte.

Pues los utopienses, así como buscan hombres buenos para utilizarlos, así buscan también estos hombres pésimos para usarlos mal. A quienes, cuando la necesidad lo exige, impulsados por grandes promesas, los arrojan a los mayores peligros, de donde las más veces gran parte nunca vuelve a exigir lo prometido; a los sobrevivientes les pagan de buena fe lo que prometieron, para que se inflamen a osadías semejantes.

Pues no les importa nada cuántos de ellos pierden. Piensan que merecerían la máxima gratitud del género humano si pudieran purgar del orbe de la tierra toda aquella escoria de pueblo tan vil y nefando.

Después de estos usan las tropas de aquellos por quienes toman las armas, y luego las escuadras auxiliares de los demás amigos.

Por último añaden sus propios ciudadanos, de entre los cuales ponen al frente del mando de todo el ejército a algún varón de probada virtud.

A este le sustituyen dos, de tal modo que mientras él esté sano, ambos quedan como particulares; muerto o capturado, uno de los dos sucede como por herencia, y a este según el acontecimiento un tercero. Para que (como son varias las suertes de la guerra), peligrando el jefe, no se perturbe todo el ejército.

De cada ciudad se hace un sorteo entre aquellos que espontáneamente dan su nombre. Pues nadie es empujado a la fuerza fuera a la milicia, porque tienen por persuasión que si alguien es por naturaleza demasiado tímido, no solo no hará nada esforzado él mismo, sino que también infundirá miedo a sus compañeros.

Por otra parte, si alguna guerra amenaza a la patria, colocan a estos cobardes, con tal de que estén sanos de cuerpo, mezclados con los mejores en las naves; o los distribuyen dispersos en las murallas, de donde no haya lugar para huir. Así la vergüenza ante los suyos, el enemigo a las manos y la esperanza quitada de huida aplastan el miedo, y a menudo la extrema necesidad se convierte en virtud.

Pero así como al conflicto bélico exterior nadie de ellos es arrastrado contra su voluntad, así a las mujeres que quieren acompañar a sus maridos a la milicia no solo no las prohíben, sino que incluso las exhortan e incitan con alabanzas, y a las que parten las colocan en línea de batalla junto con su respectivo marido. Luego rodean a cada uno sus hijos, afines y cognados, para que estén cerca unos de otros como mutuo auxilio aquellos a quienes la naturaleza estimula al máximo para prestarse ayuda recíproca.

Es el mayor oprobio que un cónyuge regrese sin su cónyuge, o que un hijo vuelva habiendo perdido a su padre. Por lo cual sucede que si se ha llegado al combate cuerpo a cuerpo, con tal de que los enemigos persistan, la batalla se decide larga y lúgubre hasta el exterminio.

Pues así como cuidan con todos los modos de que no sea necesario combatir ellos mismos, con tal de que puedan despachar la guerra con mano vicaria de mercenarios, así cuando no puede evitarse que ellos mismos entren en combate, la emprenden tan intrépidamente como la rechazaban prudentemente mientras podían, y no se enardecen tanto en el primer ímpetu cuanto cobran fuerzas poco a poco con la demora y la duración, con ánimos tan firmes que puedan ser muertos más fácilmente que apartados; pues aquella seguridad de sustento que cada uno tiene en casa, y la suprimida ansiosa preocupación de pensar en la posteridad (pues esta solicitud quebranta en todas partes los espíritus generosos) les da ánimo sublime y que desdeña ser vencido.

Además la pericia de la disciplina militar da confianza; por último las rectas opiniones (con las que han sido imbuidos desde niños tanto por la doctrina como por las buenas instituciones de la república) añaden virtud. Por la cual no tienen la vida tan vil que la prodiguen temerariamente, ni tan desvergonzadamente cara que cuando la honestidad aconseja deponerla, la retengan avariciosamente y con torpeza.

Mientras en todas partes la batalla hierve al máximo, jóvenes escogidísimos, conjurados y consagrados, exigen para sí al jefe adversario; lo atacan abiertamente, lo acometen desde emboscadas; es buscado de lejos y de cerca, y es atacado con una cuña larga y perpetua, relevados continuamente con frescos en lugar de los fatigados. Y rara vez sucede (a no ser que él se procure la huida) que no perezca o caiga vivo en poder de los enemigos.

Si la victoria es de ellos, de ningún modo se extienden en matanza, pues aprehenden a los que huyen más de buen grado que los matan. Y nunca persiguen de tal modo a los fugitivos que no retengan entretanto una línea formada bajo sus enseñas, de tal suerte que si vencidos en las demás partes consiguieron la victoria con su última línea, prefieren dejar escapar a todos los enemigos antes que acostumbrarse a perseguir a los fugitivos con las filas de los suyos perturbadas. Recuerdan que les ha sucedido a ellos mismos no pocas veces que, vencida y derrotada la mole de todo el ejército, cuando los enemigos gesticulando por la victoria perseguían a los que se iban aquí y allá, unos pocos de ellos colocados en la reserva, atentos a las ocasiones, atacaron de repente a aquellos dispersos y vagabundos y negligentes por la presunta seguridad, y cambiaron el resultado de toda la batalla. Y arrancada de las manos una victoria tan cierta e indudable, vencidos vencieron a su vez a los vencedores.

No es fácil decir si son más astutos para tender emboscadas o más cautos para evitarlas. Creerías que preparan la huida cuando nada menos tienen en el ánimo; al contrario, cuando toman esa decisión, pensarías que nada menos piensan.

Pues si sienten que están presionados demasiado por el número o por el lugar, entonces o de noche, moviendo el campamento en silencio, o con algún estratagema eluden, o de día se retiran tan paulatinamente, guardado tal orden, que no es menos peligroso atacarlos retirándose que avanzando.

Fortifican el campamento diligentísimamente con fosa muy honda y ancha, la tierra que se extrae arrojada hacia dentro; ni usan para este trabajo las obras de los peones, sino que se hace con las manos de los mismos soldados, y todo el ejército está en la obra, excepto los que delante de la empalizada en armas velan para casos repentinos.

Por ello, esforzándose tantos, concluyen las fortificaciones grandes y que abrazan mucho lugar con toda rapidez más de lo creíble.

Usan armas para recibir golpes, firmes y no inadecuadas para ningún movimiento o gesto, de tal suerte que no las sienten molestas ni siquiera nadando.

Pues acostumbran a nadar armados entre los rudimentos de la disciplina militar. Los proyectiles son de lejos flechas, que lanzan con suma fiereza y certeza no solo los de a pie sino también desde los caballos; de cerca en cambio no espadas, sino hachas letales ya por el filo ya por el peso, ya hieran de tajo ya de punta.

Excogitan máquinas solertísimamente, fabricadas las ocultan con sumo cuidado para que, no reveladas antes de que el asunto lo exija, no sean más para burla que para uso; en las cuales al fabricarlas atienden a esto en primer lugar: que sean fáciles de transportar y hábiles para girar.

Las treguas pactadas con los enemigos las observan tan santamente que no las violan ni siquiera siendo provocados.

No asolan el territorio enemigo ni queman las mieses; más aún, en cuanto pueden procuran que no sean pisoteadas por los pies de hombres ni de caballos, pensando que crecen para sus propios usos.

No dañan a ningún inerme, a no ser que sea espía.

Protegen las ciudades que se han rendido, pero ni siquiera saquean las que han tomado por asalto; sino que matan a aquellos por quienes fue impedida la rendición; a los demás defensores los condenan a la esclavitud.

Dejan intacta a toda la turba inerme.

Si descubren que algunos aconsejaron la rendición, les reparten alguna parte de los bienes de los condenados; el resto de la división lo donan a los auxiliares.

Pues ninguno de ellos toma nada del botín.

Por otra parte, acabada la guerra, imputan los gastos no a los amigos en que los gastaron, sino a los vencidos, y exigen a ese título, en parte dinero que reservan para semejantes usos de guerra, en parte propiedades que les sean a ellos perpetuas de renta no exigua entre aquellos.

De este tipo de réditos tienen ahora entre muchas naciones, los cuales nacidos poco a poco de varias causas han crecido a más de setecientos mil ducados en cada año; a los cuales envían de sus ciudadanos a algunos con nombre de cuestores, que vivan magníficamente y representen allí el personaje de magnates, y sin embargo mucho sobra que se aporte al tesoro, a no ser que prefieran dar crédito a la misma nación, lo cual hacen a menudo mientras tanto, hasta que usarlo sea necesario, y apenas sucede alguna vez que reclamen todo.

De estas propiedades asignan una parte a aquellos que a su exhortación afrontan tal peligro como el que mostré antes.

Si algún príncipe, tomadas las armas contra ellos, se dispone a invadir su territorio, le salen al encuentro inmediatamente con grandes fuerzas fuera de sus fronteras; pues no libran la guerra a la ligera en sus tierras, ni necesidad alguna es tan grande que los fuerce a admitir auxilios extraños en su isla.

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