
Un marinero portugués llamado Rafael Hitlodeo asegura haber vivido cinco años en una isla donde todo lo que damos por inevitable no existe: ni propiedad privada, ni dinero, ni pobreza. Se trabaja seis horas al día, las casas se cambian por sorteo, el oro se usa para los orinales y las cadenas de los siervos, y la guerra se considera cosa de bestias. La isla se llama Utopía — que en griego significa, exactamente, «ningún lugar». Con ese juego serio inventó Tomás Moro en 1516 un género entero y una palabra que ya no ha salido del idioma. Pero el libro es más astuto de lo que su fama sugiere: la primera mitad es una crítica descarnada de la Europa real —los nobles ociosos, las ovejas que «devoran hombres», los ladrones ahorcados por robar lo que la sociedad les negó— y la segunda, un espejo invertido donde nada es del todo serio ni del todo broma: hasta el narrador que dice «yo, Moro» confiesa no estar de acuerdo con todo lo que cuenta. Quinientos años después se sigue discutiendo si es un programa, una sátira o un experimento mental. Probablemente las tres cosas: el abogado más brillante de Inglaterra —que acabaría decapitado por no doblegar su conciencia ante el rey— jugando a imaginar cuánto de lo nuestro sobreviviría a la mirada de un forastero honesto. Forma pareja con el «Elogio de la locura» que Erasmo escribió en su casa y le dedicó, y trío con «El Príncipe» de Maquiavelo: tres libros de un mismo lustro que abrieron el pensamiento moderno. Los tres están completos en Clasicalia.
Es la última: antes conviene leer «Elogio de la locura». Ver el conjunto →
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Tomás Moro (1478-1535), abogado, humanista y más tarde canciller de Inglaterra, publicó la «Utopía» en Lovaina en 1516, en latín, la lengua culta de Europa. Diecinueve años después murió decapitado por negarse a reconocer a Enrique VIII como cabeza de la Iglesia; fue canonizado en 1935. El humor del libro y el temple del mártir eran la misma cosa: a la ironía no renunció ni en el patíbulo.
El libro son dos: el primero, un diálogo sobre la Inglaterra real y sobre si el sabio debe aconsejar a los reyes; el segundo, el relato de Hitlodeo sobre la isla. Los nombres avisan del juego: Utopía es «ningún lugar», Amaurota la ciudad «sombra», el río Anhidro «sin agua» y el propio Hitlodeo «charlatán experto». Moro siembra el relato de guiños para que nadie pueda tomárselo del todo en serio — ni del todo en broma.
Esta edición traduce directamente el latín original completo: el poemita de la portada, la carta-prefacio a Pedro Egidio y los dos libros con todas sus secciones, en español claro y actual, con los nombres en su forma española tradicional.
Han empezado a ser tan voraces e indomables que devoran a los hombres mismos.
Del oro y la plata hacen, no solo en los edificios públicos sino también en las casas privadas, orinales por todas partes.
Que cambie más bien su pereza o su soberbia, pues por estos vicios suele ocurrir que el pueblo o lo desprecie o lo odie.
Ni hay que desamparar la nave en la tempestad porque no puedas contener los vientos.
Este confiesa que no sabe gobernar a hombres libres.
Ámame como sueles, pues yo te amo aún más de lo que suelo.
De dos cosas: el Libro I es un diálogo sobre la Europa real —la pobreza, la dureza de las leyes, si el sabio debe aconsejar a los reyes— y el Libro II es el relato del marinero Rafael Hitlodeo sobre la isla de Utopía, una sociedad sin propiedad privada ni dinero donde se trabaja seis horas al día. El contraste entre ambos libros es el verdadero argumento.
Moro la inventó para este libro con dos raíces griegas: ou-topos, «ningún lugar». En la portada jugaba además con eu-topos, «buen lugar»: la isla feliz que no existe. De ahí pasó a todas las lenguas como nombre de los ideales irrealizables — un destino irónico que el propio Moro habría disfrutado.
Las dos cosas, y ese es su genio: propone en serio preguntas radicales (¿es justa la propiedad?, ¿por qué se ahorca al ladrón que la sociedad hizo ladrón?) protegidas por un marco irónico —nombres en broma, un narrador «charlatán» y un Moro personaje que no suscribe todo—. En tiempos de hogueras, la ironía era también un seguro de vida.
Son el trío que abrió el pensamiento moderno, escritos entre 1509 y 1516. Erasmo escribió su sátira en casa de Moro y se la dedicó; la Utopía es la respuesta de Moro, y El Príncipe de Maquiavelo, escrito entre ambas, plantea el mismo problema del consejero del príncipe que debate el Libro I. Los tres están completos en Clasicalia.
Llegó a canciller de Inglaterra y murió decapitado en 1535 por negarse a reconocer a Enrique VIII como cabeza de la Iglesia. El hombre que inventó la isla de la conciencia libre murió por no traicionar la suya; fue canonizado en 1935.
Esta edición de Utopía es una traducción moderna al español propia de Clasicalia, elaborada a partir del texto original de dominio público y revisada para que sea fiel al original y natural de leer hoy. La ofrecemos íntegra y gratis, para leer online sin registro ni descargas. Si prefieres la edición cuidada en papel o Kindle, la publicamos en Amazon.
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Tomás Moro (2026). Utopía (Clasicalia, trad.). Clasicalia. https://clasicalia.com/utopia/
Tomás Moro. Utopía. Traducción de Clasicalia, Clasicalia, 2026, clasicalia.com/utopia/.
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