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Parte 1El poema y la carta a Pedro Egidio

Utopía · Tomás Moro · 8 min de lectura

Hexástico de Anemolo, poeta laureado, sobrino de Hitlodeo por parte de hermana, sobre la isla de Utopía

Utopía me llamaron los antiguos, por despoblada,

ahora émula de la ciudad de Platón,

tal vez vencedora (pues lo que ella trazó en letras

yo sola lo he logrado,

con varones y recursos y óptimas leyes):

merezco ser llamada con el nombre de Eutopía.

Tomás Moro saluda a Pedro Egidio

Casi me avergüenza, queridísimo Pedro Egidio, enviarte este librito sobre la república utopiana casi un año después, cuando no dudo de que lo esperabas en mes y medio. Pues bien sabías que en esta obra me había sido suprimido el trabajo de inventar y que no había nada que pensar sobre la disposición, ya que solo tenía que repetir lo que oí narrar a Rafael, escuchándolo contigo a la vez. Por lo cual tampoco hacía falta esforzarse en la expresión, pues su discurso no pudo ser elaborado, al ser ante todo espontáneo e improvisado, además de ser él, como sabes, un hombre no tan docto en latín como en griego, y mi discurso, cuanto más se acercase a aquella sencillez descuidada suya, tanto más se acercaría a la verdad, a la que en este asunto debo y presto mi único cuidado.

Confieso, mi querido Pedro, que me fue ahorrado tanto trabajo con estos materiales ya preparados que casi no me quedó nada. De otro modo, la invención o la organización de este asunto podría haber exigido de un ingenio ni ínfimo ni del todo indocto algo de tiempo y de estudio. Y si se exigiera que el asunto se escribiese además con elocuencia, no solo con verdad, eso en verdad no lo habría podido lograr yo con ningún tiempo ni ningún estudio.

Ahora bien, como, eliminadas aquellas preocupaciones en las que había que agotar tanto sudor, solo quedaba escribir con sencillez lo oído, no había dificultad alguna. Pero para llevar a cabo incluso esta nada de tarea, mis otros quehaceres me dejaron menos que nada de tiempo. Mientras atiendo pleitos forenses, unos los llevo, otros los escucho, otros los resuelvo como árbitro, otros los dirimo como juez, mientras visito a este por deber, a aquel por negocio, mientras fuera de casa dedico casi todo el día a los demás, lo que queda dejo a los míos, es decir, a las letras, nada para mí.

Pues cuando vuelvo a casa, hay que hablar con la esposa, charlar con los hijos, conversar con los criados. Todo esto lo cuento entre los quehaceres, porque es necesario hacerlo (y es necesario, a no ser que quieras ser un extraño en tu propia casa), y desde luego hay que procurar que te hagas lo más agradable posible a aquellos que la naturaleza te procuró como compañeros de tu vida, o hizo el azar, o tú mismo elegiste, con tal de que no los corrompas con amabilidad ni con indulgencia conviertas a los criados en amos.

Entre estas cosas que he dicho se escurre el día, el mes, el año. ¿Cuándo escribimos, entonces? Y todavía no he hablado nada del sueño, ni tampoco de la comida, que a muchos les consume no menos tiempo que el sueño mismo, que consume casi la mitad de la vida. Pero yo solo consigo este tiempo que robo al sueño y la comida; como es escaso, avanzo lentamente, pero como es algo, al fin terminé y te envié, mi querido Pedro, la Utopía para que la leyeras y me advirtieras si algo se nos había escapado.

Aunque en este aspecto no desconfío del todo de mí (ojalá tuviera algo de ingenio y doctrina como no carezco del todo de memoria), sin embargo no confío tanto como para creer que nada se me pudo pasar. Pues también Juan Clemente, mi muchacho, que estuvo presente como sabes, a quien no permito que falte a ninguna conversación en la que pueda haber algún fruto, ya que de esta hierba que empezó a reverdecer con las letras latinas y griegas espero algún día una cosecha excelente, me ha lanzado a una gran duda. Pues recordando yo que Hitlodeo narró que aquel puente de Amaurota, por el que se cruza el río Anhidro, tiene quinientos pasos de largo, mi Juan dice que hay que restar doscientos, que la anchura del río no contiene allí más de trescientos. Te ruego que traigas el asunto a la memoria. Pues si tú estás de acuerdo con él, yo también consentiré y creeré que me equivoqué; si tú mismo no lo recuerdas, escribiré lo que yo mismo me parezco recordar, pues así como procuraré al máximo que no haya nada falso en el libro, así si algo está en duda, antes diré una mentira que mentir, porque prefiero ser bueno que prudente.

Aunque habría sido fácil remediar este mal si preguntaras al propio Rafael en persona o por carta, lo que es necesario que hagas también por otro escrúpulo que nos sobrevino, no sé si más por culpa mía o tuya o del propio Rafael. Pues ni a nosotros se nos ocurrió preguntar ni a él decir en qué parte de aquel nuevo mundo está situada Utopía. Quisiera yo ciertamente haber rescatado con dinero moderado el que esto no se hubiera pasado por alto, tanto porque me avergüenza no saber en qué mar está la isla de la que cuento tantas cosas, como porque hay entre nosotros uno o dos, pero uno sobre todo, varón pío y teólogo de profesión, que arde en un deseo admirable de ir a Utopía, no por un capricho vano y curioso de recorrer novedades, sino para fomentar y aumentar nuestra religión, allí felizmente iniciada.

Y para hacer esto como es debido, ha decidido procurar primero que sea enviado por el Pontífice, y más aún que sea nombrado obispo para los utopienses, sin que lo retarde el escrúpulo de que deba conseguir este obispado con ruegos. Pues considera santa aquella ambición que no ha engendrado la consideración del honor o del provecho, sino el respeto de la piedad. Por lo cual te ruego, mi querido Pedro, que en persona, si puedes cómodamente, o ausente por carta, apremies a Hitlodeo y logres que en esta obra mía no haya nada falso ni falte nada verdadero. Y no sé si sería mejor mostrarle el propio libro. Pues ni otro es igualmente capaz de corregir si hay algún error, ni él mismo puede hacer esto de otro modo que leyendo lo que he escrito. Además: así conseguirás entender si acepta de buen grado o lleva a mal que yo haya escrito esta obra. Pues si decidió él mismo confiar sus trabajos a las letras, tal vez no quiera que yo lo haga; y yo ciertamente no querría que, divulgada por mí la república de los utopienses, le arrebatase a él la flor y el encanto de novedad de su historia.

Aunque, para decir verdad, ni yo mismo he decidido todavía conmigo mismo si voy a publicarla del todo. Pues tan variados son los paladares de los mortales, tan quisquillosos los ingenios de algunos, tan ingratos los ánimos, tan absurdos los juicios, que parece que se trata mucho más felizmente con aquellos que, alegres y contentos, se entregan a su genio, que con quienes se macera con preocupaciones para publicar algo que pueda ser de utilidad o de placer para otros que lo desdeñan o son ingratos.

Muchísimos no saben letras; muchos las desprecian. El bárbaro rechaza como duro lo que no es completamente bárbaro; los presumidos desdeñan como trivial lo que no rebosa de palabras obsoletas. A algunos solo les placen las cosas antiguas, a la mayoría solo las suyas. Este es tan severo que no admite bromas, este tan insulso que no soporta sales. Algunos son tan recelosos que temen toda ironía como el agua quien ha sido mordido por un perro rabioso. Otros son tan volubles que aprueban una cosa sentados y otra de pie. Estos se sientan en las tabernas y entre copas juzgan los ingenios de los escritores, y con gran autoridad condenan a cada uno por sus escritos según les place, como arrancándole los cabellos, mientras ellos mismos están a salvo y, como suele decirse, fuera de tiro. Pues son tan lisos y rasurados por todas partes que no tienen ni un pelo de hombre de bien por donde se les pueda agarrar. Hay además algunos tan ingratos que, aunque se deleitan intensamente con la obra, sin embargo no aman más al autor. No son distintos de los huéspedes inhumanos que, habiendo sido recibidos pródigamente con un suntuoso banquete, se van saciados a casa sin dar las gracias a quien los invitó. Anda ahora y a hombres de paladar tan delicado, de gusto tan variado, de ánimo además tan memoriosos y agradecidos, prepárales a tus expensas un banquete.

Pero en todo caso, mi querido Pedro, ocúpate de lo que te dije con Hitlodeo. Después, sin embargo, quedará en libertad de deliberar de nuevo sobre este asunto.

Aunque si se hace con su consentimiento, puesto que, agotado ya el trabajo de escribir, ahora me hago sabio tarde, en lo que resta sobre la publicación seguiré el consejo de los amigos, y ante todo el tuyo. Adiós, dulcísimo Pedro Egidio, con tu óptima esposa, y ámame como sueles, pues yo te amo aún más de lo que suelo.

Fin

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