Parte 5La isla, las ciudades y los magistrados
Libro segundo del discurso que Rafael Hitlodeo pronunció sobre el mejor estado de la república, por Tomás Moro, ciudadano y vicealguacil de Londres.
La isla de Utopía se extiende doscientas millas en su parte central, que es la más ancha. A lo largo de gran parte de la isla no es mucho más estrecha, pero hacia los extremos se va estrechando poco a poco por ambos lados. Estos extremos, trazados como con un compás en un perímetro de quinientas millas, dan a toda la isla la forma de una luna creciente.
Los cuernos de esta luna están separados por un estrecho de aproximadamente once millas de ancho, que, al extenderse por un inmenso espacio vacío, protegido de los vientos por la tierra que lo rodea por todas partes, se comporta más bien como un lago tranquilo que como un mar embravecido, y convierte casi todo el interior de esa tierra en un puerto. Esto resulta de gran utilidad para los hombres, que envían naves en todas direcciones. Las bocas del estrecho son peligrosas, por un lado por los bajíos y por otro por los escollos.
Aproximadamente en medio del estrecho sobresale una roca, que por ello mismo no ofrece peligro, y sobre la cual mantienen una torre fortificada como guarnición; las demás rocas están ocultas y son traicioneras.
Solo ellos conocen los canales, y por eso difícilmente sucede que un extranjero penetre en este golfo sin un guía utopiense, hasta el punto de que incluso para ellos mismos la entrada no es segura si no es siguiendo ciertas señales en la costa que marcan el camino.
Si trasladaran estas señales a lugares diferentes, podrían fácilmente llevar a la perdición a una flota enemiga, por numerosa que fuera.
Por el otro lado de la isla los puertos no son escasos.
Pero en todas partes el desembarco en tierra está tan defendido por la naturaleza o por el arte que unas pocas fuerzas pueden rechazar desde allí a enormes contingentes.
Sin embargo, según se cuenta, y además el propio aspecto del lugar lo confirma, esta tierra no estuvo siempre rodeada por el mar.
Pero Utopo, de cuya victoria la isla toma su nombre (pues antes se llamaba Abraxa), y que condujo a aquella turba ruda y agreste hasta el grado de civilización y humanidad en que ahora supera a casi todos los demás mortales, ordenó excavar las quince millas por donde la tierra estaba unida al continente tan pronto como obtuvo la victoria en su primer desembarco, e hizo que el mar rodeara la tierra.
Y como para esta obra no solo puso a trabajar a los habitantes (para que no consideraran el trabajo un ultraje), sino que además empleó a todos sus propios soldados, al distribuirse la tarea entre tan gran multitud de hombres el asunto se terminó con increíble rapidez, y dejó atónitos y aterrados a los pueblos vecinos, que al principio se habían reído de la vanidad de la empresa.
La isla tiene cincuenta y cuatro ciudades, todas espaciosas y magníficas, de lengua, costumbres, instituciones y leyes absolutamente idénticas; todas tienen la misma disposición y, en la medida en que el lugar lo permite, el mismo aspecto.
Las que están más próximas entre sí distan veinticuatro millas.
Ninguna, por otra parte, está tan aislada que no se pueda llegar a pie a otra ciudad en el trayecto de un día.
De cada ciudad se reúnen anualmente en Amaurota tres ciudadanos ancianos y experimentados para tratar los asuntos comunes de la isla. Pues esta ciudad, por estar situada como en el ombligo de la tierra y resultar muy accesible a los delegados de todas las regiones, es considerada la primera y principal.
Los campos están asignados a las ciudades tan convenientemente que ninguna tiene menos de doce millas de territorio por ningún lado, y por alguno tiene mucho más, evidentemente allí donde las ciudades están más distantes entre sí.
Ninguna ciudad tiene deseo de extender sus fronteras.
Pues consideran que lo que tienen son más bien agricultores de ello que propietarios.
Tienen en el campo, distribuidas convenientemente por todos los terrenos, casas equipadas con instrumentos agrícolas.
Estas son habitadas por ciudadanos que emigran allí por turnos.
Ninguna familia del campo tiene menos de cuarenta personas entre hombres y mujeres, además de dos siervos adscritos a la tierra, y al frente de ellos se colocan un padre y una madre de familia graves y maduros, y sobre cada treinta familias hay un filarco.
De cada familia regresan anualmente veinte a la ciudad, los que han cumplido dos años en el campo.
En lugar de estos se nombran otros tantos recién llegados de la ciudad, para que sean instruidos por los que llevan allí un año y por tanto están más versados en las labores rurales, y estos a su vez enseñarán a otros al año siguiente, para que no suceda que se cometa algún error en la cosecha por impericia si todos fueran igualmente nuevos e inexpertos en la agricultura.
Aunque esta costumbre de renovar a los agricultores es habitual, para que nadie se vea obligado contra su voluntad a continuar durante más tiempo una vida más dura, muchos, sin embargo, a quienes el interés por las labores agrícolas deleita por naturaleza, solicitan más años para sí.
Los agricultores cultivan la tierra, crían animales, preparan leña y la transportan a la ciudad por donde resulta cómodo, por tierra o por mar.
Crían una cantidad infinita de pollos mediante un arte admirable.
Pues no son las gallinas las que incuban los huevos, sino que, manteniendo un gran número de ellos con cierto calor uniforme, les dan vida y los crían; estos, tan pronto como salen del cascarón, siguen y reconocen a los hombres en lugar de a las madres.
Crían muy pocos caballos, y solo los más briosos, y no para otro uso que para ejercitar a la juventud en las artes ecuestres.
Pues todo el trabajo, ya sea de labrar o de transportar, lo realizan los bueyes, que, como reconocen, aunque ceden a los caballos en ímpetu, los superan en paciencia, y consideran que no están sujetos a tantas enfermedades, además de que se crían con menos esfuerzo y gasto, tanto de trabajo como de recursos, y finalmente, cuando ya están agotados por el trabajo, todavía sirven como alimento.
Como semilla solo usan la del pan.
Pues beben vino de uvas, o de manzanas o de peras, o a veces agua pura, y con frecuencia también agua en la que han hervido miel o regaliz, del cual tienen abundancia considerable.
Aunque tienen perfectamente averiguado (pues lo saben con toda certeza) cuánto grano consume la ciudad y el distrito circundante de la ciudad, sin embargo siembran mucho más y crían muchos más animales de los que son suficientes para sus propios usos, para repartir el excedente a los vecinos.
Todas aquellas cosas que necesitan y que no se encuentran en el campo, todo ese aprovisionamiento lo piden a la ciudad, y sin ningún intercambio de bienes lo obtienen sin ninguna dificultad de los magistrados urbanos.
Pues se reúnen allí cada mes, la mayoría, en día festivo.
Cuando se acerca el día de la cosecha, los filarcos de los agricultores comunican a los magistrados urbanos qué número de ciudadanos conviene que se les envíe, y esta multitud de cosechadores, al presentarse oportunamente en el día señalado, termina casi toda la cosecha en un solo día de buen tiempo.
Las ciudades
Quien conozca una ciudad las conocerá todas, tan completamente semejantes son entre sí (en la medida en que la naturaleza del lugar no lo impide).
Describiré, pues, una cualquiera (pues no importa mucho cuál), pero ¿cuál mejor que Amaurota?, ya que ninguna es más digna, puesto que las demás le rinden deferencia por decisión del senado, ni ninguna me es más conocida, pues viví en ella cinco años seguidos.
Amaurota está situada, pues, en la suave pendiente de una colina, con forma casi cuadrada.
Pues su anchura, comenzando un poco más abajo de la cima de la colina, se extiende dos millas hasta el río Anhidro; a lo largo de la ribera es algo más larga.
El Anhidro nace ochenta millas por encima de Amaurota, de un manantial modesto, pero aumentado por la confluencia de otros ríos, y entre ellos dos también medianos, se extiende, frente a la ciudad misma, a quinientos pasos de ancho; luego, todavía más amplio, después de fluir sesenta millas, es recibido por el océano.
En todo este espacio que media entre la ciudad y el mar, y también algunas millas por encima de la ciudad, la marea alternadamente fluye y refluye durante seis horas continuas con rápida corriente.
Cuando el mar se adentra, ocupa con sus aguas todo el cauce del Anhidro durante treinta millas de longitud, haciendo retroceder al río.
Entonces corrompe con su salinidad el agua de este algo más allá; después el río, dulcificándose paulatinamente, pasa puro junto a la ciudad, y al retirarse la marea, a su vez lo persigue puro e incorrupto casi hasta las mismas bocas.
La ciudad está unida a la orilla opuesta del río mediante un puente, no de pilotes y estacas de madera, sino de obra de piedra, magníficamente arqueado, en la parte que está más lejos del mar, para que las naves puedan pasar sin obstáculo por todo ese lado de la ciudad.
Tienen además otro río, no muy grande ciertamente, pero muy plácido y agradable.
Pues, brotando del mismo monte en el que está situada la ciudad, fluye por ella en su descenso hasta el centro y se mezcla con el Anhidro.
La cabecera y manantial de este río, que nace un poco fuera de la ciudad, los de Amaurota la han rodeado de fortificaciones y la han unido a la ciudad, para que si alguna fuerza enemiga irrumpe, no pueda interceptarse ni desviarse el agua, ni pueda ser contaminada.
Desde allí el agua se distribuye mediante canales de cerámica hacia las partes inferiores de la ciudad; donde el lugar no permite que esto se haga, el agua de lluvia recogida en cisternas amplias proporciona la misma utilidad.
Un muro alto y ancho rodea la ciudad, frecuente en torres y baluartes; un foso seco, pero profundo y ancho e impedido por setos de espinos, rodea las murallas por tres lados; en el cuarto, el propio río hace las veces de foso.
Las calles, diseñadas tanto para el transporte como para protegerse de los vientos, están cómodamente flanqueadas por edificios en absoluto sórdidos, cuya serie larga y continua a lo largo de toda la calle se distingue por la fachada enfrentada de las casas.
Estas fachadas de las calles están separadas por una vía de veinte pies de ancho.
En las partes traseras de los edificios, a lo largo de toda la longitud de la calle, hay un jardín ancho y cercado por todas partes por las traseras de las calles.
No hay ninguna casa que no tenga tanto una puerta hacia la calle como una trasera hacia el jardín.
Además, las puertas de dos hojas, que se abren fácilmente con el empuje de la mano y luego se cierran por sí mismas, dejan entrar a cualquiera, de modo que nada es en ninguna parte privado.
Pues las casas mismas las cambian por sorteo cada diez años.
Tienen en gran estima estos jardines.
En ellos tienen viñas, frutas, hierbas, flores.
Con tanto cuidado y cultivo que no he visto en ninguna parte nada más fructífero ni más elegante.
En este asunto, no solo los estimula el placer mismo, sino también la competencia mutua entre las calles sobre el cuidado del jardín de cada una.
Y ciertamente no encontrarás fácilmente en toda la ciudad ninguna otra cosa más útil para los ciudadanos o más agradable.
Y por eso parece que el fundador no tuvo mayor cuidado de ninguna otra cosa que de estos jardines.
Pues cuentan que toda esta configuración de la ciudad fue trazada ya desde el principio por el propio Utopo.
Pero el ornato y demás cultivo, para los cuales vio que no bastaría la vida de un solo hombre, los dejó para que los completaran los descendientes.
Así pues, tienen escrito en los anales, que conservan diligente y religiosamente escritos, abarcando la historia de mil setecientos sesenta años desde la conquista de la isla, que las casas al principio eran humildes y como chozas y cabañas, hechas al azar de cualquier madera, las paredes cubiertas de barro, los techos inclinados a dos aguas cubiertos de paja.
Pero ahora toda casa tiene aspecto digno de verse, de tres pisos, las fachadas de los muros construidas de pedernal o cemento o ladrillo cocido, el interior rellenado de cascotes.
Los techos, reducidos a una superficie plana, están recubiertos de cierto material triturado.
De ningún coste, pero de tal composición que no está expuesto al fuego y supera al plomo en resistir las inclemencias del tiempo.
Mantienen fuera de las ventanas los vientos con vidrio (pues su uso allí es muy frecuente).
A veces también con lino fino, que impregnan con aceite transparente o con ámbar, con doble ventaja ciertamente.
Pues de este modo consiguen que transmita más luz y admita menos viento.
Los magistrados
Cada treinta familias eligen anualmente para sí un magistrado, al que en su antigua lengua llaman sifogrante, y en la más reciente filarco. A diez sifograntes con sus familias se les pone al frente un tranibor, llamado antiguamente así, ahora protofilarco.
Finalmente, todos los sifograntes, que son doscientos, después de jurar que elegirán al que consideren más útil, designan con sufragios secretos a un príncipe, uno concretamente de entre estos cuatro que el pueblo les ha nombrado.
Pues de cada una de las cuatro partes de la ciudad se elige uno y se recomienda al senado.
El cargo de príncipe es perpetuo durante toda su vida, a menos que lo impida la sospecha de aspiración a la tiranía.
Los traniboros los eligen anualmente.
Pero no los cambian a la ligera.
Todos los demás magistrados son anuales.
Los traniboros se reúnen en consejo con el príncipe cada tres días, a veces más a menudo si el asunto lo requiere.
Deliberan sobre la república. Dirimen rápidamente las controversias privadas, si las hay, que son muy pocas.
Siempre asocian al senado a dos sifograntes, y cada día diferentes. Y está establecido que no sea válido nada que pertenezca a la república sobre lo que no se haya deliberado en el senado durante tres días antes de que se decrete.
Se considera delito capital tomar decisiones sobre asuntos comunes fuera del senado o de las asambleas públicas.
Dicen que esto se estableció así para que no fuera fácil, mediante conspiración del príncipe y los traniboros, cambiar el estado de la república oprimiendo al pueblo por medio de la tiranía.
Y por eso todo lo que se juzga de gran importancia se lleva a la asamblea de los sifograntes, los cuales, después de comunicar el asunto con sus familias, consultan entre sí y transmiten su decisión al senado.
A veces el asunto se lleva al consejo de toda la isla.
Además, el senado también tiene esta costumbre: no discutir el mismo día en que por primera vez se propone algo, sino aplazarlo para la siguiente sesión del senado, para que nadie, después de haber dicho precipitadamente lo primero que le vino a la boca, piense luego más bien en cómo defender sus decisiones que en qué conviene a la república, y prefiera sufrir pérdida del bien público antes que de su reputación, por cierto pudor perverso y absurdo, por no parecer que al principio previó poco.
Cuando debió prever al principio para hablar con reflexión antes que con rapidez.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
