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Parte 2El encuentro con Rafael Hitlodeo

Utopía · Tomás Moro · 8 min de lectura

Libro primero del discurso que Rafael Hitlodeo, varón eximio, mantuvo acerca del estado óptimo de una república, escrito por el ilustre varón Tomás Moro, ciudadano y vizconde de Londres, ínclita ciudad de Britania.

Cuando el invictísimo rey de Inglaterra Enrique VIII, adornado de todas las artes propias de un príncipe egregio, tuvo recientemente ciertas controversias de no escasa importancia con el serenísimo príncipe Carlos de Castilla, me envió a Flandes como embajador para tratar y resolver aquellos asuntos, en compañía y como colega del incomparable Cutberto Tunstall, a quien no hace mucho nombró canciller del sello con gran júbilo de todos. De sus alabanzas no diré nada, no porque tema que el testimonio de mi amistad pueda considerarse de escasa sinceridad, sino porque su virtud y su saber son demasiado grandes para que yo pueda pregonarlo, y al mismo tiempo son tan conocidos e ilustres en todas partes que no debo, si no quiero parecer que muestro el sol con una linterna, como suele decirse.

Nos recibieron en Brujas (pues así se había acordado) aquellos a quienes el príncipe había encomendado el asunto, todos ellos varones egregios. Entre ellos el jefe y cabeza era el magistrado de Brujas, varón magnífico; pero la voz y el alma del grupo era Jorge Temse, prepósito de Cassel, elocuente no solo por arte sino también por naturaleza, además versadísimo en derecho, y artífice eximio en la negociación de asuntos tanto por su ingenio como por su continuo ejercicio en los negocios. Tras reunirnos una y otra vez, como no llegábamos a un acuerdo en ciertos puntos, ellos se despidieron de nosotros y partieron a Bruselas por unos días para consultar el parecer del príncipe.

Yo, mientras tanto (pues así lo exigía la situación), me dirigí a Amberes.

Mientras estuve allí, me visitó a menudo, entre otros, pero ninguno más grato que él, Pedro Egidio, nacido en Amberes, hombre de gran honradez y de posición honorable entre los suyos, merecedor de la más honorable; porque se trata de un joven del que no sé si es más docto o más virtuoso. Es excelente y muy instruido, y además de ánimo sincero con todos, pero hacia sus amigos de corazón tan generoso, con amor, fidelidad y afecto tan sincero, que difícilmente encontrarás en cualquier parte uno o dos a quienes puedas equiparar con él en todos los aspectos de la amistad. Rara es su modestia, a nadie le es más ajeno el fingimiento, en nadie se halla una sencillez más prudente; además es en la conversación tan ingenioso y tan inocentemente gracioso que con su dulcísima compañía y amenísimo diálogo me alivió en gran parte el deseo de la patria y del hogar doméstico, de mi esposa e hijos, cuya ansia de volver a ver me tenía demasiado angustiado (pues ya llevaba entonces más de cuatro meses fuera de casa).

Un día, habiendo asistido en el templo de Santa María, que es hermosísimo de obra y muy concurrido de gente, a los oficios divinos, y habiendo terminado el culto, me disponía a volver al hospedaje cuando por casualidad vi a Pedro conversando con un forastero de edad ya avanzada, de rostro curtido, barba crecida, capa descuidadamente colgada del hombro, que por su aspecto y vestimenta me pareció que era un marinero.

Pero Pedro, en cuanto me vio, se acercó y me saludó. Cuando intentaba responderle, me apartó un poco y me dijo: «¿Ves a este?» (y al mismo tiempo señalaba a aquel con quien lo había visto hablar). «Ya me disponía a llevarlo directamente a ti.

Habría sido muy grato para mí por tu causa», dije yo.

«No, por la suya», dijo él, «si conocieras al hombre. Porque no vive hoy entre todos los mortales nadie que pueda contarte tanta historia de hombres y tierras desconocidas. Y sé que eres avidísimo de oír estas cosas».

«Entonces», dije yo, «no he conjeturado mal. Pues a primera vista enseguida sospeché que el hombre era un marinero».

«Pero te has equivocado por completo», dijo él. «Ha navegado, sí, pero no como Palinuro, sino como Ulises; más aún, como Platón.

Este Rafael, pues así se llama por su apellido, Hitlodeo, no es ignorante de la lengua latina y es muy docto en la griega (en la cual fue más estudioso que en la romana, porque se dedicó enteramente a la filosofía; y en esta materia supo que nada de importancia existe en latín, salvo algunas obras de Séneca y Cicerón). Dejando a sus hermanos el patrimonio que tenía en casa (pues es portugués), por afán de contemplar el orbe de la tierra se unió a Américo Vespucio, y fue su compañero perpetuo en las tres últimas de aquellas cuatro navegaciones que ya se leen por todas partes, salvo que en la última no volvió con él.

Pues gestionó y hasta arrancó de Américo que él fuese uno de aquellos veinticuatro que se dejaban en el fortín al final de la última navegación.

Así que fue dejado allí, para satisfacción de su ánimo, más curioso de peregrinación que de sepultura. Porque tiene siempre en la boca estas frases: «Quien no tiene urna queda cubierto por el cielo», y «Desde cualquier lugar hay igual distancia hasta los dioses».

Esta disposición suya le habría costado demasiado cara si Dios no le hubiera sido propicio.

Pero después de que partió Vespucio, recorrió muchas regiones con cinco compañeros castellanos, hasta que trasladado a Taprobana por admirable fortuna, desde allí llegó a Calicut, donde encontró oportunamente naves portuguesas, y finalmente, contra toda esperanza, regresó a su patria».

Después de que Pedro contó esto, le di las gracias por haber sido tan amable conmigo al procurarme la conversación de un hombre cuyo trato esperaba que me sería grato, y me volví hacia Rafael; entonces, después de que nos saludáramos mutuamente y dijéramos aquellas cosas habituales que se dicen en el primer encuentro de los huéspedes, nos dirigimos a mi casa, y allí, sentados en el jardín en un banco cubierto de césped, conversamos.

Nos contó, pues, cómo después de que Vespucio se marchara, él y sus compañeros que habían quedado en el fortín empezaron poco a poco, mediante trato y halagos, a ganarse la confianza de las gentes de aquella tierra, y ya no solo se trataban con ellas sin peligro, sino también familiarmente, y cómo llegaron a ser gratos y queridos para cierto príncipe (cuya patria y nombre se me han olvidado). Contaba que por la generosidad de este les fue suministrado abundantemente a él y a sus cinco compañeros provisión y viático para el viaje (que realizaban por agua en balsas, por tierra en carro) con un guía muy fiel, que los condujo a otros príncipes a los que pedían y eran diligentemente recomendados.

Pues decía que después de muchos días de viaje encontró ciudades y urbes, y repúblicas no mal organizadas, con gran concurrencia de pueblos.

Es cierto que bajo la línea del ecuador, tanto de un lado como del otro, en todo el espacio que abarca aproximadamente la órbita del sol, se extienden vastas soledades abrasadas por un calor perpetuo. Squalor por doquier y triste aspecto de las cosas, todo horrendo e inculto, habitado por fieras y serpientes, o bien por hombres no menos salvajes que las bestias ni menos dañinos.

Pero cuando te has alejado más, todo se va suavizando paulatinamente. El cielo es menos áspero, el suelo agradable por su verdor, el carácter de los animales más suave; finalmente aparecen pueblos, ciudades, poblados, y en ellos un comercio constante no solo entre sí y con los vecinos, sino también entre gentes muy distantes, por tierra y por mar.

De ahí que se le presentara la ocasión de visitar muchas tierras de un lado a otro, porque no se equipaba ninguna nave para ningún viaje en la que él y sus compañeros no fueran admitidos muy gustosamente.

Contaba que las naves que vieron en las primeras regiones tenían la quilla plana. Las velas se tendían de papiros o mimbres cosidos, en otros lugares de cuero. Pero después encontraron quillas puntiagudas y velas de cáñamo. En fin, todo semejante a lo nuestro. Los marineros no eran inexpertos en el mar y el cielo.

Pero contaba que se ganó una admiración extraordinaria al enseñarles el uso de la aguja imantada, de la que antes eran completamente ignorantes. Por eso solían entregarse al mar con timidez, y no se arriesgaban sino en verano.

Ahora, en cambio, por la confianza en aquella piedra desprecian el invierno, más seguros que prudentes, de modo que hay peligro de que lo que se pensaba que sería un gran bien para ellos, por imprudencia se convierta en causa de grandes males.

Lo que vio en cada lugar sería largo de explicar, y no es propósito de esta obra, y tal vez se dirá en otro lugar por nosotros, sobre todo aquello que fuere útil que no se ignorase, como son en primer lugar aquellas cosas que observó sabia y prudentemente previstas entre pueblos que viven civilizadamente en alguna parte.

Pues sobre estas cosas nosotros preguntábamos avidísimamente, y él disertaba muy gustosamente, omitiendo mientras tanto la búsqueda de monstruos, de los cuales nada hay menos nuevo.

Porque Escilas y Celenos rapaces, y Lestrigones devoradores de pueblos, y portentosos monstruos semejantes, casi en ninguna parte dejan de encontrarse; pero ciudadanos sana y sabiamente organizados no los encuentras en cualquier sitio.

Pero así como observó muchas cosas torpemente dispuestas entre aquellos nuevos pueblos, así también enumeró no pocas de las que pueden tomarse ejemplos idóneos para corregir los errores de estas ciudades, naciones, gentes y reinos, que he de recordar, como dije, en otro lugar.

Ahora mi intención es referir solamente aquello que contaba sobre las costumbres e instituciones de los utopienses, pero anteponiéndole aquella conversación por la cual, como por un hilo conductor, se llegó a la mención de aquella república.

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