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Parte 8La educación y la filosofía del placer

Utopía · Tomás Moro · 26 min de lectura

Estas opiniones y otras semejantes las han concebido en parte por la educación. Criados en una república cuyas instituciones están muy alejadas de esta clase de necedades, en parte también por la doctrina y las letras.

Pues aunque no son muchos en cada ciudad los que, exonerados de los demás trabajos, se dedican exclusivamente al estudio —a saber, aquellos en quienes desde niños han descubierto una naturaleza sobresaliente, un ingenio extraordinario y un ánimo inclinado a las buenas artes—, sin embargo todos los niños reciben instrucción en las letras, y buena parte del pueblo, hombres y mujeres, emplean en las letras, durante toda la vida, aquellas horas que dijimos libres de trabajos.

Aprenden las disciplinas en su propia lengua. Pues es rica en palabras, grata al oído y no hay ninguna que interprete más fielmente el ánimo. Casi la misma lengua (aunque más corrompida en unos sitios que en otros) se extiende por una gran región de aquel orbe.

De todos aquellos filósofos cuyos nombres son célebres en este orbe conocido por nosotros, ni siquiera la fama de ninguno había llegado allí antes de nuestra llegada; y, sin embargo, en música, dialéctica y en la ciencia de calcular y medir, han descubierto casi lo mismo que descubrieron nuestros antiguos.

Pero si en casi todas las cosas igualan a los antiguos, están muy por debajo de los inventos de los dialécticos modernos.

Pues no han descubierto ninguna de aquellas reglas sobre las restricciones, amplificaciones y suposiciones, ingeniosísimamente excogitadas, que aquí aprenden de memoria los niños en todas partes en las pequeñas lógicas.

Además, están tan lejos de haber sido capaces de investigar las segundas intenciones, que ni siquiera pudieron ver al hombre mismo en común que llaman, aunque (como sabéis) es del todo colosal y mayor que cualquier gigante, y además fue señalado por nosotros con el dedo.

Pero son peritísimos en el curso de los astros y en el movimiento de las órbitas celestes.

Es más, han ideado con habilidad instrumentos de diversas figuras, con los que tienen comprendidos con toda exactitud los movimientos y posiciones del sol y de la luna, y también de los demás astros que se ven en su horizonte.

Pero en cuanto a las amistades y discordias de los astros errantes, y toda aquella impostura de adivinar por los astros, ni siquiera la sueñan.

Presienten las lluvias, los vientos y las demás alternativas de las tempestades por ciertos signos aprendidos con larga experiencia.

Pero sobre las causas de todas estas cosas, y sobre el flujo del mar y su salinidad, y en suma sobre el origen y naturaleza del cielo y del mundo, discuten en parte lo mismo que nuestros antiguos filósofos, en parte, así como aquellos discrepan entre sí, también estos, al aportar nuevas razones de las cosas, disienten de todos ellos, y sin embargo tampoco convienen del todo entre sí.

En aquella parte de la filosofía que trata de las costumbres, discuten sobre lo mismo que nosotros; investigan sobre los bienes del alma y del cuerpo, y sobre los externos; también si el nombre de bien conviene a todos estos, o solo a las dotes del alma.

Discuten sobre la virtud y el placer, pero la primera y principal controversia es en qué cosa, una o varias, piensan que está situada la felicidad del hombre.

Pero en esto parecen más propensos de lo justo a la facción que defiende el placer, pues en él definen o toda la felicidad humana, o la parte más importante.

Y lo que más sorprende: buscan también el apoyo de la religión (que es grave y severa, y casi triste y rígida) para defender una opinión tan delicada.

Pues nunca discuten sobre la felicidad sin unir ciertos principios tomados de la religión con la filosofía que usa razones, sin los cuales piensan que la razón por sí misma es manca e imbécil para la investigación de la verdadera felicidad.

Estos principios son del siguiente modo.

Que el alma es inmortal y por la beneficencia de Dios nacida para la felicidad; que tras esta vida están destinados premios para nuestras virtudes y buenas acciones, y suplicios para los crímenes.

Aunque estos sean principios de religión, sin embargo piensan que se llega a creer y concederlos por la razón, y quitados de en medio, sin vacilación alguna pronuncian que no hay nadie tan estúpido que no sienta que debe buscarse el placer por fas o por nefas. Solo procurando esto: que un placer menor no impida uno mayor, o que no persiga uno que a su vez le retalie con dolor.

Pues seguir una virtud áspera y difícil, y no solo rechazar la dulzura de la vida, sino también sufrir espontáneamente el dolor, cuando no esperas ningún fruto (pues ¿qué fruto puede haber si después de la muerte no consigues nada, cuando has pasado toda esta vida de modo desagradable, esto es, miserablemente?), eso verdaderamente lo consideran dementísimo.

Ahora bien, piensan que la felicidad no está situada en todo placer, sino en el bueno y honesto. Pues a él, como al sumo bien, es arrastrada nuestra naturaleza por la misma virtud, a la cual solo la facción contraria atribuye la felicidad.

Definen la virtud como vivir según la naturaleza, pues para eso fuimos instituidos por Dios.

Sigue verdaderamente el guía de la naturaleza quien al apetecer o huir las cosas obedece a la razón.

La razón, además, enciende ante todo a los mortales en el amor y veneración de la divina majestad, a la que debemos tanto lo que somos como lo que podemos ser capaces de felicidad; en segundo lugar nos advierte y excita a que llevemos una vida lo menos angustiosa y lo más alegre posible nosotros mismos, y nos prestemos como ayudantes a todos los demás para obtener lo mismo, por la comunidad de la naturaleza.

Pues nunca hubo nadie tan triste y rígido seguidor de la virtud, y enemigo del placer, que así te señale trabajos, vigilias y sinsabores, que no te ordene igualmente, según tus fuerzas, aliviar la penuria e incomodidades de los demás, y estime digno de alabanza en nombre de la humanidad que el hombre sea salud y consuelo para el hombre; si es que es supremamente humano (virtud ninguna más propia del hombre) mitigar la molestia de los demás y, quitada la tristeza, devolverlos a la alegría de vivir, esto es, al placer.

¿Por qué, pues, la naturaleza no incita a cada uno a que haga lo mismo consigo mismo? Porque o la vida agradable, esto es, placentera, es mala (si es así, no solo no debes ayudar a nadie a ella, sino quitársela a todos en cuanto puedas, como nociva y mortal), o si no solo te es lícito procurarla a los demás como buena, sino que también debes, ¿por qué no a ti mismo en primer lugar? Pues no te corresponde ser menos propicio a ti que a los demás. Porque cuando la naturaleza te amonesta a que seas bueno con los demás, la misma no te ordena a su vez que seas cruel e inclemente contigo mismo.

Así pues, dicen, la naturaleza misma nos prescribe la vida agradable, esto es, el placer, como fin de todas las operaciones, y definen la virtud como vivir según su prescripción.

Pero cuando la naturaleza invita a los mortales al mutuo auxilio de una vida más alegre (lo cual ciertamente hace con razón, pues nadie está tan por encima de la suerte del género humano que solo él sea objeto del cuidado de la naturaleza, que favorece igualmente a todos los que abraza en la comunión de la misma forma), la misma te ordena ciertamente una y otra vez que observes que no procures tus comodidades de modo que ocasiones incomodidades a los demás.

Por tanto, piensan que deben guardarse no solo los pactos establecidos entre particulares, sino también las leyes públicas, que o promulgó justamente un buen príncipe, o un pueblo, ni oprimido por la tiranía ni engañado por el dolo, sancionó por común consenso para repartir las comodidades de la vida, esto es, la materia del placer.

Respetadas estas leyes, cuidar tu comodidad es prudencia; además la pública, piedad; pero ir a arrebatar el placer ajeno mientras consigues el tuyo, eso es injusticia; en cambio, quitarte algo a ti mismo para añadírselo a otros, eso es ciertamente deber de humanidad y benignidad, que nunca quita tanta comodidad como devuelve.

Pues se compensa con la reciprocidad de los beneficios, y la misma conciencia y recuerdo del beneficio, y la caridad y benevolencia de aquellos a quienes has beneficiado, traen más placer al alma que aquel del cuerpo del que te abstuviste.

Finalmente (lo que fácilmente persuade al ánimo que asiente de buena gana la religión) Dios recompensa en vez de un placer breve y exiguo, un gozo inmenso y nunca perecedero.

Así pues, de este modo piensan que, examinada y sopesada cuidadosamente la cosa, todas nuestras acciones, y en ellas las mismas virtudes, miran finalmente al placer como a su fin y felicidad.

Llaman placer a todo movimiento o estado del cuerpo o del alma en el que, bajo la guía de la naturaleza, deleita permanecer.

No sin razón añaden «bajo la guía de la naturaleza».

Pues así como no solo el sentido, sino también la recta razón persigue lo que es agradable por naturaleza, hacia lo cual no se tiende mediante injusticia, ni se pierde algo más agradable, ni sigue trabajo, así piensan que todas aquellas cosas que los mortales se fingen dulces para sí contra la naturaleza con vanísima conspiración (como si en ellas estuviera igualmente la cosa que las palabras que cambian), tan lejos están de contribuir a la felicidad, que más bien la impiden mucho, aunque sea porque, una vez que se han apoderado de ellos, no queda en ninguna parte lugar para los deleites verdaderos y genuinos, y preocupan completamente el ánimo con una falsa opinión de placer.

Pues hay muchísimas cosas que, aunque por su naturaleza no contienen ninguna dulzura, antes bien buena parte de ellas contiene muchísima amargura, sin embargo por el engaño perverso de los malos apetitos no solo se tienen por sumos placeres, sino que también se cuentan entre las principales causas de la vida.

En este género de placer adulterino colocan a aquellos que mencioné antes, que cuanto mejor toga tienen, tanto mejores les parecen ellos mismos. En esa sola cosa yerran dos veces.

Pues no se engañan menos al pensar que su toga es mejor, que al pensar que ellos son mejores.

Porque si miras a la utilidad del vestido, ¿en qué aventaja la lana de hilo más fino a la de más grueso? Pero ellos, sin embargo, como si sobresalieran por naturaleza y no por error, levantan la cresta y se creen que de ahí les viene también no poco precio. Y por ello exigen como por derecho propio el honor que, vestidos más vilmente, no se habrían atrevido a esperar, y se indignan si se les pasa por alto con negligencia.

Pero afectarse por honores vanos y que en nada aprovechan, ¿no es también de la misma insensatez? Pues ¿qué placer natural y verdadero te trae la cabeza descubierta de otro o las rodillas dobladas? ¿Acaso esto curará el dolor de tus rodillas o aliviará el delirio de tu cabeza? En esta imagen de placer fingido, es admirable cuán suavemente enloquecen aquellos que se lisonjean y se aplauden a sí mismos por la opinión de nobleza, porque les tocó nacer de tales antepasados cuya larga serie fue tenida por rica (pues ahora la nobleza no es otra cosa), sobre todo en predios, y no se parecen a sí mismos ni un pelo menos nobles, aunque sus mayores no les hayan dejado nada de ahí, o ellos mismos hayan derrochado lo dejado.

A estos añaden a los que se prenden (como dije) de las gemas y piedrecitas, y se sienten hechos casi dioses si alguna vez consiguen una excelente, sobre todo de aquel género que en su tiempo se estime en mucho entre los suyos; pues no son los mismos géneros los que están en precio entre todos, ni en todo tiempo. Pero ni siquiera la compran sino sacada del oro y desnuda; y ni siquiera así, a no ser que el vendedor jure y dé caución de que es gema verdadera y piedra verdadera, tan solícitos están de que a sus ojos no se imponga en lugar de la verdadera una adulterina.

Pero al mirarlo tú, ¿por qué proporciona menos deleite la facticia que tu ojo no discierne de la verdadera? Ambas deben valer por igual para ti, no menos, por Hércules, que para un ciego.

¿Qué decir de los que guardan riquezas superfluas, de modo que se deleitan no con ningún uso del montón, sino con la sola contemplación? ¿Perciben verdadero placer, o más bien son burlados por un placer falso? ¿O los que con vicio contrario esconden el oro que nunca van a usar, quizá ni siquiera a ver más, y solícitos de no perderlo, lo pierden? ¿Pues qué otra cosa es devolverlo a la tierra, quitado de tus usos y quizá de todos los mortales? Y tú, sin embargo, con el tesoro escondido, como ya seguro en tu ánimo te agitas de alegría.

Si alguien lo sustrajera por robo, y tú, ignorante del robo, murieras diez años después, en todo aquel decenio en que sobreviviste al dinero sustraído, ¿qué te importó que hubiese sido robado o estuviera a salvo? De ambos modos ciertamente llegó a ti el mismo uso. A estos placeres tan necios, añaden a los jugadores (cuya locura conocieron de oídas, no por experiencia), además a los cazadores y a los pajareros.

Pues ¿qué placer tiene, dicen, arrojar los dados en el cubilete, cosa que has hecho tantas veces, que si hubiera algún placer en ello, sin embargo la saciedad podría nacer del uso frecuente? ¿O qué dulzura puede haber, y no más bien fastidio, en oír el ladrido y aullido de los perros? ¿O qué mayor sensación de placer hay cuando el perro persigue a una liebre, que cuando el perro persigue a un perro? Pues se hace lo mismo en ambos casos, si te deleita la carrera.

Pero si te retiene la esperanza de la matanza, la expectativa del despedazamiento que se llevará a cabo ante tus ojos, más bien debe mover a misericordia ver a una liebrecilla despedazada por un perro, al débil por el más fuerte, al fugaz y tímido por el feroz, al inocente finalmente por el cruel.

Así pues, los utopienses han relegado todo este ejercicio de la caza, como cosa indigna de hombres libres, a los carniceros (arte que dijimos arriba que ejercen por medio de siervos). Pues establecen que la caza es la parte más ínfima de ella; las demás partes de ella son más útiles y honestas, pues tanto contribuyen mucho más como matan a los animales solo por necesidad, mientras que el cazador nada busca sino placer de la matanza y despedazamiento del miserable animalillo, que piensan que en las mismas bestias o nace del afecto cruel del ánimo, o finalmente degenera en crueldad por el uso asiduo de un placer tan feroz.

Estas cosas, pues, y cualquier cosa que haya semejante (pues son innumerables), aunque el vulgo de los mortales las tenga por placeres, aquellos sin embargo, como por naturaleza no hay en ellas nada dulce, establecen claramente que nada tienen que ver con el verdadero placer.

Pues aunque comúnmente infundan agrado al sentido (lo cual parece ser obra del placer), no se apartan de su opinión. Porque no es la naturaleza de la cosa misma, sino su perversa costumbre, la que está en causa. Por cuyo vicio se hace que abracen lo amargo en lugar de lo dulce.

No de otro modo que las mujeres embarazadas, con el gusto corrompido, juzgan la pez y el sebo más dulces que la miel.

Pero el juicio de nadie depravado por enfermedad o costumbre puede cambiar la naturaleza, ni de las demás cosas ni del placer.

Hacen diversas especies de los placeres que reconocen como verdaderos.

Pues unos los atribuyen al alma, otros al cuerpo.

Al alma dan el entendimiento, y aquella dulzura que engendró la contemplación de la verdad.

A esto se añade la memoria de la vida bien vivida, y la esperanza no dudosa del bien futuro.

El placer del cuerpo lo parten en dos formas; de las cuales la primera sea aquella que inunda el sentido con perspicua suavidad, lo que sucede a veces por la restauración de aquellas partes que el calor innato en nosotros consumió.

Pues estas se devuelven con comida y bebida, a veces cuando se expulsa aquello de lo que el cuerpo sobreabunda. Esto se proporciona cuando purgamos los intestinos de excrementos, o se da obra a la procreación, o se alivia el prurito de alguna parte con frotar o rascar.

Pero a veces nace un placer que no va a devolver nada que nuestros miembros deseen, ni va a quitar aquello con que trabajen; sino que, sin embargo, con cierta fuerza oculta pero insigne, cosquillee a nuestros sentidos, los afecte y los vuelva hacia sí, como el que nace de la música.

La segunda forma del placer corpóreo quieren que sea aquella que consiste en el estado quieto y equilibrado del cuerpo, esto es, ciertamente, la salud propia de cada uno sin ser interrumpida por ningún mal.

Pues esta, si ningún dolor la ataca, deleita por sí misma, aunque no sea movida por ningún placer aplicado desde fuera.

Porque aunque se manifiesta menos y se ofrece menos al sentido que el tumultuoso apetito de comer y beber, sin embargo, no menos, muchísimos establecen que es el máximo de los placeres, casi todos los utopienses reconocen que es grande y como el fundamento y base de todos, pues solo ella hace plácida y apetecible la condición de la vida, y quitada ella, no queda ya en ninguna parte lugar para ningún placer.

Pues estar libre de dolor, si no está presente la salud, lo llaman ciertamente estupor, no placer.

Ya hace tiempo quedó refutada entre ellos aquella doctrina de los que pensaban que la salud estable y tranquila (pues también esta cuestión ha sido discutida diligentemente entre ellos) no debía tenerse por placer, porque decían que no podía sentirse si no era por cierto movimiento externo.

Pero por el contrario ahora casi todos conspiran en que la salud es muy especialmente placer.

Pues como en la enfermedad, dicen, está el dolor, que es enemigo implacable del placer, no de otro modo que la enfermedad lo es de la salud, ¿por qué no iba a estar recíprocamente el placer en la tranquilidad de la salud? Pues piensan que nada importa a esto si se dice que la enfermedad es dolor, o que en la enfermedad hay dolor.

Pues se efectúa lo mismo de ambos modos.

Porque si la salud es el placer mismo, o necesariamente engendra placer, como el calor es engendrado por el fuego, ciertamente se efectúa de ambos modos que no puede faltar el placer a quienes la salud inmóvil les asiste.

Además, dicen, mientras comemos, ¿qué otra cosa sino que la salud que había comenzado a tambalearse combate contra el hambre (con la comida como camarada de armas), en cuya lucha, mientras paulatinamente se fortalece, ese mismo progreso hacia el vigor acostumbrado proporciona aquel placer con que así nos reparamos?

La salud, pues, que se regocija en el conflicto, ¿no se gozará la misma cuando haya alcanzado la victoria? Pero ¿la fuerza prístina, que sola buscaba en todo el conflicto, finalmente conseguida felizmente, al punto se embrutecerá? ¿Y no conocerá y abrazará sus propios bienes? Pues que se diga que la salud no se siente, eso piensan que está muy lejos de la verdad.

Porque ¿quién, estando despierto, dicen, no siente que está sano, a no ser quien no lo está? ¿A quién ciñe tanto estupor o letargo que no reconozca que la salud es agradable y deleitable para él? Pero la delectación ¿qué otra cosa es sino placer con otro nombre? Abrazan, pues, en primer lugar los placeres del alma (pues los juzgan primeros y principales de todos), de los cuales estiman que la parte más importante proviene del ejercicio de las virtudes y la conciencia de una buena vida.

De aquellos placeres que el cuerpo proporciona, conceden la palma a la salud.

Pues la dulzura de comer y beber, y todo cuanto tiene la misma razón de deleite, establecen que son apetecibles, pero solo por causa de la salud.

Pues estas cosas no son agradables por sí, sino en cuanto resisten a la mala salud que se arrastra ocultamente. Por lo cual, así como el sabio prefiere deprecar las enfermedades que optar por la medicina, y ahuyentar los dolores más bien que procurarse consuelos, así también en este género de placer preferiría no necesitar que ser aliviado, por cuyo género de placer si alguien se cree dichoso, es necesario que reconozca que entonces será felicísimo si le toca aquella vida que se pase en perpetuo hambre, sed, picor, comer, beber, rascar y frotar; lo cual quién no ve que no solo es feo, sino también miserable. Ciertamente estos placeres son los más ínfimos de todos, por ser los menos puros, pues nunca sobrevienen sino unidos con dolores contrarios. Pues con el placer de comer se une el hambre, y eso con no muy igual proporción.

Pues el dolor es tanto más vehemente como más largo. Porque nace antes del placer, y no se extingue sino muriendo el placer al mismo tiempo.

Tales placeres, pues, piensan que no deben tenerse en mucha estima, sino en cuanto lo exige la necesidad.

Sin embargo se gozan también con ellos, y reconocen agradecidos la indulgencia de la madre naturaleza, que atrae a sus hijos hacia lo que era necesario hacer tan asiduamente, también con blandísima suavidad.

Pues ¡en cuánto tedio habría que vivir, si como las demás enfermedades que nos infestan con más rareza, así también estos males cotidianos del hambre y la sed hubieran de ser ahuyentados con venenos y medicinas amargas! Pero la hermosura, las fuerzas, la agilidad, la fomentan gustosamente como dones propios y agradables de la naturaleza.

Es más, también persiguen aquellos placeres que se admiten por los oídos, los ojos y las narices, que la naturaleza quiso que fueran propios y peculiares del hombre (pues ningún otro género de animales mira la forma y belleza del mundo, o se conmueve por ninguna gracia de los olores, excepto en cuanto sirven para distinguir el alimento; ni distingue las distancias consonantes o disonantes de los sonidos), y estos, digo, los persiguen como ciertos condimentos agradables de la vida.

Pero en todos tienen esta medida: que el menor no impida al mayor, ni el placer engendre alguna vez dolor, lo que piensan que necesariamente se sigue si es deshonesto.

Pero ciertamente despreciar la hermosura de la forma; deteriorar las fuerzas, convertir la agilidad en pereza, consumir el cuerpo con ayunos, hacer daño a la salud, y rechazar los demás halagos de la naturaleza; a no ser que alguien descuide estas comodidades suyas mientras procura más ardientemente las de los demás o las públicas, esperando de Dios mayor placer en pago de este trabajo; pero por lo demás afligirse a sí mismo por la vana sombra de la virtud, sin bien de nadie, o para poder soportar menos molestamente las adversidades que quizá nunca vendrán: esto piensan que es dementísimo, y de un ánimo cruel consigo mismo e ingratísimo hacia la naturaleza; como si desdeñara deberle algo, renuncia a todos sus beneficios.

Esta es su opinión sobre la virtud y el placer; y a no ser que algo más santo, inspirado desde el cielo, inspire al hombre por la religión, creen que no se investiga ninguna más verdadera por la razón humana; si en esto sienten recta o equivocadamente, ni el tiempo nos permite examinarlo, ni es necesario. Pues nos propusimos narrar sus instituciones, no también defenderlas.

Pero ciertamente esto me he persuadido: que de cualquier modo que sean estas doctrinas, no hay en ninguna parte ni pueblo más excelente ni república más feliz.

Son de cuerpo ágil y vigoroso; de fuerzas más de lo que promete la estatura, y esta sin embargo no es baja; y aunque ni el suelo es en todas partes fértil, ni el cielo muy salubre, se defienden contra el aire con la templanza de la alimentación, así curan la tierra con la industria; de modo que en ninguna parte de las gentes hay más abundante producción de frutos y de ganado, ni cuerpos de hombres más vivaces y sujetos a menos enfermedades.

Así pues, allí no solo verás administradas cuidadosamente aquellas cosas que comúnmente hacen los agricultores, para ayudar con arte y trabajo una tierra de naturaleza más maligna; sino verás el bosque arrancado de raíz por las manos del pueblo en un sitio, plantado en otro; en lo cual se tuvo en cuenta no la fertilidad, sino el transporte; para que los leños estuvieran más cercanos al mar o a los ríos o a las mismas ciudades, pues con menor trabajo se transportan largamente los frutos que los leños por camino terrestre.

La gente es fácil y graciosa, ingeniosa, goza del ocio, bastante paciente de los trabajos del cuerpo (cuando hay necesidad); por lo demás, en absoluto ansiosa de ellos; infatigable en los estudios del alma.

Como oyeron de nosotros sobre las letras y disciplina de los griegos (pues en las latinas, excepto las historias y los poetas, nada había que parecieran aprobar mucho), con admirable empeño lucharon para que les fuera lícito aprenderlas con nuestra interpretación.

Comenzamos, pues, a leer, más al principio para no parecer que rechazábamos el trabajo, que porque esperáramos algún fruto de ello.

Pero cuando avanzamos un poco, su diligencia hizo que al punto determináramos en nuestro ánimo que la nuestra no había de emplearse en vano.

Pues comenzaron a imitar tan fácilmente las formas de las letras, a pronunciar las palabras tan expeditamente, a encomendarlas a la memoria tan rápidamente, y a reproducirlas con tanta fidelidad, que nos parecía un milagro, a no ser que la mayor parte de los que emprendieron aprender estas cosas, no solo movidos por su propia voluntad, sino también mandados por decreto del senado, fueron de entre el número de los escolares, de ingenios selectísimos y edad madura.

Así pues, en menos de tres años no había nada en la lengua que necesitaran, y leían sin tropiezo a los buenos autores, si no había error en el libro.

Estas letras, según conjeturo, las aprendieron también más fácilmente porque les eran en algo afines.

Pues sospecho que esta gente tomó su origen de los griegos; por lo cual su lengua, que por lo demás es casi persa, conserva no pocas huellas de la lengua griega en los nombres de las ciudades y de los magistrados.

Tienen de mí (pues un fardo mediano de libros, en lugar de mercancías, lo eché en la nave cuando iba a navegar por cuarta vez, porque había decididamente determinado conmigo nunca volver más bien que pronto) casi todas las obras de Platón, muchas de Aristóteles, también a Teofrasto sobre las plantas, pero mutilado en muchos lugares, lo que lamento.

Pues durante la navegación un mono, dejado descuidadamente sobre el libro, al juguetear y divertirse, arrancó y destrozó algunas páginas de aquí y de allá.

De los que escribieron gramática, tienen solo a Láscaris, pues a Teodoro no lo llevé conmigo, ni ningún diccionario excepto a Hesiquio y a Dioscórides; tienen muy queridos los librillos de Plutarco, y también son cautivados por las gracias y donaire de Luciano.

De los poetas tienen a Aristófanes, Homero y Eurípides; también a Sófocles en las fórmulas minúsculas de Aldo.

De los historiadores a Tucídides y a Heródoto; y también a Herodiano. En la cosa médica también mi compañero Tricio Apinato había llevado consigo ciertos opúsculos de Hipócrates, y la Microtecne de Galeno, libros que tienen en gran precio; pues aunque de casi todas las gentes necesitan menos la cosa médica, en ninguna parte sin embargo está en mayor honor, aunque sea por esto mismo: que cuentan su conocimiento entre las partes más hermosas y útiles de la filosofía; con cuya ayuda de la filosofía, mientras escudriñan los secretos de la naturaleza, les parece que no solo perciben admirable placer de ahí, sino que entran también en la gracia suprema ante el autor y artífice de ella; al cual, al modo de los demás artífices, juzgan que expuso a la vista del hombre (al único que hizo capaz de tal cosa) esta máquina del mundo para ser contemplada; y por ello tiene más querido al inspector curioso y solícito, y admirador de su obra, que a aquel que como animal carente de mente descuidó estúpido e inmóvil espectáculo tan grande y tan admirable.

Los ingenios de los utopienses ejercitados en las letras valen admirablemente para los inventos de las artes que hagan algo para los atajos de la vida cómoda.

Pero dos sin embargo nos deben, la de los impresores y la de hacer papel, no sin embargo solo a nosotros sino también a sí mismos buena parte de ello.

Pues cuando les mostrábamos en libros de papel las letras impresas por Aldo, y hablábamos sobre la materia de hacer papel y la facultad de imprimir letras, más bien aludiendo que explicando (pues ninguno de nosotros conocía ninguna de las dos), ellos al punto conjeturaron la cosa agudísimamente; y aunque antes escribían solo en pieles, cortezas y papiro, ahora al punto intentaron hacer papel e imprimir letras; y aunque al principio no salían bastante bien, experimentando lo mismo muchas veces, en breve consiguieron ambas cosas, y tanto lograron, que si tuvieran ejemplares de libros griegos, no podrían faltar códices.

Pero ahora no tienen más que lo que he mencionado, lo que sin embargo tienen lo han propagado en muchos miles de ejemplares con los libros ya impresos.

Cualquiera que venga allí por afán de contemplar, a quien recomiende alguna dote insigne de ingenio o que por larga peregrinación tenga conocimiento de muchas tierras (por cuyo nombre fue grato nuestro arribo), es recibido con ánimos propicios.

Porque gustan de oír qué se hace en todas las tierras.

Pero por causa de comerciar no se arriba allí muy frecuentemente.

Pues ¿qué traerían, sino hierro, o lo que cada uno preferiría llevar de vuelta, oro o plata? Además, lo que de allí haya de exportarse, piensan que es más prudente que lo saquen ellos que que otros lo busquen de allí, para que así tengan a las gentes extrañas de todas partes más exploradas, y no olviden ni dejen caer en desuso la pericia de las cosas marítimas.

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