Parte 11Las religiones de la isla
Las religiones son variadas no solo en toda la isla, sino también en cada una de las ciudades: unos veneran al Sol como a un dios, otros a la Luna, otros a alguno de los planetas errantes; hay quienes consideran que cierto hombre cuya virtud o gloria brilló en el pasado no es solo un dios, sino el dios supremo.
Pero la mayor parte, y con mucho la más sabia, no cree en ninguna de estas cosas, sino que piensa en un solo numen desconocido, eterno, inmenso, inexplicable, que está por encima de la capacidad de la mente humana, difundido por este mundo entero en virtud, no en masa. A este lo llaman padre.
A él solo atribuyen los orígenes, crecimientos, progresos, vicisitudes y fines de todas las cosas, y no rinden honores divinos a ningún otro.
Es más, todos los demás, aunque crean cosas distintas, coinciden sin embargo con estos en que juzgan que existe un solo ser supremo, a quien se deben tanto la creación del universo como su providencia, y todos lo llaman comúnmente Mitra en su lengua patria, pero disienten en esto: que cada uno considera que ese ser es distinto del de los demás.
Aunque cada cual opina que aquello que él considera supremo es precisamente la misma naturaleza a cuyo único numen y majestad, por consenso de todas las gentes, se atribuye la suma de todas las cosas.
Por lo demás, todos van abandonando poco a poco esa variedad de supersticiones y se unen en aquella única religión que parece aventajar a las demás en razón.
Y no hay duda de que las demás hace tiempo que habrían desaparecido, si no fuera porque cada vez que alguna desgracia se interponía en los planes de quien cambiaba de religión, el miedo la interpretaba no como algo acaecido por casualidad, sino como enviado desde el cielo, como si el numen cuyo culto se abandonaba vengara la impía decisión tomada contra él.
Pero después de que oyeron de nosotros el nombre de Cristo, su doctrina, sus costumbres, sus milagros, y no menos la admirable constancia de tantos mártires cuya sangre derramada voluntariamente atrajo a su secta a tantos pueblos a lo largo y ancho, no creerías con qué ánimo propicio también ellos se adhirieron a ella, ya fuera por inspiración secreta de Dios, ya porque les pareció que era muy semejante a la herejía que entre ellos es la principal. Aunque creo que también influyó no poco el que hubieran oído que a Cristo le agradó la vida en común de los suyos y que todavía está en uso entre las comunidades más auténticas de cristianos.
Ciertamente, sea cual sea la razón, no pocos se unieron a nuestra religión y fueron lavados con el agua sagrada.
Pero como entre nosotros cuatro (pues solo quedábamos ese número, ya que dos habían muerto) ninguno era sacerdote, lo cual lamento, aunque han sido iniciados en lo demás, aún carecen de aquellos sacramentos que entre nosotros solo los sacerdotes confieren. Sin embargo, lo entienden y lo desean de tal manera que nada desean con más vehemencia. Es más, ya discuten con empeño entre ellos si alguien elegido de su número podría obtener el carácter sacerdotal sin ser enviado por un pontífice cristiano. Y parecía que iban a elegirlo. Pero cuando yo me marché, todavía no lo habían elegido.
Incluso aquellos que no se adhieren a la religión cristiana no apartan a nadie de ella ni atacan a ningún converso.
Excepto que uno de nuestro grupo fue castigado en mi presencia.
Este, recién bautizado, aunque nosotros se lo desaconsejábamos, empezó a hablar públicamente sobre el culto de Cristo con más celo que prudencia, y llegó a encenderse tanto que no solo anteponía nuestros ritos sagrados a los demás, sino que condenaba totalmente todos los restantes.
Llamaba a gritos profanos a esos mismos cultos, impíos y sacrílegos a sus fieles, y decía que debían ser castigados con fuego eterno.
Lo detuvieron después de que predicara estas cosas largo tiempo, lo procesaron no por desprecio de la religión sino por haber excitado un tumulto en el pueblo, lo condenaron y lo castigaron con el exilio, pues cuentan entre sus instituciones más antiguas esta: que a nadie perjudique su religión.
Utopo, en efecto, desde el principio, cuando supo que los habitantes antes de su llegada habían luchado entre sí asiduamente por religiones, y advirtió que aquello, el hecho de que al estar divididos cada secta luchaba por la patria, le había dado la ocasión de vencerlos a todos, una vez obtenida la victoria sancionó en primer lugar que a cada uno le fuera lícito seguir la religión que quisiera; que para atraer también a otros a la suya pudiera esforzarse hasta este punto: que expusiera la suya con razones de manera apacible y moderada, no que destruyera acerbamente las demás; que si no persuadía con sus argumentos, no empleara ninguna violencia y se abstuviera de injurias. A quien contendiera sobre esto más petulantemente lo castigan con el exilio o la esclavitud.
Utopo instituyó estas cosas no solo por respeto a la paz, que veía totalmente destruida por la lucha continua y el odio inexpiable, sino porque consideró que tales disposiciones convenían también al interés de la religión misma. Sobre ella no se atrevió a definir nada temerariamente, como si tuviera dudas de si Dios, deseando un culto variado y múltiple, inspira a uno una cosa y a otro otra. Ciertamente consideró arrogante e insensato exigir con violencia y amenazas que lo que tú crees verdadero les parezca lo mismo a todos. Además, aunque una sola sea verdadera y todas las demás vanas, previó fácilmente que al final (con tal de que el asunto se trate con razón y moderación) la fuerza de la verdad por sí misma emergería alguna vez y destacaría. Pero si se luchaba con armas y tumulto, como los peores son los más obstinados, la religión mejor y más santa quedaría sepultada entre las supersticiones más vanas entre sí, como las mieses entre espinas y zarzas.
Por tanto, dejó todo este asunto sin decidir y dejó a cada uno en libertad para creer lo que considerara.
Excepto que prohibió santa y severamente que nadie degenerara tanto de la dignidad de la naturaleza humana que pensara que las almas mueren también con el cuerpo o que el mundo se mueve al azar, sin providencia. Y por ello creen que después de esta vida están decretados castigos para los vicios y premios establecidos para la virtud. Al que piensa lo contrario ni siquiera lo cuentan en el número de los hombres, como a quien ha rebajado la naturaleza sublime de su alma a la vileza de un cuerpecillo animal, y mucho menos lo ponen entre los ciudadanos, pues (si el miedo se lo permitiera) despreciaría todas sus instituciones y costumbres.
Pues ¿quién puede dudar de que tal persona intentará eludir arteramente en secreto las leyes públicas de la patria o romperlas por la fuerza, mientras sirve a su codicia privada, quien no tiene ningún temor más allá de las leyes ni esperanza alguna más allá del cuerpo?
Por eso a quien tiene tal ánimo no se le confiere ningún honor, no se le encomienda ninguna magistratura, no se le pone al frente de ningún cargo público.
Así es despreciado por todos como de naturaleza inerte y abyecta.
Sin embargo, no lo afligen con ningún castigo, porque tienen por persuadido que no está en manos de nadie pensar lo que quiera; pero tampoco lo obligan con ninguna amenaza a que disimule su opinión, ni admiten fingimientos y mentiras, que, como muy próximas al fraude, tienen extraordinariamente aborrecidas.
Pero le prohíben que argumente en favor de su opinión, y esto solo ante el vulgo.
Pues de otra manera, ante los sacerdotes y los hombres graves en privado, no solo se lo permiten sino que también lo alientan, confiados en que al final esa locura cederá a la razón.
Hay también otros, y estos ciertamente no pocos, que no son prohibidos, como que tampoco carecen del todo de razón ni son malos, los cuales por un vicio muy distinto opinan que también las almas de los animales son eternas.
Pero que no se pueden comparar a las nuestras en dignidad ni han nacido para igual felicidad. Pues casi todos los hombres tienen por cierto y probado que su beatitud futura será inmensa, de modo que lamentan la enfermedad de todos, pero no la muerte de nadie, salvo de aquel a quien ven ser arrancado de la vida con ansia e involuntariamente.
Pues tienen esto por pésimo augurio, como si el alma, desesperanzada y con mala conciencia, temiera la salida por algún presagio oculto del castigo inminente.
Además, piensan que de ninguna manera será grata a Dios la llegada de aquel que, cuando es llamado, no acude contento sino que es arrastrado involuntario y reacio.
Así pues, quienes presencian esta clase de muerte se horrorizan, y por eso llevan a los difuntos en silencio y con tristeza, y después de rogar a Dios que sea propicio a sus manes, que perdone clementemente sus debilidades, entierran el cadáver en la tierra.
Por el contrario, a quienes han partido alegremente y llenos de buena esperanza, nadie los llora, sino que acompañan las exequias con canto, encomendando sus almas a Dios con gran afecto, y finalmente incineran los cuerpos más con reverencia que con dolor, y levantan una columna en el lugar con los títulos del difunto grabados. De vuelta a casa, repasan sus costumbres y hechos, y ninguna parte de la vida se trata más frecuentemente o con más gusto que su muerte alegre.
Consideran que este recuerdo de la probidad es el estímulo más eficaz de las virtudes para los vivos, y piensan que es el culto más grato para los difuntos, quienes opinan que también están presentes en las conversaciones sobre ellos, aunque (como es obtusa la mirada de los mortales) invisibles.
Pues no convendría a la suerte de los felices carecer de la libertad de desplazarse adonde quieran, y sería del todo ingrato haber desechado el deseo de visitar a sus amigos, a quienes mientras vivían los unió el amor y la caridad mutuos, los cuales conjeturan que en los hombres buenos, como los demás bienes, más bien se acrecientan después de la muerte que se disminuyen.
Creen, pues, que los muertos andan entre los vivos, espectadores de dichos y hechos, y por eso acometen los asuntos con más confianza, como apoyándose en tales protectores, y los disuade de lo deshonesto en secreto la creencia en la presencia de los antepasados.
Descuidan por completo y se burlan de los augurios y demás adivinaciones de la superstición vana, de las que hay gran observancia entre otras gentes.
Pero veneran los milagros que se producen sin ayuda de la naturaleza, como obras y testimonios de un numen presente. Dicen que también allí surgen frecuentemente, y a veces en asuntos grandes y dudosos los procuran y obtienen con súplica pública con cierta confianza.
Consideran culto grato a Dios la contemplación de la naturaleza y la alabanza que surge de ella. Sin embargo, hay algunos, y estos ciertamente no pocos, quienes llevados por la religión descuidan las letras, no se dedican al conocimiento de las cosas y no se ocupan en absoluto del ocio, sino que solo con los trabajos y buenos oficios para con los demás establecen merecer la felicidad futura después de la muerte.
Así, unos sirven a los enfermos, otros reparan caminos, limpian fosas, reparan puentes, excavan césped, arena y piedras, derriban y cortan árboles, e importan a las ciudades en carros leña, frutos y otras cosas, y actúan no solo en público sino también en privado como sirvientes, y más que siervos.
Pues cualquier trabajo que en alguna parte sea áspero, difícil, sórdido, del que el esfuerzo, el fastidio, la desesperación disuada a la mayoría, estos se lo toman todo para sí gustosos y alegres, procuran el ocio a los demás, ellos mismos se ocupan perpetuamente en el trabajo y el esfuerzo, y sin embargo no lo echan en cara ni critican la vida de los demás ni ensalzan la suya.
Estos cuanto más se exhiben como siervos, tanto mayor honor tienen ante todos.
Sin embargo, de estos hay dos sectas. Una de célibes, que no solo se abstienen del todo de Venus, sino también de comer carne. Algunos incluso de todos los animales, y rechazando por completo como nocivos los placeres de la vida presente, solo anhelan la futura solo mediante vigilias y sudores, esperanzados en obtenerla pronto. Mientras tanto, alegres y vigorosos.
La otra no menos deseosa de trabajo, prefiere el matrimonio, como que no desdeñan su consuelo y piensan que deben a la naturaleza el trabajo y a la patria los hijos.
No rehúyen ningún placer que no los aparte del trabajo.
Aprecian la carne de cuadrúpedos por esta razón, que con tal alimento se juzgan más fuertes para cualquier trabajo.
Los utopienses consideran a estos más prudentes, pero a aquellos más santos.
A quienes anteponen el celibato al matrimonio y la vida áspera a la placentera, si se apoyaran en razones se reirían de ellos, pero ahora como confiesan que se guían por la religión, los respetan y veneran.
Pues en nada son más cuidadosos que en no pronunciarse temerariamente en nada sobre ninguna religión.
Tales son, pues, aquellos a quienes ellos llaman con un nombre peculiar en su lengua butrescas, palabra que se puede interpretar en latín como religiosos.
Los sacerdotes
Tienen sacerdotes de eximia santidad, y por eso muy pocos. Pues no tienen más de trece en cada ciudad, con igual número de templos, excepto cuando van a la guerra. Entonces, cuando siete de ellos parten con el ejército, son suplidos entretanto por otros tantos, pero aquellos al regresar recuperan cada uno su lugar; los que quedan, hasta que sucedan a aquellos en orden cuando mueran, son mientras tanto compañeros del pontífice. Pues uno es puesto al frente de los demás.
Son elegidos por el pueblo, y esto por el rito de los demás magistrados, con sufragios secretos, para evitar partidismos. Los elegidos son consagrados por su colegio.
Estos presiden las cosas divinas, cuidan las religiones y son como censores de las costumbres, y se considera gran vergüenza ser llamado o interpelado por estos como de vida poco honrada.
Pero así como es propio de ellos exhortar y amonestar, así es del príncipe y de los demás magistrados el coercer y castigar a los criminales, excepto que prohíben los ritos sagrados a quienes encuentran malvadamente malos. Y casi no hay castigo que teman más.
Pues son golpeados con suma infamia y atormentados por el miedo oculto de la religión, y ni siquiera sus cuerpos estarán mucho tiempo a salvo. Pues si no aprueban ante los sacerdotes un pronto arrepentimiento, apresados pagan al Senado la pena de la impiedad.
A estos les está encomendada la educación de la niñez y la juventud, y no se tiene mayor cuidado de las letras que de las costumbres y la virtud, pues emplean suma diligencia en inculcar en seguida buenas opiniones, útiles para conservar su república, en los ánimos todavía tiernos y dóciles de los niños, las cuales una vez que se han asentado profundamente en los niños, acompañan a los hombres durante toda la vida y aportan gran utilidad para defender el estado de la república (que solo se destruye por los vicios que nacen de opiniones perversas).
Los sacerdotes tienen esposas (a no ser que sean mujeres. Pues ni siquiera aquel sexo es excluido, pero más raramente, y solo es elegida una viuda y de edad avanzada) selectas de entre las más distinguidas del pueblo.
Pues ninguna otra magistratura entre los utopienses tiene mayor honor, hasta tal punto que incluso si cometieran algún crimen no están sujetos a ningún juicio público, solo se los deja a Dios y a sí mismos.
Pues consideran que no es lícito tocar con mano mortal a quien ha sido dedicado a Dios de manera tan singular, como un anatema.
Esta costumbre les es más fácil de observar, porque los sacerdotes son tan pocos y son elegidos con tanto cuidado.
Pues no sucede fácilmente que quien es elevado de entre los buenos como el mejor a tanta dignidad por solo el mérito de la virtud degenere en corrupción y vicio; y aunque llegara a ocurrir, como es mudable la naturaleza de los mortales, sin embargo, como son tan pocos y no están dotados de ningún poder más que el honor, no hay que temer de ellos ninguna consecuencia de gran importancia para el desastre público.
Los tienen tan raros y poco numerosos para que la dignidad del orden, que ahora siguen con tanta veneración, no se devalúe al compartir el honor con muchos, especialmente porque piensan que es difícil encontrar frecuentemente hombres tan buenos que sean dignos de esa dignidad, para cuyo ejercicio no basta tener virtudes medianas.
Y su estima no es mayor entre los suyos que también entre las naciones extranjeras, lo cual es fácil de ver de donde también creo que nació.
A saber, cuando las tropas luchan en batalla, ellos se sientan aparte no muy lejos, de rodillas, vestidos con ropas sagradas, con las palmas extendidas al cielo, rogando primero de todo por la paz, luego por la victoria para los suyos, pero sangrienta para ninguno de los dos bandos. Cuando los suyos vencen, corren al combate y detienen a los que ensañan con los derrotados; haberlos visto y haberles hablado presentes basta para la vida; el contacto con sus ropas que fluyen defiende también las demás fortunas de toda injuria de las guerras.
Por esta razón han logrado entre todas las naciones de todas partes tanta veneración, tanta verdadera majestad, que a menudo han traído no menos salvación a los ciudadanos de los enemigos que la que habían llevado de los suyos a los enemigos. Pues consta que algunas veces, cuando la línea de los suyos cedía, estando las cosas desesperadas, cuando ellos mismos se daban a la fuga y los enemigos se lanzaban a la matanza y al saqueo, por la intervención de los sacerdotes se interrumpió la carnicería, y separados mutuamente los ejércitos, se compuso y estableció la paz en condiciones equitativas.
Pues nunca hubo nación tan salvaje, cruel y bárbara, entre la cual su persona no fuera tenida por sacrosanta e inviolable.
Los días festivos
Celebran como festivos el primer y último día de cada mes, y también del año, que dividen en meses determinados por el curso de la Luna, como el circuito del Sol circunscribe el año.
Llaman a los primeros días cinemernos en su lengua, y trapemernos a los últimos, palabras que suenan lo mismo que si se llamaran primifiestas y finifiestas.
Se ven templos soberbios, no solo trabajados sino también, lo cual era necesario por su escaso número, capaces de una población inmensa.
Sin embargo, todos son algo oscuros, y dicen que esto no se hizo por ignorancia de la construcción, sino por consejo de los sacerdotes, porque piensan que la luz excesiva dispersa los pensamientos, mientras que una más escasa y como dudosa recoge los ánimos y los concentra en la religión. Como esta no es la misma entre todos allí, y sin embargo todas sus formas, aunque variadas y múltiples, confluyen en el culto de la naturaleza divina como por diversos caminos hacia un solo fin, por eso en los templos no se ve ni se oye nada que no parezca cuadrar con todas en común.
Si hay algún rito sagrado propio de alguna secta, cada uno lo cuida dentro de sus paredes domésticas; realizan los públicos en tal orden que no deroga en absoluto nada de los privados.
Por tanto, ninguna efigie de los dioses se ve en el templo, para que sea libre a cada uno concebir a Dios con la forma que quiera de acuerdo con la religión suprema. No invocan ningún nombre peculiar de Dios, sino solo el de Mitra, con cuyo vocablo todos conspiran en una sola naturaleza de la majestad divina, cualquiera que sea. No se conciben oraciones que cualquiera no pueda pronunciar sin ofender su secta.
Así pues, en los días finifiestas se reúnen al templo por la tarde, todavía en ayunas, para dar gracias a Dios por el año o mes cuyo último día es esa fiesta que ha transcurrido prósperamente. Al día siguiente, pues ese es primifiesta, confluyen al templo por la mañana para rogar por un próspero y feliz éxito del año o mes siguiente que van a inaugurar con aquella fiesta.
Pero en las finifiestas, antes de dirigirse al templo, las esposas, postradas a los pies de los maridos en casa, los hijos a los de los padres, confiesan haber pecado por algo cometido o por haber cumplido negligentemente algún deber, y piden perdón por el error. Así, si alguna nubecilla de discordia doméstica se había interpuesto, se disipa con tal satisfacción, para que asistan a los sacrificios con ánimo puro y sereno. Pues es sacrilegio asistir con el ánimo turbado. Y por eso quienes son conscientes de odio o ira hacia alguien no se presentan a los sacrificios a no ser que, reconciliados y purificados los afectos, por miedo a una venganza pronta y grande.
Cuando llegan allí, los varones van a la parte derecha del templo, las mujeres aparte a la izquierda. Luego se colocan de modo que todos los varones de cada casa se sienten ante el padre de familia, y el grupo de las mujeres lo cierra la madre de familia.
Así se dispone que los gestos de todos sean observados en el exterior por aquellos por cuya autoridad y disciplina son regidos en casa. Es más, también cuidan diligentemente de que allí por todas partes se empareje un más joven con un mayor, no sea que los niños, confiados a niños, pasen ese tiempo en niñerías, cuando deberían concebir principalmente el temor religioso hacia los dioses, máximo y casi único estímulo para las virtudes.
El culto
No matan ningún animal en los sacrificios, ni piensan que la divina clemencia se alegra con sangre y matanzas, ella que ha concedido la vida a los seres animados para que vivan.
Queman incienso y otros aromas, y además llevan numerosos cirios, no porque ignoren que nada de esto contribuye a la naturaleza divina, como tampoco las oraciones mismas de los hombres, pero este inocente género de culto les place, y con estos olores y luces y las demás ceremonias también los hombres se sienten de algún modo elevados y se levantan con ánimo más vigoroso al culto de Dios.
En el templo el pueblo se viste con ropas blancas, el sacerdote se pone multicolores, admirables por el trabajo y la forma, pero la materia no es tan preciosa. Pues no están tejidas con oro ni engastadas con piedras raras, sino elaboradas con plumas de diversas aves, con tanta destreza y tanto artificio que ninguna estimación del material habría igualado el precio de la obra.
Además, dicen que en aquellas plumas y plumas de aves, y en ciertos órdenes de ellas con los que se distinguen en la vestidura del sacerdote, se contienen ciertos misterios arcanos, cuya interpretación aprendida (que se transmite diligentemente por los sacerdotes) los amonesta de los beneficios divinos en ellos, de su piedad correspondiente hacia Dios y también del mutuo deber entre sí.
Cuando el sacerdote así adornado se presenta por primera vez desde el santuario, todos al instante se postran en tierra venerándolo, con un silencio tan profundo por todas partes que la misma apariencia del hecho infunde cierto terror como de algún numen presente.
Después de permanecer un poco en tierra, a la señal del sacerdote, se levantan. Entonces cantan alabanzas a Dios, que mezclan con instrumentos musicales, en su mayor parte de formas distintas de las que se ven en nuestro orbe.
De ellos, la mayoría, así como los que están en uso entre nosotros, los superan mucho en suavidad. Así algunos ni siquiera deben compararse con los nuestros.
Pero en una cosa sin duda nos aventajan con largo intervalo: que toda su música, ya sea la que se hace sonar con órganos ya la que modulan con voz humana, imita y expresa tan bien los afectos naturales, el sonido se acomoda tan bien a la materia, sea oración de súplica, alegre, apacible, turbulenta, lúgubre, airada, que la forma de la melodía representa cierto sentido de la cosa, de modo que afecta, penetra e inflama admirablemente los ánimos de los oyentes. Al final, el sacerdote junto con el pueblo recitan juntos oraciones solemnes con palabras concebidas, compuestas de tal modo que lo que todos recitan a la vez, cada uno lo refiere en privado a sí mismo.
En estas oraciones cada cual reconoce a Dios como autor de la creación, del gobierno y además de todos los demás bienes, le da gracias por tantos beneficios recibidos. Especialmente porque por la gracia de Dios ha caído en aquella república que es la más feliz, ha obtenido en suerte aquella religión que espera sea la más verdadera.
En lo cual, si se equivoca en algo, o si hay algo mejor en una u otra y que Dios apruebe más, ruega que su bondad haga que él mismo lo conozca. Pues está dispuesto a seguirlo a donde sea conducido por él. Pero si tanto esta forma de república es óptima como su religión es rectísima, entonces que le conceda a él constancia y conduzca a todos los demás mortales a las mismas instituciones de vida, a la misma opinión sobre Dios, a no ser que sea su voluntad inescrutable que se deleite también en esta variedad de religiones.
Finalmente ruega que lo reciba fácilmente, una vez muerto, en la salida hacia él, cuán pronto o tarde no se atreve ciertamente a determinarlo.
Aunque, con tal de que se haga sin ofender su majestad, le sería mucho más grato llegar a Dios sufrida una muerte dificilísima que ser retenido lejos de él más largamente por un curso de vida muy próspero.
Dicha esta oración, de nuevo postrados en tierra, y poco después levantados, se retiran a comer, y lo que resta del día lo pasan en juegos y ejercicio de disciplina militar.
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