Parte 4El debate sobre la propiedad
Mira, Moro, con qué largo discurso te he abrumado. Ciertamente me habría dado vergüenza hacerlo así, si tú no lo hubieras pedido con tanto empeño y parecido escuchar como si no quisieras que se omitiera nada de aquella conversación. Y aunque tenía que narrarla con cierto detalle, debía hacerlo sobre todo por el juicio de aquellos que, habiendo despreciado lo que yo decía, cuando el cardenal no lo desaprobó aprobaron enseguida ellos mismos lo mismo, hasta el punto de adular tanto al cardenal que incluso aplaudían con halagos y admitían casi en serio las ocurrencias de sus parásitos, que el señor no desdeñaba en broma.
De aquí puedes estimar en cuánto me tendrían a mí y a mis consejos los cortesanos.
«Verdaderamente, mi querido Rafael —dije yo—, me has procurado un gran placer, pues todo lo has dicho con prudencia y gracia a la vez. Además, mientras tanto me ha parecido no solo estar en mi patria, sino también rejuvenecer de algún modo con el grato recuerdo de aquel cardenal, en cuya casa fui educado de niño. Y como favoreces tan intensamente la memoria de ese varón, no puedes creer, mi querido Rafael, cuánto más querido te has vuelto por este motivo para mí, siendo ya de por sí queridísimo.
Pero todavía no puedo de ningún modo cambiar mi opinión: creo firmemente que tú, si te decidieras a no apartarte de las cortes de los príncipes, podrías con tus consejos aportar muchísimo bien al interés público. Por eso nada incumbe más a tu deber, es decir, al deber de un hombre bueno.
Pues como tu Platón opina que las repúblicas serán felices solo cuando reinen los filósofos o los reyes filosofen, ¡cuán lejos estará la felicidad si los filósofos ni siquiera se dignan compartir su consejo con los reyes!».
«No son tan ingratos —dijo él— como para no hacerlo de buen grado; más aún, muchos ya lo han hecho publicando libros, si los que detentan el poder estuvieran dispuestos a obedecer los buenos consejos.
Pero sin duda Platón previó bien que, a menos que los propios reyes filosofen, nunca ocurrirá que aprueben los consejos de los filósofos quienes desde niños han sido imbuidos e infectados a fondo por opiniones perversas. Él mismo lo experimentó con Dionisio. ¿No piensas que, si yo propusiera decretos sensatos ante algún rey y tratara de arrancarle las perniciosas semillas de los males, al instante sería expulsado o tratado con burla? Vamos, imagina que estoy en la corte del rey de Francia y que me siento en su consejo, mientras en el más secreto retiro, presidiendo el propio rey, en círculo de hombres prudentísimos se discute con gran empeño con qué artes y maquinaciones conservar Milán y recuperar para sí Nápoles, que se le ha escapado; luego realmente aniquilar Venecia y someter toda Italia; después hacer de Flandes, Brabante y por fin toda Borgoña parte de su dominio.
Y además otras naciones cuyos reinos ya hace tiempo ha invadido en su ánimo.
Allí, mientras uno aconseja sellar un tratado con los venecianos que dure solo mientras les convenga, comunicarles el plan y hasta depositar en sus manos alguna parte del botín, que recuperará cuando las cosas salgan según su deseo; otro recomienda contratar alemanes; otro, aplacar a los suizos con dinero; otro, propiciar el numen de la majestad imperial con oro, como con un anatema.
Mientras a otro le parece que hay que arreglar las cosas con el rey de Aragón y ceder el reino ajeno de Navarra como prenda de paz; otro opina que hay que enredar al príncipe de Castilla con alguna esperanza de parentesco y atraer a su facción a algunos nobles cortesanos mediante una pensión segura.
Mientras surge el nudo más difícil de todos: qué decidir entretanto sobre Inglaterra.
Pero que de todos modos hay que negociar la paz y reforzar con lazos firmísimos una alianza siempre débil; que se les llame amigos pero se les tema como enemigos.
Que hay que tener preparados a los escoceses, como en un puesto de guardia, atentos a toda ocasión, para soltarlos de inmediato si los ingleses se mueven.
Y además proteger ocultamente a algún noble exiliado —pues los tratados prohíben hacerlo abiertamente— que reclame que aquel reino le corresponde, para que así, como por medio de esa asa, mantenga bajo sospecha al príncipe que le resulta sospechoso.
Aquí, digo, en medio de tan grande trama de asuntos, cuando tantos varones egregios aportan a porfía sus consejos para la guerra, si yo, hombrecillo, me levanto y ordeno cambiar de rumbo, opino que debe dejarse Italia y digo que hay que quedarse en casa; que el solo reino de Francia es casi más grande de lo que puede administrar cómodamente uno solo, de modo que el rey no debe pensar en añadir otros.
Y si entonces les propusiera los decretos del pueblo de los acorios, situados frente a la isla de Utopía hacia el Euronoton, que en otro tiempo libraron una guerra para conseguir a su rey otro reino que afirmaba corresponderle por herencia a causa de un antiguo parentesco; habiendo conseguido finalmente aquel reino, cuando vieron que no tenían menos molestias en conservarlo que las que soportaron en conquistarlo, y que constantemente germinaban semillas de rebelión interna o de invasión externa, de modo que siempre había que luchar o por los sometidos o contra ellos, sin que jamás se les diera oportunidad de licenciar el ejército; mientras tanto eran saqueados, el dinero salía fuera, su sangre se derramaba para gloria ajena, la paz no era en nada más segura, en casa las costumbres estaban corrompidas por la guerra, se había asimilado el gusto por el pillaje, se había afirmado la audacia con las matanzas, las leyes eran despreciadas, porque el rey, distraído en el cuidado de dos reinos, podía dedicar menos atención a cualquiera de los dos.
Como veían que de otro modo no habría fin para males tan grandes, tomado al fin consejo, humanísimamente ofrecieron a su rey la opción de conservar el reino que quisiera, pues no podría tener ambos, ya que eran más de los que puede gobernar medio rey, puesto que nadie admitiría de buen grado compartir su mulero con otro.
Así aquel buen príncipe se vio obligado a dejar el nuevo reino a algún amigo (que poco después también fue expulsado) y contentarse con el antiguo.
Además, si mostrara que todos estos intentos de guerras por las que tantas naciones se agitarían por su causa, tras haber vaciado sus tesoros y destruido su pueblo, al fin fracasarían por algún golpe de fortuna; que por tanto cultivara el reino de sus padres, lo adornara cuanto pudiera y lo hiciera lo más floreciente posible.
Que ame a los suyos y sea amado por los suyos; que viva junto con ellos y gobierne suavemente, y deje en paz a los otros reinos, puesto que el que ahora le ha tocado es suficientemente amplio y sobrado grande. ¿Con qué orejas, mi querido Moro, crees que sería recibido este discurso?».
«Ciertamente no muy propicias», dije yo.
«Sigamos, pues —dijo él—. Si estando unos consejeros tratando con algún rey y maquinando con qué artes pueden acumularle tesoros, mientras uno aconseja aumentar el valor de la moneda cuando él tenga que desembolsar dinero y reducirlo de nuevo por debajo de lo justo cuando tenga que cobrarlo, para que con poco bronce pague mucho y reciba mucho por poco; mientras otro aconseja que simule una guerra y con ese pretexto, recaudado el dinero, cuando le parezca haga la paz con santas ceremonias, para deslumbrar a los ojos de la plebe, mostrándose piadoso príncipe compasivo de la sangre humana; mientras otro le sugiere que traiga a la memoria ciertas leyes antiguas, carcomidas por las polillas, anticuadas por el largo desuso, que todos han transgredido porque nadie recordaba que habían sido promulgadas, y ordene cobrar sus multas; que no hay beneficio más abundante ni más honorífico, puesto que ostenta la apariencia de justicia; mientras otro le advierte que prohíba muchas cosas bajo grandes multas, sobre todo las que conviene al pueblo que no se hagan, y después dispense mediante dinero a aquellos a quienes perjudica la prohibición; así se granjea el favor del pueblo y se obtiene doble ganancia, o multando a aquellos a quienes el afán de lucro arrastró a la trampa, o vendiendo privilegios a otros tanto más caros cuanto mejor príncipe sea, evidentemente porque concede de mala gana a un particular algo contra la conveniencia del pueblo, y por eso solo a gran precio.
Mientras otro le persuade de obligar a los jueces a que en cualquier asunto fallen a favor del derecho real, y además convocarlos al palacio e invitarlos a que discutan ante él sobre sus asuntos; así ninguna causa suya será tan abiertamente injusta en la que alguno de ellos, o por afán de contradecir o por vergüenza de decir lo mismo, o para ganarse su favor, no encuentre alguna fisura por la que pueda introducirse una calumnia.
Así, mientras los jueces opinan diversamente, un asunto clarísimo en sí mismo se discute y la verdad entra en cuestión, y se da cómodamente al rey ocasión de interpretar el derecho a su conveniencia; los demás se unirán o por pudor o por miedo, y así intrépidamente después se pronuncia sentencia desde el tribunal.
Pues no puede faltar pretexto al que pronuncia a favor del príncipe.
Evidentemente, a quien le basta que la equidad esté de su parte, o las palabras de la ley, o el sentido retorcido del texto, o lo que al fin prevalece sobre todas las leyes ante los jueces religiosos: la prerrogativa indiscutible del príncipe.
Mientras todos consienten y conspiran en aquel dicho de Craso: que ninguna cantidad de oro es suficiente para un príncipe que debe mantener un ejército. Además, que el rey nada hace injustamente, aunque quiera; que todo es suyo, como todos los hombres mismos, y que solo es propiedad de cada uno lo que la benignidad del rey no le ha quitado; que conviene mucho al príncipe que esto sea lo mínimo posible, pues su salvaguardia consiste en que el pueblo no se ensoberbezca con riquezas y libertad, porque estas cosas soportan menos pacientemente los mandatos duros e injustos, mientras que la escasez y la pobreza embotan los ánimos y los hacen pacientes, y quitan a los oprimidos los generosos espíritus de rebelión.
Si aquí yo me levantara de nuevo y sostuviera que todos estos consejos son para el rey deshonrosos y perniciosos.
Que su honor, pero también su seguridad, están más bien en las riquezas del pueblo que en las suyas propias. Que si demostrara que eligen al rey por su causa, no del rey, evidentemente para que ellos vivan cómodamente con su trabajo y cuidado, y seguros de injurias; y que por eso incumbe más al príncipe el cuidado de que su pueblo esté bien que de que él mismo esté bien, no de otro modo que es oficio del pastor apacentar las ovejas más bien que a sí mismo, en tanto es pastor.
Pues que opinen que la pobreza del pueblo es garantía de paz, la realidad misma enseña que están completamente equivocados.
Pues ¿dónde encuentras más riñas que entre mendigos? ¿Quién estudia más intensamente el cambio de cosas que quien menos le agrada el estado presente de su vida? ¿O quién tiene al fin más audaz impulso de trastornarlo todo con la esperanza de sacar provecho de alguna parte, que quien ya no tiene nada que pueda perder? Y si algún rey fuera tan despreciado o tan odiado por los suyos que no pudiera mantenerlos en la obediencia de otro modo sino vejándolos, saqueándolos y asesinándolos y reduciéndolos a la mendicidad, mejor le convendría abdicar del reino que conservarlo con tales artes; con ellas, aunque conserve el nombre del imperio, ciertamente pierde la majestad.
Pues no es propio de la dignidad real ejercer el mando sobre mendigos, sino más bien sobre opulentos y felices.
Esto mismo lo sintió ciertamente aquel varón de ánimo erguido y sublime, Fabricio, cuando respondió que prefería mandar sobre ricos a ser rico.
Y ciertamente que uno solo nade en placeres y delicias, mientras todos los demás gimen y se lamentan, esto no es ser custodio de un reino, sino de una cárcel.
En fin, como es imperísimo médico el que no sabe curar una enfermedad sino con otra enfermedad, así quien no sabe corregir la vida de los ciudadanos por otra vía que quitándoles las comodidades de la vida, este confiesa que no sabe gobernar a hombres libres. Que cambie más bien su pereza o su soberbia, pues por estos vicios suele ocurrir que el pueblo o lo desprecie o lo odie. Que viva inocuo de lo suyo, ajuste los gastos a los ingresos, reprima los maleficios y con recta educación de los suyos los prevenga más bien que permitir que crezcan para después castigarlos; que no revoque temerariamente leyes que el uso ha abrogado, sobre todo las que, largo tiempo desusadas, nunca fueron echadas de menos; y que nunca reciba nada a título de delito que un juez no permitiría recibir a un particular, por inicuo y engañoso.
Si aquí les propusiera la ley de los macarenses, que tampoco están muy lejos de Utopía, cuyo rey el primer día que asume el imperio, celebrados grandes sacrificios, queda obligado por juramento a no tener nunca al mismo tiempo en sus tesoros más de mil libras de oro, o de plata el equivalente a ese precio de oro.
Dicen que esta ley fue instituida por un rey óptimo, a quien fue más cara la conveniencia de la patria que sus propias riquezas, como obstáculo para acumular tanto dinero que causara escasez en el pueblo.
Evidentemente, veía que ese tesoro bastaría si el rey tuviera que luchar contra rebeldes o el reino contra invasiones de enemigos.
Pero que era menor de lo necesario para incitar a invadir lo ajeno; lo cual fue la causa principal de establecer la ley.
La siguiente, que así pensó que se proveería para que no faltara dinero para la circulación cotidiana de los ciudadanos; y como es necesario que el rey desembolse lo que al tesoro ha crecido por encima del modo legítimo, pensó que no buscaría ocasiones de injusticia.
Tal rey será temido por los malvados y amado por los buenos.
Si yo metiera estas cosas y otras semejantes ante hombres vehementemente inclinados hacia la parte contraria, ¿a qué sordos estaría contando una fábula?».
«A los más sordos —dije yo—, sin duda. Y por Hércules no me extraña, ni me parece (para decir la verdad) que deba introducirse este tipo de discursos ni darse tales consejos, que estás seguro de que nunca serán admitidos.
Pues ¿de qué podría servir, o cómo podría influir en el pecho de aquellos cuyas mentes ha ocupado y se ha instalado profundamente una persuasión contraria este discurso tan insólito? Entre amiguetes, en una conversación familiar, esta filosofía escolástica no es desagradable.
Pero en los consejos de los príncipes, donde asuntos graves se tratan con gran autoridad, no hay lugar para estas cosas».
«Eso es —dijo él— lo que yo decía: que no hay lugar para la filosofía junto a los príncipes».
«Así es —dije yo—, no para esta escolástica, que piensa que cualquier cosa conviene en cualquier sitio. Pero hay otra filosofía más civil, que conoce su escena y, acomodándose a ella, desempeña en la obra que tiene entre manos sus partes con armonía y decoro.
De esta debes usar tú.
De otro modo, mientras se representa una comedia de Plauto, con esclavos bromeando entre sí, si tú sales al proscenio con hábito de filósofo y recitas el pasaje de la Octavia en que Séneca discute con Nerón, ¿no hubiera sido mejor hacer un papel mudo que recitando cosas ajenas hacer tal tragicomedia? Pues habrás corrompido y pervertido la obra presente mezclando cosas diferentes, aunque lo que tú aportes sea mejor.
La obra que tengas entre manos, represéntala lo mejor que puedas, y no la trastornes toda porque se te ocurra otra que sea más graciosa.
Así es en la república, así en las deliberaciones de los príncipes.
Si las opiniones perversas no pueden arrancarse de raíz, ni puedes curar según la sentencia de tu ánimo los vicios arraigados por el uso, no por eso hay que abandonar la república, ni hay que desamparar la nave en la tempestad porque no puedas contener los vientos. Y no hay que inculcar un discurso insólito e inusitado que sabes que no tendrá peso entre quienes están persuadidos de lo contrario. Sino que hay que intentar por vía oblicua y esforzarse para que, en la medida de tus fuerzas, trates todo convenientemente, y lo que no puedas convertir en bueno, hagas al menos que sea lo menos malo posible.
Pues para que todo esté bien no puede ser, a menos que todos sean buenos, lo cual no espero todavía hasta algunos años más».
«Con ese arte —dijo él—, no se lograría otra cosa sino que, mientras me esfuerzo por curar la locura de otros, yo mismo enloquezca con ellos.
Pues si quiero decir la verdad, necesariamente diré tales cosas.
Pero decir falsedades, si es propio del filósofo no lo sé, ciertamente no es lo mío.
Aunque mi discurso, por más que quizá sea ingrato y molesto para ellos, no veo por qué debería parecer insólito hasta la necedad.
Pues si dijera lo que Platón imagina en su república, o lo que hacen los utopienses en la suya, estas cosas, aunque fueran mejores, como ciertamente lo son, sin embargo podrían parecer ajenas porque aquí las posesiones son privadas de cada uno, allí todo es común.
Pero mi discurso, salvo que no puede ser agradable para quienes han decidido precipitarse por el camino contrario cuando alguien los llama y les advierte de los peligros, por lo demás ¿qué tenía que no convenga o no deba decirse en cualquier parte? Ciertamente, si hay que omitir como insólito y absurdo todo lo que las costumbres perversas de los hombres han hecho parecer ajeno, tendríamos que callar, entre los cristianos, casi todo lo que Cristo enseñó, y prohibió tan severamente que se callara que aquello mismo que él había susurrado al oído de los suyos, ordenó que se predicara abiertamente en los tejados.
De lo cual la mayor parte está mucho más lejos de esas costumbres que mi discurso.
Salvo que los predicadores, hombres astutos, siguiendo tu consejo según creo, como los hombres soportarían de mala gana adaptar sus costumbres a la norma de Cristo, acomodaron su doctrina, como regla de plomo, a las costumbres, para que al menos de algún modo se juntaran. Con lo cual no veo qué han logrado, sino que puedan ser malos más seguramente; y yo lograría otro tanto en los consejos de los príncipes.
Pues o tendré opinión diferente, lo que vendrá a ser como si no tuviera ninguna, o la misma, y seré colaborador de su locura, como dice el Mitio de Terencio.
Pues esa vía oblicua tuya no veo qué significa, por la cual opinas que hay que esforzarse para que, si no pueden convertirse todas las cosas en buenas, se traten sin embargo convenientemente y se hagan, en cuanto sea posible, lo menos malas posible.
Pues allí no hay lugar para disimular ni se puede hacer la vista gorda. Hay que aprobar abiertamente los consejos pésimos y suscribir decretos pestilentísimos.
Hará las veces de espía, y casi de traidor, incluso quien haya alabado malignamente consejos improbos.
Además, no se presenta ocasión alguna en que puedas ser de algún provecho, arrastrado a aquellos colegas que más fácilmente corromperán al mejor varón que ser ellos mismos corregidos; por cuya perversa costumbre o serás depravado, o tú mismo, íntegro e inocente, servirás de cobertura a la malicia y necedad ajenas; tanto dista de que puedas convertir algo en mejor con esa vía oblicua.
Por lo cual Platón declara con bellísima comparación por qué meritoriamente los sabios se abstienen de hacerse cargo de la república: cuando ven al pueblo derramado por las plazas empapándose bajo lluvias continuas y no pueden persuadirles de que se retiren de la lluvia y busquen techo, sabiendo que si salen de nada servirán sino para mojarse también ellos, se contienen dentro de casa, teniendo bastante, cuando no pueden curar la necedad ajena, con estar ellos al menos a salvo.
Aunque ciertamente, mi querido Moro (para decir lo que verdaderamente siente mi ánimo), me parece que dondequiera que existan las posesiones privadas, donde todos miden todo por dinero, difícilmente podrá jamás hacerse que con la república se actúe justa o prósperamente, a menos que pienses que se actúa justamente donde lo mejor llega a los peores, o prósperamente donde todo se reparte entre muy pocos, y estos ni siquiera están de ningún modo cómodos, mientras los demás están francamente miserables.
Por lo cual, cuando repaso en mi ánimo las instituciones prudentísimas y santísimas de los utopienses, entre quienes con tan pocas leyes se administran las cosas tan cómodamente que la virtud tiene su precio y, sin embargo, igualadas las cosas, todo abunda para todos; cuando por el contrario a sus costumbres comparo tantas otras naciones, siempre ordenándose y ninguna jamás suficientemente ordenada, en todas las cuales lo que cada uno ha conseguido lo llama suyo privado, cuyas tantas leyes establecidas cada día no bastan para que cada uno consiga, o proteja, o distinga suficientemente de lo ajeno, aquello que cada uno llama privadamente suyo; lo cual fácilmente indican aquellos pleitos infinitos, tan asiduamente nacientes como nunca acabados: cuando considero esto conmigo, me hago más favorable a Platón y menos me admiro de que se desdeñara dar leyes a quienes rechazaban aquellas por las que todos participarían igualmente de todas las comodidades.
Pues fácilmente previó aquel hombre prudentísimo que el único camino hacia la salud pública es que se establezca la igualdad de las cosas, lo cual no sé si alguna vez puede observarse donde las cosas son propias de cada uno.
Pues cuando cada uno arrastra hacia sí con ciertos títulos cuanto puede, por grande que sea la abundancia de cosas, toda ella la reparten entre sí unos pocos, dejando a los demás en la indigencia; y casi siempre sucede que unos son dignísimos de la suerte de los otros, pues aquellos son rapaces, improbos e inútiles, mientras estos son varones modestos y sencillos, y con su industria cotidiana más benignos hacia el público que hacia sí mismos.
Así estoy ciertamente persuadido de que las cosas no pueden distribuirse con alguna razón equitativa y justa, ni tratarse felizmente los asuntos de los mortales, a menos que se suprima totalmente la propiedad.
Pero permaneciendo ella, permanecerá siempre sobre la parte con mucho más grande y con mucho mejor de los hombres la ansiosa e inevitable carga de la miseria y las calamidades.
Lo cual, como confieso que puede aliviarse algo, así sostengo que no puede suprimirse del todo.
Evidentemente, si se estableciera que nadie posea más allá de cierta medida de tierra, y que haya un censo legítimo de dinero para cada uno; si se hubiera provisto con ciertas leyes para que el príncipe no sea demasiado poderoso ni el pueblo demasiado insolente; luego que las magistraturas no se soliciten ni se vendan, ni sea necesario hacer gastos en ellas —de otro modo se da ocasión de reparar el dinero mediante fraude y rapiñas, y se hace necesario poner al frente de esos cargos a ricos, cuando más bien debieran ser administrados por prudentes—; con tales leyes, digo, como suelen sostenerse con cuidados asiduos los cuerpos enfermos de salud desesperada, así también estos males podrían aliviarse y mitigarse. Pero que se sanen y vuelvan a buen estado, no hay absolutamente ninguna esperanza mientras cada uno tenga lo suyo como propio.
Más aún, mientras atiendes la cura de una parte, exasperarás la herida de las otras; así mutuamente nace de la curación de una la enfermedad de otra, cuando nada puede añadirse así a uno sin que lo mismo se quite a otro».
«Pero a mí —dije yo—, al contrario me parece que allí nunca se puede vivir cómodamente donde todo sea común.
Pues ¿de qué modo habrá abundancia de cosas, si cada uno se sustrae del trabajo? Ya que no lo urge la razón de su propio lucro, y la confianza en la industria ajena lo vuelve perezoso.
Y cuando sean estimulados por la escasez, y nadie pueda proteger como suyo lo que haya conseguido por ninguna ley, ¿acaso no es necesario que se sufra perpetua matanza y sedición? Sobre todo suprimida la autoridad y reverencia de los magistrados, cuyo lugar qué pueda ser entre hombres tales entre quienes no hay ninguna distinción, ni siquiera lo puedo imaginar».
«No me extraña —dijo— que te lo parezca así, a ti a quien no te viene a la mente imagen alguna de esa cosa, o una falsa.
Pero si hubieras estado en Utopía conmigo y hubieras visto presentes sus costumbres e instituciones, como yo que viví allí más de cinco años y nunca habría querido marcharme de allí sino para dar a conocer aquel nuevo mundo, entonces francamente confesarías que no has visto en ninguna otra parte un pueblo rectamente instituido sino allí».
«Y ciertamente —dijo Pedro Egidio— difícilmente me persuadirías de que en aquel nuevo mundo se encuentra un pueblo mejor instituido que en este orbe conocido por nosotros, en el que ni los ingenios son peores, y las repúblicas creo que son más antiguas que en aquel, y en las cuales el largo uso ha inventado muchísimas comodidades para la vida, sin añadir que entre nosotros se han encontrado casualmente ciertas cosas que ningún ingenio habría podido excogitar».
«En cuanto a la antigüedad —dijo aquel— de las repúblicas, entonces podrías pronunciarte más rectamente si hubieras leído las historias de aquel orbe; si se les debe dar fe, antes había ciudades entre ellos que hombres entre nosotros. Ahora bien, lo que hasta ahora ha inventado el ingenio o ha encontrado el azar, esto pudo haber ocurrido en ambos lugares.
Pero ciertamente creo que, aunque les aventajamos en ingenio, con mucho nos dejan atrás en estudio e industria.
Pues (según tienen sus anales) antes de nuestra llegada allí nunca habían oído nada de nuestras cosas (a quienes ellos llaman ultraequinocciales), excepto que hace más de mil doscientos años, cierto barco naufragó junto a la isla de Utopía, adonde lo había llevado una tempestad.
Fueron arrojados a la costa algunos romanos y egipcios, que después nunca se marcharon de allí.
Mira qué provechosa fue para ellos esta única ocasión por su industria.
No había arte alguno en el imperio romano del que pudiera haber algún uso, que ellos no aprendieran de los huéspedes allí depositados o, recibidas las semillas de búsqueda, inventaran; tanto bien les hizo que algunos de aquí fueran llevados allá una sola vez.
Pero si alguna fortuna semejante antes de ahora impulsó de allá aquí a alguien, esto está tan profundamente olvidado como quizá también se olvidará para la posteridad que yo alguna vez estuve allí.
Y como ellos de un solo encuentro hicieron suyo todo lo que cómodamente se ha inventado entre nosotros, así creo que pasará mucho tiempo antes de que nosotros aceptemos algo que entre ellos está mejor instituido que entre nosotros.
Lo cual creo que es principalmente la causa de que, aunque ni en ingenio ni en recursos les seamos inferiores, sin embargo sus asuntos se administren más prudentemente que los nuestros y florezcan más felizmente».
«Por tanto, mi querido Rafael —dije yo—, te ruego y suplico que nos describas la isla, y no quieras ser breve, sino explica en orden los campos, ríos, ciudades, hombres, costumbres, instituciones, leyes, y en fin todo lo que pienses que queremos conocer; pensarás que queremos saber todo lo que aún no sabemos».
«Nada haré más gustosamente —dijo—, pues tengo esto dispuesto.
Pero el asunto requiere ocio».
«Vayamos entonces —dije yo— adentro a almorzar, después tomaremos el tiempo a nuestro arbitrio».
«Así sea», dijo.
Así entramos y almorzamos. Después del almuerzo, vueltos al mismo lugar, nos sentamos en el mismo banco, y habiendo ordenado a los criados que nadie interrumpiera, Pedro Egidio y yo exhortamos a Rafael a que cumpliera lo que había prometido.
Él, pues, cuando vio que estábamos atentos y ávidos de escuchar, después de estar un rato en silencio y pensativo, comenzó de este modo.
Fin del Libro Primero.
===FIN===
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