Parte 3En la mesa del cardenal Morton
Como Rafael había repasado con gran sabiduría los errores que se cometían aquí y allá —ciertamente muchísimos en ambas partes—, y las medidas que se habían tomado con mayor prudencia tanto entre nosotros como entre ellos, y como dominaba las costumbres e instituciones de cada pueblo de tal modo que parecía haber vivido toda su vida en cualquier lugar donde hubiera pasado, Pedro, lleno de admiración hacia aquel hombre, le dijo: «De verdad, mi querido Rafael, me asombra que no te pongas al servicio de algún rey. Estoy seguro de que no hay ninguno al que no le fueras a resultar muy grato, pues con tu erudición y con tu conocimiento de lugares y hombres no solo podrías deleitarlos, sino también instruirlos con ejemplos y ayudarlos con tus consejos. De este modo, al mismo tiempo, atenderías magníficamente tus propios asuntos y podrías ser de gran ayuda para todos los tuyos».
«En cuanto a los míos —respondió Rafael—, no me preocupo mucho, porque creo que he cumplido con mi deber hacia ellos de manera aceptable. En efecto, esos bienes a los que otros no renuncian sino ya viejos y enfermos, y aun entonces los ceden de mala gana cuando ya no pueden retenerlos, yo se los repartí a mis parientes y amigos estando sano, vigoroso y todavía joven. Creo que deben contentarse con esta generosidad mía y no exigir ni esperar además que me entregue en servidumbre a los reyes por ellos».
«Con tu permiso —dijo Pedro—, no quise decir que te hagas esclavo de los reyes, sino que les prestes servicio».
«Eso —dijo Rafael— es solo una sílaba más que "esclavizarte"».
«Pero yo opino —dijo Pedro— que, llames como llames a la cosa, ese es precisamente el camino por el que no solo podrías ser útil a los demás, tanto en lo privado como en lo público, sino también hacer tu propia condición más feliz».
«¿Más feliz —preguntó Rafael— por un camino del que mi alma se aparta horrorizada? Ahora vivo como quiero, y eso, sin duda, creo que le sucede a muy pocos de entre los que visten púrpura. Además, hay tantos que buscan la amistad de los poderosos que no debes considerar una gran pérdida que prescindan de mí y de uno o dos más como yo».
Entonces yo dije: «Está claro, mi querido Rafael, que no ambicionas ni riquezas ni poder, y yo, desde luego, no venero ni respeto menos a un hombre de tu mentalidad que a cualquiera de los que tienen el máximo poder. Sin embargo, me parece que harías algo plenamente digno de ti y de ese espíritu tuyo tan generoso, tan verdaderamente filosófico, si te decidieras a poner tu ingenio y tu diligencia al servicio de los asuntos públicos, aunque ello te suponga algún inconveniente personal. Y esto nunca podrías hacerlo con tanto fruto como si formaras parte del consejo de algún gran príncipe y le persuadieras —como estoy seguro de que harías— a tomar decisiones rectas y honradas. Porque del príncipe, como de una fuente perenne, fluye sobre todo el pueblo el torrente de todo lo bueno y lo malo. En ti hay tan completa sabiduría que incluso sin gran experiencia práctica, y por otra parte tanta experiencia que sin erudición alguna, serías un consejero excelente para cualquier rey».
«Te equivocas dos veces, mi querido Moro —dijo Rafael—: primero respecto a mí y luego respecto a la cosa misma. Porque yo no poseo esa capacidad que me atribuyes y, aunque la tuviera al máximo, al sacrificar mi tranquilidad por los negocios públicos no promovería en nada el bien común. En primer lugar, los príncipes mismos en su mayoría se ocupan con más gusto de los estudios militares —de los que no tengo pericia ni deseo— que de las buenas artes de la paz, y les interesa mucho más cómo adquirir nuevos reinos, por las buenas o por las malas, que cómo administrar bien los que han adquirido. Además, entre quienes están en el consejo de los reyes, no hay ninguno que no sea tan sabio que no necesite o que no se crea tan sabio que no le apetezca aprobar el consejo de otro, salvo que asienten servilmente y adulen las sentencias más absurdas de aquellos a los que, por estar al máximo en gracia del príncipe, se esfuerzan en ganarse con lisonjas. Y es natural que a cada cual le complazcan sus propios descubrimientos. Así, al cuervo le gusta su cría y a la mona le agrada su cachorro. De modo que si alguien en aquella asamblea expone algo que haya leído que se hizo en otros tiempos o que ha visto hacer en otros lugares, los oyentes actúan como si toda su reputación de sabiduría corriera peligro y como si en adelante fueran a pasar por completos necios a menos que logren encontrar algo con lo que criticar los descubrimientos de los demás. Si todo lo demás les falla, entonces recurren a esto: "Esto —dicen— agradó a nuestros mayores, ojalá nosotros igualáramos su prudencia". Y con este dicho, como si hubieran expuesto el asunto de manera brillante, se sientan. Como si fuera un gran peligro que alguien resultara en algo más sabio que sus mayores. Sin embargo, aunque se haya tomado alguna decisión excelente, la dejamos pasar tranquilamente. Pero si en algún asunto se podría haber deliberado más prudentemente, nos aferramos ávidamente a esa excusa y la retenemos con todas nuestras fuerzas. Me topé con estos juicios soberbios, absurdos y obstinados a menudo en otros lugares, y una vez también en Inglaterra».
«Te lo ruego —le dije—, ¿estuviste entre nosotros?»
«Estuve —dijo—, y pasé allí varios meses, no mucho después de aquella matanza en la que la guerra civil de los habitantes del oeste de Inglaterra contra el rey fue sofocada con su miserable carnicería. En ese tiempo debí mucho al reverendísimo padre Juan Morton, arzobispo de Canterbury y cardenal, y entonces también canciller de Inglaterra, un hombre —mi querido Pedro, porque a Moro le voy a contar lo que ya conoce— venerable no tanto por su autoridad como por su prudencia y su virtud. Era de mediana estatura, sin ceder ante la edad, aunque ya avanzada. Su rostro inspiraba respeto, no temor. En el trato no era difícil, aunque serio y grave. A veces le gustaba interpelar con cierta aspereza a los que le suplicaban, pero sin causar daño, para probar qué ingenio y qué presencia de ánimo mostraba cada cual; cualidad esta que, siendo como era afín a la suya propia, le encantaba si no iba acompañada de insolencia, y la apreciaba como idónea para tratar los asuntos. Su conversación era elegante y eficaz, tenía gran pericia en derecho, un ingenio incomparable y una memoria excelente hasta el prodigio. Estas cualidades naturales las había perfeccionado con el estudio y el ejercicio. El rey confiaba mucho en sus consejos y el Estado se apoyaba en gran medida en él cuando yo estaba allí, pues casi desde su primera juventud, lanzado directamente de la escuela a la corte, y habiendo estado durante toda su vida metido en los mayores negocios y sacudido continuamente por las diversas olas de la fortuna, había aprendido la prudencia en los asuntos —que así adquirida no se pierde fácilmente— con muchos y grandes peligros.
Sucedió que un día, estando yo a su mesa, se hallaba presente un lego experto en vuestras leyes. Este, no sé con qué motivo, se puso a alabar cuidadosamente aquella justicia rigurosa que entonces se ejercía allí contra los ladrones, a los que contaba que a veces ahorcaban veinte en una misma horca, y decía que se asombraba todavía más de que, escapando tan pocos del suplicio, por qué mala suerte seguían proliferando tantos ladrones por todas partes. Entonces yo —pues me atreví a hablar con libertad ante el cardenal— le dije: "No tienes por qué asombrarte. Porque este castigo de los ladrones es tanto superior a la justicia como inútil para el bien público. Es demasiado atroz para castigar el robo y, sin embargo, no basta para frenarlo. Porque el hurto simple no es un crimen tan enorme como para merecer la pena capital, ni hay castigo tan grande que pueda apartar del bandolerismo a quienes no tienen ningún otro medio de ganarse la vida. De modo que en esto vosotros, y buena parte de este mundo, parecéis imitar a los malos maestros, que prefieren azotar a sus discípulos antes que enseñarles. Porque se decretan castigos graves y horribles contra el ladrón, cuando hubiera sido mucho mejor proveer algún medio de vida, para que nadie se vea en la terrible necesidad primero de robar y luego de perecer".
"Eso —dijo— está suficientemente previsto: hay oficios mecánicos, hay agricultura; de ellos pueden ganarse la vida, a no ser que prefieran espontáneamente ser malos".
"No te librarás así —dije—. Porque primero pasemos por alto a quienes vuelven a casa mutilados de las guerras exteriores o civiles, como recientemente entre vosotros de la batalla de Cornualles, y no hace mucho de la de Francia, quienes dieron sus miembros al Estado o al rey y a quienes la debilidad no les permite ejercer sus antiguos oficios ni la edad aprender uno nuevo. A estos, digo, pasémoslos por alto, puesto que las guerras van y vienen por intervalos. Contemplemos las cosas que suceden día tras día. Pues bien, hay tal número de nobles que no solo viven ociosos ellos mismos como zánganos del trabajo de otros —a saber, de los colonos de sus tierras, a los que despellejan vivos aumentando las rentas—, porque esta es la única frugalidad que conocen, hombres por lo demás derrochadores hasta la mendicidad, sino que llevan consigo una inmensa turba de criados ociosos que nunca han aprendido ningún oficio para ganarse la vida. Estos, tan pronto como muere su amo o enferman ellos mismos, son expulsados de inmediato, porque alimentan más a gusto a los ociosos que a los enfermos, y a menudo el heredero del difunto no puede sostener de inmediato a toda la servidumbre de su padre. Mientras tanto, estos desgraciados se mueren de hambre a no ser que roben enérgicamente. Porque ¿qué van a hacer? Cuando errando han gastado poco a poco su ropa y su salud, cuando ya están escuálidos por la enfermedad y cubiertos de harapos, los señores no se dignan acogerlos ni se atreven los campesinos, pues no ignoran que quien ha sido criado delicadamente en el ocio y las delicias, acostumbrado a ir con espada y escudo, a despreciar con gesto arrogante a todo el vecindario y a mirar a todos por encima del hombro, no va a estar en modo alguno capacitado para servir fielmente a un pobre con azada y azadón, con magro salario y comida escasa".
Ante esto, aquel dijo: "Pero es precisamente esta clase de hombres la que debemos fomentar más que ninguna. Porque en ellos, en cuanto hombres de ánimo más elevado y generoso que los artesanos o los campesinos, residen las fuerzas y el vigor del ejército, si alguna vez hay que combatir en una guerra".
"Desde luego —dije yo—, con el mismo motivo podrías decir que hay que fomentar a los ladrones a causa de la guerra, porque sin duda nunca careceréis de ellos mientras tengáis a estos. Y es que ni los bandidos son soldados ineptos ni los soldados bandoleros cobardes: tan bien concuerdan entre sí estas artes. Pero este vicio, aunque frecuente entre vosotros, no es propio solo vuestro, sino común a casi todos los pueblos. Porque a Francia la infesta además otra plaga más pestilente: todo el país está ocupado y asediado, incluso en tiempo de paz —si eso es paz—, por soldados mercenarios, aducidos por el mismo razonamiento por el que vosotros habéis considerado que debéis alimentar a esos criados ociosos. Es decir, porque a esos sabios les ha parecido que la salvación pública reside en tener siempre a mano una guarnición fuerte y firme, sobre todo de veteranos, pues no confían nada a los inexpertos, hasta el punto de que deben buscar la guerra por esta razón, para no tener soldados inexpertos y no matar hombres gratis, no sea que —como dice graciosamente Salustio— la mano o el ánimo empiecen a adormecerse por el ocio. Pero cuán peligroso es alimentar a semejantes bestias lo ha aprendido Francia a su costa, y lo declaran los ejemplos de los romanos, los cartagineses, los sirios y muchos otros pueblos, cuyos ejércitos regulares no solo derrocaron su imperio, sino también sus campos y hasta las ciudades mismas en distintas ocasiones. Y cuán poco necesario es esto queda claro incluso por lo siguiente: que ni siquiera los soldados franceses, ejercitadísimos en armas desde la cuna, cuando se comparan con vuestros reclutas, se jactan muy a menudo de haber salido superiores, por no decir más, para no parecer que os adulo en vuestra presencia. Pero ni vuestros artesanos urbanos ni los toscos y rudos agricultores se cree que teman mucho a los ociosos séquitos de los nobles, excepto aquellos cuyo cuerpo no resultó apto para la fuerza y el coraje o cuyo ánimo ha sido quebrantado por la pobreza familiar. Así que no hay peligro de que aquellos cuyos cuerpos fuertes y robustos —porque los nobles no se dignan corromper sino a los escogidos— ahora languidecen por el ocio o se ablandan con ocupaciones casi femeninas, si fueran instruidos en buenas artes para la vida y ejercitados en trabajos viriles, se afeminaran. Desde luego, sea como sea este asunto, a mí no me parece en modo alguno conveniente para el bien público alimentar, ante la eventualidad de una guerra que nunca tenéis a no ser que queráis, una turba infinita de esta clase que perturba la paz, de la cual debe haber mucho mayor cuidado que de la guerra. Pero esta no es la única necesidad de robar. Hay otra que, según creo, es más peculiar de vosotros".
"¿Cuál es esa?", preguntó el cardenal.
"Vuestras ovejas —dije—, que suelen ser tan mansas y contentarse con tan poco, ahora, según se dice, han empezado a ser tan voraces e indomables que devoran a los hombres mismos y asolan y despueblan campos, casas y pueblos. Porque en todas las partes del reino donde nace lana más fina y por tanto más preciosa, allí los nobles y señores, e incluso algunos abades, hombres santos, no contentos con las rentas y los frutos anuales que solían crecer a sus mayores de las heredades, ni bastándoles vivir ociosos y holgadamente sin hacer nada por el bien público sino incluso perjudicándolo, no dejan nada para el cultivo, lo cierran todo para pastos, derriban casas, destruyen pueblos, dejando solo el templo para establo de ovejas, y como si perdieran poca tierra entre vosotros con los cotos de caza y los viveros, esos hombres buenos convierten en páramo todas las viviendas y todo lo que en alguna parte hay de cultivado. Así que para que un solo tragón insaciable, plaga funesta de la patria, pueda cercar con un solo vallado campos continuos de varios miles de yugadas, son expulsados los colonos. A unos, engañados con fraude o abrumados con violencia, los despojan de lo suyo; a otros, fatigados con injurias, los obligan a venderlo. De cualquier modo emigran los desgraciados: hombres, mujeres, maridos, esposas, huérfanos, viudas, padres con hijos pequeños y una familia numerosa más que rica, pues el trabajo del campo requiere muchas manos. Emigran, digo, de los hogares conocidos y acostumbrados y no encuentran dónde refugiarse. Todos sus muebles, aunque no tendrían gran valor de venta incluso si pudieran esperar comprador, como son expulsados por necesidad, los venden por muy poco. Cuando han gastado eso vagando un poco, ¿qué otra cosa queda al fin sino que roben y los cuelguen, justamente por supuesto, o vaguen y mendiguen? Aunque incluso entonces los meten en la cárcel como vagabundos porque deambulan ociosos, cuando nadie hay que contrate su trabajo, por más que ellos lo ofrezcan con la mayor avidez. Porque no hay nada que hacer en la agricultura, a la que estaban acostumbrados, donde nada se siembra. Pues un solo pastor o vaquero basta para la tierra dedicada a pasto de ganado, para cuyo cultivo, a fin de que sirviera para la siembra, se requerían muchas manos.
Y por esta razón sucede que en muchos lugares el trigo es mucho más caro. Incluso el precio de la lana ha subido tanto que los más pobres, que solían confeccionar paños con ella entre vosotros, no pueden en absoluto comprarla, y por esta razón muchos más son apartados del trabajo al ocio. Porque después del aumento de los pastos, una peste destruyó una infinita cantidad de ovejas, como si Dios, castigando la codicia de aquellos, hubiera enviado sobre las ovejas una plaga que más justo habría sido que se dirigiera a las cabezas de ellos mismos. Pero aunque el número de ovejas creciera al máximo, el precio no baja en absoluto, porque, aunque su venta no puede llamarse monopolio al no venderlas uno solo, ciertamente es oligopolio. Han caído casi en manos de unos pocos, y esos ricos, a los que ninguna necesidad urge a vender antes de que les apetezca, ni les apetece antes de que puedan al precio que les apetezca. Ya los demás ganados también son igualmente caros por la misma razón, e incluso más todavía, porque, destruidas las granjas y disminuida la agricultura, no hay quien cuide de la cría. Porque estos ricos no crían las crías de los ganados como las de las ovejas, sino que las compran de fuera flacas y baratas, y después de engordarlas en sus pastos las revenden caras. Y por eso, según creo, todavía no se siente todo el perjuicio de este asunto. Porque hasta ahora solo las encarecen en los lugares donde las venden. Pero cuando durante algún tiempo las saquen más rápidamente de allí de lo que pueden nacer, entonces, disminuyendo poco a poco también allí la cantidad donde se compran, necesariamente aquí se sufrirá una notable escasez.
Así, aquello por lo que esta vuestra isla parecía especialmente feliz, ahora la codicia improba de unos pocos la convierte en ruina. Porque esta carestía del trigo es causa de que cada cual despida de su familia a tantos como puede. ¿Adónde, pregunto, sino a mendigar, o qué cosa podrás persuadir más fácilmente a ánimos generosos: a robar? Además, a esta miserable pobreza e indigencia se une el lujo insolente. Porque tanto los criados de los nobles como los artesanos e incluso casi los campesinos, y en fin todos los estamentos, hay mucho aparato insolente en los vestidos, demasiado lujo en la comida. Luego, las tabernas, los lupanares, los prostíbulos y otro prostíbulo que son las tabernas de vino, las cerveserías, y por último tantos juegos viciosos: los dados, las cartas, el cubilete, la pelota, la esfera, el disco, ¿acaso no envían directamente a robar a alguna parte a sus devotos una vez agotado el dinero? Expulsad estas plagas perniciosas, estableced que quienes destruyeron las villas y pueblos rurales o los restauren o los cedan a quienes quieran restaurarlos y edificarlos. Refrenad esas compras de los ricos y esa licencia de ejercer como un monopolio. Que se alimenten menos en el ocio, que se restablezca la agricultura, que se restaure la manufactura de lana, para que haya un negocio honrado en el que se ejercite útilmente esa turba ociosa, ya sean los que hasta ahora la pobreza ha hecho ladrones, o los que ahora son vagabundos o criados ociosos, sin duda unos y otros futuros ladrones.
Ciertamente, si no remediáis estos males, en vano os jactáis de ejercer la justicia en el castigo de los robos, pues es más vistosa que justa o útil. Porque cuando permitís que sean educados pésimamente y que sus costumbres se corrompan poco a poco desde tiernos años, para castigarlos luego, cuando ya adultos cometen los delitos cuya esperanza mostraban perpetuamente en sí mismos desde la niñez, ¿qué otra cosa hacéis, pregunto, sino crear ladrones y luego castigarlos?".
Mientras yo decía esto, entretanto aquel jurisconsulto se había preparado para hablar y había decidido usar aquel modo solemne de los disputantes que repiten más diligentemente de lo que responden, de tal modo que ponen buena parte de la gloria en la memoria. "Bien —dijo—, has hablado sin duda, siendo como eres un extranjero que más bien pudo oír algo de estas cosas que conocer nada con exactitud, cosa que yo dejaré clara en pocas palabras. Porque primero repetiré en orden lo que has dicho, luego mostraré en qué cosas te ha engañado la ignorancia de nuestros asuntos, por último refutaré y resolveré todos tus argumentos. Así pues, para empezar por lo primero que prometí, me has parecido que dijiste cuatro…".
"Calla —dijo el cardenal—, porque no pareces que vayas a responder en pocas palabras quien así empiezas. Por tanto, te liberaremos por ahora de esta molestia de responder, pero te reservaremos íntegro ese oficio para vuestro próximo encuentro, el cual deseo que tenga lugar mañana, si nada lo impide ni a ti ni a este Rafael. Pero entretanto, mi querido Rafael, me gustaría oír mucho de ti por qué crees que el robo no debe castigarse con la pena capital y qué otro castigo estableces tú que sea más conveniente para el bien público. Porque ni siquiera tú opinas que deba tolerarse. Pero si ahora, incluso con peligro de muerte, se lanza al robo, ¿qué fuerza, qué temor, una vez asegurada la vida, podría apartar a los malhechores? Pues interpretarían que la mitigación del castigo los invita al delito como con una especie de premio".
"Ciertamente me parece, padre benignísimo —dije—, que es completamente injusto quitar la vida a un hombre por haberle quitado dinero. Porque considero que la vida humana no puede igualarse con todas las posesiones de la fortuna. Y si dicen que con esta pena se paga la justicia ofendida, las leyes violadas, ¿por qué no llamar con razón a ese supremo derecho, suprema injusticia? Porque ni deben aprobarse los mandatos tan manlios de las leyes que, si se desobedece en lo más leve, de inmediato desenvainan la espada, ni los decretos tan estoicos que juzguen todos los pecados tan iguales que consideren que no importa nada si alguien mata a un hombre o le hurta una moneda, entre las cuales cosas, si algo vale la equidad, no hay nada semejante ni afín. Dios prohibió matar a nadie, y nosotros matamos tan fácilmente por dinero robado. Si alguien interpreta que con ese mandato divino se prohíbe el poder de matar salvo en la medida en que lo declare la ley humana, ¿qué impide que del mismo modo los hombres establezcan entre sí hasta qué punto debe admitirse el estupro, el adulterio, el perjurio? Puesto que Dios quitó el derecho no solo sobre la muerte ajena sino también sobre la propia de cada cual, si el consenso de los hombres entre sí sobre el mutuo homicidio, con ciertos pactos de los que consienten, debe valer tanto que libere de las ataduras de aquel precepto a sus esbirros que mataron a quienes la sanción humana ordenó matar sin ningún ejemplo divino, ¿no va a tener entonces aquel precepto de Dios tanto derecho como permitan las leyes humanas? Y sucederá sin duda que del mismo modo los hombres decidirán en todos los asuntos hasta qué punto conviene observar los mandatos divinos. Finalmente, la ley mosaica, aunque inclemente y áspera —pues fue dictada para esclavos, y esos obstinados—, sin embargo no castigó con la muerte el robo con dinero. No pensemos que Dios en la nueva ley de clemencia, en la que el padre manda a los hijos, nos haya concedido mayor licencia de ensañarnos los unos con los otros. Estas son las razones por las que creo que no es lícito.
Y cuán absurdo es, e incluso pernicioso para el Estado, castigar igualmente al ladrón y al homicida, no hay nadie, creo, que lo ignore. Porque cuando el bandido ve que no le amenaza menos peligro si es condenado solo de robo que si además se le prueba un homicidio, este solo pensamiento lo impulsa a matar a aquel a quien de otro modo solo habría despojado. Pues aparte de que, una vez descubierto, no hay más peligro, en el asesinato hay mayor seguridad y mayor esperanza de ocultarlo eliminando al testigo del crimen. De modo que mientras nos esforzamos en aterrorizar demasiado atrozmente a los ladrones, incitamos a la muerte de los buenos.
En cuanto a lo que suele preguntarse, qué castigo podría ser más conveniente, esto, según mi juicio, es mucho más fácil de encontrar que cuál podría ser peor. Porque ¿por qué dudaríamos de que sea útil ese camino para castigar los crímenes que sabemos que agradó tanto tiempo a los romanos, peritísimos en administrar el Estado? Porque ellos condenaban a los convictos de grandes crímenes a las canteras y a cavar en las minas, manteniéndolos en cadenas perpetuas. Sin embargo, en cuanto a este asunto, no apruebo la institución de ningún pueblo más que la que observé mientras viajaba en Persia entre los llamados comúnmente polileritas, un pueblo ni pequeño ni imprudentemente organizado, y salvo que paga un tributo anual al rey de los persas, en lo demás libre y regido por sus propias leyes. Sin embargo, puesto que están lejos del mar, casi rodeados de montes, y contentos con los frutos de su propia tierra que en nada son escasos, ni visitan a menudo a otros ni son visitados, sin embargo, según la antigua costumbre de la nación, no se esfuerzan en ensanchar sus fronteras, y las que tienen las protegen fácilmente de toda agresión tanto los montes como la pensión que pagan al señor de esas tierras. Están completamente exentos del servicio militar, viven no tan espléndidamente como cómodamente, y más felices que nobles o famosos. Pues ni siquiera son muy conocidos, creo, ni de nombre salvo a los muy vecinos.
Pues bien, entre ellos, los que son convictos de robo devuelven lo robado al dueño, no al príncipe como suele hacerse en otros sitios, pues juzgan que este tiene tanto derecho sobre la cosa robada como el ladrón mismo. Si la cosa se ha perdido, se calcula el precio con los bienes de los ladrones y se paga, quedando luego todo el resto íntegro para sus esposas e hijos. Ellos mismos son condenados a trabajos públicos, y a no ser que el robo se haya cometido atrozmente, ni se los encierra en ergástulo ni llevan grilletes, sino que libres y sin ataduras se ocupan en obras públicas. Los que se niegan o trabajan con pereza no tanto los sujetan con cadenas como los estimulan con azotes. Si trabajan con diligencia, están libres de insultos. Solo se los encierra con llave en dormitorios por la noche, después de pasar lista nominal. Aparte del trabajo asiduo, no hay molestia en su vida. Porque se alimenta pasablemente a los que sirven al Estado, a cargo del erario público, de un sitio a otro de modo diferente. Pues en algunos lugares lo que se gasta en ellos se recoge de limosnas, y aunque ese camino es incierto, sin embargo, como ese pueblo es misericordioso, no se encuentra ninguno más fructífero. En otros se destinan a ello ciertos ingresos públicos. En algunos pagan un tributo cierto por cabeza para esos usos. Incluso en algunos lugares no hacen ninguna obra pública, sino que, cuando algún particular necesita jornaleros, contrata en el foro la jornada de alguno de ellos con un salario fijado, un poco menor de lo que habría tenido que pagar por contratar a uno libre. Además, está permitido castigar con azotes la pereza servil. De este modo sucede que nunca carecen de trabajo y que, además de la comida, cada uno aporta también cada día algo al erario público. Todos visten de un solo color, y solo ellos. No les rapan el pelo, sino que lo llevan un poco por encima de las orejas, cortado, y de una de ellas se les recorta un poco. Sus amigos pueden darles comida, bebida y ropa de su color, pero es capital dar dinero tanto para el que lo da como para el que lo recibe. Y no es menos peligroso también para un hombre libre recibir dinero de un condenado por cualquier motivo, ni que los siervos —pues así llaman a los condenados— toquen armas. Cada región los distingue con su propia marca, que es capital quitarse, como lo es ser visto fuera de sus propios límites o haber tenido cualquier conversación con el siervo de otra región. Pero ni siquiera es más segura la meditación de la fuga que la fuga misma. Incluso, el haber sido cómplice de tal plan en un siervo es la muerte; en un libre, la servidumbre. En cambio, se han decretado premios para el delator: dinero para el libre, libertad para el siervo, y para ambos perdón e impunidad de complicidad, para que nunca sea más seguro perseverar en un mal designio que arrepentirse.
Esta es la ley y este es el orden de este asunto que he dicho. Cuánta humanidad y conveniencia tiene, fácilmente se ve, pues de este modo se enoja de manera que destruye los vicios conservando a los hombres, y los trata de tal manera que necesariamente tienen que ser buenos y que resarcir en el resto de su vida todo el daño que han dado. Y además, de tal modo no hay temor de que recaigan en sus antiguas costumbres, que ni siquiera los viajeros que han emprendido algún viaje creen estar más seguros con otros guías del camino que con aquellos siervos, que se van cambiando en cada región. Porque para perpetrar un bandolerismo no tienen nada que no sea inoportuno: las manos desarmadas; el dinero solo delator del crimen; la vindicta preparada para el descubierto; ninguna esperanza en absoluto de escapar. Porque ¿de qué modo podría ocultar y disimular su fuga un hombre que en ninguna parte de su vestido es semejante al pueblo, a no ser que se vaya desnudo? Pero incluso así, huyendo, la oreja lo delataría. Pero al menos queda el peligro de que conspiren juntos con algún plan contra el Estado. Como si alguna vecindad pudiera llegar a tener tal esperanza sin haber tentado y solicitado antes las servidumbres de muchas regiones. Pero tanto distan de la posibilidad de conspirar que ni siquiera les está permitido reunirse ni conversar ni saludarse mutuamente, hasta el punto de que se cree que confiarán impávidamente ese designio a los suyos, cuando saben que callarlo es peligroso y denunciarlo un grandísimo bien. Sin embargo, nadie está en absoluto sin esperanza de recuperar algún día la libertad obedeciendo y soportando y dando buena esperanza de sí de una vida más enmendada en el futuro, si puede conseguirlo de estos modos. Pues no pasa año en que no se restituya a algunos por recomendación de su paciencia".
Cuando hube dicho esto y añadí que no veía razón alguna por la que este modo no pudiera observarse también en Inglaterra con mucho mayor fruto que aquella justicia que el jurisconsulto había alabado tanto, este dijo: "Jamás podría establecerse esto en Inglaterra sin poner en gravísimo peligro el Estado". Y al decir esto, movió la cabeza, torció los labios y así enmudeció. Y todos los presentes iban a parar a su sentencia.
Entonces el cardenal dijo: "No es fácil adivinar si esto resultaría conveniente o no sin hacer prueba alguna. Pero si el príncipe, pronunciada la sentencia de muerte, ordenara diferir la ejecución y probara esta costumbre, suspendidos los privilegios de los asilos, entonces, si el resultado demostrara que es útil, sería correcto establecerla. De otro modo, en ese momento aplicar el suplicio a los que han sido condenados antes no sería menos provechoso para el Estado ni más injusto que si se hiciera ahora. Y mientras tanto no puede nacer ningún peligro de ello. Incluso, me parece a mí ciertamente que también los vagabundos podrían tratarse del mismo modo y no pésimamente, respecto a los cuales, a pesar de tantas leyes promulgadas, nada hemos adelantado sin embargo".
Cuando el cardenal dijo esto, todos se pusieron a alabar con emulación lo que nadie había considerado mientras lo contaba yo, pero especialmente aquello de los vagabundos, porque esto lo había añadido él mismo.
No sé si será mejor callar lo que vino después, pues era ridículo, pero lo contaré de todos modos, porque no era malo y tenía algo que ver con este asunto. Sucedió que estaba de pie un cierto parásito que quería parecer que imitaba al bufón, pero de tal modo simulaba que estaba más cerca de serlo de verdad. Con chistes tan fríos buscaba la risa que él mismo era más a menudo objeto de risa que sus dichos. Sin embargo, al hombre se le escapaban de vez en cuando algunas cosas no tan absurdas que daban fe al proverbio: "Tirando a menudo, alguna vez se saca Venus". Así que, cuando uno de los comensales dijo que ya con mi discurso se había provisto bien para los ladrones, y por el cardenal también se había cuidado de los vagabundos, restaba ahora que se proveyera públicamente además para aquellos a quienes la enfermedad o la vejez habían empujado a la pobreza y los había hecho incapaces de trabajos para poder vivir, este dijo: "Déjame a mí. Porque yo haré que también esto se resuelva bien. Pues deseo vivamente alejar de mi vista a esta clase de hombres, de tal modo me han vejado a menudo con sus plañideras quejas, mendigando dinero. Sin embargo, nunca pudieron cantarlas tan cómodamente que lograran arrancarme una moneda. Porque siempre sucede una de dos: o no me apetece dar o ni siquiera puedo, cuando no hay nada que dar. Así que ahora han empezado a ser sabios, pues cuando me ven pasar, me dejan pasar en silencio, de modo que ya no esperan nada de mí, no más, por Hércules, que si fuera un sacerdote. Pero yo, con una ley promulgada, ordenaría distribuir y repartir a todos estos mendigos en los cenobios benedictinos y hacer de ellos legos, como los llaman. A las mujeres les ordeno que se hagan monjas".
El cardenal sonrió y lo aprobó en broma, pero los demás también en serio. Sin embargo, un cierto teólogo fraile se exhilaró tanto con este dicho dirigido contra sacerdotes y monjes que también él empezó a jugar, siendo por lo demás un hombre casi torvo de gravedad. "Pero ni siquiera así —dijo— te librarás de los mendigos, a no ser que nos proveas también a nosotros los frailes".
"Pero eso —dijo el parásito— ya está atendido. Porque el cardenal ha provisto magníficamente para vosotros cuando decidió sujetar y hacer trabajar a los vagabundos. Pues vosotros sois los vagabundos máximos".
Al oír este dicho también, cuando, vueltos los ojos al cardenal, vieron que no se negaba, todos empezaron a acogerlo no de mala gana, excepto el fraile. Porque este, y no me extraña, rociado con tal vinagre, se indignó y encendió tanto que no pudo ni siquiera contenerse de los insultos. Llamó al hombre bribón, detractor, murmurador e hijo de perdición, citando entretanto terribles amenazas de la Sagrada Escritura. Ya el bufón empezaba a bufonearse en serio, y estaba en su auténtica palestra. "No te enfades, buen fraile —dijo—, está escrito: «En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas»".
Otra vez el fraile —pues referiré sus propias palabras— dijo: "No me enfado, tunante, o al menos no peco. Porque el Salmista dice: «Airaos y no pequéis»".
Entonces el cardenal, amonestándolo suavemente a que contuviera sus afectos, dijo: "No, señor —dijo—, yo solo hablo con buen celo como debo. Porque los varones santos han tenido buen celo, de donde se dice: «El celo de tu casa me ha consumido». Y se canta en las iglesias: «Los burladores de Eliseo, cuando subía a la casa de Dios, sintieron el celo del calvo», como quizá lo sentirá este burlador, bufón, canalla".
"Quizá actúas —dijo el cardenal— con buen afecto, pero me pareces que harías, no sé si más santamente, pero ciertamente más sabiamente, si de tal modo te dispusieras que no te instituyas un certamen ridículo con un hombre estúpido y ridículo".
"No, señor —dijo—, no haría más sabiamente. Porque el mismo Salomón, el más sabio, dice: «Responde al necio según su necedad», como yo hago ahora, y le muestro el foso en el que caerá si no se precave bien. Porque si muchos burladores de Eliseo, que era un solo calvo, sintieron el celo del calvo, ¡cuánto más lo sentirá un solo burlador de muchos frailes, entre los cuales hay muchos calvos! Y además tenemos bula papal por la que están excomulgados todos los que nos escarnecen".
El cardenal, cuando vio que no había fin, con un gesto despidió al parásito y, vuelto el discurso convenientemente a otra cosa, poco después se levantó de la mesa y, dedicándose a oír los negocios de los clientes, nos despidió.
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