Parte 12El elogio final y la despedida
Os he descrito con la mayor fidelidad posible la forma de aquella república que yo ciertamente juzgo no solo la mejor, sino también la única que puede reclamar con pleno derecho el nombre de república.
Pues en otros lugares, cuando hablan del bien común, por todas partes cuidan del provecho privado.
Aquí, donde nada es privado, se ocupan seriamente del negocio público, y ciertamente con razón en ambos casos.
Pues en otros sitios, ¿quién hay que no sepa que, a menos que mire por sí mismo aparte, por mucho que florezca la república va él mismo a morir de hambre? Y por eso la necesidad le urge a juzgar que debe tener en cuenta más bien su propio interés que el del pueblo, es decir, el de los demás.
Aquí en cambio, donde todo es de todos, nadie duda (con tal de que se cuide de que los graneros públicos estén llenos) de que nada faltará a cada uno en particular.
Pues no hay allí distribución mezquina de los bienes, ni hay indigente, ni mendigo alguno. Y aunque nadie posee nada, sin embargo todos son ricos.
Porque ¿qué puede ser más rico que vivir con ánimo alegre y tranquilo, suprimida por completo toda inquietud? No angustiado por su sustento, no atormentado por las quejas exigentes de su mujer, no temiendo la pobreza para su hijo, no ansioso por la dote de su hija, sino seguro del sustento y la felicidad del suyo propio y de todos los suyos: mujer, hijos, nietos, biznietos, tataranietos y la tan larga serie de descendientes que presumen los nobles.
¿Qué decir de que se provee igualmente a quienes ahora están incapacitados pero trabajaron en otro tiempo, que a quienes ahora trabajan?
Aquí quisiera yo que alguien se atreviera a comparar esta equidad con la justicia de las demás naciones, entre las cuales me muera si descubro absolutamente ningún rastro de justicia o de equidad.
Pues ¿qué justicia es esta: que un noble cualquiera, o un orfebre, o un prestamista, o en fin cualquier otro de aquellos que o no hacen nada en absoluto, o lo que hacen es de tal género que no es muy necesario para la república, consiga una vida regalada y espléndida, ya sea del ocio, ya sea de un negocio superfluo, mientras que entretanto el criado, el carretero, el herrero, el labrador, con un trabajo tan grande y tan constante que apenas lo aguantarían las bestias de carga, y tan necesario que sin él ninguna república podría durar ni un solo año, se procuran sin embargo un sustento tan mezquino y llevan una vida tan miserable, que puede parecer con mucho mejor la condición de las bestias, a las cuales ni el trabajo es tan continuo, ni el alimento es mucho peor, y aun les es más agradable, ni tienen entretanto ningún temor por el futuro?
Pero a estos les atormenta en el presente un trabajo estéril e infructuoso, y les mata el recuerdo de una vejez indigente, pues su salario diario es más escaso que para bastarle a ese mismo día, cuanto más para que sobre y quede algo que pueda guardarse cada día para uso de la vejez.
¿Acaso no es injusta e ingrata esta república que prodiga tantos dones a los nobles, como los llaman, y a los orfebres y demás de ese género, o a los ociosos, o solo a los aduladores y artífices de vanos placeres, y en cambio a los labradores, carboneros, criados, carreteros y herreros, sin los cuales no existiría república alguna, nada les provee generosamente?
Sino que, tras haber abusado de sus trabajos en la edad floreciente, cuando al fin están agobiados por los años y la enfermedad, necesitados de todo, olvidada de tantas vigilias, olvidada de tantos y tan grandes beneficios, les paga con muerte miserabilísima la más ingrata de las gratitudes.
¿Y qué decir de que los ricos arrebatan cada día algo del salario diario de los pobres, no solo por fraude privado, sino incluso por leyes públicas? De modo que lo que antes parecía injusto, devolver pésima gratitud a quienes mejor merecieron de la república, esto lo han convertido ellos incluso en depravado y luego, promulgada la ley, en justicia.
Así pues, cuando contemplo y examino en mi mente todas estas repúblicas que hoy florecen en cualquier parte, no se me ocurre otra cosa, así me ame Dios, que una cierta conjuración de ricos que tratan de sus propias conveniencias bajo el nombre y título de república. Inventan e idean todos los modos y artes para que, lo que con malas artes ellos mismos amontonaron, eso lo retengan primero sin miedo de perderlo, y después para que compren para sí lo más barato posible las obras y trabajos de todos los pobres, y abusen de ellos.
Estas maquinaciones, una vez que los ricos decretaron en nombre público, es decir también de los pobres, que se observaran, ya se hacen leyes.
Pero estos hombres malísimos, con avidez insaciable, cuando se han repartido entre sí lo que habría bastado para todos, ¡cuán lejos están sin embargo de la felicidad de la república de los utopienses! En ella, suprimido de raíz el uso mismo de la codicia de dinero, ¡qué mole de molestias ha sido cortada, qué cosecha de crímenes arrancada de raíz! Pues ¿quién no sabe que los fraudes, hurtos, rapiñas, riñas, tumultos, querellas, sediciones, asesinatos, traiciones, envenenamientos, castigados más que refrenados con suplicios cotidianos, mueren suprimido el dinero, y además que el miedo, la inquietud, las preocupaciones, los trabajos, las vigilias, van a perecer en el mismo momento que el dinero? Es más, la propia pobreza, que sola parecía necesitar de dinero, suprimido por completo el dinero de todas partes, al punto decrecería también ella misma. Y para que esto se vea más claro, repasa contigo mismo en tu mente algún año estéril e infecundo en que el hambre se llevó muchos miles de hombres. Sostengo claramente que al final de aquella penuria, registrados los graneros de los ricos, se habría podido encontrar tanto grano que, si hubiera sido distribuido entre aquellos a quienes consumió la flaqueza y la consunción, nadie en absoluto habría sentido aquella escasez del cielo y del suelo. Tan fácilmente podría procurarse el sustento, si aquel bendito dinero, que fue inventado espléndidamente, según parece, para que por él se abriera el acceso al sustento, no nos cerrara él solo el camino al sustento.
Esto lo sienten, no lo dudo, incluso los ricos, y no ignoran cuánto mejor sería aquella condición de no carecer de nada necesario, que abundar en muchas cosas superfluas, de verse libres de tantos males, que de verse asediados por grandes riquezas.
Y no me cabe duda de que, o bien la razón del provecho de cada uno, o bien la autoridad de Cristo salvador (que por su tanta sabiduría no pudo ignorar qué era lo óptimo, ni por su bondad aconsejar lo que no supiera óptimo), tiempo ha habría atraído fácilmente a todo el orbe a las leyes de esta república, si no se resistiera una sola bestia, príncipe y madre de todas las plagas: la soberbia. Esta no mide la prosperidad por sus propias conveniencias, sino por las desgracias ajenas. Esta ni siquiera querría hacerse diosa si no quedaran miserables a quienes poder mandar e insultar.
Aquellos en comparación con cuyas miserias resplandezca su propia felicidad, a quienes con sus riquezas desplegadas atormente e inflame la indigencia.
Esta serpiente del infierno, arrastrándose por los pechos de los mortales, los retiene y retarda como una rémora para que no tomen un camino de vida mejor. Y puesto que está clavada más hondamente en los hombres que para que pueda arrancarse fácilmente, me alegro de que esta forma de república, que a todos desearía de buena gana, les haya tocado al menos a los utopienses, que han seguido aquellas instituciones de vida con las que echaron los fundamentos de una república no solo felicísima, sino también, según puede conjeturarse por presagio humano, destinada a durar eternamente.
Pues arrancadas en casa, junto con los demás vicios, las raíces de la ambición y de las facciones, no se cierne ningún peligro de que se padezca disensión doméstica, lo cual es lo único que arruinó las riquezas de muchas ciudades egregiamente fortificadas.
Y estando a salvo la concordia en casa y las saludables instituciones, ni la envidia de todos los príncipes vecinos (que ya muchas veces en el pasado, siempre rechazada, intentó esto) puede sacudir aquel imperio ni conmoverlo.
Epílogo
Cuando Rafael hubo expuesto estas cosas, aunque se me ocurrían no pocas que parecían instituidas de modo muy absurdo en las costumbres y leyes de aquel pueblo, no solo sobre el modo de hacer la guerra y sobre las cosas divinas y la religión, y además sobre otras instituciones suyas, sino también y sobre todo en aquello mismo que es el máximo fundamento de toda la institución, a saber, la vida y sustento común sin ningún comercio de dinero, por cuya sola cosa se derriba desde los cimientos toda nobleza, magnificencia, esplendor, majestad, verdaderos ornatos y decoraciones de la república según la opinión pública; sin embargo, puesto que sabía que estaba fatigado de narrar, y no tenía bastante explorado si podría soportar que se sintiera contra su sentencia, sobre todo porque recordaba que él había reprendido por este motivo a algunos, como si temieran no parecer bastante sabios a menos que encontraran algo en que poder criticar los hallazgos ajenos, por eso, alabada su institución y su propio discurso, cogiéndole de la mano lo conduzco dentro a cenar, diciendo antes que habría para nosotros otro tiempo para pensar más profundamente en estas mismas cosas y conferir más ampliamente con él, lo cual ojalá acontezca alguna vez.
Entretanto, así como no puedo asentir a todo lo que fue dicho, viniendo por lo demás de un hombre sin controversia eruditísimo y al mismo tiempo peritísimo en cosas humanas, así confieso fácilmente que hay muchísimas cosas en la república de los utopienses que en nuestras ciudades desearía más bien que esperaría.
Fin del libro segundo. Del discurso vespertino de Rafael Hitlodeo sobre las leyes e instituciones de la isla de Utopía, aún poco conocida, por el clarísimo y eruditísimo varón don Tomás Moro, ciudadano y vizconde de Londres.
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