Parte 7Los viajes y el desprecio del oro
Pero si a algunos el deseo de visitar a los amigos que viven en otra ciudad, o de ver el lugar mismo, los impulsa a ello, obtienen fácilmente permiso de sus sifograntes y traniboros, salvo que alguna necesidad lo impida.
Se envía, pues, un grupo junto con una carta del príncipe que acredita el permiso concedido para viajar y fija el día de regreso.
Se les proporciona un vehículo con un siervo público que guía los bueyes y se ocupa de ellos. Pero a menos que haya mujeres en el grupo, el vehículo se devuelve, pues se considera una carga y un estorbo.
Durante todo el viaje, aunque no llevan nada consigo, nada les falta, porque en todas partes están como en casa.
Si en algún lugar permanecen más de un día, cada uno ejerce allí su oficio y es tratado con gran humanidad por los artesanos del mismo oficio.
Si alguien vaga fuera de sus límites por propia iniciativa, al ser capturado sin el salvoconducto del príncipe, es tratado con desprecio, devuelto como fugitivo y severamente castigado. Si se atreve a hacerlo de nuevo, es condenado a servidumbre.
Pero si a alguien le entra el deseo de pasear por los campos de su propia ciudad, con permiso del padre y consentimiento del cónyuge, no se le prohíbe.
Sin embargo, en cualquier campo al que llegue, no se le da ningún alimento antes de haber completado la tarea de trabajo de antes del mediodía (o lo que allí se suele trabajar antes de la cena).
Con esta norma se puede ir a cualquier lugar dentro de los límites de la propia ciudad.
Pues será tan útil a la ciudad como si estuviera en ella.
Ya veis que no hay en ningún sitio licencia para holgazanear, ningún pretexto para la pereza, ninguna taberna de vino, ninguna cervecería, ningún burdel, ninguna ocasión de corrupción, ningún escondrijo, ningún lugar de reunión clandestino, sino que la mirada de todos está presente y obliga a cada uno a dedicarse al trabajo acostumbrado o a un ocio no deshonesto.
La distribución de la abundancia
Esta costumbre del pueblo necesariamente trae consigo la abundancia de todas las cosas. Y como esta llega equitativamente a todos, resulta que nadie puede ser pobre o mendigo.
En el senado de Amaurota (al que, como dije, asisten cada año tres representantes de cada ciudad), una vez que se ha establecido qué cosa abunda en qué lugar y, por el contrario, dónde ha habido una cosecha más escasa, la abundancia de un sitio suple inmediatamente la carencia del otro, y esto lo hacen gratuitamente, sin recibir nada a cambio de aquellos a quienes dan.
Pero lo que han dado a alguna ciudad de sus propios bienes, sin pedir nada a cambio, lo reciben de otra a la que nada han entregado, cuando necesitan algo.
Así, toda la isla es como una sola familia.
Pero después de haber provisto suficientemente para sí mismos (lo cual no consideran hecho hasta haber previsto las necesidades de dos años, por si acaso el siguiente fuera adverso), entonces exportan a otras regiones una gran cantidad del excedente de trigo, miel, lana, lino, madera, grana y púrpura de concha, pieles, cera, sebo, cuero y también animales. De todas estas cosas dan gratuitamente la séptima parte a los pobres de esa región, y venden el resto a precio moderado. Con este comercio no solo traen de vuelta a la patria las mercancías que necesitan en casa (pues eso casi no es nada, excepto el hierro), sino también una gran cantidad de plata y oro.
Por la larga costumbre de este trato, abundan ya en todas partes de estas cosas más de lo que se puede creer.
Así que ahora tienen muy poca preocupación de si venden al contado o a plazo, y la mayor parte la tienen en créditos; sin embargo, al hacer estos, no fían nunca en la palabra de particulares, sino que siguen la fe pública de la ciudad con documentos redactados según la costumbre.
Cuando llega el día del pago, la ciudad reclama el crédito a los deudores privados y lo ingresa en el tesoro, y disfruta del interés de ese dinero hasta que los utopienses lo reclamen.
Ellos casi nunca lo reclaman.
Pues consideran injusto quitar a quienes les es útil aquello que para ellos no tiene ningún uso.
Pero si la situación exige que presten una parte de ello a otro pueblo, entonces sí lo reclaman, o cuando deben hacer la guerra. Para este único fin guardan en casa todo ese tesoro que tienen, para que les sirva de protección en los peligros extremos o en las emergencias súbitas. Sobre todo lo emplean para contratar con salarios desmesurados a soldados extranjeros (a quienes exponen al peligro más gustosamente que a sus propios ciudadanos), sabiendo que con la abundancia de dinero pueden comprar a los mismos enemigos y hacer que se enfrenten entre sí, ya sea por traición o en campo abierto.
Por esta razón guardan un tesoro inestimable, pero no lo tienen como tesoro, sino que lo poseen de un modo que, en verdad, el pudor me disuade de narrar, temiendo que mi relato no vaya a tener crédito. Y este temor es tanto más justo cuanto más consciente estoy de que, si no lo hubiera visto presente, difícilmente yo mismo habría podido ser persuadido de creer a otro que lo contara.
Pues es casi necesario que, cuanto más algo se aleja de las costumbres de quienes lo oyen, tanto más lejos esté también de su fe. Aunque un juez prudente de las cosas quizá se admirará menos, puesto que el resto de sus instituciones difieren tanto de las nuestras, si también el uso de la plata y el oro se acomoda a sus costumbres y no a las nuestras.
Ciertamente, como ellos no usan el dinero, sino que lo guardan para una eventualidad que, si bien puede ocurrir, también puede ser que nunca suceda.
Entretanto poseen el oro y la plata (de donde este se hace) de tal manera que nadie lo estima más de lo que la naturaleza misma de las cosas merece. ¿Quién no ve cuán lejos están por debajo del hierro? Pues sin este, por Hércules, los mortales no pueden vivir más que sin fuego y agua, mientras que la naturaleza no ha otorgado al oro y la plata ningún uso del que no podamos prescindir fácilmente, si no fuera porque la necedad humana ha dado valor a la rareza. Antes al contrario, como madre indulgentísima, ha puesto en lugar visible todas las cosas mejores, como el aire, el agua y la tierra misma, y ha alejado lo más posible lo vano y lo que nada aprovecha.
Por lo tanto, si estos metales se ocultaran entre ellos en alguna torre, el príncipe y el senado podrían caer bajo la sospecha (tal es la necia perspicacia del vulgo) de engañar al pueblo mediante algún artificio y sacar de ello algún provecho. Por otra parte, si hicieran de ellos copas y otras obras de este tipo finamente trabajadas, si se presentara la ocasión de fundirlas de nuevo para pagarlas como salario a los soldados, ven que sería difícil que se dejaran arrancar aquello que una vez empezaron a tener como delicia.
Para evitar estas cosas, idearon un método que, así como es coherente con el resto de sus instituciones, así también está muy lejos de las nuestras (donde el oro se valora tanto y se guarda tan cuidadosamente), y por eso no es creíble sino para los que lo conocen.
Pues mientras comen y beben en vajilla de barro y vidrio, elegantísima ciertamente pero barata, del oro y la plata hacen, no solo en los edificios públicos sino también en las casas privadas, orinales por todas partes y toda clase de recipientes muy sucios.
Además, de estos mismos metales fabrican las cadenas y los gruesos grilletes con que sujetan a los esclavos.
Por último, de quienes algún crimen hace infames, de sus orejas cuelgan anillos de oro, el oro ciñe sus dedos, un collar de oro rodea su cuello y, finalmente, la cabeza se ata con oro.
Así procuran por todos los medios que entre ellos el oro y la plata estén en ignominia. Y de este modo sucede que estos metales, que las demás naciones soportan que se les quiten no con menos dolor que si les arrancaran las propias entrañas, si entre los utopienses la ocasión exigiera sacarlos todos de una vez, a nadie le parecería haber sufrido la pérdida de un solo as.
Además, recogen perlas en las playas, e incluso en ciertas rocas diamantes y rubíes también; pero no los buscan, sino que, cuando los encuentran por casualidad, los pulen.
Con ellos adornan a los niños pequeños que, al igual que en los primeros años de la infancia se glorían y enorgullecen de tales adornos, así, cuando la edad ha crecido un poco, al darse cuenta de que solo los niños usan tales bagatelas, sin ninguna advertencia de los padres sino por propia vergüenza, las abandonan. No de otra manera que nuestros niños, cuando crecen, tiran las nueces, las bulas y las muñecas.
Así pues, cómo estas instituciones tan diferentes de las del resto de las naciones producen también sentimientos del alma tan diferentes, nunca me resultó más claro que con los embajadores de los anemolios.
Estos llegaron a Amaurota (mientras yo estaba allí), y como venían a tratar de asuntos importantes, los tres ciudadanos de cada ciudad se habían adelantado a su llegada. Pero todos los embajadores de las naciones vecinas que habían llegado antes a ese lugar conocían las costumbres de los utopienses; sabían que entre ellos no se daba ningún honor al vestido suntuoso, que la seda era despreciada y que incluso el oro era infame; así que acostumbraban a venir con el atuendo más modesto posible.
Pero los anemolios, que vivían más lejos y tenían menos trato con ellos, como habían oído que todos allí vestían igual y de manera rústica, persuadidos de que no tenían lo que no usaban, ellos mismos, más soberbios que sabios, decidieron presentarse como dioses mediante la elegancia de su aparato y deslumbrar los ojos de los miserables utopienses con el esplendor de su ornato.
Así pues, entraron los tres embajadores con cien acompañantes, todos con vestido multicolor, la mayoría de seda; los embajadores mismos (pues en su patria eran nobles) con manto de oro, grandes collares y pendientes de oro, además anillos de oro en las manos y, además, cordones colgados del sombrero que resplandecían con perlas y gemas; en fin, adornados con todas aquellas cosas que entre los utopienses eran o castigos de esclavos, o deshonras de infames, o juguetes de niños.
Así que valía la pena ver de qué manera levantaron la cresta cuando compararon su ornato con el vestido de los utopienses (pues el pueblo se había derramado por las calles). Por el contrario, no era menos agradable considerar cuán lejos su esperanza y expectativa los había engañado, y cuán lejos estaban de la estima que pensaban conseguir.
Pues a los ojos de todos los utopienses, excepto muy pocos que habían visitado otras naciones por alguna causa justificada, todo aquel esplendor del aparato parecía vergonzoso. Y saludando respetuosamente como a señores a cada uno de los más humildes, pasaron de largo a los embajadores mismos, teniéndolos por esclavos a causa de las cadenas de oro, sin ningún honor en absoluto.
Es más, podías ver a los niños que habían desechado las gemas y perlas, al verlas fijadas en los sombreros de los embajadores, llamar a la madre y darle un codazo.
«Mira, madre, qué imbécil tan grande todavía usa perlas y piedrecillas como si fuera un niño pequeño». Pero la madre, también en serio, decía: «Calla, hijo, es, creo, alguno de los bufones de los embajadores».
Otros criticaban aquellas cadenas de oro por inútiles, pues eran tan finas que un esclavo podría romperlas fácilmente, y tan flojas que, cuando quisiera, podría sacudírselas y huir libre y suelto adonde fuera.
Pero los embajadores, después de haber pasado allí uno y otro día y haber visto tanta cantidad de oro en tan gran vileza, y verlo no menos en desprecio que en honor entre ellos, y además que en las cadenas y grilletes de un solo esclavo fugitivo se había acumulado más oro y plata que todo el aparato de los tres juntos costaba, con las plumas caídas, avergonzados, depusieron todo aquel atavío con el que tan arrogantemente se habían presentado.
Pero sobre todo después de haber conversado más familiarmente con los utopienses y aprendido sus costumbres y opiniones. Pues ellos se admiraban de que hubiera algún mortal a quien deleitara el dudoso fulgor de una piedrecilla o guijarrito, cuando puede contemplar alguna estrella o incluso el mismo sol, o de que alguien fuera tan insensato que se creyera más noble por el hilo de lana más fino, cuando esta misma lana (por más fino que sea el hilo) la llevó una vez una oveja, y sin embargo entretanto no fue otra cosa que una oveja.
Se admiran también de que el oro, inútil por su propia naturaleza, ahora se estime tanto en todas las naciones que el hombre mismo, por quien y para cuyo uso obtuvo tal precio, se estime mucho menos que el oro mismo; hasta el punto de que algún estúpido de plomo, que no tiene más ingenio que un tronco, y es tan malvado como necio, tiene sin embargo a muchos hombres sabios y buenos en servidumbre, solo porque le ha tocado un gran montón de monedas de oro. Y si alguna fortuna o alguna argucia legal (que no menos que la propia fortuna revuelve lo alto con lo bajo) lo transfiere de aquel amo al más vil bellaco de toda su familia, resulta poco después que pasa al servicio de su propio criado, como apéndice y añadido de las monedas.
Pero mucho más admiran y detestan la locura de aquellos que a esos ricos, a quienes no deben nada ni están sometidos, solo por el hecho de que son ricos, les tributan honores casi divinos, y esto cuando los conocen tan sórdidos y avaros que tienen la certeza absoluta de que de aquel montón de monedas, viviendo ellos, ni una sola moneda llegará nunca a ellos.
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