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Parte 6Los oficios y las seis horas de trabajo

Utopía · Tomás Moro · 19 min de lectura

Hay un arte común a todos los hombres y mujeres por igual, la agricultura, de la que nadie está exento.

En ella se instruye a todos desde la infancia, en parte mediante preceptos transmitidos en la escuela, en parte llevándolos a los campos más cercanos a la ciudad, como si fuera un juego, no solo para observar, sino también para practicar con ocasión del ejercicio físico.

Además de la agricultura (que es común a todos, como he dicho), se enseña a cada uno algún otro oficio como propio: habitualmente es el trabajo de la lana, el del lino, o el arte de la albañilería, o el del herrero, ya sea forjador o carpintero.

Pues no hay allí ningún otro oficio que ocupe un número digno de mención.

En cuanto a las ropas, cuya forma es única en toda la isla y se distingue solo porque el vestido diferencia el sexo y el celibato del matrimonio, y que permanece la misma en toda época, y no resulta desagradable a la vista, es cómoda para el movimiento del cuerpo y apropiada tanto para el frío como para el calor, cada familia confecciona las suyas.

Pero de aquellas otras artes cada uno aprende alguna, y no solo los hombres, sino también las mujeres. Sin embargo, estas, por ser más débiles, se ocupan de labores más ligeras. Generalmente trabajan la lana y el lino. A los hombres se les encomiendan las artes más laboriosas. En su mayor parte cada uno se educa en los oficios paternos, pues hacia ellos arrastra la naturaleza a la mayoría.

Pero si a alguien su ánimo lo lleva hacia otra parte, se le traslada por adopción a alguna familia de aquel oficio por el que siente inclinación, procurando tanto su padre como los magistrados que sea confiado a un padre de familia serio y honesto.

Y si alguien, habiendo aprendido bien un arte, desea además otra, se le permite del mismo modo.

Una vez que ha adquirido ambas, ejerce la que quiera, a menos que la ciudad tenga más necesidad de una que de otra.

La tarea principal y casi única de los sifograntes es cuidar y velar para que nadie permanezca ocioso.

Pero que cada uno se dedique con diligencia a su arte, y no esté fatigado, sin embargo, desde la mañana temprano hasta muy entrada la noche con un trabajo continuo, como las bestias de carga. Pues esa es una miseria más que servil, que sin embargo es casi en todas partes la vida de los artesanos, excepto entre los utopienses. Ellos, como dividen el día contando también la noche en veinticuatro horas iguales, destinan al trabajo solamente seis: tres antes del mediodía, tras las cuales almuerzan, y después del almuerzo, cuando han descansado dos horas por la tarde, otras tres dedicadas de nuevo al trabajo, que cierran con la cena.

Como cuentan la primera hora desde el mediodía, a la octava se van a dormir. El sueño reclama ocho horas.

Todo lo que queda entre las horas de trabajo, de sueño y de comida, se deja al arbitrio de cada uno, no para que abuse de ello en el lujo o la pereza, sino para que, libre de su oficio, lo emplee bien en algún otro estudio de su agrado. La mayoría dedica estos intervalos a las letras.

Pues es costumbre celebrar cada día lecciones públicas en las horas anteriores al alba, a las que están obligados a asistir solamente aquellos que han sido elegidos expresamente para las letras.

Sin embargo, de todo orden acude una gran multitud de hombres y mujeres a escuchar las lecciones, unos unas y otros otras, según lleva la naturaleza de cada uno.

Pero si alguien prefiere dedicar ese mismo tiempo a su arte, cosa que sucede a muchos (cuyo ánimo no se eleva a la contemplación de ninguna disciplina), no se le prohíbe, sino que incluso se le alaba como útil a la república.

Después de la cena emplean una hora en el juego, en verano en los jardines, en invierno en aquellas salas comunes en las que comen.

Allí o ejercitan la música o se recrean con la conversación.

Los dados y otros juegos necios y perniciosos de ese género ni siquiera los conocen. Tienen en uso, sin embargo, dos juegos no diferentes del juego de las tablas.

Uno es un combate de números, en el que un número captura a otro.

Otro en el que, formadas las líneas de batalla, los vicios luchan contra las virtudes.

En este juego se muestra con gran ingenio tanto la discordia de los vicios entre sí como su concordia frente a las virtudes. También qué vicios se oponen a qué virtudes, con qué fuerzas atacan abiertamente, con qué maquinaciones acometen de manera oblicua, con qué defensa las virtudes quebrantan las fuerzas de los vicios, con qué artes eluden sus intentos, y en fin, de qué modos una u otra parte alcanza la victoria.

Pero en este punto, para que no os equivoquéis, hay que examinar algo más de cerca.

En efecto, como solo están seis horas en el trabajo, tal vez pueda suceder que penséis que siga alguna escasez de cosas necesarias.

Está tan lejos de que esto ocurra que ese tiempo no solo basta, sino que incluso sobra para la abundancia de todas las cosas que se requieren para la necesidad o la comodidad de la vida. Esto también lo comprenderéis vosotros si consideráis cuán gran parte del pueblo vive ociosa en las demás naciones. Primero casi todas las mujeres, la mitad de toda la suma, o donde las mujeres son laboriosas, allí por lo general, en su lugar, los hombres roncan. A esto añade la gran y ociosa turba de sacerdotes y de los que llaman religiosos. Agrega a todos los ricos, especialmente a los señores de tierras, a los que vulgarmente llaman hidalgos y nobles. A estos suma el séquito de sus criados, toda aquella escoria de bribones armados de escudo. Añade finalmente a los mendigos robustos y sanos que pretextan alguna enfermedad para su pereza. Descubrirás que son mucho menos de lo que pensabas aquellos con cuyo trabajo se producen todas estas cosas de las que los mortales se sirven.

Considera ahora para ti cuán pocos de estos mismos se ocupan en oficios necesarios. Pues donde todo lo medimos con dinero, es necesario que se ejerzan muchas artes completamente vanas y superfluas, servidoras solo del lujo y la lujuria. Porque si esta misma multitud que ahora trabaja se repartiera en tan pocas artes como pocas requiere el uso cómodo de la naturaleza, en tanta abundancia de cosas cuanta sería necesario que hubiera entonces, los precios ciertamente serían tan bajos que los artesanos no podrían con ellos sustentar su vida.

Pero si todos aquellos a quienes ocupan ahora artes inútiles, y además toda la turba que languidece en el ocio y la pereza, de los cuales cada uno consume de aquellas cosas que se suministran con el trabajo de otros tanto como dos operarios de las mismas, si todos estos fueran destinados al trabajo y a trabajos útiles, fácilmente advertirías cuán poco tiempo bastaría sobrada y abundantemente para suministrar todo lo que reclama la razón de la necesidad o de la comodidad (e incluso del placer, pero del que sea verdadero y natural). Y esto mismo lo hace evidente en Utopía la realidad.

Pues allí en toda la ciudad con su comarca vecina apenas se permite vacación a quinientos hombres de todo el número de varones y mujeres cuya edad y robustez es suficiente para el trabajo.

Entre estos los sifograntes (aunque las leyes los eximen del trabajo) ellos mismos no se excluyen, para que con su ejemplo inviten más fácilmente a los demás a los trabajos.

De la misma inmunidad gozan aquellos a quienes el pueblo, persuadido por recomendación de los sacerdotes y mediante sufragios secretos de los sifograntes, concede vacación perpetua para aprender las disciplinas.

Si alguno de estos defrauda la esperanza concebida en él, es devuelto a los artesanos. Y por el contrario, no pocas veces sucede que algún artesano emplea aquellas horas libres tan diligentemente en las letras y aprovecha tanto con su aplicación que, eximido de su oficio, es promovido a la clase de los letrados.

De este orden de letrados se eligen los embajadores, los sacerdotes, los traniboros y finalmente el mismo príncipe, al que ellos llaman Barzanes en su lengua antigua y Ademos en la más reciente.

Como casi toda la multitud restante ni está ociosa ni ocupada en oficios inútiles, fácil es calcular cuán poco tiempo produce cuánta cantidad de buen trabajo. A lo que he mencionado se añade además esta facilidad: que en la mayoría de las artes necesarias necesitan menos trabajo que otras naciones.

Pues primero la construcción o reparación de edificios requiere en todas partes el trabajo continuo de tantos porque lo que el padre edificó el heredero poco cuidadoso lo deja deteriorarse poco a poco. Así lo que pudo mantener con el menor gasto, su sucesor se ve obligado a restaurarlo de nuevo con gran desembolso. Es más, frecuentemente incluso una casa que a uno le costó un gasto enorme, otro de ánimo delicado la desprecia, y descuidada por ello y por tanto pronto derrumbada, construye otra en otro lugar con gastos no menores.

Pero entre los utopienses, ordenadas todas las cosas y constituida la república, rarísimamente sucede que se elija un nuevo terreno para colocar edificios. Y no solo se aplica rápidamente remedio a los defectos presentes, sino que también se previenen los inminentes.

Así sucede que con el menor trabajo perduran los edificios muchísimo tiempo, y los operarios de ese género apenas tienen a veces qué hacer, salvo que se les ordena labrar madera en casa y entretanto escuadrar y preparar piedras, para que (si se presenta alguna obra) pueda levantarse más rápidamente.

Ahora en los vestidos observa de cuán pocos trabajos necesitan. Primero mientras están en el trabajo, se cubren descuidadamente con cuero o pieles que duran siete años. Cuando salen en público se ponen encima una capa que cubre aquellas ropas más toscas. Su color es uno en toda la isla, y ese natural.

Por tanto, no solo basta mucho menos paño de lana que en cualquier otra parte, sino que este mismo es también de mucho menor gasto. Pero el del lino es de menor trabajo, y por eso de uso más frecuente. Pero en el lino solo se aprecia el candor, en el lanero solo la limpieza. Ningún precio tiene el hilo más fino.

Así sucede que, mientras en ninguna otra parte bastan a un solo hombre cuatro o cinco togas de lana de diversos colores y otras tantas túnicas de seda, y a los algo más delicados ni siquiera diez, allí cada uno se contenta con una, generalmente por dos años.

Pues no hay ninguna razón por la que desee más, ya que habiéndolas conseguido ni estaría más protegido contra el frío ni parecería en el vestido ni un pelo más elegante.

Por lo cual, como todos se ejercitan en artes útiles y bastan menos trabajos de estas mismas, sucede naturalmente que, abundando la copia de todas las cosas, a veces sacan una inmensa multitud a reparar los caminos públicos (si algunos están deteriorados). Muy a menudo también, cuando no se presenta uso de ningún trabajo semejante, anuncian públicamente menos horas de trabajo. Pues los magistrados no ejercitan a los ciudadanos en trabajo superfluo contra su voluntad, ya que la constitución de aquella república mira principalmente a este único objetivo: que en cuanto permitan las necesidades públicas, se reserve a todos los ciudadanos el mayor tiempo posible del servicio del cuerpo para la libertad y cultivo del espíritu.

Pues en eso piensan que reside la felicidad de la vida.

El comercio mutuo

Pero ahora parece que debe explicarse de qué manera se ayudan mutuamente los ciudadanos, qué comercios tienen entre sí los pueblos y cuál es la forma de distribuir las cosas.

Pues como la ciudad consta de familias, las familias las forman, en su mayor parte, las parentelas.

Pues las mujeres, cuando maduran, colocadas con maridos, pasan a los domicilios de estos. Pero los hijos varones y después los nietos permanecen en la familia y obedecen al más antiguo de los padres, a menos que con la vejez valga poco de mente. Entonces se le sustituye por el siguiente en edad.

Pero para que la ciudad no pueda hacerse menos frecuente o crecer más allá de la medida, se provee que ninguna familia, de las que cada ciudad comprende seis mil, excepto su comarca, tenga menos de diez ni más de dieciséis púberes.

Pues de los impúberes ningún número puede prefijarse.

Esta medida se observa fácilmente trasladando a familias más escasas a los que crecen de más en las más llenas.

Pero si alguna vez en total abundara más de lo justo, reparan la escasez de sus otras ciudades.

Y si acaso en toda la isla la masa se hinchara más de lo equitativo, entonces, formados ciudadanos de cualquier ciudad, propagan una colonia con sus propias leyes en el continente próximo, allí donde los nativos tienen mucha tierra de sobra y sin cultivo, asociándose con los naturales de la tierra si quieren convivir con ellos.

Unidos con los que quieren en el mismo modo de vida y las mismas costumbres, se fusionan fácilmente, y esto para bien de ambos pueblos. Pues hacen con sus instituciones que aquella tierra sea abundante para ambos, tierra que antes parecía escasa y mezquina para uno solo.

A los que rehúsan vivir bajo sus leyes, los expulsan de aquellos límites que ellos mismos se describen.

Contra los que resisten, luchan con guerra. Pues consideran justísima causa de guerra cuando algún pueblo prohíbe el uso y posesión de aquel suelo que él mismo no usa, sino que posee como vacío e inútil, a otros que sin embargo deben nutrirse de allí según el precepto de la naturaleza.

Si alguna vez algún desastre disminuyera alguna de sus ciudades hasta tal punto que no pueda repararse desde otras partes de la isla conservando el número propio de cada ciudad (cosa que se dice que solo ha ocurrido dos veces desde todos los tiempos al extenderse la crueldad de una peste), se llenan con ciudadanos que regresan de la colonia.

Pues prefieren que perezcan las colonias antes que que se disminuya alguna de las ciudades de la isla.

Pero vuelvo a la convivencia de los ciudadanos.

El más antiguo (como dije) preside la familia.

Ministros son las esposas para los maridos y los hijos para los padres, y en suma los menores para los mayores.

Toda ciudad está dividida en cuatro partes iguales.

En medio de cada parte hay un mercado de todas las cosas.

Allí se llevan a ciertas casas las obras de cada familia, y cada especie de cosas está distribuida separadamente en almacenes.

De estos pide cualquier padre de familia lo que él y los suyos necesitan, y sin dinero, sin compensación alguna, se lleva todo lo que ha pedido.

Pues ¿por qué se negaría algo, cuando hay de todo abundantemente y no hay ningún temor de que alguien quiera reclamar más de lo necesario? Pues ¿por qué se pensará que pedirá cosas superfluas aquel que tiene la certeza de que nada le faltará nunca? Ciertamente, en todo género de animales el temor a carecer hace al ser ávido y rapaz, o en el hombre solo lo hace la soberbia, que se jacta de aventajar a los demás con la ostentación superflua de cosas. Este género de vicio no tiene lugar alguno en las instituciones de los utopienses.

Junto a los mercados que he mencionado están los mercados de alimentos, a los que se llevan no solo verduras, frutos de árboles y panes, sino además peces y todo lo comestible de cuadrúpedos y aves. Fuera de la ciudad, en lugares apropiados donde la corriente lave la suciedad y la inmundicia, matan y limpian las reses con manos de los criados (pues no permiten que sus ciudadanos se acostumbren a la matanza de animales, cuyo uso piensan que poco a poco se pierde la clemencia, el afecto más humano de nuestra naturaleza). Ni permiten que se lleve a la ciudad nada sucio e inmundo cuya podredumbre pudiera, corrompido el aire, introducir enfermedad.

Además cada barrio tiene ciertas salas espaciosas, distantes entre sí a igual intervalo, conocida cada una por su nombre.

En estas habitan los sifograntes, a cada una de las cuales están adscritas treinta familias, a saber, quince de cada lado, para tomar allí la comida.

Los ecónomos de cada sala se reúnen en el mercado a una hora fija y, declarado el número de los suyos, piden comida.

Pero la primera consideración se tiene de los enfermos, que son cuidados en hospitales públicos.

Pues tienen cuatro hospitales en el circuito de la ciudad, un poco fuera de las murallas, tan espaciosos que pueden igualarse a otros tantos pueblecillos, tanto para que el número de enfermos, por grande que sea, no sea colocado estrechamente, y por ello incómodamente, como para que aquellos que son tenidos por tal enfermedad cuyo contagio suele serpentear de uno a otro, puedan ser apartados más lejos del encuentro de los demás.

Estos hospitales están tan bien provistos y abastecidos con todas las cosas que contribuyen a la salud, y se aplica tan tierno y solícito cuidado, y hay tan asidua presencia de médicos muy peritos, que aunque nadie es enviado allí contra su voluntad, casi nadie hay en toda la ciudad que, sufriendo de salud adversa, no prefiera estar postrado allí que en su casa.

Cuando el ecónomo de los enfermos ha recibido los alimentos según prescripción de los médicos, después lo mejor de cada cosa se distribuye equitativamente entre las salas según el número de cada una, a no ser que se tenga consideración del príncipe, del pontífice y de los traniboros, y también de los embajadores y de todos los extranjeros (si hay algunos, que son pocos y raros). Pero también a estos, cuando están presentes, se les preparan domicilios ciertos y provistos. A estas salas acude a horas fijas de almuerzo y cena toda la sifograntía, llamada por el clamor de una tuba de bronce, excepto los que están postrados en los hospitales o en casa. Sin embargo, a nadie se le prohíbe pedir del mercado comida para casa después de que se ha satisfecho a las salas. Saben, en efecto, que nadie hace esto sin razón. Pues aunque a nadie está prohibido almorzar en casa, sin embargo nadie lo hace con gusto, ya que no se tiene por honesto y es necio tomar el trabajo de preparar un almuerzo peor, cuando uno espléndido y opíparo está dispuesto en la sala tan próxima.

En esta sala todos los servicios en los que hay algo más de suciedad o de trabajo los realizan los criados.

Pero el oficio de cocinar, preparar la comida y, en fin, de disponer todo el banquete lo ejercen solo las mujeres, naturalmente de cada familia por turnos.

Se sientan a la mesa en tres o más mesas según el número de comensales.

Los hombres se colocan junto a la pared, las mujeres en la parte exterior, para que si les sobreviene algún mal repentino, cosa que a las que llevan útero suele ocurrir a veces, se levanten sin perturbar los órdenes y de allí vayan con las nodrizas.

Estas se sientan aparte con los lactantes en un cenáculo destinado a ello, nunca sin fuego y agua limpia, ni sin cunas al lado, para que puedan tanto reclinar a los niñitos como, sacados de las fajas al fuego cuando quieran, repararlos con la libertad y el juego. Cada una es nodriza de su prole, a menos que lo impida la muerte o la enfermedad. Cuando esto sucede, las esposas de los sifograntes buscan prontamente una nodriza, y no es difícil.

Pues las que pueden prestarlo no se ofrecen a ningún oficio más gustosamente, ya que todos alaban esa misericordia, y el que se cría reconoce a la nodriza en lugar de madre.

En el cenáculo de las nodrizas se sientan todos los niños que no han cumplido el primer lustro. Los demás impúberes, en cuyo número incluyen a cualquiera de ambos sexos que está dentro de los años núbiles, o sirven a los que comen sentados, o si por su edad aún no valen, están presentes sin embargo, y esto con el mayor silencio. Ambos comen lo que les tienden los que están sentados, y no tienen otro tiempo discreto para almorzar.

En medio de la primera mesa, que es el lugar supremo y desde la cual (pues aquella mesa está atravesada en la parte superior del cenáculo) se ve todo el convite, se sienta el sifogrante con su esposa.

A estos se unen dos de los de mayor edad.

Pues se sientan de cuatro en cuatro por todas las mesas.

Pero si un templo está situado en aquella sifograntía, el sacerdote y su esposa se sientan con el sifogrante de modo que presidan.

A uno y otro lado se colocan los más jóvenes, después de nuevo los ancianos, y de este modo por toda la casa tanto se juntan los iguales entre sí como se mezclan con los desiguales. Dicen que esto se instituyó así para que la gravedad y reverencia de los ancianos (como nada puede hacerse o decirse en la mesa que les escape estando vecinos de todas partes) contenga a los más jóvenes de la licencia impropia de palabras y gestos.

Las fuentes de alimentos no se presentan empezando desde el primer lugar sucesivamente, sino que primero se sirve a todos los ancianos (cuyos lugares son insignes) la mejor comida. Después se sirve igualmente a los demás.

Pero los ancianos reparten sus manjares (de los cuales no había tanta cantidad que pudiera distribuirse abundantemente por toda la casa) a los que están sentados alrededor según su arbitrio.

Así se guarda su honor a los de mayor edad, y sin embargo lo mismo de provecho llega a todos.

Todo almuerzo y cena comienza con alguna lectura que edifique las costumbres, pero breve sin embargo para que no sea fastidiosa.

A partir de esta los ancianos insertan conversaciones honestas, pero ni tristes ni sin gracia.

Pero no ocupan la comida entera con largos discursos, antes bien escuchan gustosamente también a los jóvenes y más aún los provocan de propósito, para que capten también experiencia del carácter y del ingenio de cada uno que se revela en la libertad del banquete.

Los almuerzos son bastante breves, las cenas más amplias, porque a aquellos sigue el trabajo, a estas el sueño y el reposo nocturno, que piensan más eficaz para la sana digestión.

Ninguna cena transcurre sin música. Ni carece de postres la segunda mesa. Queman aromas y derraman perfumes. Y no dejan de hacer nada que pueda alegrar a los comensales. Pues son algo más inclinados a esta parte, de modo que no censuran prohibido ningún género de placer (del que no se siga ningún inconveniente).

Así pues, de este modo conviven en la ciudad. Pero en el campo, los que están apartados más lejos entre sí, comen todos cada uno en su casa. Pues a ninguna familia le falta nada para el alimento, ya que de ellas viene todo aquello de que se alimentan los urbanos.

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