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Canto XXIV

La Ilíada · Homero · 40 min de lectura

Parte1versos 1-100

Se disolvió la asamblea, y las tropas se dispersaron hacia sus naves veloces. Ellos pensaban en la cena y en saciarse del dulce sueño; pero Aquiles lloraba acordándose de su compañero, y el sueño que doma a todos no lo vencía, sino que se revolvía de un lado a otro, añorando la hombría de Patroclo y su fuerza espléndida, cuántas cosas había cumplido con él y cuántos dolores había sufrido, las guerras de hombres y las olas crueles que atravesaron; recordando esto derramaba lágrimas abundantes, acostado ya sobre un costado, ya otra vez boca arriba, ya boca abajo; y a veces, levantándose en pie, vagaba enloquecido junto a la orilla del mar; no le pasaba inadvertida el alba cuando aparecía sobre el mar y las playas.

Entonces uncía bajo el carro los caballos veloces, y ataba a Héctor para arrastrarlo detrás del carro, y tras arrastrarlo tres veces alrededor de la tumba del hijo de Menecio muerto, se detenía de nuevo en su tienda, y lo dejaba tendido boca abajo en el polvo; pero Apolo apartaba toda afrenta de su cuerpo, compadecido del hombre aunque estuviera muerto: lo cubría todo con la égida de oro, para que no lo desollara al arrastrarlo. Así profanaba al divino Héctor en su furia; pero los dioses bienaventurados lo compadecían al verlo, y urgían al vigilante Argifonte a que lo robara.

Esto le agradaba a todos los demás, pero nunca a Hera ni a Poseidón ni a la muchacha de ojos de lechuza, sino que persistían en el odio que desde el principio sintieron por Ilión sagrada y por Príamo y su pueblo a causa de la ofensa de Alejandro, que insultó a las diosas cuando llegaron a su establo y elogió a la que le dio la lujuria dolorosa. Pero cuando llegó la duodécima aurora desde entonces, Febo Apolo habló entre los inmortales: «Sois despiadados, dioses, destructores.

¿Acaso nunca Héctor quemó para vosotros muslos de bueyes y de cabras perfectas? Ahora no os atrevéis a salvar su cadáver siquiera, para que lo vean su esposa y su madre y su hijo y su padre Príamo y su pueblo, que pronto lo quemarían en el fuego y le rendirían honras fúnebres. Pero al pernicioso Aquiles, dioses, queréis asistir, que no tiene pensamientos sensatos ni intención flexible en el pecho, sino que sabe de salvajadas como un león que, cediendo a su gran fuerza y a su corazón arrogante, va contra los rebaños de los hombres para procurarse un festín; así Aquiles ha perdido la piedad, y no tiene vergüenza, que tanto daña a los hombres como los beneficia.

Es posible que alguien pierda a otro aún más querido, un hermano de la misma madre o incluso un hijo; pero tras llorar y lamentarse, lo deja ir; pues las Moiras pusieron en los hombres un corazón que resiste. Pero este, tras arrancar a Héctor divino su querida vida, lo ata a los caballos y lo arrastra alrededor de la tumba de su compañero querido; esto no es más bello ni mejor para él. Aunque sea noble, cuidado con que nos indignemos contra él; pues en su furia ultraja la tierra muda.»

Entonces le respondió airada Hera de brazos blancos: «Podría ser así tu palabra, arquero de plata, si vais a dar el mismo honor a Aquiles y a Héctor. Héctor es mortal y mamó del pecho de una mujer; pero Aquiles es hijo de una diosa, a quien yo misma crié y amamanté y di como esposa a un hombre, a Peleo, que fue muy querido en el corazón de los inmortales. Y todos vosotros, dioses, asististeis a la boda; y tú entre ellos banqueteabas con tu lira, compañero de los malvados, siempre infiel.»

Respondiéndole habló Zeus que amontona las nubes: «Hera, no te enfurezcas del todo contra los dioses; pues no van a tener el mismo honor; pero también Héctor era el más querido de los dioses entre los mortales que están en Ilión; así lo era para mí, pues nunca descuidaba mis ofrendas queridas. Jamás mi altar careció de banquete equitativo, de libación y de grasa quemada; ese es el privilegio que nos tocó. Pero dejaremos de lado el robo —no es posible— de Héctor audaz sin que Aquiles lo sepa; pues siempre su madre está junto a él de noche y de día.

Pero que alguno de los dioses llame a Tetis cerca de mí, para que le diga una palabra precisa, de modo que Aquiles acepte dones de Príamo y libere a Héctor.» Así habló, y se levantó Iris veloz como el viento para llevar el mensaje, y entre Samos e Imbros escarpada se sumergió en el ponto negro; gimió el abismo. Se hundió como un plomo hacia el fondo, que montado sobre el cuerno de un buey de campo va llevando muerte a los peces voraces.

Encontró a Tetis en una gruta hueca, y alrededor estaban reunidas las demás diosas marinas; ella en el centro lloraba el destino de su hijo intachable, que estaba destinado a morir en Troya de terrones fértiles, lejos de su patria. Acercándose le habló Iris de pies veloces: «Levántate, Tetis; te llama Zeus que conoce designios imperecederos.» Le respondió entonces la diosa Tetis de pies de plata: «¿Por qué me convoca ese gran dios? Me da vergüenza mezclarme con los inmortales, pues tengo en el corazón penas sin cuento.

Pero iré, y no será en vano lo que diga.» Así hablando tomó un velo la divina entre las diosas, azul oscuro, y no había vestido más negro que ese. Se puso en marcha, y delante Iris veloz como el viento la guiaba; y a su alrededor se abría la ola del mar. Subieron a la playa y se lanzaron al cielo, y encontraron al Cronida de vasta voz, y alrededor todos los demás dioses bienaventurados que son eternos estaban reunidos. Ella se sentó junto a Zeus padre, y Atenea le cedió el sitio.

Parte2versos 101-200

Hera puso en su mano una copa hermosa de oro y la animó con palabras; Tetis bebió y la devolvió. Entonces comenzó a hablar el padre de hombres y dioses: «Has venido al Olimpo, diosa Tetis, aunque afligida, con pena inconsolable en el corazón; lo sé yo mismo; pero aun así te diré por qué te he llamado aquí. Nueve días ya ha surgido disputa entre los inmortales sobre el cadáver de Héctor y Aquiles destructor de ciudades; me instan a que envíe al vigilante Argifonte a robarlo; pero yo concedo esta gloria a Aquiles, guardando tu respeto y tu amistad en el futuro.

Ve rápido al campamento y ordena a tu hijo: dile que los dioses están indignados, y yo por encima de todos los inmortales estoy encolerizado, porque con pensamientos enloquecidos retiene a Héctor junto a las naves de curvadas proas y no lo ha liberado, por si acaso me teme y libera a Héctor. Yo enviaré a Iris al magnánimo Príamo para que rescate a su hijo querido yendo a las naves de los aqueos, y lleve dones a Aquiles que calmen su corazón.» Así habló, y no desobedeció la diosa Tetis de pies de plata, y se lanzó desde las cumbres del Olimpo y llegó a la tienda de su hijo; allí lo encontró gimiendo sin cesar; sus compañeros queridos alrededor se afanaban preparando el desayuno; para ellos habían sacrificado en la tienda una oveja grande y lanuda.

Su venerable madre se sentó muy cerca de él, lo acarició con la mano y le habló y lo llamó por su nombre: «Hijo mío, ¿hasta cuándo lamentándote y afligiéndote devorarás tu corazón, sin pensar en comida ni en el lecho? Es bueno unirse incluso con una mujer en el amor; pues no vivirás largo tiempo, sino que ya están cerca de ti la muerte y el destino poderoso. Pero escúchame rápido, soy mensajera de Zeus para ti: dice que los dioses están indignados, y él por encima de todos los inmortales está encolerizado, porque con pensamientos enloquecidos retienes a Héctor junto a las naves de curvadas proas y no lo has liberado.

Vamos, libéralo ya y acepta rescate por el cadáver.» Respondiéndole le habló Aquiles de pies veloces: «Que así sea. Quien traiga el rescate que se lleve el cadáver, si de verdad el Olímpico mismo lo ordena con ánimo dispuesto.» Así en la aglomeración de las naves la madre y el hijo se dirigían muchas palabras aladas el uno al otro. El Cronida envió a Iris hacia Ilión sagrada: «Anda, ve, Iris veloz, deja tu asiento del Olimpo, anuncia al magnánimo Príamo dentro de Ilión que rescate a su hijo querido yendo a las naves de los aqueos, y lleve dones a Aquiles que calmen su corazón, solo, y que ningún otro varón de los troyanos vaya con él.

Que lo acompañe un heraldo de más edad, que guíe las mulas y el carro de buenas ruedas, y que también de vuelta llevar el cadáver de regreso a la ciudad, el que mató el divino Aquiles. Que no se preocupe por la muerte ni sienta ningún miedo en su corazón; tal guía le daremos, el Argifonte, que lo conducirá hasta ponerlo frente a Aquiles. Y cuando lo haya llevado dentro de la tienda de Aquiles, ni él mismo lo matará ni dejará que ningún otro lo haga; pues no es un insensato ni un descuidado ni un criminal, sino que con toda benevolencia respetará al hombre que viene como suplicante.»

Así habló, y se lanzó Iris de pies veloces como el viento a llevar el mensaje. Llegó a la casa de Príamo y encontró llantos y gemidos. Los hijos, sentados alrededor de su padre en el patio interior, empapaban sus ropas de lágrimas, y el anciano en medio de ellos envuelto en su manto, totalmente cubierto; y mucha suciedad había sobre la cabeza y el cuello del viejo, la que rodando por el suelo había recogido con sus propias manos. Las hijas por toda la casa y las nueras se lamentaban, recordando a los que eran muchos y valientes y que bajo las manos de los argivos yacían, sus vidas perdidas.

Se paró junto a Príamo la mensajera de Zeus y le habló con voz suave; y a él un temblor se apoderó de sus miembros: «Ten ánimo, Príamo hijo de Dárdano, no temas en tu corazón; porque yo no vengo aquí presagiándote ningún mal, sino con buenas intenciones; soy mensajera de Zeus para ti, que estando lejos se preocupa mucho por ti y te compadece. El Olímpico te ordena que rescates al divino Héctor, que lleves regalos a Aquiles, los que ablanden su corazón, solo, y que ningún otro hombre troyano vaya contigo.

Que te acompañe algún heraldo de más edad, que guíe las mulas y el carro de buenas ruedas, y que luego traiga de vuelta el cadáver a la ciudad, el que mató el divino Aquiles. Que no te preocupe la muerte ni sientas ningún miedo en tu corazón; tal guía irá contigo, el Argifonte, que te conducirá hasta ponerte frente a Aquiles. Y cuando te haya llevado dentro de la tienda de Aquiles, ni él mismo te matará ni dejará que ningún otro lo haga; pues no es un insensato ni un descuidado ni un criminal, sino que con toda benevolencia respetará al hombre que viene como suplicante.»

Así habló y se fue Iris de pies veloces, y él ordenó a sus hijos que prepararan el carro bien rodado tirado por mulas y que ataran sobre él la cesta de mimbre. Él mismo bajó a su fragante cámara de cedro, de alto techo, que guardaba muchos tesoros; y llamó a su esposa Hécuba y le habló: «Querida, desde el Olimpo me ha venido un mensajero de Zeus diciéndome que vaya a las naves de los aqueos para rescatar a mi querido hijo, que lleve regalos a Aquiles, los que ablanden su corazón.

Pero vamos, dime tú esto, qué te parece en tu mente; pues terriblemente mi fuerza y mi corazón me impulsan a ir allá, a las naves, a través del vasto campamento de los aqueos.» Así habló, y la mujer gimió y le respondió con estas palabras:

Parte3versos 201-300

«Ay de mí, ¿adónde se ha ido tu juicio, por el que antes eras famoso entre los extranjeros y entre los que gobiernas? ¿Cómo quieres ir solo a las naves de los aqueos, ante los ojos del hombre que te ha matado tantos y valientes hijos? De hierro es tu corazón. Pues si te atrapa y te ve con sus ojos, ese hombre salvaje e infiel, no te compadecerá ni sentirá respeto por ti. Ahora lloremos desde lejos, sentados en el palacio; porque así la Moira poderosa le hiló el destino cuando nació, cuando yo misma lo parí, saciar a los perros de rápidas patas lejos de sus padres, junto a un hombre violento, de quien yo quisiera clavar los dientes en el hígado y devorarlo; entonces quedarían vengadas las acciones contra mi hijo, pues no lo mató mientras se comportaba como cobarde, sino que estaba de pie ante troyanos y troyanas de profundos senos, sin pensar en huir ni en buscar refugio.»

Y a ella le respondió el anciano Príamo igual a los dioses: «No me detengas cuando quiero ir, ni seas tú misma ave de mal agüero en mi palacio; no me convencerás. Pues si algún otro de los mortales me lo hubiera ordenado, de esos que son adivinos, sacerdotes o inspectores de sacrificios, diríamos que es mentira y más bien nos apartaríamos; pero ahora, pues yo mismo oí a la diosa y la vi de frente, iré, y su palabra no será en vano. Y si es mi destino morir junto a las naves de los aqueos de túnicas de bronce, lo quiero así; que Aquiles me mate de inmediato después de haber abrazado a mi hijo, cuando haya saciado mi deseo de llorar.»

Así dijo, y abrió las hermosas tapas de los cofres; de allí sacó doce mantos muy hermosos, doce mantas sencillas, otras tantas alfombras, igual número de telas blancas, y sobre ellas otras tantas túnicas. Pesó y sacó diez talentos enteros de oro, y dos trípodes relucientes, cuatro calderos, y una copa muy hermosa que le dieron los tracios cuando fue allá en embajada, un gran tesoro; ni siquiera eso guardó en el palacio el anciano, pues deseaba con todo su corazón rescatar a su querido hijo.

A todos los troyanos los echó del pórtico increpándolos con palabras humillantes: «Fuera, miserables vergonzosos! ¿Acaso no tenéis lamentos en vuestras casas, que habéis venido a afligirme? ¿O no os basta que Zeus hijo de Cronos me haya dado dolores, perder al mejor de mis hijos? Pero vosotros también lo sabréis; pues mucho más fácil será para los aqueos mataros ahora que él ha muerto. Pero yo antes de ver con mis ojos la ciudad saqueada y destruida, bajaré a la casa de Hades.» Y con su bastón dispersó a los hombres; y ellos salieron afuera ante la prisa del anciano; y él gritó a sus propios hijos, reprochando a Heleno y a Paris y al divino Agatón, a Pammón y Antífono y a Polites de buen grito de guerra, a Deífobo y a Hipótoo y al divino Agaón; a estos nueve gritó el anciano y les ordenó: «Apresuraos, hijos despreciables, vergüenza mía; ojalá todos vosotros hubierais muerto en las rápidas naves en lugar de Héctor.

Ay de mí, el más desdichado, pues tuve hijos excelentes en la vasta Troya, y de ellos digo que ninguno queda, Méstor igual a los dioses y Tróilo amante de los caballos, y Héctor, que era como un dios entre los hombres, y no parecía ser hijo de un hombre mortal sino de un dios. A esos los destruyó Ares, y me han quedado todas estas vergüenzas, mentirosos y bailarines, los mejores en golpear el suelo con danzas, ladrones de corderos y cabritos del pueblo.

¿No vais a prepararme el carro de inmediato y a poner todas estas cosas sobre él, para que nos pongamos en camino?» Así habló, y ellos temiendo la reprimenda de su padre sacaron el carro de buenas ruedas tirado por mulas, hermoso, recién construido, y ataron sobre él la cesta de mimbre, y de la clavija descolgaron el yugo para las mulas, de boj, con asa, bien ajustado con anillas; y sacaron la correa del yugo junto con el yugo, de nueve codos. Y lo colocaron bien sobre el pulido timón, en el extremo delantero, y echaron la anilla sobre la clavija, y lo ataron tres veces a cada lado sobre el asa, y luego lo amarraron en línea recta y doblaron el extremo bajo la lengüeta.

Y de la cámara sacando y apilando sobre el carro pulido el inmenso rescate por la cabeza de Héctor, engancharon las mulas de fuertes cascos hábiles en el trabajo, las que una vez los misios dieron a Príamo como espléndido regalo. Y para Príamo trajeron bajo el yugo los caballos, que el anciano mismo criaba y cuidaba junto al pesebre pulido. Así los dos se enganchaban en el alto palacio, el heraldo y Príamo, con pensamientos cuidadosos en sus mentes; y se les acercó Hécuba con el corazón angustiado, llevando en la mano derecha vino dulce como la miel en una copa de oro, para que hicieran libación antes de partir; se paró delante de los caballos y les habló diciendo: «Toma, haz libación a Zeus padre, y ruega llegar de vuelta a casa desde los hombres enemigos, ya que tu corazón te impulsa a ir a las naves, aunque yo no lo quiero.

Pero entonces ruega tú al Cronida de negras nubes el Ideo, que vigila toda Troya, y pídele un presagio, un mensajero veloz, que para él mismo es la más querida de las aves y cuya fuerza es la mayor, a la derecha, para que tú mismo viéndolo con tus ojos confíes en él y vayas a las naves de los dánaos de rápidos caballos. Pero si Zeus de voz resonante no te envía su mensajero, yo entonces no te alentaría ni te lo ordenaría que fueras a las naves de los argivos por mucho que lo desees.» Y respondiéndole le dijo Príamo igual a los dioses: «Mujer, no desobedeceré esto que me pides.

Parte4versos 301-400

Bueno es levantar las manos a Zeus, por si se compadece.» Y el viejo mandó a la sirvienta encargada verter agua pura sobre sus manos; ella se acercó con la jofaina y la jarra entre las manos. Se lavó y tomó la copa de manos de su mujer; luego rezó de pie en medio del patio, derramó el vino mirando al cielo, y alzó la voz con estas palabras: «Zeus padre, que gobiernas desde el Ida, gloriosísimo, el más grande, haz que llegue ante Aquiles como amigo y digno de compasión, y envía un ave veloz como mensajero, la que más amas entre todas las aves, la de mayor poder, y que sea propicia, para que yo mismo la vea con mis ojos y, confiando en ella, vaya a las naves de los dánaos de rápidos caballos.»

Así habló rogando, y lo escuchó Zeus de las grandes mañas, y al punto lanzó un águila, la más perfecta de las aves, un cazador oscuro, al que llaman quebrantahuesos. Tan ancho como es el portón bien ajustado de la puerta de la alcoba abovedada de un hombre rico, así eran sus alas extendidas a cada lado; se les apareció volando hacia la derecha por encima de la ciudad; al verlo se alegraron, y el corazón se les alegró a todos en el pecho. Apresurándose, el viejo subió a su carro y salió del vestíbulo y del pórtico resonante.

Delante, las mulas tiraban del carro de cuatro ruedas, y las conducía el prudente Ideo; detrás iban los caballos, que el viejo arreaba con el látigo rápidamente por la ciudad; y todos sus allegados lo seguían lamentándose mucho, como si fuera a la muerte. Cuando bajaron de la ciudad y llegaron a la llanura, aquellos regresaron de vuelta a Ilión, los hijos y los yernos, pero no pasaron inadvertidos a Zeus de vasta mirada cuando aparecieron en la llanura; al ver al anciano se compadeció, y al punto le habló a Hermes, su hijo querido: «Hermes, porque a ti te gusta sobre todo acompañar a los hombres, y escuchas a quien tú quieres, anda, ve y conduce a Príamo hasta las cóncavas naves de los aqueos de tal modo que ninguno lo vea ni lo advierta de entre los demás dánaos, hasta que llegue al Pelida.»

Así habló, y no desobedeció el mensajero Argifonte. Al punto se ató bajo los pies las hermosas sandalias inmortales, doradas, que lo llevaban sobre el agua y sobre la tierra infinita tan rápido como el soplo del viento; tomó la vara con la que hechiza los ojos de los hombres, los que él quiere, y a otros en cambio los despierta del sueño; teniéndola en las manos voló el poderoso Argifonte. Pronto llegó a Troya y al Helesponto, y echó a andar con el aspecto de un joven príncipe, con el primer bozo, cuando la juventud es más hermosa.

Cuando pasaron junto a la gran tumba de Ilo, detuvieron las mulas y los caballos para que bebieran en el río; pues ya la oscuridad había caído sobre la tierra. El heraldo, al verlo de cerca, se dio cuenta de que era Hermes, y le habló a Príamo: «Piénsalo bien, hijo de Dárdano; ahora hace falta pensar con cuidado. Veo un hombre, y creo que pronto nos despedazarán. Vamos, huyamos con los caballos, o abramos sus rodillas y supliquemos por si se compadece.» Así habló, y la mente del anciano se turbó, y sintió un miedo terrible, los pelos se le pusieron de punta en los miembros retorcidos, y se quedó atónito; pero el Benéfico se acercó y tomando la mano del anciano le preguntó: «¿Adónde, padre, guías así los caballos y las mulas en la noche divina, cuando duermen los demás mortales?

¿No temes a los aqueos que respiran furia, que son tus enemigos hostiles y están cerca? Si alguno de ellos te viera en la rápida noche oscura llevando tantas riquezas, ¿qué pensarías entonces? Tú mismo no eres joven, y este que te acompaña es viejo para rechazar a un hombre si otro se enfurece primero. Pero yo no te haré ningún daño, y a otro te defendería de ti; me pareces a mi padre querido.» Le respondió entonces el anciano Príamo, semejante a un dios: «Sí, las cosas son así, hijo querido, como dices.

Pero alguno de los dioses aún extiende su mano sobre mí, pues me ha enviado un caminante a mi encuentro que es de buen augurio, como tú, por tu figura y hermosa presencia, sensato en tu mente, y de padres benditos has nacido.» Le respondió entonces el mensajero Argifonte: «Sí, todo eso lo has dicho bien, anciano, como debe ser. Pero vamos, dime esto y cuéntamelo con verdad: ¿Envías estos muchos y valiosos tesoros a hombres extranjeros para que te queden a salvo, o ya todos abandonáis la sagrada Ilión asustados?

Pues ha muerto un hombre tan excelente, tu hijo; no le faltaba nada en la lucha contra los aqueos.» Le respondió entonces el anciano Príamo, semejante a un dios: «¿Quién eres tú, el mejor, y de qué padres has nacido? Qué bien has hablado del destino de mi desdichado hijo.» Le respondió entonces el mensajero Argifonte: «Me pruebas, anciano, y me preguntas por el divino Héctor. A ese yo lo he visto muchas veces con mis ojos en la batalla donde los hombres ganan gloria, y también cuando acosó a los argivos contra las naves matándolos y destrozándolos con el bronce afilado; nosotros, de pie, nos quedábamos asombrados; pues Aquiles no nos dejaba combatir, enojado con el Atrida.

Yo soy su servidor, y la misma nave bien construida nos trajo; soy de los mirmidones, y mi padre es Políctor. Es rico, y ya viejo como tú, tiene seis hijos, y yo soy el séptimo; echamos suertes entre nosotros y me tocó venir aquí.

Parte5versos 401-500

Ahora he venido del campamento a la llanura; pues al amanecer los aqueos de ojos brillantes prepararán la batalla en torno a la ciudad. Se impacientan sentados aquí, y no pueden contenerlos en su afán de guerra los reyes de los aqueos.» Le respondió entonces el anciano Príamo, semejante a un dios: «Si de verdad eres servidor del Pelida Aquiles, vamos, dime toda la verdad, si mi hijo aún está junto a las naves, o si ya Aquiles lo ha cortado en pedazos y lo ha echado a los perros.»

Le respondió entonces el mensajero Argifonte: «Anciano, aún no se lo han comido los perros ni las aves, sino que todavía yace junto a la nave de Aquiles así como estaba, en las tiendas; ya es el duodécimo día que yace, y no se le pudre la piel, ni los gusanos se lo comen, esos que devoran a los hombres muertos en la guerra. Es cierto que lo arrastra alrededor de la tumba de su compañero querido sin cuidado, cada vez que aparece la aurora divina, pero no lo desfigura; te maravillarías si llegaras tú mismo y vieras cómo yace fresco como el rocío, lavada la sangre, sin ninguna mancha; todas las heridas se le han cerrado, todas las que recibió; pues muchos clavaron el bronce en él.

Así cuidan los dioses benditos a tu hijo aunque sea un cadáver, porque les era querido en el corazón.» Así habló, y el anciano se alegró, y le respondió: «Hijo, qué bueno es dar las ofrendas debidas a los inmortales, pues mi hijo, si es que existió, nunca olvidó en el palacio a los dioses que habitan el Olimpo; por eso se han acordado de él incluso en su destino de muerte. Pero vamos, acepta de mí esta hermosa copa, protégeme tú mismo, y condúceme con los dioses, hasta que llegue a la tienda del Pelida.»

Le respondió entonces el mensajero Argifonte: «Me pruebas, anciano, porque soy más joven, pero no me convencerás de que acepte tus regalos a espaldas de Aquiles. A él lo temo y lo respeto en mi corazón robarlo, no sea que después me sobrevenga algún mal. Pero yo te acompañaría como guía hasta llegar al ilustre Argos, cuidadosamente en nave veloz o a pie junto a ti; y nadie, despreciando a tu guía, te atacaría.» Y diciendo esto el Benéfico saltó al carro y enseguida tomó en sus manos el látigo y las riendas, e infundió un brío estupendo a los caballos y las mulas.

Cuando llegaron a las torres de las naves y a la fosa, los centinelas se ocupaban recién de la cena, pero el mensajero Argifonte derramó el sueño sobre todos ellos, y al punto abrió las puertas y quitó las trancas, e hizo entrar a Príamo y los espléndidos regalos del carro. Cuando llegaron a la tienda del Pelida, alta, que los mirmidones habían construido para su señor cortando vigas de abeto; y encima la techaron cortaron del prado un techo de juncos; construyeron en torno un gran patio para el señor con empalizada tupida; la puerta tenía una sola tranca de abeto, que tres aqueos empujaban para cerrar, y tres para abrir la gran barra de las puertas, tres de los otros; pero Aquiles la cerraba incluso solo.

Entonces Hermes el matador de Argos guio al anciano, lo condujo dentro con los espléndidos regalos para el Pelida de pies veloces, y bajó de los caballos a tierra y le dijo: «Anciano, yo soy un dios inmortal que ha venido, Hermes; mi padre me envió para acompañarte. Pero ahora volveré atrás, no entraré ante los ojos de Aquiles; sería reprochable que un dios inmortal favoreciera así abiertamente a los mortales. Tú entra, abraza las rodillas del Pelida, y suplícale por su padre y por su madre de hermosos cabellos y por su hijo, para que conmuevas su corazón.»

Así habló Hermes y partió hacia el alto Olimpo; Príamo saltó de los caballos a tierra, dejó allí a Ideo; este se quedó sujetando los caballos y las mulas; el anciano fue derecho a la casa donde se sentaba Aquiles, amado de Zeus; lo encontró dentro, sus compañeros estaban sentados aparte; solo dos, el héroe Automedonte y Álcimo, retoño de Ares, se afanaban junto a él; acababa de terminar de comer, de comer y beber; aún estaba allí la mesa. Pasó inadvertido al entrar el gran Príamo, se detuvo cerca y con sus manos abrazó las rodillas de Aquiles y besó sus manos, las manos terribles, asesinas, que a tantos hijos suyos habían matado.

Como cuando una densa desgracia se apodera de un hombre que en su patria ha matado a alguien y llega al pueblo de otros, a la casa de un hombre rico, y el asombro se apodera de quienes lo ven, así Aquiles se asombró al ver a Príamo semejante a un dios; se asombraron también los otros y se miraron entre sí. Y suplicando le dijo Príamo estas palabras: «Acuérdate de tu padre, Aquiles semejante a los dioses, de la misma edad que yo, en el umbral de la vejez funesta; y quizá también a él los que viven alrededor lo atormentan, y no hay nadie que aparte la ruina y la desgracia.

Pero al menos él, oyendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera todos los días ver a su hijo amado volviendo de Troya. Pero yo, desdichado del todo, porque engendré hijos excelentes en la vasta Troya, y de ellos ninguno, digo, me queda. Cincuenta hijos tenía cuando llegaron los hijos de los aqueos; diecinueve me nacieron del vientre de una sola, a los demás me los parieron otras mujeres en el palacio. De muchos de ellos el impetuoso Ares aflojó las rodillas; el que era mi único, el que protegía la ciudad y a ellos mismos, a ese lo mataste hace poco mientras defendía su patria,

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a Héctor; por él vengo ahora a las naves de los aqueos a rescatarlo de ti, y traigo inmensos rescates. Pero respeta a los dioses, Aquiles, y ten compasión de mí, acordándote de tu padre; yo soy más digno de compasión aún, he soportado lo que ningún otro mortal sobre la tierra, llevar a mi boca la mano del hombre que mató a mi hijo.» Así habló, y en él despertó el anhelo del llanto por su padre; tocándole la mano apartó suavemente al anciano.

Y los dos recordando, uno lloraba por Héctor matador de hombres abundantemente, desplomado ante los pies de Aquiles, y Aquiles lloraba por su padre, y luego otra vez por Patroclo; y el gemido se alzaba por la casa. Pero cuando el divino Aquiles se hartó del llanto y el deseo se le fue del pecho y de los miembros, al punto se levantó del trono, alzó al anciano tomándolo de la mano, compadecido de su cabeza blanca y su barba blanca, y hablándole le dirigió estas palabras aladas: «¡Ay, infeliz!

Muchos males has soportado en tu corazón. ¿Cómo te atreviste a venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos de un hombre que te mató tantos y tan buenos hijos? De hierro es tu corazón. Pero ven, siéntate ahora en este trono, y los dolores, aunque afligidos, dejémoslos reposar en el corazón; pues no hay provecho en el llanto helado. Así hilaron los dioses para los míseros mortales, vivir afligidos; ellos mismos están libres de penas. Dos tinajas están colocadas en el umbral de Zeus de los dones que él da, una de males, otra de bienes; a quien mezclando le da Zeus que se deleita en el trueno, unas veces se topa con el mal, otras con el bien; pero a quien le da solo de los males, lo hace ultrajado, y el hambre terrible lo arrastra por la tierra divina, y anda sin ser honrado ni por los dioses ni por los mortales.

Así también a Peleo los dioses le dieron espléndidos dones desde su nacimiento; pues a todos los hombres superaba en felicidad y riqueza, y reinaba sobre los mirmidones, y aunque era mortal le dieron por esposa a una diosa. Pero también a él le puso el dios un mal, que no tuvo en su palacio descendencia de hijos que gobernaran, sino que engendró un solo hijo de muerte temprana; y ni siquiera lo cuido en su vejez, ya que muy lejos de mi patria estoy sentado en Troya, afligiéndote a ti y a tus hijos.

Y también de ti, anciano, oímos que antes eras dichoso; cuanto abarca Lesbos, arriba sede de Mácar, por dentro, y Frigia por encima y el Helesponto inmenso, en eso a ti, anciano, dicen que destacabas en riqueza e hijos. Pero desde que te trajeron esta desgracia los dioses del cielo, siempre hay en torno a tu ciudad combates y matanzas de hombres. Resiste, no te lamentes sin cesar en tu corazón; pues nada lograrás afligiéndote por tu hijo, ni lo resucitarás, antes sufrirás otro mal.»

Le respondió entonces el anciano Príamo semejante a un dios: «No me hagas sentar en un trono, criado por Zeus, mientras Héctor yace en las tiendas sin cuidado, sino muy pronto libéralo para que lo vea con mis ojos; tú acepta los rescates, muchos, que te traemos. Disfrútalos, y vuelvas a tu tierra patria, ya que primero me dejaste vivir yo mismo y ver la luz del sol.» Mirándolo con el ceño fruncido le dijo Aquiles de pies veloces: «No me provoques más, anciano; pienso yo mismo liberar a Héctor para ti, de Zeus me vino un mensajero, mi madre, la que me parió, hija del anciano del mar.

Y te reconozco, Príamo, en mi mente, no se me oculta que alguno de los dioses te guió a las veloces naves de los aqueos. Pues no se atrevería un mortal a venir, aunque fuera muy joven, al campamento; ni burlaría a los guardias, ni fácilmente correría la tranca de nuestras puertas. Así que ahora no me revuelvas más el corazón en mis dolores, no sea que a ti, anciano, ni siquiera en las tiendas te deje estar aunque seas suplicante, y transgreda los mandatos de Zeus.»

Así habló, y el anciano tuvo miedo y obedeció sus palabras. El Pelida saltó fuera de la casa como un león, no solo, con él iban dos servidores, el héroe Automedonte y Álcimo, a quienes más honraba Aquiles de los compañeros después de que murió Patroclo. Ellos desuncieron entonces del yugo los caballos y las mulas, hicieron entrar al heraldo, el pregonero del anciano, y lo sentaron en un banco; de la carreta bien pulida sacaron los inmensos rescates por la cabeza de Héctor. Dejaron dos mantos y una túnica bien tejida para que envolviendo el cadáver lo diera para llevarlo a casa.

Llamó a las esclavas y mandó que lo lavaran y lo ungieran, después de llevarlo aparte, para que Príamo no viera a su hijo, no fuera que él con el corazón afligido no contuviera la ira al ver a su hijo, y se excitara el corazón de Aquiles y lo matara, y transgrediera los mandatos de Zeus. Después que las esclavas lo lavaron y ungieron con aceite, le pusieron encima un hermoso manto y una túnica, Aquiles mismo lo alzó y lo colocó sobre un lecho, y con él los compañeros lo alzaron sobre la carreta bien pulida.

Gimió entonces, e invocó por su nombre a su amigo querido: «No te enojes conmigo, Patroclo, si te enteras aun estando en el Hades de que liberé al divino Héctor a su padre amado, pues no me dio un rescate indigno. Y de esto también a ti te daré la parte que corresponde.» Dijo, y volvió a la tienda el divino Aquiles, se sentó en el sillón muy labrado del que se había levantado, junto a la pared opuesta, y le dijo a Príamo estas palabras: «Tu hijo ya está liberado, anciano, como ordenaste, yace en un lecho; al aparecer la aurora

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Lo verás con tus propios ojos cuando lo lleves; pero ahora pensemos en la cena. Hasta la bella Níobe de cabellos trenzados pensó en comer, ella a quien doce hijos le murieron en su palacio, seis hijas y seis hijos en flor de juventud. A ellos los mató Apolo con su arco de plata, enfurecido con Níobe, y a ellas Ártemis la arquera, porque se comparó con Leto de hermosas mejillas; decía que ella había dado a luz solo dos, mientras que ella misma había parido muchos; pero aquellos dos, siendo solo dos, los mataron a todos.

Nueve días yacieron en su sangre, y no había nadie que los enterrara, pues el hijo de Cronos había convertido al pueblo en piedra; pero al décimo día los enterraron los dioses del cielo. Y ella pensó en comer, cuando se cansó de derramar lágrimas. Ahora en algún lugar entre las rocas, en montañas solitarias, en Sípilo, donde dicen que están los lechos de las diosas ninfas, las que danzan junto al Aqueloo, allí, siendo piedra, rumia las penas que le dieron los dioses. Pero vamos, nosotros también, noble anciano, pensemos en comer; después podrás llorar de nuevo a tu hijo querido, cuando lo hayas llevado a Troya; muchas lágrimas te costará.»

Así dijo, y de un salto el veloz Aquiles degolló una oveja blanca; sus compañeros la desollaron y la prepararon con cuidado, la trocearon con pericia y ensartaron los pedazos en asadores, los asaron con esmero y retiraron todo del fuego. Automedonte tomó pan y lo distribuyó en la mesa en hermosas canastas; pero Aquiles repartió la carne. Ellos extendieron las manos hacia los alimentos preparados que tenían delante. Y cuando saciaron el deseo de comer y beber, entonces Príamo hijo de Dárdano se maravilló ante Aquiles, qué grande era y cómo lucía; pues parecía igual a los dioses; y Aquiles se maravilló ante Príamo hijo de Dárdano, contemplando su noble aspecto y escuchando sus palabras.

Pero cuando se saciaron de mirarse el uno al otro, el primero en hablar fue el anciano Príamo semejante a un dios: «Déjame acostarme ahora pronto, criado de Zeus, para que incluso ya podamos deleitarnos bajo el dulce sueño descansando; pues aún no se han cerrado mis ojos bajo mis párpados desde que mi hijo perdió la vida bajo tus manos, sino que siempre gimo y rumio incontables dolores, revolcándome en el estiércol del patio de mi casa. Ahora he probado por fin el pan y he dejado bajar por mi garganta el vino oscuro; antes no había probado nada.»

Así dijo, y Aquiles ordenó a sus compañeros y esclavas que pusieran camas bajo el pórtico y echaran hermosas mantas púrpuras, y que extendieran encima alfombras, y pusieran arriba mantos lanudos para cubrirse. Ellas salieron de la sala con antorchas en las manos, y rápidamente prepararon dos lechos con diligencia. Y con algo de sarcasmo le dijo el de pies veloces Aquiles: «Duerme afuera, anciano querido, no sea que alguno de los aqueos venga aquí como consejero, de esos que siempre vienen a consultarme sentados a mi lado, como es costumbre; si alguno de ellos te viera en la rápida noche negra, enseguida se lo diría a Agamenón pastor de pueblos, y podría haber demora en la devolución del cadáver.

Pero vamos, dime esto y cuéntamelo con exactitud, cuántos días deseas para honrar con funerales al divino Héctor, para que durante ese tiempo yo mismo permanezca quieto y contenga al ejército.» Y le respondió entonces el anciano Príamo semejante a un dios: «Si de verdad quieres que cumpla los funerales del divino Héctor, haciendo esto, Aquiles, me harías un favor. Sabes que estamos encerrados en la ciudad, y lejos está la leña para traer del monte, y los troyanos tienen mucho miedo. Nueve días lo lloraríamos en el palacio, al décimo lo enterraríamos y el pueblo haría el banquete, al undécimo levantaríamos un túmulo sobre él, y al duodécimo lucharíamos, si es necesario.»

Y le respondió de nuevo el de pies veloces divino Aquiles: «Esto también será, anciano Príamo, como tú ordenas; detendré la guerra durante todo el tiempo que me pides.» Así habló, y tomó al anciano por la muñeca de la mano derecha, para que no sintiera ningún temor en su corazón. Así que allí mismo en el vestíbulo de la casa se acostaron, el heraldo y Príamo, con pensamientos prudentes en sus mentes, pero Aquiles durmió en el fondo de la sólida cabaña; y junto a él se acostó Briseida de hermosas mejillas.

Los demás dioses y hombres guerreros durmieron toda la noche, vencidos por el dulce sueño; pero el sueño no venció a Hermes el benéfico, que cavilaba en su mente cómo hacer salir al rey Príamo de las naves sin que lo vieran los sagrados guardianes de las puertas. Se detuvo sobre su cabeza y le dirigió estas palabras: «Anciano, no te importa nada el peligro, cómo sigues durmiendo entre hombres enemigos, ya que Aquiles te dejó vivir. Y ahora has rescatado a tu hijo querido, y diste mucho por él; pero por ti vivo tus hijos darían tres veces más rescate, los que dejaste atrás, si Agamenón el Atrida te reconoce, y te reconocen todos los aqueos.»

Así habló, y el anciano se asustó, y despertó al heraldo. Y Hermes les unció los caballos y las mulas, y él mismo los condujo rápidamente por el campamento, y nadie se dio cuenta. Pero cuando llegaron al vado del río de hermosa corriente, el Janto de remolinos, que engendró Zeus inmortal, Hermes entonces se marchó hacia el alto Olimpo, y la Aurora de azafrán se extendía sobre toda la tierra, y ellos condujeron hacia la ciudad con lamentos y gemidos los caballos, y las mulas llevaban el cadáver.

Ningún otro se dio cuenta antes, ni hombre ni mujer de hermosa cintura, sino Casandra, semejante a la dorada Afrodita, que subió a Pérgamo y divisó a su padre querido

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de pie en el carro, y al heraldo pregonero de la ciudad; y vio a aquel tendido en el lecho sobre las mulas; entonces gritó lamentándose y su voz resonó por toda la ciudad: «Venid a ver, troyanos y troyanas, a Héctor que regresa, si alguna vez os alegrasteis cuando volvía vivo de la batalla, pues era gran alegría para la ciudad y para todo el pueblo.» Así habló, y nadie quedó allí en la ciudad, ni hombre ni mujer; a todos les sobrevino un dolor incontenible; cerca de las puertas se encontraron con el que traía el cadáver.

Las primeras, su esposa querida y su venerable madre, se mesaron los cabellos, corriendo hacia el carro de buenas ruedas, tocándole la cabeza; y alrededor la multitud lloraba de pie. Y habrían llorado y gemido por Héctor todo el día hasta la puesta del sol ante las puertas, si el anciano no hubiera hablado al pueblo desde el carro: «Dejadme pasar con las mulas; después os saciaréis de lamentos, cuando lo haya llevado a casa.» Así habló, y ellos se apartaron y dejaron pasar el carro.

Y cuando lo llevaron al ilustre palacio, lo colocaron en un lecho labrado, y sentaron junto a él a cantores que entonaran los lamentos fúnebres, quienes cantaban un canto doliente; ellos entonaban los trenos, y las mujeres gemían con ellos. Y entre ellas Andrómaca de blancos brazos comenzó el lamento, sosteniendo entre sus manos la cabeza de Héctor matador de hombres: «Esposo, has muerto joven en la vida, y a mí viuda me dejas en el palacio; y el niño aún es muy pequeño, el que engendramos tú y yo, desdichados, y no creo que llegue a la juventud; pues antes esta ciudad será arrasada hasta los cimientos; porque has muerto tú, su guardián, el que la protegía, y cuidabas de las esposas fieles y los niños pequeños, que pronto serán llevados en las cóncavas naves, y yo entre ellas; y tú, hijo mío, o bien conmigo vendrás, donde harás trabajos indignos, penando bajo un amo despiadado, o alguno de los aqueos te arrojará de la mano desde la torre, muerte horrible, furioso porque Héctor mató a su hermano, o a su padre, o incluso a su hijo, pues muchos de los aqueos mordieron con los dientes el vasto suelo en las manos de Héctor.

Pues tu padre no era suave en la terrible batalla; por eso el pueblo lo llora por toda la ciudad, y has dejado a tus padres lamento insoportable y dolor, Héctor; pero a mí sobre todo me quedarán dolores crueles. Pues al morir no me tendiste los brazos desde el lecho, ni me dijiste ninguna palabra sincera, que siempre pudiera recordar noches y días derramando lágrimas.» Así habló llorando, y las mujeres gemían con ella. Y entre ellas Hécuba comenzó el agudo lamento: «Héctor, el más querido a mi corazón de todos mis hijos, ciertamente mientras vivías eras querido por los dioses; y ellos cuidaron de ti incluso en tu destino de muerte.

A otros hijos míos el de pies veloces Aquiles los vendía, cuando los capturaba, al otro lado del mar inagotable, a Samos, a Imbros y a la neblinosa Lemnos; pero a ti, después de arrancarte la vida con el bronce afilado, una y otra vez te arrastraba alrededor de la tumba de su compañero, Patroclo, a quien mataste; pero ni así lo resucitó. Ahora yaces en mi palacio fresco y recién muerto, igual que aquel a quien Apolo el del arco de plata abate al visitarlo con sus suaves flechas.»

Así habló llorando, y despertó un lamento inconsolable. Después Helena comenzó en tercer lugar el lamento: «Héctor, el más querido para mi corazón de todos mis cuñados, mi esposo es Alejandro de figura divina, quien me trajo a Troya; ojalá hubiera muerto antes. Ya es ahora para mí el vigésimo año desde que partí de allí y dejé mi patria; pero nunca escuché de ti una mala palabra ni un reproche; sino que si algún otro me increpaba en el palacio, alguno de mis cuñados o cuñadas o de las nueras de buenos velos, o mi suegra —pues mi suegro fue siempre bondadoso como un padre—, tú con tus palabras lo apaciguabas y lo contenías, con tu dulzura de ánimo y tus dulces palabras.

Por eso te lloro a ti y a mí misma, desgraciada, con el corazón afligido; pues ya no hay nadie más para mí en la vasta Troya que sea bondadoso o amigo, todos me miran con horror.» Así habló llorando, y el pueblo inmenso gimió con ella. Entonces el anciano Príamo habló al pueblo: «Traed ahora, troyanos, leña a la ciudad, y no temáis en vuestro corazón ninguna emboscada de los argivos; pues Aquiles, al enviarme, me ordenó desde las negras naves que no nos dañaría hasta que llegue la duodécima aurora.»

Así habló, y ellos uncieron bueyes y mulas a los carros y rápidamente después se reunieron frente a la ciudad. Durante nueve días acarrearon madera inagotable; pero cuando apareció la décima aurora que trae luz a los mortales, entonces sacaron al valiente Héctor derramando lágrimas, pusieron el cadáver en lo alto de la pira y le prendieron fuego. Cuando apareció la Aurora de temprano nacer, la de dedos rosados, entonces el pueblo se congregó alrededor de la pira del ilustre Héctor. Y después que se reunieron y estuvieron juntos, primero apagaron la hoguera con vino brillante toda, hasta donde había alcanzado la fuerza del fuego; y después recogieron los huesos blancos sus hermanos y compañeros, llorando, y ardientes lágrimas les corrían por las mejillas.

Los pusieron en una urna de oro después de recogerlos, cubriéndolos con suaves velos púrpuras. Rápidamente la colocaron en una fosa hueca, y encima la cubrieron con grandes piedras bien ajustadas; velozmente amontonaron el túmulo, y por todas partes se sentaron vigías, no fueran a atacar antes los aqueos de buenas grebas.

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Después de amontonar el túmulo regresaron; y entonces reunidos celebraron un banquete espléndido en el palacio de Príamo, rey criado por Zeus. Así celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos.

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