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Canto XIII

La Ilíada · Homero · 42 min de lectura

Parte1versos 1-100

Zeus, después de acercar a los troyanos y a Héctor hasta las naves, los dejó allí para que siguieran sufriendo fatiga y miseria sin descanso, y él mismo volvió sus ojos brillantes a otra parte, mirando a lo lejos la tierra de los tracios criadores de caballos, de los misios que luchan cuerpo a cuerpo y de los nobles hippemolgos bebedores de leche, y de los abios, los más justos de los hombres. Hacia Troya ya no volvía del todo sus ojos brillantes; pues no esperaba en su corazón que ninguno de los inmortales fuera a ayudar a troyanos o a dánaos.

Pero no miraba a ciegas el poderoso sacudidor de la tierra; pues él estaba sentado admirando la guerra y la batalla en lo alto de la cumbre más elevada de la Samos cubierta de bosques, la de Tracia; desde allí se veía todo el Ida, se veía la ciudad de Príamo y las naves de los aqueos. Allí se sentó él después de salir del mar, y compadecía a los aqueos que eran dominados por los troyanos, y contra Zeus sentía terrible indignación. Al instante bajó del monte escarpado caminando con pasos veloces; temblaban los altos montes y el bosque bajo los pies inmortales de Poseidón que avanzaba.

Tres veces dio una zancada, y a la cuarta llegó a su destino, Egas, donde tiene su espléndido palacio en las profundidades del lago, dorado, resplandeciente, construido para siempre imperecedero. Allí llegó y unció bajo el carro a los caballos de pies de bronce, veloces en el vuelo, adornados con crines de oro, y él mismo se vistió de oro el cuerpo, y tomó el látigo dorado, bien fabricado, y montó en su carro, y se lanzó a conducir sobre las olas; y jugaban debajo de él las bestias marinas por todas partes saliendo de las profundidades, y no ignoraban a su señor; con alegría el mar se abría; y ellos volaban muy veloces, y el eje de bronce no se mojaba por debajo; y lo llevaron hacia las naves de los aqueos los caballos de ágiles saltos.

Hay una cueva ancha en las profundidades del lago hondo, a mitad de camino entre Ténedos e Imbros escarpada; allí detuvo los caballos Poseidón sacudidor de la tierra, después de desuncirlos del carro, y ante ellos echó alimento ambrosio para que comieran; y alrededor de sus pies echó cadenas de oro, inquebrantables, que no se sueltan, para que allí esperaran firmes el regreso de su señor; y él marchó hacia el ejército de los aqueos. Los troyanos como fuego o como torbellino apiñados seguían a Héctor hijo de Príamo incansables en su ardor, rugiendo, gritando; y esperaban tomar las naves de los aqueos y matar allí mismo a todos los mejores.

Pero Poseidón que sostiene la tierra, sacudidor del suelo, animaba a los argivos después de salir del mar hondo, tomando el aspecto y la voz infatigable de Calcas; a los dos Ayantes habló primero, que ya estaban ardientes: «Ayantes, vosotros dos salvaréis al pueblo aqueo acordándoos del valor, y no del pánico helado. En otros sitios yo no temo las manos invencibles de los troyanos, que han cruzado la gran muralla en masa; pues los resistirán todos los aqueos de buenas grebas; pero ahí sí temo terriblemente que suframos algo, donde ese loco como fuego guía el ataque, Héctor, que se jacta de ser hijo de Zeus poderoso.

Ojalá alguno de los dioses pusiera en vuestro corazón manteneros firmes vosotros mismos y ordenar a los demás; así podríais rechazarlo de las naves de rápido curso, aunque lo incite el propio Olímpico, por furioso que esté.» Habló, y con su cetro el sacudidor de la tierra, sacudidor del suelo, a ambos llenó de fuerza poderosa, y les aflojó los miembros, los pies y las manos por encima. Y él mismo como halcón de alas veloces se alzó volando, que desde una roca escarpada y elevada se lanza a través de la llanura persiguiendo otra ave, así se alejó de ellos Poseidón sacudidor de la tierra.

De los dos lo reconoció primero el rápido Áyax hijo de Oileo, y enseguida dijo a Áyax hijo de Telamón: «Áyax, puesto que alguno de los dioses que habitan el Olimpo, tomando la forma de un adivino, nos ordena combatir junto a las naves, y no es Calcas el intérprete de presagios, el augur; pues las huellas de sus pies y de sus piernas reconocí fácilmente al alejarse; reconocibles son los dioses. Y también a mí mismo el corazón en mi pecho se lanza más a guerrear y combatir, y se agitan debajo los pies y las manos por encima.»

Le respondió entonces Áyax hijo de Telamón: «Así ahora también a mí las manos invencibles alrededor de la lanza se agitan, y en mí la furia ha despertado, y debajo con los pies me lanzo con ambos; y deseo incluso solo pelear con Héctor hijo de Príamo que arde incansable.» Así ellos se decían tales cosas el uno al otro, alegres por el gozo de batalla que el dios les puso en el corazón; y mientras tanto el sacudidor de la tierra animaba a los aqueos de atrás, los que junto a las veloces naves reanimaban su corazón.

A ellos al mismo tiempo el agotador cansancio les aflojaba los miembros, y el dolor les crecía en el corazón al ver a los troyanos, que habían cruzado la gran muralla en masa. Mirándolos ellos, de sus ojos corrían las lágrimas; pues no creían escapar de la desgracia; pero el sacudidor de la tierra fácilmente yendo entre ellos animaba las falanges poderosas. A Teucro fue primero y a Léito exhortando, y al héroe Peneleo y a Toante y a Deípiro y a Meriones y a Antíloco, maestros del grito de guerra; a ellos exhortando les dirigió palabras aladas: «Vergüenza, argivos, guerreros jóvenes; yo confío en vosotros que combatís para salvar nuestras naves; pero si os retiráis de la batalla funesta, ahora mismo se ve el día en que seremos vencidos por los troyanos. Oh dioses, qué gran prodigio veo con mis ojos, terrible, que yo nunca pensé que se cumpliría,

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que los troyanos llegaran a nuestras naves, ellos que antes se parecían a ciervos en fuga, que por el bosque son presa de chacales, panteras y lobos, vagando sin fuerzas, sin ningún valor para la lucha; así los troyanos antes el ímpetu y las manos de los aqueos no querían enfrentar, ni un poco. Ahora lejos de la ciudad combaten junto a las cóncavas naves por la cobardía del jefe y el descuido de las tropas, que en disputa con él no quieren defender las naves de rápido curso, sino que son matados junto a ellas.

Pero aunque sea del todo cierto que es culpable el héroe Atrida de vasto poder Agamenón, porque deshonró al veloz hijo de Peleo, a nosotros de ningún modo nos está permitido retirarnos de la batalla. Remediémoslo pronto; remediables son los corazones de los nobles. Y vosotros ya no está bien que abandonéis el valor impetuoso, siendo todos los mejores en el ejército. Y yo no combatiría con un hombre que se retira de la guerra siendo débil; pero de vosotros me indigno en el corazón.

Oh inútiles, pronto causaréis un mal mayor con este descuido; pero cada uno ponga en su mente vergüenza e indignación; pues una gran lucha ha estallado. Héctor de poderoso grito de guerra combate junto a las naves, violento, ha roto las puertas y la larga barra.» Así exhortando el sacudidor de la tierra animaba a los aqueos. Y alrededor de los dos Ayantes se formaron falanges poderosas, que ni Ares podría menospreciar al encontrarlas, ni Atenea conductora de ejércitos; pues los mejores elegidos esperaban a los troyanos y al divino Héctor, cerrando lanza con lanza, escudo con escudo abombado; escudo apretaba contra escudo, casco contra casco, hombre contra hombre; se tocaban los cascos de crines de caballo con sus brillantes penachos al inclinarse, tan apretados estaban unos junto a otros; las lanzas se entrelazaban desde las manos audaces al agitarse; y ellos miraban al frente, ansiaban combatir.

Los troyanos embistieron apiñados, y los guiaba Héctor recto en su ardor, como roca que rueda desde un precipicio, que un río crecido por la lluvia empuja desde lo alto, rompiendo con torrente tremendo los apoyos de la roca descarada; saltando alto vuela, resuena debajo de ella el bosque; y corre segura sin detenerse, hasta que llega a terreno llano, y entonces ya no rueda por impetuosa que sea; así Héctor hasta entonces amenazaba llegar hasta el mar atravesando fácilmente las tiendas y naves de los aqueos matando; pero cuando chocó con las falanges compactas se detuvo clavado en el sitio; y enfrente los hijos de los aqueos hiriéndolo con espadas y lanzas de doble filo lo empujaron lejos de ellos; y él retrocediendo trastabilló.

Y gritó muy fuerte a los troyanos con potente voz: «Troyanos y licios y dárdanos que lucháis cuerpo a cuerpo, Aguardad: no me van a detener mucho tiempo los aqueos, aunque se hayan apostado muy sólidos como una muralla, creo que van a retroceder bajo mi lanza, si es verdad que me impulsó el más poderoso de los dioses, el esposo retumbante de Hera. Así habló, y encendió el ánimo y el corazón de cada uno. Deífobo entre ellos avanzaba con gran orgullo, el hijo de Príamo, sosteniendo ante sí su escudo redondo, caminando ligero sobre sus pies, protegiéndose con el escudo.

Meriones le apuntó con la lanza reluciente y le alcanzó, no erró el golpe, en el escudo redondo de piel de toro: pero no lo atravesó, antes bien se quebró en el cuello la larga lanza; y Deífobo apartó de sí el escudo de piel de toro, pues temió en su corazón la lanza de Meriones, sabio en la batalla; pero el héroe retrocedió hacia el grupo de sus compañeros, y se enfureció terriblemente por ambas cosas, por la victoria y por la lanza que quebró.

Y se marchó a lo largo de las tiendas y las naves de los aqueos a buscar la larga lanza que había dejado en su tienda. Los otros seguían combatiendo, y el clamor inextinguible se alzaba. Teucro Telamonio fue el primero en matar a un hombre, a Imbrio el lancero, hijo de Mentor rico en caballos; vivía en Pédeo antes de que llegaran los hijos de los aqueos, y tenía por mujer a Medesicasté, hija bastarda de Príamo; pero cuando llegaron las naves de doble banco de los dánaos, regresó a Ilión, y sobresalía entre los troyanos, y vivía junto a Príamo; y este lo honraba como a sus propios hijos.

A él el hijo de Telamón lo hirió bajo la oreja con la larga lanza y le arrancó la lanza; y cayó como un fresno, que en la cima de un monte visible desde lejos cortado por el bronce arroja al tierno suelo sus hojas; así cayó, y en torno a él resonaron sus armas labradas en bronce. Teucro se lanzó ansioso por quitarle las armas; y Héctor le arrojó, cuando se lanzaba, la brillante lanza. Pero él, viéndola de frente, esquivó por poco la lanza de bronce; y alcanzó a Anfímaco, hijo de Cteato Actórida, que marchaba al combate, y le clavó la lanza en el pecho; cayó con estruendo, y las armas resonaron sobre él.

Héctor se lanzó a arrancar el casco ajustado a las sienes de la cabeza del magnánimo Anfímaco; y Áyax se lanzó contra Héctor que se abalanzaba con la brillante lanza; pero no tocó su carne en ningún punto, pues estaba todo cubierto de bronce terrible; pero le alcanzó el ombligo del escudo, y lo empujó con gran fuerza; y retrocedió de ambos cadáveres, y los aqueos los arrastraron fuera. A Anfímaco lo llevaron entonces el divino Estico y Menesteo, jefes de los atenienses, de regreso al ejército aqueo; e Imbrio lo llevaron los dos Áyax, ávidos de impetuoso valor, como dos leones que han arrebatado una cabra de entre perros de afilados dientes y la llevan a través de espesa maleza, sosteniéndola en alto sobre el suelo entre sus mandíbulas,

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así los dos Áyax armados lo alzaron en alto y lo despojaron de sus armas; y la cabeza del blando cuello la cortó el hijo de Oileo, enfurecido por Anfímaco, y la arrojó haciéndola girar como una pelota a través del tumulto; y cayó en el polvo delante de los pies de Héctor. Y entonces Poseidón se enfureció en su corazón porque su nieto había caído en la terrible batalla, y se marchó a lo largo de las tiendas y las naves de los aqueos exhortando a los dánaos, y preparando penas para los troyanos.

E Idomeneo famoso por su lanza se encontró con él, viniendo de donde estaba un compañero, que recién del combate había llegado herido en la rodilla por el agudo bronce. Sus compañeros lo trajeron, y él, habiendo dado instrucciones a los médicos, iba hacia su tienda; pues aún deseaba el combate enfrentarse; y le habló el poderoso sacudidor de tierra, adoptando la voz de Toante, hijo de Andraimón, que en toda Pleurón y en la escarpada Calidón gobernaba a los etolios, y era honrado como un dios por el pueblo; «Idomeneo consejero de los cretenses, ¿dónde están las amenazas que los hijos de los aqueos profirieron contra los troyanos?»

Y a su vez le respondió Idomeneo jefe de los cretenses: «Oh Toante, ningún hombre ahora es culpable, según yo sé; pues todos sabemos combatir. Ni el temor detiene a nadie ni nadie por cobardía cediendo rehúye la cruel guerra; sino que de algún modo así debe de ser grato al prepotente Cronión, que los aqueos perezcan sin nombre aquí lejos de Argos. Pero Toante, tú también antes eras firme en el combate, y exhortas también a otros dondequiera que veas a alguno aflojarse; así que ahora no ceses, y da voces a cada guerrero.»

Y le respondió entonces Poseidón sacudidor de tierra: «Idomeneo, que aquel hombre no regrese ya jamás de Troya, sino que aquí se convierta en festín de perros, cualquiera que en este día voluntariamente afloje en el combate. Pero vamos, toma tus armas y ven; esto es lo que hace falta, apresurarnos, a ver si podemos servir de algo aunque seamos solo dos. La fuerza se multiplica en hombres unidos, incluso en los más débiles, y nosotros sabríamos luchar también contra los buenos.» Así habló, y el dios de nuevo se internó en la batalla de los hombres; e Idomeneo cuando llegó a su bien construida tienda se vistió sus hermosas armas en torno al cuerpo, y tomó dos lanzas, y se puso en marcha semejante al relámpago, que Cronión toma en su mano y agita desde el resplandeciente Olimpo, mostrando un signo a los mortales; y sus rayos son deslumbrantes; así brillaba el bronce en torno a su pecho mientras corría.

Y Meriones su buen escudero lo encontró todavía cerca de la tienda; pues iba en busca de una lanza de bronce para traerla; y le habló el fuerte Idomeneo: «Meriones, hijo de Molo de pies veloces, el más querido de mis compañeros, ¿por qué has venido dejando el combate y la batalla? ¿Acaso estás herido, y te atormenta la punta de un dardo, o has venido a buscarme con algún mensaje? Pues yo mismo no deseo quedarme sentado en las tiendas, sino combatir.» Y le respondió a su vez Meriones juicioso: «Idomeneo, consejero de los cretenses vestidos de bronce, vengo por si te queda alguna lanza en las tiendas, para llevármela; pues he quebrado la que antes tenía, al golpear el escudo de Deífobo el arrogante.»

Y a su vez le respondió Idomeneo jefe de los cretenses: «Lanzas, si quieres, encontrarás una y hasta veinte de pie en mi tienda junto a las brillantes paredes, troyanas, que le quito a los que mato; pues no creo que combata manteniéndome lejos de los guerreros enemigos. Por eso tengo lanzas y escudos con ombligo y cascos y corazas que relucen brillantes.» Y le respondió a su vez Meriones juicioso: «También yo tengo junto a mi tienda y mi negra nave muchos despojos de troyanos; pero no están cerca para tomarlos.

Pues tampoco creo que yo me haya olvidado del valor, sino que entre los primeros en la batalla portadora de gloria me paro, cuando se desata la lucha del combate. Quizá a algún otro de los aqueos vestidos de bronce se le escape que combato, pero tú creo que lo sabes.» Y a su vez le respondió Idomeneo, jefe de los cretenses: «Conozco cuál es tu valor; ¿por qué hace falta decir esto? Pues si ahora junto a las naves se eligiera a todos los mejores para una emboscada, donde más se revela el valor de los hombres, allí es donde se hace manifiesto quién es cobarde y quién valiente; pues del cobarde la piel cambia de color a cada instante, y su ánimo no se controla para permanecer quieto en su pecho, sino que se agacha y se posa sobre uno y otro pie, y en su pecho el corazón late con fuerza presintiendo las parcas de muerte, y rechinan sus dientes; pero del valiente ni cambia de color la piel ni se aterra demasiado, cuando por primera vez se sienta en la emboscada de hombres, sino que ruega poder mezclarse cuanto antes en la cruel batalla; allí nadie podría censurar tu ánimo ni tus brazos.

Pues si fueras herido trabajando o golpeado, no en la nuca por detrás te caería el proyectil ni en la espalda, sino que te alcanzaría el pecho o el vientre mientras te lanzas hacia adelante en medio del tumulto de los combatientes de vanguardia. Pero vamos, no hablemos más de esto como niños de pie aquí parados, no sea que alguien se enoje excesivamente; sino que tú ve a la tienda y toma una lanza poderosa.» Así habló, y Meriones semejante al veloz Ares rápidamente tomó de la tienda la lanza de bronce, y se fue tras Idomeneo, ansioso de guerra.

Como el asesino de mortales Ares marcha al combate, y con él Fobos su querido hijo, fuerte e intrépido, lo sigue, el que aterroriza incluso al guerrero más arrojado;

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Aquellos dos se armaban, ya fuera entre los tracios y los efireos, o entre los magnánimos fléguias; pero a ninguno de los dos escuchaban, sino que daban la gloria a los otros: así Meriones e Idomeneo, caudillos de hombres, iban a la guerra revestidos con el bronce reluciente. Y Meriones le habló primero, diciéndole: «Hijo de Deucalión, ¿por dónde piensas entrar en la batalla? ¿Por la derecha de todo el ejército, o por el centro, o por la izquierda? Porque en ningún lado, creo, están tan faltos de combate los aqueos de larga cabellera.»

Y en respuesta le habló Idomeneo, el jefe de los cretenses: «En el centro de las naves hay otros que las defienden, los dos Ayantes y Teucro, que es el mejor de los aqueos en el arco, y también bueno en el combate cuerpo a cuerpo; ellos van a hostigar hasta hartarlo, aunque esté ardiendo en la batalla, a Héctor Priámida, por muy fuerte que sea. Le será muy difícil, aunque ansíe pelear, vencer el ímpetu y las manos invencibles de esos y prender fuego a las naves, a menos que el propio Cronida arroje una antorcha encendida sobre las naves veloces.

No retrocedería el gran Ayante Telamonio ante un hombre que sea mortal y coma el grano de Deméter y pueda ser quebrado por el bronce y las grandes piedras. Ni siquiera a Aquiles, el rompedor de guerreros, le cedería en el combate cuerpo a cuerpo; en velocidad de pies, claro, no hay quien compita. Pero nosotros vayamos así hacia la izquierda del ejército, para que pronto sepamos si le daremos gloria a alguien, o si alguien nos la da a nosotros.» Así habló, y Meriones, igual al veloz Ares, lo condujo hasta que llegaron al lugar del ejército que le indicaba.

Cuando vieron a Idomeneo, semejante al fuego en su fuerza, a él y a su escudero con sus armas labradas, gritaron todos a través de la multitud y se lanzaron sobre él; y se desató la lucha de todos juntos junto a las popas de las naves. Como cuando bajo los vientos agudos se precipitan las ráfagas en un día en que el polvo es más espeso a lo largo de los caminos, y levantan todos juntos una gran nube de polvo, así se juntó para ellos la batalla, y en sus corazones ansiaban matarse unos a otros en la multitud con el bronce afilado.

Se erizó la batalla destructora de hombres con las lanzas largas que llevaban, desgarradoras de carne; y los ojos quedaban ciegos por el brillo del bronce que relumbraba desde los cascos y las corazas recién bruñidas y los escudos resplandecientes cuando avanzaban todos juntos; muy intrépido tendría que ser quien entonces se alegrara al ver ese trabajo y no sintiera angustia. Los dos hijos poderosos de Crono, con pensamientos opuestos, preparaban amargos dolores para los hombres heroicos. Zeus quería la victoria para los troyanos y para Héctor, honrando a Aquiles de pies veloces; pero de ningún modo quería que el pueblo aqueo pereciera del todo ante Ilión, sino que honraba a Tetis y a su hijo de corazón fuerte.

Y Poseidón incitaba a los argivos yendo entre ellos, saliendo en secreto del mar gris; pues se dolía de verlos derrotados por los troyanos, y estaba furiosamente indignado con Zeus. Ambos tenían el mismo linaje y la misma patria, pero Zeus había nacido antes y sabía más. Por eso evitaba ayudarlos abiertamente, pero siempre los animaba en secreto por el ejército, parecido a un hombre. Esos dos, de la lucha poderosa y de la guerra igualada, tensaron la cuerda sobre ambos bandos, irrompible e indissoluble, que aflojó las rodillas de muchos.

Allí Idomeneo, aunque ya de edad madura, tras exhortar a los dánaos, se lanzó contra los troyanos y sembró el pánico. Mató a Otrioneo, que vivía en Cabesio, el cual había venido recientemente a causa de la fama de la guerra, y pedía a la más hermosa de las hijas de Príamo, Casandra, sin dote, y prometía una gran hazaña: echar de Troya a la fuerza a los hijos de los aqueos. El anciano Príamo se lo prometió y asintió con la cabeza, que se la daría; y él luchaba confiando en esas promesas.

Idomeneo apuntó contra él con la lanza resplandeciente y le dio cuando avanzaba a grandes pasos; no lo protegió la coraza de bronce que llevaba, sino que lo clavó en medio del vientre. Cayó con estruendo; y el otro se jactó y le gritó: «Otrioneo, te elogio más que a ninguno de los mortales, si es verdad que cumplirás todo lo que prometiste al Dardánida Príamo; y él te prometió a su hija. También nosotros te prometemos estas cosas y las cumpliremos, y te daríamos a la más hermosa de las hijas del Atrida, trayéndola desde Argos para que te cases, si con nosotros saqueas la ciudad bien habitada de Ilión.

Pero ven, para que junto a las naves surcadoras del mar acordemos sobre la boda, pues no somos malos como dadores de dote.» Así diciendo, lo arrastró de un pie por la violenta batalla el héroe Idomeneo; pero Asio vino en su defensa a pie, delante de sus caballos; y estos, resoplándole en los hombros, los tenía siempre su escudero auriga; y él deseaba en su ánimo herir a Idomeneo; pero este se le adelantó y le lanzó la pica, dándole en la garganta bajo la barbilla, y el bronce atravesó del todo.

Cayó como cae una encina o un álamo blanco, o un pino esbelto, que en las montañas los carpinteros talan con hachas recién afiladas para ser madera de nave; así quedó tendido delante de los caballos y el carro, bramando, agarrando el polvo ensangrentado. A su auriga se le salió el juicio que antes tenía, y no se atrevió a escapar de las manos de los enemigos haciendo girar los caballos, y Antíloco, firme en la batalla, lo atravesó por el medio con la lanza, dándole; no lo protegió la coraza de bronce que llevaba, sino que lo clavó en medio del vientre. Y él, jadeando, cayó del carro bien hecho, y a los caballos Antíloco, hijo del magnánimo Néstor,

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los condujo desde los troyanos hacia los aqueos de buenas grebas. Deífobo se acercó mucho a Idomeneo, afligido por Asio, y le arrojó la lanza resplandeciente. Pero él, viéndola venir de frente, esquivó la pica de bronce, Idomeneo; pues se escondió bajo el escudo perfectamente redondo, que llevaba hecho de pieles de buey y bronce reluciente, convexo, ajustado con dos barras; se encogió del todo bajo él, y la pica de bronce pasó por encima, y el escudo resonó secamente al rozarla la lanza; pero no se fue en vano de la pesada mano, sino que alcanzó a Hipsenor Hipásida, pastor de pueblos, en el hígado, bajo el diafragma, y al instante le aflojó las rodillas.

Deífobo se jactó terriblemente, gritando con voz fuerte: «¡No yace sin venganza Asio, sino que afirmo que, aun yendo a la casa de Hades, el portero poderoso, se alegrará en su corazón, pues le he dado un acompañante!» Así habló, y a los argivos les vino dolor por su jactancia, y a Antíloco de ánimo sabio sobre todo le revolvió el corazón; pero ni siquiera afligido se olvidó de su compañero, sino que corrió y lo cubrió rodeándolo con su escudo. Entonces dos fieles compañeros se agacharon bajo él, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor, y lo llevaron hacia las naves huecas, gimiendo con fuerza.

Idomeneo no aflojaba su gran ímpetu, sino que siempre ansiaba cubrir a alguno de los troyanos con la noche tenebrosa, o él mismo caer rechazando la ruina de los aqueos. Allí al querido hijo de Esíetes criado por Zeus, el héroe Alcátoo, que era yerno de Anquises, y se había casado con la mayor de sus hijas, Hipodamía, a la que amó de corazón su padre y su noble madre en el palacio; pues a todos los de su edad superaba en belleza, en trabajos y en sensatez; por eso también se casó con ella el hombre más distinguido en la vasta Troya; a ese entonces lo sometió Poseidón bajo Idomeneo, hechizándole los ojos brillantes y trabándole los miembros espléndidos; pues no podía huir hacia atrás ni esquivarlo, sino que, como una columna o un árbol de alto follaje, estaba quieto, inmóvil; en el pecho, en medio, lo hirió con la lanza el héroe Idomeneo, y le rompió alrededor la coraza de bronce, que antes lo protegía de la muerte en el cuerpo; pero entonces resonó secamente al quebrarse por la lanza.

Cayó con estruendo, y la pica estaba clavada en el corazón, que al palpitar hacía vibrar el extremo de la lanza; allí entonces soltó su fuerza el violento Ares; Idomeneo se jactó terriblemente, gritando con voz fuerte: «¡Deífobo! ¿Acaso lo consideramos un trato justo que se maten tres por uno? ¡Puesto que tú te jactas así! ¡Extraño! Ven tú mismo y enfréntate a mí, para que veas qué clase de descendiente de Zeus ha llegado aquí, el que primero engendró a Minos como protector de Creta; Minos engendró a su vez a un hijo intachable, Deucalión, y Deucalión me engendró a mí, señor de muchos hombres en la vasta Creta; y ahora las naves me han traído aquí para ser tu desgracia y la de tu padre y la de los demás troyanos.»

Así habló, y Deífobo quedó dividido en su mente si retrocediendo debía buscar como compañero a alguno de los magnánimos troyanos o si debía intentarlo solo. Y mientras lo pensaba le pareció mejor ir hacia Eneas: lo encontró en la retaguardia de la multitud de pie; pues siempre guardaba rencor contra el divino Príamo porque, siendo valiente entre los hombres, no lo honraba en nada. Y acercándose le dirigió estas palabras aladas: «Eneas, consejero de los troyanos, ahora es muy necesario que defiendas a tu cuñado, si es que algún afecto te alcanza.

Pero ven, defendamos a Alcátoo, que en otro tiempo, siendo tu cuñado, te crió en su casa cuando eras pequeño; y a él el ilustre lancero Idomeneo lo ha matado.» Así habló, y le removió el corazón en el pecho, y marchó contra Idomeneo con gran ardor de combate. Pero a Idomeneo no lo atrapó el miedo como a un niño mimado, sino que aguardó, como cuando un jabalí en las montañas confiado en su fuerza espera al tumulto de muchos hombres que se le acerca en un lugar solitario, y se le eriza el lomo; y sus ojos brillan con fuego, y afila los colmillos, ansioso por rechazar a perros y hombres: así aguardó Idomeneo el ilustre lancero, y no retrocedió ante Eneas que venía en su ayuda; y llamó a sus compañeros, mirando a Ascálafo y a Afareo y a Deípiro y a Meriones y a Antíloco, maestros del grito de guerra; y animándolos les dirigió estas palabras aladas: «Venid, amigos, y defendedme a mí que estoy solo; temo terriblemente a Eneas de pies veloces, que viene contra mí, que es muy fuerte en la batalla para matar hombres; y tiene además la flor de la juventud, que es el mayor poder.

Ojalá tuviéramos la misma edad con este ánimo, pronto obtendría él la gran victoria, o la obtendría yo.» Así habló, y todos ellos con un solo ánimo en el corazón se colocaron cerca, apoyando los escudos en los hombros. Y Eneas por el otro lado llamó a sus compañeros, mirando a Deífobo y a Paris y al divino Agenor, que eran sus caudillos entre los troyanos; y después los guerreros los seguían, como cuando tras el macho cabrío siguen las ovejas a beber desde el pasto; y se alegra en su corazón el pastor: así se alegró el corazón de Eneas en el pecho al ver la multitud de guerreros que lo seguía.

Y ellos se lanzaron unos contra otros en torno a Alcátoo cuerpo a cuerpo con sus largas lanzas; y el bronce en torno a sus pechos resonó terriblemente al atacarse por la multitud unos a otros; y dos hombres guerreros por encima de los demás, Eneas e Idomeneo, iguales a Ares,

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deseaban desgarrarse la carne mutuamente con el bronce despiadado. Y Eneas fue el primero en arrojar la lanza contra Idomeneo; pero este, viéndolo de frente, esquivó la lanza de bronce, y la punta de Eneas temblando contra el suelo se hundió, pues en vano había saltado de su robusta mano. E Idomeneo hirió entonces a Enómao en medio del vientre, rompió la placa de la coraza, y el bronce a través de los intestinos penetró; y él cayó en el polvo y agarró la tierra con su puño.

E Idomeneo arrancó del cadáver la lanza de larga sombra, pero ya no pudo arrancar las demás bellas armas de sus hombros; pues era acosado por los proyectiles. Porque ya no eran firmes los miembros de sus pies para lanzarse, ni para saltar tras su lanza ni para esquivar. Por eso en combate a pie rechazaba el día despiadado, pero ya no lo llevaban sus pies ágilmente fuera de la batalla. Y mientras se retiraba paso a paso lo atacó con su lanza brillante Deífobo; pues siempre mantenía contra él un odio constante.

Pero aun entonces erró, y con la lanza hirió a Ascálafo, hijo de Enialio; a través del hombro la poderosa lanza penetró; y él cayó en el polvo y agarró la tierra con su puño. Y todavía no se había enterado el poderoso y de gran voz Ares de que su hijo había caído en la violenta refriega, sino que estaba en la cumbre del Olimpo bajo las nubes doradas sentado, retenido por la voluntad de Zeus, donde también los demás dioses inmortales estaban apartados de la guerra.

Y ellos se lanzaron unos contra otros en torno a Ascálafo cuerpo a cuerpo; Deífobo arrancó de Ascálafo el casco brillante, pero Meriones, igual al veloz Ares, saltando lo golpeó con la lanza en el brazo, y de su mano el casco de crin cayó al suelo resonando. Y Meriones saltando de nuevo como un buitre, arrancó del brazo superior la poderosa lanza, y se retiró de vuelta al grupo de sus compañeros. Y a él Polites, su propio hermano, rodeándolo con los brazos por la cintura, lo sacó de la batalla estruendosa, hasta que alcanzó los caballos veloces, que atrás de la batalla y del combate estaban con el auriga y el carro decorado; ellos lo llevaron hacia la ciudad gimiendo profundamente, agobiado; y la sangre le corría de la mano recién herida.

Y los demás seguían luchando, y un grito incesante se alzaba. Entonces Eneas atacando a Afareo hijo de Calétor lo hirió en la garganta vuelta hacia él con su lanza aguda; se inclinó hacia un lado su cabeza, y sobre él cayó el escudo y el casco, y la muerte que arrebata el alma se derramó en torno a él. Y Antíloco, espiando a Toante cuando se volvía, lo hirió saltando sobre él, y le cortó toda la vena que corriendo por la espalda llega hasta el cuello; esa la cortó entera; y él boca arriba en el polvo cayó, extendiendo ambas manos hacia sus queridos compañeros.

Y Antíloco se lanzó, y arrancaba las armas de sus hombros mirando alrededor; y los troyanos de todas partes en círculo golpeaban el escudo ancho y resplandeciente, pero no podían rasgar por dentro la tierna piel con el bronce despiadado de Antíloco; pues Poseidón el que sacude la tierra protegía al hijo de Néstor incluso entre muchos proyectiles. Pues nunca estaba lejos de los enemigos, sino que entre ellos mismos giraba; y su lanza no se quedaba quieta, sino que siempre vibraba agitándose; y apuntaba en su mente ya para lanzarla contra alguien, ya para atacar de cerca.

Pero no pasó inadvertido a Adamante, apuntando por la multitud, hijo de Asio, que lo hirió en medio del escudo con el bronce agudo lanzándose de cerca; pero le debilitó la punta Poseidón de oscura cabellera, celoso de su vida. Y una parte se quedó allí como un tizón quemado por el fuego en el escudo de Antíloco, y la otra mitad yacía en tierra; y él se retiró hacia el grupo de sus compañeros evitando la muerte; pero Meriones persiguiéndolo mientras se iba lo hirió con la lanza entre los genitales y el ombligo, donde más se vuelve doloroso Ares para los desdichados mortales.

Allí le clavó la lanza; y él aferrándose a la lanza se convulsionaba como cuando un toro que en las montañas los boyeros atan con lazos contra su voluntad por la fuerza y lo arrastran; así él herido se convulsionaba por un rato, no mucho tiempo, hasta que el héroe Meriones acercándose arrancó la lanza de su carne; y la oscuridad cubrió sus ojos. Y Heleno golpeó a Deípiro en la sien de cerca con una espada tracia grande, y le arrancó el casco. Este desviado cayó al suelo, y alguno de los aqueos que luchaba lo recogió rodando entre los pies; y a él la noche tenebrosa cubrió sus ojos.

Y el dolor se apoderó del Atrida Menelao de buen grito de guerra; y marchó amenazando al héroe soberano Heleno blandiendo su lanza aguda; y él tensaba el arco. Y entonces los dos al mismo tiempo, uno con la lanza puntiaguda se disponía a lanzar, el otro con la flecha desde la cuerda. El Priámida entonces le dio en el pecho con la flecha en la placa de la coraza, pero rebotó la amarga flecha. Como cuando desde un amplio bieldo por una gran era saltan habas negras o garbanzos bajo el soplo agudo y el impulso del aventador, así de la coraza del glorioso Menelao desviada lejos voló la amarga flecha.

Y el Atrida Menelao de buen grito de guerra en la mano, la hirió con que sostenía el arco bien pulido; y a través del arco de lado a lado por la mano penetró la lanza de bronce. Y él se retiró hacia el grupo de sus compañeros evitando la muerte dejando colgar la mano; y arrastraba la lanza de fresno. Y la lanza el magnánimo Agenor se la sacó de la mano, y la mano misma se la vendó con lana bien trenzada de oveja, en una honda, que su escudero llevaba para el pastor de pueblos.

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Pisandro fue derecho hacia Menelao ilustre, pero el mal destino de su muerte lo conducía a su fin para que cayera bajo ti, Menelao, en el terrible combate. Y cuando estuvieron cerca uno de otro al avanzar, el Atrida falló y su lanza se desvió, pero Pisandro alcanzó el escudo de Menelao ilustre con su lanza, mas no logró que el bronce atravesara: el ancho escudo lo detuvo y la lanza se rompió en el mango. Aun así se alegró en su ánimo y confió en la victoria.

Pero el Atrida, sacando su espada con clavos de plata, saltó sobre Pisandro; y este tomó de debajo del escudo su hermosa hacha de bronce con mango de olivo, largo y bien pulido; y a la vez se encontraron. Pisandro golpeó la cresta del yelmo de crines de caballo justo bajo el penacho, pero el otro al avanzar lo hirió en la frente sobre el puente de la nariz; crujieron los huesos y sus dos ojos cayeron sangrientos al suelo en el polvo junto a sus pies.

Se desplomó y se retorció; Menelao pisándole el pecho le arrancó las armas y gritó triunfante: «Así dejarán ustedes las naves de los dánaos de rápidos caballos, troyanos arrogantes, insaciables del terrible grito de guerra, no escasos de otra afrenta y deshonra con la que me ofendieron, perras miserables, sin que sus corazones temieran la terrible ira de Zeus que truena fuerte, protector de huéspedes, que algún día destruirá su alta ciudad; ustedes que se llevaron a mi legítima esposa y muchas riquezas sin razón, después de ser recibidos con hospitalidad en su casa; y ahora de nuevo se empeñan en las naves que surcan el mar en arrojar fuego destructor y matar a los héroes aqueos.

Pero en algún momento se detendrán, aunque ansiosos de guerra. Zeus padre, dicen que tú sobrepasas en juicio a todos, hombres y dioses, y que todo esto viene de ti: ¡cómo favoreces a hombres violentos, a los troyanos, cuya fuerza es siempre insolente y no pueden saciarse de la violencia de la guerra igualadora! Hay saciedad de todo, del sueño y del amor, del canto dulce y de la danza impecable, cosas de las que uno desearía tener más provecho que de la guerra; pero los troyanos son insaciables de combate.»

Así habló, y las armas sangrientas del cuerpo las arrancó Menelao irreprochable y las dio a sus compañeros, y él mismo volvió de nuevo y se mezcló con los que luchaban al frente. Entonces saltó sobre él el hijo del rey Pílémenes, Harpálión, que seguía a su querido padre a la guerra hacia Troya, y nunca más regresó a su tierra paterna; ese golpeó con su lanza el escudo del Atrida en el centro de cerca, pero no logró que el bronce atravesara; retrocedió hacia el grupo de sus compañeros evitando la muerte, mirando en todas direcciones para que nadie hiriera su carne con el bronce.

Pero Meriones le lanzó una flecha de bronce cuando se retiraba, y le dio en la nalga derecha; la flecha atravesó de lado a lado por debajo del hueso hasta la vejiga. Se sentó allí mismo en brazos de sus queridos compañeros exhalando su vida, como un gusano sobre la tierra yacía extendido; brotó sangre negra y empapó la tierra. Los paflagonios de gran corazón se afanaron en torno a él, lo subieron a un carro y lo llevaron hacia la sagrada Ilión llorando; y su padre iba con ellos derramando lágrimas, pero no hubo compensación por el hijo muerto.

Paris se enfureció en su corazón por el que había sido muerto; pues había sido su huésped entre los muchos paflagonios; irritado por él lanzó una flecha de bronce. Había un tal Euquénor, hijo del adivino Poliido, rico y noble, que habitaba en Corinto, que subió a la nave sabiendo bien su negro destino; porque muchas veces le había dicho el anciano noble Poliido que moriría por cruel enfermedad en sus palacios o iría con las naves de los aqueos y caería bajo los troyanos; así evitaba a la vez la pesada multa de los aqueos y la enfermedad odiosa, para no sufrir dolores en su corazón.

Le dio bajo la mandíbula y la oreja; rápido su aliento salió de sus miembros y la odiosa oscuridad lo envolvió. Así ellos combatían con la apariencia de fuego ardiente; pero Héctor, querido de Zeus, no se enteraba ni sabía nada de que a la izquierda de las naves su gente estaba siendo destruida por los argivos, y pronto la gloria sería de los aqueos; pues de tal modo el que sacude la tierra, el que agita el suelo, incitaba a los argivos y los defendía con su propia fuerza; pero él se mantenía donde al principio había saltado las puertas y el muro, rompiendo las apretadas filas de los dánaos portadores de escudos, donde estaban las naves de Áyax y Protesilao varadas en la orilla del mar gris, y por encima el muro estaba construido más bajo, y allí sobre todo eran feroces en la batalla ellos mismos y sus caballos.

Allí los beocios y los jonios de túnicas flotantes, los locrios, los ftiotas y los ilustres epeos, con esfuerzo contenían su embestida contra las naves, pero no podían apartar de ellos al divino Héctor semejante a una llama, los atenienses escogidos; y entre ellos mandaba Menesteo hijo de Peteo, y lo seguían Fidas y Estichio y el noble Bías; de los epeos Meges hijo de Fílide, y Anfión y Dracios, y al frente de los ftiotas Medonte de firme ánimo y Podarces. Uno era hijo bastardo del divino Oileo, Medonte, hermano de Áyax; pero vivía en Fílace lejos de su tierra paterna por matar a un hombre, hermano de su madrastra Eriopide, que tenía Oileo; el otro era hijo de Ificlo, hijo de Fílaco. Ellos armados al frente de los ftiotas de gran corazón luchaban defendiendo las naves junto a los beocios.

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Y Áyax, el rápido hijo de Oileo, no se apartaba del Áyax Telamonio ni un poco, sino como en el barbecho dos bueyes de color vino tiran del arado sólido con igual ímpetu en sus corazones; alrededor de ellos en la base de sus cuernos brota copioso sudor; solo el yugo bien pulido los separa mientras avanzan por el surco; el arado corta hasta el lindero del campo: así ellos dos se mantenían muy juntos uno junto al otro. Ciertamente al Telamonio muchos y valientes compañeros lo seguían, que recibían su escudo cuando el cansancio y el sudor llegaban a sus rodillas.

Pero al Oiliada de gran corazón no lo seguían los locrios; pues no les complacía el corazón mantenerse firmes en combate cerrado; no tenían yelmos de bronce con crines de caballo, ni escudos circulares ni lanzas de fresno, sino que con arcos y hondas de lana bien trenzada habían venido a Ilión confiando en ellos, con los que luego disparando sin cesar rompían las falanges de los troyanos; entonces unos al frente con sus armas labradas combatían contra los troyanos y contra Héctor de yelmo de bronce, otros por detrás lanzaban ocultos; y no pensaban en la batalla los troyanos, pues las flechas los confundían.

Entonces miserablemente de las naves y las tiendas los troyanos habrían retrocedido hacia la ventosa Ilión, si Polidamante no hubiera hablado acercándose al audaz Héctor: «Héctor, es imposible persuadirte con consejos. Porque un dios te dio las obras de guerra por encima de otros, por eso también en el consejo quieres sobresalir sobre los demás; pero de ningún modo podrás tomarlo todo tú solo para ti. A uno el dios le dio las obras de guerra, a otro la danza, a otro la cítara y el canto, a otro Zeus de amplia voz pone en el pecho juicio excelente, del cual muchos hombres se benefician, y salva a muchos, y él mismo lo sabe mejor que nadie.

Pero yo diré lo que me parece mejor: por todas partes a tu alrededor arde una corona de guerra; los troyanos de gran corazón después de cruzar el muro, unos se mantienen apartados con sus armas, otros combaten los menos contra los más, dispersos entre las naves. Pero retrocede y llama aquí a todos los mejores; entonces podríamos considerar bien todo el plan, si lanzarnos sobre las naves de muchos bancos, si el dios quiere darnos el poder, o si luego regresar desde las naves ilesos.

Pues yo temo que los aqueos nos hagan pagar la deuda de ayer, ya que junto a las naves aguarda un hombre insaciable de guerra que no creo que se abstendrá por completo del combate.» Así habló Polidamante, y su palabra le agradó a Héctor por ser prudente; enseguida saltó del carro al suelo con sus armas y hablándole le dirigió estas palabras aladas: «Polidamante, tú retenlos aquí a todos los mejores, yo iré hacia allá y haré frente a la batalla; volveré enseguida cuando les haya dado bien las órdenes.»

Así habló, y se lanzó semejante a una montaña de nieve, gritando, y voló entre troyanos y aliados. Ellos se precipitaron todos hacia Polidamante, el hijo de Pántoo, noble guerrero, cuando oyeron la voz de Héctor. Pero él buscaba a Deífobo y a la fuerza del señor Héleno y a Adamas hijo de Asio y a Asio hijo de Hirtaco, yendo entre los combatientes de primera fila, a ver si los encontraba. Pero no los halló del todo ilesos ni vivos: unos yacían junto a las naves de popa de los aqueos, bajo las manos de los argivos, habiendo perdido la vida, otros estaban dentro de la muralla, heridos por lanzas o golpeados.

Pero pronto encontró en el flanco izquierdo de la batalla lacrimosa al divino Alejandro, esposo de Helena de hermosa cabellera, que animaba a sus compañeros y los incitaba a combatir, y plantándose cerca le habló con palabras afrentosas: «Mal París, de hermosa apariencia, loco por mujeres, embaucador, ¿dónde están Deífobo y la fuerza del señor Héleno y Adamas hijo de Asio y Asio hijo de Hirtaco? ¿Dónde está Otrioneo? Ahora se derrumba desde lo alto toda la escarpada Ilión; ahora tu ruina abrupta es segura.»

Y le respondió a su vez Alejandro, semejante a un dios: «Héctor, ya que tu ánimo quiere acusar a quien no tiene culpa, en otro momento quizá estaré más dispuesto a apartarme del combate, pues ni siquiera a mí me parió mi madre del todo cobarde; desde que junto a las naves despertaste la batalla de los compañeros, desde entonces aquí presentes combatimos con los dánaos sin cesar; los compañeros que preguntas han caído muertos. Solo Deífobo y la fuerza del señor Héleno se han ido, ambos heridos con largas lanzas en la mano; pero el Cronida les apartó la muerte.

Ahora guíanos hacia donde tu corazón y tu ánimo te ordenen; nosotros te seguiremos con ardor, y no creo que falte coraje, en cuanto haya fuerzas. Más allá de las fuerzas no es posible combatir, por muy ansioso que uno esté.» Así hablando el héroe persuadió el ánimo de su hermano; y echaron a andar hacia donde más encarnizada era la lucha y el combate, en torno a Cebriones y al irreprochable Polidamante y Falces y Orteo y al divino Polifetes y Palmes y Ascanio y Moro, hijos de Hipotión, que habían llegado de Ascania de rica tierra como refuerzos al alba del día anterior; y entonces Zeus los incitó a combatir.

Y ellos avanzaban como la ráfaga de vientos violentos que bajo el trueno del padre Zeus se lanza a tierra y con estruendo prodigioso se mezcla con el mar, y en él muchas olas espumeantes del mar de profundo bramido, curvadas, resplandecientes, unas delante, otras detrás; así los troyanos, unos delante, otros detrás,

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refulgiendo con el bronce, seguían a sus jefes. Héctor iba al frente, igual a Ares exterminador de hombres, el hijo de Príamo; delante sostenía su escudo parejo en todos lados, denso de pieles de buey, y sobre él mucho bronce había sido claveteado; en torno a sus sienes se agitaba el brillante casco. Por todas partes tanteaba las falanges, avanzando, a ver si le cedían al avanzar él bajo su escudo; pero no quebró el ánimo en los pechos de los aqueos. Áyax fue el primero en retarlo, dando grandes pasos: «Infeliz, acércate; ¿por qué así espantas en vano a los argivos?

No somos en absoluto inexpertos en la batalla, sino que los aqueos fuimos domeñados por el mal látigo de Zeus. Seguramente tu ánimo espera arrasar las naves; pero también nosotros tenemos manos para defendernos. Mucho antes será destruida vuestra ciudad bien habitada, tomada y saqueada por nuestras manos. Y te digo que a ti mismo se acerca el momento en que huyendo rogarás a Zeus padre y a los demás inmortales que tus caballos de hermosas crines sean más veloces que halcones, y te lleven a la ciudad levantando polvo por la llanura.»

Mientras así hablaba, voló a su derecha un ave, un águila de alto vuelo; y gritó el ejército aqueo alentado por el presagio; le respondió el brillante Héctor: «Áyax, torpe de palabra, palurdo, ¿qué has dicho? Si yo fuera hijo del portador de la égida, Zeus, todos los días, y me hubiera parido la soberana Hera, y fuera honrado como lo son Atenea y Apolo, así como este día trae desgracia a todos los argivos por igual, también tú entre ellos serás aniquilado, si te atreves a aguardar mi larga lanza, que tu delicada piel desgarrará; y hartarás a los perros troyanos y a las aves de grasa y de carne, cayendo junto a las naves de los aqueos.»

Así habló y se puso al frente; y ellos le siguieron con griterío prodigioso, y el ejército gritaba detrás. Los argivos por su parte clamaron al otro lado, y no olvidaron su valor, sino que aguardaron el avance de los mejores troyanos. Y el clamor de ambos bandos llegó al éter y a los rayos de Zeus.

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