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Canto I

La Ilíada · Homero · 30 min de lectura

Parte1versos 1-100

Canta, diosa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, la cólera maldita que trajo mil dolores a los aqueos, arrojó al Hades muchas almas valientes de héroes, y sus cuerpos los dejó como presa para los perros y para todas las aves: y se cumplía la voluntad de Zeus, desde que por primera vez se separaron disputando el Atrida, señor de hombres, y el divino Aquiles. ¿Cuál de los dioses los empujó a enfrentarse en la discordia? El hijo de Leto y de Zeus: él, encolerizado contra el rey, desató sobre el ejército una plaga terrible, y morían las tropas, porque el Atrida había deshonrado al sacerdote Crises, que había venido a las rápidas naves de los aqueos a rescatar a su hija, trayendo un rescate inmenso, llevando en las manos las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, sobre un cetro de oro, y suplicaba a todos los aqueos, pero sobre todo a los dos Atridas, jefes de las tropas: «Atridas y demás aqueos de hermosas grebas, que los dioses que habitan las moradas del Olimpo os concedan destruir la ciudad de Príamo y regresar bien a casa; pero liberad a mi hija querida, aceptad el rescate, respetando al hijo de Zeus, Apolo, el que hiere de lejos.»

Entonces todos los demás aqueos aclamaron respetar al sacerdote y aceptar el espléndido rescate; pero no le agradó al corazón de Agamenón Atrida, sino que lo despidió con malos modos y le lanzó una orden terrible: «Que no te encuentre yo, viejo, junto a las cóncavas naves ni ahora demorándote ni volviendo después, no sea que no te valgan el cetro y las ínfulas del dios; a ella no la liberaré: antes la alcanzará la vejez en nuestra casa en Argos, lejos de su patria, yendo y viniendo al telar y compartiendo mi lecho; ahora vete, no me provoques, para que llegues más salvo.»

Así habló; el viejo sintió miedo y obedeció sus palabras; echó a andar en silencio por la orilla del mar resonante; y después, alejándose mucho, rogaba el anciano al señor Apolo, al que parió Leto de hermosa cabellera: «Óyeme, portador del arco de plata, tú que proteges Crisa y la sagrada Cila y gobiernas con fuerza Ténedos, Esminteo, si alguna vez te techó un templo que te complació, o si alguna vez quemé para ti gordos muslos de toros y cabras, cúmpleme este deseo: que los dánaos paguen mis lágrimas con tus flechas.»

Así habló en su plegaria, y lo escuchó Febo Apolo, y bajó de las cumbres del Olimpo encolerizado en su corazón, llevando a los hombros el arco y el carcaj cerrado por ambos lados; resonaron las flechas sobre los hombros del dios encolerizados al moverse él; y avanzaba parecido a la noche; luego se sentó lejos de las naves y soltó una flecha; terrible fue el ruido que surgió del arco de plata; primero atacó a las mulas y a los perros veloces, pero después, disparando contra los hombres mismos sus afiladas flechas, los acertaba; y sin cesar ardían apretadas las piras de cadáveres.

Durante nueve días los proyectiles del dios recorrieron el ejército, y al décimo convocó Aquiles a la tropa a asamblea; se lo puso en la mente la diosa Hera de blancos brazos: se inquietaba por los dánaos, porque los veía morir; y ellos, cuando se reunieron y estuvieron congregados, entonces levantándose habló entre ellos Aquiles de pies veloces: «Atrida, creo ahora que vamos a volver errantes de nuevo, si es que escapamos a la muerte, si es que juntos van a doblegar a los aqueos la guerra y la peste; pero vamos, consultemos a algún adivino o sacerdote, o también a un intérprete de sueños, pues el sueño también viene de Zeus, que nos diga por qué se ha irritado tanto Febo Apolo, si acaso nos reprocha un voto o una hecatombe, por si quiere recibir el humo de corderos y cabras perfectas y así está dispuesto a apartarnos la peste.»

Así habló y se sentó; entonces se levantó ante ellos Calcante, hijo de Téstor, el mejor con mucho de los adivinos de aves, que conocía lo que es, lo que será y lo que fue antes, y que había guiado las naves de los aqueos hacia Ilión por su arte de adivino, que le dio Febo Apolo; él, con buena intención, les habló y les dijo: «Oh Aquiles, querido de Zeus, me ordenas que hable de la cólera de Apolo, el señor que hiere de lejos; entonces yo hablaré; pero prométeme y júrame que de verdad me protegerás con tus palabras y con tus manos; pues creo que voy a irritar a un hombre que tiene gran poder sobre todos los argivos y al que obedecen los aqueos; más fuerte es un rey cuando se encoleriza contra un hombre inferior; pues aunque trague su cólera ese mismo día, sin embargo luego guarda el rencor hasta que lo cumple en su pecho; tú piensa si me vas a salvar.»

Y respondiéndole dijo Aquiles de pies veloces: «Habla con confianza, di el oráculo que conoces; pues no, por Apolo querido de Zeus, al que tú, Calcante, invocas cuando revelas oráculos a los dánaos, nadie mientras yo viva y vea la luz sobre la tierra pondrá sus pesadas manos sobre ti junto a las cóncavas naves de todos los dánaos, ni aunque digas a Agamenón, que ahora se jacta de ser el mejor con mucho de los aqueos.» Y entonces se animó y habló el irreprochable adivino: «No nos reprocha un voto ni una hecatombe, sino por el sacerdote, al que deshonró Agamenón, pues no liberó a su hija ni aceptó el rescate; por eso nos ha dado dolores el que hiere de lejos y aún dará más, y no apartará de los dánaos la horrible peste antes de que devuelvan a su padre querido la joven de ojos vivaces sin precio ni rescate, y lleven una sagrada hecatombe a Crisa; entonces quizá, aplacándolo, lo convenzamos.»

Parte2versos 101-200

Así habló y se sentó; entonces se levantó ante ellos el héroe Atrida, Agamenón de vasto poder, afligido; su ánimo se le llenaba por completo de una enorme furia, y sus ojos parecían fuego resplandeciente; a Calcante primero, mirándolo con odio, se dirigió: «Adivino de males, nunca me has dicho nada favorable; siempre te es querido en el corazón profetizar lo malo, y bueno jamás has dicho ni cumplido palabra alguna; y ahora entre los dánaos profetizas y proclamas que por esto el que hiere de lejos les causa dolores, porque yo no quise aceptar el espléndido rescate por la joven Criseida, ya que mucho prefiero tenerla en casa; pues la antepongo incluso a Clitemnestra, mi esposa legítima, ya que no le es inferior, ni en figura ni en estatura, ni en inteligencia ni en habilidades.

Pero aun así estoy dispuesto a devolverla si es mejor; quiero que el pueblo se salve y no que perezca; pero preparadme enseguida un botín para que no sea yo el único de los argivos sin recompensa, ya que no es justo; pues todos veis cómo mi botín va a otra parte.» Y le respondió entonces el divino Aquiles de pies veloces: «Atrida gloriosísimo, el más ávido de riquezas de todos, ¿cómo te darán un botín los magnánimos aqueos? No sabemos que haya en ningún sitio un gran tesoro común; lo que saqueamos de las ciudades se ha repartido, y no es conveniente volver a pedirle a la gente que lo reúna.

Pero tú devuelve ahora esta joven al dios; y nosotros los aqueos te compensaremos tres y cuatro veces, si alguna vez Zeus nos concede destruir la bien amurallada ciudad de Troya.» Y respondiéndole le dijo el poderoso Agamenón: «No trates así, por bueno que seas, Aquiles igual a los dioses, de engañarme con astucia, porque no me vas a vencer ni me convencerás. ¿Acaso quieres, para que tú tengas tu botín, que yo en cambio me quede así privado, y me ordenas devolver a esta?

Pero si me dan un botín los magnánimos aqueos ajustándolo según mi gusto de modo que sea equivalente; y si no me lo dan, yo mismo iré a tomar el tuyo o el de Áyax o el de Odiseo, me lo llevaré; y se enfurecerá aquel a quien yo vaya. Pero bueno, ya pensaremos en esto más adelante, ahora vamos, echemos una negra nave al mar divino, reunamos remeros adecuadamente, coloquemos en ella una hecatombe y embarquemos también a Criseida de hermosas mejillas; y que haya un solo jefe, un hombre con autoridad, ya sea Áyax o Idomeneo o el divino Odiseo o tú, hijo de Peleo, el más terrible de todos los hombres, para que nos apliques al que hiere de lejos celebrando los ritos.»

Y mirándolo con el ceño fruncido le dijo Aquiles de pies veloces: «Ay, vestido de desvergüenza, mente calculadora, ¿cómo va a obedecerte con entusiasmo alguno de los aqueos o emprender el camino o luchar cuerpo a cuerpo contra los hombres? Porque yo no vine aquí por culpa de los troyanos lanceros a pelear, ya que en nada son culpables contra mí; nunca me robaron las vacas ni tampoco los caballos, ni jamás en Ftía fértil en terrones, criadora de hombres, arrasaron la cosecha, porque hay muchísimas cosas en medio: montañas sombrías y mar resonante.

Pero a ti, gran desvergonzado, te seguimos para que te alegres, buscando honor para Menelao y para ti, cara de perro, frente a los troyanos; de eso no te preocupas ni te importa. Y ahora me amenazas con quitarme tú mismo mi botín, por el que tanto me esforcé y que me dieron los hijos de los aqueos. Nunca tengo un botín igual al tuyo cuando los aqueos saquean alguna ciudad bien poblada de los troyanos; pero la mayor parte de la guerra brutal y agitada la manejan mis manos; sin embargo, cuando llega el reparto, tu botín es mucho mayor, y yo con uno pequeño pero querido vuelvo a las naves, después de cansarme peleando.

Ahora me voy a Ftía, porque es mucho mejor regresar a casa con las naves curvas, y no creo que aquí, deshonrado, vayas a acumular riqueza y abundancia.» Le respondió entonces el señor de hombres Agamenón: «Huye nomás, si tu ánimo te empuja, y yo no te suplico que te quedes por mí; tengo a otros junto a mí que me honrarán, sobre todo Zeus consejero. Eres el más odioso para mí de los reyes criados por Zeus; siempre te gustan la disputa y las guerras y las peleas.

Si eres muy fuerte, algún dios te lo habrá dado. Vete a casa con tus naves y tus propios compañeros, manda sobre los mirmidones; de ti no me importa nada, ni me preocupa que estés furioso; pero te amenazo así: como Febo Apolo me quita a Criseida, a ella la enviaré en mi nave y con mis compañeros, pero yo iré a buscar a Briseida de hermosas mejillas, yendo en persona a tu tienda, tu botín, para que sepas bien cuánto más poderoso soy que tú, y otro también tema igualarse a mí y compararse conmigo cara a cara.»

Así habló; y al hijo de Peleo le vino dolor, y en su pecho el corazón dentro del pecho velludo se debatió en dos sentidos: si sacar la espada aguda de junto al muslo y dispersar a los otros, y matar al hijo de Atreo, o calmar la cólera y contener el ánimo. Mientras esto meditaba en su mente y en su corazón, y sacaba de la vaina la gran espada, vino Atenea desde el cielo; la envió la diosa Hera de blancos brazos, que amaba y cuidaba a ambos por igual en su corazón.

Se paró detrás y agarró al hijo de Peleo del cabello rubio, apareciéndose solo a él; de los otros ninguno la veía. Se asombró Aquiles, se dio vuelta y enseguida reconoció a Palas Atenea; terribles le brillaron los ojos.

Parte3versos 201-300

Y hablándole le dirigió palabras aladas: «¿Por qué vienes otra vez, hija de Zeus portador de la égida? ¿Acaso para ver la arrogancia de Agamenón hijo de Atreo? Pero te voy a decir, y creo que se cumplirá: por sus insolencias pronto podría perder la vida.» Y le respondió a su vez la diosa Atenea de ojos brillantes: «Vine a detener tu furia, si es que me obedeces, desde el cielo; me envió la diosa Hera de blancos brazos, que ama y cuida a ambos por igual en su corazón.

Pero vamos, deja la disputa y no saques la espada con tu mano; insúltalo con palabras, como en verdad sucederá. Porque te voy a decir, y esto se cumplirá: algún día se te ofrecerán regalos espléndidos tres veces mayores por esta arrogancia; pero tú contrólate y obedécenos.» Y respondiéndole le habló Aquiles de pies veloces: «Debo respetar la palabra de ustedes dos, diosa, aunque esté muy encolerizado en mi corazón; así es mejor. Quien obedece a los dioses, mucho lo escuchan ellos.» Dijo y detuvo la mano pesada sobre el puño de plata, y empujó de vuelta a la vaina la gran espada, y no desobedeció la palabra de Atenea; y ella marchó al Olimpo a la morada de Zeus portador de la égida entre los otros dioses.

El hijo de Peleo otra vez con palabras hirientes se dirigió al hijo de Atreo, y todavía no cesaba su cólera: «Borracho, con ojos de perro y corazón de ciervo, nunca te atreviste en tu ánimo a armarte para la guerra junto al pueblo ni a ir en emboscada con los mejores de los aqueos; eso te parece la muerte. Es mucho mejor por el vasto campamento de los aqueos quitarle los regalos a quien te contradiga. Rey devorador del pueblo, porque mandas sobre inútiles; de lo contrario, hijo de Atreo, este sería tu último ultraje.

Pero te voy a decir y juraré un gran juramento: sí, por este cetro, que nunca producirá hojas ni ramas, ya que dejó el primer corte en las montañas, ni reverdecerá; pues el bronce le peló alrededor las hojas y la corteza; ahora los hijos de los aqueos lo llevan en las manos los jueces, que custodian las leyes bajo Zeus; este será para ti un gran juramento: algún día la añoranza de Aquiles llegará a los hijos de los aqueos, a todos; entonces tú no podrás, aunque sufras, ayudarlos, cuando muchos bajo Héctor asesino mueran cayendo; y tú te desgarrarás el corazón por dentro encolerizado porque no honraste en nada al mejor de los aqueos.»

Así habló el hijo de Peleo, y arrojó a tierra el cetro tachonado con clavos de oro, y se sentó. El hijo de Atreo por su parte ardía de furia; pero entre ellos Néstor de dulce palabra se levantó, el claro orador de los pilios, de cuya lengua fluía la voz más dulce que la miel. Ya habían perecido dos generaciones de hombres mortales que antes con él se criaron y nacieron en Pilos la divina, y él mandaba sobre la tercera. Este, pensando bien, les habló y dijo entre ellos: «Oh dioses, qué gran pena llega a la tierra aquea.

Se alegraría Príamo y los hijos de Príamo, y los demás troyanos se regocijarían mucho en su corazón si se enteraran de todo esto, de que ustedes dos pelean, ustedes que entre los dánaos son los mejores en consejo y en combatir. Pero obedezcan; ambos son más jóvenes que yo. Yo ya una vez me relacioné con hombres aún mejores que ustedes, y nunca ellos me despreciaron. Nunca vi ni veré hombres como aquellos, como Pirítoo y Driante pastor de pueblos y Ceneo y Exadio y Polifemo semejante a los dioses y Teseo hijo de Egeo, semejante a los inmortales.

Los más fuertes sin duda fueron aquellos hombres criados sobre la tierra; los más fuertes eran y contra los más fuertes lucharon, contra las fieras de las montañas, y las aniquilaron espantosamente. Y con ellos yo me relacioné viniendo desde Pilos, desde lejos, desde tierra distante; pues ellos mismos me llamaron. Y luché por mí mismo; con aquellos ninguno de los que ahora son mortales sobre la tierra podría pelear. Y también escuchaban mis consejos y obedecían mi palabra. Pero obedezcan también ustedes, ya que obedecer es mejor.

Ni tú, aunque seas valiente, le quites a la muchacha, sino déjala como se la dieron primero de botín los hijos de los aqueos; ni tú, hijo de Peleo, quieras disputar con un rey de frente, ya que nunca recibió honor igual un rey portador de cetro a quien Zeus dio gloria. Aunque tú seas fuerte y te haya parido una diosa madre, él es más poderoso porque manda sobre más gente. Hijo de Atreo, tú calma tu furia; yo personalmente te suplico que dejes la cólera contra Aquiles, que es gran defensa para todos los aqueos en la guerra funesta.»

Y respondiéndole le habló el poderoso Agamenón: «Sí, todas estas cosas, anciano, las dijiste como corresponde. Pero este hombre quiere estar por encima de todos los demás, quiere dominar a todos, quiere mandar sobre todos, quiere dar órdenes a todos, y creo que alguno no le obedecerá. Si los dioses eternos lo hicieron guerrero, ¿por eso le permiten pronunciar insultos?» Y lo interrumpió y respondió el divino Aquiles: «Podría ser llamado cobarde e insignificante si cediera a todo lo que digas. Ordena esas cosas a otros, pero a mí no me des órdenes; no creo que vaya a obedecerte más.

Otra cosa te voy a decir, y guárdala en tu mente: con las manos no voy a luchar por la muchacha, ni contra ti ni contra ningún otro, ya que me la quitan ustedes que la dieron; pero de las demás cosas que tengo junto a la negra nave veloz,

Parte4versos 301-400

nada de eso podrás llevarte contra mi voluntad; pero anda, pruébalo si quieres, para que estos también lo vean: tu sangre oscura brotará al instante alrededor de mi lanza.» Así los dos, enfrentados con palabras hostiles, se levantaron y disolvieron la asamblea junto a las naves de los aqueos; el hijo de Peleo se fue hacia sus tiendas y sus naves equilibradas con el hijo de Menecio y los suyos; pero el Atrida echó al mar una nave veloz, escogió veinte remeros, embarcó la hecatombe para el dios, e hizo subir a Criseida de hermosas mejillas y la llevó consigo; Odiseo el astuto iba como jefe.

Ellos entonces embarcaron y navegaron los húmedos caminos, y el Atrida ordenó a las tropas que se purificaran; se purificaron y arrojaron las impurezas al mar, y ofrecieron a Apolo hecatombes completas de toros y cabras junto a la orilla del mar estéril; el humo graso subió al cielo enrollándose en el aire. Así se afanaban en eso por todo el campamento; pero Agamenón no dejaba la disputa que al principio había prometido a Aquiles, sino que llamó a Taltibio y a Euríbates, que eran sus heraldos y servidores diligentes: «Id a la tienda de Aquiles, hijo de Peleo; tomad de la mano y traed a Briseida de hermosas mejillas; y si no la entrega, yo mismo iré a tomarla con más hombres; y eso será peor para él.»

Así habló y los despidió con una orden dura; los dos, de mala gana, fueron por la orilla del mar estéril, y llegaron a las tiendas y naves de los mirmidones, y lo encontraron junto a su tienda y su nave negra sentado; Aquiles no se alegró al verlos. Los dos, asustados y con respeto al rey, se quedaron de pie sin dirigirle la palabra ni preguntarle nada; pero él comprendió en su corazón y les habló: «Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres, acercaos; vosotros no tenéis culpa alguna, sino Agamenón, que os envía por la muchacha Briseida.

Pero vamos, Patroclo de linaje divino, saca a la muchacha y entrégasela para que la lleven; que ellos dos sean testigos ante los dioses bienaventurados y los hombres mortales y ante ese rey cruel, si alguna vez de nuevo necesitan de mí para apartar la ruina vergonzosa de los otros; porque él está delirando con pensamientos funestos, no sabe pensar hacia adelante y hacia atrás a la vez, cómo los aqueos podrían combatir a salvo junto a las naves.» Así habló, y Patroclo obedeció a su querido compañero, sacó de la tienda a Briseida de hermosas mejillas y se la dio para que la llevaran; ellos volvieron a las naves de los aqueos; la mujer iba con ellos contra su voluntad.

Pero Aquiles lloró, se apartó enseguida de sus compañeros y se sentó solo, en la orilla del mar gris, mirando el mar infinito; y suplicó mucho a su madre querida extendiendo las manos: «Madre, ya que me engendraste para una vida tan breve, el Olímpico debió concederme al menos el honor, Zeus que truena en las alturas; pero ni siquiera un poco me ha honrado; porque el Atrida, Agamenón soberano de vastos dominios, me ha deshonrado; se ha apoderado de mi recompensa y me la ha quitado.»

Así habló derramando lágrimas, y lo oyó su madre venerable sentada en las profundidades del mar junto a su padre anciano; y rápido surgió del mar gris como una niebla, y se sentó frente a él mientras lloraba, lo acarició con la mano y le habló y lo llamó por su nombre: «Hijo, ¿por qué lloras? ¿Qué pena ha llegado a tu corazón? Habla, no lo ocultes en tu mente, para que ambos lo sepamos.» Suspirando profundamente le respondió Aquiles de pies veloces: «Lo sabes; ¿por qué habría de contarte todo esto a ti que lo sabes?

Fuimos contra Teba, la ciudad sagrada de Eetión, la saqueamos y trajimos aquí todo el botín; los hijos de los aqueos lo repartieron bien entre ellos, y escogieron para el Atrida a Criseida de hermosas mejillas. Pero Crises, el sacerdote de Apolo que hiere de lejos, vino a las veloces naves de los aqueos de túnicas de bronce para rescatar a su hija, trayendo un rescate inmenso, llevando en las manos las ínfulas de Apolo que hiere de lejos sobre un cetro de oro, y suplicó a todos los aqueos, y sobre todo a los dos Atridas, comandantes de las tropas.

Entonces todos los demás aqueos asintieron a respetar al sacerdote y aceptar el espléndido rescate; pero no agradó al corazón del Atrida Agamenón, sino que lo despidió violentamente con una orden dura; el anciano se fue enfurecido, y Apolo escuchó su plegaria, porque le era muy querido, y lanzó una flecha funesta contra los argivos; las tropas morían sin parar, y las saetas del dios recorrían por todas partes el vasto campamento de los aqueos; un adivino que sabía bien nos reveló los oráculos del que hiere de lejos.

Yo fui el primero en exhortar a que aplacáramos al dios; pero la ira se apoderó del Atrida, y enseguida se levantó y profirió una amenaza que ahora se ha cumplido: a una la llevan los aqueos de ojos vivos en una nave veloz hacia Crisa, y conducen ofrendas al señor; pero a la otra ahora mismo los heraldos se la llevan de mi tienda, la hija de Brises, que me dieron los hijos de los aqueos. Pero tú, si puedes, protege a tu hijo; ve al Olimpo y suplica a Zeus, si es que alguna vez con palabras o con hechos has beneficiado el corazón de Zeus.

Porque muchas veces en los salones de mi padre te he oído jactarte de que tú sola entre los inmortales apartaste la vergonzosa ruina del Cronida de nubes oscuras, cuando otros dioses olímpicos quisieron encadenarlo, Hera y Poseidón y Palas Atenea; pero tú, diosa, fuiste y lo liberaste de las cadenas,

Parte5versos 401-500

llamando rápido al vasto Olimpo al de cien brazos, al que los dioses llaman Briareo y todos los hombres Egeón—pues él es más poderoso que su padre—; él se sentó junto al Cronida orgulloso de su gloria, y los dioses bienaventurados tuvieron miedo y ya no lo encadenaron. Recuérdale esto ahora, siéntate a su lado y toma sus rodillas, por si acaso quiere ayudar a los troyanos y acorralar a los aqueos contra las popas y junto al mar mientras los matan, para que todos disfruten de su rey, y para que el Atrida, Agamenón soberano de vastos dominios, reconozca su ceguera al no haber honrado en nada al mejor de los aqueos.»

Entonces le respondió Tetis derramando lágrimas: «¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te crié, desdichada de mí que te parí? Ojalá pudieras quedarte junto a las naves sin lágrimas y sin penas, ya que tu destino es breve, nada largo; pero ahora eres a la vez de vida corta y el más desdichado de todos; por eso te parí en los salones para un destino cruel. Subiré yo misma al Olimpo nevado para decirle esto a Zeus que se deleita con el rayo, por si me hace caso.

Pero tú quédate ahora junto a las naves veloces y guarda tu ira contra los aqueos, y apártate del todo de la guerra; porque Zeus fue ayer al Océano, a un banquete con los etíopes intachables, y todos los dioses lo acompañaron; al duodécimo día volverá al Olimpo, y entonces iré al palacio de suelo de bronce de Zeus y abrazaré sus rodillas, y creo que lo persuadiré.» Así habló y se marchó, y lo dejó allí encolerizado en su corazón por la mujer de hermoso talle que le habían arrebatado a la fuerza contra su voluntad.

Mientras tanto Odiseo llegó a Crisa llevando la hecatombe sagrada. Cuando llegaron al interior del puerto profundo, recogieron las velas y las guardaron en la nave negra, bajaron el mástil hacia la cruceta aflojando los cables rápidamente, y remaron la nave hasta el fondeadero. Echaron las anclas y ataron los cabos de popa; bajaron ellos mismos a la rompiente del mar, desembarcaron la hecatombe para Apolo que hiere de lejos; y Criseida bajó de la nave surcadora del mar. Odiseo el astuto la condujo entonces hacia el altar y la puso en manos de su padre querido y le dijo: «Oh Crises, me envió Agamenón, señor de hombres, a traerte a tu hija y a ofrecer una hecatombe sagrada a Febo en nombre de los dánaos, para que aplacemos al señor que ahora ha enviado gemidos dolorosos sobre los argivos.»

Así habló y la puso en sus manos, y él la recibió con alegría, a su hija querida; enseguida dispusieron para el dios la hecatombe sagrada en orden alrededor del altar bien construido, se lavaron las manos y tomaron los granos de cebada. Crises elevó una gran plegaria con las manos en alto: Óyeme, tú del arco de plata, que proteges a Crisa y a Cila la sagrada y reinas con fuerza sobre Ténedos: ya antes escuchaste mi ruego cuando te lo pedí, me honraste a mí y golpeaste duro al pueblo de los aqueos; ahora también cúmpleme este deseo: aparta ya de los dánaos esta plaga vergonzosa.»

Así habló al rogar, y lo escuchó Febo Apolo. Después de haber rezado y arrojado los granos de cebada, primero echaron atrás las cabezas de las víctimas, las degollaron y desollaron, cortaron los muslos y los cubrieron con grasa haciendo doble capa, y encima pusieron las carnes crudas; el anciano las quemó sobre leños, y derramó encima vino rojo oscuro; junto a él los jóvenes sostenían tenedores de cinco puntas. Después de que los muslos se consumieron y probaron las vísceras, cortaron lo demás en trozos y lo ensartaron en pinchos, lo asaron con cuidado y lo retiraron todo del fuego.

Cuando terminaron el trabajo y prepararon el banquete, comieron, y ningún corazón careció de su porción equitativa. Después de que saciaron su sed y su hambre, los jóvenes llenaron hasta el borde las crateras de bebida y la distribuyeron entre todos, habiendo vertido primero en las copas. Durante todo el día aplacaron al dios con el canto, entonando un hermoso peán los jóvenes de los aqueos cantando al que hiere de lejos; y él se alegraba en su corazón al escucharlos. Cuando el sol se puso y llegó la oscuridad, se acostaron entonces junto a las amarras de la nave; cuando apareció la Aurora de dedos rosados, nacida temprano, entonces se hicieron a la mar hacia el vasto campamento de los aqueos; y el que hiere de lejos, Apolo, les envió un viento favorable; izaron el mástil y desplegaron las velas blancas, el viento hinchó la vela en el centro, y alrededor la ola púrpura rugía fuerte junto a la quilla de la nave que avanzaba; ella corría sobre las olas abriendo su camino.

Cuando llegaron al vasto campamento de los aqueos, arrastraron la nave negra hasta tierra firme, alto sobre la arena, y extendieron debajo largos maderos; ellos se dispersaron luego entre las barracas y las naves. Pero él permanecía junto a las naves veloces, consumiéndose en ira, el divino hijo de Peleo, Aquiles de pies ligeros; nunca iba a la asamblea que da gloria a los hombres ni jamás a la guerra, sino que consumía su amado corazón quedándose allí, aunque añoraba el grito de guerra y la batalla.

Pero cuando amaneció el duodécimo día desde entonces, los dioses que existen siempre regresaron al Olimpo todos juntos, con Zeus a la cabeza; y Tetis no olvidó los encargos de su hijo, sino que surgió de las olas del mar. Al alba subió al vasto cielo y al Olimpo. Encontró al Cronida de vasta voz sentado aparte de los demás en el pico más alto del Olimpo de múltiples cumbres; se sentó delante de él, abrazó sus rodillas

Parte6versos 501-600

con la mano izquierda, y con la derecha le tomó por debajo del mentón, y suplicando habló al soberano Zeus Cronida: «Zeus padre, si alguna vez te beneficié entre los inmortales con palabra o con acción, cúmpleme este deseo: honra a mi hijo, que es de vida más breve que todos los demás; pero ahora el soberano de hombres Agamenón lo ha deshonrado: le arrebató su botín y se lo quedó. Pero tú véngalo, Zeus Olímpico de sabia mente; da fuerza a los troyanos hasta que los aqueos honren a mi hijo y lo engrandezcan con respeto.»

Así habló; pero el que reúne las nubes, Zeus, nada le respondió, sino que permaneció en silencio largo rato; Tetis, como había abrazado sus rodillas, así seguía aferrada, y le preguntó por segunda vez: «Prométemelo sin rodeos y asiente con la cabeza o niégalo, pues no tienes nada que temer, para que yo sepa bien cuán despreciada soy entre todos los dioses.» Muy contrariado, le respondió el que reúne las nubes, Zeus: «Menudo problema: harás que Hera me llene de reproches cuando me provoque con palabras insultantes; ella ya de por sí siempre entre los dioses inmortales me riñe, y dice que ayudo a los troyanos en la batalla.

Pero ahora márchate de nuevo, no sea que Hera se dé cuenta; yo me ocuparé de esto hasta cumplirlo. Ven, te haré un asentimiento con la cabeza para que confíes; pues esto es de mi parte entre los inmortales la mayor garantía; porque lo que asienta mi cabeza no es revocable ni engañoso ni quedará incumplido.» Dijo, y asintió con sus cejas oscuras el Cronida; y las crines inmortales se agitaron sobre la cabeza inmortal del soberano; y estremeció el vasto Olimpo. Así acordaron y se separaron; ella entonces saltó al mar profundo desde el resplandeciente Olimpo, y Zeus fue a su palacio; todos los dioses se levantaron de sus asientos ante su padre; ninguno se atrevió a permanecer sentado cuando llegaba, sino que todos se pusieron en pie ante él.

Así se sentó allí en su trono; pero Hera no ignoró al verlo que había tramado planes con Tetis de pies de plata, hija del anciano del mar. Inmediatamente con palabras hirientes se dirigió a Zeus Cronida: «¿Quién de los dioses, engañador, ha tramado planes contigo? Siempre te gusta, apartado de mí, pensar en secreto y decidir; nunca hasta ahora te has dignado decirme abiertamente lo que piensas.» Le respondió entonces el padre de hombres y dioses: «Hera, no esperes conocer todos mis pensamientos; te resultarán difíciles incluso siendo mi esposa; pero lo que sea apropiado que oigas, ninguno entonces ni de los dioses ni de los hombres lo sabrá antes que tú; pero lo que yo quiera pensar lejos de los dioses no lo preguntes ni investigues cada cosa.»

Le respondió entonces Hera de ojos de buey, la soberana: «Terrible Cronida, ¿qué palabra has dicho? Ciertamente antes nunca te pregunto ni investigo, sino que muy tranquilo piensas lo que quieras. Pero ahora temo terriblemente en mi corazón que te haya persuadido Tetis de pies de plata, hija del anciano del mar; pues al alba se sentó junto a ti y abrazó tus rodillas; creo que le asentiste de verdad que honrarás a Aquiles y destruirás a muchos junto a las naves de los aqueos.»

Respondiéndole, dijo el que reúne las nubes, Zeus: «Extraña, siempre sospechas y no se te escapa nada; pero aun así nada podrás hacer, sino que estarás más lejos de mi corazón; y eso será peor para ti. Si es así, debe ser que me place; pero siéntate en silencio y obedece mis palabras, no sea que no te ayuden todos los dioses que hay en el Olimpo cuando me acerque y ponga sobre ti mis manos irresistibles.» Así habló, y se asustó Hera de ojos de buey, la soberana, y se sentó en silencio, doblegando su corazón; y se afligieron en la casa de Zeus los dioses celestiales.

Entre ellos Hefesto, el famoso artesano, comenzó a hablar, procurando favorecer a su querida madre, Hera de brazos blancos: «Esto será verdaderamente terrible y ya no soportable, si ustedes dos riñen así por causa de los mortales y levantan escándalo entre los dioses; ni del banquete habrá placer alguno, puesto que lo peor prevalece. Aconsejo a mi madre, aunque ella misma lo entiende, que procure favorecer a nuestro querido padre Zeus, para que no vuelva a reñirla el padre y nos arruine el banquete. Pues si el Olímpico lanzador del rayo quiere echarnos de nuestros asientos de un golpe; porque él es mucho más fuerte.

Pero tú dirígete a él con palabras suaves; enseguida el Olímpico será propicio con nosotros.» Así dijo, y saltando puso una copa de doble asa en la mano de su querida madre y le dijo: «Ten paciencia, madre mía, y resiste aunque estés afligida, no sea que a ti, siendo tan querida, te vea con mis propios ojos golpeada, y entonces no podré, aunque sufra, ayudarte; pues es difícil enfrentarse al Olímpico. Ya una vez cuando yo quería defenderte me arrojó agarrándome del pie desde el umbral divino, todo el día caí, y al ponerse el sol aterricé en Lemnos, quedaba poca vida en mí; allí me recogieron apenas caído los hombres sintios.»

Así habló, y sonrió la diosa Hera de brazos blancos, y sonriendo recibió de mano de su hijo la copa; y él para los demás dioses, de izquierda a derecha, escanció el dulce néctar sacándolo de la cratera; y una risa inextinguible se levantó entre los dioses bienaventurados al ver a Hefesto afanándose por la casa.

Parte7versos 601-611

Así entonces durante todo el día hasta la puesta del sol festejaron, y ningún ánimo careció del banquete compartido por igual, ni de la hermosísima lira que sostenía Apolo, ni de las Musas que cantaban respondiendo con bella voz. Pero cuando se hundió la brillante luz del sol, ellos se fueron a dormir cada uno a su casa, donde a cada cual el famoso cojo de ambos pies Hefesto le había construido su morada con su hábil ingenio; y Zeus el Olímpico que lanza el rayo se fue a su lecho, allí donde antes solía acostarse cuando el dulce sueño lo alcanzaba; allí se durmió tras subir, y a su lado Hera la del trono de oro.

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