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Canto X

La Ilíada · Homero · 29 min de lectura

Parte1versos 1-100

Los demás, los mejores de todos los aqueos junto a las naves, dormían toda la noche vencidos por el dulce sueño; pero no el Atrida Agamenón, pastor de pueblos: a él no lo tomaba el dulce sueño, porque muchas cosas revolvía en su mente. Como cuando relampaguea el marido de Hera la de hermosos cabellos, preparando una lluvia torrencial interminable o el granizo o la nevada, cuando la nieve cubre los campos de labranza, o bien en algún lugar la ancha boca de la guerra despiadada, así gemía sin cesar Agamenón en su pecho, desde lo hondo del corazón, y sus entrañas temblaban dentro de él.

Cuando miraba hacia la llanura troyana, se asombraba ante las muchas fogatas que ardían frente a Ilión, ante el clamor de flautas y siringas y el bullicio de los hombres. Pero cuando volvía los ojos hacia las naves y el pueblo aqueo, se arrancaba muchos cabellos de raíz desde la cabeza ante Zeus que está en lo alto, y gemía su corazón glorioso. Este pareció el mejor plan a su juicio: ir primero donde Néstor, el hijo de Neleo, entre los hombres, a ver si junto con él podía urdir algún consejo irreprochable que fuera para todos los dánaos protección contra el mal.

Se incorporó y se puso la túnica sobre el pecho, y bajo sus pies brillantes se ató las hermosas sandalias, y después se echó sobre los hombros la piel rojiza de un gran león rubio, que le llegaba hasta los pies, y tomó su lanza. De igual modo a Menelao lo tomó el temblor —pues tampoco a él el sueño se le posaba en los párpados— no fuera que algo les pasara a los argivos, que por él sobre el ancho mar habían venido a Troya meditando la guerra audaz.

Primero se cubrió las anchas espaldas con piel de leopardo moteada, después se puso en la cabeza un casco de bronce, y tomó una lanza en su mano robusta. Se fue a despertar a su hermano, que sobre todos los argivos reinaba con poder, y era honrado como un dios por el pueblo. Lo encontró poniéndose las hermosas armas sobre los hombros junto a la popa de la nave; y su llegada le fue grata. Primero lo interpeló Menelao, el de buen grito de guerra: «¿Por qué así, hermano, te armas?

¿Acaso a alguno de los compañeros incitas a espiar a los troyanos? Mucho temo terriblemente que nadie te prometa cumplir esta tarea, ir solo a espiar a los hombres enemigos en la noche inmortal; hace falta un corazón muy atrevido.» Respondiéndole le dijo el poderoso Agamenón: «Necesitamos consejo tú y yo, Menelao criado por Zeus, un consejo astuto, que pueda salvar y proteger a los argivos y las naves, porque la mente de Zeus ha cambiado. Ahora dirige su pensamiento más bien hacia los sacrificios de Héctor; pues nunca vi ni oí contar que un solo hombre urdiera tantas acciones terribles en un día, como las que Héctor, querido de Zeus, ha ejecutado contra los hijos de los aqueos, él solo, sin ser hijo amado de ninguna diosa ni de ningún dios.

Ha hecho cosas que digo traerán preocupación a los argivos mucho tiempo y largamente: tantos males ha tramado para los aqueos. Pero ahora ve y llama a Áyax y a Idomeneo, corriendo veloz junto a las naves; yo iré donde el divino Néstor y lo apremiaré a que se levante, a ver si quiere ir al sagrado destacamento de los centinelas y darles órdenes. A él sobre todo obedecerían; pues su hijo comanda a los centinelas junto con el escudero de Idomeneo, Meriones; a ellos sobre todo les encomendamos esto.»

Le respondió entonces Menelao, el de buen grito de guerra: «¿Cómo entonces me ordenas y me mandas con tu palabra? ¿Me quedo ahí esperando con ellos hasta que vuelvas, o corro de vuelta tras de ti, cuando les haya dado bien las órdenes?» Le respondió a su vez el soberano de hombres Agamenón: «Quédate ahí, no sea que después no nos encontremos el uno al otro al venir; pues muchos son los caminos a través del campamento. Levanta la voz por donde vayas y ordénales que estén despiertos, nombrando a cada hombre desde su linaje paterno, honrando a todos; no te engrandezcas en tu corazón, sino trabajemos nosotros mismos también; así de algún modo Zeus desde nuestro nacimiento nos echó encima una pesada desgracia.»

Así habló y despidió a su hermano dándole órdenes precisas; y él se fue hacia Néstor, pastor de pueblos; lo encontró junto a su tienda y su negra nave en su blanda cama; a su lado yacían sus armas labradas, el escudo y dos lanzas y el casco reluciente. Y allí estaba el cinturón refulgente con el que el anciano se ceñía cuando se armaba para la guerra devoradora de hombres conduciendo a su pueblo, pues no se rendía ante la amarga vejez. Se incorporó apoyándose en el codo y levantó la cabeza, e interpeló al Atrida y le preguntó con palabras: «¿Quién eres tú que andas solo por las naves a través del campamento en la noche oscura, cuando los demás mortales duermen, buscando tal vez alguna mula o alguno de los compañeros?

Habla, no te me acerques en silencio: ¿qué necesitas?» Le respondió entonces el soberano de hombres Agamenón: «Oh Néstor, hijo de Neleo, gran gloria de los aqueos, reconocerás al Atrida Agamenón, a quien más que a todos Zeus ha hundido en trabajos incesantes mientras el aliento permanezca en mi pecho y mis queridas rodillas se muevan. Vago así porque no se posa sobre mis ojos el dulce sueño, sino que me preocupan la guerra y las angustias de los aqueos. Terriblemente temo por los dánaos, mi corazón no está firme, sino que me desborda, mi corazón salta fuera del pecho, y tiemblan debajo mis brillantes miembros.

Pero si vas a hacer algo, ya que tampoco a ti te alcanza el sueño, bajemos hacia los centinelas, para que veamos si ellos, agotados por la fatiga y también por el sueño, no se han dormido y se han olvidado del todo de la guardia. Los hombres enemigos están sentados cerca; no sabemos nada,

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puede que incluso piensen combatir durante la noche.» Le respondió entonces el Gerenio Néstor, conductor de caballos: «Atrida gloriosísimo, soberano de hombres Agamenón, no cumplirá Zeus todos los planes que trama Héctor, todos los que ahora espera; creo que se afligirá con preocupaciones aún mayores, si Aquiles aparta de su cólera dolorosa su corazón querido. Te seguiré yo con toda voluntad; y despertemos también a otros, tanto al hijo de Tideo famoso por su lanza como a Odiseo y al veloz Áyax y al valiente hijo de Fileo.

Pero si alguien fuera también a llamar a estos otros, al Áyax semejante a los dioses y al soberano Idomeneo; pues las naves de ellos están muy lejos, no están nada cerca. Pero a Menelao, aunque es querido y respetable, lo reprenderé, aunque te enojes conmigo, y no lo ocultaré, porque duerme y a ti solo te ha dejado esforzarte. Ahora debería estar esforzándose entre todos los mejores suplicando; pues ha llegado una necesidad que ya no se puede soportar.» Le respondió a su vez el soberano de hombres Agamenón: «Anciano, otras veces incluso te mando que lo censures; pues muchas veces se relaja y no quiere esforzarse, no cediendo a la pereza ni a la irreflexión de su mente, sino mirándome a mí y esperando mi impulso.

Pero ahora se despertó mucho antes que yo y se me acercó; yo lo mandé a llamar a aquellos que tú preguntas. Pero vamos; los encontraremos delante de las puertas entre los centinelas, pues allí les ordené que se reunieran.» Le respondió entonces el Gerenio Néstor, conductor de caballos: «Así nadie de los argivos se enojará con él ni le desobedecerá cuando a alguien exhorte y ordene.» Así habló, y se puso la túnica sobre el pecho, y bajo sus pies brillantes se ató las hermosas sandalias, y se prendió alrededor un manto púrpura doble y ancho, y una lana espesa lo cubría.

Tomó una fuerte lanza aguzada con bronce afilado, y se fue andando por las naves de los aqueos de túnicas de bronce. Primero entonces a Odiseo, igual a Zeus en astucia, lo despertó del sueño el Gerenio Néstor, conductor de caballos, hablándole; y enseguida el grito llegó a su mente, salió de la tienda y les dirigió estas palabras: «¿Por qué así por las naves y por el campamento vagáis solos en la noche inmortal? ¿Qué necesidad tan grande ha llegado?» Le respondió entonces el Gerenio Néstor, conductor de caballos: «Hijo de Laertes de linaje divino, Odiseo de muchos ardides, no te enojes; tal es el dolor que ha caído sobre los aqueos.

Pero síguenos, para que despertemos también a otro que conviene que delibere en el consejo, si huir o combatir.» Así habló, y el muy astuto Odiseo, yendo a su tienda, se echó al hombro el escudo labrado, y fue con ellos. Fueron donde el hijo de Tideo, Diomedes; y lo encontraron fuera de su tienda con las armas puestas; y alrededor los compañeros dormían, y bajo las cabezas tenían los escudos; las lanzas erguidas se clavaban en tierra por el regatón, y a lo lejos el bronce resplandecía como un relámpago de Zeus padre; y el héroe dormía, y debajo se había tendido la piel de un buey de campo, y bajo su cabeza estaba extendida una alfombra reluciente.

Junto a él se paró y lo despertó Néstor de Gerenia, conductor de caballos, moviéndolo con el pie, y lo increpó y lo insultó de frente: «Despierta, hijo de Tideo: ¿por qué disfrutas del sueño toda la noche? ¿No oyes cómo los troyanos en la loma de la llanura acampan cerca de las naves, y solo un poco de espacio nos protege?» Así habló, y él del sueño se levantó de un salto rápidamente, y dirigiéndose a él le dijo estas palabras aladas: «Duro eres, anciano; tú nunca cesas en tu esfuerzo.

¿Acaso no hay otros hijos más jóvenes de los aqueos, que pudieran ir despertando a cada uno de los reyes yendo de un lado a otro? Tú eres imparable, anciano.» Y a él de nuevo le respondió Néstor de Gerenia, conductor de caballos: «Sí, todo eso, amigo, lo has dicho como corresponde. Tengo hijos irreprochables, y también hay soldados y muchos, alguno de ellos podría ir llamándolos; pero una necesidad muy grande ha caído sobre los aqueos. Ahora sí que para todos sobre el filo se yergue la cuchilla: o bien la ruina funesta para los aqueos o seguir viviendo.

Pero ve ahora y despierta al veloz Áyax y al hijo de Fileo —pues tú eres más joven—, si es que te compadeces de mí.» Así habló, y él sobre los hombros se echó la piel de un león rojizo y enorme, que llegaba hasta los pies, y tomó la lanza. Se fue, y de allí despertó a aquellos y los trajo el héroe. Y cuando se mezclaron con los guardianes reunidos, no encontraron dormidos a los jefes de la guardia, sino que todos velaban despiertos con las armas puestas.

Como perros alrededor del ganado velan mal en el corral habiendo oído a una fiera de corazón terrible, que por el bosque avanza a través de las montañas; y mucho clamor por ella de hombres y de perros, y se les ha perdido el sueño; así de ellos el dulce sueño se había perdido de los párpados velando la noche funesta; pues siempre hacia la llanura estaban vueltos, cuando oían a los troyanos acercarse. Y el anciano se alegró al verlos y los animó con palabras, y dirigiéndose a ellos les dijo estas palabras aladas: «Así es, hijos queridos, mantengan la guardia; que a ninguno el sueño lo tome, no sea que nos volvamos motivo de alegría para los enemigos.»

Así diciendo atravesó la zanja de un salto; y con él lo siguieron los reyes de los argivos, todos los que habían sido convocados al consejo. Y con ellos Meriones y el ilustre hijo de Néstor iban; ellos mismos los habían llamado para que deliberaran juntos. Cruzaron la zanja excavada y se sentaron en un lugar limpio, donde el suelo aparecía sin cadáveres caídos; desde allí el terrible Héctor se había vuelto

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matando argivos, cuando la noche lo cubrió todo. Allí sentados se dirigieron palabras unos a otros; y entre ellos tomó la palabra Néstor de Gerenia, conductor de caballos: «Amigos, ¿no habrá acaso algún hombre que confíe en su propio corazón audaz para ir entre los troyanos magnánimos, a ver si captura a algún enemigo rezagado, o acaso escuche algún rumor entre los troyanos, qué es lo que planean entre ellos, si tienen intención de quedarse allí junto a las naves, lejos de la ciudad, o retirarse de vuelta, ahora que han dominado a los aqueos?

Todo eso podría averiguarlo, y volver hacia nosotros ileso; grande sería para él su fama bajo el cielo entre todos los hombres, y tendrá una buena recompensa; pues todos los que mandan sobre las naves, los mejores, todos ellos cada uno le darán una oveja negra, hembra con cría; no hay honor que se le compare, y siempre en los banquetes y en las fiestas estará presente.» Así habló, y todos se quedaron en silencio callados. Y entre ellos habló Diomedes de buen grito de guerra: «Néstor, mi corazón y mi espíritu valeroso me impulsan a entrar en el campamento de los hombres enemigos que están cerca, los troyanos; pero si algún otro hombre viniera conmigo, habría más confianza y más valentía.

Cuando dos van juntos, uno antes que el otro se da cuenta de dónde está la ventaja; pero si uno solo advierte algo, su mente es más lenta y su astucia más limitada.» Así habló, y muchos quisieron seguir a Diomedes. Querían los dos Áyax, servidores de Ares, quería Meriones, y mucho quería el hijo de Néstor, quería el Atrida Menelao, famoso por la lanza, quería también el sufrido Odiseo sumergirse en la multitud de troyanos; pues siempre en su pecho el corazón se atrevía.

Y entre ellos habló el señor de hombres Agamenón: «Tidida Diomedes, querido para mi corazón, al compañero lo elegirás a quien tú quieras, el mejor de los que se presentan, pues muchos se ofrecen. Y no dejes al mejor por respeto en tu corazón, eligiendo al peor, cediendo por vergüenza, mirando el linaje, aunque sea más rey.» Así habló, y temía por el rubio Menelao. Y de nuevo entre ellos habló Diomedes de buen grito de guerra: «Si de veras me ordenan elegir yo mismo al compañero, ¿cómo entonces podría olvidarme del divino Odiseo, cuyo corazón es tan dispuesto y su espíritu tan valeroso en todas las empresas, y lo ama Palas Atenea?

Con este acompañándome, incluso del fuego ardiente ambos regresaríamos, pues sobresale en astucia.» Y a él de nuevo le respondió el sufrido divino Odiseo: «Tidida, ni me alabes tanto ni me censures; pues hablas de cosas sabidas entre los argivos. Pero vayamos; ya la noche avanza, y cerca está el alba, los astros ya han avanzado, y ha pasado la mayor parte de la noche, dos tercios, y solo queda el tercio.» Así dijeron y se vistieron con armas terribles. A Tideo le dio el belicoso Trasimedes una espada de doble filo —la suya había quedado junto a la nave— y un escudo; y sobre la cabeza le puso un yelmo de cuero de toro, sin cono ni penacho, que se llama gorro, y protege la cabeza de los jóvenes vigorosos.

Meriones a Odiseo le dio un arco y una aljaba y una espada, y sobre la cabeza le puso un yelmo hecho de cuero; por dentro con muchas correas estaba tensado firmemente; por fuera los blancos colmillos de un jabalí de brillantes dientes espesos lo cubrían de un lado y otro, bien y hábilmente; en medio estaba ajustado un fieltro. Ese yelmo de Eleón, de Amintor Orménida, lo sacó Autólico tras romper la casa sólida, y se lo dio a Anfidamante de Citera en Escandia; Anfidamante se lo dio a Molo como regalo de hospitalidad, y él se lo dio a Meriones su hijo para que lo portara; ahora entonces cubrió la cabeza de Odiseo tras ceñírselo.

Ellos dos, cuando se vistieron con armas terribles, se fueron, y dejaron allí a todos los mejores. Y a ellos a la derecha les envió una garza cerca del camino Palas Atenea; y ellos no la vieron con los ojos en la noche oscura, pero oyeron su graznido. Y Odiseo se alegró por el ave, y rezó a Atenea: «Óyeme, hija de Zeus portador de la égida, tú que siempre en todas las empresas te pones a mi lado, y no se te escapa ningún movimiento mío; ahora de nuevo sobre todo ámame, Atenea, y concédenos volver de vuelta a las naves con gloria habiendo hecho una gran hazaña, que aflija a los troyanos.»

En segundo lugar rezó Diomedes de buen grito de guerra: «Óyeme ahora también a mí, hija de Zeus Incansable; sígueme como cuando seguiste a mi padre, al divino Tideo, a Tebas, cuando fue como mensajero delante de los aqueos. A ellos los dejó junto al Asopo, a los aqueos de túnicas de bronce, y él llevó una palabra pacífica a los cadmeos allá; pero al volver realizó hazañas terribles contigo, diosa divina, cuando tú solícita lo acompañaste. Así ahora también ponte a mi lado de buen grado y protégeme.

Y yo a ti te sacrificaré una novilla de un año, de amplia frente, indómita, que ningún hombre haya puesto bajo el yugo todavía; esa te sacrificaré tras bañar sus cuernos en oro.» Así hablaron rezando, y los oyó Palas Atenea. Y ellos, después de haber rezado a la hija del gran Zeus, se pusieron en marcha como dos leones a través de la noche negra entre la matanza, entre los cadáveres, a través de las armas y la sangre oscura. Pero tampoco a los troyanos valerosos dejó Héctor dormir, sino que convocó a todos juntos a los mejores,

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todos cuantos eran jefes y comandantes de los troyanos. Él, reuniéndolos, dispuso un consejo cerrado. «¿Quién podría, comprometiéndose, cumplir esta empresa a cambio de una gran recompensa? El pago le bastará. Daré un carro y dos caballos de cuello erguido, los mejores que haya junto a las rápidas naves de los aqueos, a quien se atreva —y con ello ganará gloria para sí— a acercarse a las veloces naves y averiguar si las naves ligeras están vigiladas como antes, o ya, doblegados por nuestras manos, planean huir entre ellos y no quieren montar guardia de noche, rendidos por el terrible cansancio.»

Así habló, y todos quedaron en silencio callados. Había entre los troyanos un tal Dolón, hijo de Eumedes, heraldo ilustre, rico en oro, rico en bronce, que era feo de aspecto, pero veloz de pies. Era el único varón entre cinco hermanas. Ese entonces habló a los troyanos y a Héctor: «Héctor, mi corazón y mi ánimo audaz me impulsan a acercarme a las veloces naves y averiguar. Pero vamos, levanta el cetro y júrame que me darás los caballos y el carro trabajado en bronce que llevan al irreprochable hijo de Peleo.

Para ti no seré un explorador inútil ni inferior a lo esperado. Atravesaré el campamento entero hasta que alcance la nave de Agamenón, donde seguramente los mejores están deliberando si huir o pelear.» Así habló, y él tomó el cetro en sus manos y le juró: «Que sea testigo ahora Zeus mismo, el atronador esposo de Hera: ningún otro varón de los troyanos montará esos caballos, sino que tú, digo, los lucirás para siempre.» Así dijo y juró en falso, pero a él lo incitó.

Al punto se echó a los hombros el arco curvo, se vistió encima la piel de un lobo gris, sobre la cabeza un casco de marta, tomó una lanza aguda y se puso en marcha hacia las naves desde el campamento. Pero no habría de volver desde las naves para llevar a Héctor noticia alguna. Pero cuando dejó atrás la multitud de caballos y hombres, avanzaba ansioso por el camino. Lo vio venir el divino Odiseo y dijo a Diomedes: «Ese hombre, Diomedes, viene desde el campamento.

No sé si es un espía de nuestras naves o viene a despojar a alguno de los muertos caídos. Pero dejemos que primero pase un poco más por la llanura; luego, lanzándonos sobre él, lo atraparemos rápidamente. Y si nos supera con sus pies, siempre acósalo hacia las naves, lejos de su campamento, atacándolo con la lanza, no sea que escape hacia la ciudad.» Así hablaron y, apartándose del camino, se tendieron entre los muertos. Él pasó rápidamente en su descuido. Pero cuando estuvo tan lejos como el surco que trazan las mulas —que son más fuertes que los bueyes para arrastrar el arado trabado por el barbecho profundo—, ellos dos corrieron tras él, y se detuvo al oír el ruido.

Esperaba en su corazón que fueran compañeros que volvían desde los troyanos porque Héctor los llamaba de regreso. Pero cuando estuvieron a un tiro de lanza o aún menos, reconoció que eran hombres enemigos, y movió las piernas ligeras para huir. Ellos dos enseguida se lanzaron a perseguirlo. Como cuando dos perros de dientes afilados, expertos en cazar, acosan sin cesar a un cervatillo o a una liebre por un paraje boscoso, y este corre chillando delante, así el hijo de Tideo y Odiseo el saqueador de ciudades, cortándolo del ejército, lo perseguían sin cesar.

Pero cuando ya estaba a punto de mezclarse con los guardias, huyendo hacia las naves, entonces Atenea infundió fuerza al hijo de Tideo, para que ninguno de los aqueos de túnicas de bronce se adelantara a jactarse de haberlo herido, y él llegara segundo. Abalanzándose con la lanza le habló el poderoso Diomedes: «O te detienes o te alcanzaré con la lanza, y no creo que por mucho tiempo evites de mi mano la abrupta destrucción.» Dijo y arrojó la lanza, pero erró al hombre a propósito.

Por encima del hombro derecho la punta de la lanza bien pulida se clavó en tierra. Él se detuvo y quedó aterrado, balbuceando —un castañeteo de dientes brotaba de su boca—, pálido de miedo. Ellos dos, jadeando, lo alcanzaron y lo agarraron de las manos. Él, llorando, dijo: «Captúrenme vivo, y yo mismo me rescataré. Hay dentro bronce y oro y hierro trabajado, de todo eso mi padre les daría inmensos rescates si se entera de que estoy vivo junto a las naves de los aqueos.»

Respondiéndole habló el ingenioso Odiseo: «Tranquilízate, que la muerte no esté en tu pensamiento. Pero vamos, dime esto y cuéntamelo con exactitud: ¿Hacia dónde vas así a las naves desde el campamento, solo, a través de la noche oscura, cuando duermen los demás mortales? ¿Vienes a despojar a alguno de los muertos caídos? ¿O te envió Héctor a espiarlo todo junto a las naves huecas? ¿O tu propio ánimo te impulsó?» Le respondió entonces Dolón, y le temblaban los miembros: «Con muchos engaños Héctor me sacó de mi juicio, él que asintió en darme los caballos de cascos macizos del ilustre hijo de Peleo y el carro trabajado en bronce.

Me ordenó ir a través de la veloz noche negra, acercarme a los hombres enemigos y averiguar si las naves ligeras están vigiladas como antes, o ya, doblegados por nuestras manos, planean huir entre ellos y no quieren montar guardia de noche, rendidos por el terrible cansancio.» Sonriéndole habló el ingenioso Odiseo:

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«Ciertamente tu corazón ansiaba grandes regalos: los caballos del belicoso nieto de Éaco. Pero son difíciles de domar y conducir para hombres mortales, para otro que no sea Aquiles, a quien parió una madre inmortal. Pero vamos, dime esto y cuéntamelo con exactitud: ¿Dónde dejaste, al venir aquí, a Héctor pastor de pueblos? ¿Dónde están sus armas de guerra, dónde sus caballos? ¿Cómo están las guardias y los lechos de los demás troyanos? ¿Qué planean entre ellos? ¿Tienen intención de quedarse aquí junto a las naves lejos de la ciudad, o volverán otra vez a la ciudad, ya que dominaron a los aqueos?»

A su vez le respondió Dolón, hijo de Eumedes: «Pues bien, yo te contaré todo esto con exactitud. Héctor está con aquellos que son consejeros deliberando junto a la tumba del divino Ilo, lejos del tumulto. Las guardias que preguntas, héroe, ninguna seleccionada protege ni vigila el ejército. Cuantas son las hogueras de los troyanos, para quienes es necesario, esos están despiertos y se ordenan unos a otros vigilar. Pero los numerosos aliados duermen, pues confían en que los troyanos vigilen, ya que no tienen cerca a sus hijos ni a sus esposas.»

Respondiéndole habló el ingenioso Odiseo: «¿Cómo duermen ahora, mezclados con los troyanos domadores de caballos o aparte? Dímelo para que lo sepa.» Le respondió entonces Dolón, hijo de Eumedes: «Pues bien, también esto te lo contaré con exactitud. Hacia el mar están los carios y los peonios de arcos curvos y los léleges y los caucones y los divinos pelasgos. Hacia Timbra les tocó a los licios y a los misios altivos y a los frigios combatientes a caballo y a los meonios que luchan en carros.

Pero ¿por qué me preguntan cada una de estas cosas? Si de verdad anhelan penetrar en la multitud de los troyanos, allí están los tracios, aparte, recién llegados, los más alejados de todos. Entre ellos está el rey Reso, hijo de Eyoneo. De ese vi los caballos más hermosos y más grandes: más blancos que la nieve, y en la carrera iguales a los vientos. Su carro está bien trabajado con oro y plata, y sus armas de oro, colosales, asombrosas de ver, las trajo consigo.

No es propio que las porten hombres mortales, sino dioses inmortales. Pero ahora llévenme a las veloces naves, o átenme y déjenme aquí con cruel atadura, para que vayan y me pongan a prueba, a ver si les dije la verdad o no.» Mirándolo con ceño le habló el poderoso Diomedes: «No te metas en la cabeza, Dolón, la idea de escapar, por buenas que sean las noticias, ya que caíste en nuestras manos. Pues si ahora te soltamos o te dejamos ir, volverás más tarde a las veloces naves de los aqueos, ya fuera espiando o enfrentándose a luchar cuerpo a cuerpo.

Pero si vencido por mis manos pierdes la vida, nunca más serás una amenaza para los argivos.» Así dijo, y el otro estaba a punto de tocarle la barbilla con su mano pesada para suplicarle, pero él le hundió la espada en medio del cuello lanzándose rápido, y le cortó ambos tendones de un tajo. Mientras aún hablaba su cabeza se mezcló con el polvo. Le quitaron de la cabeza el casco recubierto de piel de marta y la piel de lobo y el arco curvo y la lanza larga, y el divino Odiseo las alzó en alto con su mano hacia Atenea saqueadora y pronunció estas palabras en oración: «Alégrate, diosa, con estos despojos; pues a ti primero en el Olimpo entre todos los inmortales invocaremos.

Ahora de nuevo guíanos hacia los caballos de los tracios y su campamento.» Así habló, y alzándolas en alto lejos de él las colocó sobre un tamarisco; e hizo una señal juntando cañas y ramas tiernas del tamarisco frondoso, para no pasarlas por alto al regresar a través de la noche veloz y oscura. Los dos avanzaron entre las armas y la sangre negra, y enseguida llegaron al campamento de los guerreros tracios. Ellos dormían exhaustos por la fatiga, y sus armas bellas yacían junto a ellos en el suelo bien ordenadas en tres hileras; y junto a cada uno su pareja de caballos.

Reso dormía en medio, y junto a él sus caballos veloces estaban atados con correas al barandal trasero del carro. Odiseo lo vio primero y se lo mostró a Diomedes: «Este es el hombre, Diomedes, y estos son los caballos que nos indicó Dolón, al que matamos nosotros. Vamos, despliega ahora tu fuerza poderosa; no debes quedarte ahí parado ocioso con las armas, suelta los caballos, o tú mata a los hombres y yo me ocuparé de los caballos.» Así habló, y Atenea de ojos brillantes le infundió fuerza; mataba a diestro y siniestro, y de ellos se alzaba un gemido horrible mientras eran degollados por la espada, y la tierra se teñía de sangre.

Como un león que cae sobre un rebaño sin guardia, sobre cabras u ovejas, y se lanza con malas intenciones, así el hijo de Tideo se abalanzó sobre los guerreros tracios hasta que mató a doce; y el astuto Odiseo, a cada uno que el hijo de Tideo golpeaba acercándose con su espada, Odiseo lo agarraba por detrás del pie y lo arrastraba, pensando en su corazón cómo los caballos de hermosas crines pasarían fácilmente sin asustarse en su ánimo pisando los cadáveres, pues todavía no estaban acostumbrados a ellos.

Pero cuando el hijo de Tideo llegó hasta el rey, le arrebató la dulce vida al decimotercero que jadeaba; pues un sueño funesto se había posado sobre su cabeza esa noche, el hijo de Eneo, por designio de Atenea. Mientras tanto el paciente Odiseo desataba los caballos de cascos macizos, los unió con las correas y los sacó de la multitud golpeándolos con el arco, ya que no pensó en tomar con sus manos

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el látigo brillante del carro labrado; y silbó haciendo la señal al divino Diomedes. Pero este se quedó dudando qué acción más audaz haría, si tomar el carro donde yacían las armas labradas y sacarlo arrastrando del timón o levantarlo en alto, o quitar la vida a más tracios todavía. Mientras reflexionaba sobre esto en su mente, Atenea poniéndose cerca le habló al divino Diomedes: «Piensa ya en el regreso, hijo de Tideo magnánimo, a las naves huecas, no sea que llegues huyendo, o algún otro dios despierte también a los troyanos.»

Así habló, y él reconoció la voz de la diosa que hablaba, y rápidamente montó en los caballos; Odiseo los golpeó con el arco, y volaron hacia las naves veloces de los aqueos. Ni Apolo del arco de plata mantuvo guardia en vano, cuando vio a Atenea acompañando al hijo de Tideo; enojado con ella se sumergió en la gran multitud de troyanos y despertó a Hipoconte, consejero de los tracios, noble primo de Reso; este saltó del sueño y cuando vio el espacio vacío donde habían estado los caballos veloces y los hombres convulsionándose en las matanzas sangrientas, gimió y llamó a gritos a su querido compañero por su nombre.

Y de los troyanos se alzó clamor y tumulto inmenso mientras corrían en todas direcciones; contemplaban las acciones terribles que habían hecho aquellos hombres antes de irse a las naves huecas. Cuando llegaron al lugar donde habían matado al espía de Héctor, allí Odiseo amado de Zeus detuvo los caballos veloces, y el hijo de Tideo saltando a tierra tomó los despojos ensangrentados y los puso en las manos de Odiseo, y montó en los caballos; fustigó a los caballos, y ellos no contra su voluntad volaron hacia las naves huecas, pues allí deseaba ir su corazón.

Néstor fue el primero en oír el estruendo y habló: «Oh amigos, jefes y comandantes de los argivos, ¿mentiré o diré la verdad? Mi corazón me impulsa a hablar. El ruido de caballos de pies rápidos golpea mis oídos. Ojalá que Odiseo y el poderoso Diomedes ahora mismo trajeran de entre los troyanos caballos de cascos macizos; pero temo terriblemente en mi corazón que hayan sufrido algo los mejores de los argivos en el tumulto de los troyanos.» Aún no había terminado de hablar cuando llegaron ellos mismos.

Bajaron a tierra, y los otros alegrándose los saludaban con la mano derecha y con palabras amables. El primero en preguntarles fue Néstor de Gerenia, conductor de caballos: «Vamos, dime, ilustre Odiseo, gran gloria de los aqueos, cómo conseguisteis estos caballos adentrándoos en la multitud de troyanos, ¿o algún dios os los dio al encontraros con vosotros? Terriblemente parecidos a los rayos del sol. Siempre me mezclo con los troyanos, y no creo quedarme junto a las naves aunque sea un viejo guerrero, pero nunca vi ni imaginé caballos como estos.

Creo que algún dios os los dio al salir a vuestro encuentro; pues a los dos os ama Zeus amontonador de nubes y la hija de Zeus portador de la égida, Atenea de ojos brillantes.» Respondiéndole le habló el astuto Odiseo: «Oh Néstor hijo de Neleo, gran gloria de los aqueos, fácilmente un dios, si quiere, puede dar incluso mejores caballos que estos, pues son mucho más poderosos. Pero estos caballos, anciano, que preguntas son recién llegados, tracios; a su señor el valiente Diomedes lo mató, y junto a él a doce compañeros, todos los mejores.

Al decimotercero, un espía, lo capturamos cerca de las naves, a quien Héctor y los demás troyanos ilustres habían enviado como observador de nuestro ejército.» Así hablando condujo los caballos de cascos macizos a través del foso riendo alegremente, y con él iban los otros aqueos regocijándose. Cuando llegaron a la tienda bien construida del hijo de Tideo, ataron los caballos con correas bien cortadas al pesebre de caballos, donde los caballos de Diomedes estaban de pie, de pies rápidos, comiendo trigo dulce como miel.

En la popa de la nave Odiseo colocó los despojos ensangrentados de Dolón hasta que prepararan un sacrificio sagrado para Atenea. Ellos mismos se lavaban el sudor abundante en el mar entrando en el agua, las piernas y alrededor del cuello y los muslos. Y después que la ola del mar les lavó el sudor abundante de la piel y refrescó su corazón querido, entraron en bañeras pulidas y se bañaron. Y los dos, después de bañarse y ungirse con aceite espeso, se sentaron a cenar, y de la cratera para Atenea sacando vino dulce como miel lo derramaron en libación.

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