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Canto XX

La Ilíada · Homero · 25 min de lectura

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Así junto a las naves de curvadas popas se armaban en torno a ti, hijo de Peleo, los aqueos insaciables de guerra, y los troyanos a su vez del otro lado sobre la loma de la llanura. Zeus ordenó a Temis convocar a los dioses en asamblea desde la cumbre del Olimpo de muchos repliegues; ella por todas partes fue de un lado a otro y les ordenó dirigirse a la casa de Zeus. Ninguno de los ríos faltó, excepto el Océano, ni ninguna de las ninfas que habitan los hermosos bosques y los manantiales de los ríos y los prados cubiertos de hierba.

Y llegados a la casa de Zeus amontonador de nubes se sentaron en los pórticos pulidos que para Zeus padre había construido Hefesto con su mente hábil. Así se reunieron dentro de la casa de Zeus; ni siquiera el sacudidor de tierra desobedeció a la diosa, sino que vino desde el mar con ellos, y se sentó en medio, y preguntó a Zeus su voluntad: «¿Por qué de nuevo, señor del rayo brillante, convocas en asamblea a los dioses? ¿Acaso meditas algo sobre los troyanos y los aqueos?

Pues ahora muy cerca de ellos arden la batalla y la guerra.» Y respondiéndole le habló Zeus amontonador de nubes: «Comprendes, sacudidor de tierra, mi intención en el pecho, por la cual los convoco; me importan aunque estén muriendo. Pero yo me quedaré en un pliegue del Olimpo sentado, donde al mirar me alegraré el corazón; vosotros los demás id hasta que lleguéis a troyanos y aqueos, y ayudad a ambos según sea el deseo de cada uno. Pues si Aquiles combate solo contra los troyanos, ni siquiera un poco aguantarán al Pelida de pies veloces.

Ya incluso antes temblaban mirándolo; ahora que además en su corazón está enfurecido terriblemente por su compañero, temo que incluso la muralla más allá del destino destruya.» Así habló el Cronida, y despertó guerra sin tregua. Y marcharon a la guerra los dioses con corazón dividido: Hera se fue hacia el campamento de las naves, y Palas Atenea, y Poseidón que sujeta la tierra, y el benéfico Hermes, que con pensamientos astutos se distingue; Hefesto fue con ellos orgulloso de su fuerza, cojeando, y sus piernas delgadas se movían debajo.

Hacia los troyanos fue Ares de brillante casco, y con él Febo de cabellera sin cortar, y Ártemis flechadora, Leto y el Janto y Afrodita amante de sonrisas. Mientras los dioses estaban lejos de los hombres mortales, los aqueos se enorgullecían mucho, porque Aquiles apareció, y por largo tiempo había cesado de la dolorosa guerra; y a los troyanos un temor terrible se apoderó de los miembros de cada uno, aterrados, cuando vieron al Pelida de pies veloces resplandeciendo en sus armas igual que Ares destructor de hombres.

Pero cuando los Olímpicos llegaron entre la multitud de hombres, se alzó la Discordia poderosa que enloquece pueblos, y gritó Atenea, de pie ya sea junto a la fosa excavada fuera de la muralla, ya otras veces a lo largo de las resonantes playas gritaba con fuerza. Y gritó Ares del otro lado, como tenebrosa tormenta, agudamente desde lo alto de la ciudad exhortando a los troyanos, otras veces corriendo junto al Simois sobre la colina Calícola. Así los bienaventurados dioses incitando a unos y otros los lanzaron juntos, y entre ellos hicieron estallar terrible discordia.

Terrible tronó el padre de hombres y dioses desde lo alto; y abajo Poseidón sacudió la tierra infinita y las escarpadas cimas de los montes. Todas se agitaban las estribaciones del Ida de muchos manantiales y las cumbres, y la ciudad de los troyanos y las naves de los aqueos. Se aterró abajo el señor de los muertos Hades, y aterrado saltó de su trono y gritó, no fuera que encima la tierra desgarrara Poseidón sacudidor de tierra, y quedaran expuestas a mortales e inmortales las moradas horribles y mohosas, que odian incluso los dioses: tal estruendo se alzó cuando los dioses se lanzaron en discordia.

Pues bien, frente al señor Poseidón se plantó Apolo Febo sosteniendo flechas aladas, y frente a Enialio la diosa de ojos brillantes Atenea; frente a Hera se puso la de áureo huso, la ruidosa Ártemis flechadora, hermana del arquero; frente a Leto se puso el fuerte benéfico Hermes, y frente a Hefesto el gran río de profundos remolinos, al que los dioses llaman Janto, y los hombres Escamandro. Así los dioses iban contra los dioses; pero Aquiles anhelaba sobre todo penetrar en la multitud frente a Héctor Priamida; pues por él sobre todo su corazón lo impulsaba a saciar con sangre a Ares de escudo de toro, guerrero.

Pero a Eneas directamente lo incitó Apolo que enloquece pueblos contra el Pelida, y le infundió fuerza noble; tomó la voz del hijo de Príamo, Licaón: pareciéndose a él le habló el hijo de Zeus Apolo: «Eneas, consejero de los troyanos, ¿dónde están tus amenazas, las que prometías a los reyes troyanos bebiendo vino, de que lucharías cara a cara con el Pelida Aquiles?» Y a su vez Eneas respondiéndole le dijo: «Priamida, ¿por qué me ordenas estas cosas cuando no quiero combatir frente al Pelida de ánimo soberbio?

Pues no será ahora la primera vez que frente al Aquiles de pies veloces me planté, sino que ya una vez incluso antes me ahuyentó con su lanza desde el Ida, cuando atacó nuestros bueyes, y destruyó Lirneso y Pédaso; pero a mí Zeus me salvó, quien despertó mi fuerza y rodillas ligeras. Habría muerto bajo las manos de Aquiles y de Atenea, que yendo delante le daba luz y le ordenaba matar con su lanza de bronce a léleges y troyanos. Por eso no es posible para un hombre combatir frente a Aquiles: siempre hay junto a él alguno de los dioses que aparta la muerte. Y además su lanza vuela recta, y no se detiene antes de atravesar carne de hombre. Pero si un dios

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igualara el resultado de la guerra, no muy fácilmente vencería, ni siquiera si se jacta de ser todo de bronce.» Y de nuevo le respondió el señor hijo de Zeus Apolo: «Héroe, pero vamos, también tú reza a los dioses sempiternos; pues también de ti dicen que de la hija de Zeus Afrodita naciste, y él es de una diosa inferior; la tuya es de Zeus, la suya del viejo del mar. Así que lleva adelante el bronce infatigable, y no dejes que de ningún modo te aparte con palabras ofensivas y amenazas.»

Así hablando inspiró gran fuerza al pastor de pueblos, y marchó entre los primeros combatientes armado con bronce resplandeciente. Y no pasó inadvertido para Hera de blancos brazos el hijo de Anquises yendo contra el Pelida a través de la turba de hombres; y ella reuniendo a los dioses habló entre ellos: «Pensad ahora vosotros dos, Poseidón y Atenea, en vuestros corazones, cómo será esto. Eneas ahí va armado con bronce resplandeciente contra el Pelida, y lo envió Febo Apolo. Pero vamos, nosotros mismos ahora hagámoslo retroceder de aquí; o alguno incluso de nosotros junto a Aquiles se ponga, y le dé gran poder, y que en nada su ánimo desfallezca, para que sepa que lo aman los mejores de los inmortales, y que en cambio son vanos los que antes apartaban de los troyanos la guerra y el combate.

Todos del Olimpo bajamos para unirnos a esta batalla, para que no sufra nada entre los troyanos hoy; después luego sufrirá lo que la Moira al nacer le hiló con su hilo, cuando lo parió su madre. Pero si Aquiles no se entera de esto por voz de los dioses, se asustará después, cuando algún dios se le presente cara a cara en la guerra; pues terribles son los dioses al mostrarse visibles.» Y le respondió entonces Poseidón sacudidor de tierra: «Hera, no te enfurezcas sin razón; no es necesario.

Yo no querría lanzar a los dioses en discordia, a nosotros contra los otros, ya que somos mucho más fuertes. Mejor nosotros sentémonos yendo fuera del camino hacia un puesto de observación, y la guerra quedará a cargo de los hombres. Pero si Ares comienza la lucha o Febo Apolo, o si retienen a Aquiles y no lo dejan combatir, entonces inmediatamente también a nosotros allí mismo se nos levantará la disputa de la batalla; muy pronto creo que separados volverán al Olimpo hacia la asamblea de los otros dioses, vencidos por nuestras manos bajo fuerza inevitable.»

Así habló y los guió el de oscura cabellera hacia el muro amontonado del divino Heracles, alto, que para él los troyanos y Palas Atenea construyeron, para que del monstruo escapando se protegiera, cuando lo persiguiera desde la costa hacia la llanura. Allí Poseidón se sentó y los otros dioses, y alrededor de sus hombros se envolvieron una nube inquebrantable; Y los otros se sentaron al otro lado, en las colinas de Calícólone, en torno a ti, Febo Arquero, y a Ares destructor de ciudades.

Así los de uno y otro bando se sentaron tramando sus planes; ambos bandos vacilaban en comenzar la guerra amarga, aunque Zeus, sentado en lo alto, los urgía. Y toda la llanura se llenó de ellos y relucía con el bronce de hombres y caballos; la tierra temblaba bajo los pies de todos levantándose a la vez. Dos hombres, los más valientes, avanzaron al centro entre ambos ejércitos, ansiosos de pelear: Eneas, hijo de Anquises, y el divino Aquiles. Eneas fue el primero en avanzar amenazante, moviendo su pesado casco; y su feroz escudo lo llevaba frente al pecho, y blandía su lanza de bronce.

El Pelida, desde el otro lado, se lanzó contra él como un león, un león devorador al que los hombres anhelan matar y se reúne todo el pueblo; él al principio va desdeñoso, pero cuando alguno de los jóvenes guerreros lo hiere con su lanza, se agacha con las fauces abiertas, la espuma le cubre los dientes, y dentro de su pecho el corazón valiente gruñe, y con la cola se azota los flancos y las ancas por ambos lados, se incita a sí mismo a combatir, y con ojos llameantes se arroja adelante furioso, a ver si mata a alguno de los hombres o él mismo muere en la primera fila; así el ardor y el corazón orgulloso incitaban a Aquiles a enfrentarse al magnánimo Eneas.

Y cuando estuvieron cerca, avanzando uno hacia el otro, el primero en hablar fue el divino Aquiles de pies veloces: «Eneas, ¿por qué te has adelantado tanto desde la multitud y te detienes aquí? ¿Acaso tu corazón te manda pelear conmigo esperando gobernar a los troyanos domadores de caballos con el honor de Príamo? Pero aunque me mates, no por eso Príamo pondrá ese premio en tu mano; pues tiene hijos, y él es firme y no insensato. ¿O es que los troyanos te han reservado un dominio que sobresale de todos los demás, hermoso, de huertos y tierras de labranza, para que lo disfrutes si me matas?

Creo que te será difícil lograrlo. Ya una vez, te digo, te hice huir con mi lanza. ¿No recuerdas cuando te perseguí desde los bueyes, estando tú solo, y te lancé por las montañas del Ida con mis pies veloces tan rápido que ni siquiera mirabas atrás al huir? De allí escapaste hacia Lirneso; pero yo la destruí lanzándome con Atenea y Zeus padre, y a las mujeres cautivas, arrebatándoles el día de libertad, las llevé; pero a ti te salvó Zeus y otros dioses.

Pero ahora no creo que te salven, como en tu corazón imaginas; así que te ordeno que te retires y vuelvas a la multitud, y no te enfrentes a mí, antes de que te pase algo malo; sólo después de que sucede el tonto comprende.» Y a su vez Eneas le respondió y le dijo: «Pelida, no esperes asustarme con palabras

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como a un niño, pues bien sé yo mismo pronunciar insultos y ultrajes. Conocemos la estirpe del otro, conocemos a nuestros padres, por haberlo oído en palabras de hombres mortales; pero con la vista ni tú has visto a los míos ni yo a los tuyos. Dicen que tú eres hijo del intachable Peleo y de tu madre Tetis, la de hermosas trenzas, nacida del mar; yo, en cambio, me declaro hijo del magnánimo Anquises, nacido de él, y mi madre es Afrodita; de estos, uno u otro bando llorará hoy a un hijo querido; pues no creo que con palabras infantiles así separados vayamos a retirarnos del combate.

Pero si quieres conocer también esto, para que sepas bien nuestra estirpe, y muchos hombres la conocen: Dárdano fue el primero al que engendró Zeus, que amontona las nubes, y fundó Dardania, pues aún no estaba Ilión sagrada edificada en la llanura como ciudad de hombres mortales, sino que aún habitaban en las faldas del Ida de muchos manantiales. Dárdano a su vez engendró un hijo, el rey Erictonio, que llegó a ser el más rico de los hombres mortales; suyas eran tres mil yeguas que pacían en el pantano, hembras, orgullosas de sus potros tiernos.

De ellas se enamoró Bóreas mientras pastaban, y transformado en caballo de crines azuladas se unió a ellas; y ellas, quedando preñadas, parieron doce potros. Estos, cuando corrían sobre la tierra fértil, pasaban por encima de las espigas del trigo y no las quebraban; y cuando corrían sobre el ancho lomo del mar, pasaban por encima de la cresta de las olas del mar espumoso. Y Erictonio engendró a Tros, rey de los troyanos; y de Tros nacieron tres hijos ilustres: Ilo, Asáraco y Ganimedes igual a los dioses, que fue el más hermoso de los hombres mortales; y los dioses lo arrebataron para servir vino a Zeus por su belleza, para que estuviera entre los inmortales.

E Ilo a su vez engendró un hijo ilustre, Laomedonte; y Laomedonte engendró a Titono, a Príamo, a Lampón, a Clitio y a Hicetaón, retoño de Ares; y Asáraco engendró a Capis, y este engendró a Anquises, y Anquises me engendró a mí, y Príamo engendró al divino Héctor. De esta estirpe y de esta sangre me declaro nacido. Mas Zeus acrecienta o disminuye el valor de los hombres según su voluntad; pues él es el más poderoso de todos. Pero ya basta de hablar de estas cosas como niños, estando en medio de la contienda de la batalla.

Pues hay reproches que decirse ambos muchos, ni siquiera una nave de cien bancos podría llevar el peso. Flexible es la lengua de los mortales, y en ella hay palabras de toda clase, y el campo de las palabras es vasto en uno y otro sentido. La clase de palabra que digas, esa clase oirás. Pero ¿qué necesidad tenemos nosotros de disputas y reproches, de insultarnos el uno al otro frente a frente, como mujeres que, tras enojarse por una disputa que devora el corazón, se insultan entre ellas saliendo en medio de la calle, muchas cosas verdaderas y falsas; la cólera las incita a eso también.

Pero no me apartarás con palabras de mi ardor antes de que peleemos de frente con el bronce; vamos, pronto probemos el uno contra el otro con nuestras lanzas de bronce.» Así dijo, y lanzó su poderosa lanza contra el terrible escudo, el temible; y el escudo resonó fuerte bajo la punta de la lanza. El Pelida apartó el escudo de sí con su mano robusta aterrado; pues pensó que la lanza de larga sombra atravesaría fácilmente el escudo del magnánimo Eneas, el necio, y no comprendió en su mente y en su corazón que no es fácil que los gloriosos regalos de los dioses sean quebrantados o cedan ante hombres mortales.

Tampoco entonces la poderosa lanza del valeroso Eneas rompió el escudo; el oro lo detuvo, regalo del dios; atravesó sí dos capas, pero aún quedaban tres, pues cinco capas había forjado el Cojo, dos de bronce, dos por dentro de estaño, y una de oro, en la cual se detuvo la lanza de fresno. Aquiles a su vez lanzó segundo su lanza de larga sombra, y golpeó el escudo de Eneas, perfectamente equilibrado, por el borde exterior, donde el bronce corría más delgado, y más delgada era la piel de buey; y de parte a parte la lanza del Pelión se clavó, y el escudo crujió bajo ella.

Eneas se agachó y apartó de sí el escudo aterrado; y la lanza por encima de su espalda en la tierra se clavó tensa, y atravesó los dos círculos del escudo que cubre ambos lados; él, evitando la larga lanza, se detuvo, y una angustia infinita se derramó sobre sus ojos, espantado de que el arma se hubiese clavado tan cerca. Pero Aquiles, lleno de furia, se lanzó tras desenvainar su espada aguda, gritando terriblemente; y Eneas tomó con la mano una piedra, una enorme hazaña, que ni dos hombres podrían llevar como son ahora los mortales; pero él la blandía fácilmente, solo.

Y entonces Eneas habría golpeado al que se lanzaba con la piedra en el casco o en el escudo, que le habría protegido de la triste muerte, y el Pelida de cerca le habría arrebatado la vida con su espada, si no lo hubiera advertido agudamente Poseidón, el que sacude la tierra; y al instante entre los dioses inmortales dijo estas palabras: «Ay de mí, siento pena por el magnánimo Eneas, que pronto, dominado por el Pelida, bajará al Hades, obedeciendo las palabras de Apolo el Arquero, el necio, y de nada le servirá para evitar la triste muerte.

Pero ¿por qué ha de sufrir ahora dolores sin culpa gratuitamente por penas ajenas, cuando siempre ha ofrecido regalos gratos a los dioses que habitan el ancho cielo? Vamos, salvémoslo nosotros de la muerte,

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No sea que el Cronida se enoje, si Aquiles a este hombre mata; pero su destino es escapar, para que no perezca sin semilla y sin rastro el linaje de Dárdano, a quien el Cronida amó por encima de todos los hijos que tuvo con mujeres mortales. Ya el Cronión odia la estirpe de Príamo; ahora en verdad el poder de Eneas reinará entre los troyanos, y los hijos de sus hijos, los que nazcan en el tiempo venidero.» Y le respondió entonces Hera, la de ojos de vaca, la señora: «Sacudidor de la tierra, tú mismo en tu mente decide sobre Eneas, si lo salvas o dejas que Aquiles, el hijo de Peleo, lo venza, aun siendo valiente.

Pues nosotros dos muchos juramentos hemos hecho ante todos los inmortales, yo y Palas Atenea, de nunca apartar de los troyanos el día funesto, ni siquiera cuando Troya entera arda en el fuego devastador, quemándose, y la quemen los belicosos hijos de los aqueos.» Y cuando escuchó esto Poseidón, el que sacude la tierra, marchó por entre la batalla y el estrépito de las lanzas, y llegó adonde estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Y al punto echó sobre los ojos una niebla, sobre Aquiles, el hijo de Peleo; y arrancó la lanza de fresno guarnecida de bronce del escudo del magnánimo Eneas, y la puso delante de los pies de Aquiles; a Eneas lo lanzó desde el suelo y lo alzó muy alto.

Muchas filas de héroes, y muchas también de caballos, saltó Eneas, disparado por la mano del dios, y llegó al extremo de la guerra tumultuosa, donde los cauconios se armaban para el combate. Muy cerca de él se acercó Poseidón, el que sacude la tierra, y hablándole le dirigió estas palabras aladas: «Eneas, ¿cuál de los dioses te ordena en tu insensatez luchar cara a cara con el arrogante hijo de Peleo, que es más fuerte que tú y más querido de los inmortales? Antes bien retrocede, cada vez que te encuentres con él, no sea que por encima del destino entres en la casa de Hades.

Pero cuando Aquiles alcance la muerte y su perdición, entonces ten confianza y lucha entre los primeros; pues ningún otro de los aqueos te matará.» Así habló y lo dejó allí, después de aclararle todo. Enseguida después dispersó de los ojos de Aquiles la niebla divina; y él entonces miró con asombro con sus ojos, y afligido dijo a su magnánimo corazón: «Oh dioses, un gran prodigio veo con mis ojos; la lanza esta yace en el suelo, y no veo al hombre a quien la arrojé con ansia de matarlo.

En verdad también Eneas era querido de los dioses inmortales; y yo pensaba que alardeaba en vano. ¡Que se vaya! No tendrá ánimo de probarme otra vez, él que ahora ha escapado gozoso de la muerte. Pero vamos, tras exhortar a los dánaos amantes de la guerra, probaré contra los otros troyanos yendo a su encuentro.» Así habló, y saltó entre las filas, y gritó a cada guerrero: «Ya no os quedéis lejos de los troyanos, divinos aqueos, sino que cada hombre vaya contra otro hombre y arda por luchar.

Difícil me es, aunque sea fuerte, perseguir a tantos hombres y combatir con todos; ni siquiera Ares, que es un dios inmortal, ni Atenea podría atender la boca de una refriega así y fatigarse; pero en cuanto yo puedo con mis manos y mis pies y fuerza, digo que no aflojaré ni un instante, sino que iré a través de toda la línea, y no creo que ningún troyano se alegre si se acerca a mi lanza.» Así habló exhortándolos; y a los troyanos el resplandeciente Héctor llamó a gritos, y dijo que iría contra Aquiles: «Troyanos de ánimo arrogante, no temáis al hijo de Peleo.

Yo también podría luchar con los inmortales con palabras; con la lanza es difícil, pues son mucho más fuertes. Ni Aquiles cumplirá todo lo que dice con palabras, sino que algo cumplirá, y algo lo dejará a medias. Yo iré contra él aunque sus manos sean como fuego, aunque sus manos sean como fuego y su furia como hierro ardiente.» Así habló exhortándolos, y los troyanos alzaron sus lanzas frente a ellos; y su furia se mezcló confusa, y se alzó el grito de guerra.

Y entonces le dijo Febo Apolo, acercándose a Héctor: «Héctor, ya no salgas del todo a pelear contra Aquiles, sino que entre la multitud y lejos del tumulto aguárdalo, no sea que te alcance con un tiro o de cerca te golpee con la espada.» Así habló, y Héctor de nuevo se metió entre la turba de hombres aterrado, cuando oyó la voz del dios que hablaba. Y Aquiles se lanzó entre los troyanos con el corazón vestido de furia, dando gritos terribles, y primero mató a Ifitionte, el valeroso hijo de Otrunteo, jefe de muchos pueblos, al que parió una ninfa náyade para Otrunteo saqueador de ciudades bajo el Tmolo nevado, en el fértil pueblo de Hide; a él, que avanzaba directo hacia él, lo golpeó con la lanza el divino Aquiles en medio de la cabeza; y se partió entera en dos, y cayó con estrépito, y el divino Aquiles se jactó sobre él: «Yaces, hijo de Otrunteo, el más terrible de todos los hombres; aquí está tu muerte, pero tu linaje está junto al lago Gigeo, donde tienes el territorio paterno, junto al Hilo abundante en peces y al Hermo de remolinos.»

Así habló jactándose, y la oscuridad cubrió los ojos del otro. A aquel los caballos de los aqueos lo despedazaron con sus ruedas en la primera línea del combate; y sobre él, a Demoleonte, valiente protector en la batalla, hijo de Anténor, lo alcanzó en la sien, a través del yelmo de carrilleras de bronce. Y el yelmo de bronce no lo detuvo, sino que a través de él la punta de la lanza rompió el hueso, y el cerebro entero quedó salpicado dentro; lo venció mientras arremetía.

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Y luego a Hipodamante, que saltaba de su carro, huyendo delante de él, lo hirió con la lanza por la espalda. Y este exhaló el aliento y mugió, como cuando un toro muge arrastrado en torno al señor Heliconio por jóvenes que lo arrastran; y se regocija con ello el Sacudidor de la tierra; así aquel mugiendo dejó los huesos el aliento arrogante; y él marchó con la lanza tras Polidoro, igual a los dioses, hijo de Príamo. A este su padre no lo dejaba combatir, porque entre sus hijos era el más joven de nacimiento, y el más amado por él, y a todos vencía en velocidad de pies; entonces por su estupidez mostrando la excelencia de sus pies corría por entre los combatientes de primera línea, hasta que perdió su querido aliento.

Lo hirió en medio con la jabalina el divino Aquiles de pies veloces en la espalda mientras corría, donde las hebillas del cinturón de oro se juntaban y el peto doble se encontraba; y de lado a lado atravesó junto al ombligo la punta de la lanza, y cayó de rodillas gimiendo, y lo cubrió una nube oscura, y se inclinó hacia delante y recogió sus intestinos con las manos. Y Héctor cuando vio a su hermano Polidoro sosteniendo sus intestinos con las manos, inclinándose hacia la tierra, una niebla le cubrió los ojos; y ya no soportó seguir rondando a lo lejos, sino que fue contra Aquiles blandiendo su lanza aguda, como una llama; y Aquiles cuando lo vio, saltó hacia delante, y jactándose dijo estas palabras: «Cerca está el hombre que más ha herido mi corazón, el que mató a mi compañero honrado; ya no más nos evitaremos el uno al otro por los puentes de la guerra.»

Así habló, y mirándolo sombrío se dirigió al divino Héctor: «Acércate más, para que llegues más rápido al límite de la destrucción.» Y sin temer le respondió Héctor de penacho centelleante: «Hijo de Peleo, no esperes con palabras asustarme como a un niño, pues bien sé yo mismo decir insultos y palabras infamantes. Y sé que tú eres valiente, y yo mucho peor que tú. Pero en verdad estas cosas están en las rodillas de los dioses, si yo siendo más débil te quitaré el aliento golpeándote con la lanza, pues también mi arma ha sido afilada antes.»

Así habló, y balanceándola arrojó su lanza, pero Atenea con un soplo la desvió del glorioso Aquiles, soplando muy suavemente; y volvió de nuevo al divino Héctor, y cayó delante de sus pies. Y Aquiles con furia arremetió, ansioso de matarlo, gritando terriblemente; pero Apolo lo arrebató muy fácilmente, como hace un dios, y lo cubrió con abundante niebla. Tres veces entonces arremetió el divino Aquiles de pies veloces con su lanza de bronce, y tres veces golpeó la niebla espesa. Pero cuando por cuarta vez se lanzó igual a un dios, gritando terriblemente le dirigió estas palabras aladas: «Otra vez ahora has escapado de la muerte, perro; aunque cerca te llegó la desgracia; pero ahora de nuevo te salvó Febo Apolo, a quien vas a rezar yendo al fragor de las lanzas.

Te daré alcance, te lo aseguro, aunque sea después, si alguno de los dioses me ayuda también a mí. Ahora iré tras los otros, a cualquiera que encuentre.» Así habló, y atravesó a Driope por mitad del cuello con la lanza; cayó ante sus pies, y él lo dejó allí, y a Démuco, hijo de Filétor, hombre noble y alto, lo golpeó en la rodilla con la lanza y lo detuvo. Luego lo remataba con la gran espada y le arrancaba la vida. Después se lanzó sobre Laógono y Dárdano, hijos de Biante, y a ambos los derribó de sus caballos a tierra, hiriendo a uno con la lanza, golpeando al otro de cerca con la espada.

A Tros, hijo de Alástor —él se le acercó a las rodillas para ver si lo perdonaba, si lo agarraba y lo soltaba vivo, y no lo mataba, compadeciéndolo por ser de su misma edad, necio, no sabía que no iba a persuadirlo: porque aquel hombre no era dulce de corazón ni de ánimo suave, sino totalmente salvaje—, él le abrazaba las rodillas con las manos, queriendo suplicar, pero lo hirió con la espada en el hígado; se le escapó el hígado, y la sangre negra de él le llenó el pecho.

Las tinieblas le cubrieron los ojos al faltarle el aliento. Y a Mulio lo hirió parándose junto a él con la lanza en la oreja, y al instante la punta de bronce atravesó hasta la otra oreja. A Équeclo, hijo de Agenor, lo golpeó en medio de la cabeza con la espada de empuñadura, y toda la espada se calentó con la sangre. A él los ojos se los apresó la muerte púrpura y el destino poderoso. A Deucalión después, donde los tendones se unen en el codo, allí lo atravesó por el brazo con la punta de bronce; él lo esperaba con el brazo pesado, viendo la muerte ante sí.

Él, golpeándole el cuello con la espada, lanzó lejos la cabeza con el casco. La médula saltó de las vértebras, y él quedó tendido en el suelo. Y se fue luego contra el noble hijo de Peires, Rigmo, que había venido de Tracia, tierra de terrones espesos. Lo hirió en el medio con la lanza, y el bronce se clavó en el vientre, y cayó del carro. Y a Areítoo, su escudero, cuando volvía los caballos, le clavó en la espalda la lanza aguda y lo tiró del carro, y los caballos se espantaron.

Como cuando se aviva en las hondas quebradas un fuego prodigioso de un monte reseco, y arde la espesa maleza, y por todas partes el viento, volviéndose, hace girar la llama, así él se lanzaba por todas partes con la lanza como un dios, persiguiendo a los que mataba, y corría con sangre la tierra negra. Como cuando alguien unce bueyes machos de ancha frente para trillar cebada blanca en una era bien construida, y pronto se vuelve fina bajo las patas de los bueyes mugientes, así bajo Aquiles, el de ánimo grande, los caballos de cascos enteros pisoteaban juntos a los cadáveres y los escudos. El eje por debajo estaba todo salpicado de sangre, y los bordes que rodeaban el carro,

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que alcanzaban las gotas desde los cascos de los caballos y desde las llantas de las ruedas. Y él ansiaba conquistar la gloria, el Pelida, y sus manos invencibles estaban manchadas de sangre.

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