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Canto XVII

La Ilíada · Homero · 38 min de lectura

Parte1versos 1-100

No pasó inadvertido al hijo de Atreo, a Menelao amigo de la guerra, que Patroclo había caído bajo los troyanos en el combate. Avanzó entre los combatientes de vanguardia revestido de bronce reluciente, y se plantó junto a él como una madre alrededor de su ternero, primeriza que gime, sin conocer antes el parto; así se plantó el rubio Menelao alrededor de Patroclo. Delante de él sostuvo la lanza y el escudo igual por todas partes, ansioso de matar a quien se le enfrentara. Tampoco el hijo de Panto, el de la buena lanza de fresno, descuidó a Patroclo caído, al irreprochable; se detuvo cerca de él y le habló a Menelao amigo de la guerra: «Atrida Menelao, criado por Zeus, jefe de pueblos, retrocede, deja el cadáver, abandona las armas ensangrentadas; pues nadie de los troyanos ni de los ilustres aliados hirió antes a Patroclo con la lanza en la dura batalla; por tanto, déjame conquistar gloria noble entre los troyanos, no sea que te hiera y te arrebate el dulce aliento.»

Muy indignado le respondió el rubio Menelao: «Padre Zeus, no está bien jactarse con soberbia. Ni el leopardo tiene tanto ímpetu, ni el león, ni el jabalí montés de mente destructora, cuyo grandísimo ánimo en el pecho se enardece con su fuerza, como tienen los hijos de Panto, los de la buena lanza de fresno. Pero ni siquiera la fuerza de Hiperénor domador de caballos disfrutó de su juventud cuando me despreció y me aguardó, y dijo que yo era entre los dánaos el guerrero más despreciable; y no creo que volviera sobre sus propios pies para alegrar a su esposa querida y a sus nobles padres.

Así también quebraré tu fuerza si te plantas frente a mí; pero yo te ordeno que retrocedas y vayas hacia la multitud, y no te enfrentes conmigo, antes de sufrir algún daño; solo cuando está hecho el necio comprende.» Así habló, pero no lo convenció; respondiendo le dijo: «Ahora, Menelao criado por Zeus, sí que pagarás de verdad por mi hermano al que mataste, y te jactas al proclamarlo, dejaste viuda a su esposa en el fondo de su nueva cámara nupcial, y a sus padres les causaste llanto indecible y duelo.

Yo sería alivio para el dolor de esos desgraciados si llevara tu cabeza y tus armas y las pusiera en manos de Panto y de la divina Frontis. Pero no quedará por mucho tiempo sin ponerse a prueba ni sin decidirse el combate, ni de valor ni de huida.» Así diciendo lo hirió en el escudo igual por todas partes; pero no atravesó el bronce, y se dobló la punta en el fuerte escudo; él a su vez se lanzó con el bronce, el Atrida Menelao, después de rogar a Zeus padre; y mientras retrocedía, en la base de la garganta lo clavó, y él mismo empujó confiando en su pesada mano; de parte a parte atravesó el tierno cuello la punta, y cayó con estruendo, y resonaron las armas sobre él.

Se empaparon de sangre sus cabellos semejantes a los de las Gracias y sus rizos, que estaban atados con oro y plata. Como un hombre cría un retoño floreciente de olivo en un lugar solitario, donde abundante agua ha brotado, hermoso y lozano; y las brisas lo agitan de todos los vientos, y se cubre de flor blanca; pero viniendo de pronto un viento con mucho torbellino lo arrancó del hoyo y lo tendió sobre la tierra; así al hijo de Panto, a Euforbo de la buena lanza de fresno, el Atrida Menelao después de matarlo le quitó las armas.

Como cuando un león criado en las montañas confiado en su fuerza arrebata de un rebaño que pace una vaca que es la mejor; a esta le quebró primero el cuello tomándola con poderosos dientes, luego devora la sangre y todas las entrañas, despedazándola; y en torno a él los perros y los pastores gritan mucho desde lejos pero no quieren enfrentársele; pues los toma el pálido miedo; así a ninguno de ellos el corazón en el pecho se atrevió a enfrentarse a Menelao glorioso.

Entonces fácilmente habría llevado las ilustres armas del Pántida el Atrida, si no se hubiera irritado Febo Apolo, que lanzó contra él a Héctor semejante al veloz Ares, tomando la forma de Mentes jefe de los cicones; y hablándole le dirigió aladas palabras: «Héctor, ahora tú corres así persiguiendo lo inalcanzable, los caballos del belicoso hijo de Éaco; ellos son difíciles de domar y conducir para los hombres mortales, para otro que no sea Aquiles, a quien dio a luz madre inmortal. Mientras tanto Menelao, el belicoso hijo de Atreo, plantándose sobre Patroclo mató al mejor de los troyanos, a Euforbo Pántida, y detuvo su ímpetu furioso.»

Así diciendo el dios se fue de nuevo al esfuerzo de los hombres, pero a Héctor un terrible dolor cubrió su mente oscura; miró entonces a lo largo de las filas, y enseguida vio a uno despojando las ilustres armas, al otro en la tierra tendido; manaba la sangre por la herida abierta. Avanzó entre los combatientes de vanguardia revestido de bronce reluciente, gritando agudamente, semejante a la llama de Hefesto inextinguible; y no pasó inadvertido al hijo de Atreo el agudo grito; indignado habló a su propio corazón magnánimo: «Ay de mí, si abandono las hermosas armas y a Patroclo, que yace aquí por mi honor, no sea que alguno de los dánaos me lo reproche, si lo viera.

Pero si yo solo combato contra Héctor y los troyanos por vergüenza, no sea que me rodeen muchos a mí solo; pues Héctor el de reluciente yelmo trae aquí a todos los troyanos. Pero ¿por qué me discute esto mi corazón? Cuando un hombre quiere combatir contra un guerrero a quien un dios honra, pronto le rueda gran desgracia. Por eso ninguno de los dánaos me lo reprochará, si lo viera,

Parte2versos 101-200

al ceder ante Héctor, puesto que combate con ayuda de los dioses. Pero si en algún sitio oyera la voz del valiente Áyax, los dos yendo otra vez nos acordaríamos del combate incluso contra un dios, por ver si rescatamos el cadáver para el Pelida Aquiles; y esto sería lo mejor de los males.» Mientras meditaba esto en su mente y en su corazón, entre tanto llegaron las filas de los troyanos; y los conducía Héctor. Entonces él retrocedió hacia atrás y abandonó el cadáver, volviéndose como un león de gran barba al que perros y hombres ahuyentan del corral con lanzas y gritos; a él su valiente corazón se le hiela en el pecho, y a disgusto se va del establo; así se alejó de Patroclo el rubio Menelao.

Se detuvo y volvió la vista cuando llegó al grupo de sus compañeros, escudriñando al gran Áyax, hijo de Telamón. A este muy pronto lo divisó a la izquierda de toda la batalla animando a los compañeros y exhortándolos a combatir; pues Febo Apolo les infundió portentoso terror; se echó a correr, y enseguida plantándose junto a él le habló: «Áyax, ven aquí, amigo, apresurémonos por Patroclo muerto, por ver si al menos el cadáver llevamos a Aquiles, desnudo; pues las armas las tiene Héctor el de reluciente yelmo.»

Así habló, y conmovió el ánimo del belicoso Áyax; avanzó entre los combatientes de vanguardia, y con él el rubio Menelao. Héctor, después de despojar a Patroclo de las ilustres armas, lo arrastraba para cortarle la cabeza de los hombros con agudo bronce y arrastrar el cadáver para darlo a los perros troyanos. Pero Áyax se acercó portando un escudo como una torre; Héctor retrocedió yendo al grupo de sus compañeros, subió de un salto al carro; y entregó las hermosas armas a los troyanos para llevar a la ciudad, que fueran gran gloria para él.

Áyax cubrió con su ancho escudo al hijo de Menecio y se plantó como un león sobre sus propias crías, al que con sus cachorros guiándolos se encuentran en el bosque cazadores; él se enardece en su fuerza, y tira hacia abajo las cejas cubriéndose los ojos; así Áyax se plantó alrededor del héroe Patroclo. El Atrida, por su parte, Menelao amigo de la guerra, se mantuvo al otro lado, aumentando gran dolor en su pecho. Glauco hijo de Hipóloco, caudillo de los hombres licios, mirando a Héctor de soslayo lo increpó con dura palabra: «Héctor, el mejor en apariencia, mucho te falta en el combate.

Sí que en vano tienes noble gloria siendo un desertor. Piensa ahora cómo salvar la ciudad y la ciudadela tú solo con la gente que ha nacido en Ilión; pues ninguno de los licios irá a combatir contra los dánaos por la ciudad, puesto que no hay gratitud alguna en luchar contra hombres enemigos sin cesar siempre. ¿Cómo podrías salvar a un hombre más débil en medio de la turba, despiadado, cuando a Sarpedón, tu huésped y compañero, lo dejaste a los argivos como despojo y presa, él que te fue de gran provecho, para la ciudad y para ti mismo mientras estaba vivo; pero ahora no te atreviste a apartar de él a los perros.

Por eso ahora, si alguno de los hombres licios me obedece, que vuelva a casa, y para Troya se mostrará la destrucción empinada. Porque si ahora hubiera en los troyanos un ánimo audaz, firme, intrépido, como el que entra en los hombres que por su patria entablan combate y lucha contra enemigos, enseguida arrastraríamos a Patroclo hacia el interior de Ilión. Y si este hombre llegara muerto a la gran ciudad del soberano Príamo y lo arrastráramos lejos de la batalla, enseguida los argivos desatarían las hermosas armas de Sarpedón y a él mismo lo llevaríamos al interior de Ilión; pues es el compañero de un hombre que es el mejor con mucho de los argivos junto a las naves, y sus compañeros luchan cuerpo a cuerpo.

Pero tú no te atreviste a mantenerte firme frente a Áyax el magnánimo mirándolo a los ojos en medio del griterío de los guerreros, ni a luchar de frente, pues es más fuerte que tú.» Y mirándolo con ceño le respondió Héctor el de tremolante casco: «Glauco, ¿por qué siendo quien eres hablaste con tanta arrogancia? Maldición, yo creía que tú superabas en sensatez a los demás, a todos los que habitan la fértil Licia; pero ahora desprecio del todo tu juicio, por lo que dijiste, tú que afirmas que yo no aguanté al monstruoso Áyax.

Yo no he temblado ante la batalla ni ante el estruendo de los caballos; pero siempre es más fuerte el pensamiento de Zeus portador de la égida, que hasta a un hombre valiente aterra y le arrebata la victoria con facilidad, y otras veces él mismo lo impulsa a combatir. Pero ven aquí, amigo, párate a mi lado y mira mi obra, si todo el día seré un cobarde, como tú dices, o si a alguno de los dánaos, por muy ansioso que esté de luchar, lo detendré cuando defienda el cadáver de Patroclo.»

Así habló y gritó a grandes voces llamando a los troyanos: «Troyanos y licios y dárdanos que lucháis cuerpo a cuerpo, sed hombres, amigos, y acordaos de vuestro ímpetu furioso, mientras yo me pongo las armas del irreprochable Aquiles, las hermosas, que tomé cuando maté por la fuerza a Patroclo.» Así habló y se alejó Héctor el de tremolante casco del combate mortífero; y corriendo alcanzó enseguida a sus compañeros, muy rápido, con sus pies veloces persiguiendo, pues no estaban aún lejos, los que llevaban hacia la ciudad las gloriosas armas del hijo de Peleo.

Apartado de la batalla dolorosa intercambió sus armas; las suyas las dio a los troyanos amantes de la guerra para que las llevaran a la sagrada Ilión, y él se puso las armas inmortales de Aquiles hijo de Peleo, que los dioses celestiales le dieron a su padre querido; y él a su vez se las entregó a su hijo cuando envejeció; pero el hijo no envejeció con las armas de su padre. Y cuando lo vio desde lejos Zeus que amontona las nubes armándose con las armas divinas del hijo de Peleo, moviendo la cabeza habló a su propio corazón:

Parte3versos 201-300

«Ah, desdichado, ni siquiera piensas en la muerte, que ya está cerca de ti; y te pones las armas inmortales de un hombre que es el mejor, ante quien tiemblan también los demás; tú mataste a su compañero, manso y poderoso, y sin respeto le arrancaste las armas de la cabeza y de los hombros; pero ahora yo te concederé un gran poder, como pago de que no regresarás de la batalla y Andrómaca no recibirá de ti las gloriosas armas del hijo de Peleo.»

Así habló, y asintió con sus cejas oscuras el hijo de Cronos. Y las armas se ajustaron al cuerpo de Héctor, y entró en él Ares el terrible, el belicoso, y sus miembros por dentro se llenaron de valor y de fuerza; y entre sus ilustres aliados avanzó gritando fuerte; y apareció ante todos ellos resplandeciendo con las armas del magnánimo hijo de Peleo. Y exhortó a cada uno yendo entre ellos con sus palabras, a Mestles y a Glauco y a Medonte y a Tersíloco, y a Asteropeo y a Disénor y a Hipótoo, y a Forcis y a Cromio y al augur Énomo; a estos exhortando les dirigió palabras aladas: «Escuchad, incontables tribus de aliados vecinos; pues no buscando multitud ni necesitándola convoqué aquí a cada uno desde vuestras ciudades, sino para que a las esposas de los troyanos y a sus niños pequeños con ánimo decidido los protegierais de los aqueos amantes de la guerra.

Pensando en esto agoto con regalos y con comida a mis pueblos, y alimento el ánimo de cada uno de vosotros. Así que ahora cada uno vuélvase de frente y muera o se salve; pues ese es el juego de la guerra. Quien arrastre a Patroclo, aunque esté muerto, hacia los troyanos domadores de caballos, y Áyax retroceda, con ese compartiré los despojos por mitad, y la otra mitad la tendré yo; y su gloria será tanta como la mía.» Así habló, y ellos en masa se lanzaron contra los dánaos, alzando sus lanzas; y en su ánimo esperaban arrastrar el cadáver lejos de Áyax el Telamonio, los insensatos; en verdad él les arrebató la vida a muchos sobre ese cuerpo.

Y entonces Áyax le dijo a Menelao de buen grito de guerra: «Querido amigo, Menelao criado por Zeus, ya no espero que nosotros dos volvamos solos de la guerra. No temo tanto por el cadáver de Patroclo, que pronto saciará a los perros y las aves de los troyanos, como temo por mi cabeza, no sea que le pase algo, y por la tuya, pues una nube de guerra lo cubre todo, Héctor, y para nosotros se hace visible la destrucción empinada. Pero ven, llama a los mejores de los dánaos, por si alguien oye.»

Así habló, y no desobedeció Menelao de buen grito de guerra, y clamó con voz penetrante, gritando a los dánaos: «Amigos, jefes y comandantes de los argivos, los que junto a los Atridas, Agamenón y Menelao, beben a cuenta pública y cada uno manda a sus tropas; y de Zeus viene el honor y la gloria. Difícil me es distinguir a cada uno de los jefes, tan grande es la disputa de guerra que arde; pero que cada uno venga por sí mismo, e indignaos en vuestro corazón de que Patroclo se convierta en diversión para los perros troyanos.»

Así habló, y lo oyó claramente el veloz Áyax hijo de Oileo; y fue el primero en llegar corriendo por la refriega, y tras él Idomeneo y el compañero de Idomeneo, Meriones, igual a Enialio matador de hombres. Y de los demás, ¿quién podría decir los nombres con su mente, todos los que después despertaron la batalla de los aqueos? Los troyanos arremetieron en masa; y los conducía Héctor. Como cuando en las desembocaduras de un río alimentado por Zeus resuena la gran ola contra la corriente, y alrededor las altas riberas retumban vomitando el mar afuera, con tal clamor avanzaban los troyanos.

Pero los aqueos se mantuvieron firmes en torno al hijo de Menecio con un solo ánimo, cercados por escudos de bronce; y a su alrededor sobre los brillantes cascos el hijo de Cronos derramó espesa niebla, pues no odiaba al hijo de Menecio antes, cuando estaba vivo y era el compañero del descendiente de Éaco; y odió que se convirtiera en presa de los perros enemigos, de los troyanos; por eso incitó a sus compañeros a defenderlo. Empujaron primero los troyanos a los aqueos de ojos brillantes; y estos abandonando el cadáver retrocedieron, pero a ninguno de ellos los troyanos arrogantes mataron con sus lanzas por mucho que lo desearan, sino que arrastraban el cadáver; pero poco tiempo iban los aqueos a estar lejos de él, pues muy rápido los hizo girar Áyax, que sobresalía en presencia y en hechos de todos los demás dánaos después del irreprochable hijo de Peleo.

Se lanzó entre los combatientes delanteros, semejante en valor a un jabalí, que en las montañas a los perros y a los jóvenes vigorosos los dispersa fácilmente, revolviéndose por los valles; así el hijo del ilustre Telamón, el brillante Áyax, fácilmente al lanzarse dispersó las falanges de los troyanos, que se habían plantado en torno a Patroclo, y pensaban sobre todo arrastrarlo hacia su ciudad y obtener la gloria. Entonces Hipótoo, el ilustre hijo de Leto el pelasgo, lo arrastraba por el pie a través del violento combate, atándole una correa alrededor del tobillo junto a los tendones, queriendo complacer a Héctor y a los troyanos; pero enseguida le llegó el mal, que nadie le apartó por mucho que lo desearan.

El hijo de Telamón saltando a través de la turba lo golpeó de cerca atravesando el casco de mejillas de bronce; y el casco de crin de caballo se rompió en torno a la punta de la lanza, golpeado por la gran lanza y por la mano pesada, y el cerebro brotó por el cañón de la herida ensangrentado; y allí mismo se le aflojó la fuerza, y de sus manos soltó el pie del magnánimo Patroclo y lo dejó caer en tierra; y él cayó de bruces junto al cadáver,

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lejos de Larisa, rica en terrones, y a sus padres no les devolvió lo que le criaron, y su vida fue breve cuando cayó bajo la lanza del magnánimo Áyax. Héctor a su vez lanzó su lanza reluciente contra Áyax, pero él, viéndola de frente, esquivó por poco la lanza de bronce; mas hirió a Esquedio, hijo del magnánimo Ífito, el mejor con mucho de los foceos, que en la ilustre Panopeo habitaba su casa y gobernaba a muchos hombres; lo alcanzó bajo la clavícula, en medio, y la punta de bronce atravesó de lado a lado y salió junto al omóplato; cayó con estruendo y sus armas resonaron sobre él.

Áyax a su vez hirió a Forcis, el guerrero hijo de Fénope, que estaba plantado sobre Hipótoo, en medio del vientre; rompió la coraza en su curva y el bronce desgarró sus entrañas; él cayó en el polvo y agarró la tierra con el puño. Retrocedieron los campeones delanteros y el ilustre Héctor; los argivos gritaron fuerte, arrastraron los cadáveres, a Forcis y a Hipótoo, y les quitaron las armas de los hombros. Entonces los troyanos, otra vez, ante los aqueos amantes de Ares, hubieran subido a Ilión vencidos por su cobardía, y los argivos hubieran ganado gloria incluso más allá del destino de Zeus por su propia fuerza y vigor; pero el mismo Apolo incitó a Eneas tomando la forma de Perifante, el heraldo hijo de Epítide, que junto a su padre anciano envejeció como heraldo, sabiendo en su mente cosas amistosas; pareciéndose a él le habló el hijo de Zeus, Apolo: "Eneas, ¿cómo podrían ustedes defender la empinada Ilión incluso contra un dios?

Como he visto a otros hombres que confían en su fuerza, su vigor y su valentía, y en su propio número, aunque tengan un pueblo escaso; pero a nosotros Zeus nos quiere dar mucho más que a los dánaos la victoria; sin embargo ustedes mismos tiemblan sin medida y no pelean." Así habló, y Eneas reconoció a Apolo que hiere de lejos mirándolo de frente, y gritó fuerte a Héctor: "Héctor y los demás jefes de troyanos y aliados, qué vergüenza sería ahora que ante los aqueos amantes de Ares subiéramos a Ilión vencidos por nuestra cobardía.

Pero todavía alguno de los dioses me dice, plantado aquí cerca, que Zeus altísimo, consejero de batallas, nos ayuda; así que vayamos derecho contra los dánaos, y que ellos no tranquilos lleven a Patroclo muerto hasta las naves." Así habló, y saltó muy adelante de los que combatían en primera fila; y ellos dieron la vuelta y se plantaron frente a los aqueos. Entonces Eneas hirió con su lanza a Leocristo, hijo de Arisbante, noble compañero de Licomedes. Al verlo caer se compadeció Licomedes, amante de Ares, se paró muy cerca, avanzando, y arrojó su lanza reluciente, e hirió a Apisaón hijo de Hipasio, pastor de hombres, en el hígado bajo el diafragma, y al instante le aflojó las rodillas, él que había venido de Peonia, rica en terrones, y después de Asteropeo era el mejor en la pelea.

Al verlo caer se compadeció el marcial Asteropeo, y se lanzó también él, ansioso de pelear contra los dánaos; pero ya no podía de ningún modo: pues estaban protegidos por todas partes con sus escudos, plantados en torno a Patroclo, y sostenían sus lanzas delante. Pues Áyax recorría entre todos gritando órdenes: no dejaba que nadie retrocediera lejos del cadáver ni que nadie de los aqueos peleara destacándose por delante de los otros, sino que se plantaran muy cerca de él y pelearan cuerpo a cuerpo.

Así ordenaba el enorme Áyax, y la tierra se empapaba de sangre púrpura, y unos sobre otros caían muertos, troyanos y valientes aliados juntos y dánaos; pues ni siquiera ellos peleaban sin sangre, aunque morían muchos menos: pues siempre se cuidaban unos a otros en el tumulto de apartar la muerte escarpada. Así peleaban como fuego, y no habrías dicho que el sol ni la luna seguían existiendo; pues estaban cubiertos de niebla todos los mejores que se plantaban en torno al hijo de Menecio ya muerto.

Pero los demás troyanos y aqueos de buenas grebas peleaban tranquilos bajo el cielo, y se esparcía el brillo agudo del sol, y no aparecía ninguna nube sobre toda la tierra ni sobre los montes; y peleaban haciendo pausas, esquivando unos de otros los proyectiles que causan gemidos, estando muy separados. Pero los del medio sufrían dolores por la niebla y la guerra, y se agotaban con el bronce despiadado, todos los que eran los mejores; y dos hombres ilustres aún no se habían enterado, dos varones gloriosos, Trasimedes y Antíloco, de que había muerto el irreprochable Patroclo, sino que todavía pensaban que estaba vivo peleando en primera fila contra los troyanos.

Esos dos, atentos a la muerte y la huida de sus compañeros, peleaban aparte, pues así se lo había ordenado Néstor al incitarlos a la guerra desde las negras naves. A ellos todo el día se les alzaba una gran disputa de lucha agotadora; y sin parar siempre por la fatiga y el sudor las rodillas, las piernas, los pies por debajo de cada uno, las manos y los ojos se manchaban mientras peleaban en torno al noble escudero del Eácida de pies veloces. Como cuando un hombre da a su gente el cuero de un gran toro para que lo estiren, empapado en grasa; y ellos lo toman y, separándose, lo estiran en círculo, y enseguida sale la humedad y se hunde la grasa con muchos tirando, y se estira todo de lado a lado; así ellos de un lado y del otro arrastraban el cadáver en un espacio pequeño unos y otros; y mucho se animaba su ánimo, los troyanos a arrastrarlo hacia Ilión, y los aqueos hacia las cóncavas naves; y en torno a él se alzaba un tumulto salvaje; ni Ares, azote de guerreros, ni Atenea lo habrían despreciado al verlo, ni aunque los tomara mucha cólera; tal esfuerzo terrible de hombres y caballos

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extendió Zeus aquel día sobre Patroclo; ni siquiera todavía sabía el divino Aquiles que Patroclo había muerto; pues muy lejos de las veloces naves peleaban, bajo la muralla de los troyanos; por eso él nunca esperó en su ánimo que hubiera muerto, sino que vivo, tras acercarse a las puertas, volvería atrás, ya que tampoco esperaba de ningún modo que saqueara la ciudad sin él, ni siquiera con él; pues muchas veces eso le había oído a su madre en privado, que le anunciaba el propósito del gran Zeus.

Pero entonces no le dijo un mal tan grande como el que sucedió su madre, que había muerto su compañero, con mucho el más querido. Y ellos siempre con las lanzas afiladas en torno al cadáver sin parar chocaban y se mataban unos a otros; y así hablaba alguno de los aqueos de túnicas de bronce: "Amigos, no sería honroso para nosotros volver a las cóncavas naves, sino que aquí la tierra negra se abra para todos; eso sería mucho más ventajoso para nosotros enseguida que si a este entregamos a los troyanos domadores de caballos para que lo arrastren a su ciudad y se lleven la gloria." Y así a su vez hablaba alguno de los troyanos magnánimos: "Amigos, aunque sea el destino ser vencidos junto a este hombre todos por igual, que nadie se retire de la guerra." Así hablaba alguno, y despertaba el ánimo de cada uno.

Así peleaban, y el estruendo férreo llegaba al cielo de bronce a través del éter estéril; y los caballos del Eácida, apartados de la batalla, lloraban, desde que se enteraron por primera vez de que su auriga había caído en el polvo bajo Héctor, el matador de hombres. Y sí, Automedonte, el valiente hijo de Diores, muchas veces los golpeaba azotándolos con el látigo veloz, muchas veces les hablaba con palabras dulces, muchas veces con amenazas; pero ellos ni de vuelta hacia las naves junto al ancho Helesponto querían ir ni a la guerra con los aqueos, sino que como una estela permanece firme, la que sobre una tumba se ha levantado de un hombre muerto o de una mujer, así permanecían inmóviles, sujetando el hermoso carro, con las cabezas inclinadas hacia el suelo; y lágrimas de ellos calientes por sus párpados rodaban hacia abajo mientras se lamentaban por añoranza del auriga; y la abundante crin se manchaba cayendo del yugo a ambos lados junto al timón.

Al verlos llorar se compadeció el hijo de Crono, y moviendo la cabeza habló a su propio ánimo: "Ah, pobres, ¿por qué los dimos al soberano Peleo, a un mortal, siendo ustedes sin vejez e inmortales? ¿Acaso para que entre hombres desdichados tuvieran dolores? Pues no hay nada más miserable que el hombre de todo lo que respira y se arrastra sobre la tierra. Pero de ningún modo sobre ustedes y sobre el carro labrado se montará Héctor hijo de Príamo; no se lo permitiré.

¿No es suficiente que tenga las armas y se jacte en vano? Y en vuestras rodillas y en vuestro ánimo pondré vigor, para que salvéis a Automedonte de la batalla hasta las cóncavas naves; pues aún les daré gloria, para matar, hasta que lleguen a las naves de buenos bancos y se ponga el sol y llegue la noche sagrada. Así dijo, y sopló en los caballos un vigor gallardo. Y ellos, sacudiendo el polvo de sus crines al suelo, llevaron raudo el veloz carro entre troyanos y aqueos.

Y sobre ellos peleaba Automedonte, aunque afligido por su compañero, lanzándose con los caballos como un buitre entre gansos. Fácilmente escapaba del tumulto de los troyanos, y fácilmente se lanzaba a perseguir por la gran turba. Pero no mataba hombres cuando se lanzaba a perseguirlos, pues no le era posible, estando solo en el sagrado carro, atacar con la lanza y a la vez sujetar los rápidos caballos. Pero al fin un compañero lo vio con sus ojos, Alcímedo, hijo de Laerces, hijo de Hemón.

Se paró detrás del carro y a Automedonte habló: —Automedonte, ¿qué dios te ha puesto en el pecho un consejo tan inútil y te ha quitado el juicio? Así peleas tú solo contra los troyanos en primera línea, solo; y tu compañero ha muerto, y las armas Héctor él mismo las lleva en sus hombros, jactándose, las del Eácida. Y a su vez Automedonte le respondió, el hijo de Dioares: —Alcímedo, ¿qué otro de los aqueos es como tú para gobernar y domar el vigor de los caballos inmortales, excepto Patroclo, consejero igual a los dioses, cuando estaba vivo?

Ahora la muerte y el destino lo alcanzan. Pero tú toma el látigo y las relucientes riendas, y yo bajaré de los caballos para pelear. Así habló, y Alcímedo, saltando al carro de combate, rápidamente tomó con las manos el látigo y las riendas, y Automedonte saltó abajo. Y lo vio el ilustre Héctor, y enseguida habló a Eneas, que estaba cerca: —Eneas, consejero de los troyanos de túnicas de bronce, he visto los dos caballos del veloz Eácida aparecer en la batalla con aurigas débiles.

Así podría esperar capturarlos, si tú en tu ánimo lo quieres, pues no se atreverían, lanzándose contra nosotros, a pararse cara a cara y pelear con Ares. Así habló, y no desobedeció el noble hijo de Anquises. Y los dos fueron de frente, los hombros cubiertos con pieles de buey secas; y mucho bronce iba sujeto encima. Y con ellos iban Cromio y Areto, semejante a un dios, ambos; y su ánimo tenía mucha esperanza de matar a los dos y llevarse los caballos de alto cuello.

Necios, pues no iban a regresar sin sangre otra vez lejos de Automedonte. Y éste, habiendo orado a Zeus padre, se llenó de fuerza y de vigor su ánimo negro. Y enseguida habló a Alcímedo, su fiel compañero:

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—Alcímedo, no me detengas los caballos lejos de mí, sino muy cerca, que respiren en mi espalda; pues yo no creo que Héctor Priámida contenga su furor antes de subir a los caballos de bellas crines de Aquiles, después de matarnos a los dos, y de hacer huir las filas de hombres argivos, o de caer él mismo entre los primeros. Así dijo, y llamó a los Ayantes y a Menelao: —Ayantes, caudillos de los argivos, y Menelao, confiad ahora el cadáver a los que son los mejores para que lo protejan y rechacen las filas de hombres, y a nosotros, que estamos vivos, apartadnos el día despiadado; pues aquí han atacado con violencia en la batalla lacrimosa Héctor y Eneas, que son los mejores de los troyanos.

Pero estas cosas están en las rodillas de los dioses; arrojaré la lanza también yo, y todo lo demás será cuidado de Zeus. Dijo, y blandiendo arrojó su lanza de larga sombra, y golpeó el escudo de Areto, redondo por todas partes; y el escudo no detuvo la lanza, y a través se introdujo el bronce, y en el bajo vientre, a través del cinturón, lo clavó. Como cuando un hombre vigoroso que sostiene un hacha afilada, golpeando por detrás de los cuernos a un buey de campo, corta el tendón por completo, y él salta hacia delante y cae, así él saltó hacia delante y cayó de espaldas; y la lanza aguda en sus entrañas, vibrando, le aflojó los miembros.

Y Héctor arrojó a Automedonte su brillante lanza, pero él, viéndola de frente, esquivó la lanza de bronce, pues se inclinó hacia delante, y la larga pica por detrás se clavó en el suelo, y la base temblequeó de la lanza; y allí entonces perdió su fuerza el poderoso Ares. Y ahora habrían arremetido cuerpo a cuerpo con las espadas, si no los hubieran separado los Ayantes, que estaban furiosos, ellos que vinieron a través de la turba al llamado del compañero. Temiendo a éstos, retrocedieron otra vez Héctor y Eneas y Cromio, semejante a un dios, y a Areto allí dejaron con el corazón atravesado, tendido.

Y Automedonte, igual al veloz Ares, le quitó las armas y se jactó diciendo: —Ahora sí que un poco he aliviado mi corazón de la pena por el hijo de Menecio, aunque he matado a uno inferior. Así dijo, y llevando al carro los despojos sangrientos los puso, y él mismo subió, con pies y manos arriba ensangrentados como un león que ha devorado un toro. De nuevo sobre Patroclo se extendió la violenta batalla, dolorosa, lacrimosa, y Atenea avivó la contienda bajando del cielo; pues la envió Zeus de vasta voz a animar a los dánaos, pues su ánimo había cambiado.

Como cuando Zeus extiende a los mortales un arco iris púrpura desde el cielo, para ser señal de guerra o de tormenta helada, que a los hombres en sus trabajos hace detenerse sobre la tierra, y aflige a los rebaños, así ella, cubriéndose a sí misma con una nube púrpura, entró en la multitud de los aqueos y despertó a cada hombre. Y primero animó y habló al hijo de Atreo, al poderoso Menelao —pues estaba cerca de ella— pareciéndose a Fénix en cuerpo y en voz infatigable: —Para ti, Menelao, será vergüenza y oprobio si el fiel compañero del ilustre Aquiles bajo el muro de Troya los perros rápidos lo arrastran.

Pero resiste con fuerza e incita a todo el pueblo. Y a su vez le respondió Menelao, de buen grito de guerra: —Fénix, padre anciano de otra edad, ojalá Atenea me diera fuerza y apartara de mí el ataque de las flechas; así yo querría estar al lado y defender a Patroclo; pues su muerte me ha conmovido el corazón. Pero Héctor tiene el terrible furor del fuego y no cesa de matar con el bronce; pues Zeus le da la gloria. Así habló, y se alegró la diosa de ojos glaucos, Atenea, de que a ella primero de entre todos los dioses le hubiera orado.

Y en sus hombros y en sus rodillas puso fuerza, y en su pecho infundió la audacia de la mosca, que aunque ahuyentada una y otra vez de la piel del hombre insiste en morder, y es dulce para ella la sangre humana. De tal audacia llenó su ánimo negro, y fue hacia Patroclo y arrojó su brillante lanza. Había entre los troyanos un Podes, hijo de Eetión, rico y noble; y Héctor lo honraba más que a nadie del pueblo, pues era su amigo querido en los banquetes.

A él el rubio Menelao golpeó en el cinturón cuando huía, y a través le clavó el bronce. Retumbó al caer. Y el Atrida Menelao arrastró el cadáver de entre los troyanos hacia el bando de los compañeros. Y a Héctor, estando cerca, lo animó Apolo, pareciéndose a Fenopo el Asiada, que de todos los huéspedes era el más querido para él, pues habitaba en Abidos. Pareciéndose a él le habló el flechador Apolo: —Héctor, ¿qué otro de los aqueos te temerá ya, si así has huido de Menelao, que antes era un luchador blando?

Pero ahora se ha ido solo llevándose el cadáver de entre los troyanos, y ha matado a tu fiel compañero, noble entre los campeones, a Podes, hijo de Eetión. Así habló, y a él una nube negra de dolor lo cubrió. Y fue entre los combatientes de primera línea armado con bronce reluciente. Y entonces el Cronida tomó la égida flequeada, resplandeciente, y cubrió el Ida con nubes, y relampagueó muy fuerte y tronó, y la sacudió, y dio la victoria a los troyanos y atemorizó a los aqueos.

Primero Peneleo el beocio inició la huida. Pues fue herido en el hombro por una lanza, de frente siempre vuelto, rozando la punta; y le arañó el hueso hasta el fondo la punta de Polidamante, pues lo golpeó acercándose.

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A Lëito lo hirió Héctor de cerca en la muñeca, hijo del magnánimo Alectrión, y lo apartó del combate; retrocedió mirando asustado, porque ya no esperaba en su ánimo luchar con los troyanos teniendo la lanza en la mano. Pero Idomeneo a Héctor, que se lanzaba contra Lëito, le había alcanzado en la coraza sobre el pecho, junto al pezón; se quebró la lanza larga en el casquillo, y gritaron los troyanos; y él arrojó su lanza contra Idomeneo el Deucálida mientras estaba de pie en su carro; pero lo erró por poco; mas alcanzó al compañero y auriga de Meriones, a Coirano, que lo había seguido desde Licto bien construida— pues él al principio había llegado a pie, dejando las naves de dobles bordas, y habría entregado gran poder a los troyanos si Coirano no hubiera lanzado veloz los caballos de pies rápidos; y para Idomeneo fue la luz, lo salvó del día cruel, pero él mismo perdió la vida bajo Héctor el matador de hombres— lo golpeó bajo la mandíbula y la oreja, y la lanza le arrancó los dientes de raíz, le cortó la lengua por la mitad.

Cayó del carro, y las riendas dejó caer al suelo. Y Meriones las recogió con sus propias manos agachándose desde el suelo, y se dirigió a Idomeneo: «Azota ahora, hasta que llegues a las naves veloces; tú mismo reconoces que ya no hay fuerza en los aqueos.» Así habló, e Idomeneo fustigó los caballos de hermosas crines hacia las cóncavas naves; pues ya el miedo había caído en su ánimo. Y no pasó inadvertido para Áyax el magnánimo ni para Menelao que Zeus concedía victoria vacilante a los troyanos.

Y entre ellos el primero en hablar fue el gran Áyax Telamonio: «¡Ay, ya hasta el más tonto sabría que el padre Zeus en persona ayuda a los troyanos! Pues los dardos de todos ellos aciertan, sea quien sea el que los lance, sea cobarde o valiente; Zeus de todos modos los dirige a su blanco; pero los nuestros caen todos en vano al suelo. Vamos, pensemos nosotros mismos el mejor plan, cómo arrastraremos el cadáver y también nosotros seremos alegría para nuestros queridos compañeros al regresar, que mirando hacia aquí se afligen, y ya no creen que el furor y las manos invencibles de Héctor el matador de hombres se detendrán, sino que caerán sobre las negras naves.

Ojalá hubiera algún compañero que anunciara rápidamente al Pelida, pues no creo que haya oído la lúgubre noticia de que su querido compañero ha muerto. Pero no puedo divisar a ninguno tal entre los aqueos; pues están envueltos en niebla lo mismo ellos que sus caballos. Zeus padre, líbrame tú a los hijos de los aqueos de la niebla, haz el cielo claro, concede a nuestros ojos ver; y destrúyenos en plena luz, ya que así te place.» Así habló, y el padre se compadeció de él que derramaba lágrimas; enseguida dispersó la niebla y apartó la bruma, brilló el sol, y toda la batalla quedó a la vista; y entonces Áyax dijo a Menelao de buen grito de guerra: «Busca ahora, Menelao criado por Zeus, si puedes ver vivo todavía a Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, y apresúralo a que vaya corriendo hacia Aquiles el belicoso a decirle que su compañero más querido ha muerto.»

Así habló, y no desobedeció Menelao de buen grito de guerra, y echó a andar como un león desde el corral, que cuando ya se ha cansado hostigando a perros y hombres, que no lo dejan apoderarse de la grasa de los bueyes velando toda la noche; y él ansiando la carne se lanza recto, pero no logra nada; pues numerosas lanzas vuelan contra él desde manos audaces, y antorchas encendidas, que él teme aunque ansioso esté; al alba se aleja afligido en su ánimo; así de Patroclo se alejaba Menelao de buen grito de guerra, muy a su pesar; pues temía que los aqueos en su terrible pánico lo dejaran como botín para los enemigos.

Y mucho les encargaba a Meriones y a los Áyax: «Áyax, caudillos de los argivos, y Meriones, que ahora alguien se acuerde de la bondad del desdichado Patroclo; pues sabía ser gentil con todos cuando estaba vivo; ahora la muerte y el destino lo alcanzan.» Así habiendo hablado se alejó Menelao el rubio, mirando en todas direcciones como un águila, que dicen tiene la vista más aguda de las aves que vuelan bajo el cielo, a quien ni estando en lo alto se le escapa una liebre de pies veloces echada bajo un matorral frondoso, sino que se lanza sobre ella y rápidamente la atrapa y le arrebata la vida.

Así entonces tú, Menelao criado por Zeus, tus ojos brillantes mirabas por todas partes entre la multitud de compañeros, por si alcanzabas a ver al hijo de Néstor todavía vivo. Y muy pronto lo divisó en el extremo izquierdo de toda la batalla animando a los compañeros y exhortándolos a luchar, y acercándose le habló Menelao el rubio: «Antíloco, ven aquí, criado por Zeus, para que te enteres de la lúgubre noticia, que ojalá no hubiera sucedido. Ya tú mismo creo que al mirar reconoces que un dios hace rodar la desgracia sobre los dánaos, y la victoria es de los troyanos; ha muerto el mejor de los aqueos, Patroclo, y gran añoranza se ha hecho entre los dánaos.

Pero tú corre rápido hacia las naves de los aqueos hacia Aquiles a decirle, por si muy pronto puede salvar el cadáver a su nave desnudo; pero las armas las tiene Héctor el del casco brillante.» Así habló, y Antíloco se horrorizó al oír sus palabras; largo tiempo lo tomó la mudez de palabras, y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su voz vigorosa se le contuvo. Pero ni así descuidó la orden de Menelao, sino que echó a correr, y sus armas las dio a su irreprochable compañero Laódoco, que cerca de él conducía los caballos de cascos macizos. A él sus pies lo llevaban fuera de la batalla, derramando lágrimas,

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a anunciar al Pelida Aquiles la mala noticia. Y tampoco a ti, Menelao criado por Zeus, tu ánimo quiso defender a los compañeros agobiados, desde donde se había ido Antíloco, y gran añoranza se hizo entre los pilios; pero él envió entre ellos al divino Trasimedes, y él mismo volvió corriendo junto al héroe Patroclo, se plantó junto a los Áyax corriendo, y enseguida les dijo: «A aquel ya lo he enviado hacia las veloces naves, a ir hacia Aquiles de pies rápidos; pero no creo que venga ahora, aunque muy encolerizado esté contra Héctor el divino; pues de ningún modo podría luchar desnudo contra los troyanos.

Nosotros mismos pensemos el mejor plan, cómo arrastraremos el cadáver y también nosotros escaparemos de la gritería de los troyanos, de la muerte y el destino.» Y le respondió entonces el gran Áyax Telamonio: «Todo has hablado conforme a lo debido, glorioso Menelao; pero tú y Meriones metiéndoos debajo muy rápido levanten el cadáver y sáquenlo de la lucha; nosotros detrás lucharemos contra los troyanos y contra Héctor el divino, teniendo el mismo ánimo y el mismo nombre, los que desde antes esperamos el furioso Ares el uno junto al otro.»

Así habló, y ellos el cadáver levantaron de la tierra muy alto con gran esfuerzo; y gritó detrás el pueblo troyano, cuando vieron a los aqueos alzando el cadáver. Y se lanzaron como perros que sobre un jabalí herido se arrojan delante de los jóvenes cazadores; por un tiempo corren ansiosos de despedazarlo, pero cuando él se revuelve contra ellos confiando en su fuerza, retroceden y huyen dispersándose cada uno por su lado. Así los troyanos por un tiempo los seguían constantemente en masa, hiriéndolos con espadas y lanzas de doble filo; pero cuando los Áyax se volvían frente a ellos y se detenían, a ellos se les mudaba el color, y ninguno se atrevía a lanzarse adelante para pelear en torno al cadáver.

Así ellos con ardor llevaban el cadáver fuera del combate hacia las cóncavas naves; y la batalla se extendía ante ellos feroz como el fuego, que cayendo de repente sobre una ciudad de hombres brota súbitamente y arde, y las casas se consumen en un gran resplandor; y sobre él ruge la fuerza del viento. Así sobre ellos el incesante estruendo de caballos y hombres lanceros los seguía mientras marchaban; y ellos como mulas que poniendo su gran fuerza arrastran desde un monte por un sendero escarpado una viga o un gran tronco para una nave; y el ánimo se les agota a la vez por la fatiga y el sudor mientras se apuran; así ellos con ardor llevaban el cadáver.

Y detrás los Áyax los contenían, como un promontorio retiene el agua boscoso extendiéndose a través de la llanura, que contiene también los terribles torrentes de poderosos ríos y detiene la corriente de todos, y los desvía por la llanura errante; ni con su fuerza consiguen romperlo las corrientes al fluir: así siempre los Ayantes contenían la batalla hacia atrás de los troyanos; pero ellos los seguían, y dos sobre todo entre todos, Eneas hijo de Anquises y el glorioso Héctor. Y como una nube de estorninos avanza o de grajos, chillando sin parar, cuando ven venir al gavilán, que trae la muerte a las aves pequeñas, así bajo Eneas y Héctor los hijos de los aqueos iban chillando sin parar, y olvidaban el gozo del combate. Muchas armas hermosas cayeron alrededor y por el foso mientras huían los dánaos; y no había tregua en la guerra.

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