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Canto XI

La Ilíada · Homero · 42 min de lectura

Parte1versos 1-100

La Aurora surgía del lecho junto al ilustre Titono para llevar la luz a inmortales y a mortales; y Zeus lanzó a la Discordia hacia las veloces naves de los aqueos, terrible, llevando en las manos el estandarte de la guerra. Se detuvo sobre la negra nave de gran bodega de Odiseo, que estaba en el centro para gritar hacia ambos extremos, tanto hacia las tiendas de Áyax, hijo de Telamón, como hacia las de Aquiles, que habían arrastrado sus naves equilibradas hasta los bordes, confiados en su valor y en la fuerza de sus brazos.

Allí de pie gritó la diosa con voz grande y terrible a pleno pulmón, e inyectó en el corazón de cada aqueo una fuerza inmensa para combatir sin descanso y pelear. Y al instante se les volvió más dulce la guerra que regresar en las cóncavas naves a la tierra querida de la patria. El Atrida gritó y ordenó a los argivos que se armaran; y él mismo se vistió con el bronce reluciente. Primero se puso en torno a las piernas las grebas, hermosas, ajustadas con tobilleras de plata; luego se ciñó al pecho la coraza, que una vez Ciniras le regaló como presente de hospitalidad.

Pues llegó hasta Chipre la gran noticia de que los aqueos iban a embarcar en sus naves rumbo a Troya; por eso se la dio, para agradar al rey. Tenía diez bandas de oscuro esmalte, doce de oro y veinte de estaño; serpientes de esmalte se alzaban hacia el cuello, tres a cada lado, semejantes a los arcoíris que el Cronida fija en las nubes como señal para los hombres mortales. En torno a los hombros se echó la espada; en ella brillaban clavos de oro, y la vaina alrededor era de plata, ajustada con correas de oro.

Y tomó el escudo impetuoso que cubre todo el cuerpo, hermoso, rodeado de diez círculos de bronce, y con veinte abollones de estaño blancos, y en medio uno de oscuro esmalte. Y encima estaba coronada la Gorgona de mirada feroz mirando terriblemente, y alrededor el Terror y el Miedo. De él pendía una correa de plata; y sobre ella se enroscaba una serpiente de esmalte, y tenía tres cabezas que se retorcían creciendo de un solo cuello. Sobre la cabeza se puso un yelmo de doble cimera y cuatro placas, con crin de caballo; y el penacho se mecía terrible por encima.

Y agarró dos lanzas fuertes armadas de bronce afiladas; y lejos el bronce desde ellas hasta el cielo resplandecía; y entonces hicieron estruendo Atenea y Hera, honrando al rey de Micenas rica en oro. Y cada uno ordenó entonces a su auriga mantener los caballos en orden junto al foso, mientras ellos, la infantería armada con las armas, se lanzaban; y un grito interminable se alzó al amanecer. Se formaron mucho antes que los jinetes junto al foso, y los jinetes los siguieron poco después; y entre ellos un tumulto funesto suscitó el Cronida, y desde lo alto arrojó gotas de rocío manchadas de sangre desde el aire, porque iba a enviar al Hades muchas cabezas poderosas.

Los troyanos, por su parte, al otro lado, en la elevación de la llanura, se reunían en torno al gran Héctor y al intachable Polidamante y a Eneas, que era honrado por el pueblo troyano como un dios, y los tres hijos de Anténor: Pólibo y el divino Agenor y el joven Acamante, semejante a los inmortales. Héctor en primera fila llevaba el escudo circular, como cuando de entre las nubes aparece el astro funesto brillando entero, y de nuevo se hunde en las nubes sombrías, así Héctor unas veces aparecía entre los primeros, otras entre los últimos gritando órdenes; y todo él en bronce resplandecía como el relámpago de Zeus portador de la égida.

Y ellos, como segadores que uno frente a otro trazan surcos en el campo de un hombre próspero de trigo o cebada; y los haces caen espesos; así troyanos y aqueos lanzándose unos contra otros segaban, y ninguno de los dos bandos pensaba en huida funesta. Y la batalla mantuvo las cabezas parejas, y como lobos se arrojaban; y la Discordia que trae gemidos se alegraba al verlos; pues ella era la única de los dioses presente entre los combatientes, los demás no estaban allí con ellos, sino tranquilos en sus propios palacios permanecían sentados, donde a cada uno hermosas mansiones se habían construido en los pliegues del Olimpo.

Y todos culpaban al Cronida de nubes oscuras, porque quería conceder gloria a los troyanos. De ellos no hacía caso el padre; apartado a un lado lejos de los otros se sentaba gozando de gloria, contemplando la ciudad de los troyanos y las naves de los aqueos y el brillo del bronce, a los que mataban y a los que morían. Mientras fue la aurora y crecía el día sagrado, durante ese tiempo los proyectiles de ambos daban en el blanco y la gente caía; pero cuando el leñador se prepara la comida en los valles del monte, cuando ha saciado sus manos cortando árboles altos, y el hastío le llega al ánimo, y el deseo de dulce alimento le toma las entrañas, entonces con su valor los dánaos rompieron las falanges, gritándose unos a otros por las filas; y Agamenón fue el primero en lanzarse, y mató al guerrero Bienor pastor de pueblos, a él mismo, y luego a su compañero Oileo picador de caballos.

Este saltó de los caballos y se puso frente a él; pero a él, que se lanzaba de frente, con la lanza afilada lo atravesó en la frente, y no detuvo la lanza la visera de pesado bronce, sino que atravesó también el hueso, y el cerebro entero quedó salpicado dentro; lo venció en pleno ímpetu. Y allí los dejó el soberano de hombres Agamenón con los pechos desnudos relucientes, después de arrancarles las túnicas;

Parte2versos 101-200

y él fue a despojar a Iso y a Ántifo, dos hijos de Príamo, uno bastardo y otro legítimo, ambos en un mismo carro; el bastardo conducía, y Ántifo el ilustre iba a su lado; a ellos una vez Aquiles en las cumbres del Ida los ató con mimbre flexible, cuando los capturó pastoreando ovejas, y los liberó por rescate. Entonces el Atrida de vasto poder Agamenón a uno lo hirió con la lanza por encima del pecho junto al pezón, y a Ántifo lo golpeó junto a la oreja con la espada y lo arrojó del carro.

Apresurándose les arrancó las hermosas armas reconociéndolos; pues ya antes junto a las veloces naves los había visto, cuando desde el Ida los trajo Aquiles de pies rápidos. Como un león destroza fácilmente las crías indefensas de una cierva veloz, atrapándolas con sus poderosos dientes cuando entra en su guarida, y les arranca el tierno corazón; y ella, aunque se encuentre muy cerca, no puede ayudarlas; pues a ella misma un temblor terrible la invade; y velozmente huye a través de la espesura y el bosque corriendo y sudando bajo el ataque de la fiera poderosa; así tampoco ninguno pudo salvarlos de la muerte de entre los troyanos, sino que también ellos huían ante los argivos.

Y luego capturó a Pisandro y a Hipóloco firme en batalla, hijos del belicoso Antímaco, que sobre todo había recibido oro de Alejandro y espléndidos regalos y no permitió devolver a Helena al rubio Menelao; pues bien, a los dos hijos de este capturó el poderoso Agamenón en un mismo carro, y juntos sujetaban los veloces caballos; pues se les habían escapado de las manos las riendas relucientes, y los dos estaban confundidos; y él se lanzó contra ellos como un león, el Atrida; y ellos desde el carro le suplicaban: «Captúranos vivos, hijo de Atreo, y recibe digno rescate; muchos tesoros hay guardados en la casa de Antímaco, bronce y oro y hierro labrado, de entre ellos nuestro padre te daría inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves de los aqueos.»

Así los dos llorando se dirigieron al rey con palabras suplicantes; pero oyeron una voz implacable: «Si sois en verdad hijos del belicoso Antímaco, quien una vez en la asamblea de los troyanos ordenó a Menelao, que había ido como mensajero junto con el divino Odiseo, matarlo allí mismo y no dejarlo volver a los aqueos, ahora sí que pagaréis el ultraje vergonzoso de vuestro padre.» Dijo, y a Pisandro lo derribó del carro al suelo golpeándolo con la lanza en el pecho; y cayó de espaldas contra la tierra.

Hipóloco saltó, y a él también lo despojó en el suelo, cortándole las manos con la espada y cercenándole el cuello, y lo hizo rodar como un cilindro a través de la multitud. A esos los dejó; y donde más se agitaban las falanges, allí se lanzó, y con él los demás aqueos de buenas grebas. Infantes mataban infantes que huían forzados, Jinetes contra jinetes—y debajo de ellos se levantaba el polvo desde la llanura, que alzaban los cascos retumbantes de los caballos— destrozándose con el bronce; y el poderoso Agamenón siempre matando los seguía, urgiendo a los argivos.

Como cuando un fuego voraz cae sobre un bosque sin talar, y el viento lo arrastra por todas partes girando, y los arbustos caen de raíz empujados por el ímpetu del fuego: así bajo el hijo de Atreo Agamenón caían las cabezas de los troyanos en fuga, y muchos caballos de cuellos erguidos arrastraban vacíos los carros por los puentes de la batalla extrañando a sus conductores intachables; pero ellos sobre la tierra yacían, mucho más queridos por los buitres que por sus esposas. A Héctor lo apartó Zeus de las flechas y del polvo y de la matanza de hombres y de la sangre y del tumulto; el hijo de Atreo lo seguía con furia, urgiendo a los dánaos.

Ellos junto a la tumba del antiguo Ilo, hijo de Dárdano, en medio de la llanura, cerca de la higuera, se lanzaban ansiosos de llegar a la ciudad; y él gritando los seguía siempre, el hijo de Atreo, y sus manos invencibles se manchaban de sangre. Pero cuando llegaron a las puertas Esceas y la encina, allí se detuvieron y se esperaban unos a otros. Otros aún por el medio de la llanura huían como bueyes que un león espantó al llegar en la hora oscura de la noche, a todas; pero a una sola se le aparece la empinada muerte: le quiebra el cuello agarrándola con sus poderosos dientes primero, y después devora toda la sangre y las entrañas: así los perseguía el hijo de Atreo, el poderoso Agamenón, siempre matando al último; y ellos huían.

Muchos cayeron de bruces y de espaldas desde sus caballos bajo las manos del hijo de Atreo; pues con la lanza delante arremetía. Pero cuando ya estaba a punto de llegar bajo la ciudad y las altas murallas, entonces el padre de los hombres y de los dioses se sentó en las cumbres del Ida de muchos manantiales, habiendo bajado del cielo; tenía el rayo en las manos. A Iris de alas doradas urgió a llevar su mensaje: «Anda, ve, Iris veloz, cuenta este mensaje a Héctor: mientras vea a Agamenón pastor de pueblos arrasando en primera fila, matando hileras de hombres, que se retire entonces, pero que ordene al resto del ejército combatir contra los enemigos en la violenta refriega.

Pero cuando sea herido por una lanza o alcanzado por una flecha y salte a su carro, entonces le concederé el poder de matar hasta que alcance las naves de buenos bancos y se ponga el sol y llegue la penumbra sagrada.» Así habló, y no desobedeció Iris de pies veloces como el viento, bajó desde los montes del Ida hacia la sagrada Ilión. Encontró al hijo del sabio Príamo, al divino Héctor, de pie entre los caballos y los carros bien ensamblados; y poniéndose cerca le habló Iris de pies veloces: «Héctor, hijo de Príamo, igual a Zeus en astucia,

Parte3versos 201-300

Zeus padre me envió a decirte estas palabras: mientras veas a Agamenón pastor de pueblos arrasando en primera fila, matando hileras de hombres, retírate entonces del combate, pero ordena al resto del ejército combatir contra los enemigos en la violenta refriega. Pero cuando sea herido por una lanza o alcanzado por una flecha y salte a su carro, entonces te concederá el poder de matar, hasta que alcances las naves de buenos bancos y se ponga el sol y llegue la penumbra sagrada.» Habiendo hablado así, se marchó Iris de pies veloces, y Héctor saltó del carro al suelo con sus armas, y blandiendo agudas lanzas recorrió todo el ejército, incitándolos a luchar, y despertó el terrible combate.

Ellos giraron y se plantaron frente a los aqueos, y los argivos por el otro lado reforzaron sus falanges. Se preparó la batalla, se enfrentaron unos a otros; y Agamenón se lanzó primero, y quería combatir delante de todos. Contadme ahora, Musas que habitáis las mansiones del Olimpo, quién fue el primero en venir contra Agamenón, ya de los troyanos mismos o de sus ilustres aliados. Ifidamante, hijo de Anténor, hermoso y grande, que se crió en Tracia de fértiles terrones, madre de rebaños; Cises lo crió en su casa cuando era pequeño, su abuelo materno, que había engendrado a Teano de hermosas mejillas; pero cuando alcanzó la medida de la gloriosa juventud, lo retuvo allí, y le dio a su hija; recién casado, dejó el lecho nupcial para ir tras la fama de los aqueos con doce naves de curvos costados que lo seguían.

Luego dejó las naves equilibradas en Pércote, y él a pie había venido a Ilión; ese fue quien entonces vino contra el hijo de Atreo Agamenón. Y cuando ya estaban cerca uno del otro, avanzando, el hijo de Atreo erró el golpe, y la lanza se desvió, pero Ifidamante le dio bajo el cinturón, debajo de la coraza, clavó, y él mismo se apoyó confiando en su pesada mano; pero no atravesó el cinturón brillante, sino que antes chocando con la plata se dobló la punta como plomo.

Y agarrándola con la mano el poderoso Agamenón de ancho poder tiró de ella hacia sí furioso como un león, y de la mano se la arrancó; y con la espada lo golpeó en el cuello, y le aflojó los miembros. Así él, cayendo allí mismo, durmió el sueño de bronce, desdichado lejos de su esposa desposada, ayudando a sus ciudadanos, su legítima esposa, de quien no vio ninguna gratitud, aunque mucho había dado: primero dio cien bueyes, y después prometió mil cabras junto con ovejas, que incontables le pastoreaban.

Entonces el hijo de Atreo Agamenón lo despojó, y se fue llevando por la multitud de aqueos las hermosas armas. Cuando lo vio Coonte, notable entre los hombres, el hermano mayor, hijo de Anténor, un fuerte dolor le cubrió los ojos por la caída de su hermano. Se puso al costado con la lanza, sin ser visto por el divino Agamenón, y lo hirió en el brazo, en medio, debajo del codo, y atravesó de lado a lado la punta de la brillante lanza. Se estremeció entonces el señor de hombres Agamenón; pero ni así desistió de la batalla y del combate, sino que se lanzó contra Coonte empuñando una lanza nutrida por el viento.

Ciertamente él a Ifidamante, hermano suyo de padre, arrastraba del pie con furia, y llamaba a gritos a todos los nobles; pero mientras lo arrastraba por la multitud bajo su escudo abollado lo hirió con la lanza de bronce, y le aflojó los miembros, y de pie junto a Ifidamante le cortó la cabeza. Allí los hijos de Anténor bajo el hijo de Atreo, el rey, cumpliendo su destino, entraron en la casa de Hades. Pero él recorría las filas de los otros hombres con la lanza y con la espada y con grandes piedras, mientras aún la sangre caliente le brotaba de la herida.

Pero cuando la herida se secó y se detuvo la sangre, dolores agudos penetraron la fuerza del hijo de Atreo. Como cuando un dardo agudo toma a una mujer en el parto, punzante, que lanzan las Ilitías que traen el parto doloroso, hijas de Hera que tienen los amargos dolores de parto, así dolores agudos penetraron la fuerza del hijo de Atreo. Saltó al carro, y ordenó al auriga conducir hacia las cóncavas naves; pues su corazón se afligía. Gritó con voz clara, vociferando a los dánaos: «Oh amigos, jefes y señores de los argivos, ahora vosotros defended de las naves que cruzan el mar la dura batalla, pues Zeus el astuto no me permite combatir contra los troyanos todo el día.»

Así habló, y el auriga azuzó a los caballos de hermosas crines hacia las cóncavas naves; y ellos no reacios volaron; echaban espuma en los pechos, y se manchaban debajo de polvo, llevando lejos de la batalla al rey afligido. Héctor, cuando vio que Agamenón se iba lejos, gritó a los troyanos y a los licios, clamando con voz alta: «Troyanos y licios y dárdanos que lucháis cuerpo a cuerpo, sed hombres, amigos, y acordaos del ardiente coraje. Se ha ido el mejor guerrero, y a mí gran gloria me dio Zeus Cronida; ahora lanzad directamente los caballos de cascos sólidos contra los poderosos dánaos, para que alcancéis la gloria superior.»

Así diciendo excitó el ardor y el ánimo de cada uno. Como cuando un cazador azuza a sus perros de blancos dientes contra un jabalí montés o contra un león, así contra los aqueos lanzó a los troyanos de corazón valiente Héctor, hijo de Príamo, igual a Ares destructor de hombres. Él mismo entre los primeros avanzaba con gran orgullo, y cayó sobre la batalla como una tormenta que sopla desde lo alto, que descendiendo agita el mar color violeta. ¿A quién mató primero, a quién al último despojó Héctor, hijo de Príamo, cuando Zeus le dio la gloria?

Parte4versos 301-400

Primero a Aseo y a Autónoo y a Opites y a Dólope el Clítida y a Ofeltio y a Agelao y a Esimno y a Oro y a Hipónoo firme en la batalla. A esos jefes de los dánaos mató, y después a la multitud, como cuando el Céfiro sacude las nubes del Noto blanco golpeándolas con profundo vendaval; muchas olas redondas ruedan, y alto la espuma se dispersa por el impulso del viento errante: así las cabezas densas de los hombres caían bajo Héctor.

Entonces habría habido desastre y hechos sin remedio, y habrían caído huyendo los aqueos en las naves, si Odiseo no hubiera gritado a Diomedes hijo de Tideo: «Tidida, ¿qué nos pasa que olvidamos el valor impetuoso? Ven acá, amigo, quédate junto a mí: será vergonzoso si Héctor el de yelmo brillante toma las naves.» Y le respondió el poderoso Diomedes: «Claro que me quedo y aguantaré: pero breve será nuestro gozo, pues Zeus que amontona las nubes quiere dar la victoria a los troyanos más que a nosotros.»

Y diciendo esto derribó de su carro a Timbreo clavándole la lanza en el pecho izquierdo; y Odiseo al escudero igual a un dios, Molión, de aquel señor. A esos luego los dejaron, pues los apartaron de la guerra; y ellos dos atravesando la turba sembraron confusión, como cuando dos jabalíes de ánimo arrogante se arrojan contra perros cazadores: así volviendo mataban a los troyanos; y los aqueos huyendo respiraron aliviados lejos del divino Héctor. Allí atraparon un carro y a dos hombres, los mejores del pueblo, hijos de Mérope de Percote, que más que todos conocía el arte adivinatorio, y no permitía a sus hijos ir a la guerra destructora; pero ellos no le obedecieron: las suertes de la muerte negra los llevaban.

A esos el Tidida Diomedes célebre por su lanza privándolos del ánimo y la vida les quitó las espléndidas armas; y Odiseo despojó a Hipódamo y a Hipíroco. Entonces el Cronión nivelando la batalla contemplándolos desde el Ida: y ellos mataban unos a otros. Y el hijo de Tideo hirió con su lanza al héroe Agástrofo Peónida en la cadera; y sus caballos no estaban cerca para escapar, y erró mucho en su ánimo. Porque su escudero los sostenía lejos, y él a pie se lanzaba entre los primeros combatientes, hasta que perdió la vida.

Héctor lo advirtió rápido entre las filas, y se arrojó sobre ellos gritando; y con él seguían las falanges troyanas. Al verlo se estremeció Diomedes de potente grito de guerra, y rápido habló a Odiseo que estaba cerca: «Hacia nosotros rueda esta calamidad, el poderoso Héctor: vamos, plantémonos y rechacémoslo quedándonos firmes.» Así habló, y balanceándola lanzó su lanza de larga sombra y acertó, no erró apuntando a la cabeza, en lo alto del casco; y bronce rebotó de bronce, y no alcanzó la hermosa piel: lo detuvo el yelmo triple con su borde, que le había dado Febo Apolo.

Héctor retrocedió veloz a gran distancia, se mezcló con la turba, y cayó de rodillas y se apoyó con su gruesa mano en la tierra; y oscura noche cubrió sus ojos. Mientras el Tidida iba tras la trayectoria de su lanza lejos entre los primeros combatientes, donde se había clavado en la tierra, Héctor recuperó el aliento, y saltando de nuevo a su carro se lanzó hacia la multitud, y evitó la muerte negra. Corriendo con su lanza le gritó el poderoso Diomedes: «Otra vez escapas ahora de la muerte, perro: cerca estuvo la desgracia; ahora de nuevo te salvó Febo Apolo, a quien debes rezar al ir al estruendo de las lanzas.

Pero te rematare después si vuelvo a encontrarte, si acaso alguno de los dioses también es mi aliado. Ahora iré contra los otros, al que pueda alcanzar.» Así dijo, y despojaba al célebre Peónida con su lanza. Pero Alejandro, esposo de Helena la de hermosa cabellera, tensaba su arco contra el Tidida pastor de pueblos, apoyado en una columna sobre el túmulo hecho por hombres de Ilo Dardánida, el antiguo señor del pueblo. Y mientras aquel tomaba la coraza del poderoso Agástrofo del pecho, el escudo resplandeciente de los hombros y el casco macizo, el otro tiraba del brazo del arco y disparó, y no en vano la flecha escapó de su mano, sino que dio en el empeine del pie derecho; y la flecha atravesándolo se clavó en la tierra; y él riendo dulcemente saltó de su escondite y gritó jactándose: «Te han dado y no en vano escapó la flecha: ojalá te hubiera dado abajo en el vientre y te hubiera quitado la vida.

Así también los troyanos habrían respirado de su aflicción, ellos que te temen como las cabras balantes al león.» Sin asustarse le respondió el poderoso Diomedes: «Arquero insultador, luciendo tus rizos, seductor de muchachas, si de verdad me enfrentaras cara a cara con armas, no te servirían de nada el arco y las numerosas flechas: ahora por rozarme el empeine del pie presumes en vano. No me importa, como si me hubiera dado una mujer o un niño tonto; pues es roma la flecha de un hombre sin coraje, un cualquiera.

Pero de otro modo es bajo mi mano, aunque apenas te roce, la flecha es aguda, y enseguida te deja sin vida. De ese las mejillas de su mujer están arañadas por el llanto, y sus hijos quedan huérfanos; y él tiñendo de sangre la tierra se pudre, y hay más aves carroñeras alrededor que mujeres.» Así habló, y Odiseo célebre por su lanza acercándose se paró delante; y él sentándose detrás sacó la flecha rápida del pie, y un dolor agudo atravesó su carne. Saltó a su carro, y ordenó al auriga conducir hacia las cóncavas naves: pues su corazón estaba afligido.

Parte5versos 401-500

Quedó solo Odiseo célebre por su lanza, y ninguno de los argivos se quedó con él, pues el miedo se apoderó de todos; y angustiado habló a su corazón magnánimo: «Ay de mí, ¿qué me pasa? Gran mal si huyo temiendo a la multitud; pero peor si me capturan solo; a los demás dánaos los ahuyentó el Cronión. Pero ¿por qué mi corazón dialoga así conmigo? Sé que los cobardes se retiran de la guerra, pero el que sobresale en la batalla tiene que mantenerse firme, ya sea herido o hiera a otro.»

Mientras él reflexionaba esto en su mente y en su corazón, llegaron las filas de los troyanos portadores de escudos, y lo encerraron en medio, poniendo entre ellos su propia ruina. Como cuando perros y jóvenes vigorosos acosan a un jabalí, y él sale del denso bosque afilando su blanco colmillo entre sus mandíbulas curvas, y lo rodean, y el chasquido de los dientes surge, y ellos aguantan aunque es terrible, así entonces alrededor de Odiseo querido de Zeus se lanzaban los troyanos; y él primero al irreprochable Deiopites hirió por arriba en el hombro saltando con su lanza aguda, y después mató a Toon y a Énomo.

Y a Quersídamas luego al saltar de su carro lo pinchó con su lanza bajo el escudo con ombligo en el vientre; y cayendo en el polvo agarró la tierra con su puño. A esos dejó, y atravesó con su lanza a Carope hijo de Hipaso, hermano carnal del rico Soco. Y para defenderlo vino Soco, hombre igual a un dios, y se detuvo muy cerca yendo y le dijo estas palabras: «Oh Odiseo lleno de fama, insaciable de engaños y de trabajos, hoy o te jactarás sobre los dos Hipásidas de haber matado a tales hombres y tomado sus armas, o herido por mi lanza perderás la vida.»

Así hablando lo hirió en el escudo totalmente redondo. A través del escudo brillante pasó la poderosa lanza, y a través de la coraza muy labrada se afianzó, y desgarró toda la piel de los costados, pero no permitió Palas Atenea que penetrara en las entrañas del hombre. Reconoció Odiseo que no había llegado un golpe mortal, y retrocediendo le dijo a Soco: «Ah desdichado, verdaderamente te alcanza la muerte abrupta. Aunque me has hecho parar de luchar contra los troyanos, a ti yo te anuncio que la muerte y la negra suerte te esperan este día, y que domado bajo mi lanza me darás gloria, y tu alma al Hades de nobles caballos.»

Así habló, y aquel volviéndose empezó a huir, pero a él mientras se volvía le clavó la lanza en la espalda entre los hombros, y la atravesó hasta el pecho, y cayó con estruendo; y se jactó el divino Odiseo: «Oh Soco, hijo de Hipaso domador de caballos de sabio ánimo, te alcanzó el final de la muerte, y no la esquivaste. Pobre infeliz, tu padre y tu noble madre no te cerrarán los ojos cuando mueras, sino que las aves carroñeras te devorarán, cubriéndote con sus tupidas alas.

Pero a mí, si muero, me enterrarán los divinos aqueos.» Así habló, y del cuerpo del valiente Soco arrancó su pesada lanza, sacándola también del escudo abollonado; y al sacarla la sangre brotó a borbotones y le afligió el corazón. Los troyanos de gran ánimo, cuando vieron la sangre de Odiseo, gritándose unos a otros por la multitud, se lanzaron todos contra él. Y él retrocedía paso a paso, y llamó a gritos a sus compañeros. Tres veces entonces gritó cuanto puede gritar la cabeza de un hombre, y tres veces oyó el grito Menelao, amigo de Ares.

Y al punto habló a Áyax, que estaba cerca: «Áyax de linaje divino, hijo de Telamón, jefe de guerreros, me ha llegado el grito de Odiseo, el de ánimo paciente, como si lo estuvieran forzando, estando solo, los troyanos, aislándolo en la violenta batalla. Pero vayamos por la multitud: es mejor defenderlo. Temo que sufra algo, quedándose solo entre los troyanos, aunque es valiente, y sea grande la pérdida para los dánaos.» Así habló, y marchó delante, y tras él le siguió el hombre igual a un dios.

Encontraron entonces a Odiseo, amado por Zeus; y a su alrededor lo acosaban los troyanos como chacales rojizos en las montañas rodean a un ciervo cornudo herido, al que hirió un hombre con una flecha desde la cuerda; a ése lo esquivó con sus patas huyendo, mientras la sangre tibia le corre y le responden las rodillas; pero cuando lo domina la veloz flecha, los chacales devoradores de carne cruda lo despedazan en los montes en un bosque umbrío; pero luego el destino trajo hasta allí un león asesino; los chacales huyeron dispersándose, y él lo devora; así entonces en torno a Odiseo, ingenioso y valiente en la pelea, lo perseguían los troyanos, muchos y vigorosos, pero el héroe lanzándose con su lanza rechazaba el día implacable.

Y Áyax se acercó llevando su escudo como una torre, se detuvo junto a él; y los troyanos huyeron dispersándose cada uno por su lado. Entonces Menelao, belicoso, lo sacó de la multitud tomándolo de la mano, hasta que el escudero acercó los caballos. Y Áyax, lanzándose sobre los troyanos, mató a Dóriclo, hijo bastardo de Príamo, y luego hirió a Pándoco, e hirió a Lisandro y a Píraso y a Pilartes. Como cuando un río crecido baja a la llanura torrencial desde las montañas, hinchado por la lluvia de Zeus, y arrastra muchas encinas secas y muchos pinos y echa mucho detrito al mar, así brillante Áyax perseguía sembrando el caos por la llanura entonces, masacrando caballos y hombres; y ni siquiera Héctor se enteraba, pues combatía en el flanco izquierdo de toda la batalla, junto a las riberas del río Escamandro, donde sobre todo caían las cabezas de los hombres, y se alzaba un clamor inextinguible

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en torno al gran Néstor y al belicoso Idomeneo. Héctor se mezclaba con ellos haciendo cosas terribles con la lanza y domando caballos, y arrasaba las falanges de jóvenes; y ni siquiera habrían retrocedido del camino los divinos aqueos, si Alejandro, el esposo de Helena la de hermosa cabellera, no hubiera detenido a Macaón, pastor de guerreros, en su momento de gloria, disparándole con una flecha de tres puntas en el hombro derecho. Por él temieron entonces los aqueos que respiraban coraje, no fuera que alguien lo capturara cuando cambiara el rumbo de la batalla.

Al instante Idomeneo habló al divino Néstor: «Oh Néstor, hijo de Neleo, gran gloria de los aqueos, anda, sube a tu carro, y que Macaón suba contigo, y dirige hacia las naves los caballos de cascos macizos lo más rápido posible; pues un médico vale tanto como muchos otros hombres para extraer flechas y espolvorear suaves remedios.» Así habló, y no desobedeció Néstor de Gerenia, conductor de carros. Al instante subió a su carro, y con él Macaón subió, hijo del intachable médico Asclepio; fustigó a los caballos, y ellos no reacios volaron hacia las cóncavas naves; pues así lo deseaba su corazón.

Cebriones observó a los troyanos agitándose en confusión, sentado junto a Héctor, y le dijo estas palabras: «Héctor, nosotros dos nos batimos aquí con los dánaos en el extremo de la batalla que resuena funestamente; pero los demás troyanos están en desorden, confundidos caballos y hombres. Áyax Telamonio los pone en fuga; lo reconocí bien; pues lleva sobre los hombros un escudo ancho; pero también nosotros dirijamos hacia allí caballos y carro, donde sobre todo jinetes y soldados de a pie, desatando horrible discordia, se matan unos a otros, y se alza un clamor inextinguible.»

Así habló, y fustigó a los caballos de hermosas crines con el látigo sonoro; y ellos, oyendo el latigazo, rápidamente arrastraron el veloz carro entre troyanos y aqueos, pisoteando cadáveres y escudos; y el eje por debajo estaba todo salpicado de sangre, y los rebordes que rodeaban el carro, que salpicaban las gotas desde los cascos de los caballos y desde las llantas de las ruedas. Y él ansiaba penetrar el tumulto de hombres y romperlo saltando dentro; y sembró pánico funesto entre los dánaos, y muy poco se apartaba de la lanza.

Pero él recorría las filas de los demás hombres con lanza y espada y con grandes piedras, pero evitaba el combate con Áyax Telamonio. Y Zeus padre incitó el miedo en Áyax desde lo alto: se quedó aturdido, y atrás arrojó su escudo de siete pieles de buey, y retrocedió mirando a la multitud como una fiera, girándose, cambiando rodilla tras rodilla poco a poco. Como cuando a un león rojizo de un corral de bueyes lo ahuyentan perros y hombres campesinos, que no lo dejan llevarse la grasa de los bueyes velando toda la noche; y él, deseando carne, embiste, pero no logra nada; pues espesas jabalinas salen a su encuentro desde manos audaces y antorchas encendidas, que teme aunque está ansioso; y al amanecer se marcha lejos con el corazón afligido; así Áyax entonces se alejó de los troyanos con el corazón afligido, marchándose muy a su pesar; pues temía por las naves de los aqueos.

Como cuando un asno pasando junto a un campo venció a unos niños, un asno perezoso, al que ya se le rompieron muchos palos encima, y entra y devora el profundo trigal; y los niños lo golpean con palos; pero su fuerza es infantil; y con esfuerzo lo echaron fuera, cuando ya se hartó de forraje; así entonces al gran Áyax, hijo de Telamón, los troyanos altivos y los numerosos aliados aguijoneándolo con lanzas en medio del escudo lo seguían siempre. Y Áyax unas veces se acordaba de su ímpetu furioso y volviéndose de nuevo contenía las falanges de los troyanos domadores de caballos; otras veces se giraba huyendo.

Pero a todos impedía avanzar hacia las rápidas naves, y él mismo se lanzaba en medio de troyanos y aqueos interponiéndose; y las lanzas desde manos audaces unas se clavaban en el gran escudo penetrando hacia delante, y muchas también a medio camino, antes de alcanzar la piel blanca, se clavaban en tierra, ansiosas de hartarse de carne. Y cuando lo vio el espléndido hijo de Evemón, Eurípilo, acosado por densas saetas, fue y se colocó junto a él, y arrojó su brillante lanza, e hirió a Apisaón, hijo de Fausíades, pastor de guerreros, en el hígado bajo el diafragma, y al instante le aflojó las rodillas; y Eurípilo se lanzó y le arrancaba las armas de los hombros.

Pero cuando lo vio Alejandro de aspecto divino arrancando las armas a Apisaón, al instante tensó el arco contra Eurípilo, y lo hirió en el muslo con una flecha, el derecho; se rompió la caña y le pesaba el muslo. Retrocedió al grupo de compañeros evitando la muerte, y gritó con voz penetrante a los dánaos, clamando: «Amigos, caudillos y señores de los argivos, deténganse dándose vuelta y rechacen el día implacable de Áyax, que es acosado por las flechas, y no creo que vaya a escapar de la batalla que resuena funestamente; sino más bien directamente pónganse firmes en torno a Áyax el grande, hijo de Telamón.»

Así habló Eurípilo herido; y ellos junto a él se colocaron cerca, apoyando los escudos en los hombros, levantando las lanzas; y hacia ellos vino Áyax. Se detuvo dándose vuelta, cuando alcanzó el grupo de compañeros. Así ellos combatían como fuego ardiente; y a Néstor fuera de la batalla lo llevaban los caballos de Neleo sudorosos, y traían a Macaón, pastor de guerreros. Lo vio y lo reconoció el divino Aquiles de pies veloces; pues estaba de pie en la popa de su nave de alto casco, contemplando el esfuerzo agotador y la huida lacrimosa.

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De inmediato Aquiles llamó a su compañero Patroclo, gritándole desde la nave; y él, al oírlo desde la tienda, salió afuera semejante a Ares, y aquello fue el comienzo de su perdición. El valeroso hijo de Menecio fue el primero en hablar: «¿Por qué me llamas, Aquiles? ¿Qué necesitas de mí?» Y en respuesta le dijo Aquiles de pies veloces: «Noble hijo de Menecio, el más grato a mi corazón, ahora creo que los aqueos se plantarán en torno a mis rodillas suplicando; porque ha llegado una necesidad que ya no puede soportarse.

Pero ve ahora, Patroclo amado de Zeus, y pregúntale a Néstor a quién trae herido desde el combate; en verdad, por detrás se parece en todo a Macaón el hijo de Asclepio, pero no vi el rostro del hombre; porque los caballos pasaron junto a mí desbocados hacia adelante.» Así habló, y Patroclo obedeció a su querido compañero, y echó a correr junto a las tiendas y las naves de los aqueos. Y cuando llegaron a la tienda del hijo de Neleo, ellos bajaron a la tierra nutricia de pastos, y Eurimedon, escudero del anciano, desunció los caballos del carro; ellos refrescaron el sudor de sus túnicas puestos de pie hacia el viento junto a la orilla del mar; y después entraron en la tienda y se sentaron en sillas.

Les preparó una mezcla Hecamede de hermosas trenzas, a quien el anciano había tomado de Ténedos cuando Aquiles la saqueó, hija de Arsínoo de corazón magnánimo, a quien los aqueos apartaron para él porque en consejo sobresalía entre todos. Primero acercó para ellos dos una mesa hermosa, con patas de azul esmaltado, bien pulida, y sobre ella una bandeja de bronce, y sobre esta una cebolla para acompañar la bebida, y miel verde, y junto a ella harina de cebada sagrada, y junto a esta una copa hermosísima, que el anciano había traído de su casa, tachonada con clavos de oro; tenía asas, cuatro en total, y alrededor de cada una dos palomas de oro picoteaban, y debajo había dos bases.

Otro apenas podría levantarla de la mesa cuando estaba llena, pero el viejo Néstor la alzaba sin esfuerzo. En ella les preparó una mezcla la mujer semejante a las diosas, con vino de Pramnos, y sobre él ralló queso de cabra con un rallador de bronce, y por encima espolvoréo harina blanca, y los invitó a beber cuando hubo preparado la mezcla. Ellos dos, después de beber y saciar la sed abrasadora, se deleitaban con relatos contándose el uno al otro, y Patroclo se detuvo en las puertas, aquel hombre semejante a un dios.

Al verlo, el anciano se levantó del trono resplandeciente, y conduciéndolo dentro tomándolo de la mano, le ordenó sentarse. Pero Patroclo desde el otro lado se negó y dijo estas palabras: «No hay asiento para mí, anciano criado por Zeus, no me convencerás. Es temible y pronto a la censura quien me envió a averiguar a quién traes herido; pero yo mismo lo reconozco, veo a Macaón pastor de tropas. Ahora vuelvo a llevar este mensaje a Aquiles. Bien sabes tú, anciano criado por Zeus, cómo es aquel hombre terrible: fácilmente acusaría hasta al inocente.»

Y a él le respondió entonces Néstor el jinete de Gerenia: «¿Por qué entonces Aquiles se lamenta así por los hijos de los aqueos, por cuantos han sido alcanzados por proyectiles? ¿Acaso no sabe del sufrimiento que se ha levantado en el campamento? Porque los mejores están tendidos en las naves, alcanzados y heridos. Ha sido alcanzado el poderoso Diomedes hijo de Tideo, ha sido herido Odiseo famoso por su lanza, y también Agamenón; ha sido alcanzado también Eurípilo en el muslo por una flecha; y a este otro yo lo acabo de traer del combate alcanzado por una flecha disparada desde el arco.

Pero Aquiles, siendo noble, no se preocupa por los dánaos ni se compadece. ¿Acaso espera hasta que las rápidas naves junto al mar ardan por el fuego enemigo contra la voluntad de los argivos, y nosotros mismos seamos asesinados uno tras otro? Porque mi fuerza no es ya como antes era en mis flexibles miembros. Ojalá fuera yo joven así y mi vigor estuviera intacto, como cuando entre los eleos y nosotros surgió una disputa por el robo de ganado, cuando yo maté a Itimoneo el noble hijo de Hípiroco, que habitaba en Élide, cuando llevaba a cabo la represalia: él, defendiendo sus bueyes, fue alcanzado entre los primeros por una lanza de mi mano, y cayó, y los campesinos que lo rodeaban huyeron aterrorizados.

Y reunimos del campo un botín inmenso: cincuenta rebaños de bueyes, otros tantos de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, otros tantos rebaños amplios de cabras, y yeguas rubias, ciento cincuenta, todas hembras, y muchas con potros debajo. Y las condujimos hacia Pilos de Neleo de noche camino a la ciudad; y Neleo se alegró en su corazón, porque me había tocado tanto siendo joven e ido a la guerra. Y los heraldos proclamaron al aparecer la aurora que vinieran quienes tuvieran deudas pendientes en la divina Élide; y reuniéndose los hombres líderes de los pilios hicieron la distribución; porque los epeos debían mucho a muchos, pues nosotros éramos pocos y habíamos sido maltratados en Pilos.

Porque habiendo venido, nos maltrató la fuerza de Heracles en los años anteriores, y fueron abatidos cuantos eran los mejores; pues éramos doce los hijos del irreprochable Neleo; de ellos quedé solo yo, y todos los demás perecieron. Por esto, ensoberbecidos, los epeos vestidos de bronce nos ultrajaban tramando actos de insolencia. De allí el anciano tomó un rebaño de bueyes y una gran grey de ovejas, eligiendo trescientas y sus pastores. Pues también a él se le debía mucho en la divina Élide: cuatro caballos de premio con sus propios carros, que habían ido a competir; porque iban a correr por un trípode; pero el señor de hombres Augías

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los retuvo, y despidió al auriga apenado por los caballos. Por esas palabras y esas acciones el anciano enfurecido tomó muchísimo; lo demás lo entregó al pueblo para repartir, para que nadie se fuera privado de su parte justa. Nosotros atendimos cada cosa, y por toda la ciudad ofrecimos sacrificios a los dioses; pero ellos al tercer día todos vinieron juntos, ellos en masa y los caballos de cascos enteros, en formación completa; y con ellos se armaron los Moliones, siendo todavía muchachos, que aún no sabían mucho del coraje impetuoso.

Hay una ciudad, Trióesa, colina empinada, lejos junto al Alfeo, la última de Pilos la arenosa; a esa acamparon alrededor deseando arrasarla. Pero cuando cruzaron toda la llanura, vino hasta nosotros Atenea como mensajera corriendo desde el Olimpo para que nos armáramos de noche, y no reunió a un pueblo reacio en Pilos, sino muy ansioso de combatir. Pero Neleo no me dejaba armarme, y escondió mis caballos; pues decía que yo todavía no sabía nada de las obras de guerra. Pero aun así me destaqué entre nuestros jinetes aunque siendo de infantería, porque así guiaba Atenea el combate.

Hay un río, el Minieo, que desemboca en el mar cerca de Arene, donde esperamos a la Aurora divina nosotros los jinetes de los pilios, y fluían hacia allí los grupos de infantería. De allí en formación completa armados con nuestras armas llegamos al mediodía a la sagrada corriente del Alfeo. Allí ofrecimos hermosos sacrificios a Zeus supremo, y un toro al Alfeo, y un toro a Poseidón, y a Atenea de ojos de lechuza una vaca del rebaño, después tomamos la cena a lo largo del ejército en nuestras compañías, y nos acostamos a dormir, cada uno en sus propias armas, junto a las corrientes del río.

Pero los magnánimos epeos acamparon alrededor de la ciudad deseando arrasarla; pero antes que eso se les apareció una gran obra de Ares; pues cuando el sol brillante se elevó sobre la tierra, chocamos en batalla rogando a Zeus y a Atenea. Y cuando comenzó la disputa entre los pilios y los epeos, yo fui el primero en matar a un hombre y me apoderé de sus caballos de cascos enteros, a Mulio el lancero; era yerno de Augías, y tenía por esposa a su hija mayor, la rubia Agamede, que conocía cuantas medicinas cría la vasta tierra.

A él, cuando se me acercaba, lo herí con mi lanza de bronce, y cayó en el polvo; y yo saltando a su carro me puse entre los combatientes delanteros; pero los magnánimos epeos huyeron cada uno por su lado, cuando vieron caer al hombre, al líder de los jinetes, que sobresalía en el combate. Entonces me lancé sobre ellos como un torbellino negro, tomé cincuenta carros, y alrededor de cada uno dos hombres mordieron el suelo, vencidos bajo mi lanza. Y habría destruido a los Actóridas, los hijos de Molión, si su padre, el poderoso sacudidor de la tierra de vasto dominio, lo salvó de la guerra cubriéndolo con densa bruma.

Allí Zeus entregó a los pilios una gran victoria; pues los seguimos a través de la vasta llanura, matándolos y recogiendo sus hermosas armas, hasta que llevamos los caballos a Buprásion rico en trigo y a la roca Olenia, y donde se alza la colina llamada Alesio; desde allí Atenea hizo volver al ejército. Ahí maté al último hombre y me retiré; y los aqueos volvieron de Buprásion a Pilos con sus rápidos caballos, y todos rendían gracias entre los dioses a Zeus y entre los hombres a Néstor.

Así fui, si es que fui, entre los hombres. Pero Aquiles solo disfrutará de su excelencia; creo que llorará mucho cuando el ejército haya perecido. Amigo mío, te lo aseguro, Menecio te ordenó esto el día en que te envió desde Ftía a Agamenón. Nosotros dos estábamos dentro, yo y el divino Odiseo, y lo oímos todo en el palacio, todo lo que te ordenó. Llegamos a la hermosa casa de Peleo reuniendo tropas por toda la Acaya criadora de hombres. Allí encontramos dentro al héroe Menecio y a ti, y junto a ti a Aquiles; el anciano Peleo, conductor de caballos, quemaba los muslos grasos de un buey a Zeus que goza con el rayo en el patio de la casa; sostenía una copa de oro derramando vino oscuro sobre las ofrendas ardientes.

Vosotros dos os ocupabais de la carne del buey, y nosotros entonces nos detuvimos en el umbral; Aquiles se levantó asombrado, nos tomó de la mano y nos hizo pasar, nos invitó a sentarnos, y nos sirvió generosamente lo que es costumbre servir a los huéspedes. Y cuando nos saciamos de comida y bebida, yo comencé a hablar invitándoos a venir con nosotros; vosotros dos estabais muy dispuestos, y ellos os dieron muchas instrucciones. El anciano Peleo ordenaba a su hijo Aquiles ser siempre el mejor y sobresalir entre todos; y a ti a su vez te ordenaba esto Menecio, hijo de Áctor: "Hijo mío, Aquiles es superior a ti por nacimiento, pero tú eres mayor; aunque él es mucho más fuerte.

Así que dile palabras sensatas y aconséjalo y guíalo; y él te obedecerá para su bien." Así te ordenó el anciano, pero tú lo has olvidado; pero aún ahora podrías decirle esto a Aquiles el guerrero, por si te hace caso. ¿Quién sabe si con la ayuda de un dios podrías mover su corazón con tus palabras? Buena cosa es la persuasión de un compañero. Pero si en su mente evita algún oráculo y su noble madre le ha transmitido algo de Zeus, que al menos te envíe a ti, y que el resto del ejército de los mirmidones te siga, por si traes alguna luz a los dánaos; y que te dé sus hermosas armas para llevarlas al combate, por si los troyanos, confundiéndote con él, se retiran de la guerra y los belicosos hijos de los aqueos respiran, agotados; pues breve es el respiro en la guerra.

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Fácilmente vosotros, frescos, podríais con el grito de guerra empujar hacia la ciudad a hombres exhaustos, lejos de las naves y las tiendas." Así habló, y le conmovió el corazón en el pecho, y echó a correr junto a las naves hacia Aquiles, nieto de Éaco. Pero cuando Patroclo, corriendo, llegó a las naves del divino Odiseo, donde estaba su asamblea y su lugar de justicia, y donde también habían construido altares a los dioses, allí se encontró con Eurípilo herido, el descendiente de Zeus, hijo de Evemón, con una flecha en el muslo, cojeando fuera de la batalla; el sudor abundante le corría por los hombros y la cabeza, y de la dolorosa herida brotaba sangre negra; pero su mente permanecía firme.

Al verlo se compadeció el valiente hijo de Menecio, y lamentándose le dirigió aladas palabras: "¡Ah, desdichados caudillos y señores de los dánaos!, así pues estabais destinados lejos de vuestros seres queridos y de vuestra tierra patria a saciar en Troya a los rápidos perros con vuestra blanca grasa. Pero dime esto, Eurípilo, héroe criado por Zeus, ¿acaso los aqueos podrán contener aún al monstruoso Héctor, o ya perecerán dominados por su lanza?" Y a su vez le respondió Eurípilo herido: "Ya no habrá, Patroclo de Zeus descendiente, defensa para los aqueos, sino que caerán junto a las negras naves.

Pues todos los que antes eran los mejores yacen en las naves heridos y golpeados por manos de los troyanos; y su fuerza crece sin cesar. Pero a mí sálvame llevándome a la negra nave, córtame la flecha del muslo y lava la sangre negra con agua tibia, y espolvoréame suaves remedios, esos buenos remedios que dicen que aprendiste de Aquiles, a quien enseñó Quirón, el más justo de los centauros. Pues de los médicos Podalirio y Macaón, creo que uno está en las tiendas con una herida, necesitado él mismo de un médico intachable, postrado; y el otro aguanta en la llanura el feroz combate de los troyanos." Y a su vez le respondió el valiente hijo de Menecio: "¿Cómo van a ser las cosas?

¿Qué haremos, héroe Eurípilo? Voy a transmitir un mensaje a Aquiles el guerrero, el que me encargó Néstor de Gerenia, guardián de los aqueos; pero ni así te abandonaré en tu sufrimiento." Dijo, y tomándolo por el pecho condujo al pastor de ejércitos a la tienda; un sirviente al verlo extendió pieles de buey. Allí lo tendió y con un cuchillo le cortó del muslo la aguda flecha puntiaguda, y lavó la sangre negra con agua tibia, y le aplicó una raíz amarga frotándola con las manos, que aliviaba el dolor, y que le detuvo todos los dolores; la herida se secó y la sangre se detuvo.

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