Canto XIX
Parte1versos 1-100
La Aurora de azafrán del manto salía de las corrientes del Océano para llevar su luz a los inmortales y a los mortales; y ella llegó a las naves trayendo los regalos del dios. Encontró a su querido hijo echado sobre Patroclo, llorando con agudos sollozos; muchos compañeros alrededor gemían; y entre ellos se puso de pie la divina entre las diosas, le tomó la mano y le habló y le dijo su nombre: «Hijo mío, a este aunque sufrimos lo dejaremos tendido, pues desde el comienzo fue abatido por voluntad de los dioses; tú en cambio recibe de Hefesto las armas gloriosas, muy hermosas, como ningún hombre jamás llevó en los hombros.»
Así habló la diosa y dejó las armas delante de Aquiles; y todas las obras maestras resonaron. A todos los mirmidones los tomó el temblor, y ninguno se atrevió a mirarlas de frente, sino que retrocedieron. Pero Aquiles cuando las vio, más aún penetró en él la cólera, y sus ojos terriblemente bajo los párpados resplandecieron como un fulgor; y se alegraba teniéndolas en las manos, los espléndidos regalos del dios. Pero cuando en su ánimo se alegró contemplando las obras maestras, enseguida a su madre le dirigió palabras aladas: «Madre mía, estas armas el dios las dio como es propio que sean obra de inmortales, y no que las termine un hombre mortal.
Ahora pues yo me armaré; pero terriblemente temo que mientras tanto al valiente hijo de Menecio las moscas entrando por las heridas hechas de bronce engendren gusanos, y deshonren el cadáver— pues la vida le ha sido arrebatada—y toda su carne se pudra.» Le respondió entonces la diosa Tetis de pies de plata: «Hijo, que esto no te preocupe en tu ánimo. Yo intentaré alejar de él las feroces tribus, las moscas, que devoran a los hombres muertos en guerra; pues aunque yaciera un año entero, siempre su carne estará intacta, o incluso mejor.
Pero tú a una asamblea convoca a los héroes aqueos, renuncia a tu cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, rápidamente ármate para la guerra, y vístete de fuerza.» Así habló y le infundió un ánimo muy audaz, y en Patroclo a su vez ambrosía y néctar rojo goteó por las narices, para que su carne se mantuviera intacta. Entonces marchó por la orilla del mar el divino Aquiles gritando terriblemente, y convocó a los héroes aqueos. Y también los que antes permanecían en el recinto de las naves, los pilotos y los que manejaban los timones de las naves y los administradores que junto a las naves eran distribuidores del alimento, incluso esos entonces fueron a la asamblea, porque Aquiles había aparecido, tras haber cesado mucho tiempo de la penosa guerra.
Los dos iban cojeando, servidores de Ares, el Tidida firme en la batalla y el divino Odiseo, apoyándose en sus lanzas; pues aún tenían dolorosas heridas; y yendo se sentaron en la primera fila de la asamblea. Pero último llegó el señor de hombres Agamenón, teniendo una herida; pues también a él en la feroz batalla lo hirió Coon Antenórida con su lanza de bronce. Pero cuando todos los aqueos se reunieron, levantándose entre ellos habló Aquiles de pies veloces: «Atrida, ¿acaso esto de alguna manera fue mejor para ambos, para ti y para mí, cuando nosotros dos afligidos en el corazón nos enfurecimos en disputa devoradora del ánimo por causa de la muchacha?
Ojalá en las naves la hubiera matado Ártemis con una flecha aquel día en que la tomé tras destruir Lirneso; así no tantos aqueos habrían mordido el vasto suelo bajo las manos enemigas mientras yo mantuve mi cólera. Fue mejor para Héctor y los troyanos; pero a los aqueos creo que largo tiempo recordarán nuestra disputa, tuya y mía. Pero lo pasado dejémoslo estar, aunque sufrimos, dominando en el pecho el ánimo querido por necesidad; ahora pues yo ceso mi cólera, y no me conviene estar furioso sin fin; pero vamos rápido lanza a la guerra a los aqueos de largas cabelleras, para que aún pruebe yendo contra los troyanos, si quieren dormir junto a las naves; pero creo que alguno con placer doblará la rodilla, el que escape de la guerra hostil bajo nuestra lanza.»
Así habló, y se alegraron los aqueos de buenas grebas de que renunciara a su cólera el magnánimo hijo de Peleo. Entonces entre ellos habló también el señor de hombres Agamenón desde su sitio mismo, sin levantarse en medio: «Oh amigos héroes dánaos, servidores de Ares, es bueno oír al que está de pie, y no es apropiado interrumpir; pues es difícil incluso para quien sabe. En el mucho clamor de hombres ¿cómo podría alguien oír o hablar? Se perjudica incluso el orador de voz clara.
Al hijo de Peleo yo le hablaré; pero vosotros los demás argivos atended, y cada uno comprenda bien mi palabra. Muchas veces ya los aqueos me dijeron esta palabra, y me reprochaban; pero yo no soy el culpable, sino Zeus y el Destino y la Erinia que camina en la niebla, que en la asamblea pusieron en mi mente una salvaje Ofuscación, aquel día cuando yo mismo arrebaté el botín de Aquiles. Pero ¿qué podía hacer? El dios todo lo cumple. Mayor es la hija de Zeus, Ofuscación, que a todos ofusca, la maldita; delicados tiene los pies; pues no sobre el suelo pisa, sino que sobre las cabezas de los hombres camina dañando a los humanos; y ha atrapado también al otro.
Pues también Zeus se ofuscó una vez, a quien dicen ser el mejor de hombres y de dioses; pero también a él Hera siendo mujer con astucia engañó, aquel día en que iba a parir la fuerza de Heracles Alcmena en Tebas de hermosa corona. Y él proclamando habló a todos los dioses:
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"Escuchadme todos los dioses y todas las diosas, para que diga lo que el ánimo en mi pecho me ordena. Hoy a la luz traerá un hombre la que causa dolores de parto, Ilitía, que reinará sobre todos los que habitan alrededor, de la estirpe de hombres que son de mi sangre." A él con astucia respondió la soberana Hera: "Mentirás, y no cumplirás tu palabra. Pero anda ahora júrame, Olímpico, un fuerte juramento, que ciertamente reinará sobre todos los que habitan alrededor, el que en este día caiga entre los pies de una mujer de los hombres que de tu sangre son descendientes." Así habló; Zeus no percibió la astucia, sino que juró un gran juramento, y luego mucho se ofuscó.
Hera lanzándose dejó la cumbre del Olimpo, y rápidamente llegó a Argos aquea, donde sabía que había la vigorosa esposa de Esténelo Perseida. Ella estaba embarazada de un hijo querido, y el séptimo mes estaba transcurriendo; lo sacó a la luz aunque le faltaba un mes, y de Alcmena detuvo el parto, y retuvo a las Ilitías. Ella misma como mensajera se dirigió a Zeus Cronida: "Zeus padre del rayo brillante, una palabra pondré en tu mente: ya ha nacido un hombre noble que reinará sobre los argivos, Euristeo, hijo de Esténelo Perseida, tu descendiente; no es indigno que reine sobre los argivos." Así habló, y a él un dolor agudo le golpeó el ánimo profundo; enseguida tomó a Ofuscación de la cabeza de brillantes trenzas encolerizado en su ánimo, y juró un fuerte juramento que nunca al Olimpo y al cielo estrellado volvería Ofuscación, que a todos ofusca.
Así diciendo la arrojó desde el cielo estrellado haciéndola girar con la mano; rápidamente llegó a las obras de los hombres. Por ella siempre gemía cuando veía a su querido hijo teniendo una labor indigna bajo las pruebas de Euristeo. Así también yo, cuando el gran Héctor de casco centelleante destruía a los argivos junto a las popas de las naves, no pude olvidar la Ofuscación, por la que primero me ofusqué. Pero ya que me ofusqué y Zeus me quitó el juicio, quiero compensar, y dar infinitos regalos.
Pero levántate para la guerra, y levanta a los demás pueblos. Los regalos yo aquí todos los ofreceré, cuantos ayer en tu tienda prometió el divino Odiseo. Si quieres, aguarda aunque te apremie Ares, los regalos mis servidores tomándolos de mi nave los traerán, para que veas qué cosas satisfactorias te daré.» Le respondió entonces Aquiles de pies veloces: «Atrida gloriosísimo, señor de hombres Agamenón, los regalos si quieres ofrecerlos, como es apropiado, o retenerlos contigo; ahora pensemos en la batalla rápidamente; pues no hay que estar aquí ni demorarnos; pues aún hay una gran obra sin cumplir.
para que de nuevo se vea a Aquiles entre los primeros destruyendo con su lanza de bronce las falanges troyanas. Que cada uno de vosotros, acordándose de esto, pelee contra su enemigo». Y respondiéndole le habló Odiseo, el de muchas mañas: «No, Aquiles semejante a los dioses, aunque seas valiente, no lances a los hijos de los aqueos en ayunas contra Ilión para que peleen contra los troyanos, pues no será breve el tiempo del combate, cuando las falanges de hombres se encuentren y un dios inspire furor a ambos bandos.
Más bien ordena a los aqueos que coman junto a las veloces naves pan y vino: eso es lo que da fuerza y vigor. Ningún hombre podrá combatir cara a cara todo el día hasta la puesta del sol sin probar alimento; aunque su ánimo desee pelear, sin darse cuenta se le endurecen los miembros, y lo alcanzan la sed y el hambre, y se le aflojan las rodillas al avanzar. Pero el hombre que, saciado de vino y comida, pelee todo el día contra enemigos, tiene el corazón animoso en el pecho, y sus miembros no se cansan hasta que todos se retiren del combate.
Vamos, dispersa al ejército y ordénales que preparen la comida; y que Agamenón, soberano de hombres, traiga los regalos al centro de la asamblea, para que todos los aqueos los vean con sus ojos, y tú te alegres en tu corazón. Y que se levante y te jure un juramento ante los argivos que nunca subió al lecho ni se unió con ella —como es costumbre, señor, tanto entre hombres como entre mujeres—; y que también tu propio ánimo se vuelva propicio en tu pecho.
Luego que te complazca con un banquete generoso en su tienda, para que no te falte nada de lo justo. Atrida, también tú serás más justo con otro en el futuro. Pues no es reprochable que un rey dé satisfacción a un hombre cuando fue el primero en encolerizarse». Y a su vez le respondió Agamenón, soberano de hombres: «Me alegro, hijo de Laertes, de escuchar tus palabras; todo lo recorriste y expusiste como corresponde. Y yo quiero jurar esto, y mi corazón me lo ordena, y no perjuraré ante la divinidad.
Pero que Aquiles permanezca aquí un momento, aunque esté impaciente por Ares; y permaneced también todos vosotros reunidos, hasta que los regalos vengan de mi tienda y sellemos juramentos de confianza. Y a ti mismo te encomiendo y ordeno esto: escoge a los jóvenes más nobles de todos los panaqueos para que traigan de mi nave los regalos, todos cuantos ayer prometí dar a Aquiles, y que traigan también a las mujeres. Y que Taltibio me prepare pronto en el vasto campamento aqueo un jabalí, para sacrificarlo a Zeus y a Helios».
Y respondiéndole le habló Aquiles, el de pies veloces: «Gloriosísimo Atrida, Agamenón soberano de hombres, mejor sería que os ocuparais de estas cosas en otro momento,
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cuando haya alguna tregua en la guerra y no haya tanta furia en mi pecho. Ahora yacen destrozados los que derrotó Héctor Priamida, cuando Zeus le dio la gloria, ¿y vosotros incitáis a comer? Yo en verdad ordenaría ahora combatir a los hijos de los aqueos en ayunas y sin comer, y al ponerse el sol preparar un gran banquete, cuando hayamos vengado la afrenta. Antes, de ningún modo bajaría por mi garganta ni bebida ni comida, estando muerto mi compañero, que yace en mi tienda destrozado por el bronce afilado, vuelto hacia la puerta, y alrededor los compañeros se lamentan; por eso nada de esto me importa, sino la matanza y la sangre y los gemidos terribles de los hombres».
Y respondiéndole le habló Odiseo, el de muchas mañas: «Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más poderoso de los aqueos, eres más fuerte que yo y muy superior con la lanza, pero yo podría aventajarte en el pensamiento, porque nací antes y sé más cosas. Por eso que tu corazón soporte mis palabras. Pronto se saturan los hombres de la batalla, en la que el bronce derrama muchísima paja sobre la tierra pero la cosecha es muy escasa, cuando Zeus inclina la balanza, Zeus que es el dispensador de la guerra entre los hombres.
No es posible que los aqueos honren a un muerto con el vientre; pues demasiados y sin pausa, día tras día, caen; ¿cuándo se podría tomar un respiro del sufrimiento? Es necesario enterrar al que muera, teniendo el corazón implacable, llorándolo un solo día; y los que sobrevivan al odioso combate, que se acuerden de la bebida y la comida, para que todavía más peleemos sin cesar contra los enemigos, cubierto el cuerpo con el bronce infatigable. Que ninguno del ejército se contenga esperando otro llamado; pues este será un mal llamado para quien se quede junto a las naves argivas; mejor lanzarnos todos juntos y despertar el cruel Ares contra los troyanos domadores de caballos».
Habló, y se llevó a los hijos del ilustre Néstor, a Megues el Fileida, a Toante, a Meriones, a Licomedes hijo de Creonte y a Melanipo; y fueron a la tienda de Agamenón Atrida. Al instante la palabra fue hecho, y se cumplió la tarea: sacaron de la tienda siete trípodes, los que le había prometido, veinte calderos relucientes y doce caballos; y sacaron enseguida a siete mujeres expertas en labores impecables, y como octava a Briseida de hermosas mejillas. Y Odiseo, tras pesar diez talentos enteros de oro, iba delante, y los otros jóvenes aqueos llevaban los regalos.
Y los colocaron en medio de la asamblea, y se levantó Agamenón; y Taltibio, de voz semejante a un dios, sosteniendo un jabalí en las manos se puso junto al pastor de pueblos. El Atrida, sacando con sus manos el cuchillo que siempre llevaba colgado junto a la gran vaina de su espada, cortó los pelos del jabalí y alzando las manos hacia Zeus rezó; y todos los argivos se sentaron en silencio en sus sitios, escuchando al rey como es debido. Y tras rezar habló mirando al vasto cielo: «Que sea testigo ahora Zeus primero, el más alto y mejor de los dioses, y la Tierra y el Sol y las Erinias, que bajo tierra castigan a los hombres, a quien jure en falso, que yo no puse mi mano sobre la joven Briseida, ni por deseo de lecho ni por ninguna otra cosa, sino que permaneció intacta en mis tiendas.
Y si algo de esto es perjuro, que los dioses me den sufrimientos, muchos, tantos como dan a quien los ofende perjurando». Habló, y cortó la garganta del jabalí con el bronce despiadado. Y Taltibio, tras hacerlo girar, lo arrojó al gran abismo del mar gris, como alimento para los peces; y Aquiles se levantó y habló entre los argivos amantes de la guerra: «Padre Zeus, grandes extravíos das a los hombres. Nunca el Atrida habría enfurecido el corazón en mi pecho, ni se habría llevado a la joven contra mi voluntad, implacable; pero Zeus de algún modo quiso que llegara la muerte a muchos aqueos.
Ahora id a comer, para que trabemos el combate». Así habló, y disolvió la asamblea rápidamente. Ellos se dispersaron cada uno hacia su nave, y los magnánimos mirmidones se ocuparon de los regalos, y fueron llevándolos hacia la nave del divino Aquiles. Los colocaron en las tiendas, e hicieron sentar a las mujeres, y los orgullosos servidores condujeron los caballos al rebaño. Y entonces Briseida, semejante a la dorada Afrodita, cuando vio a Patroclo destrozado por el bronce afilado, se echó sobre él y gritó agudamente, y con las manos se arañó el pecho, el cuello delicado y el hermoso rostro.
Y dijo llorando la mujer parecida a las diosas: «Patroclo, el más querido para mi desdichado corazón, te dejé vivo cuando salí de la tienda, y ahora te encuentro muerto, caudillo de hombres, al volver; así siempre me recibe un mal tras otro. Al marido que me dieron mi padre y mi noble madre lo vi ante la ciudad destrozado por el bronce afilado, y a mis tres hermanos, que mi misma madre dio a luz, amados, que todos encontraron el día fatal. Pero tú no me dejabas llorar cuando el veloz Aquiles mató a mi esposo y arrasó la ciudad del divino Minetes, sino que me decías que harías de mí la legítima esposa del divino Aquiles, y que me llevarías en las naves a Ftía, y celebrarías la boda entre los mirmidones. Por eso te lloro sin cesar, ahora que has muerto, tú que siempre fuiste dulce».
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Así habló llorando, y las mujeres gemían con ella, tomando a Patroclo de pretexto, pero cada una por sus propios dolores. Los ancianos de los aqueos se reunieron en torno a él rogándole que comiera; pero él se negaba entre sollozos: «os lo ruego, si alguno de mis queridos compañeros me obedece, no me mandéis saciar mi corazón con comida ni bebida, pues me alcanza un dolor terrible; esperaré hasta la puesta del sol y resistiré aunque sea así.» Diciendo esto despachó a los demás jefes, pero se quedaron los dos Atridas y el divino Odiseo, Néstor e Idomeneo y el anciano Fénix conductor de caballos, consolándolo insistentemente en su aflicción; pero en su corazón no hallaba consuelo, hasta entrar en las fauces de la guerra sangrienta.
Y recordando hondamente exhaló un suspiro y dijo: «ay, tú también en otro tiempo, infeliz el más querido de mis compañeros, tú mismo en nuestra tienda me servías un banquete agradable pronto y diligente, cuando los aqueos se apresuraban a llevar a los troyanos domadores de caballos la guerra llena de lágrimas. Ahora yaces despedazado, mientras mi corazón se niega a la bebida y a la comida, aunque las tengo dentro, por tu ausencia; pues no podría sufrir nada peor que esto, ni siquiera si me enterara de la muerte de mi padre, que ahora seguramente en Ftía derrama tiernas lágrimas por la falta de un hijo como yo; mientras yo en tierra ajena por Helena la horrible combato contra los troyanos; o si murió aquel hijo mío que se cría en Esciro, si es que todavía vive Neoptólemo de apariencia divina.
Antes mi corazón en mi pecho esperaba que solo yo moriría lejos de Argos criadora de caballos aquí en Troya, y que tú volverías a Ftía, para que a mi hijo en tu rápida nave negra lo trajeras de Esciro y le mostraras cada cosa, mi herencia, mis esclavos y mi alta casa de elevado techo. Pues creo que Peleo ya sea completamente muerto, o apenas aún vivo se aflige por la odiosa vejez y esperando siempre de mí la funesta noticia, cuando se entere de que he muerto.»
Así habló llorando, y gemían los ancianos con él, recordando cada uno lo que había dejado en sus casas; y viéndolos lamentarse se compadeció el Cronida, y enseguida dirigió a Atenea palabras aladas: «hija mía, ya del todo has abandonado a tu guerrero. ¿Acaso ya no se te ocupa en absoluto Aquiles en tu mente? Allí está sentado frente a las naves de empinadas proas llorando por su querido compañero; y los demás se han ido a comer, pero él permanece sin comer y en ayunas.
Pero ve y en su pecho destílale néctar y ambrosía deliciosa para que no lo alcance el hambre.» Así diciendo empujó a Atenea que ya estaba dispuesta; y ella semejante a un halcón de largas alas y aguda voz se lanzó desde el cielo a través del éter. Y los aqueos enseguida se armaban por todo el campamento; y ella en Aquiles néctar y ambrosía deliciosa le destiló en el pecho, para que el hambre ingrata no debilitara sus rodillas; y ella misma volvió a la sólida morada de su padre poderoso.
Ellos se derramaban desde las veloces naves. Como cuando abundantes copos de nieve vuelan de Zeus, fríos, bajo el soplo del Bóreas nacido en el cielo despejado, así entonces abundantes cascos resplandecientes se llevaban desde las naves y escudos abollados y corazas bien trabajadas y lanzas de fresno. El resplandor alcanzaba el cielo, y toda la tierra en torno reía bajo el fulgor del bronce; y se levantaba el estruendo bajo los pies de los hombres; y en medio de ellos se armaba el divino Aquiles.
De sus dientes salía un rechinar, y sus ojos brillaban como la luz del fuego, y en su corazón se hundía un dolor insoportable; y enfurecido contra los troyanos se ponía los dones del dios, que Hefesto le había forjado trabajando. Primero se puso en torno a las piernas las grebas hermosas, ajustadas con tobilleras de plata; luego se puso la coraza en torno al pecho. Y sobre los hombros echó la espada con clavos de plata, de bronce; y después tomó el escudo grande y sólido, de él brotaba un resplandor como de luna.
Como cuando a los marineros les aparece desde el mar el resplandor de un fuego que arde, el cual arde en lo alto de las montañas en una cabaña solitaria; pero a ellos sin quererlo las tempestades los llevan sobre el mar lleno de peces lejos de sus seres queridos; así desde el escudo de Aquiles el resplandor alcanzaba el éter, el escudo hermoso y labrado; y alzando el casco lo puso en su cabeza, pesado; y brillaba como un astro el casco con crines de caballo, y se agitaban las crines de oro que Hefesto había puesto alrededor de la cimera en abundancia.
Se probó a sí mismo en sus armas el divino Aquiles, si le ajustaban bien y si sus espléndidos miembros se movían con soltura; y le nacían como alas, y lo elevaban al pastor de hombres. Y de su estuche sacó la lanza paterna, pesada grande sólida; ningún otro de los aqueos podía blandirla, solo Aquiles sabía manejar la lanza de fresno del Pelión, que Quirón había dado a su padre querido desde la cumbre del Pelión, para que fuera muerte de héroes; y Automedonte y Álcimo cuidando de los caballos los uncían; les pusieron las hermosas correas, en sus bocas les metieron los frenos, y tiraron las riendas hacia atrás hasta el carro bien trabado.
Y él tomando el látigo brillante con la mano ajustado saltó al carro, Automedonte; detrás subió armado Aquiles, resplandeciente con sus armas como Hiperión el sol, y gritó terriblemente a los caballos de su padre: «Janto y Balio, hijos ilustres de Podarga,
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de otra manera ocupaos ahora de traer sano al auriga de vuelta al campamento de los dánaos, cuando nos hartemos de la guerra, y no lo dejéis allí muerto como a Patroclo.» Y desde bajo el yugo le respondió el caballo de pies veloces Janto, y enseguida inclinó la cabeza; y toda su crin cayendo del yugo a un lado tocó el suelo; y lo hizo hablar la diosa Hera de blancos brazos: «sí, todavía ahora te salvaremos, poderoso Aquiles; pero está cerca de ti el día de la destrucción: no somos nosotros los culpables, sino un gran dios y el Destino poderoso.
Pues no por nuestra lentitud ni pereza los troyanos arrebataron las armas de los hombros de Patroclo; sino que el mejor de los dioses, al que parió Leto de hermosa cabellera, lo mató en la primera fila y dio gloria a Héctor. Nosotros podríamos correr junto al soplo del Céfiro, que dicen que es el más veloz; pero para ti mismo es tu destino ser vencido por un dios y por un hombre.» Así habló, y las Erinias detuvieron su voz. Y muy irritado le respondió Aquiles de pies veloces: «Janto, ¿por qué me profetizas la muerte?
No hace falta. Bien lo sé yo mismo que mi destino es morir aquí, lejos de mi padre querido y de mi madre; pero aun así no cesaré hasta que harte de guerra a los troyanos.» Dijo, y gritando guiaba entre los primeros a sus caballos de cascos macizos.
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