Capítulo 6Roma contra Judea, el gran combate
Lleguemos a la conclusión. Los dos valores contrapuestos «bueno y malo», «bueno y malvado» han librado en la tierra un terrible combate de milenios; y por mucho que el segundo valor esté desde hace tiempo en preponderancia, todavía ahora no faltan lugares donde el combate prosigue sin decidirse. Incluso podría decirse que entretanto se ha elevado cada vez más alto y precisamente por ello se ha vuelto cada vez más profundo, más espiritual: de modo que hoy quizá no haya signo más decisivo de la «naturaleza superior», de la naturaleza más espiritual, que estar escindido en ese sentido y ser realmente todavía campo de batalla para esos antagonismos. El símbolo de este combate, escrito en una escritura que a lo largo de toda la historia humana ha permanecido hasta ahora legible, se llama «Roma contra Judea, Judea contra Roma»: no ha habido hasta ahora acontecimiento mayor que este combate, este planteamiento de la cuestión, esta contradicción mortalmente hostil. Roma sintió en el judío algo así como la contranaturaleza misma, por así decir su monstruo antipódico; en Roma el judío era considerado «convicto del odio contra todo el género humano»: con razón, en la medida en que se tiene derecho a vincular la salvación y el futuro del género humano al dominio incondicional de los valores aristocráticos, de los valores romanos. Lo que en cambio los judíos sintieron contra Roma, se lo adivina por mil indicios; pero basta con traer a la memoria una vez más el Apocalipsis de Juan, ese más desenfrenado de todos los estallidos escritos que la venganza tiene sobre la conciencia. (Por lo demás, no se subestime la profunda coherencia del instinto cristiano cuando rotuló precisamente este libro del odio con el nombre del discípulo del amor, el mismo al que atribuyó aquel evangelio enamorado-entusiasta: en ello hay un trozo de verdad, por mucha falsificación literaria que haya sido necesaria también para este propósito.) Los romanos eran, pues, los fuertes y nobles como nunca habían existido en la tierra hasta entonces más fuertes y más nobles, como nunca habían sido siquiera soñados; todo resto de ellos, toda inscripción, encanta, siempre que se adivine lo que allí escribe. Los judíos, a la inversa, eran aquel pueblo sacerdotal del ressentiment par excellence, al que habitaba una genialidad popular-moral sin igual: compárense solamente los pueblos de dotes afines, por ejemplo los chinos o los alemanes, con los judíos, para sentir qué es de primer rango y qué de quinto rango. Quién de ellos ha vencido por el momento, ¿Roma o Judea? Pero es que no hay duda alguna: considérese solamente ante quién se inclina uno hoy en la propia Roma como ante la quintaesencia de todos los valores supremos —y no solo en Roma, sino casi en media tierra, en todas partes donde el hombre se ha vuelto manso o quiere volverse manso—, ante tres judíos, como se sabe, y una judía (ante Jesús de Nazaret, el pescador Pedro, el tejedor de alfombras Pablo y la madre del Jesús mencionado al principio, llamada María). Esto es muy notable: Roma ha sucumbido sin duda alguna. Ciertamente hubo en el Renacimiento un resplandeciente e inquietante despertar del ideal clásico, de la manera de valorar noble todas las cosas: la propia Roma se movió como un muerto aparente despertado bajo la presión de la nueva Roma judaizada construida encima, que ofrecía el aspecto de una sinagoga ecuménica y se llamaba «Iglesia»: pero enseguida triunfó de nuevo Judea, gracias a aquel movimiento de ressentiment radicalmente plebeyo (alemán e inglés) que se llama la Reforma, añadiendo lo que tuvo que seguir de ella, la restauración de la Iglesia, la restauración también del viejo reposo sepulcral de la Roma clásica. En un sentido aún más decisivo y profundo que entonces, Judea alcanzó la victoria una vez más con la Revolución francesa sobre el ideal clásico: la última nobleza política que había en Europa, la de los siglos XVII y XVIII franceses, se derrumbó bajo los instintos populares del ressentiment —¡nunca se había oído en la tierra un júbilo mayor, un entusiasmo más estruendoso! Cierto que en medio de ello ocurrió lo más descomunal, lo más inesperado: el ideal antiguo mismo apareció corporalmente y con esplendor inaudito ante los ojos y la conciencia de la humanidad, y una vez más, más fuerte, más simple, más penetrante que nunca, resonó, frente a la vieja consigna mentirosa del ressentiment del privilegio de los más, frente a la voluntad de rebajamiento, de humillación, de nivelación, de declive y ocaso del hombre, ¡la terrible y encantadora contraconsigna del privilegio de los menos! Como un último señalamiento al otro camino apareció Napoleón, ese hombre más aislado y más tardíamente nacido que jamás hubo, y en él el problema encarnado del ideal noble en sí —considérese bien qué problema es: Napoleón, esta síntesis de inhumano y superhombre...
—¿Se acabó con ello? ¿Quedó ese máximo de todos los antagonismos de ideales archivado para siempre? ¿O solo aplazado, largamente aplazado?... ¿No tendría que haber alguna vez un reencenderse mucho más terrible, mucho más largamente preparado, del viejo fuego? Más aún: ¿no sería precisamente eso lo que hay que desear con todas las fuerzas? ¿Incluso querer? ¿Incluso promover?... Quien en este punto empiece a reflexionar, a seguir reflexionando, al igual que mis lectores, difícilmente llegará pronto a un final —razón suficiente para que yo mismo llegue al final, suponiendo que hace tiempo que ha quedado suficientemente claro lo que quiero, lo que quiero precisamente con aquella peligrosa consigna que está escrita en el cuerpo de mi último libro: «Más allá del bien y del mal»... Esto no significa en modo alguno «Más allá de bueno y malo». — —
Nota. Aprovecho la ocasión que me brinda este tratado para expresar pública y formalmente un deseo que hasta ahora solo he manifestado en conversaciones ocasionales con eruditos: que alguna facultad de filosofía se haga merecedora, mediante una serie de concursos académicos de premios, del fomento de los estudios histórico-morales —quizá este libro sirva para dar un impulso vigoroso precisamente en tal dirección. Con vistas a una posibilidad de este tipo, propongo la siguiente cuestión: merece tanto la atención de los filólogos e historiadores como la de los propiamente eruditos de filosofía de profesión.
«¿Qué indicios proporciona la lingüística, en particular la investigación etimológica, para la historia del desarrollo de los conceptos morales?»
—Por otro lado es igualmente necesario, desde luego, ganar la participación de los fisiólogos y médicos para estos problemas (del valor de las valoraciones habidas hasta ahora): en lo cual puede quedar a cargo de los filósofos de profesión hacer también en este caso particular de abogados y mediadores, después de que en conjunto han logrado transformar la relación originalmente tan esquiva, tan desconfiada entre filosofía, fisiología y medicina en el más amistoso y fructífero intercambio. De hecho todas las tablas de bienes, todos los «debes», de los que tiene noticia la historia o la investigación etnológica, necesitan ante todo la iluminación y explicación fisiológica, antes en todo caso todavía que la psicológica; todas ellas aguardan igualmente una crítica por parte de la ciencia médica. La cuestión: ¿qué valor tiene esta o aquella tabla de bienes y «moral»?, quiere ser planteada bajo las más diversas perspectivas; en particular el «¿valor para qué?» no puede descomponerse con suficiente finura. Algo, por ejemplo, que tuviera valor ostensiblemente en cuanto a la máxima capacidad de duración de una raza (o en cuanto a elevación de sus fuerzas de adaptación a un determinado clima o en cuanto a conservación del mayor número) no tendría en absoluto el mismo valor si se tratara, pongamos por caso, de formar un tipo más fuerte. El bien de los más y el bien de los menos son puntos de vista de valor contrapuestos: considerar ya de por sí el primero como el de más alto valor, eso queremos dejárselo a la ingenuidad de los biólogos ingleses... Todas las ciencias tienen ahora que preparar el camino a la tarea futura del filósofo: entendida esta tarea en el sentido de que el filósofo tiene que resolver el problema del valor, de que tiene que determinar la jerarquía de los valores. —
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