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Capítulo 18Los medios culpables del sacerdote ascético

La genealogía de la moral · Friedrich Nietzsche · 13 min de lectura

Los medios del sacerdote ascético que hemos conocido hasta ahora —el amortiguamiento general del sentimiento vital, la actividad maquinal, la pequeña alegría, ante todo la del «amor al prójimo», la organización en rebaño, el despertar del sentimiento de poder comunitario, como consecuencia del cual el fastidio del individuo consigo mismo queda aturdido por su placer en la prosperidad de la comunidad—, esos son, medidos con el rasero moderno, sus medios inocentes en la lucha contra el displacer: volvamos ahora la mirada hacia los más interesantes, los «culpables». En todos ellos se trata de una sola cosa: de algún tipo de desbordamiento del sentimiento —utilizado como el medio más eficaz de anestesia contra el dolor sordo, paralizante, prolongado—; por eso la inventiva sacerdotal ha sido lisa y llanamente inagotable al discurrir sobre esta única cuestión: «¿cómo se logra un desbordamiento del sentimiento?»... Esto suena duro: está claro que sonaría más amable y llegaría quizá mejor a los oídos si yo dijera, por ejemplo, «el sacerdote ascético se ha servido siempre del entusiasmo que hay en todos los afectos fuertes». Pero ¿para qué seguir acariciando los oídos reblandecidos de nuestros delicados modernos? ¿Para qué ceder nosotros, por nuestra parte, un solo paso a su tartufería de las palabras? Para nosotros los psicólogos eso significaría ya una tartufería del hecho, aparte de que nos daría náuseas. Un psicólogo, en efecto, tiene hoy en eso, si es que en algo, su buen gusto (—otros podrían decir: su honradez—), en que se opone a la vergonzosamente moralizada forma de hablar con la que entretanto todo juicio moderno sobre el hombre y las cosas ha quedado cubierto de baba. Porque no hay que engañarse sobre esto: lo que constituye el rasgo más propio de las almas modernas, de los libros modernos, no es la mentira, sino la inocencia enraizada en la mendacidad moralista. Tener que redescubrir por todas partes esta «inocencia» —eso constituye quizá la pieza más repugnante de nuestro trabajo, de todo el trabajo no precisamente inofensivo al que hoy tiene que someterse un psicólogo—; es una parte de nuestro gran peligro —es un camino que quizá nos conduce precisamente a nosotros a la gran náusea... No dudo para qué solamente servirían los libros modernos (suponiendo que tuvieran duración, lo cual ciertamente no hay que temer, y suponiendo igualmente que hubiera alguna vez una posteridad con un gusto más riguroso, más duro, más sano) —para qué serviría, para qué podría servir todo lo moderno en general a esa posteridad: como eméticos —y esto en virtud de su empalagamiento y falsedad moral, de su feminismo más íntimo, que gusta llamarse «idealismo» y en todo caso cree ser idealismo. Nuestros educados de hoy, nuestros «buenos» no mienten —eso es cierto—; ¡pero no les hace honor! La verdadera mentira, la mentira auténtica, resuelta, «honrada» (sobre cuyo valor debería escucharse a Platón) sería para ellos algo demasiado riguroso, demasiado fuerte; exigiría lo que de ellos no se puede exigir, que abrieran los ojos contra sí mismos, que supieran distinguir entre «verdadero» y «falso» en ellos mismos. Sólo les conviene la mentira deshonesta; todo el que hoy se siente como «buen hombre» es completamente incapaz de situarse ante cualquier asunto de otro modo que deshonestamente-mentiroso, abismalmente-mentiroso, pero inocentemente-mentiroso, ingenuamente-mentiroso, ojiazulmente-mentiroso, virtuosamente-mentiroso. Estos «buenos hombres» —están ahora todos moralizados hasta los cimientos, destruidos y estropeados para toda la eternidad en lo que respecta a la honradez—: ¿quién de ellos aguantaría todavía una verdad «sobre el hombre»?... O, preguntado más concretamente: ¿quién de ellos soportaría una biografía verdadera?... Algunos indicios: Lord Byron puso por escrito algunas cosas muy personales sobre sí mismo, pero Thomas Moore era «demasiado bueno» para ello: quemó los papeles de su amigo. Lo mismo parece haber hecho el doctor Gwinner, el albacea testamentario de Schopenhauer: pues también Schopenhauer había puesto por escrito algunas cosas sobre sí y quizá también contra sí (eis heauton). El competente americano Thayer, el biógrafo de Beethoven, se detuvo de golpe en su trabajo: llegado a cierto punto de esa vida venerable y candorosa, ya no pudo soportarla más... Moraleja: ¿qué hombre sensato escribiría hoy todavía una palabra honrada sobre sí mismo? —tendría que pertenecer ya a la orden de los santos temerarios. Se nos promete una autobiografía de Richard Wagner: ¿quién duda de que será una autobiografía inteligente?... Recordemos todavía el cómico espanto que el sacerdote católico Janssen suscitó en Alemania con su imagen, cuadrada e inofensiva más allá de toda medida, del movimiento de la Reforma alemana; ¡qué se haría primero si alguien nos narrara alguna vez ese movimiento de otro modo, si alguna vez un psicólogo de verdad nos narrara un Lutero de verdad, ya no con la sencillez moralista de un párroco rural, ya no con la dulce y considerada pudibundez de los historiadores protestantes, sino por ejemplo con una intrepidez a lo Taine, desde una fuerza del alma y no desde una inteligente indulgencia hacia la fuerza?... (Los alemanes, dicho sea de paso, han producido finalmente bastante bien el tipo clásico de esta última —pueden atribuírselo, contabilizarlo a su favor—: a saber, en su Leopold Ranke, este nato abogado clásico de toda causa fortior, este más inteligente de todos los inteligentes «factuales».)

Pero ya se me habrá entendido —razón suficiente, ¿no es cierto?, en suma, para que nosotros los psicólogos no podamos hoy desembarazarnos de cierta desconfianza hacia nosotros mismos?... Probablemente también nosotros somos todavía «demasiado buenos» para nuestro oficio, probablemente también nosotros somos todavía las víctimas, la presa, los enfermos de este gusto moralizado de la época, por mucho que nos sintamos también como sus despreciadores —probablemente nos infecta todavía también a nosotros. ¿De qué advertía aquel diplomático cuando hablaba a sus semejantes? «Desconfiemos ante todo, señores míos, de nuestros primeros impulsos», decía, «casi siempre son buenos»... Así debería hablar también hoy todo psicólogo a sus semejantes... Y con esto volvemos a nuestro problema, que en efecto nos exige cierta severidad, cierta desconfianza en particular hacia los «primeros impulsos». El ideal ascético al servicio de una intención de desbordamiento del sentimiento —quien recuerde el tratado anterior ya habrá anticipado en lo esencial el contenido de lo que ahora hay que exponer, condensado en estas nueve palabras. Desencajar de una vez la totalidad de las bisagras del alma humana, sumergirla de tal modo en espantos, escarchas, ardores y arrobamientos que quede liberada como por un rayo de todo lo pequeño y mezquino del displacer, de la sordidez, del mal humor: ¿qué caminos conducen a esta meta? ¿Y cuáles de ellos de modo más seguro?... En el fondo todos los grandes afectos tienen capacidad para ello, con tal de que se descarguen súbitamente: la ira, el miedo, la voluptuosidad, la venganza, la esperanza, el triunfo, la desesperación, la crueldad; y realmente el sacerdote ascético ha puesto sin reparos a todo el tropel de perros salvajes del hombre a su servicio y ha soltado ora a uno, ora a otro, siempre con el mismo objetivo: despertar al hombre de su lenta tristeza, poner en fuga al menos por un tiempo su dolor sordo, su miseria vacilante, siempre también bajo una interpretación y «justificación» religiosa. Todo desbordamiento del sentimiento de esta clase se paga después, eso se entiende por sí mismo —hace al enfermo más enfermo—: y por eso esta especie de remedios del dolor, medida con el rasero moderno, es una especie «culpable». Hay que insistir sin embargo, puesto que lo exige la equidad, tanto más en que ha sido aplicada con buena conciencia, en que el sacerdote ascético la ha recetado con la más profunda fe en su utilidad, incluso en su indispensabilidad —y a menudo casi quebrantándose él mismo ante la miseria que creaba—; igualmente en que las vehementes venganzas fisiológicas de tales excesos, quizá incluso perturbaciones mentales, en el fondo no contradicen propiamente el sentido entero de esta especie de medicación: la cual, como se ha mostrado antes, no apuntaba a la curación de enfermedades, sino a la lucha contra el displacer de la depresión, a su alivio, su aturdimiento. Esta meta también se alcanzaba así. El golpe maestro que se permitió el sacerdote ascético para hacer resonar en el alma humana toda clase de música desgarradora y extasiada estaba dado con ello —todo el mundo lo sabe—: aprovechó el sentimiento de culpa. El tratado anterior ha indicado brevemente su procedencia —como una pieza de psicología animal, nada más—: el sentimiento de culpa se nos presentaba allí, por así decirlo, en su estado bruto. Sólo bajo las manos del sacerdote, de este verdadero artista en sentimientos de culpa, ha cobrado forma —¡oh, qué forma! El «pecado» —pues así se llama la reinterpretación sacerdotal de la «mala conciencia» animal (de la crueldad vuelta hacia atrás)— ha sido hasta ahora el acontecimiento más grande en la historia del alma enferma: en él tenemos la más peligrosa y funesta pieza maestra de la interpretación religiosa. El hombre, que sufre de sí mismo, de algún modo, en todo caso fisiológicamente, más o menos como un animal encerrado en una jaula, sin claridad sobre el por qué, el para qué, ávido de razones —las razones alivian—, ávido también de medios y narcóticos, se aconseja finalmente con alguien que conoce también lo oculto —¡y mira!: recibe una señal, recibe de su mago, del sacerdote ascético, la primera señal sobre la «causa» de su sufrimiento: debe buscarla en sí, en una culpa, en una pieza de pasado, debe entender su sufrimiento mismo como un estado de castigo... Ha escuchado, ha entendido, el desdichado: ahora le pasa como a la gallina alrededor de la cual se ha trazado una raya. No sale más de este círculo de rayas: del enfermo se ha hecho «el pecador»... Y ahora uno no se quitará de encima durante un par de milenios el aspecto de este nuevo enfermo, «del pecador» —¿se lo quitará alguna vez?—, adondequiera que se mire, por todas partes la mirada hipnótica del pecador, que se mueve siempre en una sola dirección (en la dirección de la «culpa», como única causalidad del sufrimiento); por todas partes la mala conciencia, esta «bestia horrible», para hablar con Lutero; por todas partes el pasado rumiado, el hecho tergiversado, el «ojo verde» para toda acción; por todas partes el querer-malentender hecho contenido de vida del sufrimiento, su reinterpretación en sentimientos de culpa, miedo y castigo; por todas partes el látigo, la camisa de crin, el cuerpo hambriento, la contrición; por todas partes el pecador que se despedaza a sí mismo en el cruel engranaje de una conciencia inquieta, enfermizamente lasciva; por todas partes la muda tortura, el miedo extremo, la agonía del corazón martirizado, los espasmos de una dicha desconocida, el grito que pide «redención». En efecto, con este sistema de procedimientos la vieja depresión, pesadez y fatiga quedó radicalmente superada, la vida volvió a ser muy interesante: despierta, eternamente despierta, trasnocha, ardiente, carbonizada, exhausta y sin embargo no cansada —así se presentaba el hombre, «el pecador», que había sido iniciado en estos misterios. Este viejo gran mago en la lucha contra el displacer, el sacerdote ascético —había vencido visiblemente, su reino había llegado—: ya no se lamentaba uno contra el dolor, se ansiaba el dolor; «¡más dolor! ¡más dolor!», así gritó el anhelo de sus discípulos e iniciados durante siglos. Todo desbordamiento del sentimiento que hiciera daño, todo lo que quebraba, volcaba, trituraba, arrebataba, extasiaba, el secreto de las cámaras de tortura, la inventiva del mismo infierno —todo estaba ahora descubierto, adivinado, aprovechado, todo estaba al servicio del mago, todo servía en adelante a la victoria de su ideal, del ideal ascético... «Mi reino no es de este mundo» —hablaba como antes: ¿tenía realmente todavía derecho a hablar así?... Goethe ha afirmado que sólo hay treinta y seis situaciones trágicas: de ahí se colige, si es que no se supiera ya de otro modo, que Goethe no era un sacerdote ascético. Ese —conoce más...

Con respecto a toda esta especie de medicación sacerdotal, la especie «culpable», sobra cualquier palabra de crítica. Que un desbordamiento del sentimiento como el que en este caso el sacerdote ascético suele recetar a sus enfermos (bajo los nombres más santos, como se entiende por sí mismo, e igualmente penetrado de la santidad de su propósito) haya beneficiado realmente a algún enfermo, ¿quién tendría ganas de sostener una afirmación de esa índole? Al menos habría que entenderse sobre la palabra «beneficiar». Si se quiere expresar con ella que semejante sistema de tratamiento ha mejorado al hombre, no me opongo: sólo que añado qué significa para mí «mejorado» —tanto como «domado», «debilitado», «desalentado», «refinado», «ablandado», «castrado» (es decir, casi tanto como dañado...). Pero cuando se trata principalmente de enfermos, malhumorados, deprimidos, semejante sistema hace al enfermo, aun suponiendo que lo haga «mejor», bajo todas las circunstancias más enfermo; pregúntese tan sólo a los médicos de alienados qué es lo que trae siempre consigo una aplicación metódica de torturas penitenciales, contriciones y espasmos de redención. Igualmente consúltese la historia: dondequiera que el sacerdote ascético ha impuesto este tratamiento de enfermos, la morbosidad ha crecido de modo inquietante en profundidad y amplitud. ¿Cuál fue siempre el «éxito»? Un sistema nervioso destrozado, junto a lo que ya estaba enfermo antes; y esto en lo más grande como en lo más pequeño, en individuos como en masas. Encontramos como consecuencia del entrenamiento penitencial y redentor enormes epidemias epilépticas, las más grandes de que tiene noticia la historia, como las de los bailarines de San Vito y San Juan de la Edad Media; encontramos como otra forma de su secuela terribles parálisis y depresiones duraderas, con las que bajo ciertas circunstancias el temperamento de un pueblo o de una ciudad (Ginebra, Basilea) se transforma de una vez por todas en su contrario —; a esto pertenece también la histeria de las brujas, algo emparentado con el sonambulismo (¡ocho grandes brotes epidémicos de la misma sólo entre 1564 y 1605!)—; encontramos asimismo en su secuela aquellos delirios de masas ávidos de muerte, cuyo espantoso grito «¡evviva la morte!» se oyó en toda Europa, interrumpidos ora por idiosincrasias voluptuosas, ora por idiosincrasias destructivas: como el mismo cambio de afecto, con las mismas intermitencias y saltos, se observa también hoy todavía por todas partes, en todo caso en que la doctrina ascética del pecado consigue de nuevo un gran éxito. (La neurosis religiosa aparece como una forma del «mal». No hay duda de ello. ¿Qué es? Quaeritur.) En general, el ideal ascético y su culto sublimemente moral, esta más ingeniosa, despreocupada y peligrosa sistematización de todos los medios del desbordamiento del sentimiento bajo el amparo de intenciones santas, se ha inscrito de modo terrible e inolvidable en toda la historia del hombre; y desgraciadamente no sólo en su historia... Apenas sabría hacer valer otra cosa que haya dañado de modo tan destructor a la salud y la fuerza de raza, especialmente de los europeos, como este ideal; se lo puede llamar sin ninguna exageración la verdadera fatalidad en la historia de la salud del hombre europeo. A lo sumo todavía sería equiparable a su influencia la influencia específicamente germánica: me refiero al envenenamiento alcohólico de Europa, que hasta ahora ha marchado estrictamente al paso de la supremacía política y de raza de los germanos (—donde inyectaron su sangre, inyectaron también su vicio). —En tercer lugar en la serie habría que nombrar la sífilis —magno sed proxima intervallo.

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