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Capítulo 16Perspectivismo y objetividad del conocimiento

La genealogía de la moral · Friedrich Nietzsche · 13 min de lectura

Supongamos que semejante voluntad encarnada de contradicción y antinaturaleza se pone a filosofar: ¿en qué descargará su más íntimo capricho? En aquello que se siente con mayor seguridad como verdadero, como real: buscará el error justamente allí donde el auténtico instinto de vida asienta la verdad del modo más incondicional. Por ejemplo, como hicieron los ascetas de la filosofía del Vedanta, rebajará la corporalidad a mera ilusión, el dolor asimismo, la multiplicidad, toda la oposición conceptual «sujeto» y «objeto» —¡errores, nada más que errores! Negar la fe en el yo, negarse a sí mismo su propia «realidad» —¡qué triunfo!—, ya no meramente sobre los sentidos, sobre la apariencia, sino un tipo de triunfo mucho más elevado, una violación y crueldad ejercida sobre la razón: voluptuosidad que alcanza su cima cuando el autodesprecio ascético, la autoburla de la razón decreta: «¡existe un reino de la verdad y del ser, pero precisamente la razón está excluida de él!»... (Dicho sea de paso: incluso en el concepto kantiano del «carácter inteligible de las cosas» queda algo de ese residuo de esa lasciva duplicidad ascética que gusta de volver la razón contra la razón: «carácter inteligible» significa en Kant, en efecto, una especie de constitución de las cosas de la cual el intelecto comprende justamente esto: que para el intelecto es —completa y absolutamente incomprensible.) —No seamos, por último, justamente como conocedores, ingratos ante tales inversiones resueltas de las perspectivas y valoraciones habituales con las que el espíritu ha estado, durante demasiado tiempo, enfurecido al parecer sacrílega e inútilmente contra sí mismo: ver así una vez de otro modo, querer ver de otro modo, no es ninguna pequeña disciplina y preparación del intelecto para su futura «objetividad» —entendida esta última no como «contemplación desinteresada» (lo cual es un contrasentido y un absurdo), sino como la capacidad de tener en el propio poder el a favor y el en contra y de conectarlos y desconectarlos: de modo que se sepa hacer justamente de la diversidad de perspectivas y de interpretaciones afectivas algo útil para el conocimiento. Guardémonos, en efecto, señores filósofos, de ahora en adelante, de la peligrosa y vieja fabulación conceptual que ha establecido un «sujeto del conocimiento puro, sin voluntad, sin dolor, sin tiempo», guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios como «razón pura», «espiritualidad absoluta», «conocimiento en sí» —aquí se exige siempre pensar un ojo que de ningún modo puede pensarse, un ojo que no debe tener absolutamente ninguna dirección, en el cual deberían estar inhibidas, deberían faltar las fuerzas activas e interpretadoras, aquellas por las cuales ver se convierte en ver-algo; aquí se exige siempre, pues, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Sólo hay un ver perspectivista, sólo un «conocer» perspectivista; y cuantos más afectos dejemos que se expresen sobre una cosa, cuantos más ojos, ojos distintos, sepamos emplear para esa misma cosa, tanto más completo será nuestro «concepto» de ella, nuestra «objetividad». Pero eliminar la voluntad en general, suprimir los afectos todos y cada uno, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿cómo?, ¿no sería eso castrar el intelecto?...

Pero volvamos atrás. Una autocontradicción semejante, como la que parece presentarse en el asceta, «vida contra vida», es —esto salta a la vista ante todo—, calculado fisiológicamente y no ya psicológicamente, sencillamente un sinsentido. Sólo puede ser aparente; tiene que ser una especie de expresión provisional, una interpretación, fórmula, arreglo, un malentendido psicológico de algo cuya auténtica naturaleza no pudo ser comprendida durante mucho tiempo, no pudo ser designada en sí misma durante mucho tiempo —una mera palabra, incrustada en una vieja laguna del conocimiento humano. Y para que plantee brevemente el hecho real en contra de esto: el ideal ascético brota del instinto de protección y salvación de una vida que degenera, que busca mantenerse por todos los medios y lucha por su existencia; apunta hacia una inhibición y fatiga fisiológica parcial contra la cual los instintos de vida más profundos, los que han permanecido intactos, luchan incesantemente con medios y recursos nuevos. El ideal ascético es uno de esos medios: por tanto, ocurre exactamente al revés de lo que creen los adoradores de este ideal —en él y a través de él la vida lucha con la muerte y contra la muerte, el ideal ascético es un artificio en la conservación de la vida. Que el mismo haya podido dominar sobre el ser humano y hacerse poderoso en la medida en que lo enseña la historia, especialmente allí donde se ha impuesto la civilización y domesticación del ser humano, en eso se expresa un gran hecho: la morbosidad en el tipo del ser humano hasta ahora existente, al menos del ser humano domesticado, la lucha fisiológica del ser humano con la muerte (más exactamente: con el hastío de la vida, con el cansancio, con el deseo del «final»). El sacerdote ascético es el deseo hecho carne de un ser-de-otro-modo, de un estar-en-otro-lugar, y en verdad el grado supremo de ese deseo, su auténtico fervor y pasión: pero justamente el poder de su desear es la cadena que lo ata aquí; justamente con ello se convierte en el instrumento que tiene que trabajar en crear condiciones más favorables para el estar-aquí y el ser-humano —justamente con este poder mantiene sujeta a la existencia a toda la manada de los malogrados, malhumorados, desafortunados, fracasados, que sufren de sí mismos de toda clase, en cuanto instintivamente les precede como pastor. Ya me comprendéis: este sacerdote ascético, este aparente enemigo de la vida, este negador —él precisamente pertenece a las fuerzas del todo grandes, conservadoras y creadoras de sí de la vida... ¿De qué depende, esa morbosidad? Pues el ser humano es más enfermizo, más inseguro, más cambiante, más indeterminado que cualquier otro animal, no hay duda de ello —él es el animal enfermo: ¿de dónde proviene esto? Ciertamente, también ha osado más, innovado más, desafiado más, retado al destino más que todos los demás animales juntos: él, el gran experimentador consigo mismo, el insatisfecho, el insaciado, el que lucha por el dominio último con el animal, la naturaleza y los dioses —él, el aún no sometido, el eternamente futuro, que ya no encuentra reposo ante su propia fuerza apremiante, de modo que su futuro le espolea inexorablemente como una espuela en la carne de cada presente —¿cómo no habría de ser un animal tan audaz y rico también el más amenazado, el más enferma durante más tiempo y más profundamente de entre todos los animales enfermos?... El ser humano está harto, con frecuencia basta; hay epidemias enteras de este hartazgo (—así hacia 1348, en el tiempo de la danza de la muerte): pero incluso este asco, este cansancio, este disgusto consigo mismo —todo surge en él de modo tan poderoso que inmediatamente se convierte de nuevo en una nueva cadena. Su no que dice a la vida saca a la luz, como por un encantamiento, una abundancia de síes más delicados; sí, cuando se hiere a sí mismo, este maestro de la destrucción, de la autodestrucción —luego es la herida misma la que le obliga a vivir...

Cuanto más normal es la morbosidad en el ser humano —y no podemos negar esta normalidad—, tanto más deberíamos honrar los casos raros del poderío anímico-corporal, los golpes de suerte del ser humano, tanto más estrictamente proteger a los bien logrados del peor aire, del aire de los enfermos. ¿Se hace eso?... Los enfermos son el mayor peligro para los sanos; no es de los más fuertes de donde viene la desgracia para los fuertes, sino de los más débiles. ¿Se sabe eso?... Calculado a lo grande, no es en absoluto el miedo al ser humano cuya disminución habría que desear: pues este miedo obliga a los fuertes a ser fuertes, en determinadas circunstancias terribles —mantiene en pie el tipo bien logrado de ser humano. Lo que hay que temer, lo que actúa fatalmente como ninguna otra fatalidad, eso no sería el gran miedo, sino el gran asco ante el ser humano; asimismo la gran compasión por el ser humano. Suponiendo que ambos se aparearan algún día, entonces vendría al mundo de inmediato e inevitablemente lo más inquietante de todo, la «última voluntad» del ser humano, su voluntad de nada, el nihilismo. Y en efecto: para ello se ha preparado mucho. Quien no sólo tiene nariz para oler, sino también ojos y oídos, percibe casi en todas partes, dondequiera que pise hoy, algo como aire de manicomio, como aire de hospital —hablo, como es natural, de las regiones culturales del ser humano, de toda clase de «Europa» que hay ya en la tierra. Los enfermos son el gran peligro del ser humano: no los malvados, no las «fieras». Los desafortunados desde el principio, los abatidos, los quebrados —ellos son, los más débiles son los que más socavan la vida entre los seres humanos, los que más peligrosamente envenenan y ponen en cuestión nuestra confianza en la vida, en el ser humano, en nosotros. ¿Dónde escapar de ella, de esa mirada velada de la que uno se lleva una profunda tristeza, de esa mirada vuelta hacia atrás del malformado desde el principio, que revela cómo se habla a sí mismo un ser humano semejante —¡esa mirada que es un suspiro! «¡Ojalá fuera yo alguien distinto!», así suspira esta mirada: «pero no hay esperanza. Soy quien soy: ¿cómo podría librarme de mí mismo? Y sin embargo —¡estoy harto de mí!»... En semejante suelo de autodesprecio, un auténtico suelo pantanoso, crece toda mala hierba, toda planta venenosa, y todo tan pequeño, tan escondido, tan deshonesto, tan dulzón. Aquí pululan los gusanos de los sentimientos de venganza y rencor; aquí el aire apesta a secretos y a cosas inconfesables; aquí se teje constantemente la red de la más maliciosa conspiración —la conspiración de los que sufren contra los bien logrados y victoriosos, aquí se odia el aspecto del victorioso. ¡Y qué mendacidad para no reconocer ese odio como odio! ¡Qué despliegue de grandes palabras y actitudes, qué arte de calumnia «honrada»! Estos malogrados: ¡qué noble elocuencia brota de sus labios! ¡Cuánta sumisión azucarada, viscosa, humilde nada en sus ojos! ¿Qué quieren propiamente? Representar al menos la justicia, el amor, la sabiduría, la superioridad —esa es la ambición de estos «ínfimos», de estos enfermos! ¡Y qué hábil hace esa ambición! Admírese especialmente la habilidad de falsificadores con la que se imita aquí el cuño de la virtud, incluso el tintineo, el sonido dorado de la virtud. Ahora han tomado la virtud completamente en arriendo para sí, estos débiles e irremediablemente enfermos, no hay duda de ello: «nosotros solos somos los buenos, los justos», así hablan, «nosotros solos somos los homines bonae voluntatis». Caminan entre nosotros como reproches encarnados, como advertencias para nosotros —como si salud, buena constitución, fuerza, orgullo, sentimiento de poder fueran en sí mismos cosas viciosas por las que alguna vez habrá que expiar, expiar amargamente: ¡oh, cómo están en el fondo dispuestos ellos mismos a hacer expiar, cómo ansían ser verdugos! Entre ellos hay en abundancia los vengadores disfrazados de jueces, que llevan constantemente la palabra «justicia» en la boca como una saliva envenenada, siempre con la boca fruncida, siempre dispuestos a escupir sobre todo lo que no tiene aspecto descontento y sigue su camino de buen ánimo. Entre ellos no falta tampoco esa especie más repugnante de los vanidosos, los engendros mentirosos que se esfuerzan por representar «almas bellas», y que acaso sacan al mercado su sensualidad estropeada, envuelta en versos y otros pañales, como «pureza de corazón»: la especie de los onanistas morales y «autosatisfechos». La voluntad de los enfermos de representar alguna forma de superioridad, su instinto de caminos tortuosos que conducen a una tiranía sobre los sanos —¿dónde no se encontraría, esta voluntad de poder justamente de los más débiles! La mujer enferma sobre todo: nadie la supera en refinamientos para dominar, oprimir, tiranizar. La mujer enferma no respeta para ello nada vivo, nada muerto, desentierra las cosas más sepultadas (los bogos dicen: «la mujer es una hiena»). Échese una mirada a los trasfondos de cada familia, de cada corporación, de cada comunidad: por todas partes la lucha de los enfermos contra los sanos —una lucha silenciosa la mayoría de las veces con pequeños polvos venenosos, con alfilerazos, con malicioso juego de muecas de paciente, pero a veces también con ese fariseísmo enfermizo de la gesticulación ruidosa que representa con mayor gusto «la noble indignación». Hasta en los recintos consagrados de la ciencia quisiera hacerse oír el ronco ladrido indignado de los perros enfermizos, la mentirosa rabia mordaz de tales fariseos «nobles» (—recuerdo a los lectores que tienen oídos, una vez más, a ese apóstol berlinés de la venganza Eugen Dühring, que en la Alemania de hoy hace el uso más indecente y repugnante del bum-bum moral: Dühring, la primera bocaza moral que existe ahora, incluso entre sus iguales, los antisemitas). Todos ellos son hombres del ressentiment, estos fisiológicamente desafortunados y carcomidos, un mundo entero tembloroso de venganza subterránea, inagotable, insaciable en estallidos contra los felices y también en mascaradas de la venganza, en pretextos para la venganza: ¿cuándo llegarían propiamente a su último, más fino, más sublime triunfo de la venganza? Sin duda cuando lograran introducir su propia miseria, toda miseria en general, en la conciencia de los felices: de modo que estos comenzaran algún día a avergonzarse de su felicidad y tal vez se dijeran entre sí «¡es una vergüenza ser feliz! ¡hay demasiada miseria!»... Pero no podría haber mayor y más fatal malentendido que si de ese modo los felices, los bien logrados, los poderosos en cuerpo y alma, comenzaran a dudar de su derecho a la felicidad. ¡Fuera con este «mundo al revés»! ¡Fuera con este vergonzoso ablandamiento del sentimiento! Que los enfermos no enfermen a los sanos —y esto sería un ablandamiento semejante—, eso debería ser sin embargo el punto de vista supremo sobre la tierra —pero para ello se requiere ante todo que los sanos permanezcan separados de los enfermos, preservados incluso de la visión de los enfermos, que no se confundan con los enfermos. ¿O acaso sería su tarea ser enfermeros o médicos?... Pero no podrían desconocer y negar más desastrosamente su tarea —lo superior no debe rebajarse a instrumento de lo inferior, el pathos de la distancia debe mantener también las tareas separadas por toda la eternidad! Su derecho a existir, el privilegio de la campana de sonido pleno frente a la desafinada, resquebrajada, es en efecto mil veces mayor: ellos solos son los garantes del futuro, ellos solos están obligados para el futuro de la humanidad. Lo que ellos pueden, lo que ellos deben, eso nunca deberían poder y deber hacerlo los enfermos: pero para que puedan lo que sólo ellos deben, ¿cómo seguirían libres de hacer de médico, de consolador, de «salvador» de los enfermos?... ¡Y por tanto buen aire! ¡buen aire! y alejarse en todo caso de la cercanía de todos los manicomios y hospitales de la cultura! ¡Y por tanto buena compañía, nuestra compañía! O soledad, si es necesario! ¡Pero alejarse en todo caso de los malos vapores de la corrupción interior y del gusanillo secreto de los enfermos!... Para que así nosotros mismos, amigos míos, nos defendamos al menos durante un tiempo de las dos peores plagas que justamente a nosotros podrían estar reservadas —¡del gran asco ante el ser humano! ¡de la gran compasión por el ser humano!...

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