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Capítulo 17El sacerdote ascético como pastor y como médico

La genealogía de la moral · Friedrich Nietzsche · 10 min de lectura

Una vez que se ha comprendido en toda su profundidad —y exijo que aquí se penetre a fondo, que se comprenda a fondo— hasta qué punto no puede ser en absoluto tarea de los sanos cuidar a los enfermos, curar a los enfermos, se habrá comprendido también una necesidad más: la necesidad de médicos y enfermeros que sean ellos mismos enfermos. Y ahora tenemos y sostenemos con ambas manos el sentido del sacerdote ascético. El sacerdote ascético debe valer para nosotros como el salvador predestinado, el pastor y el abogado del rebaño enfermo: sólo así comprendemos su descomunal misión histórica. El dominio sobre los que sufren es su reino, a él lo dirige su instinto, en él tiene su arte más propio, su maestría, su forma de felicidad. Él mismo debe estar enfermo, debe estar emparentado desde el fondo con los enfermos y los fracasados para entenderlos, para entenderse con ellos; pero también debe ser fuerte, más señor aún sobre sí mismo que sobre los demás, intacto sobre todo en su voluntad de poder, de modo que tenga la confianza y el miedo de los enfermos, de modo que pueda ser para ellos sostén, resistencia, apoyo, coacción, maestro disciplinador, tirano, dios. Tiene que defenderlos, su rebaño, ¿contra quién? Contra los sanos, no hay duda, también contra la envidia hacia los sanos; debe ser el adversario natural y el despreciador de toda salud y poderío áspero, tormentoso, desenfrenado, duro, violento y rapaz. El sacerdote es la primera forma del animal más delicado, que desprecia más fácilmente aún de lo que odia. No le quedará más remedio que hacer la guerra con las bestias de rapiña, una guerra de astucia (del «espíritu») más que de violencia, como se comprende por sí solo. Para ello necesitará eventualmente desarrollar en sí mismo, o al menos representar, casi un nuevo tipo de bestia de rapiña: una nueva ferocidad animal en la que parecen ligados en una unidad tan atractiva como infundidora de miedo el oso polar, el felino flexible, frío y acechante, y no menos el zorro. Si la necesidad lo obliga, entonces se presenta con aspecto de oso, serio, venerable, inteligente, frío, engañosamente superior, como heraldo y portavoz de poderes más misteriosos, en medio de la otra clase de bestias de rapiña, decidido a sembrar en este terreno, donde pueda, sufrimiento, discordia, autocontradicción y, demasiado seguro de su arte, a hacerse señor de los que sufren en todo momento. Trae consigo ungüentos y bálsamos, no hay duda; pero primero necesita herir para ser médico; mientras calma el dolor que causa la herida, envenena al mismo tiempo la herida: en esto es en lo que más se entiende, este hechicero y domador de bestias de rapiña, en cuyo entorno todo lo sano se vuelve necesariamente enfermo y todo lo enfermo necesariamente manso. Defiende de hecho bastante bien a su rebaño enfermo, este extraño pastor; lo defiende también contra sí mismo, contra la maldad, la alevosía, la malevolencia que arde latente en el propio rebaño, y contra todo lo demás que es propio de los viciosos y los enfermos entre sí; lucha con inteligencia, dureza y secreto contra la anarquía y la autodestrucción que comienza en todo momento dentro del rebaño, en el que constantemente se acumula y acumula aquel explosivo más peligroso, el ressentiment. Detonar este explosivo de tal modo que no haga estallar ni al rebaño ni al pastor, eso es su verdadero arte, también su máxima utilidad; si se quisiera resumir el valor de la existencia sacerdotal en la fórmula más breve, habría que decir directamente: el sacerdote es el que cambia la dirección del ressentiment. Todo el que sufre busca instintivamente una causa de su sufrimiento; más exactamente aún, un autor, aún más específicamente, un autor culpable susceptible al sufrimiento; en pocas palabras, algo viviente en lo que pueda descargar sus afectos, efectivamente o en efigie, bajo cualquier pretexto: pues la descarga de afectos es el mayor intento de alivio del que sufre, es decir, de anestesia, su narcótico involuntariamente deseado contra el tormento de cualquier tipo. Aquí solamente, según mi conjetura, hay que encontrar la verdadera causalidad fisiológica del ressentiment, de la venganza y de lo que les es afín, en un anhelo, pues, de anestesiar el dolor mediante el afecto; normalmente se busca esta causalidad, muy erróneamente, según me parece, en el contragolpe defensivo, una mera medida protectora de la reacción, un «movimiento reflejo» en caso de algún daño o peligro repentino, del tipo que todavía ejecuta una rana sin cabeza para librarse de un ácido corrosivo. Pero la diferencia es fundamental: en un caso se quiere impedir que se produzcan más daños, en el otro caso se quiere anestesiar un dolor atormentador, secreto, que se vuelve insoportable, mediante una emoción más violenta de cualquier tipo y al menos por el momento apartarlo de la conciencia; para ello se necesita un afecto, un afecto lo más salvaje posible y, para excitarlo, el primer pretexto que se presente. «Alguien debe tener la culpa de que yo me sienta mal»: esta forma de razonar es propia de todos los enfermizos, y tanto más cuanto más oculta les queda la verdadera causa de su sentirse mal, la fisiológica (puede estar quizá en una enfermedad del nervus sympathicus o en una excesiva secreción de bilis o en una pobreza de la sangre en sales potásicas sulfúricas y fosfóricas o en estados de compresión del bajo vientre que obstruyen la circulación de la sangre, o en degeneración de los ovarios y cosas semejantes). Los que sufren son todos de una terrible predisposición e inventiva en cuanto a pretextos para afectos dolorosos; disfrutan ya de su desconfianza, del cavilar sobre maldades y aparentes perjuicios, rebuscan en las entrañas de su pasado y su presente en busca de historias oscuras y dudosas, donde puedan regodearse en una sospecha torturadora y emborracharse con el veneno propio de la malicia; desgarran las heridas más antiguas, se desangran en cicatrices hace tiempo curadas, convierten en malhechores a amigo, esposa, hijo y todo lo que les es más cercano. «Yo sufro: alguien debe tener la culpa de ello»: así piensa toda oveja enfermiza. Pero su pastor, el sacerdote ascético, le dice: «Así es, oveja mía, alguien debe tener la culpa de ello: pero tú misma eres ese alguien, tú misma tienes la culpa de ello únicamente, tú misma tienes la culpa únicamente de ti». Esto es bastante osado, bastante falso: pero con ello se ha logrado al menos una cosa, con ello, como he dicho, la dirección del ressentiment se ha... cambiado.

Mucho más frecuente que semejante amortiguación hipnótica general de la sensibilidad, de la capacidad de sufrir, que ya presupone fuerzas más escasas, sobre todo valor, desprecio de la opinión, «estoicismo intelectual», se intenta contra los estados depresivos otro training que resulta en todo caso más fácil: la actividad maquinal. Que con ella se alivia en un grado no despreciable una existencia sufriente está fuera de toda duda: hoy se llama a este hecho, de manera algo deshonesta, «la bendición del trabajo». El alivio consiste en que el interés del que sufre se desvía por principio del sufrimiento —, en que constantemente entra en la conciencia un hacer y otra vez solo un hacer, y en consecuencia queda en ella poco espacio para el sufrimiento: pues es estrecha, esta cámara de la conciencia humana. La actividad maquinal y lo que pertenece a ella —como la regularidad absoluta, la obediencia puntual e irreflexiva, el de una vez por todas del modo de vida, la ocupación del tiempo, una cierta autorización, más aún, una disciplina hacia la «impersonalidad», hacia el olvidarse-de-sí-mismo, hacia la incuria sui—: ¡con cuánta profundidad, con cuánta finura ha sabido utilizarlos el sacerdote ascético en la lucha contra el dolor! Precisamente cuando tuvo que tratar con sufrientes de los estamentos bajos, con esclavos del trabajo o prisioneros (o con mujeres: que en su mayoría son ambas cosas a la vez, esclavas del trabajo y prisioneras), necesitó poco más que un pequeño arte del cambio de nombres y del rebautizo para hacerles ver en lo sucesivo en las cosas odiadas un beneficio, una felicidad relativa —la insatisfacción del esclavo con su suerte no fue inventada en todo caso por los sacerdotes—. Un medio todavía más apreciado en la lucha contra la depresión es la prescripción de una pequeña alegría, que sea fácilmente accesible y pueda convertirse en regla; se sirve uno de esta medicación frecuentemente en conexión con la que acabamos de tratar. La forma más habitual en que la alegría se prescribe de este modo como remedio es la alegría de producir-alegría (como beneficencia, regalar, aliviar, ayudar, aconsejar, consolar, alabar, distinguir); al prescribir «amor al prójimo», el sacerdote ascético prescribe en el fondo una excitación del instinto más fuerte, más afirmador de la vida, aunque en la dosis más cuidadosa —del voluntad de poder. La felicidad de la «más pequeña superioridad», que trae consigo todo beneficiar, ser útil, ayudar, distinguir, es el medio de consuelo más abundante del que suelen servirse los fisiológicamente inhibidos, supuesto que estén bien aconsejados: en el otro caso se hacen daño unos a otros, naturalmente en obediencia al mismo instinto fundamental. Cuando se buscan los comienzos del cristianismo en el mundo romano, se encuentran asociaciones de ayuda mutua, asociaciones de pobres, de enfermos, de enterramiento, surgidas en el suelo más bajo de la sociedad de entonces, en las que se cultivó con consciencia aquel remedio principal contra la depresión, la pequeña alegría, la de la beneficencia mutua —quizá eso fue entonces algo nuevo, un auténtico descubrimiento—. En una «voluntad de reciprocidad» suscitada de este modo, de formación de rebaño, de «comunidad», de «cenáculo», tiene que llegar a una nueva y mucho más plena explosión aquella voluntad de poder excitada con ello, aunque sea en lo más mínimo: la formación de rebaño es en la lucha contra la depresión un paso y una victoria esenciales. Con el crecimiento de la comunidad cobra fuerza también para el individuo un nuevo interés que a menudo lo eleva por encima de lo más personal de su desazón, de su aversión contra sí mismo (la despectio sui de Geulincx). Todos los enfermos, enfermizos, tienden instintivamente, por un anhelo de sacudirse la sorda desazón y el sentimiento de debilidad, hacia una organización de rebaño: el sacerdote ascético adivina este instinto y lo promueve; donde hay rebaños, es el instinto de debilidad el que ha querido el rebaño, y la astucia sacerdotal la que lo ha organizado. Pues no se pase esto por alto: los fuertes tienden tan naturalmente a separarse unos de otros como los débiles a juntarse; si los primeros se unen, ocurre solo con vistas a una acción total agresiva y una satisfacción total de su voluntad de poder, con mucha resistencia de la conciencia individual; los últimos, en cambio, se ordenan juntos, con placer precisamente en esta ordenación conjunta —su instinto queda con ello tan satisfecho como el instinto de los «amos» natos (es decir, de la especie humana de animal de presa solitario) en el fondo queda irritado e inquietado por la organización—. Bajo toda oligarquía yace siempre escondido —toda la historia lo enseña— el apetito tiránico; toda oligarquía tiembla constantemente por la tensión que cada individuo en ella necesita para seguir siendo amo de este apetito. (Así fue por ejemplo entre los griegos: Platón lo atestigua en cien lugares, Platón, que conocía a sus iguales —y a sí mismo...)

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