Parte 5Polonio espía a su hijo
ACTO II
ESCENA I. Una sala en casa de Polonio.
(Entran Polonio y Reinaldo.)
POLONIO.— Dale este dinero y estas cartas, Reinaldo.
REINALDO.— Así lo haré, señor.
POLONIO.— Harás muy prudentemente, buen Reinaldo, antes de visitarlo, en informarte de su conducta.
REINALDO.— Señor, esa era mi intención.
POLONIO.— Perfectamente dicho, muy bien dicho. Mira, primero averigua qué daneses hay en París; y cómo, y quién, de qué medios disponen, y dónde viven, qué compañías frecuentan, con qué gastos; y descubriendo mediante este rodeo y hilo de preguntas que conocen a mi hijo, te acercarás más a la verdad que con preguntas directas. Simula tener un conocimiento vago de él, como si dijeras: «Conozco a su padre y a sus amigos, y a él en parte». ¿Me sigues, Reinaldo?
REINALDO.— Sí, perfectamente, señor.
POLONIO.— «Y a él en parte, pero», puedes decir, «no bien; pero si es de quien hablo, es muy alocado; dado a tal y tal cosa»; y ahí le atribuyes las invenciones que gustes; eso sí, ninguna tan grave que pueda deshonrarlo; cuídate de eso; pero sí aquellas travesuras desenfrenadas y comunes que suelen acompañar a la juventud y la libertad.
REINALDO.— ¿Como el juego, señor?
POLONIO.— Sí, o la bebida, la esgrima, los juramentos, las riñas, el andar con mujerzuelas. Puedes llegar hasta ahí.
REINALDO.— Señor, eso lo deshonraría.
POLONIO.— No, por Dios, si sabes dosificarlo en la acusación. No debes ponerle otro escándalo encima, que sea dado a la incontinencia; no es eso lo que quiero decir; sino que insinúes sus faltas con tal habilidad que parezcan manchas de la libertad; el estallido y arrebato de una mente fogosa, una impetuosidad en sangre indómita, de las que a todos acometen.
REINALDO.— Pero mi buen señor...
POLONIO.— ¿Por qué habrías de hacer esto?
REINALDO.— Sí, señor, quisiera saberlo.
POLONIO.— Pues bien, señor, este es mi plan, y creo que es una estratagema legítima. Al echarle encima a mi hijo estas leves manchas, como si fuera una cosa un poco ensuciada por el uso, fíjate bien, tu interlocutor en la conversación, aquel que quieres sondear, si alguna vez ha visto al joven del que hablas culpable de los delitos mencionados, ten por seguro que te dará la razón con estas palabras: «Buen señor», o algo así; o «amigo», o «caballero», según la fórmula o el tratamiento del hombre y del país.
REINALDO.— Muy bien, señor.
POLONIO.— Y entonces, señor, hace esto... Hace... ¿Qué iba yo a decir? ¡Por la misa!, iba a decir algo. ¿Por dónde iba?
REINALDO.— Por «te dará la razón con estas palabras». Por «amigo» o algo así, y «caballero».
POLONIO.— Por «te dará la razón», ¡sí, claro! Te da la razón así: «Conozco al caballero, lo vi ayer, o el otro día, o entonces, o entonces, con fulano y mengano; y, como dices, ahí estaba jugando, ahí lo sorprendió la borrachera, ahí se peleó jugando al tenis»; o tal vez: «Lo vi entrar en cierta casa de comercio», es decir, un burdel, o cosa parecida. ¿Lo ves ahora? Tu cebo de falsedad atrapa esta carpa de verdad; y así nosotros, los sabios y perspicaces, con rodeos y tentativas oblicuas, por vías indirectas encontramos las directas. Así, siguiendo mi lección y consejo anterior, harás con mi hijo. ¿Me has comprendido, o no?
REINALDO.— Sí, señor.
POLONIO.— Dios vaya contigo, que te vaya bien.
REINALDO.— Mi buen señor.
POLONIO.— Observa su inclinación por ti mismo.
REINALDO.— Así lo haré, señor.
POLONIO.— Y déjalo dedicarse a su música.
REINALDO.— Bien, señor.
POLONIO.— Adiós.
(Sale Reinaldo.)
(Entra Ofelia.)
Vamos, Ofelia, ¿qué ocurre?
OFELIA.— ¡Ay, señor!, me he llevado tal susto.
POLONIO.— ¿Con qué, en nombre de Dios?
OFELIA.— Señor, mientras cosía en mi alcoba, el señor Hamlet, con el jubón todo desabrochado, sin sombrero en la cabeza, las medias sucias, sin ligas y caídas hasta el tobillo, pálido como su camisa, las rodillas chocándose una con otra, y con una expresión tan lastimosa como si hubiera sido soltado del infierno para hablar de horrores, se presenta ante mí.
POLONIO.— ¿Loco por tu amor?
OFELIA.— Señor, no lo sé, pero de verdad lo temo.
POLONIO.— ¿Qué dijo?
OFELIA.— Me tomó de la muñeca y me sujetó con fuerza; luego extiende el brazo en toda su longitud; y con la otra mano así sobre su frente, se pone a examinarme la cara como si quisiera dibujarla. Permaneció así largo rato; al final, sacudiendo un poco mi brazo y moviendo la cabeza tres veces así, arriba y abajo, exhaló un suspiro tan lastimoso y profundo que pareció quebrantar todo su cuerpo y acabar con su ser. Hecho eso, me suelta, y con la cabeza vuelta por encima del hombro pareció encontrar su camino sin sus ojos, pues salió por la puerta sin su ayuda, y hasta el último momento mantuvo su mirada fija en mí.
POLONIO.— Ven, ven conmigo. Iré a buscar al Rey. Este es el verdadero delirio de amor, cuya violenta naturaleza se destruye a sí misma y lleva la voluntad a empresas desesperadas, con tanta frecuencia como cualquier pasión bajo el cielo que aflige a nuestra naturaleza. Lo lamento. ¿Qué, le has dicho últimamente alguna palabra dura?
OFELIA.— No, mi buen señor; pero como me lo ordenaste, rechacé sus cartas y le negué el acceso a mí.
POLONIO.— Eso es lo que lo ha vuelto loco. Lamento no haberlo observado con mayor atención y juicio. Temí que solo estaba jugando y pretendía arruinarte. ¡Pero maldita sea mi suspicacia! Parece que es tan propio de nuestra edad pasarnos de listos en nuestras opiniones como es común que los jóvenes carezcan de discreción. Ven, vamos con el Rey. Esto debe saberse; pues mantenerlo en secreto podría causar más dolor al ocultarlo que odio al revelar el amor.
(Salen.)
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
