Capítulo 9De la vanidad
Quizá no haya vanidad más evidente que escribir sobre ella tan vanamente. Lo que la divinidad nos ha expresado de manera tan divina debería ser meditado cuidadosa y continuamente por las personas de entendimiento. ¿Quién no ve que he tomado una ruta por la cual iré sin cesar y sin esfuerzo tanto como haya tinta y papel en el mundo? No puedo llevar registro de mi vida por mis acciones: la Fortuna las pone demasiado bajo; lo llevo por mis fantasías. Sin embargo, he visto a un gentilhombre que solo comunicaba su vida por las operaciones de su vientre. Se veía en su casa, expuesta, una hilera de bacines de siete u ocho días. Ese era su estudio, sus discursos. Cualquier otra conversación le apestaba. Esto que aquí presento, un poco más civilizadamente, son excrementos de un viejo espíritu: duro a veces, a veces blando, y siempre indigesto. ¿Y cuándo terminaré de representar una continua agitación y mutación de mis pensamientos, cualquiera sea la materia en que recaigan, si Diomedes llenó seis mil libros sobre el solo tema de la gramática? ¿Qué debe producir la charlatanería, si el balbuceo y el desatarse de la lengua ahogaron al mundo con una carga tan horrible de volúmenes? Tantas palabras por las palabras mismas. ¡Oh Pitágoras, por qué no conjuraste esta tempestad! Se acusaba a un Galba del tiempo pasado de vivir ociosamente.
Él respondió que cada uno debía dar cuenta de sus acciones, no de su reposo. Se equivocaba: pues la justicia tiene conocimiento y castiga también a los que holgazanean. Pero debería haber alguna coacción de las leyes contra los escritores ineptos e inútiles, como la hay contra los vagabundos y holgazanes. Se desterraría de las manos de nuestro pueblo tanto a mí como a otros cien. Esto no es burla. La escribiduría parece ser un síntoma de un siglo desbordado. ¿Cuándo escribimos tanto como desde que estamos en conflicto? ¿Cuándo los romanos tanto como en el tiempo de su ruina? Además, el refinamiento de los espíritus no es su sensatez en una sociedad: esta ocupación ociosa nace de que cada uno se aplica flojamente al oficio de su vocación y se aparta de él. La corrupción del siglo se hace por la contribución particular de cada uno de nosotros. Unos aportan la traición, otros la injusticia, la irreligión, la tiranía, la avaricia, la crueldad, según son más poderosos; los más débiles aportan la necedad, la vanidad, la ociosidad, entre los cuales estoy yo. Parece que es la temporada de las cosas vanas cuando las dañinas nos oprimen. En un tiempo en que obrar malvadamente es tan común, no hacer sino cosas inútiles es casi loable. Me consuelo con que seré de los últimos sobre los que habrá que poner mano.
Mientras se atienda a los más urgentes, tendré tiempo de enmendarme. Pues me parece que sería contra razón perseguir los pequeños inconvenientes cuando los grandes nos infestan. Y el médico Filotimo, a uno que le presentaba el dedo para curar, al reconocer en su rostro y en su aliento una úlcera en los pulmones, le dijo: «Amigo mío, ahora no es momento de entretenerse con tus uñas». Vi, sin embargo, sobre este asunto, hace algunos años, a un personaje cuya memoria tengo en singular estima, que en medio de nuestros grandes males, cuando no había ni ley, ni justicia, ni magistrado que cumpliera su oficio, no más que ahora, fue a publicar no sé qué míseras reformas sobre los vestidos, la cocina y los pleitos. Son pasatiempos con los que se alimenta a un pueblo maltratado para decir que no ha sido del todo olvidado. Otros hacen lo mismo cuando se detienen a prohibir con toda instancia formas de hablar, danzas y juegos a un pueblo abandonado a toda suerte de vicios execrables. No es momento de lavarse y limpiarse cuando se está afectado por una buena fiebre. Es cosa solo de espartanos ponerse a peinarse y acicalarse justo cuando van a precipitarse a algún extremo peligro de su vida. En cuanto a mí, tengo esta otra peor costumbre: si tengo un zapato torcido, dejo también torcidos mi camisa y mi capa; desdeño enmendarme a medias.
Cuando estoy en mal estado, me encarnizo en el mal. Me abandono por desesperación y me dejo ir hacia la caída, y arrojo, como se dice, el mango tras el hacha. Me obstino en empeorar y ya no me estimo digno de mi cuidado. O todo bien o todo mal. Me favorece que la desolación de este Estado coincida con la desolación de mi edad. Sufro más voluntariamente que mis males se recarguen, que si mis bienes se hubieran visto turbados. Las palabras que expreso en la desdicha son palabras de despecho. Mi ánimo se eriza en lugar de aplanarse. Y al contrario de los otros, me encuentro más devoto en la buena que en la mala fortuna, siguiendo el precepto de Jenofonte, aunque no su razón. Y pongo más voluntariamente los ojos dulces al cielo para agradecerle que para requerirle. Tengo más cuidado de aumentar la salud cuando me sonríe que de restablecerla cuando la he perdido. Las prosperidades me sirven de disciplina e instrucción, como a los otros las adversidades y los azotes. Como si la buena fortuna fuera incompatible con la buena conciencia: los hombres no se hacen gente de bien sino en la mala. La buena suerte es para mí un singular aguijón a la moderación y la modestia. La súplica me gana, la amenaza me rebela, el favor me doblega, el miedo me endurece. Entre las condiciones humanas, esta es bastante común: complacernos más con las cosas ajenas que con las nuestras, y amar el movimiento y el cambio.
«El mismo día nos baña con un sorbo grato porque la hora vuelve con caballos cambiados».
Yo tengo mi parte en ello. Los que siguen el otro extremo, de gustarse a sí mismos, de estimar lo que tienen por encima del resto y de no reconocer ninguna forma más bella que la que ven, si no son más avisados que nosotros, son en verdad más felices. No envidio su sabiduría, sino su buena fortuna. Este humor ávido de cosas nuevas y desconocidas ayuda mucho a nutrir en mí el deseo de viajar; pero bastantes otras circunstancias contribuyen a ello. Me aparto voluntariamente del gobierno de mi casa. Hay cierta comodidad en mandar, aunque sea en un granero, y en ser obedecido por los suyos. Pero es un placer demasiado uniforme y lánguido. Y además está por necesidad mezclado con varios pensamientos fastidiosos. Ora la indigencia y la opresión de vuestra gente, ora la disputa entre vuestros vecinos, ora la usurpación que hacen sobre vosotros, os aflige:
«O las viñas azotadas por el granizo, y el campo mentiroso, culpando el árbol ora a las aguas, ora a los astros que abrasan los campos, ora a los inviernos hostiles».
Y que apenas en seis meses envíe Dios una estación de la que vuestro administrador se contente del todo, y que si sirve a las viñas no dañe a los prados.
«O el sol etéreo abrasa con demasiados ardores, o las lluvias súbitas destruyen, y las heladas frías, y los soplos de los vientos azotan con violento torbellino».
junto con el zapato nuevo y bien hecho de aquel hombre del tiempo pasado, que te lastima el pie. Y que el extraño no entiende cuánto te cuesta, y cuánto das, para mantener la apariencia de ese orden que se ve en tu familia y que quizá lo compras demasiado caro.
Llegué tarde a la administración doméstica. Aquellos a quienes la naturaleza hizo nacer antes que yo me descargaron de ella durante mucho tiempo. Ya había adquirido otro hábito, más conforme a mi temperamento. Sin embargo, por lo que he visto, es una ocupación más engorrosa que difícil. Quien sea capaz de otra cosa, lo será muy fácilmente de esta. Si buscase enriquecerme, este camino me parecería demasiado largo. Habría servido a los reyes, tráfico más fértil que cualquier otro. Puesto que solo pretendo adquirir la reputación de no haber adquirido nada, ni tampoco disipado: conforme al resto de mi vida, impropia para hacer bien ni hacer mal que valga la pena, y que solo busco pasar el tiempo, puedo hacerlo, gracias a Dios, sin gran atención. En el peor de los casos, adelántate siempre por reducción de gastos a la pobreza. Es a lo que me atengo, y a reformarme, antes de que ella me obligue. He establecido además, en mi alma, suficientes grados para pasarme con menos de lo que tengo. Digo, pasar con contentamiento. No por la estimación del censo, sino por la comida y el modo de vida, se delimita la medida del dinero. Mi verdadera necesidad no ocupa tan justamente todo mi haber, como para que sin llegar a lo vivo, la fortuna no tenga dónde morder en mí. Mi presencia, por ignorante y desdeñosa que sea, presta gran apoyo a mis asuntos domésticos. Me dedico a ellos, pero con disgusto. Además tengo esto en mi casa: que para quemar por mi parte la vela por mi extremo, el otro extremo no se ahorra en nada.
Los viajes solo me dañan por el gasto, que es grande, y superior a mis fuerzas, habiendo acostumbrado ir con un equipaje no solo necesario, sino también digno. Por ello debo hacerlos más cortos y menos frecuentes, y emplear en ellos solo lo superfluo y mi reserva, temporalizando y aplazando, según va llegando. No quiero que el placer de pasear corrompa el placer de retirarme. Al contrario, entiendo que deben alimentarse y favorecerse el uno al otro. La fortuna me ha ayudado en esto: puesto que mi principal profesión en esta vida era vivirla blandamente, y más bien con laxitud que con ajetreo; me ha quitado la necesidad de multiplicar riquezas para proveer a la multitud de mis herederos. Para uno, si no tiene suficiente con lo que yo he tenido tan abundantemente, es su desgracia. Su imprudencia no merecerá que le desee más. Y cada uno, según el ejemplo de Foción, provee suficientemente a sus hijos quien les provee, en cuanto no son diferentes de él. De ningún modo estaría de acuerdo con el acto de Crates. Dejó su dinero en manos de un banquero, con esta condición: si sus hijos eran tontos, que se lo diera; si eran hábiles, que lo distribuyera entre los más tontos del pueblo. Como si los tontos, por ser menos capaces de pasarse sin él, fueran más capaces de usar las riquezas. De todos modos, el daño que viene de mi ausencia no me parece merecer, mientras tenga con qué soportarlo, que rechace aceptar las ocasiones que se presentan de distraerme de esta asistencia penosa.
Siempre hay alguna pieza que va mal. Los negocios, ya de una casa, ya de otra, te tiran de aquí para allá. Examinas todas las cosas demasiado de cerca. Tu perspicacia te perjudica aquí, como lo hace bastante en otras partes. Me hurto a las ocasiones de enfadarme: y me aparto del conocimiento de las cosas que van mal. Y no puedo hacer tanto que a cada hora no choque en casa con algún encuentro que me desagrada. Y las picardías que más me ocultan son las que mejor conozco. Hay algunas que para hacer menos mal hay que ayudar uno mismo a ocultar. Vanas punzadas: vanas a veces, pero siempre punzadas. Los impedimentos más menudos y pequeños son los más penetrantes. Y como las letras pequeñas cansan más los ojos, así nos pican más los pequeños asuntos: la turba de los males menudos ofende más que la violencia de uno solo, por grande que sea. En la medida en que estas espinas domésticas son densas y dispersas, nos muerden más agudamente, y sin amenaza, nos sorprenden fácilmente desprevenidos. No soy filósofo. Los males me oprimen según lo que pesan y pesan según la forma, como según la materia: y a menudo más. Tengo más perspicacia que el vulgo, si tengo más paciencia. En fin, si no me hieren, me pesan. Es cosa tierna la vida, y fácil de turbar. Desde que tengo el rostro vuelto hacia el disgusto, nadie se resiste a sí mismo cuando ha empezado a ser empujado, por tonta que sea la causa que me llevó allí: irrito el humor de ese lado: que se nutre después, y se exaspera, con su propio impulso, atrayendo y amontonando una materia sobre otra, de que alimentarse.
La gota que cae cava la piedra. Estas goteras ordinarias me comen y me ulceran. Los inconvenientes ordinarios nunca son leves. Son continuos e irreparables, cuando nacen de los miembros de la casa, continuos e inseparables. Cuando considero mis asuntos desde lejos y en conjunto, encuentro, ya sea porque no tenga de ellos memoria muy exacta, que han ido hasta esta hora prosperando, más allá de mis cuentas y mis razones. Saco de ellos, me parece, más de lo que hay: su buena suerte me traiciona. Pero ¿estoy dentro de la tarea?, ¿veo marchar todas esas parcelas?
Entonces verdaderamente dividimos el ánimo en todas las preocupaciones: mil cosas me dan qué desear y temer. Abandonarlas del todo me es muy fácil: tomarlas sin afligirme, muy difícil. Es lástima estar en un lugar donde todo lo que ves te ocupa y te concierne. Y me parece disfrutar más alegremente los placeres de una casa extraña, y llevar allí el gusto más libre y puro. Diógenes respondió según yo a quien le preguntó qué clase de vino encontraba el mejor: El ajeno, dijo.
Mi padre amaba construir en Montaigne, donde había nacido: y en toda esta administración de asuntos domésticos, amo servirme de su ejemplo y de sus reglas; y ataré a ellas a mis sucesores todo lo que pueda. Si pudiera hacer más por él, lo haría. Me glorifico de que su voluntad se ejerce todavía y actúa por mí. Dios no permita que deje fallar entre mis manos alguna imagen de vida que pueda devolver a tan buen padre. Que me haya mezclado en completar algún viejo trozo de muro, y en arreglar alguna pieza de edificio mal labrada, ha sido ciertamente mirando más a su intención que a mi contento. Y acuso mi pereza de no haber ido más allá, para perfeccionar los comienzos que dejó en su casa: tanto más cuanto que estoy en grandes términos de ser el último poseedor de mi linaje, y de poner en ella la última mano. Pues en cuanto a mi aplicación particular, ni ese placer de construir que dicen ser tan atractivo, ni la caza, ni los jardines, ni esos otros placeres de la vida retirada, pueden entretenerme mucho. Es cosa de la que quiero mal de mí, como de todas las demás opiniones que me son incómodas. No me preocupo tanto de tenerlas vigorosas y doctas, como me preocupo de tenerlas fáciles y cómodas para la vida. Son bastante verdaderas y sanas si son útiles y agradables. Quienes oyéndome decir mi insuficiencia en las ocupaciones del gobierno doméstico, vienen a soplarme en los oídos que es desdén, y que dejo de saber los instrumentos del labranza, sus estaciones, su orden, cómo se hacen mis vinos, cómo se injerta, y de saber el nombre y la forma de las hierbas y de los frutos, y la preparación de las viandas de que vivo: el nombre y precio de las telas con que me visto, por tener en el corazón alguna ciencia más alta, me hacen morir. Eso es necedad y más bien estupidez que gloria. Preferiría ser buen escudero que buen lógico.
¿Por qué no preparas más bien algo de lo que necesita el uso, tejiendo con mimbres y suave junco?
Ocupamos nuestros pensamientos en lo general, y en las causas y conductas universales que se conducen muy bien sin nosotros: y dejamos atrás nuestro asunto: y a Michel, que nos toca aún más de cerca que el hombre.
Ahora bien, me quedo en casa la mayor parte del tiempo: pero quisiera complacerme allí más que en cualquier otra parte.
¡Ojalá sea el asiento de mi vejez, sea el límite a mi cansancio del mar, y de los caminos, y de la milicia!
No sé si llegaré a lograrlo. Ojalá que en lugar de alguna otra pieza de su herencia, mi padre me hubiera transmitido ese amor apasionado que en su vejez sentía por su hogar. Fue muy afortunado al ajustar sus deseos a su fortuna y al saberse complacer con lo que tenía. La filosofía política podrá acusar la bajeza y esterilidad de mi ocupación, si consigo alguna vez tomarle el gusto, como él. Yo soy de la opinión de que la vocación más honorable es servir al público y ser útil a muchos. «Pues el fruto del ingenio y de la virtud, y de toda excelencia, se recibe cuando se confiere a cada prójimo». En cuanto a mí, renuncio a ello en parte por conciencia (porque allí donde veo el peso que recae sobre tales vocaciones, veo también el escaso medio que tengo para cumplirlas; y Platón, maestro consumado en todo gobierno político, no dejó de abstenerse de ello); en parte por cobardía. Me contento con disfrutar el mundo sin emplearme en él; vivir una vida solamente excusable y que no pese ni a mí ni a otros. Jamás hombre se abandonó más plena y laxamente al cuidado y gobierno de un tercero de lo que yo haría si tuviera a quién. Uno de mis deseos ahora sería encontrar un yerno que supiera endulzar cómodamente mis viejos años y adormecerlos; entre cuyas manos depositara con plena soberanía la conducta y uso de mis bienes; que hiciera con ellos lo que yo hago y ganara de ellos lo que yo gano, con tal de que aportara un ánimo verdaderamente agradecido y amigo.
Pero ¿qué? Vivimos en un mundo donde la lealtad de los propios hijos es desconocida. Quien tiene la custodia de mi bolsa en viaje, la tiene pura y sin control; también podría engañarme en las cuentas. Y si no es un diablo, lo obligo a obrar bien mediante una confianza tan abandonada. «Muchos enseñaron a engañar mientras temían ser engañados, y al sospechar dieron a otros el derecho de pecar». La seguridad más común que adopto con mi gente es el desconocimiento. No presumo los vicios hasta que los he visto, y confío más en los jóvenes, a quienes estimo menos corrompidos por el mal ejemplo. Oigo más voluntariamente decir, al cabo de dos meses, que he gastado cuatrocientos escudos, que tener las orejas golpeadas cada noche con tres, cinco, siete. Y con todo, me han robado tan poco como a cualquier otro con este tipo de hurto. Es verdad que presto la mano a la ignorancia. Mantengo a sabiendas, en cierto modo turbia e incierta, la ciencia de mi dinero. Hasta cierta medida, me contento con poder dudar de ello. Hay que dejar un poco de lugar a la deslealtad o imprudencia de vuestro criado. Si nos queda en conjunto de qué hacer nuestro efecto, ese exceso de la liberalidad de la Fortuna, dejémoslo correr un poco más a su merced.
La porción del espigador. Después de todo, no aprecio tanto la fe de mi gente como desprecio su ofensa. ¡Oh qué estudio vil y necio, estudiar el dinero, complacerse en manejarlo y contarlo! Por ahí es por donde la avaricia hace sus aproximaciones. Desde hace dieciocho años que gobierno bienes, no he podido obligarme a ver ni títulos ni mis principales asuntos, que necesariamente deben pasar por mi conocimiento y cuidado. No es un desprecio filosófico de las cosas transitorias y mundanas: no tengo el gusto tan depurado, y las aprecio al menos lo que valen; pero ciertamente es una pereza y negligencia inexcusable y pueril. ¡Qué no haría yo antes que leer un contrato! ¿Y antes que andar sacudiendo esos papeles polvorientos, esclavo de mis negocios, o peor aún, de los de otros, como hacen tantas gentes a precio de dinero? Nada me es caro salvo la preocupación y la pena, y solo busco abandonarme y avejarme. Estaba, creo, más dispuesto a vivir de la fortuna de otro, si pudiera hacerse sin obligación y sin servidumbre. Y no sé, al examinarlo de cerca, si según mi humor y mi suerte, lo que tengo que sufrir de los asuntos, y de los criados, y de los domésticos, no tiene más abyección, importunidad y amargura que tendría el servicio de un hombre nacido más grande que yo, que me guiara un poco a mi gusto.
«La servidumbre es la obediencia de un ánimo quebrado y abatido, carente de libre albedrío». Crates hizo algo peor: se arrojó a la libertad de la pobreza para deshacerse de las indignidades y cuidados de la casa. Eso no haría yo. Odio la pobreza a la par del dolor; pero sí cambiaría esta clase de vida por otra menos brillante y menos agobiante. Ausente, me despojo de todos esos pensamientos, y sentiría menos entonces la ruina de una torre que ahora siento la caída de una teja. Mi alma se desembrolla bien fácilmente aparte, pero en presencia sufre, como la de un viñador. Una rienda atravesada en mi caballo, un extremo de estribo que golpee mi pierna, me tendrán todo un día en guardia. Levanto bastante mi ánimo contra los inconvenientes; los ojos, no puedo.
«¡Sensus! ¡Oh dioses, sensus!» Estoy en mi casa, respondiendo de todo lo que va mal. Pocos amos, hablo de los de mediana condición, como es la mía (y si los hay, son más felices), pueden reposar tanto en un segundo que no les quede buena parte de la carga. Eso quita voluntariamente algo de mi manera en el trato de los que llegan, y he detenido a alguno por ventura más por mi cocina que por mi gracia, como hacen los fastidiosos; y quita mucho del placer que debería recibir en mi casa de la visita y reunión de mis amigos. La actitud más necia de un caballero en su casa es verlo enredado con el curso de su administración: hablar al oído de un criado, amenazar a otro con los ojos. Debe fluir insensiblemente y representar un curso ordinario. Y encuentro feo que se entretenga a los huéspedes con el trato que se les hace, tanto para excusarlo como para jactarse de él. Amo el orden y la limpieza,
«Y la copa y la fuente me muestran a mí mismo»,
en comparación con la abundancia: y miro en mi casa estrictamente a la necesidad, poco a la apariencia. Si un criado se pelea en casa ajena, si se vuelca un plato, tú te ríes: duermes mientras el señor discute con su mayordomo sobre tu comida del día siguiente. Hablo según mi experiencia. Sin dejar por ello de estimar en general cuán dulce entretenimiento es para ciertas naturalezas una hacienda pacífica, próspera, llevada con orden establecido. Y sin querer achacar a la cosa mis propios errores e inconvenientes. Ni contradecir a Platón, que estima la ocupación más feliz para cada uno hacer sus asuntos particulares sin injusticia. Cuando viajo, solo tengo que pensar en mí, y el empleo de mi dinero se dispone con un solo precepto. Se requieren demasiadas cualidades para amasar: no entiendo nada de eso. En gastar, me las arreglo un poco, y en dar curso a mi gasto: que es en verdad su uso principal. Pero me entrego a ello con demasiada ambición; lo cual lo vuelve desigual y deforme y además inmoderado en uno y otro aspecto. Si luce, si sirve, me dejo llevar indiscretamente: y me reprimo igual de indiscretamente si no brilla y si no me sonríe. Sea lo que sea, arte o naturaleza, lo que nos imprime esta condición de vivir en relación con los demás, nos hace mucho más mal que bien. Nos defraudamos de nuestras propias utilidades para formar las apariencias según la opinión común. No nos importa tanto cómo sea nuestro ser en nosotros y en efecto, como cómo sea en el conocimiento público. Los bienes mismos del espíritu, y la sabiduría, nos parecen sin fruto si solo nosotros los disfrutamos: si no se muestran a la vista y aprobación ajenas. Hay quienes tienen oro que fluye a borbotones por lugares subterráneos, imperceptiblemente: otros lo extienden todo en láminas y hojas. De modo que a unos los cuartos valen escudos, a otros lo contrario: el mundo estima el empleo y el valor según la muestra. Todo cuidado minucioso en torno a las riquezas huele a avaricia. Su dispensación misma, y la liberalidad demasiado ordenada y artificiosa, no valen una atención y solicitud penosas. Quien quiere hacer su gasto justo, lo hace estrecho y forzado. El guardar o el emplear son de por sí cosas indiferentes, y solo toman color de bien o de mal según la aplicación de nuestra voluntad. La otra causa que me incita a estos paseos es la inadecuación a las costumbres presentes de nuestro Estado: me consolaría fácilmente de esta corrupción en lo que toca al interés público:
«Peores siglos que los de hierro, tiempos para cuyos crímenes la misma naturaleza no encontró nombre ni metal alguno donde fundirlos»:
pero en cuanto al mío, no. Me aprieta demasiado en particular. Pues en mi vecindad, nos hemos envejecido hace tiempo por la larga licencia de estas guerras civiles, en una forma de Estado tan desbordada,
«Donde el derecho y el sagrilegio se han invertido»: que en verdad es maravilla que pueda mantenerse.
«Cultivan la tierra armados, y siempre se complacen en acarrear botines recientes, y vivir del robo».
En fin, veo por nuestro ejemplo que la sociedad de los hombres se sostiene y se cose, cueste lo que cueste. En cualquier posición en que los coloques, se amontonan y se ordenan, moviéndose y apiñándose: como cuerpos mal unidos que se meten en un saco sin orden, encuentran por sí mismos la manera de juntarse y acomodarse unos entre otros: a menudo mejor de lo que el arte los hubiera sabido disponer. El rey Filipo reunió a los hombres más malvados e incorregibles que pudo encontrar, y los alojó a todos en una ciudad que les mandó construir, la cual llevaba ese nombre. Estimo que aun de los vicios tejieron entre ellos una contextura política, y una sociedad cómoda y justa. Veo, no una acción, o tres, o cien, sino costumbres en uso común y aceptado, tan feroces, sobre todo en inhumanidad y deslealtad, que es para mí la peor especie de vicios, que no tengo valor para concebirlas sin horror: y las admiro casi tanto como las detesto. El ejercicio de estas maldades insignes lleva marca de vigor y fuerza de alma, tanto como de error y desorden. La necesidad compone a los hombres y los reúne. Esta costura fortuita se convierte después en leyes. Pues ha habido de tan salvajes como cualquier opinión humana pueda engendrar, que sin embargo han mantenido su cuerpo con tanta salud y longevidad como las de Platón y Aristóteles sabrían hacer.
Y ciertamente todas estas descripciones de gobierno, inventadas por el arte, resultan ridículas e ineptas para poner en práctica. Estas grandes y largas disputas sobre la mejor forma de sociedad: y las reglas más cómodas a las que debemos adherirnos, son disputas propias solamente del ejercicio de nuestro espíritu. Como se encuentran en las artes muchos temas que tienen su esencia en la agitación y en la disputa, y no tienen vida alguna fuera de ahí. Tal pintura de gobierno tendría cabida en un mundo nuevo: pero nosotros tomamos un mundo ya hecho y formado según ciertas costumbres. No lo engendramos como Pirra, o como Cadmo. Por cualquier medio que tengamos derecho de enderezarlo y arreglarlo de nuevo, apenas podemos torcerlo de su pliegue acostumbrado sin romper todo. Le preguntaban a Solón si había establecido las mejores leyes que había podido para los atenienses: «Sí, en efecto —respondió—, de aquellas que habrían aceptado». Varrón se excusa de modo parecido: que si tuviera que escribir de nuevo sobre la religión, diría lo que cree. Pero, estando ya aceptada, hablará según el uso, más que según la naturaleza. No por opinión, sino en verdad, el gobierno excelente y mejor es para cada nación aquel bajo el cual se ha mantenido. Su forma y conveniencia esencial depende del uso. Nos disgusta voluntariamente la condición presente. Pero sostengo sin embargo que desear en un Estado popular el mando de pocos, o en la monarquía otra especie de gobierno, es vicio y locura.
«Ama el Estado tal como lo ves ser: si es real, ama la realeza; si es de pocos, o bien comunidad, ámalo también, pues Dios te ha hecho nacer en él».
Así hablaba de ello el buen señor de Pibrac, que acabamos de perder, un espíritu tan gentil, opiniones tan sanas, costumbres tan dulces. Esta pérdida, y la que al mismo tiempo hemos tenido del señor de Foix, son pérdidas importantes para nuestra corona. No sé si le queda a Francia con qué sustituir otra pareja semejante a estos dos gascones en sinceridad y en capacidad para el consejo de nuestros reyes. Eran almas diversamente hermosas, y ciertamente según la época, raras y hermosas, cada una a su modo. Pero ¿quién las había alojado en esta edad, tan inadecuada y tan desproporcionada a nuestra corrupción y a nuestras tempestades? Nada oprime tanto a un Estado como la innovación; el cambio solo da forma a la injusticia y a la tiranía. Cuando alguna pieza se descoyunta, podemos apuntalarla; podemos oponernos a que la alteración y corrupción natural de todas las cosas nos aleje demasiado de nuestros comienzos y principios. Pero emprender refundir una masa tan grande y cambiar los fundamentos de un edificio tan grande, es cosa de aquellos que para desencostrar borran, que quieren enmendar los defectos particulares mediante una confusión universal, y curar las enfermedades con la muerte: no tanto deseosos de cambiar las cosas como de destruirlas. El mundo es inepto para curarse. Es tan impaciente de lo que lo oprime, que solo aspira a deshacerse de ello, sin mirar a qué precio.
Vemos por mil ejemplos que ordinariamente se cura a sus expensas; la descarga del mal presente no es curación si no hay en general enmienda de condición. El fin del cirujano no es hacer morir la carne mala: eso es solo el camino de su cura; mira más allá, a hacer renacer la natural y devolver la parte a su debido ser. Quien se propone solamente quitar lo que lo molesta, se queda corto, pues el bien no sucede necesariamente al mal: otro mal puede sucederle, y peor. Como ocurrió a los asesinos de César, que arrojaron la cosa pública a tal punto que tuvieron que arrepentirse de haberse mezclado en ello. A muchos desde entonces, hasta nuestros siglos, les ha ocurrido lo mismo. Los franceses mis contemporáneos saben bien qué decir de ello. Todas las grandes mutaciones sacuden el Estado y lo desordenan. Quien apuntase directamente a la curación y consultase antes de toda obra, de buena gana se enfriaría a la hora de meter mano. Pacuvio Calavio corrigió el vicio de este proceder con un ejemplo insigne. Sus conciudadanos estaban amotinados contra sus magistrados; él, personaje de gran autoridad en la ciudad de Capua, encontró un día medio de encerrar al Senado dentro del Palacio, y convocando al pueblo en la plaza, les dijo que el día había llegado en que con plena libertad podían tomar venganza de los tiranos que los habían oprimido durante tanto tiempo, a los cuales él tenía a su merced, solos y desarmados.
Fue de parecer que al azar se los sacase fuera, uno tras otro, y de cada uno se ordenase particularmente, haciendo en el acto ejecutar lo que en ello se decretase, con tal de que de un tirón también decidiesen establecer a algún hombre de bien en el lugar del condenado, a fin de que no quedase vacía de oficial. No habían apenas oído el nombre de un senador cuando se alzó un grito de descontento universal contra él. «Ya veo —dijo Pacuvio—, hay que destituir a este: es un malvado; pongamos uno bueno en su lugar». Fue un silencio pronto, todo el mundo hallándose muy embarazado en la elección. Al primero más desvergonzado que dijo el suyo, he aquí un consentimiento de voces aún mayor para rechazar a ese. Cien imperfecciones y justas causas de rebatirlo. Estos humores contradictorios, habiéndose acalorado, ocurrió aún peor con el segundo senador y con el tercero. Tanta discordia en la elección como acuerdo en la destitución. Habiéndose inútilmente cansado con este desorden, comienzan, quién por aquí, quién por allá, a escabullirse poco a poco de la asamblea, llevándose cada uno esta resolución en su alma: que el mal más viejo y mejor conocido es siempre más soportable que el mal reciente e inexperto. Al vernos tan lastimosamente agitados (pues ¿qué no hemos hecho?):
«¡Ay! Nos avergüenza de cicatrices y crimen, y de nuestros hermanos: ¿qué no hemos evitado en esta dura edad? ¿Qué hemos dejado intacto en nuestra impiedad? ¿De qué el joven ha contenido sus manos por temor a los dioses? ¿Qué altares ha respetado?»
No voy de inmediato a resolverme:
«Aunque la Salud misma lo quiera, no puede en absoluto salvar a esta familia».
No estamos sin embargo, quizá, en nuestro último período. La conservación de los Estados es cosa que verosímilmente supera nuestra inteligencia. Es, como dice Platón, cosa poderosa y de difícil disolución una política civil; dura a menudo contra enfermedades mortales e intestinas, contra la injuria de leyes injustas, contra la tiranía, contra el desbordamiento e ignorancia de los magistrados, licencia y sedición de los pueblos. En todas nuestras fortunas nos comparamos con lo que está por encima de nosotros y miramos hacia los que están mejor. Midámonos con lo que está por debajo; no hay ninguno tan miserable que no encuentre mil ejemplos en los que consolarse. Es nuestro vicio que vemos más a disgusto lo que está encima de nosotros que a gusto lo que está debajo. Así decía Solón que si se hiciera un montón de todos los males juntos, no hay nadie que no escogiera más bien llevarse consigo los males que tiene que venir a división legítima con todos los demás hombres de ese montón de males y tomar su parte correspondiente. Nuestra política se porta mal. Ha habido sin embargo de más enfermas sin morir. Los dioses se divierten con nosotros a la pelota y nos agitan en todas direcciones: «verdaderamente los dioses nos tienen a nosotros los hombres como pelotas». Los astros han destinado fatalmente el Estado de Roma como ejemplar de lo que pueden en este género. Comprende en sí todas las formas y aventuras que tocan a un Estado: todo lo que el orden puede en él, y el desorden, y la dicha, y la desdicha. Quien debe desesperarse de su condición, viendo las sacudidas y movimientos de que aquel fue agitado y que soportó. Si la extensión de la dominación es la salud de un Estado, de lo cual no soy en absoluto de ese parecer (y me agrada Isócrates, que instruye a Nicocles no a envidiar a los príncipes que tienen dominaciones amplias, sino a los que saben bien conservar las que les han correspondido), aquel nunca estuvo tan sano como cuando estuvo más enfermo. La peor de sus formas le fue la más afortunada. Apenas se reconoce la imagen de alguna política bajo los primeros emperadores: es la más horrible y la más espesa confusión que pueda concebirse. Sin embargo la soportó y duró en ella, conservando no una monarquía encerrada en sus límites, sino tantas naciones tan diversas, tan alejadas, tan mal afectas, tan desordenadamente mandadas e injustamente conquistadas:
«Ni a ningún pueblo concede la fortuna su envidia contra el pueblo poderoso en tierra y mar».
Todo lo que se tambalea no cae. La contextura de un cuerpo tan grande se sostiene con más de un clavo. Se sostiene incluso por su antigüedad, como los viejos edificios a los cuales la edad ha robado el pie, sin costra y sin cemento, que sin embargo viven y se sostienen por su propio peso:
«Ya no aferrándose con raíces vigorosas, se sostiene caído por su peso».
Además, no es buen proceder reconocer solamente el flanco y el foso para juzgar la seguridad de una plaza; hay que ver por dónde se puede llegar a ella, en qué estado está el asaltante. Pocos navíos se hunden por su propio peso y sin violencia extraña. Ahora bien, volvamos los ojos por todas partes: todo se tambalea a nuestro alrededor. En todos los grandes Estados, ya sea de cristiandad o de otros lugares que conocemos, mirad, encontraréis una evidente amenaza de cambio y de ruina:
«Y tienen sus incomodidades, y por todos igual la tempestad».
Los astrólogos tienen buen juego al advertirnos, como hacen, de grandes alteraciones y mutaciones próximas: sus adivinaciones son presentes y palpables, no hace falta ir al cielo para ello. No tenemos solamente que sacar consolación de esta sociedad universal de mal y de amenaza, sino todavía alguna esperanza para la duración de nuestro Estado: en tanto que naturalmente nada cae donde todo cae. La enfermedad universal es la salud particular. La conformidad es cualidad enemiga de la disolución. En cuanto a mí, no entro en absoluto en la desesperación, y me parece ver en ello rutas para salvarnos:
«Dios quizá con un cambio benigno lo devolverá a su lugar».
¿Quién sabe si Dios querrá que ocurra como con los cuerpos que se purgan y recuperan un mejor estado mediante largas y graves enfermedades que les devuelven una salud más plena y más limpia que la que les habían quitado? Lo que más me pesa es que, al contar los síntomas de nuestro mal, veo tantos que son naturales y de los que el cielo nos envía, propiamente suyos, como de los que nuestro desorden y la imprudencia humana aportan. Parece que los astros mismos ordenan que ya hemos durado bastante, y más allá de los términos ordinarios. Y esto también me pesa, que el mal más cercano que nos amenaza no es una alteración en la masa entera y sólida, sino su disipación y división, el extremo de nuestros temores.
Incluso en estas divagaciones temo la traición de mi memoria, que por inadvertencia me haya hecho registrar una cosa dos veces. Odio reconocerme y nunca releo sino con disgusto lo que una vez se me ha escapado. Ahora bien, no aporto aquí nada de nuevo aprendizaje. Son ideas comunes: habiéndolas concebido quizá cien veces, temo haberlas ya enrollado. La repetición es fastidiosa en todas partes, aunque sea en Homero. Pero es ruinosa en las cosas que solo tienen una apariencia superficial y pasajera. Me disgusta la insistencia, incluso en las cosas útiles, como en Séneca. Y el uso de su escuela estoica me disgusta, de repetir sobre cada materia, todo a lo largo y a lo ancho, los principios y presuposiciones que sirven en general; y realegar siempre de nuevo los argumentos y razones comunes y universales.
Mi memoria se deteriora cruelmente cada día:
Como si hubiera bebido copas que traen sueños leteos, con la garganta seca.
Será necesario en adelante (pues gracias a Dios hasta esta hora no ha ocurrido falta) que, en lugar de que otros busquen tiempo y ocasión de pensar en lo que tienen que decir, yo evite prepararme, por miedo a atarme a alguna obligación de la que tenga que depender. El estar comprometido y obligado me descarría, y el depender de un instrumento tan débil como es mi memoria. Nunca leo esta historia sin que me ofenda, con un resentimiento propio y natural. Lincestes, acusado de conspiración contra Alejandro, el día en que fue llevado a presencia del ejército, siguiendo la costumbre, para ser oído en su defensa, tenía en su cabeza una arenga estudiada, de la cual, completamente vacilante y tartamudeando, pronunció algunas palabras. Como se turbaba más y más, mientras lucha con su memoria y la repasa, he aquí que es abatido y muerto a golpes de lanza por los soldados que le estaban más cerca, teniéndolo por convicto. Su aturdimiento y su silencio les sirvieron de confesión. Habiendo tenido en prisión tanto tiempo para prepararse, no es a su juicio la memoria lo que le falta: es la conciencia la que le frena la lengua y le quita la fuerza. Verdaderamente está bien dicho. El lugar aturde, la asistencia, la expectativa, incluso cuando solo se trata de la ambición de hablar bien.
¿Qué se puede hacer cuando se trata de una arenga que lleva la vida como consecuencia? Para mí, esto mismo, que yo esté atado a lo que tengo que decir, sirve para desprenderme de ello. Cuando me he confiado y asignado enteramente a mi memoria, dependo tan fuertemente de ella que la abrumo: se asusta de su carga. Cuanto más me fío de ella, más me pongo fuera de mí, hasta poner a prueba mi semblante. Y me he visto algún día en apuros por ocultar la servidumbre en la que estaba atrapado. Mientras que mi designio es representar al hablar una profunda despreocupación de acento y de rostro, y movimientos fortuitos e impremeditados, como nacidos de ocasiones presentes, prefiriendo no decir nada que valga a mostrar que vine preparado para hablar bien: cosa impropia, sobre todo en gente de mi profesión, y cosa de demasiada obligación para quien no puede sostener mucho. La preparación da más que esperar de lo que aporta. A menudo uno se pone tontamente en jubón para no saltar mejor que con sayo. Nada es tan adverso a quienes quieren agradar como la expectativa. Han dejado por escrito del orador Curión que, cuando proponía la distribución de las piezas de su oración, en tres o en cuatro, o el número de sus argumentos y razones, le ocurría a menudo o olvidar alguno o añadir uno o dos más.
Siempre he evitado bien caer en ese inconveniente, habiendo odiado esas promesas y prescripciones, no solo por la desconfianza de mi memoria, sino también porque esa forma se parece demasiado al artesano. Las cosas más simples convienen a los soldados. Basta, que me he prometido ahora no cargarme más con hablar en lugar de respeto. Pues en cuanto a hablar leyendo su escrito, además de que es muy inepto, es de gran desventaja para aquellos que por naturaleza podían algo en la acción. Y lanzarme a merced de mi invención presente, aún menos, pues la tengo pesada y confusa, que no sabría satisfacer las necesidades súbitas e importantes.
Deja, lector, correr todavía este golpe de ensayo, y este tercer alargamiento del resto de las piezas de mi pintura. Añado, pero no corrijo. En primer lugar, porque quien ha hipotecado al mundo su obra, encuentro apariencia de que ya no tiene más derecho sobre ella. Que diga, si puede, mejor en otro lugar, y no corrompa la labor que ha vendido. De tales gentes, no habría que comprar nada sino después de su muerte. Que piensen bien antes de producirse. ¿Quién les apresura? Mi libro es siempre uno, salvo que a medida que uno se pone a renovarlo, a fin de que el comprador no se vaya con las manos completamente vacías, me doy licencia de añadirle (como no es más que una marquetería mal unida) algún emblema supernumerario. No son más que sobrepesos, que no condenan la primera forma, pero dan algún precio particular a cada una de las siguientes, mediante una pequeña sutileza ambiciosa. De ahí, sin embargo, ocurrirá fácilmente que se mezcle alguna transposición de cronología: mis relatos tomando lugar según su oportunidad, no siempre según su edad.
En segundo lugar, porque en lo que a mí respecta, temo equivocarme al cambiar. Mi entendimiento no va siempre hacia adelante, va hacia atrás también. No desconfío apenas menos de mis fantasías por ser segundas o terceras que primeras, o presentes que pasadas. Nos corregimos tan tontamente a menudo como corregimos a los otros. He envejecido un número de años desde mis primeras publicaciones, que fueron el año mil quinientos ochenta. Pero dudo que haya madurado ni una pulgada. Yo ahora y yo antes somos muy dos. Cuál mejor, no puedo decir nada. Sería hermoso ser viejo si solo marcháramos hacia la enmienda. Es un movimiento de borracho, tambaleante, vertiginoso, informe, o de juncos que el aire maneja casualmente según él. Antíoco había escrito vigorosamente en favor de la Academia: tomó en sus viejos años otro partido. ¿Cuál de los dos siguiera yo, no sería siempre seguir a Antíoco? Después de haber establecido la duda, querer establecer la certeza de las opiniones humanas, ¿no era establecer la duda, no la certeza? ¿Y prometer, si le hubieran dado todavía una edad por durar, que estaba siempre en términos de nueva agitación, no tanto mejor sino otra? El favor público me ha dado un poco más de audacia de la que esperaba, pero lo que más temo es saciar. Preferiría pinchar que cansar. Como ha hecho un sabio hombre de mi tiempo. La alabanza es siempre agradable, de quien y por qué venga. Aunque hay que, para complacerse en ella justamente, estar informado de su causa. Las imperfecciones mismas tienen su manera de recomendarse. La estimación vulgar y común se ve poco feliz en acierto. Y en mi tiempo me equivoco si los peores escritos no son los que han ganado lo más alto del viento popular. Ciertamente doy gracias a hombres honrados que se dignan tomar en buena parte mis débiles esfuerzos. No hay lugar donde las faltas de la factura se muestren tanto como en una materia que de por sí no tiene ninguna recomendación. No te tomes conmigo, lector, de aquellas que se deslizan aquí por la fantasía o inadvertencia de otros: cada mano, cada obrero, aporta las suyas. No me meto ni en ortografía, y ordeno solamente que sigan la antigua, ni en la puntuación: soy poco experto en una y en otra. Donde rompen del todo el sentido, me importa poco, pues al menos me descargan. Pero donde sustituyen uno falso, como hacen tan a menudo, y me desvían a su concepción, me arruinan.
Sin embargo, cuando la frase no es lo bastante contundente a mi juicio, un hombre honesto debe rechazarla como mía. Quien sepa lo poco laborioso que soy, lo hecho que estoy a mi manera, creerá fácilmente que preferiría redactar de nuevo otros tantos ensayos antes que someterme a revisar estos para tan pueril corrección.
Decía yo, pues, hace un momento que, estando plantado en la mina más profunda de este nuevo metal, no solo me veo privado de gran familiaridad con gentes de otras costumbres que las mías y de otras opiniones, por las cuales se mantienen unidos con un lazo que supera a todos los demás lazos, sino que además no estoy sin peligro entre aquellos para quienes todo es igualmente lícito, y la mayoría de los cuales no puede ya empeorar su situación ante nuestra justicia. De ahí nace el grado extremo de libertinaje. Contando todas las circunstancias particulares que me conciernen, no encuentro hombre entre los nuestros a quien la defensa de las leyes cueste, tanto en ganancia cesante como en daño emergente, dicen los clérigos, más que a mí. Y hay quienes presumen mucho de su ardor y aspereza, que hacen mucho menos que yo en justa balanza. Como casa libre desde siempre, de gran acogida y servicial para todos (pues jamás me dejé inducir a hacer de ella un instrumento de guerra, la cual veo buscar más voluntariamente donde está más alejada de mi vecindario), mi casa ha merecido bastante afecto popular y sería muy difícil atacarme en mi propio terreno. Y considero una obra maestra maravillosa y ejemplar que aún esté virgen de sangre y de saqueo, bajo una tormenta tan larga, tantos cambios y agitaciones vecinas. Pues a decir verdad, era posible para un hombre de mi complexión escapar de una forma constante y continua, fuera cual fuese. Pero las invasiones e incursiones contrarias, y las alternativas y vicisitudes de la fortuna a mi alrededor, han hasta ahora más exasperado que ablandado el humor del país y me recargan de peligros y dificultades invencibles.
Escapo. Pero me desagrada que sea más por fortuna, e incluso por mi prudencia, que por justicia; y me desagrada estar fuera de la protección de las leyes y bajo otra salvaguardia que la suya. Tal como están las cosas, vivo más que a medias de la gracia de otros, lo cual es una ruda obligación. No quiero deber mi seguridad ni a la bondad y benignidad de los grandes, que aprueban mi legalidad y libertad, ni a la facilidad de las costumbres de mis predecesores y mías propias. Pues ¿qué si yo fuera otro? Si mis conductas y la franqueza de mi trato obligan a mis vecinos o a los parientes, es crueldad que puedan pagarse dejándome vivir, y que puedan decir: Le perdonamos la libre continuación del servicio divino en la capilla de su casa, estando todas las iglesias de alrededor desiertas por nosotros, y le perdonamos el uso de sus bienes y su vida, como él cuida de nuestras mujeres y nuestros bueyes en caso de necesidad. Desde hace mucho tiempo en mi casa participamos de la alabanza de Licurgo Ateniense, que era depositario general y guardián de las bolsas de sus conciudadanos. Ahora bien, sostengo que hay que vivir por derecho y por autoridad, no por recompensa ni por gracia. ¡Cuántos hombres valientes han preferido perder la vida antes que deberla! Soy reacio a someterme a toda suerte de obligación. Pero sobre todo a aquella que me ata por deber de honor. No encuentro nada tan caro como lo que me es dado y por lo cual mi voluntad queda hipotecada por título de gratitud. Y recibo más voluntariamente los servicios que están en venta. Lo creo así. Por estos solo doy dinero; por los otros me doy a mí mismo.
El lazo que me ata por la ley de la honestidad me parece mucho más apremiante y más pesado que el de la coacción civil. Me ata más suavemente un notario que yo mismo. ¿No es razonable que mi conciencia esté mucho más comprometida en aquello en lo que simplemente se ha confiado en ella? En otros casos, mi palabra no debe nada porque no se le ha prestado nada. ¡Que se valgan de la confianza y seguridad que han tomado fuera de mí! Preferiría romper la prisión de un muro y de las leyes que la de mi palabra. Soy delicado en la observancia de mis promesas, hasta la superstición, y las hago en todos los asuntos voluntariamente inciertas y condicionales. A aquellas que no tienen ningún peso, les doy el peso del celo de mi regla: esta me atormenta y carga con su propio interés. Sí, en las empresas todas mías y libres, si digo la intención, me parece que me las prescribo, y que dársela a conocer a otros es preordenármela a mí mismo. Me parece que la prometo cuando la digo. Así ventilo poco mis propósitos. La condena que hago de mí es más viva y rígida que la de los jueces, que solo me toman por el aspecto de la obligación común; el apremio de mi conciencia es más estrecho y más severo. Sigo flojamente los deberes a los que se me arrastraría si no fuera por mí mismo. «Esto mismo es justo solo si se hace rectamente, si es voluntario.» Si la acción no tiene algún resplandor de libertad, carece de gracia y de honor.
«Lo que el derecho me obliga a hacer, difícilmente lo obtendrían de mi voluntad.» Donde la necesidad me arrastra, me gusta aflojar la voluntad. «Porque todo lo que se exige por mandato, se atribuye más al que lo exige que al que lo cumple.» Conozco a algunos que siguen este aire hasta la injusticia: dan antes que devolver, prestan antes que pagar, hacen bien más escasamente a aquel a quien se lo deben. No voy tan lejos, pero me acerco.
Me gusta tanto descargarme y desobligarme, que a veces he contado como ganancia las ingratitudes, ofensas e indignidades que he recibido de aquellos hacia quienes, por naturaleza o por accidente, tenía algún deber de amistad, tomando esa ocasión de su falta como descargo y liberación de mi deuda. Aunque continúo pagándoles los servicios aparentes de la razón pública, encuentro gran ahorro, sin embargo, en hacer por justicia lo que hacía por afecto, y en aliviarme un poco de la atención y solicitud de mi voluntad en lo interior. «Es propio del hombre prudente contener, como la carrera, el ímpetu de la benevolencia.» La cual tengo demasiado urgente y apremiante cuando me entrego a ella, al menos para un hombre que no quiere en absoluto estar bajo presión. Y esta economía me sirve de algún consuelo ante las imperfecciones de quienes me importan. Me alegro de que valgan menos, pero al menos ahorro también algo de mi aplicación y compromiso hacia ellos. Apruebo al que ama menos a su hijo porque es tiñoso o jorobado. Y no solo cuando es malicioso, sino también cuando es desdichado y malformado (Dios mismo ha rebajado algo de su precio y estimación natural), con tal de que se comporte en ese enfriamiento con moderación y exacta justicia. En mí, la cercanía no alivia los defectos, más bien los agrava.
Después de todo, según me entiendo en la ciencia del beneficio y del reconocimiento, que es una ciencia sutil y de gran uso, no veo a nadie más libre y menos endeudado que yo hasta esta hora. Lo que debo, lo debo simplemente a las obligaciones comunes y naturales. No hay nadie que esté más limpiamente libre en lo demás.
«Ni me son conocidos los dones de los poderosos.»
Los príncipes me dan bastante si no me quitan nada, y me hacen suficiente bien cuando no me hacen ningún mal: es todo lo que les pido. ¡Oh, cuánto debo a Dios por haberle placido que recibiera inmediatamente de su gracia todo lo que tengo, que ha reservado particularmente para sí toda mi deuda! ¡Cuánto suplico insistentemente a su santa misericordia que jamás tenga que dar un gracias esencial a nadie! Dichosa independencia la que me ha conducido tan lejos. Que la lleve a término. Procuro no tener necesidad expresa de nadie. In me omnis spes est mihi. Es cosa que cada uno puede lograr en sí mismo, pero más fácilmente aquellos a quienes Dios ha puesto al abrigo de las necesidades naturales y urgentes. Es muy penoso y arriesgado depender de otro. Nosotros mismos, que somos la referencia más justa y la más segura, no nos bastamos lo suficiente. No tengo nada mío sino yo; y aun así su posesión es en parte deficiente y prestada. Me cultivo tanto en el ánimo, que es lo más fuerte, como en la fortuna, para hallar en ello con qué satisfacerme cuando todo lo demás me abandone. Hipias de Élide no se proveyó solamente de ciencia para poder, en el regazo de las musas, apartarse alegremente de toda otra compañía en caso de necesidad; ni solamente del conocimiento de la filosofía, para enseñar a su alma a contentarse consigo misma y prescindir virilmente de las comodidades que le vienen de fuera, cuando la suerte lo ordena.
Fue tan curioso que aprendió además a hacer su cocina, cortarse el pelo, sus ropas, sus zapatos, sus calzones, para fundarse en sí mismo cuanto pudiera y sustraerse al auxilio ajeno. Se disfrutan mucho más libremente y más alegremente los bienes prestados cuando no es un disfrute obligado y forzado por la necesidad, y cuando se tiene, tanto en la voluntad como en la fortuna, la fuerza y los medios para prescindir de ellos. Me conozco bien. Pero me resulta difícil imaginar ninguna liberalidad tan pura de persona alguna hacia mí, ninguna hospitalidad tan franca y gratuita, que no me pareciera deshonrosa, tiránica y manchada de reproche si la necesidad me hubiera encadenado a ella. Así como el dar es cualidad ambiciosa y de prerrogativa, también el aceptar es cualidad de sumisión. Testigo el ofensivo y pendenciero rechazo que Bayaceto hizo de los presentes que Tamurlán le enviaba. Y los que ofrecieron de parte del emperador Solimán al emperador de Calicut lo pusieron en tan gran despecho que no sólo los rechazó con rudeza, diciendo que ni él ni sus predecesores habían acostumbrado a recibir, y que su oficio era dar, sino que además hizo meter en un calabozo a los embajadores enviados para ese efecto. Cuando Tetis, dice Aristóteles, adula a Júpiter, cuando los lacedemonios adulan a los atenienses, no van a refrescarles la memoria de los bienes que les han hecho, lo cual es siempre odioso, sino la memoria de los beneficios que han recibido de ellos.
Aquellos a quienes veo tan familiarmente emplear a todo el mundo y comprometerse con ellos no lo harían si saborearan como yo la dulzura de una pura libertad y si sopesaran tanto como debe sopesar un hombre sabio el compromiso de una obligación. Se paga quizá alguna vez, pero no se disuelve jamás. Cruel atadura para quien ama liberar los codos de su libertad en todos los sentidos. Mis conocidos, tanto por encima como por debajo de mí, saben si han visto alguna vez a alguien menos solicitante, menos peticionario, menos suplicante, ni que menos cargue sobre otro. Si lo soy más allá de todo ejemplo moderno, no es gran maravilla, tantas piezas de mis costumbres contribuyen a ello. Un poco de orgullo natural; la impaciencia ante el rechazo; la contracción de mis deseos y designios; inhabilidad para toda suerte de negocios. Y mis cualidades más favoritas: la ociosidad, la franqueza. Por todo ello he llegado a odiar mortalmente estar sujeto a otro, o por otro que no sea yo mismo. Empleo bien vivamente todo lo que puedo para prescindir de ello antes de emplear la beneficencia de otro, en cualquier ocasión o necesidad, sea ligera o pesada. Mis amigos me fastidian enormemente cuando me requieren para que requiera a un tercero. Y no me parece de mucho menos coste desligar a aquel que me debe, sirviéndome de él, que comprometerme con aquel que no me debe nada.
Fuera de esta condición, y de esta otra, que no quieran de mí cosa negociosa y preocupante (pues he declarado guerra capital a toda preocupación), soy cómodamente fácil y dispuesto ante la necesidad de cada uno. Pero he huido aún más de recibir que he buscado dar, y también es mucho más fácil, según Aristóteles. Mi fortuna me ha permitido poco hacer bien a otros; y ese poco que me ha permitido, lo ha alojado bastante mezquinamente. Si me hubiera hecho nacer para ocupar algún rango entre los hombres, habría sido ambicioso de hacerme amar, no de hacerme temer o admirar. ¿Lo expresaré más insolentemente? Habría atendido tanto a agradar como a aprovechar. Ciro muy sabiamente, y por boca de un muy buen capitán y mejor filósofo todavía, estima su bondad y sus bienes hechos muy por encima de su valentía y conquistas bélicas. Y el primer Escipión, dondequiera que quiere hacerse valer, pondera su bondad y humanidad por encima de su audacia y de sus victorias, y tiene siempre en la boca esta palabra gloriosa: que ha dejado a los enemigos tanto que amarle como a los amigos. Quiero decir entonces que si hay que deber algo así, debe ser por título más legítimo que aquel del que hablo, al cual me compromete la ley de esta miserable guerra, y no con una deuda tan gruesa como la de mi total conservación: me abruma. Me he acostado mil veces en mi casa imaginando que me traicionarían y asesinarían esa noche, componiendo con la Fortuna que fuera sin espanto y sin languidez. Y he exclamado después de mi padrenuestro:
Impius hæc tam culta novalia miles habebit? ¿Qué remedio? Es el lugar de mi nacimiento y del de la mayor parte de mis ancestros: han puesto en él su afecto y su nombre. Nos endurecemos a todo lo que acostumbramos. Y para una condición miserable como es la nuestra, ha sido un muy favorable presente de la Naturaleza la costumbre, que adormece nuestro sentimiento ante el sufrimiento de muchos males. Las guerras civiles tienen esto de peor que las otras guerras: que nos ponen a cada uno en vela en su propia casa.
¡Qué miserable defender la vida con puerta y muralla, y apenas estar seguro con las fuerzas de su propia casa!
Es gran extremo estar presionado hasta dentro de tu hogar y reposo doméstico. El lugar donde me mantengo es siempre el primero y el último bajo la batería de nuestros disturbios, y donde la paz nunca tiene su rostro entero:
También en paz tiemblan con temor de guerra. Cuantas veces la fortuna provoca a la paz, este es el camino de las guerras: mejor, fortuna, hubieras dado asiento bajo el Oriente, bajo el helado Norte, en moradas errantes.
me proporciona a veces, el medio de endurecerme contra estas consideraciones, la despreocupación y la indolencia. Ellas nos conducen también de algún modo a la resolución. Me ocurre con frecuencia imaginar con cierto placer los peligros mortales, y esperarlos. Me sumerjo con la cabeza gacha, estúpidamente, en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como en una profundidad muda y oscura que me engulle de un salto y me ahoga en un instante con un poderoso sueño, lleno de insipidez e indolencia. Y en estas muertes breves y violentas, la consecuencia que preveo me da más consuelo que el efecto temor. Dicen que, así como la vida no es mejor por ser larga, la muerte es mejor por no ser larga. No me extraño tanto de estar muerto como me familiarizo con el morir. Me envuelvo y me agazapo en esta tormenta que debe cegarme y arrebatarme con furia, con una carga rápida e insensible. Y si ocurriera además, como dicen algunos jardineros, que las rosas y violetas nacen más olorosas cerca de los ajos y cebollas, porque absorben y extraen de ellas lo que hay de mal olor en la tierra, así también estas naturalezas depravadas reunieran todo el veneno de mi aire y clima, y me hicieran por ello mejor y más puro con su vecindad, de modo que yo no lo perdiera todo. Eso no es verdad, pero de esto puede haber algo: que la bondad es más hermosa y atractiva cuando es rara, y que la contrariedad y diversidad endurecen y concentran en uno el bien obrar y lo inflaman por los celos de la oposición y por la gloria. Los ladrones, por su gracia, no me tienen inquina particular. ¿No hago yo lo mismo con ellos? Habría demasiada gente a la que debería tenerla. Conciencias parecidas habitan bajo diversas clases de ropas. Igual crueldad, deslealtad, robo. Y tanto más malos cuanto son más cobardes, más seguros y más ocultos bajo la sombra de las leyes. Odio menos la injuria declarada que la traidora; la guerrera que la pacífica y jurídica. Nuestra fiebre ha sobrevenido en un cuerpo que apenas ha empeorado con ella. El fuego estaba allí, la llama ha prendido en él. El ruido es mayor; el mal, escaso. Respondo habitualmente a quienes me preguntan la razón de mis viajes: que sé bien de qué huyo, pero no lo que busco. Si me dicen que entre los extranjeros puede haber tan poca salud, y que sus costumbres no son más limpias que las nuestras, respondo en primer lugar que es difícil:
¡Tan múltiple es el rostro del crimen! En segundo lugar, que siempre es ganancia cambiar un mal estado por uno incierto. Y que los males ajenos no deben herirnos como los nuestros.
No quiero olvidar esto: que nunca me rebelo tanto contra Francia que no mire París con buenos ojos. Tiene mi corazón desde mi infancia. Y me ha ocurrido con ella como con las cosas excelentes: cuantas más otras ciudades hermosas he visto después, más la belleza de ésta puede y gana sobre mi afecto. La amo por ella misma, y más en su ser solo que recargada de pompa extranjera. La amo tiernamente, hasta sus verrugas y manchas. Solo soy francés por esta gran ciudad, grande en pueblos, grande en la felicidad de su emplazamiento; pero sobre todo grande, e incomparable en variedad y diversidad de comodidades, la gloria de Francia y uno de los más nobles ornamentos del mundo. Dios aleje lejos nuestras divisiones. Entera y unida, la encuentro defendida de toda otra violencia. Le advierto que de todos los bandos, el peor será el que la ponga en discordia. Y no temo por ella sino ella misma. Y temo por ella tanto, ciertamente, como por cualquier otra parte de este estado. Mientras dure, no me faltará refugio donde dar mis ladridos, suficiente para hacerme perder la añoranza de todo otro refugio.
No porque Sócrates lo haya dicho, sino porque en verdad es mi humor, y quizá no sin cierto exceso, estimo a todos los hombres mis compatriotas, y abrazo a un polaco como a un francés, posponiendo ese vínculo nacional al universal y común. No estoy muy prendado de la dulzura de un aire natural. Los conocimientos completamente nuevos y totalmente míos me parecen valer tanto como esos otros conocimientos comunes y fortuitos de la vecindad. Las amistades puras de nuestra adquisición superan ordinariamente aquellas a las que la comunicación del clima o de la sangre nos une. La naturaleza nos puso en el mundo libres y desatados; nosotros nos aprisionamos en ciertos estrechos, como los reyes de Persia que se obligaban a no beber nunca otra agua que la del río Coaspes, renunciaban por necedad a su derecho de uso en todas las demás aguas, y secaban por lo que a ellos respecta todo el resto del mundo. Lo que Sócrates hizo al final, de estimar una sentencia de exilio peor que una sentencia de muerte contra él, yo no seré, en mi opinión, jamás ni tan débil ni tan estrechamente habituado a mi país como para hacerlo. Esas vidas celestiales tienen suficientes imágenes que yo abrazo por estima más que por afecto. Y tienen también algunas tan elevadas y extraordinarias que ni por estima puedo abrazarlas, puesto que no puedo concebirlas. Ese humor fue muy delicado en un hombre que juzgaba al mundo su ciudad. Es cierto que desdeñaba las peregrinaciones y apenas había puesto el pie fuera del territorio de Ática. ¿Qué decir, cuando lamentaba el dinero de sus amigos para liberar su vida, y se negó a salir de prisión por mediación de otros, para no desobedecer a las leyes en un tiempo en que por otra parte estaban tan corrompidas? Estos ejemplos son de la primera especie para mí. De la segunda especie hay otros que podría encontrar en ese mismo personaje. Varios de esos ejemplos raros sobrepasan la fuerza de mi acción; pero algunos sobrepasan aún la fuerza de mi juicio.
Además de estas razones, viajar me parece un ejercicio provechoso. El alma tiene en él una ejercitación continua al observar cosas desconocidas y nuevas. Y no conozco mejor escuela, como he dicho con frecuencia, para formar la vida, que proponerle incesantemente la diversidad de tantas otras vidas, fantasías y costumbres, y hacerle gustar una tan perpetua variedad de formas de nuestra naturaleza. El cuerpo no está ni ocioso ni trabajado en exceso; y esa moderada agitación lo mantiene en forma. Me sostengo a caballo sin desmontar, por cólico que esté, y sin aburrirme, ocho y diez horas,
===FIN===
Fuerzas más allá de la suerte de la vejez. Ninguna estación me es enemiga, salvo el calor áspero de un sol abrasador. Pues las sombrillas que, desde los antiguos romanos, Italia emplea, cargan más los brazos de lo que descargan la cabeza. Me gustaría saber qué ingenio era el de los persas, tan antiguamente y en el nacimiento del lujo, para procurarse viento fresco y sombras donde se encontraran, como dice Jenofonte. Me gustan las lluvias y el lodo como los patos. La mudanza de aire y de clima no me afecta en absoluto. Cualquier cielo me vale. Solo me golpean las alteraciones internas que produzco en mí mismo, y esas me ocurren menos cuando viajo. Me cuesta echarme a andar, pero una vez en camino, voy cuanto se quiera. Me esfuerzo tanto en las pequeñas empresas como en las grandes, y me preparo para hacer una jornada y visitar a un vecino lo mismo que para un viaje largo. He aprendido a hacer mis jornadas a la española, de un tirón: jornadas grandes y razonables. Y en los calores extremos, las hago de noche, desde la puesta del sol hasta el amanecer. La otra manera de comer en el camino, en tumulto y prisa, para el almuerzo, especialmente en los días cortos, es incómoda. Mis caballos están mejor por ello. Jamás me ha fallado caballo que haya podido hacer conmigo la primera jornada. Los abrevo en todas partes y solo me fijo en que tengan suficiente camino por delante para asentar el agua. La pereza de levantarme da tiempo a quienes me acompañan para almorzar a gusto antes de partir. En cuanto a mí, nunca como demasiado tarde: el apetito me viene comiendo, y de ningún otro modo; no tengo hambre sino en la mesa.
Algunos se quejan de que haya continuado este ejercicio estando casado y viejo. Se equivocan. Es mejor momento para abandonar la casa cuando la has puesto en marcha para continuar sin ti, cuando has dejado en ella un orden que no desmiente su forma pasada. Es mucha más imprudencia alejarse dejando en tu casa una guardia menos fiel y que tenga menos cuidado de proveer a tu necesidad.
La ciencia y ocupación más útil y honrosa para una madre de familia es la ciencia del gobierno doméstico. Veo algunas avaras; administradoras, muy pocas. Es su cualidad principal, y la que debe buscarse ante cualquier otra, como la única dote que sirve para arruinar o salvar nuestras casas. Que no me hablen de otra cosa: según lo que la experiencia me ha enseñado, requiero de una mujer casada, por encima de cualquier otra virtud, la virtud económica. Yo la pongo en práctica dejándole, con mi ausencia, todo el gobierno en sus manos. Veo con desprecio en muchos hogares al señor volver malhumorado y todo refunfuñando del ajetreo de los asuntos, hacia mediodía, cuando la señora aún está peinándose y acicalándose en su gabinete. Eso es cosa de reinas, aunque tampoco lo sé. Es ridículo e injusto que la ociosidad de nuestras mujeres sea mantenida con nuestro sudor y trabajo. No ocurrirá, si depende de mí, que nadie tenga el uso de sus bienes más líquido que yo, más tranquilo y más libre. Si el marido proporciona la materia, la Naturaleza misma quiere que ellas proporcionen la forma.
En cuanto a los deberes de la amistad marital, que se cree que se ven perjudicados por esta ausencia: no lo creo. Al contrario, es un entendimiento que se enfría fácilmente con una asistencia demasiado continua, y que la asiduidad daña. Toda mujer ajena nos parece mujer honesta. Y cada uno siente por experiencia que la continuidad de verse no puede representar el placer que se siente al separarse y volver a encontrarse por sacudidas. Estas interrupciones me llenan de un amor reciente hacia los míos y me devuelven el uso de mi casa más dulce; la alternancia calienta mi apetito, hacia uno y luego hacia el otro bando. Sé que la amistad tiene brazos bastante largos para sostenerse y unirse de un rincón del mundo al otro, y especialmente esta, donde hay una continua comunicación de servicios que despiertan la obligación y el recuerdo. Los estoicos dicen bien que hay tan grande conexión y relación entre los sabios que quien cena en Francia alimenta a su compañero en Egipto; y quien solo extiende su dedo, dondequiera que sea, todos los sabios que están sobre la tierra habitable sienten su ayuda. El goce y la posesión pertenecen principalmente a la imaginación. Ella abraza más calurosamente y más continuamente lo que va a buscar que lo que tocamos. Cuenta tus ocupaciones diarias; encontrarás que estás entonces más ausente de tu amigo cuando está presente. Su presencia relaja tu atención y da libertad a tu pensamiento de ausentarse a cualquier hora, por cualquier ocasión. Desde Roma, sostengo y rijo mi casa y las comodidades que dejé en ella: veo crecer mis muros, mis árboles y mis rentas, y decrecer, con dos dedos de diferencia, como cuando estoy allí,
«Ante mis ojos vaga mi casa, vaga la forma de los lugares». Si solo gozamos de lo que tocamos, adiós nuestros escudos cuando están en nuestros cofres, y nuestros hijos si están de caza. Los queremos más cerca. ¿El jardín está lejos? ¿A media jornada? ¿Qué, diez leguas es lejos o cerca? Si es cerca: ¿qué, once, doce, trece? Y así, paso a paso. Verdaderamente, aquella que sepa prescribir a su marido cuántos pasos termina el cerca y cuántos pasos da comienzo al lejos, soy de opinión que lo detenga en medio.
«Que el límite excluya las disputas. Uso del permiso, y como pelos de cola de caballo, los arranco poco a poco: y quito uno, quito también otro, hasta que cae engañado el montón que se derrumba».
Y que llamen valientemente a la filosofía en su ayuda. A quien se le podría reprochar, puesto que no ve ninguno de los dos extremos de la juntura entre el mucho y el poco, lo largo y lo corto, lo ligero y lo pesado, lo cerca y lo lejos; puesto que no reconoce de ello ni el comienzo ni el fin, que juzga muy inciertamente el medio. «La naturaleza de las cosas no nos ha dado conocimiento de los límites». ¿Acaso no son aún mujeres y amigas de los difuntos, que no están al final de este mundo sino en el otro? Abrazamos tanto a quienes han sido como a quienes aún no son, no solo a los ausentes. No hemos hecho trato, al casarnos, de estar continuamente acoplados el uno al otro, como no sé qué pequeños animales que vemos, o como los embrujados de Karenty, de manera perruna. Y no debe una mujer tener los ojos tan golosamente fijos en el frente de su marido que no pueda ver la parte trasera, cuando sea necesario. Pero esta frase de aquel pintor tan excelente de sus humores, ¿no vendría bien aquí para representar la causa de sus quejas?
«Esposa, si te demoras, piensa o que tú la amas, o que tú eres amado, o que bebes, o que te complaces a ti mismo, y que tú solo estás bien cuando ella está mal».
¿O no será acaso que por sí mismas la oposición y la contradicción las mantienen y alimentan, y que se acomodan bastante, con tal de que te incomoden a ti? En la verdadera amistad, de la cual tengo experiencia, me doy a mi amigo más de lo que lo atraigo hacia mí. No solo amo más hacerle bien que si él me lo hiciera a mí, sino que todavía prefiero que se lo haga a él antes que a mí: me hace entonces el mayor bien cuando se lo hace a sí mismo. Y si la ausencia le es placentera o útil, me resulta mucho más dulce que su presencia; y no es propiamente ausencia cuando hay medio de comunicarnos. Antaño saqué provecho y comodidad de nuestro alejamiento. Llenábamos mejor y extendíamos la posesión de la vida separándonos: él vivía, gozaba, veía por mí, y yo por él, tan plenamente como si hubiera estado allí; una parte quedaba ociosa cuando estábamos juntos: nos confundíamos. La separación del lugar hacía más rica la unión de nuestras voluntades. Esa hambre insaciable de la presencia corporal delata un poco la debilidad en el goce de las almas.
En cuanto a la vejez que se me alega; al contrario: es la juventud la que debe someterse a las opiniones comunes y contenerse por los demás. Ella puede satisfacer a ambos, al pueblo y a sí misma; nosotros tenemos ya bastante que hacer con nosotros solos. A medida que nos faltan las comodidades naturales, sostengámonos con las artificiales. Es injusto excusar a la juventud de seguir sus placeres y prohibir a la vejez buscarlos. Joven, cubría mis pasiones alegres de prudencia; viejo, condimento las tristes de libertinaje. Las leyes platónicas prohíben viajar antes de los cuarenta o cincuenta años, para hacer el viaje más útil e instructivo. Consentiría más voluntariamente en ese otro segundo artículo de las mismas leyes, que lo prohíbe después de los sesenta. Pero a tal edad, nunca volverías de un camino tan largo. ¿Qué me importa? No lo emprendo ni para volver de él ni para acabarlo. Solo emprendo moverme mientras el movimiento me place, y paseo para pasear. Quienes corren tras un beneficio o una liebre no corren. Los que corren son quienes corren a las barras y para ejercitar su carrera. Mi designio es divisible por todas partes, no se funda en grandes esperanzas: cada jornada marca su fin. Y el viaje de mi vida se conduce del mismo modo. He visto, sin embargo, bastantes lugares alejados donde hubiera deseado que me detuvieran. ¿Por qué no, si Crisipo, Cleantes, Diógenes, Zenón, Antípatro, tantos hombres sabios de la secta más austera, abandonaron bien su país sin ocasión alguna de quejarse de él, y solo por el goce de otro aire? Ciertamente el mayor disgusto de mis viajes es que no pueda llevar allí esta resolución de establecer mi morada donde me guste. Y que deba siempre proponerme volver, para acomodarme a los humores comunes.
Si temiera morir en otro lugar que el de mi nacimiento; si pensara morir menos a gusto, lejos de los míos, apenas saldría de Francia, no saldría sin pavor de mi parroquia. Siento la muerte que me pellizca continuamente la garganta o los riñones. Pero estoy hecho de otra manera: me es igual por todas partes. Si tuviera que elegir, sin embargo: sería, creo, más bien a caballo que en un lecho; fuera de mi casa y lejos de los míos. Hay más desgarro que consuelo en despedirse de los amigos. Olvido voluntariamente este deber de nuestro trato. Pues de los oficios de la amistad, ese es el único desagradable; y olvidaría igualmente voluntariamente decir ese grande y eterno adiós. Si se saca alguna comodidad de esta asistencia, se sacan cien incomodidades. He visto a varios morir muy lastimosamente, asediados por todo ese séquito: esa muchedumbre los sofoca. Es contrario al deber, y es testimonio de poco afecto y poco cuidado, dejarte morir en reposo. Uno te atormenta los ojos, otro las orejas, otro la boca: no hay sentido ni miembro que no te destrocen. El corazón se te encoge de piedad al oír las quejas de los amigos; y de despecho quizá, al oír otras quejas fingidas y simuladas. Quien ha tenido siempre el gusto delicado, debilitado, lo tiene aún más.
Le hace falta en tan grande necesidad una mano suave y acomodada a su sentimiento para rascarlo justamente donde le pica. O que no lo rasquen en absoluto. Si necesitamos una comadrona para venir al mundo, bien necesitamos un hombre aún más sabio para salir de él. Tal, y amigo, habría que comprarlo bien caro para el servicio de tal ocasión. No he llegado a ese vigor desdeñoso que se fortifica en sí mismo, que nada ayuda ni turba; estoy un punto más bajo. Busco escabullirme y hurtarme de ese trance: no por miedo, sino por arte. No es mi intención hacer en esta acción prueba o muestra de mi constancia. ¿Para quién? Entonces cesará todo el derecho y el interés que tengo en la reputación. Me contento con una muerte recogida en sí, quieta y solitaria, toda mía, conveniente a mi vida retirada y privada. Al contrario de la superstición romana, donde se estimaba desgraciado al que moría sin hablar y que no tenía a sus más allegados para cerrarle los ojos. Tengo bastante que hacer en consolarme sin tener que consolar a otros; bastantes pensamientos en la cabeza sin que las circunstancias me traigan nuevos; y bastante materia para entretenerme sin pedirla prestada. Esta parte no es del papel de la sociedad: es el acto de un solo personaje. Vivamos y riamos entre los nuestros, vayamos a morir y a gruñir entre desconocidos. Se encuentra pagando quien te vuelve la cabeza y quien te frota los pies; que no te aprieta sino cuanto quieres, presentándote un rostro indiferente, dejándote gobernarte y quejarte a tu modo.
Me deshago cada día mediante la reflexión de ese humor pueril e inhumano que hace que deseemos despertar por nuestros males la compasión y el duelo en nuestros amigos. Hacemos valer nuestros inconvenientes más allá de su medida para atraer sus lágrimas. Y la firmeza que alabamos en cada uno al soportar su mala fortuna, la acusamos y reprochamos a nuestros allegados cuando se trata de la nuestra. No nos contentamos con que sientan nuestros males si no se afligen también por ellos. Hay que extender la alegría, pero recortar cuanto se pueda la tristeza. Quien se hace compadecer sin razón es hombre para no ser compadecido cuando la razón lo exija. Es para no ser jamás compadecido quejarse siempre; haciendo tan a menudo el lastimoso, no se es digno de lástima para nadie. Quien se hace el muerto en vida está sujeto a ser tenido por vivo muriendo. He visto a algunos enfadarse de que se les hallara el rostro fresco y el pulso sosegado; contener su risa porque traicionaba su curación; y odiar la salud porque no era lamentable. Y lo que es más, no eran mujeres. Represento mis enfermedades, en su mayor parte, tales como son, y evito las palabras de mal pronóstico y las exclamaciones artificiosas. Si no la alegría, al menos la continencia serena de los asistentes es apropiada junto a un sabio enfermo. Por verse en un estado contrario, no entra en querella con la salud. Le place contemplarla en otros, fuerte y entera, y gozar de ella al menos por compañía. Por sentirse desfallecer gradualmente, no rechaza del todo los pensamientos de la vida ni huye de las conversaciones comunes. Quiero estudiar la enfermedad cuando estoy sano; cuando está presente, ella hace su impresión bien real sin que mi imaginación la ayude. Nos preparamos de antemano para los viajes que emprendemos y estamos resueltos a ellos; la hora en que debemos montar a caballo la damos a la asistencia, y en su favor la prolongamos.
Siento este provecho inesperado de la publicación de mis costumbres: que me sirve en cierto modo de regla. Me viene a veces alguna consideración de no traicionar la historia de mi vida. Esta declaración pública me obliga a mantenerme en mi ruta y a no desmentir la imagen de mis condiciones, comúnmente menos desfiguradas y contradichas de lo que comportan la malignidad y enfermedad de los juicios de hoy. La uniformidad y sencillez de mis costumbres producen bien un rostro de fácil interpretación, pero porque la manera es un poco nueva y fuera de uso, da demasiado buen juego a la maledicencia. Con todo, es cierto que a quien quiera lealmente injuriarme, me parece que le proporciono bien suficientemente dónde morder en mis imperfecciones confesadas y conocidas, y con qué saciarse sin escaramuzar al viento. Si por preocupar yo mismo la acusación y el descubrimiento le parece que le desafilo su mordedura, es razón que tome su derecho hacia la amplificación y extensión. La ofensa tiene sus derechos más allá de la justicia. Y que los vicios de los cuales le muestro las raíces en mí, los engrose en árboles. Que emplee no solo los que me poseen, sino también los que solo me amenazan. Viciosos vicios, y en calidad y en número. Que me golpee por ahí. Abrazaría voluntariamente el ejemplo del filósofo Dión. Antígono quería pincharlo sobre el tema de su origen. Él le cortó el pico: «Soy», dijo, «hijo de un siervo, carnicero, estigmatizado, y de una puta, a quien mi padre desposó por la bajeza de su fortuna. Ambos fueron castigados por algún delito. Un orador me compró de niño, hallándome hermoso y agraciado, y me dejó al morir todos sus bienes; los cuales habiendo transportado a esta ciudad de Atenas, me he dedicado a la filosofía. Que los historiadores no se afanen en buscar noticias de mí: yo les diré lo que hay». La confesión generosa y libre debilita el reproche y desarma la injuria. En fin, todo considerado, me parece que tan a menudo se me alaba como se me desprecia más allá de la razón. Como me parece también que desde mi infancia, en rango y grado de honor, se me ha dado lugar más bien por encima que por debajo de lo que me pertenece. Me hallaría mejor en un país donde esos órdenes fueran o regulados o menospreciados. Entre los hombres, desde que la disputa de la preeminencia al andar o al sentarse pasa de tres réplicas, es incivil. No temo ceder o preceder inicuamente para huir de tan importuna contienda. Y jamás hombre alguno ha tenido envidia de mi precedencia a quien no se la haya cedido.
Además de este provecho que saco de escribir sobre mí, he esperado este otro: que si aconteciera que mis humores placieran y concordaran con algún hombre honesto antes de mi muerte, procuraría juntarse con nosotros. Le he dado mucho terreno ganado: pues todo lo que un largo conocimiento y familiaridad le hubiera podido adquirir en varios años, lo ha visto en tres días en este registro, y más segura y exactamente. Placentera fantasía: varias cosas que no querría decir en particular, las digo al público. Y sobre mis más secretas ciencias y pensamientos, remito a una tienda de librero a mis amigos más fieles.
Exponemos nuestras entrañas. Si con tan buenas señales hubiese conocido a alguien que me fuera apropiado, ciertamente lo habría ido a buscar bien lejos. Pues la dulzura de una compañía compatible y agradable no puede pagarse lo bastante, a mi modo de ver. ¡Oh, qué es un amigo! ¡Cuán cierta es aquella antigua sentencia de que el trato con él es más necesario y más dulce que el de los elementos del agua y del fuego! Mas volviendo a mi relato. Así pues, no hay mucho mal en morir lejos y apartado. Estimamos incluso que debemos retirarnos para actos naturales menos desagradables que este y menos horrendos. Pero aun aquellos que llegan a arrastrar lánguidos un largo espacio de vida, no deberían quizá desear hacer partícipe de su miseria a toda una familia. Por eso los indios de cierta provincia consideraban justo matar a quien hubiera caído en tal necesidad. En otra de sus provincias lo abandonaban solo para que se salvase como pudiese. ¿A quién no se vuelven en fin molestos e insoportables? Los deberes comunes no llegan hasta ese punto. Enseñas por fuerza la crueldad a tus mejores amigos endureciendo a mujer e hijos, por el largo uso, a no sentir ni compadecer ya tus males. Los suspiros de mi cólico ya no causan desazón a nadie. Y cuando obtuviéramos algún placer de su trato (lo cual no sucede siempre, debido a la disparidad de condiciones, que produce fácilmente desprecio o envidia hacia quien sea), ¿no es demasiado abusar de ello durante toda una edad?
Cuanto más los viera esforzarse de buen corazón por mí, más compadecería su pena. Tenemos derecho a apoyarnos, pero no a echarnos tan pesadamente sobre otros, ni a sostennos en su ruina. Como aquel que hacía degollar a niños pequeños para usar su sangre para curar una enfermedad suya. O ese otro a quien le proporcionaban jóvenes tiernos para que calentasen por la noche sus viejos miembros y mezclaran la dulzura de su aliento con el suyo, agrio y pestilente. La decrepitud es cualidad solitaria. Soy sociable hasta el exceso. Pero me parece razonable que de ahora en adelante sustraiga a la vista del mundo mi importunidad, y la cobije yo solo. Que me repliegue y me recoja en mi caparazón, como las tortugas; que aprenda a ver a los hombres sin aferrarme a ellos. Les haría agravio en un paso tan penoso. Es tiempo de dar la espalda a la compañía. Pero en esos viajes te verás detenido miserablemente en un escondrijo donde todo te faltará. La mayor parte de las cosas necesarias las llevo conmigo. Y además, no podemos evitar a la Fortuna si emprende perseguirnos. No necesito nada extraordinario cuando estoy enfermo. Lo que la Naturaleza no puede hacer en mí, no quiero que lo haga un brebaje. Al comienzo mismo de mis fiebres y de las enfermedades que me postran, estando aún entero y próximo a la salud, me reconcilio con Dios mediante los últimos oficios cristianos.
Y me siento más libre y descargado, pareciéndome tener así mejor razón de la enfermedad. De notario y de consejo necesito menos que de médicos. Lo que no habré establecido de mis asuntos estando sano, que nadie espere que lo haga estando enfermo. Lo que quiero hacer para el servicio de la muerte, está siempre hecho. No me atrevería a aplazarlo un solo día. Y si no hay nada hecho, es decir, o bien que la duda me habrá retardado la elección —pues a veces es acertado elegir no elegir—, o bien que del todo no habré querido hacer nada. Escribo mi libro para pocos hombres y para pocos años. Si hubiera sido una materia de duración, habría sido preciso confiarlo a un lenguaje más firme. Según la variación continua que ha seguido el nuestro hasta esta hora, ¿quién puede esperar que su forma presente esté en uso dentro de cincuenta años? Se nos escurre cada día de las manos y desde que vivo se ha alterado a la mitad. Decimos que está ahora perfecto. Otro tanto dice del suyo cada siglo. No puedo retenerlo ahí mientras huya y siga deformándose como hace. Corresponde a los escritos buenos y útiles clavarlo a ellos, y su crédito irá según la fortuna de nuestro estado. Por eso no temo insertar en él varios artículos privados que consumen su uso entre los hombres que viven hoy, y que tocan el conocimiento particular de algunos que verán en ellos más allá que la inteligencia común.
No quiero, después de todo, como veo a menudo agitar la memoria de los difuntos, que se vaya debatiendo: Juzgaba, vivía así; quería esto; si hubiese hablado al final habría dicho, habría dado; yo lo conocía mejor que ningún otro. Ahora bien, cuanto la decencia me lo permite, hago aquí sentir mis inclinaciones y afectos. Pero más libremente y más voluntariamente lo hago de viva voz a quienquiera que desee estar informado de ello. En todo caso, en estas memorias, si se las examina, se encontrará que lo he dicho todo o todo lo he señalado. Lo que no puedo expresar, lo señalo con el dedo.
«Pero estos pequeños vestigios son suficientes para un ánimo sagaz, por los cuales puedas tú mismo conocer el resto».
No dejo nada que desear ni adivinar de mí. Si se ha de hablar de mí, quiero que sea verdadera y justamente. Volvería voluntariamente del otro mundo para desmentir a quien me formase distinto de lo que fui, aunque fuera para honrarme. De los vivos mismos siento que se habla siempre de otro modo que lo que son. Y si a toda costa no hubiese defendido a un amigo que he perdido, me lo habrían desgarrado en mil rostros contrarios. Para acabar de decir mis débiles humores: confieso que al viajar apenas llego a un alojamiento sin que me pase por la imaginación si podría estar allí enfermo y morir a mi gusto. Quiero estar alojado en lugar que me sea muy particular, sin ruido, ni maloliente, ni humeante, ni sofocante. Busco halagar a la muerte mediante estas frívolas circunstancias. O, por mejor decirlo, descargarme de todo otro impedimento, a fin de que no tenga más que esperarla a ella, que pesará sobre mí voluntariamente bastante sin otra recarga. Quiero que tenga su parte en el desahogo y comodidad de mi vida. Es un gran trozo de ella, y de importancia, y espero de ahora en adelante que no desmentirá el pasado. La muerte tiene formas más fáciles unas que otras, y toma diversas cualidades según la fantasía de cada uno.
Entre las naturales, la que viene de debilitamiento y pesadez me parece blanda y dulce. Entre las violentas, imagino más difícilmente un precipicio que una ruina que me aplaste, y un golpe cortante de espada que un arcabuzazo; y habría bebido antes el brebaje de Sócrates que golpearme como Catón. Y aunque sea lo mismo, mi imaginación siente diferencia, como de la muerte a la vida, entre arrojarme en un horno ardiente o en el canal de un río llano. Tan neciamente nuestro temor mira más al medio que al efecto. No es más que un instante; pero es de tal peso que daría voluntariamente varios días de mi vida por pasarlo a mi modo. Puesto que la fantasía de cada uno encuentra del más y del menos en su agudeza; puesto que cada uno tiene alguna elección entre las formas de morir, ensayemos un poco más adelante en encontrar alguna descargada de todo desplacer. ¿No podría hacerse aun voluptuosa, como los agonizantes de Antonio y de Cleopatra? Dejo aparte los esfuerzos que producen la filosofía y la religión, ásperos y ejemplares. Pero entre los hombres de poco, se han encontrado, como un Petronio y un Tigelino en Roma, comprometidos a darse la muerte, que la han como adormecido por la molicie de sus preparativos. La han hecho deslizarse y escurrirse en medio de la lascivia de sus pasatiempos acostumbrados.
Entre mozas y buenos compañeros; ninguna palabra de consolación, ninguna mención de testamento, ninguna afectación ambiciosa de constancia, ningún discurso de su condición futura; en medio de juegos, festines, chanzas, conversaciones comunes y populares, y la música, y versos amorosos. ¿No podríamos imitar esta resolución en una actitud más honesta? Puesto que hay muertes buenas para los locos, buenas para los sabios, encontremos algunas que sean buenas para los de en medio. Mi imaginación me presenta algún rostro fácil de ella, y, puesto que hay que morir, deseable. Los tiranos romanos pensaban dar la vida al criminal a quien daban la elección de su muerte. Pero Teofrasto, filósofo tan delicado, tan modesto, tan sabio, ¿no fue acaso forzado por la razón a osar decir este verso latinizado por Cicerón:
La fortuna rige la vida, no la sabiduría. La fortuna ayuda a la facilidad del comercio de mi vida: la ha colocado en tal punto que ya no supone ni necesidad para los míos ni estorbo. Es una condición que habría aceptado en todas las etapas de mi edad, pero en esta ocasión de recoger mis migajas y hacer el equipaje, me place más particularmente no aportarles ni placer ni disgusto al morir. Ella ha hecho, con una artística compensación, que quienes pueden pretender algún fruto material de mi muerte reciban de otro lado, conjuntamente, una pérdida material. La muerte a menudo se nos hace más pesada porque pesa sobre los demás, y nos afecta su interés casi tanto como el nuestro, y más, y del todo a veces. En esta comodidad de alojamiento que busco, no mezclo la pompa y la amplitud: más bien las odio; sino cierta propiedad simple, que se encuentra más a menudo en los lugares donde hay menos artificio, y que la Naturaleza honra con alguna gracia toda suya. No un banquete suntuoso sino aseado. Más sal que gasto. Y además, es cosa de quienes los negocios arrastran en pleno invierno por los Grisones, el verse sorprendidos en el camino en tal extremo. Yo, que viajo las más veces por mi placer, no me guío tan mal.
Si hace mal tiempo a la derecha, tomo a la izquierda; si me encuentro mal dispuesto para montar a caballo, me detengo. Y haciendo así, a decir verdad no veo nada que no sea tan placentero y cómodo como mi casa. Es cierto que encuentro lo superfluo siempre superfluo, y percibo estorbo hasta en la delicadeza y en la abundancia. ¿He dejado algo por ver detrás de mí? Vuelvo allí: siempre es mi camino. No trazo ninguna línea cierta, ni recta ni curva. ¿No encuentro donde voy lo que me habían dicho? Como sucede a menudo que los juicios de otros no concuerdan con los míos, y los he encontrado la mayoría de las veces falsos: no lamento mi esfuerzo; he aprendido que lo que se decía no está allí. Tengo la complexión del cuerpo libre y el gusto común, tanto como hombre alguno del mundo. La diversidad de maneras de una nación a otra no me afecta más que por el placer de la variedad. Cada uso tiene su razón. Sean platos de estaño, de madera, de barro; hervido o asado; mantequilla o aceite, de nuez o de oliva, caliente o frío, todo me da igual. Y tan igual, que envejeciendo acuso esta generosa facultad, y necesitaría que la delicadeza y la elección frenaran la indiscreción de mi apetito y a veces aliviaran mi estómago.
Cuando he estado en otro sitio que no fuera Francia y, por hacerme cortesía, me han preguntado si quería ser servido a la francesa, me he burlado de ello y siempre me he lanzado a las mesas más repletas de extranjeros. Me avergüenza ver a nuestros hombres embriagados de ese necio humor de asustarse de las formas contrarias a las suyas. Les parece estar fuera de su elemento cuando están fuera de su pueblo. Dondequiera que vayan, se aferran a sus maneras y aborrecen las extranjeras. ¿Encuentran a un compatriota en Hungría? Celebran esa fortuna: helos ahí uniéndose y reencontrándose; a condenar tantas costumbres bárbaras como ven. ¿Por qué no bárbaras, puesto que no son francesas? Aun así son los más hábiles quienes las han reconocido para criticarlas. La mayoría solo van para volver. Viajan cubiertos y encerrados en una prudencia taciturna e incomunicable, defendiéndose del contagio de un aire desconocido. Lo que digo de esos me recordaba, en cosa semejante, lo que a veces he percibido en algunos de nuestros jóvenes cortesanos. Solo se relacionan con hombres de su clase; nos miran como gente del otro mundo, con desdén o piedad. Quitadles las conversaciones de los misterios de la corte, están fuera de su terreno. Tan novatos para nosotros e inhábiles como nosotros lo somos para ellos. Se dice bien que un hombre honesto es un hombre mezclado.
Yo, al contrario, peregino muy harto de nuestras maneras; no para buscar gascones en Sicilia, bastantes dejé en casa: busco más bien griegos y persas; me relaciono con ellos, los observo: ahí es donde me presto y donde me empleo. Y lo que es más, me parece que apenas he encontrado maneras que no valgan las nuestras. Doy pocas zancadas, pues apenas he perdido de vista mis veletas. Por lo demás, la mayoría de las compañías fortuitas que encuentras en el camino tienen más incomodidad que placer: no me apego a ellas, menos ahora que la vejez me particulariza y me separa algo de las formas comunes. Sufres por otro, u otro por ti. Uno y otro inconveniente son pesados, pero el último me parece todavía más rudo. Es una fortuna rara, pero de alivio inestimable, tener un hombre honesto, de entendimiento firme y de costumbres conformes a las tuyas, que guste de seguirte. He carecido de ello extremadamente en todos mis viajes. Pero tal compañía hay que haberla elegido y adquirido desde casa. Ningún placer tiene sabor para mí sin comunicación. No me viene siquiera un pensamiento garboso al alma sin que me fastidie haberlo producido solo y no teniendo a quién ofrecerlo. Si se me diera la sabiduría con esta excepción, que la conservara encerrada y no la enunciara, la rechazaría.
El otro la había elevado un tono por encima. Si le tocara al sabio esa vida en que, con la abundancia de todas las cosas, considerase y contemplase consigo mismo en suma tranquilidad todo lo digno de ser conocido, sin embargo si la soledad fuera tanta que no pudiese ver a ningún hombre, abandonaría la vida. Me agrada la opinión de Arquitas, de que sería desagradable incluso en el cielo pasear entre esos grandes y divinos cuerpos celestes sin la asistencia de un compañero. Pero más vale estar solo que en compañía fastidiosa e inepta. Aristipo gustaba de vivir extranjero en todas partes,
A mí, si los hados me permitieran conducir la vida bajo mis auspicios,
elegiría pasarla con el trasero en la silla:
Deseoso de ver por dónde se desencadenan los fuegos, por dónde las nieblas y los rocíos lluviosos.
¿No tenéis pasatiempos más fáciles? ¿De qué carecéis? ¿No está vuestra casa en aire bueno y sano, suficientemente provista y capaz más que suficientemente? La majestad real estuvo allí más de una vez en su pompa. ¿Vuestra familia no deja por debajo de ella, en orden, más de lo que tiene por encima en eminencia? ¿Hay algún pensamiento local que os ulcere, extraordinario, indigerible?
«¿Qué es lo que ahora la cuece y atormenta clavado en su pecho?» ¿Dónde creéis poder estar sin impedimento y sin estorbo? «Nunca la fortuna favorece sin complicaciones.» Ved, pues, que solo vos mismo os estorbáis, y os seguiréis a todas partes, y os quejaréis en todas partes. Porque no hay satisfacción aquí abajo sino para las almas brutales o divinas. Quien no encuentra contento en una ocasión tan justa, ¿dónde piensa hallarlo? ¿Para cuántos millares de hombres sería vuestra condición la meta de sus deseos? Reformaos solamente, pues en eso podéis todo, mientras que frente a la fortuna solo tendréis derecho a la paciencia. «No hay reposo plácido sino el que compone la razón.» Veo la razón de esta advertencia, y la veo muy bien. Pero más rápido y más pertinentemente se habría hecho diciéndome en una sola palabra: Sé sabio. Esta resolución está más allá de la sabiduría: es su obra y su producción. Así hace el médico que va gritando tras un pobre enfermo lánguido que se alegre: le aconsejaría un poco menos ineptamente si le dijera: Sé sano. En cuanto a mí, no soy sino un hombre de la clase común. Es un precepto saludable, cierto y de fácil comprensión: Contentaos con lo vuestro, es decir, con la razón; sin embargo, su ejecución no está más al alcance de los más sabios que de mí. Es una expresión popular, pero tiene un alcance terrible. ¿Qué no comprende? Todas las cosas caen bajo la discreción y la moderación. Sé bien que, tomado al pie de la letra, este placer de viajar da testimonio de inquietud y de irresolución. También son esas nuestras cualidades rectoras y predominantes. Sí, lo confieso: no veo nada, ni siquiera en sueños y por deseo, donde pueda permanecer. Solo la variedad me satisface, y la posesión de la diversidad, si es que algo me satisface. Al viajar, eso mismo me alimenta: que puedo detenerme sin perjuicio y que tengo dónde distraerme cómodamente. Amo la vida privada porque es por mi elección que la amo, no por desacuerdo con la vida pública, que acaso es igual según mi temperamento. Sirvo a mi príncipe más alegremente porque es por libre elección de mi juicio y de mi razón, sin obligación particular, y porque no estoy rechazado ni forzado a ella por ser inadmisible para cualquier otro bando y mal visto. Así con el resto. Detesto los bocados que la necesidad me talla. Cualquier comodidad me cogería por la garganta si solo de ella tuviera que depender:
«Que un remo me raspe las aguas, el otro las arenas.» Una sola cuerda nunca me sujeta lo suficiente. Hay vanidad, decís, en esta distracción. ¿Pero dónde no la hay? Y estos bellos preceptos son vanidad, y vanidad toda la sabiduría. «El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos.» Estas sutilezas exquisitas solo son propias para la predicación. Son discursos que quieren enviarnos completamente armados al otro mundo. La vida es un movimiento material y corporal, acción imperfecta por su propia esencia y desordenada. Me dedico a servirla según ella misma.
«Cada uno sufrimos nuestros propios manes.» «Así debe hacerse: que contra la naturaleza universal nada forcemos; pero, conservada esta, sigamos la propia.» ¿Para qué estas puntas elevadas de la filosofía sobre las que ningún ser humano puede asentarse, y estas reglas que exceden nuestro uso y nuestra fuerza? A menudo veo que nos proponen imágenes de vida que ni el que las propone ni los oyentes tienen esperanza alguna de seguir, y lo que es más, deseo. Del mismo papel donde acaba de escribir la sentencia de condena contra un adúltero, el juez arranca un trozo para hacer un billete a la mujer de su compañero. Aquella con quien acabas de frotarte ilícitamente gritará más ásperamente, pronto, en tu misma presencia, contra una falta parecida de su compañera, que lo haría Porcia. Y tal hombre condena a otros a morir por crímenes que él no estima faltas. Vi en mi juventud a un galante hombre presentar con una mano al pueblo versos excelentes tanto en belleza como en desenfreno, y con la otra mano, en ese mismo instante, la reforma teológica más polémica de que el mundo se haya desengañado desde hace mucho tiempo. Así van los hombres. Se dejan las leyes y preceptos seguir su camino; nosotros llevamos otro. No solo por desorden de costumbres, sino a menudo por opinión y por juicio contrario. Escuchad leer un discurso de filosofía: la invención, la elocuencia, la pertinencia golpean inmediatamente vuestro espíritu y os conmueven. No hay nada que cosquillee o pique vuestra conciencia: no es a ella a quien se habla. ¿No es cierto? Así decía Aristón que ni un baño ni una lección son de provecho alguno si no limpian y no lavan. Uno puede detenerse en la corteza, pero es después de haber extraído la médula. Como después de haber bebido el buen vino de una bella copa, consideramos los grabados y la obra. En todas las escuelas de la filosofía antigua se encontrará esto: que un mismo autor publica reglas de templanza y publica al mismo tiempo escritos de amor y desenfreno. Y Jenofonte, en el regazo de Clinias, escribe contra la virtud aristípica. No es que haya una conversión milagrosa que los agite por oleadas. Sino que Solón se representa a veces a sí mismo, a veces en forma de legislador; a veces habla para la multitud, a veces para sí; y toma para sí las reglas libres y naturales, asegurándose una salud firme y entera.
«Que los enfermos dudosos sean curados por médicos mayores.» Antístenes permite al sabio amar y hacer a su modo lo que encuentre oportuno, sin atenerse a las leyes, pues tiene mejor juicio que ellas y más conocimiento de la virtud. Su discípulo Diógenes decía oponer a las perturbaciones la razón; a la fortuna, la confianza; a las leyes, la naturaleza. Para los estómagos delicados hacen falta prescripciones forzadas y artificiales. Los buenos estómagos se sirven simplemente de las prescripciones de su apetito natural. Así hacen nuestros médicos, que comen melón y beben vino fresco mientras mantienen a su paciente obligado al jarabe y a la papilla. No sé qué libros, decía la cortesana Lais, qué sapiencia, qué filosofía, pero esas gentes llaman a mi puerta tan a menudo como cualesquiera otros. Dado que nuestra licencia nos lleva siempre más allá de lo que nos es lícito y permitido, se han estrechado a menudo más allá de la razón universal los preceptos y leyes de nuestra vida.
«Nadie cree pecar tanto cuanto se le permite.»
Sería deseable que hubiera más proporción del mandamiento a la obediencia. Y parece injusta la meta que no se puede alcanzar. No hay hombre tan bueno que, si pusiera al examen de las leyes todas sus acciones y pensamientos, no fuera ahorcable diez veces en su vida. Incluso tal hombre que sería muy gran daño y muy injusto castigar y perder.
«Oye, ¿qué te importa a ti lo que él o ella haga con su piel?»
Y tal persona podría no ofender en nada las leyes, pero no merecería en absoluto la alabanza de hombre virtuoso: y a quien la filosofía muy justamente mandaría azotar. Tan turbulenta y desigual es esta relación. No podemos ser hombres de bien según Dios, ni siquiera sabríamos serlo según nosotros mismos. La sabiduría humana jamás ha cumplido los deberes que ella misma se ha prescrito. Y si alguna vez los hubiera cumplido, se prescribiría otros más allá, a los que siempre aspiraría y pretendería alcanzar. Tan enemiga de la consistencia es nuestra condición. El hombre se ordena a sí mismo estar necesariamente en falta. No es muy sensato ajustar su obligación a la razón de otro ser distinto del suyo. ¿A quién prescribe eso que espera que nadie haga? ¿Le resulta injusto no hacer aquello que le es imposible hacer? Las leyes que nos condenan a no poder, nos condenan por lo que no podemos. En el peor de los casos, esta deforme libertad de presentarse en dos sitios, y las acciones de una manera, los discursos de otra; sea permitida a aquellos que dicen las cosas. Pero no puede serlo para quienes se dicen a sí mismos, como hago yo. Tengo que ir con la pluma como con los pies. La vida común debe tener relación con las otras vidas. La virtud de Catón era vigorosa, más allá de la razón de su siglo: y para un hombre que se mezclaba en gobernar a otros, destinado al servicio común; podría decirse que era una justicia, si no injusta, al menos vana y fuera de temporada. Mis mismas costumbres, que no difieren de las que corren apenas en el ancho de un pulgar, me vuelven sin embargo un tanto arisco para mi edad, e insociable. No sé si me encuentro desencantado sin razón del mundo que frecuento; pero sé bien que sería sin razón si me quejara de que él está desencantado de mí, puesto que yo lo estoy de él. La virtud asignada a los asuntos del mundo es una virtud de muchos pliegues, esquinas y codos, para aplicarse y unirse a la debilidad humana: mezclada y artificial; no recta, limpia, constante, ni puramente inocente. Los anales todavía reprochan a uno de nuestros reyes haberse dejado llevar demasiado ingenuamente por las persuasiones escrupulosas de su confesor. Los asuntos de Estado tienen preceptos más audaces.
Salga de la corte quien quiera ser piadoso.
Antaño intenté emplear al servicio de los manejos públicos las opiniones y reglas de vivir, así de rudas, nuevas, toscas o sin pulir, tal como las tengo nacidas en mi casa, o traídas de mi educación y de las que me sirvo, si no tan cómodamente al menos con seguridad en particular: una virtud escolástica y novicia: las encontré ineptas y peligrosas. Quien va en la multitud, tiene que esquivar, que apretar los codos, que retroceder, o que avanzar, e incluso que abandonar el camino recto, según lo que encuentra. Que viva no tanto según sí mismo, sino según los demás: no según lo que se propone, sino según lo que le proponen: según el tiempo, según los hombres, según los asuntos. Platón dice que quien escapa con los pantalones limpios del manejo del mundo, es por milagro que escapa. Y dice también que cuando ordena a su filósofo como jefe de una ciudad, no entiende decirlo de una ciudad corrupta, como la de Atenas: y menos aún, como la nuestra, ante las cuales la sabiduría misma perdería su latín. Y una buena hierba, trasplantada a un suelo muy distinto a su condición, se acomoda mucho antes a aquel, que lo reforma a sí misma. Siento que si tuviera que prepararme del todo para tales ocupaciones, me haría falta mucho cambio y remiendos. Aunque pudiera hacerlo conmigo mismo, y ¿por qué no podría, con el tiempo y el cuidado? no querría. Por lo poco que me he ensayado en esta vocación; me he desencantado de ella. Siento humear en mi alma a veces algunas tentaciones hacia la ambición pero me resisto y me obstino al contrario:
At tu, Catulle, obstinatus obdura. Casi no se me llama, y yo tampoco me invito. La libertad y el ocio, que son mis cualidades principales, son cualidades diametralmente contrarias a ese oficio. No sabemos distinguir las facultades de los hombres. Tienen divisiones y límites difíciles de elegir y delicados. Concluir por la suficiencia de una vida particular alguna suficiencia para el uso público, es mal concluir. Tal se conduce bien, que no conduce bien a los otros: y hace Ensayos, quien no sabría hacer efectos. Tal dirige bien un asedio, que dirigiría mal una batalla: y discurre bien en privado, quien arengaría mal a un pueblo o a un príncipe. Incluso quizá sea más bien testimonio para quien puede lo uno, de no poder en absoluto lo otro, que al contrario. Encuentro que los espíritus elevados no son apenas menos aptos para las cosas bajas, que los espíritus bajos para las altas. ¿Era de creer que Sócrates hubiera dado a los atenienses materia de risa a sus expensas, por no haber sabido nunca contar los sufragios de su tribu, ni hacer el informe al consejo? Ciertamente la veneración en que tengo las perfecciones de este personaje merece que su fortuna provea a la excusa de mis principales imperfecciones un ejemplo tan magnífico. Nuestra suficiencia está dividida en menudas piezas. La mía no tiene ninguna amplitud, y además es pobre en número.
Saturnino, a quienes le habían conferido todo el mando: Compañeros, dijo, habéis perdido un buen capitán, por hacer de él un mal general de ejército. Quien se vanagloria, en un tiempo enfermo como este, de emplear al servicio del mundo una virtud ingenua y sincera o no la conoce, las opiniones se corrompen con las costumbres (de verdad, escúchales pintarla, escucha a la mayoría gloriarse de sus comportamientos, y formar sus reglas; en lugar de pintar la virtud, pintan la injusticia pura y el vicio: y la presentan así falsa a la instrucción de los príncipes) o si la conoce, se vanagloria sin razón y diga lo que diga, hace mil cosas de las que su conciencia le acusa. Yo creería de buena gana a Séneca acerca de la experiencia que tuvo en ocasión semejante, con tal de que quisiera hablarme a corazón abierto. La marca más honorable de bondad, en tal necesidad, es reconocer libremente su falta, y la de otro: apoyar y retardar con su poder la inclinación hacia el mal: seguir a disgusto esta pendiente, esperar mejor y desear mejor. Percibo en estos desmembramientos de Francia, y divisiones en que hemos caído, a cada cual trabajar por defender su causa: pero hasta los mejores, con disimulo y mentira. Quien escribiera sobre ello rotundamente, escribiría temerariamente y viciosamente.
El partido más justo, aun así es todavía el miembro de un cuerpo carcomido y podrido. Pero de tal cuerpo, el miembro menos enfermo se llama sano: y con razón, puesto que nuestras cualidades solo tienen título en la comparación. La inocencia civil se mide según los lugares y las estaciones. Me gustaría ver en Jenofonte una alabanza tal de Agesilao. Siendo rogado por un príncipe vecino, con quien había estado antaño en guerra, que le dejara pasar por sus tierras, se lo concedió: dándole paso a través del Peloponeso: y no solo no lo encarceló ni envenenó, teniéndolo a su merced: sino que lo acogió cortésmente, siguiendo la obligación de su promesa, sin hacerle ofensa. Para tales costumbres, eso no sería nada. En otra parte y en otro tiempo, se hará cuento de la franqueza y magnanimidad de tal acción. Estos babuinos con capuchas se habrían reído de ello. Tan poco se parece la inocencia espartana a la francesa. No dejamos de tener hombres virtuosos: pero es según nosotros. Quien tiene sus costumbres establecidas en regla por encima de su siglo: o que tuerza y embote sus reglas: o, lo que le aconsejo mejor, que se retire aparte y no se mezcle en absoluto con nosotros. ¿Qué ganaría con ello?
Si veo un varón egregio y santo, lo comparo con el monstruo bífido, con el niño, con los peces hallados bajo el arado que asombra, y con la mula preñada.
Se puede lamentar los mejores tiempos: pero no huir de los presentes: se puede desear otros magistrados, pero hay que no obstante obedecer a estos. Y quizá haya más recomendación en obedecer a los malos, que a los buenos. Mientras la imagen de las leyes recibidas y antiguas de esta monarquía brille en algún rincón, allí me planto. Si llegan por desgracia a contradecirse y estorbarse entre ellas, y producir dos partes, de elección dudosa y difícil: mi elección será voluntariamente esquivar y sustraerme de esa tempestad. La naturaleza podrá entretanto tenderme la mano: o los azares de la guerra. Entre César y Pompeyo, me habría declarado francamente. Pero entre esos tres ladrones que vinieron después, o habría sido necesario esconderse, o seguir el viento. Lo que estimo permitido, cuando la razón ya no guía.
¿Adónde te vas tan lejos? Este relleno está un poco fuera de mi tema. Me desvío, pero más por licencia que por descuido. Mis pensamientos se siguen unos a otros, aunque a veces de lejos, y se miran, pero con una mirada oblicua. He echado los ojos sobre cierto diálogo de Platón, mitad de una fantasía abigarrada: el principio sobre el amor, toda la parte baja sobre la retórica. Esos cambios no les dan miedo y tienen una gracia maravillosa al dejarse arrastrar así por el viento, o al parecerlo. Los títulos de mis capítulos no siempre abarcan la materia: a menudo la señalan solamente con alguna marca, como esos otros títulos «La Andria», «El Eunuco», o aquellos «Sila», «Cicerón», «Torcuato». Me gusta el paso poético, a saltos y brincos. Es un arte, como dice Platón, ligero, voluble, demoníaco. Hay obras en Plutarco donde olvida su tema, donde el propósito de su argumento sólo se encuentra de paso, todo ahogado en materia extraña. Mirad sus andanzas en «El demonio de Sócrates». ¡Oh Dios, qué belleza tienen esas alegres escapadas, esa variación, y más cuanto más se acerca a lo despreocupado y fortuito! Es el lector negligente quien pierde mi tema, no yo. Siempre se encontrará en algún rincón alguna palabra que no deja de bastar, por apretada que esté. Voy al cambio, indiscretamente y tumultuosamente: mi estilo y mi espíritu van vagabundeando igual.
Hay que tener un poco de locura quien no quiere tener más de tontería, dicen tanto los preceptos de nuestros maestros como, más aún, sus ejemplos. Mil poetas se arrastran y languidecen en lo prosaico, pero la mejor prosa antigua —y la siembro aquí indiferentemente como versos— reluce por todas partes con el vigor y la audacia poéticos, y representa cierto aire de su furor. Hay que cederle sin duda la maestría y la preeminencia en el habla. El poeta, dice Platón, sentado sobre el trípode de las Musas, vierte con furor todo lo que le viene a la boca, como la gárgola de una fuente, sin rumiarlo ni sopesarlo, y se le escapan cosas de diverso color, de sustancia contraria y de curso quebrado. Y la antigua teología es toda poesía, dicen los sabios, y la primera filosofía. Es el lenguaje original de los dioses. Entiendo que la materia se distingue por sí misma. Muestra bastante dónde cambia, dónde concluye, dónde comienza, dónde se reanuda, sin entrelazarla con palabras de enlace y costura introducidas para servicio de orejas débiles o descuidadas, y sin glosarme yo mismo. ¿Quién hay que no prefiera no ser leído antes que serlo durmiendo o huyendo? «Nada es tan útil que sirva de paso». Si tomar libros fuera aprenderlos, y si verlos fuera mirarlos y recorrerlos, aprehenderlos, tendría yo razón en hacerme del todo tan ignorante como digo.
Puesto que no puedo detener la atención del lector por el peso, «menos mal» si sucede que la detengo por mi enredo. Cierto, pero se arrepentirá después de haberse entretenido en ello. Es mi asunto; pero se habrá entretenido de todos modos. Y además hay humores así, para quienes la inteligencia resulta desdeñable: me estimarán más porque no saben lo que digo; concluirán la profundidad del sentido por la oscuridad. La cual, para hablar sinceramente, odio intensamente, y la evitaría si supiera evitarme. Aristóteles se jacta en algún lugar de buscarla. Viciosa afectación. Como el corte tan frecuente de capítulos que usaba al principio me ha parecido romper la atención antes de que nazca y disolverla —desdeñando acostarse para tan poco y recogerse—, me he puesto a hacerlos más largos, que requieren propósito y tiempo asignado. En tal ocupación, a quien no se quiere dar una sola hora, no se quiere dar nada. Y no se hace nada por aquel por quien sólo se hace mientras se hace otra cosa. Además, quizá tengo yo alguna obligación particular de decir sólo a medias, de decir confusamente, de decir discordantemente. Maldigo pues esa razón aguafiestas. Y esos proyectos extravagantes que atormentan la vida, y esas opiniones tan sutiles, aunque tengan algo de verdad, la encuentro demasiado cara y demasiado incómoda. Al contrario: me empleo en hacer valer la vanidad misma y la tontería, si no aportan placer. Y me dejo llevar por mis inclinaciones naturales sin controlarlas tan de cerca.
He visto en otros lugares casas arruinadas, y estatuas, y el cielo y la tierra: siempre son hombres. Todo eso es verdad; y sin embargo no sabría volver a ver tan a menudo la tumba de esa ciudad, tan grande y tan poderosa, sin admirarla y venerarla. El cuidado de los muertos nos está encomendado. Pues yo he sido criado desde mi infancia con estos. He tenido conocimiento de los asuntos de Roma mucho antes de tenerlo de los de mi casa. Conocía el Capitolio y su plano antes de conocer el Louvre, y el Tíber antes que el Sena. He tenido más en la cabeza las condiciones y fortunas de Lúculo, Metelo y Escipión que las de hombre alguno de los nuestros. Ellos están muy muertos. También lo está mi padre, tan enteramente como ellos, y se ha alejado de mí y de la vida tanto en dieciocho años como aquellos en mil seiscientos; del cual, sin embargo, no dejo de abrazar y practicar la memoria, la amistad y la sociedad con una unión perfecta y muy viva. Es más, por mi humor me vuelvo más solícito hacia los difuntos. Ya no pueden ayudarse, por eso requieren, me parece, tanto más mi ayuda. La gratitud está allí justamente en su esplendor. El beneficio está menos ricamente asignado donde hay retroceso y reflexión.
Arcesilao, visitando a Ctesibio enfermo y encontrándolo en pobre estado, le deslizó suavemente bajo la almohada dinero que le daba. Y al ocultárselo, le daba además dispensa de agradecérselo. Aquellos que han merecido de mí amistad y reconocimiento nunca lo han perdido por no estar ya presentes: los he pagado mejor y más cuidadosamente ausentes e ignorantes. Hablo más afectuosamente de mis amigos cuando ya no hay medio de que lo sepan. Pues he sostenido cien querellas en defensa de Pompeyo y por la causa de Bruto. Esta familiaridad dura todavía entre nosotros. Las cosas presentes mismas sólo las tenemos por la fantasía. Encontrándome inútil para este siglo, me arrojo a ese otro. Y estoy tan embobado con él que el estado de esa vieja Roma, libre, justa y floreciente —pues no amo ni su nacimiento ni su vejez— me interesa y me apasiona. Por eso no sabría volver a ver tan a menudo la disposición de sus calles y de sus casas, y esas ruinas profundas hasta las antípodas, sin entretenerme en ello. ¿Es por naturaleza o por error de fantasía que la vista de los lugares que sabemos han sido frecuentados y habitados por personas cuya memoria está en estima nos conmueve algo más que oír el relato de sus hechos o leer sus escritos? «¡Tan grande es la fuerza de la evocación en los lugares!
Y eso es infinito en esta ciudad: pues dondequiera que vamos, ponemos el pie en alguna historia». Me place considerar su rostro, su porte y sus vestidos. Remastico esos grandes nombres entre los dientes y los hago resonar en mis oídos. «Yo los venero, y siempre me levanto ante nombres tan grandes». De las cosas que son en alguna parte grandes y admirables, admiro incluso las partes comunes. Los vería con gusto conversar, pasear y cenar. Sería ingratitud despreciar las reliquias e imágenes de tantos hombres honrados y tan valerosos, a quienes he visto vivir y morir, y que nos dan tantas buenas enseñanzas con su ejemplo, si supiéramos seguirlas.
Y además esa misma Roma que vemos merece que se la ame. Confederada desde hace tanto tiempo y por tantos títulos a nuestra corona. Ciudad única común y universal. El magistrado soberano que allí manda es reconocido igualmente en otras partes: es la ciudad metropolitana de todas las naciones cristianas. El español y el francés, cada uno está allí en su casa. Para ser de los príncipes de ese estado sólo hay que ser de la cristiandad, dondequiera que sea. No hay lugar aquí abajo que el cielo haya abrazado con tal influencia de favor y tal constancia. Su ruina misma es gloriosa e hinchada.
Más preciosa en ruinas. Aún conserva en la tumba marcas e imagen de imperio. De modo que quede claro que en un solo lugar está la obra de la naturaleza que se regocija. Alguien se reprocharía a sí mismo y se rebelaría interiormente por sentirse halagado por un placer tan vano. Nuestros humores no son demasiado vanos cuando son placenteros. Cualesquiera que sean, si contentan constantemente a un hombre dotado de sentido común, no tendría corazón para compadecerlo. Debo mucho a la Fortuna porque hasta ahora no ha hecho nada contra mí tan ultrajante que supere mis fuerzas. ¿No sería acaso su manera de dejar en paz a quienes no la importuanan?
Cuanto más se niega uno a sí mismo, más recibirá de los dioses: desnudo busco el campamento de los que nada desean; a los que mucho piden, mucho les falta.
Si continúa así, me devolverá muy contento y satisfecho,
Nada pido a los dioses más allá de esto.
Pero cuidado con el golpe. Hay miles que naufragan en el puerto. Me consuelo fácilmente de lo que sucederá aquí cuando ya no esté. Las cosas presentes me ocupan bastante,
Lo demás lo dejo a la Fortuna. Tampoco tengo ese fuerte vínculo que, según dicen, ata a los hombres al porvenir mediante los hijos que llevan su nombre y su honor. Y debo desearlo quizá tanto menos cuanto más deseables son. Ya estoy demasiado atado al mundo y a esta vida por mí mismo. Me contento con estar en manos de la Fortuna por las circunstancias propiamente necesarias a mi ser, sin alargarle por otras partes su jurisdicción sobre mí. Y nunca he considerado que carecer de hijos fuese un defecto que debiera hacer la vida menos completa y menos contenta. La vocación estéril tiene también sus comodidades. Los hijos están entre las cosas que no tienen mucho por qué ser deseadas, especialmente ahora que sería tan difícil hacerlos buenos. Ya ni siquiera es lícito nacer, tan corrompidas están las semillas. Y sin embargo tienen justamente por qué ser lamentados por quien los pierde después de haberlos tenido. Aquel que me dejó mi casa a cargo pronosticó que yo la arruinaría, considerando mi temperamento tan poco hogareño. Se equivocó; aquí estoy tal como entré, sino un poco mejor. Sin cargo, sin embargo, y sin beneficio. Por lo demás, si la Fortuna no me ha hecho ninguna ofensa violenta y extraordinaria, tampoco me ha hecho ninguna gracia. Todo lo que hay de sus dones en nuestra casa ya estaba allí antes que yo, desde hace más de cien años. No tengo particularmente ningún bien esencial y sólido que deba a su liberalidad. Me ha hecho algunos favores ventosos, honorarios y titulares, sin sustancia. Y también, en verdad, no me los ha concedido, sino ofrecido. Dios lo sabe, a mí que soy del todo material, que solo me pago con la realidad, y bien maciza; y que, si osara confesarlo, no encuentro la avaricia apenas menos excusable que la ambición, ni el dolor menos evitable que la vergüenza, ni la salud menos deseable que la sabiduría, ni la riqueza que la nobleza.
Entre sus favores vanos, no hay ninguno que complazca tanto a ese necio humor que se alimenta de ellos en mí como una bula auténtica de ciudadanía romana que me fue otorgada recientemente cuando estuve allí, pomposa en sellos y letras doradas, y otorgada con toda graciosa liberalidad. Y como se dan en diversos estilos, más o menos favorables, y antes de haber visto una habría deseado mucho que me mostraran un formulario, quiero, para satisfacer a alguien que se encuentre aquejado de curiosidad parecida a la mía, transcribirla aquí en su forma.
Puesto que Horacio Máximo, Marcio Cecio, Alejandro Muto, conservadores de la ciudad nutricia, informaron al Senado sobre el otorgamiento de la ciudadanía romana al ilustrísimo varón Miguel de Montaigne, caballero de San Miguel y gentilhombre de cámara del rey cristianísimo, el Senado y el Pueblo Romano decretaron lo siguiente sobre este asunto.
Puesto que, según la antigua costumbre e institución, siempre fueron acogidos con avidez y celo aquellos que, sobresaliendo en virtud y nobleza, fueron o pudieran ser algún día de gran utilidad y ornamento para nuestra República: nosotros, movidos por el ejemplo y la autoridad de nuestros mayores, consideramos que debemos imitar y observar esta preclara costumbre. Por lo cual, siendo el ilustrísimo Miguel de Montaigne, caballero de San Miguel y gentilhombre de cámara del rey cristianísimo, muy estudioso del nombre romano, y dignísimo tanto por el lustre y esplendor de su familia como por los propios méritos de sus virtudes, de ser admitido en la ciudadanía romana con el supremo juicio y celo del Senado y del Pueblo Romano, place al Senado y al Pueblo Romano que el ilustrísimo Miguel de Montaigne, adornado de todas las cualidades y muy querido por este ínclito pueblo, sea inscrito él y sus descendientes en la ciudadanía romana, y honrado con todos los premios y honores de que gozan quienes son ciudadanos y patricios romanos por nacimiento o por pleno derecho. En lo cual el Senado y el Pueblo Romano consideran que no tanto le otorgan el derecho de ciudadanía cuanto le tributan lo debido, y que no tanto le dan un beneficio cuanto lo reciben de él, quien al aceptar este don de la ciudadanía ha conferido a la ciudad misma singular ornamento y honor. Esta autoridad del senadoconsulto los mismos conservadores cuidaron de que fuera llevada a las actas por los escribas del Senado y del Pueblo Romano y conservada en la curia del Capitolio, y de que se hiciera este privilegio y se refrendara con el solemne sello de la ciudad. El año de la fundación de la ciudad dos mil trescientos treinta y uno, mil quinientos ochenta y uno después del nacimiento de Cristo, el tres de los idus de marzo.
Horacio Fusco, escriba del sagrado Senado y Pueblo Romano.
Vicente Mártolo, escriba del sagrado Senado y Pueblo Romano.
No siendo ciudadano de ninguna ciudad, me alegro de serlo de la más noble que fue y que será jamás. Si los demás se mirasen atentamente como yo lo hago, se encontrarían como yo me encuentro, llenos de inanidad y trivialidad. No puedo deshacerme de ello sin deshacerme de mí mismo. Todos estamos impregnados de ello, tanto unos como otros. Pero quienes lo sienten salen un poco mejor parados; aunque tampoco lo sé bien. Esta opinión y uso común de mirar hacia otra parte que no sea nosotros ha servido bien a nuestro propósito. Somos un objeto lleno de descontento. Solo vemos en nosotros miseria y vanidad. Para no desanimarnos, la Naturaleza ha proyectado muy oportunamente la acción de nuestra vista hacia fuera. Vamos adelante a la buena de Dios, pero volver sobre nosotros mismos, retroceder hacia nosotros, es un movimiento penoso; el mar se agita y se embravece así cuando es rechazado hacia sí mismo. Mira, dice cada uno, los movimientos del cielo; mira lo público, la querella de ese, el pulso de tal otro, el testamento de ese otro; en suma, mira siempre arriba o abajo, o al lado, o delante, o detrás de ti. Era un mandamiento paradójico el que antiguamente nos hacía aquel dios en Delfos: Mira dentro de ti, reconócete, permanece en ti. Tu espíritu y tu voluntad, que se consumen en otra parte, devuélvelos a ti mismo; te escurres, te dispersas: reúnete, sosténte; te traicionan, te disipan, te roban de ti mismo. ¿No ves acaso que este mundo mantiene todas sus miradas orientadas hacia dentro y sus ojos abiertos para contemplarse a sí mismo? Siempre es vanidad para ti, dentro y fuera; pero es menos vanidad cuando es menos extensa. Salvo tú, oh hombre, decía ese dios, cada cosa se estudia a sí misma primero y tiene, según su necesidad, límites a sus trabajos y deseos. No hay una sola tan vacía y necesitada como tú, que abarcas el universo. Eres el investigador sin conocimiento, el magistrado sin jurisdicción y, después de todo, el bufón de la farsa.
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