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Capítulo 11De los cojos

Ensayos, libro III · Michel de Montaigne · 21 min de lectura

Hace dos o tres años se acortó el año en diez días en Francia. ¡Cuántos cambios deben seguir a esta reforma! Fue propiamente mover el cielo y la tierra a la vez. Sin embargo, no hay nada que se mueva de su sitio. Mis vecinos encuentran la época de sus siembras, de su cosecha, la oportunidad de sus negocios, los días perjudiciales y propicios, exactamente en el mismo punto en que los habían fijado desde siempre. Ni el error se sentía en nuestra práctica, ni la enmienda se siente en ella. Tanta es la incertidumbre en todo; tan tosca, oscura y obtusa es nuestra percepción. Se dice que este ajuste podría haberse llevado a cabo de manera menos incómoda: sustrayendo, siguiendo el ejemplo de Augusto, durante algunos años el día bisiesto, que de todos modos es un día de estorbo y de desorden, hasta llegar a saldar exactamente esta deuda. Lo que tampoco se ha hecho con esta corrección, y seguimos aún en atrasos de algunos días. Y si por el mismo medio se pudiera proveer para el futuro, ordenando que tras la revolución de tal o cual número de años ese día extraordinario quedara siempre suprimido, de modo que nuestro error de cuenta no pudiera en adelante exceder de veinticuatro horas. No tenemos otra cuenta del tiempo que los años. Hace tantos siglos que el mundo se sirve de ella, y sin embargo es una medida que aún no hemos terminado de fijar. Y tal, que dudamos todos los días qué forma le han dado diversamente las otras naciones y cuál era su uso. ¿Qué decir de lo que afirman algunos, que los cielos se comprimen hacia nosotros al envejecer y nos arrojan a la incertidumbre de las horas mismas y de los días? ¿Y de los meses, lo que dice Plutarco, que aún en su tiempo la astrología no había sabido delimitar el movimiento de la luna? Estamos bien dispuestos para llevar registro de las cosas pasadas.

Reflexionaba ahora, como hago a menudo, sobre cuán libre y vago instrumento es la razón humana. Veo ordinariamente que los hombres, ante los hechos que se les proponen, se entretienen más voluntariamente en buscar su razón que en buscar su verdad. Pasan por encima de los presupuestos, pero examinan curiosamente las consecuencias. Dejan las cosas y corren a las causas. Graciosos razonadores. El conocimiento de las causas atañe solamente a aquel que tiene la dirección de las cosas, no a nosotros, que solo tenemos que sufrirlas. Y que tenemos su uso perfectamente pleno y cumplido, según nuestra necesidad, sin penetrar su origen y su esencia. Ni el vino es más placentero para quien conoce sus facultades primeras. Al contrario, tanto el cuerpo como el alma interrumpen y alteran el derecho que tienen al uso del mundo y de sí mismos, mezclando en ello la opinión de la ciencia. Los efectos nos tocan, pero los medios, en absoluto. El determinar y el distribuir pertenece a la maestría y a la regencia; como a la sujeción y el aprendizaje, el aceptar. Retomemos nuestra costumbre. Comienzan ordinariamente así: ¿Cómo es que esto sucede? Pero, ¿sucede?, habría que decir. Nuestro discurso es capaz de construir cien mundos más y de encontrar sus principios y su estructura. No le hace falta ni materia ni base. Dejadlo correr: construye tanto sobre el vacío como sobre lo lleno, y de la inanidad como de la materia,

Dar peso al humo. Encuentro casi en todas partes que habría que decir: «No es nada de eso». Y emplearía a menudo esta respuesta, pero no me atrevo, porque gritan que es una evasiva producto de debilidad de espíritu y de ignorancia. Y me veo obligado habitualmente a divertirme en compañía tratando temas y relatos frívolos en los que no creo en absoluto. Además, a decir verdad, es un poco brusco y pendenciero negar en seco una afirmación de hecho. Y poca gente falla, especialmente en las cosas difíciles de creer, en afirmar que lo ha visto o en alegar testigos cuya autoridad detiene nuestra contradicción. Siguiendo esta costumbre, conocemos los fundamentos y los medios de mil cosas que nunca existieron. Y el mundo escaramuza en mil cuestiones en las que tanto el pro como el contra son falsos. Tan vecinos están lo falso y lo verdadero que el sabio no debe arrojarse a un lugar precipitado. La verdad y la mentira tienen sus rostros conformes, el porte, el gusto y las apariencias parecidas; las miramos con el mismo ojo. Encuentro que no solo somos flojos para defendernos del engaño, sino que buscamos y nos invitamos a caer en él. Nos gusta embrollarnos en la vanidad, como conforme a nuestro ser. He visto el nacimiento de varios milagros en mi tiempo.

Aunque se ahogan al nacer, no dejamos de prever el curso que hubieran tomado si hubieran vivido su edad. Porque basta con encontrar el cabo del hilo para desenredar todo lo que uno quiere. Y hay más lejos de nada a la cosa más pequeña del mundo que de esta a la más grande. Ahora bien, los primeros que se embeben de este comienzo de extrañeza, al ir a sembrar su historia, sienten por las objeciones que les hacen dónde reside la dificultad de la persuasión, y van calafateando ese lugar con alguna pieza falsa. Además de que, por el deseo innato en los hombres de alimentar intencionadamente rumores, nos resulta naturalmente un caso de conciencia devolver lo que nos han prestado sin alguna usura y adición de nuestra cosecha. El error particular hace primero el error público, y a su vez después el error público hace el error particular. Así va toda esta construcción, dotándose y formándose de mano en mano, de manera que el testigo más alejado está mejor instruido que el más cercano, y el último informado más persuadido que el primero. Es un progreso natural. Porque quienquiera que cree algo estima que es obra de caridad persuadírselo a otro. Y para hacerlo no teme añadir de su invención tanto como ve necesario en su relato para suplir la resistencia y el defecto que cree que hay en la concepción ajena.

Yo mismo, que soy singularmente escrupuloso en mentir y que apenas me preocupo de dar crédito y autoridad a lo que digo, me doy cuenta sin embargo de que en los asuntos que tengo entre manos, al estar acalorado o por la resistencia de otro o por el propio calor de mi narración, engrueso e hincho mi tema con la voz, movimientos, vigor y fuerza de palabras, y además por extensión y amplificación, no sin perjuicio de la verdad ingenua. Pero lo hago con la condición, sin embargo, de que al primero que me devuelva a la realidad y que me pida la verdad desnuda y cruda, abandono enseguida mi esfuerzo y se la doy sin exageración, sin énfasis y sin relleno. La palabra viva y ruidosa, como es la mía habitualmente, se entrega gustosamente a la hipérbole. No hay nada a lo que comúnmente los hombres estén más inclinados que a dar curso a sus opiniones. Cuando el medio ordinario nos falta, añadimos el mando, la fuerza, el hierro y el fuego. Es una desgracia llegar a que la mejor prueba de la verdad sea la multitud de creyentes, en una muchedumbre donde los locos superan tanto en número a los sabios. Como si acaso hubiera algo tan vulgar como carecer de juicio. El patrocinio de la cordura es una turba de locos.

Es cosa difícil resolver el propio juicio contra las opiniones comunes. La primera persuasión tomada del tema mismo se apodera de los simples; de ahí se extiende a los hábiles bajo la autoridad del número y la antigüedad de los testimonios. En cuanto a mí, lo que no creería de uno no lo creería de cien. Y no juzgo las opiniones por los años. Hace poco tiempo uno de nuestros príncipes, en quien la gota había destruido un bello natural y una alegre complexión, se dejó persuadir tan fuertemente por el relato que se hacía de las maravillosas operaciones de un sacerdote que por medio de palabras y gestos curaba todas las enfermedades, que hizo un largo viaje para ir a encontrarlo, y por la fuerza de su aprensión convenció y adormeció sus piernas durante algunas horas, de modo que obtuvo de ellas el servicio que habían desaprendido a hacerle hacía mucho tiempo. Si la fortuna hubiera dejado amontonarse cinco o seis aventuras semejantes, habrían sido capaces de poner ese milagro en la naturaleza. Se encontró después tanta simplicidad y tan poco arte en el arquitecto de tales obras que se le juzgó indigno de cualquier castigo. Como se haría con la mayor parte de tales cosas si se las reconociera en su guarida. Admiramos desde lejos lo que engaña.

Nuestra vista representa así a menudo de lejos imágenes extrañas que se desvanecen al acercarse. El rumor nunca llega a lo claro. Es maravilloso de cuán vanos comienzos y frívolas causas nacen ordinariamente impresiones tan famosas. Eso mismo impide la investigación. Porque mientras se buscan causas y fines fuertes y pesados y dignos de tan gran nombre, se pierden los verdaderos. Escapan de nuestra vista por su pequeñez. Y a decir verdad se requiere un inquisidor muy prudente, atento y sutil en tales búsquedas, indiferente y no preocupado. Hasta esta hora todos estos milagros y acontecimientos extraños se ocultan ante mí. No he visto monstruo ni milagro en el mundo más expreso que yo mismo. Uno se acostumbra a toda extrañeza por el uso y el tiempo, pero cuanto más me frecuento y me conozco, más me asombra mi deformidad; menos me entiendo en mí. El principal derecho de adelantar y producir tales accidentes está reservado a la fortuna. Pasando anteayer por un pueblo a dos leguas de mi casa, encontré el lugar todavía caliente de un milagro que acababa de fracasar, con el cual la vecindad había estado entretenida varios meses, y las provincias vecinas comenzaban a agitarse por ello y acudir en grandes tropas de toda condición. Un joven del lugar se había entretenido una noche en su casa imitando la voz de un espíritu, sin pensar en otra astucia que disfrutar de una broma presente; habiéndole salido esto un poco mejor de lo que esperaba, para extender su farsa a más resortes asoció a ello a una muchacha del pueblo, del todo estúpida e ingenua, y fueron finalmente tres de la misma edad e igual suficiencia; y de sermones domésticos hicieron sermones públicos, escondiéndose bajo el altar de la iglesia, no hablando sino de noche y prohibiendo llevar allí ninguna luz. De palabras que tendían a la conversión del mundo y amenaza del día del juicio (porque son temas bajo cuya autoridad y reverencia la impostura se oculta más fácilmente) llegaron a algunas visiones y movimientos tan necios y tan ridículos que apenas hay nada tan burdo en el juego de los niños pequeños.

Si no obstante la Fortuna hubiese querido concederles un poco de favor, ¿quién sabe hasta dónde habría llegado aquella patraña? Esos pobres diablos están ahora en prisión; y expiarán de buen grado la necedad común, y no sé qué juez se vengará en ellos de la suya propia. En este caso se ve claro, pues está descubierto; pero en muchas cosas de igual naturaleza, que superan nuestro conocimiento, soy de opinión de que mantengamos nuestro juicio tanto para rechazar como para aceptar. Se engendran muchos abusos en el mundo o, para decirlo más atrevidamente, todos los abusos del mundo se engendran de que se nos enseña a temer hacer profesión de nuestra ignorancia; y estamos obligados a aceptar todo lo que no podemos refutar. Hablamos de todas las cosas por preceptos y resoluciones. El estilo en Roma exigía que eso mismo que un testigo declaraba por haberlo visto con sus propios ojos, y lo que un juez ordenaba según su ciencia más cierta, se expresase en esta forma de hablar: «Me parece». Me hacen odiar las cosas verosímiles cuando me las plantan como infalibles. Me gustan estas palabras que suavizan y moderan la temeridad de nuestras proposiciones: «tal vez», «en cierto modo», «algo», «se dice», «creo», y semejantes. Y si yo hubiera tenido que educar niños, les habría puesto tanto en la boca esta manera de responder inquisitiva, no resolutiva: «¿Qué quiere decir?», «No lo entiendo», «¿Podría ser?», «¿Es verdad?», que habrían conservado más bien la actitud de aprendices a los sesenta años, que la de representar doctores a los diez años, como hacen. Quien quiera curarse de la ignorancia, debe confesarla. Iris es hija de Taumante. La admiración es fundamento de toda filosofía; la investigación, el progreso; la ignorancia, el fin. Ciertamente hay una ignorancia fuerte y generosa que no debe nada en honor y en coraje a la ciencia, ignorancia para cuya concepción no hace falta menos ciencia que para concebir la ciencia. Vi en mi infancia un proceso que Corras, consejero de Toulouse, hizo imprimir, sobre un suceso extraño: dos hombres que se presentaban cada uno por el otro; lo recuerdo, y no recuerdo tampoco otra cosa, sino que me pareció que había demostrado que la impostura de aquel a quien juzgó culpable era tan maravillosa y excedía tanto nuestro conocimiento, y el suyo, que era juez, que encontré mucha osadía en la sentencia que lo había condenado a ser ahorcado. Recibamos alguna forma de sentencia que diga: «El tribunal no entiende nada»; más libremente e ingenuamente que lo hicieron los areopagitas, los cuales, viéndose presionados por una causa que no podían desentrañar, ordenaron que las partes volvieran dentro de cien años.

Las brujas de mi vecindario corren peligro de muerte por el dictamen de cada nuevo autor que viene a dar cuerpo a sus sueños. Para acomodar los ejemplos que la divina palabra nos ofrece de tales cosas, ejemplos muy ciertos e irrefutables, y aplicarlos a nuestros sucesos modernos: puesto que no vemos ni las causas ni los medios, se necesita otro ingenio que el nuestro. Corresponde tal vez a ese solo poderosísimo testimonio decirnos: «Este sí» y «aquella también; pero no este otro». A Dios se le debe creer: es verdaderamente muy razonable. Pero no por ello a uno de entre nosotros que se asombra de su propia narración (y necesariamente se asombra de ella, si no está fuera de sus cabales), ya la emplee en el hecho de otro, ya la emplee contra sí mismo. Soy torpe y me atengo un poco a lo sólido y a lo verosímil, evitando los reproches antiguos. «Los hombres dan mayor crédito a lo que no entienden». «Por la inclinación del ingenio humano se creen de mejor grado las cosas oscuras». Veo bien que se irritan: y me prohíben dudar de ello, bajo pena de injurias execrables. Nueva manera de persuadir. Gracias a Dios, mi creencia no se maneja a golpes de puño. Que reprendan a quienes acusan de falsedad su opinión: yo solo la acuso de dificultad y de osadía. Y condeno la afirmación opuesta igualmente que ellos, si bien no tan imperiosamente. Quien establece su discurso por bravuconería y mandato muestra que la razón es débil en él. Para una altercación verbal y escolástica, que tengan tanta apariencia como sus contradictores. «Que parezcan ciertamente, no que se afirmen solamente». Pero en la consecuencia efectiva que sacan de ello, estos tienen mucha ventaja.

Para matar a la gente hace falta una claridad luminosa y neta. Y nuestra vida es demasiado real y esencial para garantizar estos accidentes sobrenaturales y fantásticos. En cuanto a las drogas y venenos, los pongo fuera de mi cuenta: son homicidios, y de la peor especie. Sin embargo, aun en eso mismo, se dice que no hay que atenerse siempre a la propia confesión de estas gentes. Pues se les ha visto a veces acusarse de haber matado a personas que se encontraban sanas y vivas. En estas otras acusaciones extravagantes, yo diría de buen grado que basta con que un hombre, cualquiera que sea su recomendación, sea creído en lo que es humano. De lo que está fuera de su concepción y de un efecto sobrenatural, debe ser creído solamente cuando una aprobación sobrenatural lo ha autorizado. Este privilegio que ha placido a Dios conceder a algunos de nuestros testimonios no debe ser envilecido y comunicado a la ligera. Tengo los oídos golpeados de mil cuentos semejantes. «Tres lo vieron tal día, al levante; tres lo vieron al día siguiente, en occidente, a tal hora, tal lugar, vestido así»: ciertamente yo no me creería a mí mismo. ¡Cuánto encuentro más natural y más verosímil que dos hombres mientan, que no que un hombre en doce horas pase, con los vientos, de oriente a occidente! ¡Cuánto más natural que nuestro entendimiento sea arrebatado de su sitio por la volubilidad de nuestro espíritu trastornado, que no que uno de nosotros sea llevado volando sobre una escoba, a lo largo del conducto de su chimenea, en carne y hueso, por un espíritu extraño! No busquemos ilusiones de fuera y desconocidas, nosotros que estamos perpetuamente agitados de ilusiones domésticas y nuestras. Me parece que es perdonable descreer de una maravilla, al menos en tanto se pueda apartar y eludir su verificación por vía no maravillosa. Y sigo el parecer de san Agustín: que más vale inclinarse hacia la duda que hacia la certeza, en cosas de difícil prueba y peligrosa creencia.

Hace algunos años pasé por las tierras de un príncipe soberano el cual, en mi favor y para abatir mi incredulidad, me hizo la gracia de hacerme ver en su presencia, en lugar privado, diez o doce prisioneros de ese género; y una vieja entre otros, verdaderamente muy bruja en fealdad y deformidad, muy famosa de largo tiempo en esa profesión. Vi tanto pruebas y confesiones libres, como no sé qué marca insensible sobre esa miserable vieja; y me informé y hablé todo lo que quise, aplicando la más sana atención que pude, y no soy hombre que se deje fácilmente atar el juicio por prejuicios. En fin y en conciencia, yo les habría ordenado más bien eléboro que cicuta. «La cosa pareció más propia de mentes cautivas que de conciencias criminales».

La justicia tiene sus propias correcciones para tales males. En cuanto a las objeciones y argumentos que hombres honrados me han hecho, allí y a menudo en otros lugares, no he sentido ninguno que me convenza y que no admita una solución siempre más verosímil que sus conclusiones. Bien es verdad que las pruebas y razones que se fundan en la experiencia y en el hecho: esas, no las deshago; tampoco tienen un cabo: las corto a menudo, como Alejandro su nudo. Después de todo, es poner las propias conjeturas a muy alto precio el hacer quemar vivo a un hombre por ellas. Se cuenta mediante diversos ejemplos (y Prestancio de su padre) que, adormilado y dormido mucho más profundamente que en un sueño perfecto, imaginó ser yegua y servir de bestia de carga a los soldados: y lo que imaginaba, lo era. Si las brujas sueñan así materialmente, si los sueños a veces pueden incorporarse de este modo en hechos: todavía no creo que nuestra voluntad deba responder ante la justicia por ello. Lo que digo, como alguien que no es ni juez ni consejero de reyes; ni se estima de lejos digno de ello, sino hombre del común, nacido y consagrado a la obediencia de la razón pública, tanto en sus hechos como en sus palabras. Quien tomara en cuenta mis ensueños en perjuicio de la más insignificante ley de su pueblo, u opinión, o costumbre, se haría gran daño, y todavía más a mí. Pues en lo que digo, no garantizo otra certeza, sino que es lo que entonces tenía en el pensamiento. Pensamiento tumultuoso y vacilante. Es a manera de conversación que hablo de todo, y de nada a manera de consejo. «Y no me avergüenza, como a esos, confesar que ignoro lo que ignoro.» No sería tan atrevido al hablar, si me correspondiera ser creído. Y esto fue lo que respondí a un gran señor que se quejaba de la aspereza y contención de mis exhortaciones. Sintiéndote decidido y preparado de una parte, te propongo la otra, con todo el cuidado que puedo: para aclarar tu juicio, no para obligarlo. Dios sostiene vuestros corazones, y os proporcionará la elección. No soy tan presuntuoso como para desear siquiera que mis opiniones inclinen cosa de tal importancia. Mi fortuna no las ha orientado a conclusiones tan poderosas y tan elevadas. Ciertamente, no solo tengo muchas inclinaciones: sino también bastantes opiniones de las cuales apartaría gustosamente a mi hijo, si lo tuviera. ¿Qué? Si las más verdaderas no son siempre las más adecuadas al hombre; ¡tan salvaje composición es la suya!

A propósito, o fuera de propósito, no importa. Se dice en Italia en proverbio común que aquel no conoce a Venus en su perfecta dulzura quien no se ha acostado con la coja. La fortuna, o algún accidente particular, puso hace mucho tiempo esta expresión en boca del pueblo; y se dice tanto de los hombres como de las mujeres. Pues la reina de las amazonas respondió al escita que la invitaba al amor: «ἄριστα χωλὸς οἰφεῖ», el cojo lo hace mejor. En esta república femenina, para huir de la dominación de los hombres, las estropeaban desde la infancia, brazos, piernas y otros miembros que les daban ventaja sobre ellas, y se servían de ellos solamente en aquello para lo cual nosotros nos servimos de ellas por acá. Yo hubiera dicho que el movimiento descompuesto de la coja aportaba algún placer nuevo al asunto, y algún toque de dulzura a quienes lo experimentan: pero acabo de aprender que incluso la filosofía antigua lo ha decidido. Dice que las piernas y muslos de las cojas, no recibiendo a causa de su imperfección el alimento que les es debido, sucede que las partes genitales, que están arriba, son más plenas, más nutridas y vigorosas. O bien que este defecto, impidiendo el ejercicio, hace que quienes lo padecen disipen menos sus fuerzas, y lleguen más enteros a los juegos de Venus. Esta es también la razón por la cual los griegos describían a las tejedoras como más ardientes que las otras mujeres, a causa del oficio sedentario que ejercen, sin gran ejercicio del cuerpo. ¿De qué no podemos razonar a este precio? De estas, podría también decir que ese meneo que su trabajo les da así sentadas, las despierta y solicita: como hace a las damas el zarandeo y temblor de sus coches.

Estos ejemplos, ¿no sirven para lo que decía al comienzo? Que nuestras razones a menudo se anticipan al efecto, y tienen la extensión de su jurisdicción tan infinita, que juzgan y se ejercen en la inanidad misma, y en el no ser. Además de la flexibilidad de nuestra invención para forjar razones a toda clase de sueños; nuestra imaginación se encuentra igualmente fácil para recibir impresiones de la falsedad, por apariencias bien frívolas. Pues por la sola autoridad del uso antiguo y público de esta expresión: yo me he hecho creer en otro tiempo haber recibido más placer de una mujer por el hecho de que no era derecha, y puse eso en la cuenta de sus gracias.

Torquato Tasso, en la comparación que hace de Francia con Italia, dice haber observado que nosotros tenemos las piernas más delgadas que los gentilhombres italianos; y atribuye la causa a que estamos continuamente a caballo. Que es la misma de la cual Suetonio saca una conclusión totalmente contraria. Pues dice al revés que Germánico había engrosado las suyas por la continuación de este mismo ejercicio. No hay nada tan flexible y errático como nuestro entendimiento. Es el zapato de Terámenes, bueno para todos los pies. Y es doble y diverso, y las materias dobles y diversas. Dame una dracma de plata, decía un filósofo cínico a Antígono. No es presente de rey, respondió él. Dame entonces un talento. No es presente para un cínico.

«Bien ese calor abre más caminos y relaja los ocultos conductos por donde viene nueva savia a las hierbas: bien endurece más y contrae las venas abiertas, para que las tenues lluvias, o la fuerza más acre del sol rápido, o el frío penetrante del Bóreas no las queme.»

Toda moneda tiene su reverso. Por eso Clitómaco decía antiguamente que Carnéades había superado los trabajos de Hércules; por haber arrancado de los hombres el consentimiento: es decir, la opinión y la temeridad de juzgar. Esta fantasía de Carnéades, tan vigorosa, nació a mi juicio antiguamente de la impudencia de quienes hacen profesión de saber, y de su presunción desmesurada. Se puso a Esopo a la venta con otros dos esclavos: el comprador preguntó al primero qué sabía hacer, este para hacerse valer respondió maravillas, que sabía esto y aquello: el segundo respondió de sí tanto o más: cuando le tocó a Esopo, y se le preguntó también qué sabía hacer. Nada, dijo, pues estos lo han ocupado todo: lo saben todo. Así ha sucedido en la escuela de la filosofía. La soberbia de quienes atribuían al espíritu humano la capacidad de todas las cosas, causó en otros, por despecho y por emulación, esta opinión de que no es capaz de ninguna cosa. Unos mantienen en la ignorancia esta misma extremidad que los otros mantienen en la ciencia. Para que no se pueda negar que el hombre es inmoderado en todo, y que no tiene más límite que el de la necesidad e impotencia de ir más allá.

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