Capítulo 3De tres tipos de trato
No hay que clavarse tan fuertemente en los propios humores y temperamento. Nuestra principal capacidad consiste en saber aplicarnos a diversos usos. Ser, pero no vivir, es mantenerse atado y obligado por necesidad a un solo camino. Las almas más hermosas son las que tienen más variedad y flexibilidad. He aquí un honorable testimonio del viejo Catón: «Su ingenio versátil fue igualmente apto para todo, de modo que dirías que había nacido para eso solo, fuera lo que fuese que hiciera». Si de mí dependiera formarme a mi modo, no habría forma tan buena en la que quisiera quedar fijado hasta no poder desprenderme de ella. La vida es un movimiento desigual, irregular y multiforme. No es ser amigo de uno mismo, y menos aún dueño, sino esclavo, seguirse incesantemente y estar tan preso de las propias inclinaciones que no se pueda desviar de ellas, que no se las pueda torcer. Lo digo ahora, por no poder desembarazarme fácilmente de la importunidad de mi alma, porque comúnmente no sabe distraerse sino donde se ocupa, ni emplearse sino tensa y por entero. Por ligero que sea el asunto que se le dé, lo engruesa voluntariamente y lo estira hasta el punto de tener que emplearse en él con toda su fuerza. Su ociosidad es por esta causa una ocupación penosa, y que ofende mi salud.
La mayoría de los espíritus necesitan materia extraña para desentumecerse y ejercitarse; el mío la necesita, más bien, para sosegarse y reposar, «los vicios del ocio deben disiparse con el trabajo». Pues su más laborioso y principal estudio consiste en estudiarse a sí mismo. Los libros son, para él, del género de las ocupaciones que lo desvían de su estudio. Con los primeros pensamientos que le vienen, se agita y hace prueba de su vigor en todos los sentidos: ejercita su manejo ora hacia la fuerza, ora hacia el orden y la gracia, se ordena, modera y fortifica. Tiene con qué despertar sus facultades por sí mismo. La naturaleza le ha dado, como a todos, bastante materia propia para su utilidad, y asuntos propios bastantes en los que inventar y juzgar. Meditar es un estudio poderoso y pleno para quien sabe examinarse y emplearse vigorosamente. Prefiero forjar mi alma que amueblarla. No hay ocupación ni más débil ni más fuerte que la de mantener los propios pensamientos, según el alma de que se trate. Los más grandes hacen de ello su vocación, «para quienes vivir es pensar». También la naturaleza la ha favorecido con este privilegio: que no hay nada que podamos hacer durante tanto tiempo ni acción a la que nos entreguemos más ordinaria y fácilmente. Es la ocupación de los dioses, dice Aristóteles, de la cual nace su beatitud y la nuestra.
La lectura me sirve especialmente para despertar mediante diversos objetos mi discurso, para ocupar mi juicio, no mi memoria. Pocos entretenimientos, pues, me retienen sin vigor y sin esfuerzo. Es verdad que la gentileza y la belleza me llenan y ocupan tanto o más que el peso y la profundidad. Y como me duermo en cualquier otra conversación, y solo le presto la corteza de mi atención, me ocurre a menudo, en tales pláticas caídas y flojas, pláticas de mera apariencia, decir y responder sueños y necedades indignas de un niño y ridículas; o mantenerme obstinadamente en silencio, de manera aún más inepta e incivil. Tengo una manera soñadora que me retrae hacia mí, y por otra parte una torpe ignorancia, y pueril, de muchas cosas comunes. Por estas dos cualidades he conseguido que se puedan contar de mí, en verdad, cinco o seis historias tan necias como las de cualquier otro. Ahora bien, siguiendo mi propósito, este temperamento difícil me hace delicado en el trato con los hombres: me hace falta escogerlos con pinzas, y me hace incómodo para las acciones comunes. Vivimos y negociamos con el pueblo; si su conversación nos importuna, si desdeñamos aplicarnos a las almas bajas y vulgares, y las bajas y vulgares son a menudo tan ajustadas como las más delicadas, y toda sabiduría es insípida si no se acomoda a la insipidez común, no debemos ocuparnos ya ni de nuestros propios asuntos ni de los de otros: tanto los públicos como los privados se tratan con esta clase de gente.
Las andaduras menos tensas y más naturales de nuestra alma son las más hermosas; las mejores ocupaciones, las menos forzadas. ¡Dios mío, qué buen oficio hace la sabiduría a aquellos cuyos deseos ajusta a su poder! No hay ciencia más útil. «Según lo que se puede»: este era el estribillo y la palabra favorita de Sócrates. Palabra de gran sustancia. Hay que dirigir y detener nuestros deseos en las cosas más fáciles y cercanas. ¿No es un humor necio el mío, desavenir con un millar a quienes mi fortuna me junta, de quienes no puedo prescindir, para unirme a uno o dos que están fuera de mi comercio, o más bien a un deseo fantástico de cosa que no puedo recobrar? Mis costumbres blandas, enemigas de toda acritud y aspereza, han podido fácilmente descargarme de envidias y enemistades. De ser amado, no digo, pero de no ser odiado, jamás hombre dio más ocasión. Pero la frialdad de mi conversación me ha robado con razón la benevolencia de muchos, que son excusables de interpretarla de otro modo, y peor. Soy muy capaz de adquirir y mantener amistades raras y exquisitas. Como me aferro con tan gran hambre a los conocimientos que responden a mi gusto, me prodigo, me lanzo a ellos tan ávidamente que no dejo de apegarme y hacer impresión donde me entrego: de ello he tenido a menudo feliz prueba.
En las amistades comunes soy algo estéril y frío, pues mi marcha no es natural si no es a velas desplegadas. Además, mi fortuna, habiéndome conducido y aficionado desde joven a una amistad única y perfecta, en verdad me ha desabrido algo de las otras, e impreso demasiado en la fantasía que es bestia de compañía, no de rebaño, como decía aquel antiguo. También, que naturalmente me cuesta comunicarme a medias y con moderación, y esa servil prudencia y sospechosa que nos ordenan en la conversación de estas amistades numerosas e imperfectas. Y nos la ordenan principalmente en este tiempo, en que no se puede hablar del mundo sino peligrosamente, o falsamente. Con todo, veo bien que quien tiene como yo por fin las comodidades de su vida, digo las comodidades esenciales, debe huir como la peste estas dificultades y delicadezas de humor. Yo alabaría un alma de diversos pisos, que sepa tanto tensarse como distenderse; que esté bien en todas partes adonde su fortuna la lleve; que pueda conversar con su vecino de su edificio, de su caza y de su querella; entretener con placer a un carpintero y a un jardinero. Envidio a quienes saben familiarizarse con el más humilde de su séquito y establecer trato en su propio nivel. Y el consejo de Platón no me place, de hablar siempre con lenguaje magistral a los sirvientes, sin juego, sin familiaridad, sea con los hombres, sea con las mujeres. Pues, además de mi razón, es inhumano e injusto hacer valer tanto esa tal cual prerrogativa de la fortuna; y las sociedades donde se tolera menos disparidad entre los criados y los amos me parecen las más equitativas. Los demás se esfuerzan por lanzar y elevar su espíritu; yo, por bajarlo y acostarlo: solo es vicioso en extensión.
«Narras el linaje de Éaco y las guerras peleadas bajo la sagrada Ilión: pero a qué precio compraremos un tonel de Quíos, quién calentará el agua al fuego, en qué casa acogedora y cuándo me libraré del frío de las Pelignias, callas».
Así como la valentía lacedemonia necesitaba moderación, y el sonido dulce y agradable de las flautas, para templarla en la guerra, por temor a que se arrojase a la temeridad y a la furia allí donde todas las demás naciones emplean ordinariamente sonidos y voces agudas y fuertes, que excitan y caldean en exceso el ánimo de los soldados, me parece de igual modo, en contra de la forma ordinaria, que en el uso de nuestro espíritu tenemos, en su mayor parte, más necesidad de plomo que de alas, de frialdad y de reposo que de ardor y de agitación. Sobre todo, es a mi juicio hacer muy bien el tonto, el querer parecer entendido entre quienes no lo son: hablar siempre tieso, favellar in punta di forchetta. Hay que adaptarse al paso de aquellos con quienes estás, y a veces afectar ignorancia. Deja aparte la fuerza y la sutileza en el trato común, basta con preservar ahí el orden; arrástraos por lo demás a ras de tierra, si así lo quieren. Los sabios tropiezan a menudo con esta piedra: siempre hacen gala de su magisterio, y siembran sus libros por todas partes. Tanto han atestado en estos tiempos los gabinetes y los oídos de las damas, que si ellas no han retenido la sustancia, al menos tienen la apariencia. En toda clase de asuntos y materias, por bajas y populares que sean, se sirven de una manera de hablar y de escribir nueva y sabia.
Con este lenguaje expresan sus temores, su ira, alegrías, cuitas, con él vierten todos los secretos del alma, ¿qué más? Copulan sabiamente.
Y alegan a Platón y a santo Tomás, en cosas para las cuales el primero que pasara serviría igual de testigo. La doctrina que no ha podido llegarles al alma, les ha quedado en la lengua. Si las bien nacidas me creyeran, se contentarían con hacer valer sus propias y naturales riquezas. Ocultan y cubren sus bellezas, bajo bellezas ajenas: es gran simpleza, sofocar su claridad para brillar con una luz prestada. Están enterradas y sepultadas bajo el arte de Capsula totæ. Es que no se conocen lo bastante; el mundo no tiene nada más bello: les corresponde a ellas honrar las artes, y maquillar el maquillaje. ¿Qué les hace falta, sino vivir amadas y honradas? Tienen, y saben demasiado, para ello. No hace falta más que despertar un poco, y reavivar las facultades que hay en ellas. Cuando las veo apegadas a la retórica, a la judiciaria, a la lógica, y semejantes drogas, tan vanas e inútiles para sus necesidades: entro en el temor de que los hombres que se lo aconsejan, lo hagan para tener derecho a regirlas bajo ese título. Pues ¿qué otra excusa les encontraría yo? Basta con que puedan sin nosotros, disponer la gracia de sus ojos, a la alegría, a la severidad, y a la dulzura; sazonar un no, de rudeza, de duda, y de favor; y que no busquen intérprete para los discursos que se hacen para su servicio. Con esta ciencia, mandan a la baqueta, y rigen a los regentes y a la escuela. Si sin embargo les molesta cedernos en lo que sea, y quieren por curiosidad tener parte en los libros: la poesía es un entretenimiento apropiado a sus necesidades; es un arte juguetón, y sutil, disfrazado, parlanchín, todo en placer, todo en apariencia, como ellas. Sacarán también diversas utilidades de la historia. En la filosofía, de la parte que sirve a la vida, tomarán los discursos que las preparan para juzgar nuestros humores y condiciones, para defenderse de nuestras traiciones; para regular la temeridad de sus propios deseos, para administrar su libertad; alargar los placeres de la vida, y para soportar humanamente la inconstancia de un servidor, la rudeza de un marido, y la importunidad de los años, y de las arrugas, y cosas semejantes. Esa es, a lo sumo, la parte que yo les asignaría en las ciencias.
Hay naturalezas particulares, retraídas e internas. Mi forma esencial, es propia a la comunicación, y a la producción: soy todo hacia fuera y en evidencia, nacido para la sociedad y para la amistad. La soledad que amo, y que predico, consiste principalmente en concentrar en mí mis afecciones y mis pensamientos; restringir y encerrar, no mis pasos, sino mis deseos y mi preocupación, renunciando a la solicitud ajena, y evitando mortalmente la servidumbre y la obligación: y no tanto la multitud de hombres, como la multitud de asuntos. La soledad local, a decir verdad, me extiende más bien, y me ensancha hacia fuera: me lanzo a los asuntos de estado, y al universo, con mayor voluntad cuando estoy solo. En el Louvre y en la muchedumbre, me recojo y me contraigo en mi piel. La multitud me empuja hacia mí. Y nunca me entretengo tan locamente, tan licenciosamente y particularmente, como en lugares de respeto, y de prudencia ceremoniosa. Nuestras locuras no me hacen reír, sino nuestras sabidurías. Por mi complexión, no soy enemigo de la agitación de las cortes: he pasado allí parte de mi vida y estoy hecho para comportarme alegremente en las grandes compañías, con tal de que sea por intervalos, y a mi gusto. Pero esta molicie de juicio, de la que hablo, me ata por fuerza a la soledad. Incluso en mi casa, en medio de una familia numerosa, y casa de las más frecuentadas, veo allí gente bastante, pero raramente aquellos con quienes me gusta comunicar. Y reservo allí, para mí y para los otros, una libertad inusitada. Se hace allí tregua de ceremonia, de asistencia, y acompañamientos, y tales otras ordenanzas penosas de nuestra cortesía (¡oh servil e importuna usanza!); cada cual se gobierna allí a su modo, entretiene quien quiere sus pensamientos: yo me mantengo allí callado, soñador, y encerrado, sin ofensa de mis huéspedes.
Los hombres cuya sociedad y familiaridad busco, son aquellos a quienes se llama hombres honestos y hábiles; la imagen de estos me disgusta de los otros. Es, bien mirado, de nuestras formas, la más rara, y forma que se debe principalmente a la naturaleza. El fin de este trato, es simplemente la intimidad, la frecuentación, y la conversación: el ejercicio de las almas, sin otro fruto. En nuestras pláticas, todos los temas me son iguales: no me importa que no haya ni peso, ni profundidad: la gracia y la pertinencia están siempre; todo está teñido de un juicio maduro y constante, y mezclado de bondad, de franqueza, de alegría y de amistad. No es solo en el tema de las sucesiones, donde nuestro espíritu muestra su belleza y su fuerza, y en los asuntos de los reyes: la muestra tanto en las conversaciones privadas. Conozco a mis gentes incluso en el silencio, y en su sonrisa, y los descubro mejor quizá en la mesa, que en el consejo. Hipómaco decía bien que conocía a los buenos luchadores, con solo verlos caminar por una calle. Si place a la doctrina mezclarse a nuestras charlas, no será rechazada: no magistral, imperiosa, e importuna, como de costumbre, sino auxiliante y dócil ella misma. No buscamos allí sino pasar el tiempo: cuando sea hora de ser instruidos y sermoneados, iremos a buscarla a su trono. Que se rebaje hasta nosotros por esta vez si le place: pues por muy útil y deseable que sea, presupongo que aun de necesidad podríamos muy bien prescindir del todo de ella, y hacer nuestro efecto sin ella. Un alma bien nacida, y ejercitada en el trato con los hombres, se hace plenamente agradable por sí misma. El arte no es otra cosa que el control, y el registro de las producciones de tales almas.
Es también para mí un dulce trato, el de las mujeres bellas y honestas: nam nos quoque oculos eruditos habemus. Si el alma no tiene tanto de qué gozar como en el primero, los sentidos corporales que participan también más en este, lo conducen a una proporción vecina al otro: aunque según yo, no igual. Pero es un trato en el que hay que mantenerse un poco en guardia: y especialmente aquellos en quienes el cuerpo puede mucho, como en mí. Me quemé en ello en mi infancia: y sufrí allí todas las rabias, que los poetas dicen que sobrevienen a quienes se dejan llevar sin orden y sin juicio. Es verdad que ese latigazo me sirvió después de lección.
Quicumque Argolica de classe Capharea fugit, Semper ab Euboicis vela retorquet aquis.
Es una locura ocupar en ello todos los pensamientos y comprometerse con un afecto furioso e indiscreto. Pero, por otra parte, participar sin amor y sin obligación de voluntad, a manera de comediantes, para representar un papel común, el de la edad y la costumbre, y no poner de uno mismo más que las palabras: eso es en verdad velar por la propia seguridad, pero de forma muy cobarde, como quien abandonara su honor, su beneficio o su placer por temor al peligro. Pues es cierto que de semejante práctica, quienes la ejercen no pueden esperar ningún fruto que conmueva o satisfaga a un alma noble. Hay que haber deseado de verdad aquello de lo que se quiere obtener de verdad el placer de disfrutar. Digo que incluso si injustamente la fortuna favoreciese su farsa: lo cual sucede a menudo, porque no hay ninguna de ellas, por desgraciada que sea, que no se crea amable, que no se recomiende por su edad, o por su pelo, o por su donaire (pues de mujeres universalmente feas no hay más que de bellas), y las muchachas brahmanes, que carecen de otra recomendación, van a la plaza, reunido el pueblo a gritos para tal fin, haciendo mostración de sus partes matrimoniales, a ver si al menos por ahí valen lo suficiente para conseguir un marido.
En consecuencia, no hay ninguna que no se deje persuadir fácilmente por el primer juramento que se le hace de servirla. Ahora bien, de esta traición común y ordinaria de los hombres de hoy en día, tiene que suceder lo que ya nos muestra la experiencia: que ellas se reagrupen y se replieguen sobre sí mismas, o entre ellas, para huir de nosotros; o bien que se alineen también por su parte, siguiendo este ejemplo que les damos: que representen su papel de la farsa y se presten a esta negociación sin pasión, sin cuidado y sin amor: «Sin someterse a su afecto ni al ajeno». Estimando, según la persuasión de Lisias en Platón, que pueden entregarse útil y cómodamente a nosotros tanto más cuanto menos las amamos. Irá como en las comedias: el público tendrá tanto o más placer que los comediantes. En cuanto a mí, no conozco más a Venus sin Cupido que una maternidad sin descendencia. Son cosas que se prestan mutuamente y se deben recíprocamente su esencia. Así, este engaño recae sobre quien lo hace: apenas le cuesta, pero tampoco adquiere nada que valga la pena. Quienes hicieron de Venus una diosa, consideraron que su principal belleza era incorpórea y espiritual. Pero la que buscan estas gentes no es siquiera humana, ni siquiera animal: las bestias no la quieren tan pesada y tan terrestre.
Vemos que la imaginación y el deseo las calientan a menudo y las solicitan antes que al cuerpo; vemos que en uno y otro sexo, en la multitud tienen elección y selección en sus afectos, y que tienen entre ellas relaciones de larga benevolencia. Incluso aquellas a quienes la vejez niega la fuerza corporal todavía se estremecen, relinchan y se sobresaltan de amor. Las vemos antes del acto, llenas de esperanza y ardor, y cuando el cuerpo ha jugado su juego, regodearse aún con la dulzura de ese recuerdo, y las vemos hincharse de orgullo al salir de ahí, y producir cantos de fiesta y triunfo, cansadas y saciadas. Quien sólo necesita descargar el cuerpo de una necesidad natural, no tiene por qué ocupar en ello a otro con preparativos tan elaborados. No es vianda para un hambre gruesa y pesada.
Como quien no pide que se me tenga por mejor de lo que soy, diré esto de los errores de mi juventud: no sólo por el peligro que hay para la salud (aunque no he sabido hacerlo tan bien que no haya tenido dos ataques, leves sin embargo y preliminares), sino también por desprecio, apenas me he entregado a los encuentros venales y públicos. He querido aguzar ese placer por la dificultad, por el deseo y por cierta gloria. Y me gustaba el modo del emperador Tiberio, que se prendaba en sus amores tanto por la modestia y nobleza como por cualquier otra cualidad. Y el humor de la cortesana Flora, que no se prestaba a menos que a un dictador, o cónsul, o censor, y encontraba su deleite en la dignidad de sus amantes. Ciertamente las perlas y el brocado contribuyen algo, y los títulos y el séquito. Por lo demás, yo daba gran importancia al espíritu, pero siempre que el cuerpo no estuviera mal. Pues para responder en conciencia, si una u otra de las dos bellezas debiera necesariamente faltar, yo habría escogido prescindir más bien de la espiritual. Ésta tiene su uso en cosas mejores. Pero en el asunto del amor, asunto que principalmente se refiere a la vista y al tacto, algo se hace sin las gracias del espíritu, nada sin las gracias corporales. La verdadera ventaja de las damas es la belleza: es tan suya que la nuestra, aunque desea rasgos un poco diferentes, sólo está en su punto cuando se confunde con la suya, pueril e imberbe. Se dice que en casa del gran señor, aquellos que le sirven bajo el título de belleza, que son en número infinito, obtienen su despido, a lo más tardar, a los veintidós años. Los discursos, la prudencia y los oficios de amistad se encuentran mejor en los hombres; por eso gobiernan ellos los asuntos del mundo.
Esos dos comercios son fortuitos y dependen de otros. El uno es fastidioso por su rareza, el otro se marchita con la edad: así pues, no habrían provisto suficientemente a las necesidades de mi vida. El de los libros, que es el tercero, es mucho más seguro y más nuestro. Cede a los primeros las otras ventajas, pero tiene por su parte la constancia y facilidad de su servicio. Éste acompaña todo mi curso y me asiste en todas partes; me consuela en la vejez y en la soledad; me descarga del peso de una ociosidad fastidiosa y me libra a toda hora de las compañías que me molestan; embota los aguijones del dolor, si no es del todo extremo y dominante. Para distraerme de una imaginación importuna, no hay más que recurrir a los libros; fácilmente me atraen hacia ellos y me la roban. Y no se amotinan al ver que sólo los busco a falta de esas otras comodidades más reales, vivas y naturales; siempre me reciben con el mismo semblante. Hermoso es ir a pie, se dice, cuando se lleva el caballo de la brida. Y nuestro Jacobo, rey de Nápoles y de Sicilia, que bello, joven y sano, se hacía llevar por el país en litera, acostado sobre un mísero cojín de pluma, vestido con una ropa de paño gris y un bonete del mismo, seguido mientras tanto de una gran pompa real, literas, caballos de mano de todas clases, gentilhombres y oficiales, representaba una austeridad todavía tierna y vacilante. No es de compadecer el enfermo que tiene la curación en su manga. En la experiencia y uso de esta sentencia, que es muy verdadera, consiste todo el fruto que obtengo de los libros. En efecto, no me sirvo de ellos apenas más que quienes no los conocen en absoluto.
Disfruto de ellos como los avaros de sus tesoros, sabiendo que disfrutaré de ellos cuando me plazca; mi alma se sacia y se contenta con ese derecho de posesión. No viajo sin libros, ni en paz ni en guerra. Sin embargo, pasarán varios días, y meses, sin que los utilice. Será pronto, me digo, o mañana, o cuando me plazca; el tiempo corre y se va mientras tanto sin herirme. Pues no se puede decir cuánto me reconforto y descanso en esta consideración: que están a mi lado para darme placer a mi hora, y al reconocer cuánto auxilio aportan a mi vida. Es la mejor provisión que he encontrado para este viaje humano, y compadezco enormemente a los hombres de entendimiento que carecen de ella. Acepto de mejor grado cualquier otra clase de entretenimiento, por ligero que sea, porque este no puede faltarme. En casa me retiro un poco más a menudo a mi biblioteca, desde donde, sin moverme, dirijo mi hacienda. Estoy en la entrada y veo bajo mí mi jardín, mi corral, mi patio y la mayor parte de las dependencias de mi casa. Allí hojeo a esta hora un libro, a esta hora otro, sin orden ni designio, a trozos sueltos. Tan pronto sueño despierto como registro y dicto, paseándome, estos mis pensamientos que aquí están.
Está en el tercer piso de una torre. El primero es mi capilla, el segundo una habitación con sus dependencias, donde me acuesto a menudo para estar solo. Encima tiene un gran guardarropa. Era en tiempos pasados el lugar más inútil de mi casa. Paso allí la mayor parte de los días de mi vida y la mayor parte de las horas del día. Nunca estoy allí de noche. Junto a ella hay un gabinete bastante pulido, capaz de recibir fuego para el invierno, muy agradablemente perforado de ventanas. Y si no temiera tanto la preocupación como el gasto —la preocupación que me aparta de todo quehacer—, podría fácilmente añadir a cada lado una galería de cien pasos de largo y doce de ancho, a ras de suelo, habiendo encontrado todos los muros levantados, para otro uso, a la altura que necesito. Todo lugar apartado requiere un paseo. Mis pensamientos duermen si los mantengo sentados. Mi espíritu no va solo, como si las piernas lo agitaran. Quienes estudian sin libro están todos en esa situación. Su forma es redonda y solo tiene de plano lo que hace falta para mi mesa y mi asiento; y viene a ofrecerme, curvándose, de una sola mirada, todos mis libros, dispuestos en estantes de cinco gradas todo alrededor. Tiene tres vistas de rico y libre panorama, y dieciséis pasos de diámetro vacío.
En invierno estoy allí menos continuamente, porque mi casa está encaramada sobre un montículo —como dice su nombre— y no tiene estancia más ventosa que esta; lo cual me place por ser un poco penosa y apartada, tanto por el provecho del ejercicio como por alejar de mí la muchedumbre. Ese es mi trono. Intento hacer de él un dominio puro y sustraer este único rincón a la comunidad conyugal, filial y civil. En todas partes solo tengo una autoridad verbal, en esencia confusa. Miserable, a mi juicio, quien no tiene en su casa dónde estar consigo mismo, dónde hacerse particularmente la corte, dónde esconderse. La ambición paga bien a sus gentes manteniéndolas siempre en exhibición, como la estatua de un mercado. Magna servitus est magna fortuna. Ni siquiera tienen su retiro como retiro. No he juzgado nada tan duro en la austeridad de vida que nuestros religiosos profesan como lo que veo en algunas de sus comunidades: tener por regla una perpetua sociedad de lugar y asistencia numerosa entre ellos, en cualquier acción que sea. Y encuentro algo más soportable estar siempre solo que no poder estarlo nunca. Si alguien me dice que es rebajar a las musas servirse de ellas solamente como juguete y pasatiempo, no sabe, como yo, cuánto valen el placer, el juego y el pasatiempo; casi diría que cualquier otro fin es ridículo.
Vivo al día, y hablando con reverencia, solo vivo para mí; mis designios terminan ahí. Estudié de joven por ostentación; después, un poco para volverme más sabio; ahora para divertirme; nunca para lucro. Un humor vano y despilfarrador que tenía respecto a esta clase de muebles —no solo para proveer mi necesidad, sino tres pasos más allá, para tapizar y adornarme con ellos— lo abandoné hace tiempo. Los libros tienen muchas cualidades agradables para quienes saben elegirlos. Pero ningún bien sin pena. Es un placer que no es limpio y puro, como tampoco lo son los otros; tiene sus incomodidades, y bien pesadas. El alma se ejercita en él, pero el cuerpo, cuyo cuidado tampoco he olvidado, permanece mientras tanto sin acción, se entumece y entristece. No conozco exceso más dañino para mí ni más a evitar en esta declinación de la edad. Estas son mis tres ocupaciones favoritas y particulares. No hablo de aquellas que debo al mundo por obligación civil.
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