Clasicalia
InicioEnsayos, libro IIICapítulo 12
12 / 13

Capítulo 12De la fisonomía

Ensayos, libro III · Michel de Montaigne · 55 min de lectura

Casi todas las opiniones que tenemos están tomadas por autoridad y a crédito. No hay ningún mal en ello. No podríamos elegir peor que por nosotros mismos, en un siglo tan débil. Esta imagen de los discursos de Sócrates que nos han dejado sus amigos solo la aprobamos por el respeto a la aprobación pública. No es por nuestro conocimiento: no están según nuestro uso. Si naciera ahora algo parecido, pocos hombres lo apreciarían. Solo percibimos las gracias puntiagudas, hinchadas e infladas de artificio. Las que fluyen bajo la ingenuidad y la simplicidad escapan fácilmente a una vista grosera como la nuestra. Tienen una belleza delicada y oculta: hace falta una vista clara y bien depurada para descubrir esta luz secreta. ¿No es acaso la ingenuidad, según nosotros, hermana de la estupidez, y cualidad reprochable? Sócrates hace moverse su alma con un movimiento natural y común. Así habla un campesino, así habla una mujer. Solo tiene en la boca cocheros, carpinteros, zapateros y casas. Son inducciones y comparaciones sacadas de las acciones más vulgares y conocidas de los hombres: todos lo entienden. Bajo una forma tan vil, nosotros no habríamos escogido jamás la nobleza y esplendor de sus admirables concepciones: nosotros que estimamos planas y bajas todas aquellas que la doctrina no eleva; que solo percibimos la riqueza en el aparato y la pompa. Nuestro mundo solo está hecho para la ostentación. Los hombres solo se hinchan de viento: y se manejan a saltos, como los balones. Este no se propone vanas fantasías. Su fin fue proporcionarnos cosas y preceptos que real y más estrechamente sirven a la vida:

Guardar la medida, mantener el límite y seguir la naturaleza.

Fue también siempre uno y el mismo. Y se elevó, no a empujones, sino por complexión, al último punto de vigor. O, por mejor decir: no se elevó en nada, sino que más bien rebajó y devolvió a su punto original y natural la fuerza, las asperezas y las dificultades, y se las sometió. Porque en Catón se ve bien claro que es un camino que se extiende muy por encima de lo común. En las hazañas valientes de su vida, y en su muerte, se le siente siempre montado en sus grandes caballos. Este otro avanza al ras del suelo y con paso suave y ordinario, trata los discursos más útiles, y se conduce tanto en la muerte como ante las más espinosas dificultades que pueden presentarse en el curso de la vida humana.

Ha sucedido muy bien que el hombre más digno de ser conocido y presentado al mundo como ejemplo sea aquel del que tenemos más certero conocimiento. Ha sido iluminado por los hombres más clarividentes que jamás existieron. Los testimonios que tenemos de él son admirables en fidelidad y en suficiencia. Es gran cosa haber podido dar tal orden a las puras imaginaciones de un niño que, sin alterarlas ni forzarlas, haya producido con ellas los más bellos efectos de nuestra alma. No la representa elevada ni rica; solo la representa sana: pero, ciertamente, de una salud muy alegre y nítida. Con esos vulgares resortes naturales, con esas fantasías ordinarias y comunes, sin conmoverse y sin aguijonearse, organizó no solo las creencias, acciones y costumbres más reguladas, sino las más altas y vigorosas que jamás hubo. Es él quien trajo de vuelta del cielo, donde perdía su tiempo, la sabiduría humana, para devolverla al hombre: donde está su tarea más justa y más laboriosa. Vedlo defenderse ante sus jueces; ved por qué razones despierta su valor ante los peligros de la guerra, qué argumentos fortalecen su paciencia contra la calumnia, la tiranía, la muerte y contra la cabeza de su mujer: no hay nada tomado del arte y de las ciencias. Los más simples reconocen en él sus medios y su fuerza: no es posible ir más atrás ni más abajo. Ha hecho gran favor a la naturaleza humana al mostrar cuánto puede ella por sí misma.

Cada uno de nosotros es más rico de lo que piensa: pero se nos dirige hacia el préstamo y la búsqueda; se nos enseña a servirnos más de lo ajeno que de lo nuestro. En ninguna cosa sabe el hombre detenerse en el punto de su necesidad. De voluptuosidad, de riqueza, de poder, abraza más de lo que puede apretar. Su avidez es incapaz de moderación. Encuentro que en la curiosidad de saber ocurre lo mismo: se asigna mucho más trabajo del que puede hacer, y mucho más del que necesita. Extendiendo la utilidad del saber tanto como su materia. «Padecemos de intemperancia en todas las cosas, y también en las letras». Y Tácito tiene razón al elogiar a la madre de Agrícola por haber frenado en su hijo un apetito demasiado ardiente de ciencia.

Es un bien, si se le mira con ojos firmes, que tiene, como los otros bienes de los hombres, mucha vanidad y debilidad propia y natural, y un coste muy caro. Su adquisición es mucho más arriesgada que la de cualquier otra comida o bebida. Porque en otros casos, lo que hemos comprado lo llevamos a casa en algún recipiente, y allí tenemos derecho a examinar su valor, cuánto y cuándo tomaremos de ello. Pero las ciencias no podemos de entrada ponerlas en otro recipiente que en nuestra alma: nos las tragamos al comprarlas, y salimos del mercado ya infectados o mejorados. Las hay que solo nos estorban y cargan, en lugar de nutrirnos, y otras que, bajo pretexto de curarnos, nos envenenan. Me ha complacido ver en algún lugar a hombres hacer por devoción voto de ignorancia, como de castidad, de pobreza, de penitencia. Es también castrar nuestros apetitos desordenados, embotar esa codicia que nos espolea al estudio de los libros, y privar al alma de esa complacencia voluptuosa que nos cosquillea por la opinión de ciencia. Y es cumplir ricamente el voto de pobreza añadir a ella también la del espíritu. No necesitamos mucha doctrina para vivir a nuestras anchas. Y Sócrates nos enseña que ella está en nosotros, y la manera de encontrarla y de servirnos de ella.

Toda esta nuestra suficiencia que está más allá de la natural es poco más o menos vana y superflua. Es mucho si no nos carga y turba más de lo que nos sirve. «Pocas letras bastan para una mente buena». Son excesos febriles de nuestro espíritu, instrumento enredador e inquieto. Recógete en ti, encontrarás en ti los argumentos de la Naturaleza contra la muerte, verdaderos y los más propios para servirte en la necesidad. Son los que hacen morir a un campesino y a pueblos enteros con tanta constancia como a un filósofo. ¿Habría muerto yo menos alegremente antes de haber visto las Tusculanas? Pienso que no. Y cuando me encuentro en el trance, siento que mi lengua se ha enriquecido, mi coraje poco. Es como la Naturaleza me lo forjó. Y se esfuerza para el combate solo con un andar natural y común. Los libros me han servido no tanto de instrucción como de ejercitación. ¿Qué, si la ciencia, intentando armarnos de nuevas defensas contra los inconvenientes naturales, nos ha impreso más en la fantasía su grandeza y su peso que sus razones y sutilezas para cubrirnos de ellos? Son verdaderamente sutilezas: con las que nos despierta a menudo muy vanamente. Los autores más densos y más sabios, ved alrededor de un buen argumento cuántos otros siembran ligeros, y, si se mira de cerca, incorpóreos.

No son más que argucias verbales que nos engañan. Pero en tanto que esto puede ser útil, no quiero escarbarlas de otra manera. Hay aquí bastantes de esta condición en diversos lugares, ya por préstamo, ya por imitación. Hay que tener un poco de cuidado, sin embargo, de no llamar fuerza a lo que no es más que gentileza, y lo que no es más que agudo, sólido; o bueno a lo que no es más que bello: «que deleitan más al gusto que al trago». Todo lo que place no alimenta, «cuando no se trata de un asunto de ingenio sino de ánimo».

Al ver los esfuerzos que Séneca se impone para prepararse contra la muerte, al verlo sudar de fatiga para endurecerse y asegurarse, y debatirse tan largo tiempo en esta percha, yo habría sacudido su reputación si no la hubiera mantenido muy valientemente al morir. Su agitación tan ardiente, tan frecuente, muestra que él mismo era fogoso e impetuoso. «Un gran ánimo habla con más calma y seguridad. No es de un color el ingenio y de otro el ánimo». Hay que convencerlo a sus expensas. Y muestra en cierto modo que estaba acosado por su adversario. La manera de Plutarco, en cuanto es más desdeñosa y más distendida, es según yo tanto más viril y persuasiva. Creería fácilmente que su alma tenía los movimientos más asegurados y regulados. El uno más agudo, nos pincha y nos lanza de golpe: toca más el espíritu. El otro más sólido, nos informa, establece y conforta constantemente: toca más el entendimiento. Aquel arrebata nuestro juicio: este lo gana. He visto igualmente otros escritos, aún más venerados, que en la pintura del combate que sostienen contra los aguijones de la carne los representan tan ardientes, tan poderosos e invencibles, que nosotros mismos, que somos de la plebe del pueblo, tenemos tanto que admirar la extrañeza y vigor desconocido de su tentación como su resistencia.

¿Para qué nos vamos armando con estos esfuerzos de la ciencia? Miremos a tierra, a los pobres que vemos esparcidos por ella, la cabeza inclinada sobre su tarea, que no conocen ni a Aristóteles ni a Catón, ni ejemplo ni precepto. De ellos saca la Naturaleza todos los días efectos de constancia y de paciencia más puros y más firmes que los que estudiamos tan curiosamente en la escuela. ¿Cuántos veo ordinariamente que desconocen la pobreza, cuántos que desean la muerte o que la pasan sin alarma y sin aflicción? Ese que cava mi jardín, ha enterrado esta mañana a su padre o a su hijo. Los mismos nombres con que llaman a las enfermedades endulzan y ablandan su aspereza. La tisis es la tos para ellos; la disentería, desarreglo de estómago; una pleuresía es un enfriamiento, y según las nombran dulcemente, así las soportan también. Son muy penosas cuando les interrumpen su trabajo ordinario; no se meten en cama más que para morir. «Aquella virtud simple y abierta se ha vuelto ciencia oscura y astuta».

Escribía esto alrededor del tiempo en que una fuerte carga de nuestros disturbios se agazapó varios meses, con todo su peso, directamente sobre mí. Tenía por un lado a los enemigos a mi puerta; por otro lado, a los salteadores, peores enemigos, «no se combate con armas, sino con vicios». Y ensayaba toda suerte de injurias militares a la vez:

El enemigo acecha temible a derecha e izquierda, y amenaza ambos flancos con el peligro vecino. Guerra monstruosa. Las otras actúan hacia fuera, esta también contra sí misma: se roe y se deshace con su propio veneno. Es de naturaleza tan maligna y ruinosa que se arruina a sí misma al tiempo que al resto: se desgarra y se despedaza de rabia. La vemos más a menudo disolverse por sí misma que por falta de algo necesario o por la fuerza enemiga. Toda disciplina la huye. Viene a curar la sedición, y está llena de ella. Quiere castigar la desobediencia, y da ejemplo de ella: y empleada en la defensa de las leyes, hace su parte de rebelión contra las suyas propias. ¿Dónde estamos? Nuestra medicina conlleva infección.

Nuestro mal se envenena con el socorro que se le da.

Se agrava más y empeora con la cura. Todo lo permitido y lo prohibido, mezclado en funesta locura, ha apartado de nosotros la mente justa de los dioses.

En estas enfermedades populares, se puede distinguir al comienzo los sanos de los enfermos: pero cuando llegan a durar, como la nuestra, todo el cuerpo lo siente, tanto la cabeza como los talones: ninguna parte está exenta de corrupción. Pues no hay aire que se aspire tan ávidamente, que se expanda y penetre, como lo hace la licencia. Nuestros ejércitos ya no se unen y mantienen sino con cemento extranjero: de franceses ya no se sabe hacer un cuerpo de ejército constante y ordenado. ¡Qué vergüenza! No hay más disciplina que la que nos muestran los soldados prestados. En cuanto a nosotros, nos conducimos a discreción, y no según el jefe; cada cual según la suya: él tiene más que hacer adentro que afuera. Al mando le toca seguir, cortejar y plegarse: sólo a él obedecer: todo lo demás es libre y disoluto. Me gusta ver cuánta cobardía y pusilanimidad hay en la ambición: por cuánta abyección y servidumbre le hace falta llegar a su fin. Pero esto me disgusta: ver naturalezas bondadosas y capaces de justicia corromperse todos los días en el manejo y mando de esta confusión. El largo sufrimiento engendra la costumbre; la costumbre, el consentimiento y la imitación. Teníamos ya bastantes almas mal nacidas, sin corromper las buenas y generosas. De modo que, si continuamos, quedará difícilmente alguien a quien confiar la salud de este estado, en caso de que la Fortuna nos la devuelva.

¡Al menos no impidáis que este joven socorra al siglo desplomado!

¿Qué se ha hecho de aquel antiguo precepto: Que los soldados tienen más que temer a su jefe que al enemigo? ¿Y aquel maravilloso ejemplo: Que un manzano que se había encontrado encerrado dentro del recinto del campamento del ejército romano, al día siguiente se le vio partir dejando al propietario la cuenta entera de sus manzanas, maduras y deliciosas? Me gustaría mucho que nuestra juventud, en lugar del tiempo que emplea en peregrinaciones menos útiles y aprendizajes menos honorables, lo dedicara mitad a ver la guerra en el mar bajo algún buen capitán comandante de Rodas; mitad a conocer la disciplina de los ejércitos turcos. Pues tiene muchas diferencias y ventajas sobre la nuestra. Una de ellas es esta: que nuestros soldados se vuelven más licenciosos en las expediciones; allá, más contenidos y temerosos. Pues las ofensas o hurtos al pueblo menudo, que se castigan con bastonazos en la paz, son capitales en la guerra. Por un huevo tomado sin pagar, son de cuenta prefijada cincuenta bastonazos. Por cualquier otra cosa, por ligera que sea, no necesaria para el alimento, los empalan o decapitan sin dilación. Me asombré, en la historia de Selim, el más cruel conquistador que jamás hubo, al ver que cuando subyugó Egipto, los hermosos jardines alrededor de la ciudad de Damasco, todos abiertos y en tierra de conquista, estando su ejército acampado en el mismo lugar, fueron dejados vírgenes de las manos de los soldados, porque no habían tenido la señal de saquear.

Pero ¿hay algún mal en una sociedad que valga ser combatido con una droga tan mortal? No, decía Favonio, la usurpación de la posesión tiránica de una república. Platón igualmente no consiente que se haga violencia al reposo de su país para curarlo y no acepta la enmienda que perturba y arriesga todo, y que cuesta la sangre y ruina de los ciudadanos. Establece el oficio de un hombre de bien, en tal caso, en dejarlo todo ahí; solamente rogar a Dios que ponga en ello su mano extraordinaria. Y parece saber mal de Dión su gran amigo, por haber procedido de manera algo distinta. Yo era platónico en esto antes de saber que hubiera Platón en el mundo. Y si este personaje debe ser pura y simplemente rechazado de nuestra compañía (él, que por la sinceridad de su conciencia, mereció ante el favor divino penetrar tan hondo en la luz cristiana, a través de las tinieblas públicas del mundo de su tiempo), no pienso que nos convenga dejarnos instruir por un pagano. Cuánta impiedad es no esperar de Dios ningún socorro simplemente suyo y sin nuestra cooperación. Dudo a menudo si entre tanta gente que se mezcla en tal asunto, se ha encontrado alguno de entendimiento tan imbécil a quien se le haya persuadido sinceramente que iba hacia la reforma por la última de las deformaciones; que se encaminaba hacia su salvación por las causas más expresas que tenemos de certísima condenación: que trastornando la sociedad, el magistrado y las leyes, en cuya tutela Dios lo ha colocado, llenando de odios parricidas los corazones fraternales, llamando en su ayuda a los diablos y a las furias, pueda aportar socorro a la sacrosanta dulzura y justicia de la ley divina.

La ambición, la avaricia, la crueldad, la venganza, no tienen bastante ímpetu propio y natural: cebémoslas y atícelas con el glorioso título de justicia y devoción. No se puede imaginar un peor estado de cosas que aquel en que la maldad llega a ser legítima y toma con el permiso del magistrado el manto de la virtud: Nada más engañoso en apariencia que la falsa religión, donde se pretexta el nombre de los dioses para los crímenes. La extrema especie de injusticia, según Platón, es que lo que es injusto sea tenido por justo.

El pueblo sufrió ampliamente entonces, no sólo los daños presentes,

Por todas partes en los campos todo se perturba,

sino también los futuros. Los vivos tuvieron que padecer, como tuvieron los que aún no habían nacido. Se le saqueó, y a mí por consecuencia, hasta la esperanza: arrebatándole todo lo que tenía para prepararse a vivir por largos años,

Lo que no pueden llevarse ni conducir consigo, lo destruyen; y la turba criminal quema las casas inocentes. Ninguna confianza en las murallas, los campos se agolpan de saqueos. Además de esta sacudida, sufrí otras. Incurrí en los inconvenientes que la moderación trae en tales enfermedades. Fui apaleado por todos lados. Para el gibelino era güelfo, para el güelfo gibelino. Alguno de mis poetas dice bien esto, pero no sé dónde. La situación de mi casa y el trato con los hombres de mi vecindad presentaban mi vida y mis acciones de un semblante, de otro. No se hacían acusaciones formales pues no había dónde morder. Nunca me aparté de las leyes y quien me hubiera perseguido me habría debido de sobra. Eran sospechas mudas que corrían por debajo, a las cuales nunca falta apariencia en una mezcla tan confusa, como tampoco espíritus envidiosos o ineptos. Ayudo ordinariamente a las presunciones injuriosas que la Fortuna siembra contra mí: por una manera que he tenido siempre de evitar justificarme, excusarme e interpretarme: estimando que es poner mi conciencia en compromiso abogar por ella. Pues la claridad se debilita con la argumentación. Y como si cada cual viera en mí tan claramente como yo veo: en lugar de apartarme de la acusación, avanzo hacia ella; y la aumento más bien por una confesión irónica y burlona: si es que no me callo del todo, como de cosa indigna de respuesta. Pero los que lo toman por una confianza demasiado altiva, no me quieren mucho menos mal que los que lo toman por debilidad de una causa indefendible. Especialmente los grandes, hacia los cuales falta de sumisión es la falta extrema. Duros con toda justicia que se conoce, que se siente: no sumisa, humilde y suplicante. He topado a menudo con ese pilar. Tanto es así que de lo que me ocurrió entonces, un ambicioso se habría ahorcado; lo habría hecho un avaricioso. No tengo cuidado alguno de adquirir.

Sea mío lo que ahora tengo, e incluso menos; para que viva lo que queda de vida, si algo quieren que quede los dioses.

Pero las pérdidas que me vienen por la injuria de otro, ya sea robo o violencia, me punzan aproximadamente como a un hombre enfermo y atormentado por la avaricia. La ofensa tiene sin medida más amargura que la pérdida. Mil diversas clases de males me acometieron en fila. Los habría soportado más gallardamente en tropel. Ya pensaba, entre mis amigos, a quién podría confiar una vejez necesitada y desgraciada. Después de haber paseado los ojos por todas partes, me encontré en calzas. Para dejarse caer a plomo, y desde tan alto, es preciso que sea entre los brazos de un afecto sólido, vigoroso y afortunado. Son raros, si es que los hay. Al fin reconocí que lo más seguro era fiarme a mí mismo de mí, y de mi necesidad. Y que si no sucedía que estuviese fríamente en la gracia de la Fortuna, me recomendase más fuertemente a la mía: me agarrase, me mirase más de cerca a mí. En todas las cosas los hombres se lanzan a los apoyos ajenos, para ahorrar los propios: solos ciertos y solos poderosos, quien sabe armarse de ellos. Cada uno corre hacia otra parte, y hacia el porvenir, porque nadie ha llegado a sí mismo. Y me resolví a que eran inconvenientes útiles: en primer lugar porque hay que advertir a golpes de látigo a los malos discípulos cuando la razón no puede bastar, como con el fuego y la violencia de las cuñas devolvemos a su rectitud una madera torcida.

Hace tanto tiempo que me predico que debo apegarme a mí y separarme de las cosas ajenas: sin embargo, aún sigo volviendo los ojos a un lado. La inclinación, una palabra favorable de un grande, un buen semblante, me tientan. Dios sabe si hacen falta en estos tiempos, y qué sentido portan. Todavía escucho sin arrugar la frente los sobornos que me hacen para atraerme a plaza de mercado, y me defiendo tan débilmente que parece que sufriría más voluntariamente ser vencido por ello. Ahora bien, para un espíritu tan indócil, hacen falta bastonazos: y hay que remachar y apretar, a buenos golpes de mazo, esta vasija que se despega, se descose, que se escapa y se escabulle de sí. En segundo lugar, que este accidente me servía de ejercitación para prepararme a lo peor: si yo, que tanto por el beneficio de la Fortuna como por la condición de mis costumbres esperaba ser de los últimos, venía a ser de los primeros atrapado por esta tempestad. Instruyéndome desde temprano a forzar mi vida, y arreglarla para un nuevo estado. La verdadera libertad es poder todas las cosas sobre uno mismo. «El más poderoso es quien se tiene en su poder». En un tiempo ordinario y tranquilo, uno se prepara para accidentes moderados y comunes: pero en esta confusión en que estamos desde hace treinta años, todo hombre francés, sea en particular o en general, se ve a cada hora en el punto de la entera inversión de su fortuna.

Por tanto hay que tener el coraje pertrechado con provisiones más fuertes y vigorosas. Demos gracias a la suerte de habernos hecho vivir en un siglo no blando, lánguido ni ocioso. Tal que no lo habría sido por otro medio se hará famoso por su desgracia. Como yo no leo apenas en las historias esas confusiones de otros estados sin lamentar no haberlas podido considerar mejor en persona. Así hace mi curiosidad que me complazca en cierto modo de ver con mis propios ojos este notable espectáculo de nuestra muerte pública, sus síntomas y su forma. Y puesto que no sabría retardarla, estoy contento de estar destinado a asistir a ella e instruirme de ella. Así buscamos evidentemente reconocer incluso en sombra, y en la fábula de los teatros, la muestra de los juegos trágicos de la fortuna humana. No es sin compasión por lo que oímos: pero nos place despertar nuestro desplacer por la rareza de estos lamentables acontecimientos. Nada cosquillea que no pellizque. Y los buenos historiadores huyen como de un agua dormida y mar muerto de las narraciones calmas para recobrar las sediciones, las guerras, donde saben que los llamamos. Dudo si puedo confesar con bastante honestidad a cuán vil precio del reposo y tranquilidad de mi vida la he pasado más de la mitad en la ruina de mi país.

Me concedo un precio demasiado bajo de paciencia en los accidentes que no me atrapan propiamente, y para quejarme a mí mismo, miro no tanto lo que se me quita como lo que me queda a salvo, dentro y fuera. Hay consuelo en esquivar ya uno, ya otro de los males que nos acechan seguidos y golpean en otra parte, alrededor de nosotros. También, que en materia de intereses públicos, a medida que mi afección está más universalmente extendida, es más débil. Junto a que es cierto a medias: «Sólo sentimos de los males públicos lo que atañe a los asuntos privados». Y que la salud de la que partimos era tal que alivia ella misma el pesar que deberíamos tener de ella. Era salud, pero solo en comparación con la enfermedad que la ha seguido. No hemos caído desde muy alto. La corrupción y el bandidaje que hay en dignidad y en oficio me parece lo menos soportable. Se nos roba menos injuriosamente en un bosque que en lugar de seguridad. Era una unión universal de miembros podridos en particular, a porfía unos con otros: y la mayor parte de úlceras envejecidas que ya no recibían ni pedían curación. Este derrumbe entonces me animó ciertamente más de lo que me abatió, con la ayuda de mi conciencia, que se comportaba no solo pacíficamente sino fieramente; y no encontraba de qué quejarme de mí.

También, como Dios no envía jamás los males más que los bienes completamente puros a los hombres, mi salud se mantuvo firme ese tiempo, por encima de su ordinario. Y así como sin ella no puedo nada, hay pocas cosas que no pueda con ella. Me dio medio de despertar todas mis provisiones, y de poner la mano por delante de la llaga, que habría pasado voluntariamente más adelante. Y experimenté en mi paciencia que tenía alguna resistencia contra la Fortuna, y que para hacerme perder los estribos hacía falta un gran golpe. No lo digo para irritarla a hacerme una carga más vigorosa. Soy su servidor: le tiendo las manos. Por Dios, que se contente. ¿Si siento sus asaltos? Sí los siento. Como aquellos a quienes la tristeza abruma y posee se dejan sin embargo por intervalos tentar por algún placer, y se les escapa una sonrisa: también yo puedo bastante sobre mí para hacer mi estado ordinario pacífico y descargado de imaginación enojosa: pero me dejo sin embargo por arrebatos sorprender por las mordeduras de estos pensamientos desagradables que me golpean mientras me armo para expulsarlos o para luchar contra ellos. He aquí otro agravamiento de mal que me llegó siguiendo al resto. Fuera y dentro de mi casa, fui acogido por una peste vehemente en comparación con cualquier otra. Pues como los cuerpos sanos están sujetos a enfermedades más graves, ya que no pueden ser forzados sino por aquellas: así también mi aire muy salubre, donde por ninguna memoria el contagio, aunque vecino, había sabido tomar pie, viniendo a envenenarse, produjo efectos extraños.

«Se apiñan los funerales mezclados de ancianos y jóvenes, ninguna cabeza huye de la cruel Proserpina». Tuve que sufrir esta penosa condición: que la vista de mi casa me era espantosa. Todo lo que había en ella estaba sin guardia y al abandono de quien tuviese ganas. Yo, que soy tan hospitalario, estuve en muy penosa búsqueda de retiro para mi familia. Una familia extraviada, dando miedo a sus amigos y a sí misma, y horror dondequiera que buscase ubicarse: teniendo que cambiar de morada tan pronto como uno de la tropa comenzaba a dolerse de la punta del dedo. Todas las enfermedades se toman entonces por peste: no se da uno el ocio de reconocerlas. Y es lo bueno que según las reglas del arte, ante todo peligro que uno se acerca, hay que estar cuarenta días en angustia de este mal: la imaginación ejercitándoos mientras tanto a su modo, y envenenando vuestra salud misma. Todo aquello me habría tocado mucho menos si no hubiese tenido que resentirme de la pena de otro, y servir seis meses miserablemente de guía a esta caravana. Pues llevo en mí mis preservativos, que son resolución y sufrimiento. La aprensión no me aprieta apenas: la cual se teme particularmente en este mal. Y si estando solo hubiera querido cogerla, habría sido una continuación mucho más gallarda y más alejada. Es una muerte que no me parece de las peores. Es comúnmente corta, de aturdimiento, sin dolor, consolada por la condición pública: sin ceremonia, sin duelo, sin gentío. Pero en cuanto al mundo de los alrededores, la centésima parte de las almas no puede salvarse.

«Verías reinos desiertos de pastores, y dehesas vacías a lo lejos y a lo ancho».

En este lugar, mi mejor renta es manual. Lo que cien hombres trabajaban para mí quedó sin cultivar durante mucho tiempo. Ahora bien, ¡qué ejemplo de resolución vimos entonces en la sencillez de todo ese pueblo! En general, cada uno renunciaba al cuidado de la vida. Las uvas quedaban colgadas en las viñas, el bien principal del país: todos indiferentemente preparándose y esperando la muerte, para esa tarde o para el día siguiente, con un rostro y una voz tan poco asustados que parecía que se habían resignado a esa necesidad, y que era una condena universal e inevitable. Siempre es tal. Pero, ¡qué poco se necesita para tener resolución ante el morir! La distancia y diferencia de algunas horas: la sola consideración de la compañía nos hace diversa la aprensión. Mira a estos: por el hecho de que mueren en el mismo mes —niños, jóvenes, viejos— ya no se asustan, ya no se lloran. Vi a algunos que temían quedarse atrás, como en una horrible soledad. Y no conocí comúnmente otro cuidado que el de las sepulturas: les molestaba ver los cuerpos dispersos por los campos, a merced de las bestias, que enseguida los poblaron. ¡Cómo se diversifican las fantasías humanas! Los neoritas, nación que Alejandro subyugó, arrojan los cuerpos de los muertos a lo más profundo de sus bosques para que sean comidos allí.

Única sepultura estimada entre ellos como dichosa. Tal hombre sano hacía ya su fosa; otros se acostaban en ella aún vivos. Y un jornalero mío, con sus manos y sus pies, atrajo sobre sí la tierra al morir. ¿No era esto cubrirse para dormirse más a gusto? De una empresa en grandeza semejante en cierto modo a la de los soldados romanos que se encontraron después de la jornada de Cannas, con la cabeza hundida en agujeros que habían hecho y rellenado con sus manos, sofocándose en ellos. En suma, toda una nación fue de inmediato, por costumbre, colocada en una marcha que no cede en firmeza a ninguna resolución estudiada y meditada. La mayor parte de las instrucciones de la ciencia para animarnos tienen más de apariencia que de fuerza, y más de adorno que de fruto. Hemos abandonado a la Naturaleza, y queremos enseñarle su lección a ella, que nos conducía tan feliz y seguramente. Y sin embargo, las huellas de su instrucción, y ese poco que, por el beneficio de la ignorancia, queda de su imagen impresa en la vida de esa turba rústica de hombres incultos, la ciencia se ve obligada a ir a tomarlo prestado todos los días, para hacer de ello modelo a sus discípulos de constancia, de inocencia y de tranquilidad. Es hermoso ver que estos, llenos de tanto bello conocimiento, tengan que imitar esa necia simplicidad, y a imitarla en las primeras acciones de la virtud.

Y que nuestra sabiduría aprenda de las bestias mismas las enseñanzas más útiles para las partes más grandes y necesarias de nuestra vida. Como tenemos que vivir y morir, administrar nuestros bienes, amar y criar a nuestros hijos, mantener la justicia. Singular testimonio de la enfermedad humana: y que esa razón que se maneja a nuestro antojo, encontrando siempre alguna diversidad y novedad, no deja en nosotros ningún rastro aparente de la Naturaleza. Y los hombres han hecho con ella como los perfumistas con el aceite: la han adulterado con tantas argumentaciones y discursos traídos de fuera, que se ha vuelto variable y particular para cada uno, y ha perdido su propio rostro, constante y universal. Y tenemos que buscar testimonio en las bestias, no sujetas a favor, corrupción ni a diversidad de opiniones. Porque es muy cierto que ellas mismas no van siempre exactamente por la ruta de la Naturaleza, pero en lo que se desvían de ella es tan poco que siempre se percibe la senda. Exactamente como los caballos que se llevan de la mano dan saltos y escapadas, pero es a lo largo de sus riendas y siguen no obstante siempre los pasos de quien los guía, y como el pájaro emprende su vuelo, pero bajo la brida de su cordel. «Medita destierros, tormentos, guerras, enfermedades, naufragios, para que no seas novato ante ningún mal».

¿De qué nos sirve esta curiosidad de anticipar todos los inconvenientes de la naturaleza humana, y prepararnos con tanto esfuerzo para el encuentro de aquellos que quizá ni siquiera han de tocarnos? («Igual tristeza causa a los que sufren el poder sufrir». No solo el golpe, sino el viento y el pedo nos golpean). ¿O, como los más febriles —pues ciertamente es fiebre—, ir desde ahora mismo a hacerte azotar porque puede suceder que la Fortuna te haga sufrirlo un día, y ponerte tu ropa forrada desde San Juan porque la necesitarás en Navidad? Arrójate a la experiencia de todos los males que pueden llegarte, especialmente de los más extremos; pruébate en ellos, dicen, asegúrate en ellos. Al contrario: lo más fácil y natural sería descargar incluso el pensamiento de ellos. No vendrán bastante pronto, su verdadero ser no nos dura bastante; es necesario que nuestro espíritu los extienda y los alargue, y que anticipadamente los incorpore en sí y se entretenga con ellos, como si no pesaran razonablemente sobre nuestros sentidos. Pesarán bastante cuando estén aquí, dice uno de los maestros, no de alguna secta blanda, sino de la más dura; mientras tanto favorécete: cree lo que más te gusta; ¿de qué te sirve ir recogiendo y anticipando tu mala fortuna, y perder el presente por miedo al futuro, y ser desde ahora mismo miserable porque debes serlo con el tiempo? Estas son sus palabras. La ciencia nos hace voluntariamente un buen servicio instruyéndonos muy exactamente sobre las dimensiones de los males.

«Aguzando los corazones mortales con preocupaciones». Sería lástima si parte de su grandeza escapara a nuestro sentimiento y conocimiento. Es cierto que para la mayor parte la preparación para la muerte ha dado más tormento que lo que ha dado el sufrimiento mismo. Fue dicho antaño con verdad, y por un autor bien juicioso: «La fatiga afecta menos al sentido que el pensamiento». El sentimiento de la muerte presente nos anima a veces por sí mismo, con una pronta resolución, a no evitar más una cosa del todo inevitable. Muchos gladiadores se vieron en el pasado, después de haber combatido cobardemente, tragar valerosamente la muerte, ofreciendo su garganta al hierro del enemigo y convidándolo. La vista lejana de la muerte venidera necesita una firmeza lenta, y difícil por consiguiente de proporcionar. Si no sabes morir, no te importe. La Naturaleza te informará sobre la marcha, plena y suficientemente; hará exactamente ese trabajo por ti, no empeñes tu cuidado en ello.

«En vano, mortales, buscáis la hora incierta del funeral, y por qué vía llegará la muerte. Menor pena es sufrir de súbito una ruina cierta que soportar largo tiempo lo que temes más gravemente».

Turbamos la vida con la preocupación por la muerte, y la muerte con la preocupación por la vida. Una nos fastidia, la otra nos aterra. No es contra la muerte que nos preparamos, es algo demasiado momentáneo. Un cuarto de hora de sufrimiento sin consecuencia, sin daño, no merece preceptos particulares. A decir verdad, nos preparamos contra las preparaciones de la muerte. La filosofía nos ordena tener la muerte siempre ante los ojos, preverla y considerarla antes de tiempo: y nos da después las reglas y las precauciones para proveer a que esta previsión y este pensamiento no nos hieran. Así hacen los médicos que nos arrojan a las enfermedades, para que tengan dónde emplear sus drogas y su arte. Si no hemos sabido vivir, es injusticia enseñarnos a morir y deformar el fin de su totalidad. Si hemos sabido vivir, constante y tranquilamente, sabremos morir del mismo modo. Que se jacten de ello cuanto les plazca. Tota philosophorum vita commentatio mortis est. Pero me parece que es bien el término, mas no la meta de la vida. Es su fin, su extremidad, mas no su objetivo. Ella debe ser ella misma para sí, su mira, su designio. Su recto estudio es regularse, conducirse, soportarse. En el número de varios otros oficios que comprende el capítulo general y principal de saber vivir, está este artículo de saber morir. Y de los más livianos, si nuestro miedo no le diese peso.

A juzgarlas por la utilidad y por la verdad ingenua, las lecciones de la simplicidad no ceden mucho a aquellas que nos predica la doctrina al contrario. Los hombres son diversos en sentimiento y en fuerza: hay que conducirlos a su bien, según ellos y por rutas diversas. Quò me cumque rapit tempestas, deferor hospes. Yo nunca vi a un campesino de mis vecinos entrar en cavilación sobre qué continente y seguridad pasaría esta hora postrera. La Naturaleza le enseña a no pensar en la muerte sino cuando se está muriendo. Y entonces la afronta con mejor gracia que Aristóteles: a quien la muerte oprime doblemente, y por ella, y por tan larga premeditación. Por eso fue la opinión de César que la muerte menos premeditada era la más feliz y más descargada. Plus dolet quam necesse est, qui ante dolet quam necesse est. La amargura de esta imaginación nace de nuestra curiosidad. Nos estorbamos siempre así: queriendo adelantarnos y regir las prescripciones naturales. Solo a los doctos les toca cenar peor, estando del todo sanos, y ceñudarse con la imagen de la muerte. El común no tiene necesidad ni de remedio ni de consolación sino en el golpe y en el choque. Y no considera de ella sino justamente cuanto sufre. ¿No es esto lo que decimos, que la estupidez y falta de aprensión del vulgo le da esa paciencia ante los males presentes y esa profunda despreocupación de los siniestros accidentes futuros? ¿Que su alma por ser más gruesa y obtusa es menos penetrable y agitable? ¡Por Dios si es así, tengamos de ahora en adelante escuela de bestialidad! Es el extremo fruto que las ciencias nos prometen, al cual esta conduce tan dulcemente a sus discípulos.

No nos faltarán buenos maestros, intérpretes de la simplicidad natural. Sócrates será uno. Pues por lo que me acuerdo, habla aproximadamente en este sentido a los jueces que deliberan sobre su vida: Temo, señores, si os ruego que no me hagáis morir, que me enrede en la acusación de mis acusadores: que es que hago más el entendido que los otros como teniendo algún conocimiento más oculto de las cosas que están encima y debajo de nosotros. Yo sé que no he frecuentado ni reconocido la muerte, ni he visto a nadie que haya probado sus cualidades para instruirme. Quienes la temen presuponen conocerla: en cuanto a mí, no sé ni qué es, ni qué tal es en el otro mundo. Quizá sea la muerte cosa indiferente, quizá deseable. Es de creer sin embargo, si es una transmigración de un lugar a otro, que hay mejoría en ir a vivir con tantos grandes personajes difuntos, y en estar exento de tener que vérselas con jueces injustos y corruptos. Si es una aniquilación de nuestro ser, es todavía mejoría entrar en una larga y apacible noche. No sentimos nada más dulce en la vida que un reposo y sueño tranquilo y profundo sin ensueños. Las cosas que sé que son malas, como ofender al prójimo y desobedecer al superior, sea Dios, sea hombre, las evito cuidadosamente; aquellas de las cuales no sé si son buenas o malas, no sabría temerlas.

Si me voy a morir y os dejo en vida: solo los Dioses ven a quién, de vosotros o de mí, le irá mejor. Por lo cual en lo que a mí respecta, ordenaréis como os plazca. Mas según mi manera de aconsejar las cosas justas y útiles, digo bien que para vuestra conciencia haréis mejor en liberarme, si no veis más lejos que yo en mi causa. Y juzgando según mis acciones pasadas, tanto públicas como privadas, según mis intenciones, y según el provecho que sacan todos los días de mi conversación tantos de nuestros ciudadanos, jóvenes y viejos, y el fruto que os hago a todos, no podéis debidamente descargaros hacia mi mérito sino ordenando que sea alimentado, dada mi pobreza, en el Pritaneo, a expensas públicas: lo que a menudo os he visto por menor razón otorgar a otros. No toméis por obstinación o desdén que, siguiendo la costumbre, no vaya a suplicaros y moveros a conmiseración. Tengo amigos y parientes, no siendo, como dice Homero, engendrado ni de madera ni de piedra como los demás: capaces de presentarse, con lágrimas y duelo, y tengo tres hijos afligidos, con qué llevaros a piedad. Pero haría vergüenza a nuestra ciudad, en la edad que tengo y en tal reputación de sabiduría, en que me veo en prevención, rebajarme a tan cobardes actitudes.

¿Qué dirían de los demás atenienses? Siempre he amonestado a quienes me han oído hablar de no rescatar su vida con una acción deshonesta. Y en las guerras de mi patria en Anfípolis, en Potidea, en Delio y otras donde me he hallado, he mostrado con hechos cuán lejos estaba de garantizar mi seguridad con mi vergüenza. Además perjudicaría vuestro deber y os convidaría a cosas feas, pues no es a mis ruegos a lo que debéis ser persuadidos: es a las razones puras y sólidas de la justicia. Habéis jurado a los Dioses manteneros así. Parecería que quisiera haceros sospechar y recriminar, de no creer que los haya. Y yo mismo testificaría contra mí, de no creer en ellos como debo: desconfiando de su conducta y no poniendo puramente en sus manos mi asunto. Confío en ellos del todo: y tengo por cierto que harán en esto según sea más propio para vosotros y para mí. Los hombres de bien ni vivos ni muertos tienen en absoluto que temer de los Dioses.

¿No es este un alegato pueril, de una altura inimaginable y empleado en qué necesidad? Verdaderamente fue razón que lo prefiriera a aquel que el gran orador Lisias había puesto por escrito para él: excelentemente labrado en el estilo judicial, mas indigno de un criminal tan noble. ¿Se hubiera oído de la boca de Sócrates una voz suplicante? ¿Esa soberbia virtud hubiera cedido en lo más fuerte de su muestra? ¿Y su rica y poderante naturaleza hubiera encomendado al arte su defensa y en su más alto ensayo renunciado a la verdad y sencillez, ornamentos de su hablar, para adornarse con el afeite de las figuras y fingimientos de una oración aprendida? Hizo muy sabiamente, y según él, de no corromper una trayectoria de vida incorruptible y una tan santa imagen de la forma humana, para alargar de un año su decrepitud y traicionar la inmortal memoria de ese fin glorioso. Debía su vida no a sí, sino al ejemplo del mundo. ¿No sería daño público que la hubiese acabado de una manera ociosa y oscura? Ciertamente una consideración tan despreocupada y blanda de su muerte merecía que la posteridad la considerase tanto más por él. Lo que hizo. Y no hay nada en la justicia tan justo como lo que la Fortuna ordenó para su recomendación. Pues los atenienses tuvieron en tal abominación a quienes habían sido causa de ello, que se los huía como personas excomulgadas. Se tenía por contaminado todo aquello que habían tocado; nadie se lavaba en el baño con ellos, nadie los saludaba ni trataba: de modo que al fin no pudiendo soportar más ese odio público, se ahorcaron ellos mismos.

Si alguien estima que entre tantos otros ejemplos que tenía para escoger para el servicio de mi propósito en los dichos de Sócrates, he escogido mal este; y que juzga este discurso elevado por encima de las opiniones comunes, lo he hecho a propósito: pues yo juzgo de otro modo. Y sostengo que es un discurso, en rango y en sencillez, bien más atrás y más bajo que las opiniones comunes. Representa en una audacia sin artificio y seguridad infantil la pura y primera impresión e ignorancia de la naturaleza. Pues es creíble que tenemos naturalmente miedo al dolor; mas no a la muerte, a causa de ella. Es una parte de nuestro ser no menos esencial que el vivir. ¿Para qué hacer nos habría engendrado la Naturaleza odio y horror hacia ella, visto que le otorga rango de muy grande utilidad, para nutrir la sucesión y vicisitud de sus obras? ¿Y que en esta república universal sirve más de nacimiento y de aumento que de pérdida o ruina?

Sic rerum summa novatur: Mille animas una necata dedit.

El declive de una vida es el paso a mil otras vidas. La naturaleza ha impreso en las bestias el cuidado de sí mismas y de su conservación. Llegan hasta el punto de temer su empeoramiento: de chocarse y herirse; que las atemos y golpeemos, accidentes sometidos a sus sentidos y experiencia. Pero que las matemos, eso no lo pueden temer, ni tienen la facultad de imaginar y concluir la muerte. Sin embargo, se dice todavía que se las ve no solo sufrirla alegremente —la mayoría de los caballos relinchan al morir, los cisnes la cantan—, sino además buscarla cuando la necesitan; como muestran varios ejemplos de los elefantes. Además, la manera de argumentar de la que se sirve aquí Sócrates, ¿no es admirable tanto en simplicidad como en vehemencia? Verdaderamente, es mucho más fácil hablar como Aristóteles, vivir como César, que hablar y vivir como Sócrates. Ahí reside el grado extremo de perfección y de dificultad: el arte no puede alcanzarlo. Ahora bien, nuestras facultades no están así adiestradas. No las probamos ni las conocemos: nos revestimos de las de otros y dejamos ociosas las nuestras. Como alguien podría decir de mí: que solo he hecho aquí un ramo de flores ajenas, sin haber aportado de mi cosecha más que el hilo para atarlas. Ciertamente, he concedido a la opinión pública que estos atavíos prestados me acompañen: pero no pretendo que me cubran ni que me oculten: es lo contrario de mi intención.

Yo solo quiero mostrar lo mío y lo que es mío por naturaleza. Y si me hubiera creído a mí mismo, a todo riesgo, habría hablado completamente solo. Me cargo de ello cada vez más, cada día, más allá de mi propósito y mi forma primera, por la fantasía del siglo y por ociosidad. Si me sienta mal a mí, como creo, no importa: puede ser útil a algún otro. Tal persona alega a Platón y Homero sin haberlos visto jamás: y yo, he tomado pasajes bastante, de otro lugar que no es su fuente. Sin esfuerzo y sin suficiencia, teniendo mil volúmenes de libros a mi alrededor, en este lugar donde escribo, tomaré prestado ahora mismo si me place, de una docena de tales remendones, gente que apenas hojeo, con qué adornar el tratado de la Fisonomía. No hace falta más que la epístola preliminar de un alemán para hartarme de alegaciones: y vamos a buscar por ahí una deliciosa gloria, para engañar al mundo necio. Estos pasteles de lugares comunes, con los que tanta gente administra su estudio, apenas sirven más que para temas comunes y sirven para mostrarnos, no para guiarnos: fruto ridículo de la ciencia, que Sócrates ridiculiza tan graciosamente contra Eutidemo. He visto hacer libros de cosas nunca estudiadas ni entendidas: el autor encargando a varios de sus amigos sabios la búsqueda de esta o aquella materia, para construirlo: contentándose por su parte con haber proyectado el diseño y atado por su industria este haz de provisiones desconocidas: al menos es suya la tinta y el papel.

Eso es comprar o tomar prestado un libro, no hacerlo. Es enseñar a los hombres, no que uno sabe hacer un libro, sino, de lo que podían dudar, que uno no sabe hacerlo. Un presidente se jactaba donde yo estaba, de haber amontonado doscientos tantos pasajes ajenos en un arresto presidencial suyo. Al proclamarlo, borraba la gloria que se le daba. Jactancia pusilánime y absurda a mi juicio, para tal tema y tal persona. Yo hago lo contrario: y entre tantos préstamos, me alegro de poder robar alguno: disfrazándolo y deformándolo para un nuevo servicio. A riesgo de dejar decir que es por no haber entendido su uso natural, le doy algún toque particular de mi mano, para que sea de ese modo menos puramente ajeno. Estos ponen sus hurtos en exhibición y en cuenta. También tienen más crédito ante las leyes que yo. Nosotros los naturalistas estimamos que hay una gran e incomparable preferencia del honor de la invención al honor de la alegación. Si hubiera querido hablar por ciencia, habría hablado más pronto. Habría escrito en tiempo más cercano a mis estudios, cuando tenía más ingenio y memoria. Y me habría confiado más a la fuerza de aquella edad que a esta, si hubiera querido hacer oficio de escribir. Y qué, si este favor gratuito que la Fortuna me ha ofrecido recientemente mediante esta obra, me hubiera encontrado en tal sazón en lugar de esta; donde es igualmente deseable poseerla y está a punto de perderse.

Dos de mis conocidos, grandes hombres en esta facultad, han perdido la mitad, a mi juicio, por haber rechazado mostrarse a los cuarenta años, para esperar los sesenta. La madurez tiene sus defectos, como la verdor, y peores. Y tanto es la vejez incómoda para esta naturaleza de tarea, como para cualquier otra. Quien pone su decrepitud bajo la prensa, hace locura si espera exprimir de ella humores que no huelan a desgracia, ensoñación y sopor. Nuestro espíritu se constipa y se espesa al envejecer. Yo digo pomposamente y opulentamente la ignorancia, y digo la ciencia flacamente y lastimosamente. Accesoriamente esta, y accidentalmente: aquella expresamente, y principalmente. Y no trato expresamente de nada más que de nada, ni de ninguna ciencia más que de la de la inciencia. He elegido el tiempo en que mi vida, que tengo que pintar, la tengo toda ante mí: lo que queda se acerca más a la muerte. Y solo de mi muerte, si la encontrara parlanchina, como hacen otros, daría yo todavía de buen grado aviso al pueblo, al partir.

Sócrates fue un ejemplo perfecto en todas las grandes cualidades. Me desagrada que haya encontrado un cuerpo tan desgraciado, como dicen, y tan disconforme con la belleza de su alma, él tan enamorado y loco por la belleza. La naturaleza le hizo injusticia. Nada hay más verosímil que la conformidad y relación del cuerpo con el espíritu. «Es muy importante para el espíritu mismo en qué cuerpo esté alojado: pues muchas cosas proceden del cuerpo que aguzan la mente: muchas, que la embotan». Esto habla de una fealdad desnaturalizada y deformidad de miembros: pero llamamos fealdad también a un desencaje a primera vista, que reside principalmente en el rostro y nos disgusta por el tinte, una mancha, un semblante rudo, por alguna causa a menudo inexplicable, en miembros sin embargo bien ordenados y enteros. La fealdad que revestía un alma muy bella en La Boétie era de este predicamento. Esta fealdad superficial, que es no obstante la más imperiosa, es de menor perjuicio al estado del espíritu y tiene poca certeza en la opinión de los hombres. La otra, que con más propio nombre se llama deformidad, más sustancial, suele herir hasta dentro. No todo zapato de cuero bien lustrado, sino todo zapato bien formado, muestra la forma interior del pie. Como Sócrates decía de la suya, que acusaba justamente, otro tanto en su alma, si no la hubiera corregido por instrucción. Pero al decirlo, sostengo que se burlaba, siguiendo su costumbre: y jamás alma tan excelente se hizo a sí misma.

No puedo decir bastante a menudo cuánto estimo la belleza, cualidad poderosa y ventajosa. Él la llamaba una tiranía breve: y Platón, el privilegio de la naturaleza. No tenemos ninguna que la supere en crédito. Tiene el primer rango en el comercio de los hombres. Se presenta al frente: seduce y preocupa nuestro juicio con gran autoridad y maravillosa impresión. Friné perdía su causa, en manos de un excelente abogado, si, abriendo su túnica, no hubiera corrompido a sus jueces por el resplandor de su belleza. Y encuentro que Ciro, Alejandro, César, estos tres amos del mundo, no la olvidaron al hacer sus grandes asuntos. Tampoco el primer Escipión. Una misma palabra abraza en griego lo bello y lo bueno. Y el Espíritu Santo llama a menudo buenos a quienes quiere decir bellos. Yo mantendría de buen grado el rango de los bienes, según llevaba la canción que Platón dice haber sido trivial, tomada de algún poeta antiguo: la salud, la belleza, la riqueza. Aristóteles dice que pertenece a los bellos el derecho de mandar: y cuando hay quienes su belleza se aproxima a la de las imágenes de los Dioses, que la veneración les es igualmente debida. A quien le preguntaba por qué más largo tiempo y más a menudo se frecuentaba a los bellos: «Esta pregunta —dijo— solo pertenece hacerse a un ciego». La mayoría y los más grandes filósofos pagaron su escolaridad y adquirieron la sabiduría mediante la intermediación y favor de su belleza. No solo en los hombres que me sirven, sino en las bestias también, la considero a dos dedos de la bondad.

Sin embargo me parece que este rasgo y configuración de rostro, y estos lineamientos por los cuales se argumentan algunas complexiones internas y nuestras fortunas venideras, es cosa que no reside bien directamente y simplemente bajo el capítulo de belleza y de fealdad. Como tampoco todo buen olor y serenidad de aire nos promete la salud, ni toda espesura y hedor, la infección, en tiempo pestilente. Quienes acusan a las damas de contradecir su belleza por sus costumbres, no aciertan siempre. Pues en un rostro que no esté demasiado bien compuesto, puede alojarse algún aire de probidad y de confianza. Como al contrario, he leído a veces entre dos bellos ojos, amenazas de una naturaleza maligna y peligrosa. Hay fisonomías favorables: y en una muchedumbre de enemigos victoriosos, elegirás enseguida entre hombres desconocidos, a uno antes que otro, a quien rendirte y confiar tu vida: y no propiamente por la consideración de la belleza.

Es débil garantía el semblante, sin embargo tiene alguna consideración. Y si tuviera que azotarlos, sería más rudamente a los malvados que desmienten y traicionan las promesas que la Naturaleza les había plantado en la frente. Castigaría más agriamente la malicia en una apariencia bondadosa. Parece que hay algunos rostros afortunados, otros desventurados. Y creo que hay algún arte para distinguir los rostros bondadosos de los necios, los severos de los rudos, los maliciosos de los hoscos, los desdeñosos de los melancólicos, y tales otras cualidades vecinas. Hay bellezas no solo fieras, sino también agrias: las hay otras dulces, y aún más allá, insípidas. Pronosticar de ellas las venturas futuras, son materias que dejo indecisas.

He tomado, como he dicho en otra parte, bien simplemente y crudamente, por mi parte, este precepto antiguo: que no podríamos equivocarnos siguiendo la Naturaleza; que el precepto soberano es conformarse a ella. No he corregido como Sócrates, por la fuerza de la razón, mis complexiones naturales: y no he turbado en absoluto por arte mi inclinación. Me dejo ir como he venido. No combato nada. Mis dos piezas maestras viven por su gracia en paz y buen acuerdo: pero la leche de mi nodriza fue, gracias a Dios, medianamente sana y templada. ¿Diré esto de pasada?: que veo tener en más precio del que vale, la cual es sola casi en uso entre nosotros, cierta imagen de probidad escolástica, sierva de preceptos, constreñida bajo la esperanza y el temor. Yo la amo tal que las leyes y religiones no la hagan, sino la perfeccionen y autoricen; que se sienta capaz de sostenerse sin ayuda: nacida en nosotros de sus propias raíces, por la semilla de la razón universal, impresa en todo hombre no desnaturalizado. Esta razón que endereza a Sócrates de su inclinación viciosa, lo hace obediente a los hombres y a los Dioses que mandan en su ciudad: valiente en la muerte,

no porque su alma sea inmortal, sino porque es mortal. Instrucción ruinosa para todo gobierno, y mucho más dañina que ingeniosa y sutil, que persuade a los pueblos de que la creencia religiosa basta por sí sola, y sin las costumbres, para satisfacer la justicia divina. La experiencia nos hace ver una distinción enorme entre la devoción y la conciencia.

Tengo una apariencia favorable, tanto en forma como en interpretación. «¿Qué dije tener? ¡Mejor dicho, Cremes, tuve! ¡Ay, solo ves los huesos de un cuerpo consumido!» Y hago una muestra contraria a la de Sócrates. Me ha ocurrido a menudo que, por el simple crédito de mi presencia y de mi aire, personas que no tenían conocimiento alguno de mí han confiado grandemente en él, ya sea para sus propios asuntos, ya sea para los míos. Y he obtenido de ello, en países extranjeros, favores singulares y raros. Pero estas dos experiencias valen la pena de que las relate particularmente.

Un tal individuo deliberó sorprender mi casa y a mí. Su estratagema fue llegar solo a mi puerta y presionar un poco insistentemente para entrar. Yo lo conocía de nombre y tenía motivo para fiarme de él, como de mi vecino y en cierto modo mi allegado. Le hice abrir como hago con todo el mundo. Helo aquí completamente asustado, su caballo sin aliento, muy fatigado. Me entretuvo con esta fábula: que acababa de ser encontrado a media legua de allí por un enemigo suyo, al cual yo conocía también y había oído hablar de su querella; que este enemigo le había dado buena caza; y que, habiendo sido sorprendido desprevenido y más débil en número, se había refugiado en mi puerta para ponerse a salvo. Que estaba muy preocupado por su gente, a la cual decía dar por muerta o presa. Intenté muy ingenuamente confortarlo, tranquilizarlo y refrescarlo. Al poco rato, he aquí cuatro o cinco de sus soldados que se presentan con el mismo aspecto y espanto, para entrar; y luego otros, y otros más después, bien equipados y bien armados, hasta veinticinco o treinta, fingiendo tener a su enemigo pisándoles los talones. Este misterio comenzaba a despertar mi sospecha. No ignoraba en qué siglo vivía, cuánto podía ser envidiada mi casa, y tenía varios ejemplos de otros conocidos míos a quienes les había sucedido lo mismo.

Tanto es así que, encontrando que no había ganancia alguna en haber comenzado a hacer un favor si no lo concluía, y no pudiendo deshacerme de ellos sin romper del todo, me dejé llevar por el partido más natural y más simple, como hago siempre: ordenando que entrasen. También es verdad que soy poco desconfiado y suspicaz por naturaleza. Me inclino voluntariamente hacia la excusa y la interpretación más dulce. Tomo a los hombres según el orden común, y no creo en esas inclinaciones perversas y desnaturalizadas si no me veo forzado a ello por gran testimonio, como tampoco en los monstruos y milagros. Y soy hombre además que me confío voluntariamente a la Fortuna y me dejo caer de cuerpo entero entre sus brazos. De lo cual hasta esta hora he tenido más ocasión de alabarme que de quejarme. Y la he encontrado más avisada y más amiga de mis asuntos que yo mismo. Hay algunas acciones en mi vida cuya conducción se puede justamente llamar difícil o, si se quiere, prudente. De esas mismas, suponed que la tercera parte sea mía, ciertamente las dos terceras partes son abundantemente de ella. Erramos, me parece, en que no confiamos lo bastante en el cielo respecto a nosotros. Y pretendemos más de nuestra conducción de lo que nos corresponde. Por eso se desvían tan a menudo nuestros designios. Él es celoso de la extensión que atribuimos a los derechos de la humana prudencia, en perjuicio de los suyos. Y nos los acorta tanto más cuanto nosotros los amplificamos.

Aquellos se quedaron a caballo en mi patio; el jefe conmigo en mi sala, que no había querido que se estabulara su caballo, diciendo que debía retirarse en cuanto tuviera noticias de sus hombres. Se vio dueño de su empresa y no faltaba en ese punto más que la ejecución. A menudo desde entonces ha dicho, pues no temía hacer este relato, que mi rostro y mi franqueza le habían arrancado la traición de las manos. Volvió a montar a caballo, teniendo sus hombres continuamente los ojos puestos en él para ver qué señal les daría, muy asombrados de verlo salir y abandonar su ventaja.

Otra vez, fiándome de no sé qué tregua que acababa de ser proclamada en nuestros ejércitos, emprendí un viaje por un país extrañamente delicado. No bien me hube aventurado cuando he aquí tres o cuatro cabalgadas de diversos lugares para atraparme. Una me alcanzó al tercer día donde fui atacado por quince o veinte gentilhombres enmascarados, seguidos de una oleada de arcabuceros. Heme aquí preso y rendido, retirado en lo espeso de un bosque vecino, desmontado, despojado, mis cofres registrados, mi caja tomada, caballos y equipaje dispersados entre nuevos amos. Estuvimos largo tiempo disputando en aquel matorral sobre el tema de mi rescate, que me fijaban tan alto que parecía bien que no les era yo muy conocido. Entraron en gran debate sobre mi vida. En verdad, había varias circunstancias que me amenazaban del peligro en que estaba.

«Entonces hace falta ánimo, Eneas, entonces un pecho firme.» Me mantuve siempre en el título de mi tregua, abandonándoles solamente el botín que habían hecho de mi despojo, que no era de despreciar, sin promesa de otro rescate. Después de dos o tres horas que estuvimos allí, y de que me hubieron hecho montar en un caballo que no tenía forma de escapárseles, y confiado mi custodia particular a quince o veinte arcabuceros, y dispersado a mi gente entre otros, habiendo ordenado que nos llevaran prisioneros por diversas rutas, y yo ya encaminado a dos o tres arcabuzazos de allí,

Ya implorada la plegaria de Pólux, ya la de Cástor: he aquí una repentina e inesperadísima mudanza que les sobrevino. Vi volver hacia mí al jefe, con palabras más dulces: esforzándose en buscar entre la tropa mis pertenencias dispersas, y haciéndolas devolverme, según se podían recuperar, hasta mi caja. El mejor regalo que me hicieron fue, al final, mi libertad: el resto apenas me importaba en aquel momento. La verdadera causa de un cambio tan nuevo, y de ese arrebato, sin ningún impulso aparente, y de un arrepentimiento tan milagroso, en tal momento, en una empresa premeditada y deliberada, y vuelta justa por la costumbre (pues nada más llegar yo les confesé abiertamente el bando al que pertenecía y el camino que seguía), ciertamente aún no la conozco bien. El más visible, que se desenmascaró y me reveló su nombre, me repitió entonces varias veces que debía esta liberación a mi rostro, libertad y firmeza de mis palabras, que me hacían indigno de tal desventura, y me pidió garantía de un trato semejante. Es posible que la bondad divina quisiera servirse de este vano instrumento para mi conservación. Ella me defendió también al día siguiente de otras peores emboscadas, de las cuales estos mismos me habían advertido. El último sigue vivo para contar la historia: el primero fue muerto no hace mucho tiempo.

Si mi rostro no respondiera por mí, si no se leyera en mis ojos y en mi voz la simplicidad de mi intención, no hubiera durado sin querella ni ofensa tanto tiempo: con esta indiscreta libertad de decir a diestra y siniestra lo que se me viene a la imaginación, y juzgar temerariamente de las cosas. Esta manera puede parecer con razón incivil y mal acomodada a nuestro uso: pero ultrajante y maliciosa, no he visto a nadie que la haya juzgado así, ni que se haya picado de mi libertad si la ha recibido de mi boca. Las palabras repetidas tienen como otro sonido, otro sentido. Tampoco odio a nadie. Y soy tan reacio a ofender que, incluso al servicio de la razón misma, no puedo hacerlo. Y cuando la ocasión me ha convocado a las condenas criminales, he faltado más bien a la justicia. Que preferiría no pecar, antes que tener bastante ánimo para vengar los pecados. Le reprochaban, se dice, a Aristóteles haber sido demasiado misericordioso con un hombre malvado: He sido en verdad, dijo él, misericordioso con el hombre, no con la maldad. Los juicios ordinarios se exasperan hacia el castigo por el horror del delito. Eso mismo enfría el mío. El horror del primer asesinato me hace temer un segundo. Y la fealdad de la primera crueldad me hace abominar toda imitación. A mí, que no soy más que sota de tréboles, puede aplicarse lo que se decía de Carilao rey de Esparta: No podría ser bueno, puesto que no es malo con los malvados. O bien así: pues Plutarco lo presenta de estas dos maneras, como mil otras cosas diversa y contrariamente: Tiene que ser bueno, puesto que lo es hasta con los malvados. Del mismo modo que en las acciones legítimas me disgusta emplearme en ellas cuando es contra quienes también les desagradan, al decir verdad, en las ilegítimas no me hace bastante conciencia emplearme en ellas cuando es contra quienes consienten en ellas.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/ensayos-montaigne-iii/texto/capitulo-12-de-la-fisonomia/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Ensayos, libro III» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.