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Capítulo 13De la Experiencia

Ensayos, libro III · Michel de Montaigne · 110 min de lectura

No hay deseo más natural que el deseo de conocimiento. Probamos todos los medios que pueden llevarnos a él. Cuando la razón nos falta, empleamos la experiencia.

Por diversos usos la experiencia hizo el arte: el ejemplo mostrando el camino.

Que es un medio mucho más débil y más vil. Pero la verdad es cosa tan grande, que no debemos desdeñar ningún medio que nos conduzca a ella. La razón tiene tantas formas, que no sabemos a cuál acogernos. La experiencia no tiene menos. La consecuencia que queremos sacar de la confrontación de los acontecimientos es insegura, porque ellos son siempre desemejantes. No hay cualidad tan universal, en esta imagen de las cosas, como la diversidad y variedad. Y los griegos, y los latinos, y nosotros, como el más expresivo ejemplo de semejanza, nos servimos del de los huevos. Sin embargo se ha visto a hombres, y en particular a uno en Delfos, que reconocía marcas de diferencia entre los huevos, de modo que jamás tomaba uno por otro. Y teniendo varias gallinas, sabía juzgar de cuál era el huevo. La disimilitud se introduce por sí misma en nuestras obras, ningún arte puede llegar a la similitud. Ni Perrozet ni otro pueden pulir y blanquear con tanto cuidado el reverso de sus naipes, que algunos jugadores no los distingan, con solo verlos pasar por las manos de otro. La semejanza no hace tanto uno, como la diferencia hace otro. La naturaleza se ha obligado a no hacer nada que no fuese desemejante.

Por tanto, no me place demasiado la opinión de aquel que pensaba, con la multitud de leyes, refrenar la autoridad de los jueces, cortándoles sus porciones. No se daba cuenta de que hay tanta libertad y extensión en la interpretación de las leyes, como en su creación. Y se burlan quienes piensan reducir nuestros debates, y detenerlos, remitiéndonos a la palabra expresa de la Biblia. Porque nuestro espíritu no encuentra el campo menos espacioso, para contradecir el sentido ajeno, que para representar el suyo: y como si hubiera menos animosidad y aspereza en glosar que en inventar. Vemos cuánto se equivocaba. Pues tenemos en Francia más leyes que todo el resto del mundo junto; y más de las que harían falta para regir todos los mundos de Epicuro: Como antes por los vicios, ahora sufrimos por las leyes: y sin embargo hemos dejado tanto que opinar y decidir a nuestros jueces, que jamás hubo libertad tan poderosa y tan licenciosa. ¿Qué han ganado nuestros legisladores al elegir cien mil especies y hechos particulares, y adjuntarles cien mil leyes? Este número no guarda proporción alguna con la infinita diversidad de las acciones humanas. La multiplicación de nuestras invenciones no alcanzará la variación de los ejemplos. Añade cien veces más: no ocurrirá, sin embargo, que de los acontecimientos por venir se encuentre alguno que en todo ese gran número de millares de acontecimientos elegidos y registrados, encuentre uno con el cual pueda unirse y emparejarse tan exactamente, que no quede alguna circunstancia y diversidad que requiera diversa consideración de juicio. Hay poca relación de nuestras acciones, que están en perpetua mutación, con las leyes fijas e inmóviles. Las más deseables son las más raras, más simples y generales. Y aún creo yo que valdría más no tener ninguna en absoluto, que tenerlas en tal número como tenemos.

La naturaleza las da siempre más felices que las que nos damos nosotros. Testigo la pintura de la edad de oro de los poetas y el estado en que vemos vivir a las naciones que no tienen otras. Hay algunas que para todos los juicios emplean en sus causas al primer transeúnte que viaja a lo largo de sus montañas. Y otras eligen el día de mercado a alguien de entre ellos, que sobre el terreno decide todos sus pleitos. ¿Qué peligro habría en que los más sabios resolvieran así los nuestros, según las circunstancias, y a ojo; sin obligación de ejemplo ni de consecuencia? A cada pie su zapato. El Rey Fernando, enviando colonias a las Indias, previó sabiamente que no se llevara a ningún estudiante de jurisprudencia por temor a que los pleitos poblaran ese nuevo mundo. Como siendo ciencia por su naturaleza generadora de altercado y división, juzgando con Platón que es mala provisión de país la de jurisconsultos y médicos.

¿Por qué es que nuestro lenguaje común, tan fácil para cualquier otro uso, se vuelve oscuro e ininteligible en contrato y testamento y que aquel que se expresa tan claramente, diga y escriba lo que diga, no encuentra en ello ninguna manera de declararse que no caiga en duda y contradicción? Si no es que los maestros de ese arte, aplicándose con peculiar atención a escoger palabras solemnes y formar cláusulas artificiosas, han pesado tanto cada sílaba, examinado tan minuciosamente cada especie de costura, que ahí los tienes enmarañados y embrollados en la infinidad de figuras y tan menudas particiones que ya no pueden caer bajo ningún reglamento y prescripción, ni ninguna inteligencia cierta. Confuso es lo que está dividido hasta el polvo. Quien haya visto a niños intentando reducir a cierto número una masa de mercurio: cuanto más lo aprietan y amasan, y se esfuerzan por constreñirlo a su ley, más irritan la libertad de ese generoso metal: escapa a su arte, y se va menudizando y esparciendo, más allá de toda cuenta. Es lo mismo; pues subdividiendo estas sutilezas, se enseña a los hombres a acrecentar las dudas; nos ponen en el camino de extender y diversificar las dificultades; las alargan, las dispersan. Sembrando las cuestiones y retallándolas, hacen fructificar y abundar el mundo en incertidumbre y en querella. Como la tierra se vuelve fértil cuanto más se desmenuza y profundamente se remueve. La doctrina hace la dificultad. Dudábamos sobre Ulpiano, y seguimos dudando sobre Bartolo y Baldo. Había que borrar la huella de esa innumerable diversidad de opiniones, no engalanarse con ella e infundir su idea en la posteridad. No sé qué decir de ello: pero se siente por experiencia que tantas interpretaciones disipan la verdad y la quiebran. Aristóteles escribió para ser entendido; si no pudo lograrlo, menos lo conseguirá uno menos hábil: y un tercero, que el que trata su propia imaginación. Abrimos la materia y la esparcimos diluyéndola. De un asunto hacemos mil y recaemos multiplicando y subdividiendo, en la infinitud de los átomos de Epicuro. Jamás dos hombres juzgaron igualmente de la misma cosa. Y es imposible ver dos opiniones semejantes exactamente; no solo en diversos hombres, sino en el mismo hombre, en diversas horas. Ordinariamente encuentro motivo de duda en lo que el comentario no se ha dignado tocar. Tropiezo más fácilmente en país llano, como ciertos caballos que conozco, que tropiezan más a menudo en camino llano.

¿Quién no diría que las glosas aumentan las dudas y la ignorancia, pues no se ve ningún libro, sea humano o divino, sobre el cual el mundo se afana, cuya interpretación haga agotar la dificultad? El centésimo comentario remite a su siguiente, más espinoso y más escabroso que el primero lo había encontrado. ¿Cuándo se ha convenido entre nosotros: este libro tiene bastante, ya no hay más que decir? Esto se ve mejor en la triquiñuela legal. Se da autoridad de ley a infinitos doctores, infinitos arrestos, y a otras tantas interpretaciones. ¿Encontramos sin embargo algún fin a la necesidad de interpretar? ¿se ve en ello algún progreso y adelanto hacia la tranquilidad? ¿nos hacen falta menos abogados y jueces que cuando esa masa de derecho estaba todavía en su primera infancia? Al contrario, oscurecemos y sepultamos la inteligencia. Ya no la descubrimos sino a merced de tantos cercados y barreras. Los hombres desconocen la enfermedad natural de su espíritu. No hace sino husmear y buscar; y va sin cesar, girando, construyendo, y enredándose en su tarea: como nuestros gusanos de seda, y se ahoga en ella. Ratón en la pez. Cree advertir de lejos, no sé qué apariencia de claridad y verdad imaginaria: pero mientras corre hacia ella, tantas dificultades le atraviesan el camino, de impedimentos y de nuevas búsquedas, que lo extravían y lo embriagan. No muy diferente de lo que ocurrió a los perros de Esopo, que descubriendo cierta apariencia de cuerpo muerto flotando en el mar, y no pudiendo acercarse, emprendieron beber esa agua, para secar el paso, y se ahogaron en ello. A lo cual se ajusta lo que un Crates decía de los escritos de Heráclito, que necesitaban de un lector buen nadador, a fin de que la profundidad y peso de su doctrina no lo engullera y sofocara.

No es sino debilidad particular lo que nos hace contentar con lo que otros, o nosotros mismos hemos encontrado en esta caza de conocimiento: uno más hábil no se contentará con ello. Siempre hay lugar para uno siguiente, sí y para nosotros mismos, y ruta por otra parte. No hay fin en nuestras indagaciones. Nuestro fin está en el otro mundo. Es señal de acortamiento de espíritu cuando se contenta o señal de cansancio. Ningún espíritu generoso se detiene en sí mismo. Pretende siempre, y va más allá de sus fuerzas. Tiene arranques más allá de sus efectos. Si no avanza, y no se apresura, y no se acorrala, y no choca y gira sobre sí mismo, solo está vivo a medias. Sus persecuciones son sin término y sin forma. Su alimento es admiración, caza, ambigüedad. Lo que declaraba bien Apolo, hablándonos siempre doblemente, oscuramente y oblicuamente, no saciándonos, sino entreteniéndonos y ocupándonos. Es un movimiento irregular, perpetuo, sin patrón y sin meta. Sus invenciones se calientan, se siguen, y se entre-producen una a otra.

Así se ve en un arroyo corriente, sin fin una agua, tras la otra rodando, y toda en fila, de un eterno conducto; la una sigue a la otra, y la una de la otra huye. Por esta, aquella es empujada, y esta, por la otra es adelantada: Siempre el agua va dentro del agua, y siempre es ese mismo arroyo, y siempre agua diversa.

Cuesta más trabajo interpretar las interpretaciones que interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto. No hacemos sino glosarnos unos a otros. Todo hormiguea de comentarios; de autores hay gran escasez. El saber principal y más famoso de nuestros siglos, ¿no es acaso saber entender a los sabios? ¿No es el fin común y último de todos los estudios? Nuestras opiniones se injertan unas sobre otras. La primera sirve de tronco a la segunda, la segunda a la tercera. Así vamos escalando de grado en grado. Y sucede de ahí que el que ha subido más alto tiene a menudo más honor que mérito. Pues no ha subido más que un grano sobre los hombros del penúltimo.

¡Cuántas veces, y quizá neciamente, he extendido mi libro a hablar de sí mismo! Neciamente, aunque solo fuera por esta razón: que debía recordar lo que digo de otros que hacen lo mismo. Que esas miradas tan frecuentes a sus obras testimonian que el corazón les tiembla de amor, y los mismos rudos tratos con que desdañosamente lo golpean no son sino zalamerías y afectaciones de un favor materno. Siguiendo a Aristóteles, para quien estimarse y menospreciarse nacen a menudo de igual aire de arrogancia. Pues mi excusa, que debo tener en ello más libertad que los demás, puesto que escribo precisamente de mí y de mis escritos, como de mis demás acciones, que mi tema se vuelve sobre sí mismo, no sé si todos la aceptarán.

He visto en Alemania que Lutero ha dejado tantas divisiones y altercados sobre la duda de sus opiniones, y más, como los que suscitó sobre las Escrituras santas. Nuestra disputa es verbal. Pregunto qué es naturaleza, voluptuosidad, círculo y sustitución. La cuestión es de palabras, y se paga con lo mismo. Una piedra es un cuerpo; pero quien insistiera «¿y cuerpo qué es? Sustancia. ¿Y sustancia qué?», así sucesivamente, acabaría acorralando al que responde hasta el final de su diccionario. Se cambia una palabra por otra palabra, y a menudo más desconocida. Sé mejor qué es hombre de lo que sé qué es animal, o mortal, o racional. Para satisfacer una duda, me dan tres. Es la cabeza de la Hidra. Sócrates preguntaba a Memnón qué era la virtud. «Hay», dijo Memnón, «virtud de hombre y de mujer, de magistrado y de hombre privado, de niño y de anciano». «Vaya cosa», exclamó Sócrates, «andábamos buscando una virtud y tú nos traes un enjambre». Comunicamos una pregunta y nos devuelven una colmena.

Como ningún suceso y ninguna forma se parece enteramente a otra, tampoco difiere una de otra enteramente. Ingenioso revoltijo de la Naturaleza. Si nuestros rostros no fueran semejantes, no se podría discernir al hombre de la bestia; si no fueran diferentes, no se podría discernir al hombre del hombre. Todas las cosas se sostienen por alguna similitud. Todo ejemplo cojea. Y la relación que se extrae de la experiencia es siempre deficiente e imperfecta. Sin embargo, se unen las comparaciones por algún cabo. Así sirven las leyes y se adaptan así a cada uno de nuestros asuntos mediante alguna interpretación desviada, forzada y sesgada.

Puesto que las leyes éticas, que tratan del deber particular de cada uno en sí, son tan difíciles de establecer, como vemos que lo son, no es sorpresa que las que gobiernan a tantos particulares lo sean aún más. Considera la forma de esta justicia que nos rige: es un verdadero testimonio de la imbecilidad humana, tanta es la contradicción y el error que hay en ella. Lo que encontramos de favor y rigor en la justicia —y encontramos tanto que no sé si el término medio se halla tan a menudo— son partes enfermas y miembros injustos del propio cuerpo y esencia de la justicia. Unos campesinos acaban de avisarme apresuradamente que han dejado ahora mismo en un bosque que me pertenece a un hombre herido con cien golpes, que aún respira, y que les ha pedido agua por piedad y ayuda para levantarlo. Dicen que no se han atrevido a acercarse y han huido, por miedo a que la gente de la justicia los atrapara allí; y como sucede con los que se encuentran cerca de un hombre muerto, hubieran tenido que dar cuenta de este accidente, para su ruina total, al no tener ni capacidad ni dinero para defender su inocencia. ¿Qué debía decirles? Es cierto que ese oficio de humanidad los habría metido en problemas.

¡Cuántos inocentes hemos descubierto que han sido castigados, digo sin culpa de los jueces, y cuántos ha habido que no hemos descubierto! Esto sucedió en mi tiempo. Ciertos hombres son condenados a muerte por un homicidio; la sentencia, si no pronunciada, al menos resuelta y decidida. En ese momento, los jueces son informados por los oficiales de un tribunal subalterno vecino de que tienen a unos prisioneros que confiesan abiertamente ese homicidio y aportan a todo ese hecho una luz indudable. Se delibera si hay que interrumpir y diferir la ejecución de la sentencia dada contra los primeros. Se considera la novedad del ejemplo y su consecuencia para entorpecer los juicios: que la condena ha pasado jurídicamente, los jueces están privados de arrepentimiento. En suma, esos pobres diablos son consagrados a las fórmulas de la justicia. Filipo, o algún otro, remedió un inconveniente parecido de esta manera. Había condenado en pesadas multas a un hombre frente a otro, mediante un juicio resuelto. Descubriéndose la verdad algún tiempo después, resultó que había juzgado inicuamente. Por un lado estaba la razón de la causa; por otro lado la razón de las formas judiciales. Satisfizo en cierto modo a ambas, dejando en su estado la sentencia y recompensando de su bolsillo el perjuicio del condenado. Pero se trataba de un accidente reparable; los míos fueron ahorcados irreparablemente. ¡Cuántas condenas he visto más criminales que el crimen!

Todo esto me hace recordar aquellas antiguas opiniones: que es fuerza hacer injusticia en detalle quien quiere hacer justicia en conjunto, e injusticia en cosas pequeñas quien quiere llegar a hacer justicia en las grandes; que la justicia humana está formada según el modelo de la medicina, según la cual todo lo que es útil es también justo y honesto; y lo que sostienen los estoicos, que la Naturaleza misma procede contra justicia en la mayor parte de sus obras; y lo que sostienen los cirenaicos, que no hay nada justo de por sí, que las costumbres y leyes forman la justicia; y los teodorios, que encuentran justo en el sabio el robo, el sacrilegio, toda suerte de libertinaje, si reconoce que le es provechoso.

No hay remedio. Estoy en esto como Alcibíades, que jamás me presentaré, si puedo evitarlo, ante hombre que decida sobre mi cabeza, cuando mi honor y mi vida dependan de la habilidad y diligencia de mi procurador más que de mi inocencia. Me arriesgaría a una justicia tal que me reconociera el bien hecho tanto como el mal hecho, donde tuviera tanto que esperar como que temer. La indemnidad no es moneda suficiente para un hombre que hace mejor que no faltar en absoluto. Nuestra justicia no nos presenta más que una de sus manos, y aun la izquierda. Quienquiera que sea, sale de ella con pérdida.

En China, cuyo reino, su gobierno y artes, sin comercio ni conocimiento de los nuestros, superan nuestros ejemplos en muchas partes de excelencia, y cuya historia me enseña cuán más amplio y diverso es el mundo de lo que ni los antiguos ni nosotros penetramos, los oficiales designados por el príncipe para visitar el estado de sus provincias, así como castigan a los que se comportan mal en su cargo, recompensan también por pura liberalidad a los que se han comportado bien por encima de la manera común y por encima de la necesidad de su deber; uno se presenta allí no solo para defenderse, sino para adquirir, no simplemente para ser pagado, sino para ser agasajado.

Ningún juez ha hablado aún conmigo, gracias a Dios, como juez, por causa alguna que fuera, ni mía, ni de terceros, ni criminal, ni civil. Ninguna prisión me ha recibido, ni siquiera para pasearme. La imaginación me hace desagradable su vista incluso desde fuera. Estoy tan ávido de libertad que si se me prohibiera el acceso a algún rincón de las Indias, viviría en cierto modo más incómodo. Y mientras encuentre tierra o aire abierto en otro lugar, no me pudriré en sitio donde tenga que esconderme. ¡Dios mío, qué mal podría soportar la condición en que veo a tanta gente, clavada en un rincón de este reino, privada de la entrada a las ciudades principales y las cortes, y del uso de los caminos públicos, por haber disputado con nuestras leyes! Si las que yo sirvo me amenazaran siquiera la punta del dedo, me iría inmediatamente a buscar otras, donde fuese. Toda mi pequeña prudencia, en estas guerras civiles en que estamos, se emplea en que no interrumpan mi libertad de ir y venir.

Ahora bien, las leyes se mantienen en crédito no porque sean justas, sino porque son leyes. Este es el fundamento místico de su autoridad; no tienen otro. Lo cual les sirve bien. A menudo están hechas por necios. Más a menudo por gente que, en su odio a la igualdad, carece de equidad. Pero siempre por hombres, autores vanos e irresolutos. No hay nada tan torpemente y ampliamente defectuoso como las leyes, ni tan ordinariamente. Quienquiera que les obedezca porque son justas, no les obedece justamente por donde debe. Las nuestras francesas prestan en cierto modo la mano, por su desorden y deformidad, al desorden y corrupción que se ve en su dispensa y ejecución. El mandamiento es tan turbio e inconstante que excusa en cierto modo tanto la desobediencia como el vicio de la interpretación, de la administración y de la observancia. Sea cual sea, pues, el fruto que podamos obtener de la experiencia, apenas servirá mucho para nuestra instrucción la que extraemos de los ejemplos extranjeros, si sacamos tan mal provecho de la que tenemos de nosotros mismos, que nos es más familiar y ciertamente suficiente para instruirnos en lo que nos hace falta. Me estudio más que a cualquier otro asunto. Esta es mi metafísica, esta es mi física.

Con qué arte gobierna Dios esta morada del mundo: por dónde sale al nacer, por dónde declina, desde dónde la luna mensual vuelve con sus cuernos curvados a la plenitud: desde dónde los vientos dominan el mar, qué busca el Euro con su soplo, y de dónde el agua perenne se convierte en nubes: si ha de venir un día que derribe las fortalezas del mundo, que lo averigüen quienes agita el afán del mundo.

En esta universidad, me dejo manejar ignorante y negligentemente por la ley general del mundo. La conoceré bastante cuando la sienta. Mi conocimiento no puede hacerle cambiar de rumbo. No se modificará por mí: es una locura esperarlo. Y mayor locura aún es preocuparse por ello, puesto que es necesariamente igual, pública y común. La bondad y capacidad del gobernante deben descargarnos pura y plenamente de la preocupación por gobernar. Las investigaciones y contemplaciones filosóficas no sirven sino de alimento a nuestra curiosidad. Los filósofos, con gran razón, nos remiten a las reglas de la Naturaleza. Pero ellas no tienen necesidad de conocimiento tan sublime. Ellos las falsifican y nos presentan su rostro pintado, con colores demasiado subidos y demasiado sofisticado: de donde nacen tantos retratos diversos de un sujeto tan uniforme. Como nos ha provisto de pies para caminar, así nos ha provisto de prudencia para guiarnos en la vida. Prudencia no tan ingeniosa, robusta y pomposa como la de su invención: sino, en consecuencia, fácil, tranquila y saludable. Y que cumple muy bien lo que la otra dice en aquel que tiene la suerte de saber emplearla ingenua y ordenadamente: es decir, naturalmente. Confiarse del modo más simple a la Naturaleza es confiarse a ella del modo más sabio. ¡Oh, qué almohada tan dulce, blanda y sana son la ignorancia y la falta de curiosidad para reposar una cabeza bien hecha!

Preferiría entenderme bien a mí mismo que entender a Cicerón. De la experiencia que tengo de mí encuentro bastante para hacerme sabio, si fuera buen discípulo. Quien recuerda el exceso de su cólera pasada y hasta dónde lo llevó esa fiebre, ve la fealdad de esa pasión mejor que en Aristóteles, y concibe de ella un odio más justo. Quien recuerda los males que ha sufrido, los que lo han amenazado, las ligeras ocasiones que lo han movido de un estado a otro, se prepara con ello para las mutaciones futuras y para el reconocimiento de su condición. La vida de César no tiene más ejemplos para nosotros que la nuestra. Ya sea de emperador o de plebeyo: siempre es una vida a la que afectan todos los accidentes humanos. Escuchémonos solamente: nos decimos todo aquello de lo que tenemos principalmente necesidad. Quien recuerda haberse equivocado tantas y tantas veces en su propio juicio: ¿no es un necio si no desconfía de él para siempre? Cuando me encuentro convencido por la razón de otro de una opinión falsa, no aprendo tanto lo que me ha dicho de nuevo, esa ignorancia particular —eso sería poca ganancia—, como en general aprendo mi debilidad y la traición de mi entendimiento: de donde saco la reforma de toda la masa. En todos mis demás errores hago lo mismo y siento de esta regla gran utilidad para la vida.

No miro la especie y el individuo como una piedra en la que he tropezado. Aprendo a temer mi andar en todas partes y me dedico a regularlo. Aprender que uno ha dicho o hecho una tontería no es más que eso. Hay que aprender que uno no es más que un necio. Instrucción mucho más amplia e importante. Los pasos en falso que mi memoria me ha hecho dar tan a menudo, incluso cuando más segura está de sí misma, no se han perdido inútilmente. Por más que ahora me lo jure y me lo asegure: sacudo las orejas; la primera oposición que se hace a su testimonio me deja en suspenso. Y no osaría fiarme de ella en cosa de peso, ni garantizarla sobre el hecho de otro. Y si no fuera porque lo que yo hago por falta de memoria, otros lo hacen aún más a menudo por falta de fe, tomaría siempre en cuestiones de hecho la verdad de boca de otro antes que de la mía. Si cada cual espiara de cerca los efectos y circunstancias de las pasiones que lo rigen, como yo he hecho con aquella que me tocó en suerte, las vería venir y ralentizaría un poco su impetuosidad y su curso. No siempre nos saltan al cuello de golpe; hay amenaza y grados.

Como cuando el mar comienza a blanquear con el primer viento, poco a poco se eleva y levanta las olas más alto, y luego se alza desde el fondo hasta el cielo.

El juicio ocupa en mí una sede magistral, al menos se esfuerza cuidadosamente por ello. Deja que mis apetitos sigan su curso: y el odio y la amistad, e incluso la que me tengo a mí mismo, sin alterarse ni corromperse por ellos. Si no puede reformar las otras partes según él, al menos no se deja deformar por ellas: hace su juego aparte.

La advertencia a cada cual de conocerse a sí mismo debe ser de efecto importante, puesto que ese Dios de ciencia y de luz la hizo plantar en el frontón de su templo como comprendiendo todo lo que tenía que aconsejarnos. Platón dice también que la prudencia no es otra cosa que la ejecución de esta orden: y Sócrates lo verifica en detalle en Jenofonte. Las dificultades y la oscuridad solo se perciben en cada ciencia por quienes tienen entrada en ella. Pues aún se necesita algún grado de inteligencia para poder notar que se ignora: y hay que empujar una puerta para saber que nos está cerrada. De donde nace esa sutileza platónica de que ni los que saben tienen que indagar, puesto que saben: ni los que no saben, puesto que para indagar hay que saber sobre qué se indaga. Así, en esto de conocerse a sí mismo: que cada cual se vea tan resuelto y satisfecho, que cada cual piense estar suficientemente entendido en ello, significa que cada cual no entiende nada en absoluto, como Sócrates enseña a Eutidemo. Yo, que no hago otra profesión, encuentro en ello una profundidad y variedad tan infinitas que mi aprendizaje no tiene otro fruto que el de hacerme sentir cuánto me queda por aprender. A mi debilidad tan a menudo reconocida debo la inclinación que tengo a la modestia, a la obediencia de las creencias que me son prescritas, a una constante frialdad y moderación de opiniones, y el odio a esa arrogancia importuna y pendenciera que se cree y se fía toda de sí misma, enemiga capital de la disciplina y de la verdad. Óyelos pontificar. Las primeras tonterías que exponen son en el estilo con que se establecen las religiones y las leyes. Nada hay más vergonzoso que la afirmación y aprobación que preceden al conocimiento y la percepción. Aristarco decía que antiguamente apenas se encontraron siete sabios en el mundo, y que en su tiempo apenas se encontraban siete ignorantes. ¿No tendríamos más razón que él para decirlo en nuestro tiempo? La afirmación y la obstinación son signos expresos de estupidez. Este se habrá dado de narices contra el suelo cien veces en un día: helo ahí de nuevo en sus trece, tan resuelto y entero como antes. Diríase que le han infundido desde entonces alguna nueva alma y vigor de entendimiento. Y que le sucede como a aquel antiguo hijo de la tierra, que recobraba nueva firmeza y se reforzaba con su caída.

Cuando toca a su madre, sus miembros ya desfallecidos reviven con renovado vigor.

Este testarudo indócil, ¿no piensa acaso recobrar un nuevo espíritu para emprender una nueva disputa? Es por mi experiencia que acuso a la ignorancia humana. Que es, a mi juicio, el partido más seguro de la escuela del mundo. Quienes no quieran reconocerla en sí mismos por un ejemplo tan vano como el mío o como el suyo, que la reconozcan por Sócrates, el maestro de maestros. Pues el filósofo Antístenes decía a sus discípulos: Vamos, vosotros y yo, a oír a Sócrates. Allí seré discípulo con vosotros. Y sosteniendo ese dogma de su secta estoica de que la virtud bastaba para hacer una vida plenamente feliz y que no tenía necesidad de cosa alguna, añadía: salvo de la fuerza de Sócrates.

Esa larga atención que empleo en considerarme me prepara para juzgar también pasablemente a los demás. Y hay pocas cosas de las que hable más acertada y excusablemente. Me sucede a menudo ver y distinguir más exactamente las condiciones de mis amigos de lo que ellos mismos lo hacen. He asombrado a alguno por la pertinencia de mi descripción, y le he advertido de sí mismo. Por haberme acostumbrado desde mi infancia a mirar mi vida en la de otros, he adquirido una complexión estudiosa en ello. Y cuando pienso en ello, dejo escapar a mi alrededor pocas cosas que sirvan a ello: semblantes, humores, discursos. Estudio todo lo que debo evitar, lo que debo seguir. Así, a mis amigos les descubro por sus manifestaciones sus inclinaciones internas. No para ordenar esa infinita variedad de acciones tan diversas y tan fragmentadas en ciertos géneros y capítulos, y distribuir distintamente mis particiones y divisiones en clases y regiones conocidas,

Pero no se puede contar cuántas son las especies ni los nombres que tienen.

Los sabios hablan y expresan sus ideas de manera más específica y detallada. Yo, que sólo veo en ello lo que el uso me informa, sin regla, presento las mías en general y a tientas. Como en esto: pronuncio mi sentencia por artículos sueltos, pues es cosa que no se puede decir de una vez y en bloque. La relación y la conformidad no se encuentran en almas como las nuestras, bajas y comunes. La sabiduría es un edificio sólido y entero, donde cada pieza ocupa su rango y lleva su marca. Sólo la sabiduría está toda vuelta hacia sí misma. Dejo a los especialistas, y no sé si logran su propósito, en cosa tan mezclada, tan menuda y fortuita, ordenar en categorías esta infinita diversidad de rostros; y detener nuestra inconstancia, y ponerla en orden. No sólo me parece difícil vincular nuestras acciones unas con otras: sino que cada una por separado me parece difícil de designar propiamente mediante alguna cualidad principal: tan dobles y abigarradas son bajo distintas luces. Lo que se señala como raro en el rey de Macedonia, Perseo, que su espíritu, no adhiriéndose a ninguna condición, iba vagando por todo género de vida: y manifestando costumbres tan dispersas y vagabundas que no era conocido ni de sí mismo ni de otro, qué hombre fuese, me parece casi convenir a todo el mundo. Y por encima de todos, he visto a algún otro de su talla, a quien esta conclusión se aplicaría más propiamente aún, según creo. Ninguna posición intermedia: lanzándose siempre de un extremo al otro por ocasiones indescifrables: ninguna clase de conducta sin contradicción y contrariedad asombrosa, ninguna facultad simple, de modo que lo más verosímil que se podrá decir de él un día será que pretendía y estudiaba hacerse conocer por ser desconocible. Hacen falta orejas bien fuertes para oírse juzgar francamente. Y porque hay pocos que puedan soportarlo sin escozor: quienes se arriesgan a emprenderlo con nosotros nos muestran un singular efecto de amistad. Porque es amar sanamente emprender herir y ofender para servir de provecho. Me parece duro juzgar a aquel en quien las malas cualidades superan a las buenas. Platón ordena tres cualidades a quien quiera examinar el alma de otro: ciencia, benevolencia, osadía.

A veces me preguntaban para qué habría pensado ser bueno, si se hubiera querido servir de mí, cuando aún tenía la edad:

Mientras mejor sangre daba fuerzas, y la émula vejez aún no blanqueaba esparcida en mis sienes.

Para nada, respondía. Y me excuso voluntariamente de no saber hacer cosa que me esclavice a otro. Pero habría dicho sus verdades a mi señor, y habría controlado sus costumbres, si hubiera querido. No en general, mediante lecciones escolásticas, que no sé en absoluto, y de las que no veo nacer ninguna verdadera reforma en quienes las saben. Sino observándolas paso a paso, en toda oportunidad: y juzgando a simple vista, pieza a pieza, simple y naturalmente. Haciéndole ver cómo es según la opinión común: oponiéndome a sus aduladores. No hay ninguno de nosotros que no valiera menos que los reyes, si fuera así continuamente corrompido, como lo son ellos, por esa canalla de gente. Cómo, si Alejandro, ese gran rey y filósofo, no puede defenderse de ello. Habría tenido suficiente fidelidad, juicio y libertad para ello. Sería un oficio sin nombre; de otro modo perdería su efecto y su gracia. Y es un papel que no puede pertenecer indiferentemente a todos. Porque la verdad misma no tiene el privilegio de ser empleada a toda hora y de toda manera: su uso, por noble que sea, tiene sus límites y restricciones. Sucede a menudo, tal como es el mundo, que se suelta al oído del príncipe, no sólo sin fruto, sino dañosamente, y aún injustamente. Y no me harán creer que una santa advertencia no pueda aplicarse viciosamente y que el interés de la sustancia no deba a menudo ceder al interés de la forma. Querría para este oficio a un hombre contento con su fortuna,

Que quiera ser lo que es, y nada prefiera:

y nacido de mediana fortuna. Porque, por una parte, no tendría temor de tocar viva y profundamente el corazón del señor, para no perder por ello el curso de su avance. Y por otra parte, siendo de condición media, tendría más fácil comunicación con toda clase de gente. Lo querría para un solo hombre: porque extender el privilegio de esta libertad y privacidad a varios engendraría una dañina irreverencia. Sí, y de ése, requeriría sobre todo la fidelidad del silencio.

No es de creer a un rey cuando se jacta de su constancia en esperar el encuentro del enemigo para su gloria, si para su provecho y enmienda no puede soportar la libertad de las palabras de un amigo, que no tienen otro efecto que picarle el oído: quedando el resto de su efecto en su mano. Ahora bien, no hay condición de hombres que tenga mayor necesidad que ésos de verdaderas y libres advertencias. Sostienen una vida pública y tienen que agradar a la opinión de tantos espectadores, que como se ha acostumbrado callarles todo lo que los desvía de su ruta, se encuentran sin sentirlo, comprometidos en el odio y detestación de sus pueblos, por ocasiones a menudo que habrían podido evitar, sin ningún perjuicio de sus placeres incluso, si alguien los hubiera avisado y enderezado a tiempo. Comúnmente sus favoritos miran por sí más que por el señor. Y les va bien con ello: porque en verdad, la mayor parte de los oficios de la verdadera amistad son hacia el soberano una dura y peligrosa prueba. De manera que hace falta, no sólo mucho afecto y franqueza, sino también valor.

En fin, toda esta mezcolanza que garabateo aquí no es más que un registro de los ensayos de mi vida que es, para la salud interna, ejemplar suficiente si se toma la instrucción al revés. Pero en cuanto a la salud corporal, nadie puede proporcionar experiencia más útil que yo: que la presento pura, de ningún modo corrompida y alterada por arte y por opinión. La experiencia está propiamente en su terreno en el tema de la medicina, donde la razón le cede todo el lugar. Tiberio decía que quienquiera que hubiera vivido veinte años debía responder de las cosas que le eran nocivas o saludables, y saberse conducir sin medicina. Y podía haberlo aprendido de Sócrates: quien aconsejaba a sus discípulos cuidadosamente, y como un estudio muy principal, el estudio de su salud, añadía que era difícil que un hombre de entendimiento, prestando atención a sus ejercicios, a su bebida y a su comida, no discerniera mejor que cualquier médico lo que le era bueno o malo. Así es, la medicina hace profesión de tener siempre la experiencia como piedra de toque de su operación. Así Platón tenía razón al decir que para ser verdadero médico sería necesario que quien lo emprendiera hubiera pasado por todas las enfermedades que quiere curar, y por todos los accidentes y circunstancias de los que debe juzgar. Es razonable que agarren la sífilis si la quieren saber curar. Verdaderamente, me fiaría de ése. Porque los otros nos guían como quien pinta los mares, los escollos y los puertos, estando sentado sobre su mesa, y hace navegar el modelo de un navío con toda seguridad. Arrojadlo a los hechos, no sabe por dónde empezar. Hacen tal descripción de nuestros males como hace un pregonero de ciudad que pregona un caballo o un perro perdido, tal pelo, tal altura, tal oreja, pero presentádselo y no lo reconoce sin embargo. Por Dios, que la medicina me haga algún día algún socorro bueno y perceptible, a ver cómo gritaré de buena fe,

¡Por fin me rindo a la ciencia eficaz!

Las artes que prometen mantenernos el cuerpo sano y el alma sana nos prometen mucho: pero tampoco hay ninguna que cumpla menos lo que promete. Y en nuestro tiempo, quienes hacen profesión de estas artes entre nosotros muestran menos los efectos que todos los otros hombres. Se puede decir de ellos, a lo sumo, que venden las drogas medicinales: pero que sean médicos, eso no se puede decir. He vivido suficiente para dar cuenta del uso que me ha conducido tan lejos. Para quien quiera probarlo: he hecho el ensayo, su copero. He aquí algunos artículos, según me los proporcione el recuerdo. No tengo manera que no haya ido variando según los accidentes. Pero registro aquellas que he visto más a menudo en práctica: que han tenido más posesión de mí hasta esta hora.

Mi forma de vida es la misma en la enfermedad que en la salud: la misma cama, las mismas horas, los mismos alimentos me sirven, y la misma bebida. No añado nada en absoluto, salvo la moderación de más o menos, según mi fuerza y apetito. Mi salud consiste en mantener sin perturbación mi estado habitual. Veo que la enfermedad me aparta de él por un lado: si creo a los médicos, me desviarán del otro; y por azar y por arte, ahí estoy yo fuera de mi rumbo. No creo nada más ciertamente que esto: que no podría resultarme perjudicial el uso de las cosas a las que llevo tanto tiempo acostumbrado. Corresponde a la costumbre dar forma a nuestra vida, tal como le plazca, ella puede todo en eso. Es el brebaje de Circe, que diversifica nuestra naturaleza como le parece bien. Cuántas naciones, y a tres pasos de nosotros, consideran ridículo el temor al sereno, que nos perjudica tan evidentemente y del que se burlan nuestros barqueros y nuestros campesinos. Enfermas a un alemán si lo acuestas en un colchón; como a un italiano sobre el plumón, y a un francés sin cortinas y sin fuego. El estómago de un español no aguanta nuestra forma de comer, ni el nuestro beber a la suiza. Un alemán me complació en Augsburgo, al combatir la incomodidad de nuestros hogares con ese mismo argumento del que nos servimos ordinariamente para condenar sus estufas.

Porque en verdad, ese calor estancado, y luego el olor de esa materia recalentada de la que están compuestas, abruma a la mayor parte de quienes no están acostumbrados; a mí no. Pero por lo demás, siendo ese calor igual, constante y universal, sin resplandor, sin humo, sin el viento que la abertura de nuestras chimeneas nos trae, bien tiene por otros aspectos con qué compararse al nuestro. ¿Por qué no imitamos la arquitectura romana? Porque se dice que antiguamente el fuego no se hacía en sus casas más que por fuera, y al pie de ellas, de donde se difundía el calor a toda la vivienda, por los conductos practicados en el espesor del muro, que iban rodeando los lugares que debían ser calentados. Lo que he visto claramente indicado, no sé dónde, en Séneca. Este hombre, oyéndome alabar las comodidades y bellezas de su ciudad, que ciertamente lo merece, empezó a compadecerme porque tendría que alejarme de ella. Y de los primeros inconvenientes que me alegó estuvo la pesadez de cabeza que me causarían las chimeneas en otra parte. Había oído hacer esta queja a alguien, y nos la achacaba, estando privado por la costumbre de percibirla en su casa. Todo calor que viene del fuego me debilita y me abruma. Sin embargo, Eveno decía que el mejor condimento de la vida era el fuego.

Yo prefiero cualquier otra manera de escapar al frío. Tememos los vinos en Portugal, ese humo es allá una delicia, y es la bebida de los príncipes. En suma, cada nación tiene muchas costumbres y usos que no solo son desconocidos, sino extraños y asombrosos para alguna otra nación. ¿Qué haremos con este pueblo que solo admite testimonios impresos, que no cree a los hombres si no están en un libro, ni la verdad si no es de edad competente? Dignificamos nuestras tonterías cuando las ponemos en molde. Tiene para él bien otro peso decir: «Lo he leído», que si dices: «Lo he oído decir». Pero yo, que no descreo de la boca de los hombres más que de su mano, y que sé que se escribe tan indiscretamente como se habla, y que estimo este siglo como otro pasado, cito tan voluntariamente a un amigo mío como a Aulo Gelio y que a Macrobio, y lo que he visto como lo que ellos han escrito. Y como sostienen de la virtud que no es mayor por ser más larga, yo pienso lo mismo de la verdad: que por ser más vieja no es más sabia. Digo a menudo que es pura tontería la que nos hace correr tras los ejemplos extranjeros y escolásticos. Su fertilidad es igual ahora a la del tiempo de Homero y de Platón.

Pero ¿no es acaso que buscamos más el honor de la cita que la verdad del discurso? Como si fuera más tomar prestadas nuestras pruebas de la tienda de Vascosan o de Plantin que de lo que se ve en nuestra aldea. O bien ciertamente que no tenemos el ingenio de desentrañar y hacer valer lo que pasa ante nosotros, y juzgarlo con bastante viveza para tomarlo como ejemplo. Pues si decimos que nos falta autoridad para dar fe a nuestro testimonio, lo decimos fuera de propósito. En tanto que a mi parecer, de las cosas más ordinarias, más comunes y conocidas, si sabemos encontrar su luz, pueden formarse los mayores milagros de la naturaleza y los ejemplos más maravillosos, especialmente sobre el tema de las acciones humanas.

Ahora bien, sobre mi tema, dejando los ejemplos que conozco por los libros, y lo que dice Aristóteles de Andrón de Argos, que atravesaba sin beber las áridas arenas de Libia: un caballero que se ha desempeñado dignamente en varios cargos decía donde yo estaba que había ido de Madrid a Lisboa, en pleno verano, sin beber. Se conserva vigorosamente para su edad, y no tiene nada de extraordinario en el uso de su vida salvo esto, estar dos o tres meses, incluso un año, me ha dicho, sin beber. Siente la sed, pero la deja pasar, y sostiene que es un apetito que se debilita fácilmente por sí mismo, y bebe más por capricho que por necesidad o por placer.

He aquí otro. No hace mucho tiempo encontré a uno de los hombres más sabios de Francia, entre los de fortuna no mediocre, estudiando en el rincón de una sala que le habían tapizado, y alrededor de él un tumulto de sus criados, lleno de licencia. Me dijo, y Séneca casi lo mismo de sí, que sacaba provecho de ese estruendo, como si golpeado por ese ruido se recogiera y se encerrara más en sí mismo para la contemplación, y que esa tempestad de voces repercutiera sus pensamientos hacia dentro. Siendo estudiante en Padua, tuvo su estudio durante tanto tiempo situado junto al estrépito de los coches y del tumulto de la plaza, que se formó no solo en el desprecio, sino en el uso del ruido para el servicio de sus estudios. Sócrates respondió a Alcibíades, asombrándose de cómo podía soportar el continuo estruendo de la cabeza de su mujer: «Como aquellos que están acostumbrados al ruido ordinario de las ruedas para sacar agua». Yo soy muy al contrario: tengo el espíritu tierno y fácil de emprender el vuelo. Cuando está ocupado en sí mismo, el menor zumbido de una mosca lo asesina.

Séneca en su juventud, habiendo mordido calurosamente, siguiendo el ejemplo de Sextio, en no comer cosa que hubiera conocido la muerte, pasó sin ello durante un año, con placer, como dice. Y solo lo dejó para no ser sospechoso de tomar prestada esa regla de algunas religiones nuevas que la sembraban. Adoptó al mismo tiempo los preceptos de Atalo de no acostarse más sobre colchones que se hunden, y empleó hasta la vejez aquellos que no ceden al cuerpo. Lo que el uso de su tiempo le hace considerar rudeza, el nuestro nos lo hace tener por molicie.

Mira la diferencia del vivir de mis criados de brazos con el mío: los escitas y los indios no tienen nada más alejado de mi fuerza y de mi forma. Sé haber acogido por limosna a niños para servirse de ellos, que bien pronto me dejaron y mi cocina y su librea, solo para volver a su vida anterior. Y encontré a uno recogiendo después, entre la basura, mejillones para su cena, al que ni por ruegos ni por amenazas pude apartar del sabor y dulzura que encontraba en la indigencia. Los mendigos tienen sus magnificencias y sus voluptuosidades, como los ricos; y, se dice, sus dignidades y órdenes políticos. Son efectos de la costumbre. Ella nos puede conducir no solo a la forma que le plazca (por ello, dicen los sabios, debemos plantarnos en la mejor, que ella nos facilitará enseguida), sino también al cambio y a la variación, que es el más noble y el más útil de sus aprendizajes. La mejor de mis complexiones corporales es ser flexible y poco obstinado. Tengo inclinaciones más propias y ordinarias, y más agradables, que otras. Pero con muy poco esfuerzo me aparto de ellas y me deslizo fácilmente a la manera contraria. Un joven debe alterar sus reglas para despertar su vigor: guardarlo de enmohecerse y apoltronarse. Y no hay forma de vida tan estúpida y tan débil como la que se conduce por ordenanza y disciplina.

«Cuando le place ser transportado a la primera piedra, toma la hora del libro; si le pica el rabillo del ojo frotándose, consulta su horóscopo para buscar colirio».

Se entregará a menudo a los excesos incluso, si me hace caso; de otro modo, el menor desorden lo arruina. Se vuelve incómodo y desagradable en la conversación. La cualidad más contraria a un hombre honesto es la delicadeza y la obligación a cierta manera particular. Y es particular si no es flexible y dócil. Hay vergüenza en dejar de hacer algo por impotencia, o en no atreverse a lo que se ve hacer a los compañeros. Que tales personas se queden en su cocina. En cualquier otro sitio es indecente; pero en un hombre de guerra es vicioso e insoportable. Este, como decía Filopemén, debe acostumbrarse a toda diversidad y desigualdad de la vida.

Aunque he sido educado todo lo que se ha podido para la libertad y la indiferencia, lo cierto es que por negligencia, al haberme aferrado más con la vejez a ciertas formas (mi edad está fuera de la etapa de formación y no tiene ya de qué ocuparse salvo de mantenerse), la costumbre ha impreso ya sin pensarlo tan bien en mí su carácter en ciertas cosas que llamo exceso apartarme de ellas. Y sin ensayarlo, no puedo ni dormir de día, ni hacer colación entre las comidas, ni desayunar, ni irme a acostar sin un gran intervalo, como de tres horas, después de la cena; ni hacer hijos sino antes del sueño, ni hacerlos de pie; ni soportar mi sudor, ni beber agua pura o vino puro; ni estar con la cabeza descubierta largo tiempo, ni hacerme rapar después de comer. Y pasaría tan difícilmente sin mis guantes como sin mi camisa, y sin lavarme al salir de la mesa y al levantarme, y sin cielo y cortinas en mi cama, como de cosas muy necesarias. Comería sin mantel, mas a la alemana, sin servilleta blanca, muy incómodamente. Las ensucio más que ellos y los italianos, y me ayudo poco de cuchara y de tenedor. Lamento que no se haya seguido una costumbre que vi comenzar con el ejemplo de los reyes: que se nos cambiase de servilleta según los servicios, como de plato.

Sabemos de ese laborioso soldado Mario que al envejecer se volvió delicado en su bebida y solo la tomaba en una copa suya particular. Yo me dejo llevar igualmente a cierta forma de vasos y no bebo voluntariamente en vaso común. Ni tampoco de una mano común. Todo metal me desagrada comparado con una materia clara y transparente. Que mis ojos la gusten también según su capacidad. Debo varias de tales blanduras al uso. La naturaleza por su parte me ha traído también las suyas: como no soportar ya dos comidas completas en un día sin sobrecargar mi estómago, ni la abstinencia pura de una de las comidas sin llenarme de gases, secar mi boca, atontar mi apetito. Que me dañe un largo sereno. Pues desde hace algunos años, en las jornadas de la guerra, cuando toda la noche transcurre en ellas, como sucede comúnmente, después de cinco o seis horas, el estómago comienza a molestarme con vehemente dolor de cabeza y no llego al día sin vomitar. Mientras los otros van a desayunar, yo voy a dormir y al salir de ahí estoy tan alegre como antes. Siempre había aprendido que el sereno solo se expandía al comenzar la noche; pero al frecuentar estos años pasados familiarmente y largo tiempo a un señor imbuido de esta creencia de que el sereno es más áspero y peligroso en la declinación del sol, una hora o dos antes de su ocaso, el cual evita cuidadosamente y desprecia el de la noche, ha creído imprimirme no tanto su razonamiento como su sentimiento.

¿Acaso la duda misma y la indagación no golpean nuestra imaginación y nos cambian? Quienes ceden de golpe a estas pendientes atraen sobre sí la ruina entera. Y compadezco a muchos gentileshombres que por la necedad de sus médicos se han encerrado en prisión muy jóvenes y enteros. Todavía valdría más soportar un catarro que perder para siempre, por desacostumbramiento, el trato de la vida común en acción de tan gran uso. Fastidiosa ciencia que nos denigra las horas más dulces del día. Extendamos nuestra posesión hasta los últimos medios. Lo más frecuente es que uno se endurezca obstinándose y corrija su complexión, como hizo César con la epilepsia, a fuerza de despreciarla y combatirla. Hay que entregarse a las mejores reglas, pero no esclavizarse a ellas, salvo a aquellas, si hay alguna, en las que la obligación y servidumbre sean útiles.

Y los reyes y los filósofos defecan, y las damas también. Las vidas públicas se deben a la ceremonia; la mía, oscura y privada, goza de toda dispensa natural. Soldado y gascón son cualidades también un poco sujetas a la indiscreción. Por lo cual diré esto de esa acción: que es necesario remitirla a ciertas horas prescritas y nocturnas, y forzarse a ello por costumbre y someterse, como yo he hecho. Pero no sujetarse, como yo he hecho al envejecer, al cuidado de una comodidad particular de lugar y de asiento para este servicio, y volverlo embarazoso por su duración y blandura. Sin embargo, en los oficios más sucios, ¿no es de algún modo excusable requerir más cuidado y limpieza? El hombre es por naturaleza un animal limpio y elegante. De todas las acciones naturales, es aquella cuya interrupción soporto más a disgusto. He visto a muchos hombres de guerra incómodos por el desarreglo de su vientre. Mientras que el mío y yo jamás nos fallamos en el punto de nuestra cita, que es al saltar del lecho, si alguna violenta ocupación o enfermedad no nos perturba.

No juzgo por tanto, como decía, que los enfermos puedan ponerse mejor a salvo que manteniéndose quietos en el modo de vida en que se han criado y nutrido. El cambio, cualquiera que sea, asombra y hiere. Id a creer que las castañas dañan a un perigordino o a un luqués, y la leche y el queso a las gentes de la montaña. Van ordenándoles no solamente una nueva, sino contraria forma de vida. Mutación que un sano no podría soportar. Ordenad agua a un bretón de setenta años; encerrad en una estufa a un hombre de mar; prohibid pasear a un lacayo vasco: los priváis de movimiento y al fin de aire y de luz.

¿Acaso vivir vale tanto? Nos vemos forzados a apartar el ánimo de las cosas acostumbradas, y para vivir, dejamos de vivir. Creo que sobreviven aquellos a quienes el aire mismo que respiramos y la luz que nos rige se les vuelve pesada.

Si no hacen otro bien, hacen al menos esto: que preparan temprano a los pacientes para la muerte, minándoles poco a poco y recortándoles el uso de la vida.

Y sano y enfermo, me he dejado llevar voluntariamente por los apetitos que me apremiaban. Doy gran autoridad a mis deseos y propensiones. No me gusta curar el mal con el mal. Odio los remedios que importuanan más que la enfermedad. Estar sujeto a la cólica y sujeto a abstenerme del placer de comer ostras son dos males por uno. El mal nos pellizca de un lado, la regla del otro. Ya que se está en riesgo de equivocarse, arriesguémonos más bien siguiendo el placer. El mundo hace lo contrario y no piensa nada útil que no sea penoso. La facilidad le es sospechosa. Mi apetito en varias cosas se ha acomodado por sí mismo bastante felizmente y ajustado a la salud de mi estómago. La acritud y el picante de las salsas me agradaban siendo joven; mi estómago hastiándose de ellas después, el gusto lo siguió inmediatamente. El vino daña a los enfermos: es la primera cosa de la que mi boca se disgusta, y con un disgusto invencible. Cuanto recibo desagradablemente me daña, y nada me daña de lo que hago con hambre y alegría. Jamás he recibido daño de acción que me haya sido muy placentera. Y he hecho ceder a mi placer, muy largamente, toda conclusión medicinal. Y en mi juventud,

a quien Cupido rondando aquí y allá resplandecía espléndido en su túnica azafranada,

me presté tan licenciosamente e inconsideradamente como otro al deseo que me tenía preso:

y milité no sin gloria.

Más sin embargo en continuación y en duración que en arranque.

Apenas recuerdo haberlo soportado seis veces.

Hay desgracia ciertamente, y milagro, en confesar en qué flaca edad me encontré por primera vez bajo su sujeción. Fue bien un encuentro, pues fue mucho tiempo antes de la edad de elección y de conocimiento. No tengo memoria de mí desde tan lejos. Y puede emparejarse mi fortuna con la de Quartila, que no tenía memoria de su doncella.

De ahí el vello rápido y abundante, y la barba asombrosa para mi madre.

Los médicos adaptan habitualmente con provecho sus reglas a la violencia de los vivos deseos que sobrevienen a los enfermos. Este gran deseo no puede imaginarse tan extraño y vicioso que la naturaleza no se preste a él. Y además, ¿cuánto vale satisfacer la fantasía? En mi opinión, esta parte importa como mínimo más que todas las demás. Los males más graves y ordinarios son aquellos con los que nos carga la fantasía. Me gusta mucho este dicho español: «Defiéndame Dios de mí mismo». Lamento, cuando estoy enfermo, no tener algún deseo que me proporcione el placer de satisfacerlo: difícilmente me apartaría de él la medicina. Y lo mismo hago cuando estoy sano. Apenas veo más que esperar y desear. Es una lástima estar debilitado y enflaquecido hasta el punto de desear.

El arte de la medicina no está tan resuelto como para que carezcamos de autoridad en lo que hagamos. Cambia según los climas y según las lunas: según Fernel y según L'Escale. Si tu médico no considera bueno que duermas, que bebas vino o que tomes tal alimento, no te preocupes, te encontraré otro que no será de su opinión. La diversidad de argumentos y opiniones médicas abarca toda clase de formas. Vi a un desdichado enfermo reventar y desfallecer de sed para curarse, y ser objeto de burla después por otro médico que condenaba ese consejo por nocivo. ¿No empleó bien su esfuerzo? Ha muerto hace poco de cálculos un hombre de este oficio que se había servido de extrema abstinencia para combatir su mal: sus compañeros dicen que, al contrario, ese ayuno lo había secado y le había cocido la arena en los riñones.

He observado que, en las heridas y en las enfermedades, hablar me altera y me perjudica tanto como cualquier desorden que cometa. La voz me cuesta y me cansa, pues la tengo alta y forzada. De modo que, cuando he tenido que hablar al oído de los grandes sobre asuntos de peso, los he puesto a menudo en la obligación de moderar mi voz.

Esta historia merece que me desvíe. Alguien, en cierta escuela griega, hablaba alto como yo: el maestro de ceremonias le mandó que hablara más bajo: «Que me envíe —dijo él— el tono en el que quiere que hable». El otro le replicó que tomara su tono de los oídos de aquel a quien hablaba. Estaba bien dicho, siempre que se entienda así: «Hablad según los asuntos que tenéis con vuestro oyente». Porque si significa «basta con que os oiga» o «ajustaos a él», no me parece que fuera razonable. El tono y el movimiento de la voz tiene cierta expresión y significación de mi sentido: a mí me corresponde conducirlo para representarme. Hay voz para instruir, voz para halagar o para reprender. Quiero que mi voz no solo llegue a él, sino que quizá lo golpee y lo traspase. Cuando regaño a mi lacayo con un tono agrio y punzante, sería bonito que viniera a decirme: «Señor, hablad más bajo, os oigo bien». «Hay cierta voz acomodada al oído no por su magnitud, sino por su propiedad». La palabra es mitad de quien habla, mitad de quien escucha. Este debe prepararse a recibirla según el impulso que ella toma. Como entre los que juegan a la pelota, el que sostiene se desplaza y se prepara según ve moverse al que le lanza el golpe y según la forma del golpe.

La experiencia me ha enseñado también esto: que nos perdemos por impaciencia. Los males tienen su vida y sus límites, sus enfermedades y su salud. La constitución de las enfermedades está formada según el modelo de la constitución de los animales. Tienen su fortuna limitada desde su nacimiento y sus días. Quien intenta abreviarlos imperiosamente, por la fuerza, a través de su curso, los alarga y multiplica, y los hostiga en lugar de apaciguarlos. Soy de la opinión de Crantor: que no hay que oponerse obstinadamente a los males y a ciegas, ni sucumbir a ellos con blandura, sino que hay que ceder ante ellos naturalmente, según su condición y la nuestra. Hay que dar paso a las enfermedades: y encuentro que se detienen menos en mí cuando las dejo actuar. Y he perdido algunas de las que se estiman más obstinadas y tenaces por su propia decadencia, sin ayuda y sin arte, y contra sus reglas. Dejemos hacer un poco a la naturaleza: ella entiende sus asuntos mejor que nosotros. «Pero fulano se murió de eso». Así lo harás tú: si no de ese mal, de otro. Y cuántos no han dejado de morir teniendo tres médicos en el culo. El ejemplo es un espejo vago, universal y de cualquier sentido. Si es una medicina voluptuosa, acéptala; es siempre tanto bien presente. No me detendré ni en el nombre ni en el color, si es deliciosa y apetitosa. El placer es una de las principales especies del provecho. He dejado envejecer y morir en mí, de muerte natural, resfriados, flujos gotosos, relajaciones, palpitaciones, migrañas y otros accidentes que he perdido cuando estaba medio formado para alimentarlos. Se los conjura mejor con cortesía que con bravuconería. Hay que sufrir dulcemente las leyes de nuestra condición. Estamos hechos para envejecer, para debilitarnos, para estar enfermos, pese a toda medicina. Es la primera lección que los mexicanos dan a sus hijos; cuando al salir del vientre de las madres los van saludando, así: «Niño, has venido al mundo para soportar: soporta, sufre y calla». Es injusto dolerse de que le haya sucedido a alguien lo que puede sucederle a cualquiera. «Indigna te si algo ha sido establecido injusta y particularmente contra ti».

Mira a un viejo que pide a Dios que le mantenga su salud entera y vigorosa; es decir, que lo devuelva a la juventud.

«Necio, ¿por qué deseas en vano estas cosas con votos pueriles?»

¿No es locura? Su condición no lo permite. La gota, los cálculos, la indigestión son síntomas de los años largos, como de los largos viajes lo son el calor, las lluvias y los vientos. Platón no cree que Esculapio se preocupara de disponer mediante regímenes que durara la vida en un cuerpo gastado y débil, inútil a su país, inútil a su vocación y para producir hijos sanos y robustos; y no encuentra esta preocupación conveniente a la justicia y prudencia divina, que debe conducir todas las cosas a la utilidad. Buen hombre mío, se acabó; no se os puede enderezar; os enyesarán a lo sumo y apuntalarán un poco, y alargarán algunas horas vuestra miseria.

«No de otro modo, deseando sostener la ruina inminente, se esfuerza con diversos apoyos en contra, hasta que un día fijado, disuelta toda trabazón, la misma ayuda se derrumba con las cosas».

Hay que aprender a soportar lo que no se puede evitar. Nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo, de cosas contrarias, y también de diversos tonos, dulces y ásperos, agudos y graves, blandos y serios. El músico que solo quisiera unos, ¿qué pretendería decir? Tiene que saber servirse de ellos en común, y mezclarlos. Y nosotros también, los bienes y los males, que son consustanciales a nuestra vida. Nuestro ser no puede existir sin esta mezcla; y una parte es tan necesaria como la otra. Intentar dar coces contra la necesidad natural es imitar la locura de Ctesifón, que emprendió dar patadas con su mula.

Consulto poco las alteraciones que siento. Porque esta gente tiene ventaja cuando te tienen a su merced. Te aturden los oídos con sus pronósticos, y sorprendiéndome en una ocasión debilitado por el mal, me trataron injuriosamente con sus dogmas y su gesto magistral: amenazándome unas veces con grandes dolores, otras con muerte próxima. No quedé abatido por ello, ni desalojado de mi lugar, pero sí golpeado y empujado. Si mi juicio no quedó cambiado ni turbado por ello, al menos sí estorbado. Es siempre agitación y combate. Ahora trato mi imaginación lo más suavemente que puedo; y la descargaría si pudiera de toda pena y disputa. Hay que socorrerla, y halagarla, y engañarla si se puede. Mi espíritu es apto para este oficio. No le faltan apariencias por todas partes. Si persuadiera como predica, me socorrería felizmente. ¿Te place un ejemplo? Dice que es para mi bien que tengo el mal de la piedra. Que los edificios de mi edad han de sufrir naturalmente alguna gotera. Es tiempo de que empiecen a aflojarse y desmentirse. Es una necesidad común. Y no se habría hecho para mí un nuevo milagro. Pago con ello el tributo debido a la vejez; y no podría salir mejor librado. Que la compañía debe consolarme; habiendo caído en el accidente más ordinario de los hombres de mi tiempo.

Veo por todas partes afligidos de la misma naturaleza de mal. Y me es la sociedad honorable, porque se contrae más voluntariamente entre los grandes: su esencia tiene nobleza y dignidad. Que de los hombres golpeados por él, son pocos los que quedan libres a mejor precio y aun así, les cuesta la pena de un régimen molesto, y la toma fastidiosa y cotidiana de las drogas medicinales. Mientras que yo lo debo puramente a mi buena fortuna. Porque algunos caldos comunes de eringio, y hierba del Turco, que dos o tres veces he tragado, en favor de las damas, que más graciosamente de lo que mi mal es agrio, me ofrecían la mitad del suyo, me han parecido igualmente fáciles de tomar, e inútiles en operación. Ellos tienen que pagar mil votos a Esculapio, y otros tantos escudos a su médico, por la profusión de arena fácil y abundante que recibo a menudo por el beneficio de la Naturaleza. El decoro mismo de mi actitud en compañía no se ve turbado por ello: y retengo mi agua diez horas, y tanto tiempo como un sano. El temor de este mal, dice, te aterraba antes, cuando te era desconocido. Los gritos y la desesperación de quienes lo agravan por su impaciencia te engendraban horror. Es un mal que golpea los miembros por los cuales más has pecado. Eres hombre de conciencia:

«El castigo que llega sin merecerse, llega con dolor». Mira este castigo; es muy suave comparado con otros, y tiene una bondad paterna. Mira su tardanza: solo incomoda y ocupa la temporada de tu vida que de todas formas está ya perdida y es estéril; habiendo dejado sitio a la licencia y los placeres de tu juventud, como por acuerdo. El miedo y la piedad que la gente siente por este mal te sirven de motivo de gloria. Cualidad de la que, aunque tengas el juicio depurado y hayas curado tu razonamiento, tus amigos reconocen aún algún tinte en tu complexión. Es un placer oír que se dice de ti: «Ahí hay mucha fuerza; ahí hay mucha paciencia». Se te ve sudar de esfuerzo, palidecer, enrojecer, temblar, vomitar hasta echar sangre, sufrir contracciones y convulsiones extrañas, gotear a veces gruesas lágrimas de los ojos, expulsar orines espesos, negros y aterradores, o tenerlos retenidos por alguna piedra espinosa y erizada que te pincha y desuella cruelmente el cuello de la verga, manteniendo mientras tanto con los asistentes una actitud común; bromeando a ratos con tu gente, sosteniendo tu papel en una conversación continua: disculpando con palabras tu dolor y rebajando tu sufrimiento. ¿Te acuerdas de esos hombres de tiempos pasados que buscaban los males con tanto afán para mantener su virtud en forma y en ejercicio?

Supón que la naturaleza te lleva y te empuja a esta gloriosa escuela en la que jamás habrías entrado por voluntad propia. Si me dices que es un mal peligroso y mortal, ¿cuáles otros no lo son? Pues es un engaño medicinal exceptuar algunos; dicen que no van en línea recta hacia la muerte. ¿Qué importa si van por accidente, y si se deslizan y desvían fácilmente hacia el camino que nos conduce allí? Pero tú no mueres porque estés enfermo: mueres porque estás vivo. La muerte te mata bien, sin ayuda de la enfermedad. Y a algunos las enfermedades les han alejado la muerte, pues han vivido más de lo que les parecía cuando se iban a morir. Además, hay, como heridas, también enfermedades medicinales y saludables. El cólico es a menudo no menos longevo que vosotros. Se ve a hombres en quienes ha continuado desde su infancia hasta su extrema vejez; y si ellos no le hubieran faltado de compañía, estaba dispuesto a asistirles aún más. Vosotros lo matáis más a menudo que él a vosotros. Y cuando te presentara la imagen de la muerte cercana, ¿no sería un buen servicio para un hombre de tal edad volverlo a las reflexiones sobre su fin? Y lo que es peor, ya no tienes motivo para curarte. De todas formas, al primer día la necesidad común te llama.

Considera cuán ingeniosamente y dulcemente te aparta del gusto por la vida y te desprende del mundo: no forzándote con una sujeción tiránica, como tantos otros males que ves en los viejos, que los tienen continuamente trabados y sin descanso de debilidades y dolores; sino por advertencias e instrucciones reanudadas a intervalos; entremezclando largas pausas de reposo, como para darte ocasión de meditar y repasar su lección a tu gusto. Para darte ocasión de juzgar sanamente y tomar partido como hombre de temple, te presenta el estado de tu condición entera, tanto en bien como en mal; y en un mismo día, una vida muy alegre a ratos, a ratos insoportable. Si no abrazas la muerte, al menos le tocas la palma de la mano una vez al mes. Por lo cual tienes más para esperar que te atrape un día sin amenaza. Y que habiendo sido conducido tantas veces hasta el puerto, confiándote en estar todavía en los términos acostumbrados, te habrán pasado a ti y a tu confianza al otro lado del agua una mañana, inesperadamente. No hay que quejarse de las enfermedades que reparten lealmente el tiempo con la salud. Estoy obligado a la Fortuna porque me asalta tan a menudo con el mismo tipo de armas. Ella me moldea y me adiestra con el uso, me endurece y me habitúa: sé más o menos ya en qué debo quedar.

A falta de memoria natural, la fabrico de papel. Y cuando algún nuevo síntoma sobreviene a mi mal, lo escribo; de donde resulta que ahora, habiendo pasado casi por toda clase de ejemplos, si alguna sorpresa me amenaza, hojeando estos pequeños apuntes sueltos, como hojas sibilinas, no dejo de encontrar con qué consolarme, de algún pronóstico favorable en mi experiencia pasada. Me sirve también la costumbre para esperar mejor para el futuro. Pues habiendo continuado tanto tiempo la marcha de este vaciamiento, es de creer que la naturaleza no cambiará este ritmo, y no sobrevendrá otro peor accidente que el que siento. Además, la condición de esta enfermedad no va mal con mi complexión pronta y súbita. Cuando me asalta blandamente, me da miedo, pues es para largo tiempo. Pero naturalmente tiene excesos vigorosos y gallardos. Me sacude con todas sus fuerzas durante uno o dos días. Mis riñones han durado una edad sin alteración; hace ya otro tanto que han cambiado de estado. Los males tienen su periodo como los bienes: quizá este accidente está llegando a su fin. La edad debilita el calor de mi estómago; siendo su digestión menos perfecta, devuelve esta materia cruda a mis riñones. ¿Por qué no podrá ser que en cierta revolución se debilite igualmente el calor de mis riñones, de modo que ya no puedan petrificar mi flema, y la naturaleza se encamine a tomar algún otro camino de purgación?

Los años me han hecho secar evidentemente algunos catarros. ¿Por qué no estos excrementos que suministran materia a la piedra? Pero ¿hay algo dulce comparado con esta súbita mutación, cuando de un dolor extremo llego, por el vaciado de mi piedra, a recobrar como un relámpago la bella luz de la salud, tan libre y tan plena, como sucede en nuestros repentinos y más ásperos cólicos? ¿Hay algo en este dolor sufrido que se pueda contrapesar al placer de una curación tan rápida? ¡Cuánto más bella me parece la salud después de la enfermedad, tan cercana y tan contigua que puedo reconocerlas en presencia una de otra, en su más alto aparato, donde se ponen en porfía, como para hacerse frente y contrarresto! Así como los estoicos dicen que los vicios son útilmente introducidos para dar valor y hacer apoyo a la virtud, podemos decir, con mejor razón y conjetura menos atrevida, que la naturaleza nos ha prestado el dolor para el honor y servicio del placer y la indolencia. Cuando Sócrates, después de que lo descargaran de sus grilletes, sintió la dulzura de ese picor que su peso había causado en sus piernas, se regocijó al considerar la estrecha alianza del dolor con el placer: cómo están asociados por un lazo necesario, de modo que por turnos se siguen y se engendran mutuamente; y exclamó al buen Esopo que debería haber tomado de esta consideración un cuerpo apropiado para una bella fábula. Lo peor que veo en las otras enfermedades es que no son tan graves en su efecto como lo son en su desenlace.

Se tarda un año en recuperarse, siempre lleno de debilidad y de miedo. Hay tanto riesgo y tantos pasos para volver a estar a salvo que nunca se acaba. Antes de que te hayan quitado el gorro, y luego el bonete, antes de que te hayan devuelto el uso del aire, del vino, de tu mujer y de los melones, es mucho si no has recaído en alguna nueva miseria. Esta tiene el privilegio de que se lleva todo limpiamente. Mientras que las otras dejan siempre alguna huella y alteración que hace al cuerpo susceptible de nuevo mal, y se dan la mano unas a otras. Son excusables aquellas que se contentan con su posesión sobre nosotros sin extenderla ni introducir su séquito. Pero corteses y graciosas son aquellas cuyo paso nos aporta alguna consecuencia útil. Desde mi cólico me encuentro libre de otros accidentes: más, me parece, que antes, y no he tenido fiebre desde entonces. Argumento que los vómitos extremos y frecuentes que sufro me purgan, y por otra parte mis ascos y los extraños ayunos que paso digieren mis humores pecantes, y la Naturaleza expulsa en estas piedras lo que tiene de superfluo y nocivo. Que no me digan que es una medicina demasiado cara. Pues ¿qué? Tantos apestosos brebajes, cauterios, incisiones, sangrías, sedales, dietas y tantas formas de curar que a menudo nos traen la muerte por no poder soportar su violencia e importunidad. Por tanto, cuando soy atacado lo tomo como medicina; cuando estoy libre lo tomo como constante y entera liberación.

He aquí todavía un favor de mi mal, particular. Es que más o menos hace su juego aparte y me deja hacer el mío, donde solo falta el valor. En su mayor agitación lo he aguantado diez horas a caballo. Sufre solamente, no necesitas más régimen. Juega, come, corre, haz esto y haz también aquello si puedes; tu desenfreno le servirá más que le perjudicará. Di otro tanto a un sifilítico, a un gotoso, a un herniado. Las otras enfermedades tienen obligaciones más universales, atormentan de muy otra manera nuestras acciones, trastornan todo nuestro orden y comprometen para su consideración todo el estado de la vida. Esta solo pellizca la piel; te deja el entendimiento y la voluntad a tu disposición, y la lengua, y los pies, y las manos. Te despierta más bien que te adormece. El alma es golpeada por el ardor de una fiebre, y abatida por una epilepsia, y dislocada por una aguda migraña, y en fin aturdida por todas las enfermedades que hieren la masa y las partes más nobles. Aquí no se la ataca. Si le va mal, es por su culpa. Se traiciona a sí misma, se abandona y se desmonta. Solo los locos se dejan persuadir de que ese cuerpo duro y macizo que se cuece en nuestros riñones pueda disolverse con brebajes. Por lo cual, una vez que está movido, solo hay que darle paso, de todos modos lo tomará.

Observo todavía esta particular comodidad: que es un mal en el que tenemos poco que adivinar. Estamos dispensados del trastorno en que los otros males nos arrojan por la incertidumbre de sus causas, condiciones y progresos. Trastorno infinitamente penoso. No necesitamos consultas ni interpretaciones doctorales: los sentidos nos muestran qué es y dónde está.

Con tales argumentos, fuertes y débiles, como Cicerón con el mal de su vejez, intento adormecer y entretener mi imaginación, y untar sus llagas. Si empeoran mañana, mañana les procuraremos otros escapes. Que sea verdad. He aquí ahora, de nuevo, que los más leves movimientos exprimen la pura sangre de mis riñones. ¿Y qué? No dejo de moverme como antes, y de picar tras mis perros con un ardor juvenil e insolente. Y encuentro que tengo gran razón con un accidente tan importante que solo me cuesta una sorda pesadez y alteración en esa parte. Es alguna piedra grande que desgasta y consume la sustancia de mis riñones y mi vida, que vacío poco a poco, no sin alguna dulzura natural, como un excremento ya superfluo y estorboso. Ahora siento algo que se mueve; no esperéis que vaya a entretenerme en examinar mi pulso y mi orina para tomar alguna previsión fastidiosa. Llegaré bastante a tiempo de sentir el mal sin alargarlo con el mal del miedo. Quien teme sufrir ya sufre por lo que teme. Además, la duda e ignorancia de aquellos que se meten a explicar los resortes de la Naturaleza y sus progresos internos, y tantos falsos pronósticos de su arte, deben hacernos saber que ella tiene sus medios infinitamente desconocidos. Hay gran incertidumbre, variedad y oscuridad en lo que nos promete o amenaza. Salvo la vejez, que es un signo indudable del acercamiento de la muerte, de todos los demás accidentes veo pocos signos del porvenir en los que debamos fundar nuestra adivinación. No me juzgo más que por verdadero sentimiento, no por razonamiento. ¿Para qué? puesto que solo quiero aportar la espera y la paciencia. ¿Queréis saber cuánto gano con ello? Mirad a quienes hacen de otro modo y que dependen de tantas diversas persuasiones y consejos: cuán a menudo la imaginación los oprime sin el cuerpo. Muchas veces he tomado placer, estando seguro y libre de esos accidentes peligrosos, en comunicarlos a los médicos como si nacieran entonces en mí. Sufría el veredicto de sus horribles conclusiones muy a mi gusto, y quedaba tanto más obligado a Dios por su gracia y mejor instruido de la vanidad de ese arte.

No hay nada que se deba recomendar tanto a la juventud como la actividad y la vigilancia. Nuestra vida no es más que movimiento. Me muevo difícilmente y soy tardo en todo: en levantarme, en acostarme, y en mis comidas. Es mañana para mí las siete horas, y donde gobierno no como antes de las once ni ceno hasta después de las seis. Antes he atribuido la causa de las fiebres y enfermedades en las que he caído a la pesadez y adormecimiento que el largo sueño

me había traído. Y siempre me he arrepentido de volverme a dormir por la mañana. Platón reprocha más el exceso de sueño que el exceso de bebida. Me gusta acostarme en un lecho duro, y solo; incluso sin mujer, a la manera real: un poco bien abrigado. Nunca calientan mi cama con brasero; pero desde la vejez me dan, cuando lo necesito, sábanas para calentar los pies y el estómago. Se criticaba al gran Escipión por ser dormilón, no a mi juicio por otra razón sino porque fastidiaba a los hombres que solo en él no hubiera nada que criticar. Si tengo alguna exigencia en mi trato, es más bien en lo que toca al acostarse que en cualquier otra cosa; pero cedo y me adapto en general, tanto como cualquier otro, a la necesidad. El dormir ha ocupado gran parte de mi vida: y lo continúo todavía a esta edad, ocho o nueve horas, de un tirón. Me aparto con provecho de esta inclinación perezosa: y valgo evidentemente más. Siento un poco el golpe del cambio: pero se hace en tres días. Y apenas veo a nadie que viva con menos, cuando es necesario, y que se ejercite más constantemente, ni a quien las fatigas pesen menos. Mi cuerpo es capaz de una agitación firme; pero no vehemente y repentina. Evito ahora los ejercicios violentos que me llevan al sudor: mis miembros se cansan antes de que se calienten. Me tengo de pie todo el día, y no me aburro de caminar. Pero sobre el empedrado, desde mi primera edad, solo he querido andar a caballo. A pie, me embarraba hasta las caderas y la gente menuda, por estas calles, está sujeta a ser chocada y codeada por falta de presencia. Y he gustado de descansar, ya acostado, ya sentado, con las piernas tan altas o más altas que el asiento.

No hay ocupación placentera como la militar: ocupación noble en su ejecución (pues la más fuerte, generosa y soberbia de todas las virtudes es la valentía) y noble en su causa. No hay utilidad más justa ni más universal que la protección del reposo y la grandeza de su país. La compañía de tantos hombres te place, nobles, jóvenes, activos: la vista ordinaria de tantos espectáculos trágicos: la libertad de esta conversación, sin artificio, y una manera de vivir viril y sin ceremonias: la variedad de mil acciones diversas: esta valerosa armonía de la música guerrera, que te entretiene y calienta, tanto los oídos como el alma: el honor de este ejercicio: su aspereza misma y su dificultad, que Platón estima tan poco, que en su república da parte de ella a las mujeres y a los niños. Te presentas a los papeles y peligros particulares, según juzgas su brillo y su importancia: soldado voluntario: y ves cuando la vida misma está excusablemente empleada en ello, «y parece hermoso morir con las armas». Temer los peligros comunes, que miran a tan gran multitud; no osar lo que tantas clases de almas osan, y todo un pueblo, es propio de un corazón blando y bajo en extremo. La compañía da seguridad hasta a los niños. Si otros te superan en ciencia, en gracia, en fuerza, en fortuna; tienes causas ajenas a las que atribuirlo; pero si te ceden en firmeza de alma, no tienes a quien culpar sino a ti mismo. La muerte es más abyecta, más lánguida y penosa en una cama que en un combate: las fiebres y los catarros, tan dolorosos y mortales como un arcabuzazo. Quien estuviera hecho para soportar valerosamente los accidentes de la vida común, no tendría necesidad de engrosar su valor para hacerse soldado. «Vivir, mi Lucilio, es militar».

No recuerdo haberme visto nunca sarnoso. Aunque la gratificación del rascarse es de las más dulces de la naturaleza, y de las más a mano. Pero tiene la penitencia demasiado importunamente vecina. La practico más en las orejas, que tengo por dentro picantes, por intervalos.

He nacido con todos los sentidos enteros casi a la perfección. Mi estómago es cómodamente bueno, como lo es mi cabeza y lo más a menudo, se mantienen a través de mis fiebres, y también mi aliento. He sobrepasado la edad a la que las naciones, no sin motivo, habían prescrito un fin tan justo a la vida, que no permitían que se excediera. Sin embargo, tengo todavía respiros: aunque inconstantes y cortos, tan limpios, que hay poco que decir de la salud e indolencia de mi juventud. No hablo del vigor y alegría: no es razón que me sigan fuera de sus límites:

«Ya no es este flanco capaz de soportar el umbral o el agua celeste». Mi rostro y mis ojos me delatan al instante. Todos mis cambios comienzan por ahí: y un poco más agrios de lo que son en efecto. Doy lástima a menudo a mis amigos, antes de que yo mismo sienta la causa. Mi espejo no me asombra: pues ya en la juventud me ocurrió más de una vez mostrar así un semblante y un porte turbio, y de mal pronóstico, sin gran accidente: de manera que los médicos, que no encontraban en el interior causa que respondiera a esta alteración externa, lo atribuían al espíritu, y a alguna pasión secreta, que me roía por dentro. Se equivocaban. Si el cuerpo se gobernara según yo tanto como lo hace el alma, caminaríamos un poco más a nuestras anchas. La tenía yo entonces, no solo exenta de turbación, sino aún llena de satisfacción y de fiesta como lo está lo más ordinariamente: mitad por su complexión, mitad por su propósito:

«Ni las enfermedades de una mente enferma dañan los miembros». Sostengo que esta su temple ha levantado muchas veces al cuerpo de sus caídas. Está a menudo abatido; pero si no está alegre, está al menos en estado tranquilo y reposado. Tuve la fiebre cuartana, cuatro o cinco meses, que me había desfigurado del todo: el espíritu anduvo siempre no pacíficamente, sino placenteramente. Si el dolor está fuera de mí, el debilitamiento y languidez no me entristecen mucho. Veo varios desfallecimientos corporales, que causan horror solo con nombrarlos, que temeré menos que mil pasiones de espíritu que veo en uso. Tomo el partido de no correr más, basta con que me arrastre; ni me quejo de la decadencia natural que me retiene,

«¿Quién se asombra del bocio hinchado en los Alpes?» No más de lo que lamento que mi duración no sea tan larga y entera como la de un roble.

No tengo por qué quejarme de mi imaginación: he tenido pocos pensamientos en mi vida que me hayan siquiera interrumpido el curso de mi sueño, si no fueron de deseo, que me despertara sin afligirme. Sueño poco a menudo; y entonces son cosas fantásticas y quimeras, producidas comúnmente de pensamientos placenteros: más bien ridículos que tristes. Y sostengo que es cierto que los sueños son leales intérpretes de nuestras inclinaciones; pero hay arte en ordenarlos y entenderlos.

«Que las cosas que los hombres usan en la vida, piensan, cuidan, ven, y que hacen despiertos, y agitan, esas sucedan así en el sueño, menos asombroso es».

Platón dice aún más: que es tarea de la prudencia extraer de ellos instrucciones adivinatorias para el futuro. No veo nada en ello, salvo las maravillosas experiencias que relatan Sócrates, Jenofonte y Aristóteles, personajes de autoridad irreprochable. Las historias cuentan que los atlantes no sueñan jamás: y que tampoco comen nada que haya muerto. Añado esto porque quizá sea la razón por la que no sueñan. Pues Pitágoras ordenaba cierta preparación de alimentos para provocar sueños apropiados. Los míos son suaves: no me producen ninguna agitación del cuerpo ni expresión vocal. He visto a varios en mi tiempo tremendamente agitados por ellos. Teón el filósofo paseaba soñando, y el criado de Pericles andaba sobre las tejas mismas y el caballete de la casa. A la mesa no suelo escoger mucho; me agarro a lo primero y más cercano, y cambio de mala gana de un sabor a otro. El amontonamiento de platos y servicios me desagrada tanto como cualquier otro amontonamiento. Me contento fácilmente con pocos manjares, y odio la opinión de Favorino de que en un banquete deben quitarte la carne que te abre el apetito y sustituírtela siempre por una nueva; y que es una cena miserable si no has hartado a los asistentes con rabadillas de diversas aves; y que sólo el pajarito merece comerse entero. Uso habitualmente alimentos salados; sin embargo, prefiero el pan sin sal. Y mi panadero en casa no sirve otro para mi mesa, contra la costumbre del país. En mi infancia hubo que corregir principalmente el rechazo que yo hacía de las cosas que comúnmente se aman más a esa edad: azúcares, confituras, pastelería. Mi preceptor combatió este odio a los manjares delicados como una especie de delicadeza. Y no es otra cosa, en efecto, que dificultad de gusto, dondequiera que se aplique. Quien quita a un niño cierta afición particular y obstinada al pan moreno, al tocino o al ajo, le quita la golosina. Los hay que se hacen los laboriosos y los pacientes por echar de menos la carne de vaca y el jamón entre las perdices. Les va bien: es la delicadeza de los delicados; es el gusto de una fortuna blanda que se hastía de las cosas ordinarias y acostumbradas, «con las que el lujo juega por hastío de la riqueza». Dejar de darse buena vida con lo que otro la hace; tener un cuidado minucioso de su trato; esa es la esencia de este vicio;

Si modica coenare times olus omne patella. Ciertamente existe esta diferencia: que más vale orientar el deseo hacia las cosas más fáciles de conseguir; pero siempre es un vicio obligarse. Yo llamaba en otro tiempo delicado a un pariente mío que había desaprendido en nuestras galeras a servirse de nuestras camas y a desnudarse para acostarse. Si tuviera hijos varones, les desearía de buena gana mi fortuna. El buen padre que Dios me dio (que no tiene de mí sino el reconocimiento de su bondad, pero ciertamente muy vigoroso) me envió desde la cuna a criar a una pobre aldea de las suyas, y me tuvo allí todo el tiempo que estuve en la nodriza, y aún más allá, educándome según la forma de vida más baja y común: Magna pars libertatis est bene moratus venter. No asumiréis jamás, y todavía menos daréis a vuestras mujeres, el encargo de su crianza; dejad que se formen según la fortuna, bajo leyes populares y naturales; dejad que la costumbre los eduque en la frugalidad y en la austeridad; que tengan antes que descender de la aspereza que subir hacia ella. Su propósito apuntaba aún a otro fin. Vincularme con el pueblo, y con esa condición de hombres que tiene necesidad de nuestra ayuda, y estimaba que yo debía mirar más bien hacia aquel que me tiende los brazos, que hacia aquel que me vuelve la espalda.

Y fue esa la razón por la que también me dio a tener en la pila bautismal a personas de la más abyecta fortuna, para obligarme y vincularme a ellas. Su designio no ha salido del todo mal. Me entrego voluntariamente a los pequeños; ya sea porque hay más gloria en ello, ya sea por compasión natural, que puede infinitamente en mí. El bando que condenaré en nuestras guerras, lo condenaré más ásperamente cuando esté floreciente y próspero. Estará por conciliarse en cierto modo conmigo cuando lo vea miserable y abrumado. Cuán voluntariamente considero el hermoso carácter de Quelonis, hija y mujer de reyes de Esparta. Mientras que Cleombroto su marido, en los desórdenes de su ciudad, tuvo ventaja sobre Leónidas su padre, ella hizo de buena hija: se reunió con su padre, en su exilio, en su miseria, oponiéndose al victorioso. ¿Vino la suerte a cambiar? Hela ahí cambiada de voluntad con la fortuna, poniéndose valerosamente al lado de su marido: al cual siguió por todas partes adonde su ruina lo llevó, no teniendo a mi parecer otra elección que arrojarse al bando donde hacía más falta, y donde se mostraba más compasiva. Yo me dejo ir más naturalmente tras el ejemplo de Flaminio, que se prestaba a aquellos que tenían necesidad de él, más que a aquellos que podían hacerle bien, que no lo hago tras el de Pirro, propenso a rebajarse ante los grandes, y a enorgullecerse sobre los pequeños.

Las mesas largas me fastidian y me perjudican: porque ya sea por haberme acostumbrado de niño, a falta de mejor compostura, como todo el tiempo que estoy allí. Por tanto en mi casa, aunque sea de las cortas, me siento voluntariamente un poco después que los otros; a la manera de Augusto: pero no lo imito en que también salía antes que los demás. Al contrario, me gusta reposar largo tiempo después, y oír contar con tal que no me mezcle en ello; pues me canso y me perjudico hablando con el estómago lleno: tanto como encuentro el ejercicio de gritar y disputar antes de la comida, muy saludable y placentero. Los antiguos griegos y romanos tenían mejor razón que nosotros, asignando a la alimentación, que es una acción principal de la vida, si ninguna otra ocupación extraordinaria los desviaba de ella, varias horas, y la mejor parte de la noche: comiendo y bebiendo menos apresuradamente que nosotros, que pasamos a toda prisa todas nuestras acciones: y extendiendo ese placer natural, a más ocio y uso, entremezclando diversos servicios de conversación, útiles y agradables. Quienes deben tener cuidado de mí, podrían a buen precio escamotearme lo que piensan que me es perjudicial, pues en tales cosas, no deseo jamás, ni echo de menos, lo que no veo: pero también de aquellas que se presentan, pierden su tiempo en predicarme la abstinencia.

De modo que cuando quiero ayunar, debo ser puesto aparte de los que cenan; y que me presenten justamente, tanto como es necesario para una colación reglada: pues si me pongo a la mesa, olvido mi resolución. Cuando ordeno que se cambie la preparación de algún manjar; mis gentes saben, que eso quiere decir, que mi apetito está lánguido, y que no lo tocaré. En todos aquellos que pueden soportarlo, los amo poco cocidos. Y los amo muy mortificados y hasta la alteración del olor, en varios. No hay sino la dureza que generalmente me molesta (de cualquier otra cualidad, soy tan indiferente y tolerante como hombre que haya conocido) de modo que contra el humor común, entre los pescados incluso, me sucede encontrar, y de demasiado frescos, y de demasiado firmes. No es culpa de mis dientes, que he tenido siempre buenos hasta la excelencia; y que la edad no empieza a amenazar sino ahora. He aprendido desde la infancia, a frotarlos con mi servilleta, y por la mañana, y a la entrada y salida de la mesa. Dios hace gracia a aquellos a quienes sustrae la vida por menudo. Es el único beneficio de la vejez. La última muerte será por eso menos plena y perjudicial: no matará ya sino a un medio, o a un cuarto de hombre.

He aquí un diente que acaba de caérseme, sin dolor, sin esfuerzo: era el término natural de su duración. Y esa parte de mi ser, y varias otras, están ya muertas, otras medio muertas, de las más activas, y que ocupaban el primer rango durante el vigor de mi edad. Es así como me fundo, y me escapo de mí. ¡Qué tontería sería para mi entendimiento, sentir el salto de esta caída, ya tan avanzada, como si fuera entera! No lo espero. En verdad, recibo una principal consolación en los pensamientos de mi muerte, que sea de las justas y naturales: y que en lo sucesivo no pueda en ello, requerir ni esperar del destino, favor que ilegítimo. Los hombres se hacen creer, que tuvieron en otros tiempos, como la estatura, la vida también más grande. Pero se equivocan: y Solón, que es de esos viejos tiempos, limita sin embargo la extrema duración a setenta años. Yo que he adorado tanto y tan universalmente ese άριστον μέτρον, del tiempo pasado; y que he tenido tanto por la más perfecta, la medida mediana: ¿pretenderé una desmesurada y prodigiosa vejez? Todo lo que viene al revés del curso de la naturaleza, puede ser molesto, pero lo que viene según ella, debe ser siempre placentero. Omnia, quae secundum naturam fiunt, sunt habenda in bonis. Por tanto, dice Platón, la muerte que las heridas o enfermedades traen, es violenta: pero aquella que nos sorprende, conduciendo la vejez hacia ella, es de todas la más ligera, y en cierto modo deliciosa.

La vida a los jóvenes se la arrebata la violencia, a los viejos la madurez. La muerte se mezcla y se confunde por todas partes con nuestra vida: el declive se adelanta a su hora y se inmiscuye en el curso mismo de nuestro avance. Tengo retratos de mi figura de veinticinco y de treinta y cinco años: los comparo con el de ahora. Cuántas veces ya no soy yo: cuánto más alejada está mi imagen presente de aquellas que de la de mi fallecimiento. Es abusar demasiado de la naturaleza hacerla trabajar tanto que se vea obligada a abandonarnos: a dejar nuestra conducta, nuestros ojos, nuestros dientes, nuestras piernas y el resto a merced de un socorro ajeno y mendigado; y a resignarnos entre las manos del arte, cansada de seguirnos.

No soy excesivamente aficionado ni a las ensaladas ni a las frutas, salvo a los melones. Mi padre odiaba toda clase de salsas, yo las amo todas. Comer en exceso me molesta, pero por su calidad todavía no tengo conocimiento bien cierto de que algún alimento me perjudique; así como tampoco advierto diferencia alguna con la luna llena o menguante, ni del otoño respecto a la primavera. Hay movimientos en nosotros inconstantes y desconocidos. Pues los rábanos, por ejemplo, los encontré primero agradables, luego molestos, ahora otra vez agradables. En varias cosas siento que mi estómago y mi apetito van así diversificándose. He vuelto a cambiar del vino tinto al clarete, y luego del clarete al tinto.

Soy goloso de pescado, y hago de los días de vigilia días de abundancia, y de los días de ayuno mis fiestas. Creo lo que algunos dicen, que es de más fácil digestión que la carne. Así como me causa escrúpulos comer carne el día de pescado, también le causa a mi gusto mezclar el pescado con la carne. Esta diversidad me parece demasiado alejada de lo natural.

Desde mi juventud me saltaba a veces alguna comida, ya fuera para aguzar mi apetito al día siguiente (pues como Epicuro ayunaba y hacía comidas frugales para acostumbrar su voluptuosidad a pasarse sin la abundancia, yo al contrario, para entrenar mi voluptuosidad a sacar mejor provecho y servirse más alegremente de la abundancia), ya ayunaba para conservar mi vigor al servicio de alguna acción del cuerpo o del espíritu, pues tanto el uno como el otro se me entorpecen cruelmente con la saciedad (y sobre todo odio ese necio acoplamiento de una diosa tan sana y alegre con ese dioscillo indigesto y eructador, todo hinchado del humo de su licor), o bien para curar mi estómago enfermo, o para no tener compañía apropiada. Pues digo como ese mismo Epicuro, que no hay que mirar tanto lo que se come como con quién se come. Y alabo a Quilón por no haber querido prometer que asistiría al festín de Periandro antes de estar informado de quiénes eran los otros invitados. No hay para mí preparación tan agradable ni salsa tan apetecible como la que se obtiene de la sociedad.

Creo que es más sano comer más despacio y menos, y comer más a menudo. Pero quiero sacar provecho del apetito y del hambre: no tendría placer alguno en arrastrar a la manera medicinal tres o cuatro miserables comidas al día, así forzadas. ¿Quién me aseguraría que el gusto abierto que tengo esta mañana lo encontraré todavía en la cena? Aprovechemos, sobre todo los viejos, el primer momento oportuno que se nos presenta. Dejemos a los hacedores de almanaques las esperanzas y los pronósticos. El fruto extremo de mi salud es el placer: aferrémonos al primero presente y conocido. Evito la constancia en estas leyes del ayuno. Quien quiera que una forma le sirva, que evite continuarla: nos endurecemos en ella, nuestras fuerzas se adormecen en ella; seis meses después habrás acostumbrado tan bien tu estómago a ella que tu provecho no será sino haber perdido la libertad de usarla de otro modo sin perjuicio.

No llevo las piernas y los muslos más cubiertos en invierno que en verano, unas simples medias de seda. Me dejé llevar, para el alivio de mis resfriados, a tener la cabeza más caliente, y el vientre por mi cólico. Mis males se habituaron a ello en pocos días y desdeñaron mis provisiones ordinarias. Había pasado de una cofia a un gorro, y de un bonete a un sombrero doble. Los forros de mi jubón ya no me sirven sino de adorno: no es nada si no le añado una piel de liebre o de buitre, un casquete a mi cabeza. Sigue esta gradación e irás por buen camino. Yo no lo haré. Y me desdecería voluntariamente del comienzo que le he dado si me atreviera. ¿Te sobreviene algún inconveniente nuevo? Esta reforma ya no te sirve: estás acostumbrado a ella, busca otra. Así se arruinan quienes se dejan atrapar por regímenes forzados y se atan a ellos supersticiósamente: les hacen falta todavía más, y más después, y otros más allá: nunca se acaba.

Para nuestras ocupaciones y el placer, es mucho más cómodo, como hacían los antiguos, saltarse la comida del mediodía y reservarse para hacer buena mesa a la hora del retiro y del descanso, sin interrumpir el día: así lo hacía yo en otro tiempo. Para la salud, encuentro desde entonces por experiencia, al contrario, que es mejor comer al mediodía, y que la digestión se hace mejor estando despierto. No soy apenas propenso a tener sed ni sano ni enfermo: tengo de buen grado entonces la boca seca, pero sin sed. Y comúnmente solo bebo del deseo que me viene al comer, y bien avanzada la comida. Bebo bastante bien para un hombre de condición común. En verano y en una comida apetecible, no solo no sobrepaso los límites de Augusto, que no bebía sino tres veces exactamente, sino que para no ofender la regla de Demócrito, que prohibía detenerse en cuatro por ser un número desafortunado, paso si es necesario hasta cinco: tres medias pintas aproximadamente. Pues los vasos pequeños son mis favoritos, y me place vaciarlos, lo que otros evitan por considerarlo poco decoroso. Mezclo mi vino más a menudo a la mitad, a veces a un tercio de agua. Y cuando estoy en mi casa, por una antigua costumbre que su médico ordenó a mi padre y a él mismo, se mezcla en la bodega el que me hace falta, dos o tres horas antes de servir. Dicen que Cranaos, rey de los atenienses, fue el inventor de este uso de mezclar el vino: si útilmente o no, lo he visto debatir. Estimo más decente y más sano que los niños no lo tomen hasta después de los dieciséis o dieciocho años. La forma de vivir más usada y común es la más bella. Toda particularidad me parece digna de evitar, y odiaría tanto a un alemán que echase agua al vino como a un francés que lo bebiese puro. El uso público da ley a tales cosas.

Temo el aire viciado y huyo mortalmente del humo (la primera reparación que emprendí en mi casa fue la de las chimeneas y de las letrinas, vicio común de los edificios viejos e insoportable), y entre las dificultades de la guerra cuento esas espesas polvaredas en las que nos tienen enterrados al calor todo a lo largo de una jornada.

Tengo la respiración libre y fácil, y mis constipados pasan casi siempre sin afectar el pulmón y sin tos. La aspereza del verano me es más enemiga que la del invierno, pues además de la incomodidad del calor, menos remediable que la del frío, y además del golpe que los rayos del sol dan a la cabeza, mis ojos se ofenden con cualquier luz resplandeciente. Ya no puedo comer sentado frente a un fuego ardiente y luminoso. Para amortiguar la blancura del papel, en el tiempo en que tenía más costumbre de leer, colocaba sobre mi libro un trozo de vidrio, y me sentía muy aliviado. Ignoro hasta hoy el uso de las gafas, y veo tan lejos como vi siempre y como cualquier otro. Es verdad que al declinar el día empiezo a sentir turbación y debilidad al leer, ejercicio que siempre ha fatigado mis ojos, pero sobre todo de noche. He aquí un paso atrás, apenas sensible. Retrocederé otro; del segundo al tercero, del tercero al cuarto, tan suavemente que tendré que estar completamente ciego antes de que perciba la decadencia y vejez de mi vista. Tan artificiosamente destuerces las Parcas nuestra vida. Dudo también que mi oído empiece a embotarse, y veréis que lo habré perdido a medias antes de que culpe todavía a la voz de quienes me hablan. Hay que tensar bien el alma para hacerle sentir cómo se escapa.

Mi andar es rápido y firme, y no sé cuál de los dos, si el espíritu o el cuerpo, he detenido con más dificultad en un mismo punto. El predicador es muy amigo mío si logra mantener mi atención todo un sermón. En los lugares ceremoniales, donde cada cual está tan contenido en su actitud, donde he visto a las damas mantener sus ojos tan fijos, jamás he logrado evitar que alguna parte de mí se extravíe siempre; aunque esté sentado, poco sosegado estoy. Como la criada del filósofo Crisipo, que decía de su amo que solo estaba ebrio por las piernas, pues tenía esa costumbre de moverlas en cualquier posición en que estuviera, y lo decía cuando el vino alteraba a sus compañeros mientras él no sentía alteración alguna. Se pudo decir también desde mi infancia que tenía locura en los pies, o azogue, tanto movimiento e inconstancia natural hay en ellos, dondequiera que los ponga.

Es indecoroso, además de que perjudica la salud y hasta el placer, comer con glotonería, como hago yo. A menudo me muerdo la lengua, a veces los dedos, por apresuramiento. Diógenes, al encontrar a un niño que comía así, dio una bofetada a su preceptor. Había hombres en Roma que enseñaban a masticar, como a andar, con gracia. Pierdo así el tiempo para hablar, que es tan dulce condimento de las mesas, siempre que sean conversaciones igualmente placenteras y breves.

Hay celos y envidia entre nuestros placeres; se chocan y se estorban unos a otros. Alcibíades, hombre bien entendido en hacer buena mesa, expulsaba incluso la música de las mesas para que no turbara la dulzura de las conversaciones, por la razón que Platón le atribuye: que es costumbre de hombres vulgares llamar a los tocadores de instrumentos y a los cantores a los festines, a falta de buenos discursos y agradables conversaciones con que las personas de entendimiento saben regalarse entre sí. Varrón pide esto al convite: la reunión de personas bellas de presencia y agradables de trato, que no sean ni mudas ni charlatanas; limpieza y delicadeza en los manjares y en el lugar; y tiempo sereno. No es una fiesta poco artificiosa ni poco voluptuosa un buen banquete. Ni los grandes jefes de guerra ni los grandes filósofos han desdeñado su uso y su ciencia. Mi imaginación ha confiado tres a mi memoria, que la fortuna me hizo de soberana dulzura en diversos tiempos de mi edad más floreciente. Mi estado presente me las prohíbe. Pues cada cual aporta su gracia principal y su sabor, según la buena disposición de cuerpo y alma en que entonces se encuentra.

Yo, que solo me ocupo de lo terrenal, odio esa inhumana sabiduría que quiere hacernos desdeñosos y enemigos del cultivo del cuerpo. Estimo igual injusticia tomar a disgusto los placeres naturales que tomarlos demasiado a pecho. Jerjes era un necio que, envuelto en todos los placeres humanos, ofrecía un premio a quien le encontrara otros. Pero no mucho menos necio es quien cercena aquellos que la naturaleza le ha encontrado. No hay que seguirlos ni huir de ellos: hay que recibirlos. Yo los recibo un poco más generosa y gratamente, y me dejo llevar más voluntariamente hacia la pendiente natural. No necesitamos exagerar su inanidad: se hace sentir bastante y se muestra bastante. Gracias a nuestro espíritu enfermizo, aguafiestas, que nos desagrada de ellos como de sí mismo. Trata a sí mismo y a todo lo que recibe, ora adelante, ora atrás, según su ser insaciable, vagabundo y versátil.

Si el recipiente no es puro, todo lo que viertes en él se agria. Yo, que me jacto de abrazar tan atentamente las comodidades de la vida, y de manera tan particular, cuando miro así de cerca solo encuentro, poco más o menos, viento. ¿Pero qué? Somos viento por todas partes. Y el viento, más sabiamente que nosotros, se complace en soplar, en agitarse, y se contenta con sus propias funciones, sin desear la estabilidad, la solidez, cualidades que no le pertenecen.

Los placeres puros de la imaginación, así como los disgustos, dicen algunos, son los más grandes, como lo expresaba la balanza de Critolao. No es sorprendente. Ella los compone a su antojo y se los corta de tela entera. Veo ejemplos insignes de esto todos los días, y acaso deseables. Pero yo, de condición mixta, grosera, no puedo morder tan por completo en ese objeto único y tan simple: me dejo llevar muy pesadamente hacia los placeres presentes, de la ley humana y general. Intelectualmente sensibles, sensiblemente intelectuales. Los filósofos cirenaicos sostienen que, al igual que los dolores, también los placeres corporales son más poderosos, tanto por ser dobles como por ser más justos. Hay algunos, como dice Aristóteles, que por una estúpida fiereza los desdeñan. Conozco a otros que lo hacen por ambición. ¿Por qué no renuncian también a respirar? ¿Por qué no viven de lo suyo y rechazan la luz, ya que es gratuita, sin costarles ni invención ni vigor? Que Marte, o Palas, o Mercurio los sustenten, a ver, en lugar de Venus, de Ceres y de Baco. ¿Acaso no buscarán la cuadratura del círculo encaramados sobre sus esposas? Odio que se nos ordene tener el espíritu en las nubes mientras tenemos el cuerpo en la mesa. No quiero que el espíritu se clave ahí, ni que se revuelque: pero quiero que se aplique, que se siente, no que se acueste. Aristipo solo defendía el cuerpo, como si no tuviéramos alma; Zenón solo abrazaba el alma, como si no tuviéramos cuerpo. Ambos equivocadamente. Pitágoras, dicen, siguió una filosofía toda en contemplación; Sócrates, toda en costumbres y en acción; Platón encontró el equilibrio entre ambas. Pero lo dicen para contar historias. Y el verdadero equilibrio se encuentra en Sócrates; y Platón es más socrático que pitagórico, y le sienta mejor.

Cuando danzo, danzo; cuando duermo, duermo. Es más, cuando paseo solitariamente en un hermoso huerto, si mis pensamientos se han entretenido con asuntos ajenos alguna parte del tiempo, en otra parte los traigo de vuelta al paseo, al huerto, a la dulzura de esa soledad, y a mí mismo.

La naturaleza ha previsto maternalmente que las acciones que nos ha ordenado para nuestra necesidad nos fueran también voluptuosas. Y nos convoca a ellas no solo por la razón, sino también por el apetito: es injusticia corromper sus reglas. Cuando veo a César y a Alejandro, en lo más espeso de su gran tarea, gozar tan plenamente de los placeres humanos y corporales, no digo que eso sea relajar su alma, digo que es endurecerla: sometiendo, por vigor de ánimo, al uso de la vida ordinaria, esas violentas ocupaciones y laboriosos pensamientos. Sabios habrían sido si hubieran creído que aquella era su vocación ordinaria, esta otra la extraordinaria. Somos grandes locos. «Ha pasado su vida en ociosidad», decimos; «no he hecho nada hoy». ¿Cómo? ¿No has vivido? Esa es no solo la fundamental, sino la más ilustre de vuestras ocupaciones. Si me hubieran puesto al frente de grandes asuntos, habría mostrado lo que sé hacer. ¿Has sabido meditar y manejar tu vida? Has realizado la mayor tarea de todas. Para mostrarse y desplegarse, la naturaleza no necesita de la fortuna. Se muestra igualmente en todos los niveles, y desde atrás, como sin cortina. ¿Has sabido componer tus costumbres? Has hecho mucho más que aquel que ha compuesto libros. ¿Has sabido tomar reposo? Has hecho más que aquel que ha tomado imperios y ciudades.

La gloriosa obra maestra del hombre es vivir a propósito. Todas las otras cosas —reinar, atesorar, edificar— no son sino apéndices y adminículos, cuando mucho. Me place ver a un general de ejército al pie de una brecha que quiere atacar pronto, entregándose entera y libremente, en su cena, a la conversación entre sus amigos. Y a Bruto, teniendo el cielo y la tierra conspirados contra él y contra la libertad romana, robándole a sus rondas algunas horas de la noche para leer y anotar a Polibio con total seguridad. Es propio de las almas pequeñas, sepultadas bajo el peso de los asuntos, no saber desembarazarse de ellos puramente, no saber dejarlos y retomarlos.

«Oh valientes, que conmigo habéis sufrido cosas peores, ahora expulsad las preocupaciones con vino; mañana recorreremos de nuevo el inmenso mar».

Ya sea en broma, ya sea en serio, el vino teológico y de la Sorbona ha pasado a proverbio, y sus festines: yo encuentro que es razonable que cenen tanto más cómodamente y placenteramente cuanto que han empleado útil y seriamente la mañana en el ejercicio de su escuela. La conciencia de haber dispensado bien las otras horas es un justo y sabroso condimento de las mesas. Así vivieron los sabios. Y esa inimitable tensión hacia la virtud, que nos asombra en uno y otro Catón, ese humor severo hasta la importunidad, se sometió así blandamente, y se plegó a las leyes de la condición humana, tanto de Venus como de Baco. Siguiendo los preceptos de su secta, que exigen que el sabio perfecto sea tan experto y entendido en el uso de las voluptuosidades como en cualquier otro deber de la vida. «Aquel cuyo corazón sea sabio, tendrá también sabio el paladar». La relajación y la facilidad honran maravillosamente, al parecer, y sientan mejor a un alma fuerte y generosa. Epaminondas no estimaba que mezclarse en la danza de los muchachos de su ciudad, cantar, tocar, y ocuparse de ello con atención, fuese cosa que derogase del honor de sus gloriosas victorias y de la perfecta reforma de costumbres que había en él. Y entre tantas acciones admirables de Escipión el abuelo, personaje digno de la opinión de un linaje celeste, no hay nada que le dé más gracia que verlo negligentemente y puerilmente entretenido en recoger y escoger conchas, y jugar a la gallina ciega, a lo largo de la orilla del mar con Lelio.

Y si hacía mal tiempo, divirtiéndose y deleitándose al representar por escrito en comedias las acciones más populares y bajas de los hombres. Y con la cabeza llena de aquella maravillosa empresa de Aníbal y de África, visitando las escuelas en Sicilia, y asistiendo a las lecciones de filosofía, hasta haber armado con ello los dientes de la ciega envidia de sus enemigos en Roma. Ni cosa más notable en Sócrates que el hecho de que, siendo ya viejo, encuentra el tiempo para aprender a bailar y tocar instrumentos, y lo tiene por bien empleado. Ese mismo se vio en éxtasis de pie un día entero y una noche, en presencia de todo el ejército griego, sorprendido y arrebatado por algún pensamiento profundo. Se lo vio el primero entre tantos hombres valientes del ejército, correr en auxilio de Alcibíades, abrumado por los enemigos: cubrirlo con su cuerpo, y librarlo del tumulto a viva fuerza de armas. En la batalla de Delio, levantar y salvar a Jenofonte, caído de su caballo. Y en medio de todo el pueblo de Atenas, indignado, como él, por un espectáculo tan indigno, presentarse el primero a socorrer a Terámenes, a quien los treinta tiranos hacían llevar a la muerte por sus satélites; y no desistir de esta audaz empresa sino por la advertencia del propio Terámenes, aunque no fuese seguido más que por dos en total.

Se lo vio, requerido por una belleza de la que estaba prendado, mantener en caso necesario una severa abstinencia. Se lo vio continuamente marchar a la guerra, y pisar el hielo con los pies desnudos; llevar la misma ropa en invierno y en verano; superar a todos sus compañeros en paciencia para el trabajo; no comer de otro modo en un festín que en su ordinario. Se lo vio durante veintisiete años, con igual semblante, soportar el hambre, la pobreza, la indocilidad de sus hijos, las garras de su mujer. Y al fin la calumnia, la tiranía, la prisión, los hierros y el veneno. Pero ese hombre allí, ¿era invitado a beber con él por deber de civilidad? Era también aquel del ejército a quien quedaba la ventaja. Y no rechazaba ni jugar a las nueces con los niños, ni correr con ellos sobre un caballo de madera, y lo hacía con buena gracia: porque todas las acciones, dice la filosofía, sientan igualmente bien y honran igualmente al sabio. Hay de qué, y no debe uno jamás cansarse de presentar la imagen de este personaje para todos los patrones y formas de perfección. Hay muy pocos ejemplos de vida plenos y puros. Y se hace un agravio a nuestra instrucción proponiéndonos todos los días ejemplos débiles y mancos, apenas buenos para un solo pliegue, que nos tiran hacia atrás más bien; corruptores más bien que correctores.

El pueblo se engaña: se va mucho más fácilmente por los extremos, donde la extremidad sirve de límite, de parada y de guía, que por la vía del medio, ancha y abierta, y según el arte, que según la naturaleza; pero también de modo mucho menos noble, y menos recomendable. La grandeza del alma no es tanto tirar hacia arriba y tirar hacia delante como saber ordenarse y circunscribirse. Ella tiene por grande todo lo que es suficiente. Y muestra su altura al amar más las cosas medianas que las eminentes. No hay nada tan hermoso y legítimo como hacer bien de hombre y debidamente. Ni ciencia tan ardua como saber vivir bien esta vida. Y de nuestras enfermedades la más salvaje es despreciar nuestro ser. Quien quiera apartar su alma, que lo haga atrevidamente si puede, cuando el cuerpo se encuentre mal, para descargarla de ese contagio. En otra parte, al contrario, que ella lo asista y favorezca, y no rehúse participar de sus placeres naturales, y complacerse en ellos conyugalmente, aportando, si es más sabia, la moderación, para que por indiscreción no se confundan con el displacer. La intemperancia es peste de la voluptuosidad y la temperancia no es su flagelo: es su condimento. Eudoxo, que estableció en ella el soberano bien, y sus compañeros, que la elevaron a tan alto precio, la saborearon en su más graciosa dulzura por medio de la temperancia, que fue en ellos singular y ejemplar.

Yo ordeno a mi alma que mire tanto al dolor como a la voluptuosidad con mirada igualmente regulada: «pues es el mismo vicio la efusión del ánimo en la alegría que la contracción en el dolor», e igualmente firme pero alegremente la una, la otra severamente. Y según lo que ella pueda aportar, tanto cuidadosa de extinguir la una como de extender la otra. Ver sanamente los bienes trae consigo ver sanamente los males. Y el dolor tiene algo de inevitable en su tierno comienzo, y la voluptuosidad algo de evitable en su fin excesivo. Platón los acopla y quiere que sea igualmente oficio de la fortaleza combatir contra el dolor y contra las inmoderadas y hechiceras blandicias de la voluptuosidad. Son dos fuentes de las cuales, quien bebe, de dónde, cuándo y cuánto es necesario, sea ciudad, sea hombre, sea bestia, es muy feliz. La primera hay que tomarla como medicina y por necesidad, más escasamente; la otra por sed, pero no hasta la embriaguez. El dolor, la voluptuosidad, el amor, el odio, son las primeras cosas que siente un niño; si la razón, sobreviniendo, se aplica a ellas, eso es virtud. Yo tengo un diccionario completamente propio; yo paso el tiempo cuando es malo e incómodo; cuando es bueno, no quiero pasarlo, lo saboreo de nuevo, me atengo a él.

Hay que correr el malo y sentarse en el bueno. Esta frase ordinaria de pasatiempo y de pasar el tiempo representa el uso de esa gente prudente que no piensa tener mejor cuenta de su vida que el dejarla correr y escapar, pasarla, esquivarla, y en cuanto está en ellos, ignorarla y huirla, como cosa de cualidad enojosa y desdeñable. Pero yo la conozco distinta, y la encuentro estimable y cómoda, incluso en su último declive, donde la tengo. Y nos la ha puesto la naturaleza en la mano, provista de tales circunstancias y tan favorables, que no tenemos de qué quejarnos sino de nosotros, si nos oprime y si se nos escapa inútilmente. «La vida de los necios es ingrata, temerosa, toda volcada hacia el futuro». Yo me compongo sin embargo a perderla sin pesar, pero como perdible por su condición, no como molesta e importuna. Tampoco sienta propiamente bien no desagradarle morir sino a aquellos a quienes les place vivir. Hay una administración en el disfrutarla: yo la disfruto al doble que los demás, pues la medida en el disfrute depende del más o menos de aplicación que le prestamos. Principalmente ahora que percibo la mía tan breve en el tiempo, la quiero extender en peso. Quiero detener la prontitud de su huida con la prontitud de mi captura, y mediante el vigor del uso compensar la presteza de su escurrimiento.

A medida que la posesión del vivir es más corta, me hace falta hacerla más profunda y más plena. Los demás sienten la dulzura de un contentamiento y de la prosperidad: yo la siento como ellos, pero no es pasando y deslizándose. Hay que estudiarla, saborearla y rumiarla, para dar las gracias condignas a aquel que nos la otorga. Ellos disfrutan los demás placeres como hacen con el del sueño, sin conocerlos. A fin de que el dormir mismo no se me escapase así estúpidamente, he encontrado bueno otras veces que me lo turbasen, a fin de que lo entreviese. Yo consulto un contentamiento conmigo; no lo descremo, lo sondeo, y pliego mi razón a recogerlo, tornada hosca y desganada. ¿Me encuentro en alguna situación tranquila? ¿Hay alguna voluptuosidad que me cosquillea? No la dejo merodear por los sentidos; asocio a ella mi alma. No para comprometerse en ella, sino para complacerse en ella; no para perderse en ella, sino para encontrarse en ella. Y la empleo por su parte en mirarse en ese estado próspero, en sopesar y estimar la dicha, y amplificarla. Ella mide cuánto debe a Dios por estar en reposo de su conciencia y de otras pasiones intestinas; por tener el cuerpo en su disposición natural, disfrutando ordenada y competentemente de las funciones blandas y halagadoras por las cuales le place compensar con su gracia los dolores con que su justicia nos golpea a su vez.

Cuánto le vale estar alojada en tal punto que, adondequiera que lance su vista, el cielo está calmo alrededor de ella: ningún deseo, ningún temor o duda que le turbe el aire; ninguna dificultad pasada, presente, futura, por encima de la cual su imaginación no pase sin ofensa. Esta consideración toma gran lustre de la comparación de las condiciones diferentes. Así, me propongo bajo mil aspectos a aquellos que la fortuna o que su propio error arrastra y atormenta. Y aún más cerca de mí aquellos que reciben tan flojamente e incuriosamente su buena fortuna. Son gentes que verdaderamente pasan su tiempo; ellos ultrapasan el presente y lo que poseen, para servir a la esperanza y para las sombras y vanas imágenes que la fantasía les pone por delante,

Como las figuras que, dicen, vuelan tras la muerte, o los sueños que engañan los sentidos dormidos;

que aceleran y alargan su huida, en la misma medida en que se las persigue. El fruto y objeto de su búsqueda es buscar, como decía Alejandro que el fin de su esfuerzo era esforzarse.

Nihil actum credens, cum quid superesset agendum. En cuanto a mí, amo la vida y la cultivo tal como ha complacido a Dios concedérnosla. No voy deseando que prescindiera de la necesidad de beber y comer. Y me parecería faltar de modo no menos inexcusable si deseara que la tuviera doble. Sapiens diuitiarum naturalium quæsitor acerrimus. Ni que nos sustentásemos metiendo solamente en la boca un poco de esa droga con la que Epiménides se privaba del apetito y se mantenía. Ni que se produjeran estúpidamente hijos por los dedos o por los talones, sino, hablando con reverencia, que más bien todavía se los produjera voluptuosamente por los dedos y por los talones. Ni que el cuerpo estuviera sin deseo y sin cosquilleo. Son quejas ingratas e inicuas. Acepto de buen corazón y con gratitud lo que la naturaleza ha hecho por mí, y me agrada y me felicito por ello. Se hace agravio a ese grande y todopoderoso donante al rechazar su don, anularlo y desfigurarlo: siendo todo bueno, lo ha hecho todo bueno. Omnia, quæ secundum naturam sunt, æstimatione digna sunt. De las opiniones de la filosofía abrazo más voluntariamente las que son más sólidas, es decir, las más humanas y nuestras. Mis discursos se conforman a mis costumbres, bajos y humildes. Se comporta como una niña a mi juicio cuando se pone en sus ergos para predicarnos. Que es una alianza brutal casar lo divino con lo terrestre, lo razonable con lo irrazonable, lo severo con lo indulgente, lo honesto con lo deshonesto. Que la voluptuosidad es cualidad brutal, indigna de que el sabio la goce. El único placer que saca del disfrute de una bella joven esposa es el placer de su conciencia de hacer una acción según el orden. Como ponerse las botas para una útil cabalgada. Sus seguidores no tendrían más derecho, ni nervios, ni savia en desflorar a sus mujeres que los que tiene su lección.

No es esto lo que dice Sócrates, su preceptor y el nuestro. Estima, como debe, la voluptuosidad corporal, pero prefiere la del espíritu por tener más fuerza, constancia, facilidad, variedad, dignidad. Esta no va de ningún modo sola, según él; no es tan fantástico, sino solamente primera. Para él, la templanza es moderadora, no adversaria de las voluptuosidades. La naturaleza es una dulce guía, pero no más dulce que prudente y justa. Intrandum est in rerum naturam, et penitus quid ea postulet, peruidendum. Busco por todas partes su rastro: la hemos confundido con huellas artificiales. Y ese bien supremo académico y peripatético que es vivir según ella, se vuelve por esa causa difícil de delimitar y explicar. Y el de los estoicos, vecino a aquel, que es consentir a la naturaleza. ¿No es error estimar algunas acciones menos dignas porque sean necesarias? Pero no me quitarán de la cabeza que no sea un matrimonio muy conveniente el del placer con la necesidad, con la cual, dice un antiguo, los dioses conspiran siempre. ¿Para qué desmembrar mediante divorcio un edificio tejido con una correspondencia tan unida y fraternal? Al contrario, reanudémoslo con mutuos oficios: que el espíritu despierte y vivifique la pesadez del cuerpo, el cuerpo detenga la ligereza del espíritu y la fije. Qui velut summum bonum laudat animæ naturam, et tanquam malum naturam carnis accusat, profectò et animam carnaliter appetit et carnem carnaliter fugit, quoniam id vanitate sentit humana, non veritate diuina.

No hay pieza indigna de nuestro cuidado en este presente que Dios nos ha hecho: debemos dar cuenta de él hasta un pelo. Y no es un encargo rutinario para el hombre conducir al hombre según su condición. Es expresa, ingenua y muy principal, y el Creador nos la ha dado seria y severamente. La autoridad solo puede pesar en los entendimientos comunes, y pesa más en lengua extranjera. Recarguemos aquí. Stultitiæ proprium quis non dixerit, ignauè et contumaciter facere quæ facienda sunt: et alio corpus impellere, alio animum: distrahique inter diuersissimos motus? Vamos a ver, haz que te cuenten un día las distracciones e imaginaciones que ese pone en su cabeza, y por las cuales desvía su pensamiento de una buena comida y lamenta la hora que emplea en alimentarse: encontrarás que no hay nada tan insípido en todos los manjares de tu mesa como esa bella conversación de su alma (la mayoría de las veces nos valdría más dormir del todo que velar en lo que velamos), y encontrarás que su discurso e intenciones no valen tu capirotada. Aunque fueran los arrebatos del mismo Arquímedes, ¿qué sería? No toco aquí ni mezclo con esta gentuza de hombres que somos, y con esta vanidad de deseos y pensamientos que nos distraen, esas almas venerables, elevadas por ardor de devoción y religión a una constante y concienzuda meditación de las cosas divinas, que anticipando mediante el impulso de una viva y vehemente esperanza el uso del alimento eterno, meta final y última parada de los deseos cristianos, único placer constante, incorruptible, desdeñan atender a nuestras necesitadas comodidades, fluidas y ambiguas, y resignan fácilmente al cuerpo el cuidado y el uso del pasto sensual y temporal. Es un estudio privilegiado. Entre nosotros, son cosas que siempre he visto en singular acuerdo: las opiniones supercelestes y las costumbres subterráneas.

Esopo, ese gran hombre, vio a su amo que orinaba mientras se paseaba. «¿Qué pues —dijo—, tendremos que cagar corriendo?» Administremos el tiempo, aún nos queda mucho ocioso y mal empleado. Nuestro espíritu no tiene voluntariamente suficientes otras horas para hacer sus asuntos como para desasociarse del cuerpo en ese poco espacio que le hace falta para su necesidad. Quieren ponerse fuera de sí y escapar del hombre. Es locura: en lugar de transformarse en ángeles, se transforman en bestias; en lugar de elevarse, se abaten. Esos humores trascendentes me espantan, como los lugares altos e inaccesibles. Y nada me es tan molesto de digerir en la vida de Sócrates como sus éxtasis y sus demonios. Nada tan humano en Platón como aquello por lo que dicen que se le llama divino. Y de nuestras ciencias, me parecen más terrestres y bajas las que más alto han subido. Y no encuentro nada tan humilde y tan mortal en la vida de Alejandro como sus fantasías acerca de su inmortalización. Filótas lo mordió agradablemente con su respuesta. Se había congratulado con él por carta del oráculo de Júpiter Amón, que lo había alojado entre los dioses. «Por tu consideración, me alegro, pero hay motivo para compadecerse de los hombres que tendrán que vivir con un hombre y obedecerle que sobrepasa y no se contenta con la medida de un hombre». Diis te minorem quòd geris, imperas. La gentil inscripción con que los atenienses honraron la llegada de Pompeyo a su ciudad se conforma a mi sentir:

«En tanto eres dios como te reconoces hombre».

Es una perfección absoluta, y como divina, saber disfrutar lealmente de nuestro ser. Buscamos otras condiciones por no entender el uso de las nuestras, y salimos fuera de nosotros por no saber cómo se está en ellas. Aunque nos subamos a zancos, pues sobre zancos todavía hay que andar con nuestras piernas. Y en el trono más elevado del mundo, no estamos sentados sino sobre nuestro trasero. Las vidas más bellas son a mi juicio las que se ajustan al modelo común y humano con orden, pero sin milagro, sin extravagancia. Ahora bien, la vejez necesita un poco ser tratada más tiernamente. Recomendémosla a ese dios protector de salud y de sabiduría, pero alegre y sociable:

Concédeme, Apolo, disfrutar de lo que tengo y estar sano, y te ruego, pasar la vejez con mente íntegra, no indigna ni privada de la cítara.

Fin de los Ensayos.

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